Transcriptor: Giorgia Verzotto Revisor: Sebastian Betti Imaginemos el siguiente experimento. Alguien les pone electrodos en la cabeza para darles diez pequeños shocks eléctricos. Y ustedes pueden escoger entre dos opciones: o reciben las diez descargas de una sola vez, una tras otra, o solo la mitad pero sin saber cuándo ni en qué orden.
¿Qué escogerían? Lo que sabemos sobre la base de experimentos reales es que la gente que escoge la opción de la mitad la pasa mucho peor. Las reacciones físicas de ansiedad, el sudor frío, los latidos acelerados, son mucho peores cuando hay un elemento impredecible.
El temor a lo incierto es uno de los datos fundamentales de nuestra composición psicológica. Aún más que el temor a la muerte. De esto algo sé.
Cuando tenía 28 años una radiografía realizada por casualidad detectó una masa anómala en una de mis vértebras. Y luego de un montón de citas médicas y exámenes médicos y tal, me dieron un diagnóstico probable de cáncer de huesos. Y tomó 13 meses una cirugía de columna en Cuba y dictámenes de patólogos en tres países distintos determinar que lo que yo tenía era una forma benigna de tumor con la que aún convivo.
Ese año ha sido el año más duro y más largo de mi vida por mucho. Y aunque la lesión me ha obligado a tener varias cirugías de columna adicionales, la certeza del diagnóstico ha hecho todo mucho más llevadero. Créanme.
Es la incertidumbre la que nos amarga la vida. Y reducirla es clave. Y yo espero que no compartan la anécdota con el INSS.
Esta anécdota viene a cuento porque lo que sucede a escala individual sucede también a escala social. Estamos viviendo una época de incertidumbre radical, definida por la extraordinaria velocidad de los cambios, por su profundidad y por la imposibilidad de establecer con certeza sus efectos. Las fuentes de esa incertidumbre son muchísimas.
La crisis climática es una muy obvia. Como humanidad nos espera antes de finalizar el siglo un mundo como mínimo entre dos y tres grados centígrados más caliente cuyos efectos son muy difíciles de establecer, pero serán profundos y en muchos casos catastróficos. A esto hay que añadirle los inmensos cambios literalmente impredecibles, que ya empieza a generar la adopción generalizada de la inteligencia artificial y del aprendizaje automático.
Estos cambios incluyen la posibilidad de que cientos de millones de empleos actuales desaparezcan. Y de que muchas de las habilidades que hoy están aprendiendo nuestros jóvenes se tornen irrelevantes en pocos años. El resultado de todo esto es una sensación de ansiedad generalizada.
¿A qué quiero llegar con todo eso? Quiero llegar al efecto político de esto y en particular a su efecto sobre la democracia y parto aquí de que la democracia es una parte deseable de la experiencia humana que vale la pena preservar. Sucede que la incertidumbre social es kriptonita para la democracia.
La incertidumbre nos pone ansiosos, la incertidumbre nos hace agresivos. En ella echa raíces la atracción por discursos, líderes y proyectos autoritarios. Y de esto hay muchísimos precedentes históricos.
Piensen ustedes, por ejemplo, que el colapso de la democracia en Europa durante los años entre las dos guerras mundiales, y fueron dos, por cierto, estuvo directamente relacionado con la incertidumbre generada por la Gran Depresión de los años 30. Cuando nos enfrentamos con la incertidumbre radical, tendemos a comportarnos como niños. Corremos a buscar el abrazo paternal de figuras autoritarias y uso la palabra paternal deliberadamente, porque casi siempre se trata de hombres.
Es la juventud la que de manera más intensa experimenta esa incertidumbre. Una encuesta global de hace poco realizada en 21 países con 22 000 entrevistas, la mitad de ellas a gente entre 15 y 24 años de edad, detectó que la gente joven experimenta ansiedad y depresión en tasas mucho más altas a las de los mayores de 40 años. El cambio climático es una fuente de ansiedad muy importante para la gente joven.
Otra encuesta global realizada en el año 2021 a gente entre 16 y 25 años de edad arrojó datos notables. El 60 % de la gente joven dice sentirse muy preocupada por la crisis climática. El 75 % dijo sentir temor del futuro y arriba de la mitad manifestó estar convencida de que la humanidad está condenada al desastre.
Esta sensación de incertidumbre y ansiedad es una de las causas por las cuales la adhesión a la democracia se está deteriorando aceleradamente entre las generaciones más jóvenes. Un estudio de la Universidad de Cambridge, publicado hace poco con datos de casi 5 millones de personas en 160 países a lo largo de 50 años, mostró cómo la satisfacción con la democracia está realmente en caída libre entre esta cohorte de población joven precisamente en prácticamente todo el mundo. Por eso si nos preocupa el futuro de la democracia lo que nos toca no es erradicar las fuentes de incertidumbre radical con las que estamos conviviendo, porque eso no es posible.
Lo que podemos y debemos hacer es mitigar algunos de sus efectos más concretos en la vida de las personas. Y para eso es imprescindible repensar los contratos sociales que sostienen a nuestras democracias. ¿Qué entiendo por contrato social?
Entiendo el conjunto de derechos y obligaciones que define la relación entre la ciudadanía y las instituciones que nos gobiernan. ¿Cuál es la manifestación práctica de ese contrato social? Las prestaciones financiadas entre todos, que toda persona tiene derecho a esperar si hemos de proteger su dignidad humana y si hemos de darle la oportunidad de alcanzar su potencial.
Por ejemplo, los servicios de salud, los servicios de educación, las pensiones. Un mundo de incertidumbre radical requiere de un nuevo contrato social que les permita a las personas enfrentarse de mejor manera a los cambios repentinos que genera un mundo cada vez más volátil. Requiere de un nuevo contrato social que ponga un piso por debajo de las personas si no han de ver comprometida su dignidad humana.
Esto va a demandar de un mínimo de servicios públicos universales, pero servicios públicos universales renovados y concebidos para un mundo muy distinto al que dio origen al estado social de derecho. Ya no es simplemente el acceso a la educación primaria, secundaria, terciaria lo que urge, sino servicios de educación permanente y acceso garantizado a las tecnologías digitales. Ya no es simplemente el acceso a mecanismos preventivos y curativos de la salud física lo que urge, sino también de la salud mental.
Sabiendo como sabemos que se ve muy comprometida por los traumas ocasionados por las grandes crisis, como lo acabamos de ver durante la pandemia. Ya no es simplemente un seguro de desempleo, sino un ingreso mínimo universal garantizado ante la alta probabilidad de que la automatización de la producción deje sin medios de subsistencia a cientos de millones de personas sin que haya ninguna garantía de que sus empleos van a ser sustituidos por otros nuevos. En este punto me quiero detener.
Porque el temor al desempleo es una de las causas de incertidumbre más importantes entre la mayoría de la población adulta. Es solo una de ellas, pero es una muy importante y es una que además tiene una larguísima tradición de generar terribles consecuencias políticas. Muchísimas consecuencias políticas se derivan históricamente del temor al desempleo.
La transformación productiva que estamos experimentando es un cambio muy fundamental del destino humano en el cual para una proporción muy alta de la población la vida cotidiana podría terminar separada de la producción de bienes y servicios transables económicamente. Esto va a tener consecuencias profundas. Realmente nos toca desarrollar un nuevo contrato social que atienda a esta realidad, porque de otra manera lo que nos espera es la ley de la selva, en la cual la distancia entre una élite privilegiada y una masa empobrecida, una distancia que ya es casi inmanejable en todas partes, va a ser imposible no solo la democracia, sino la propia vida civilizada.
La renta básica universal, esto es, un ingreso mínimo garantizado proveído a todos los miembros de la sociedad como un derecho sin contraprestación alguna. Es una idea que fue propuesta por primera vez en el siglo XVI por el filósofo británico Thomas Moore en su obra Utopía. Ya no es utopía, sino que empieza a convertirse en una necesidad.
Aunque ningún país hasta ahora ha adoptado un esquema de renta básica universal en forma permanente o a escala nacional son muchos los experimentos que se han realizado en países que van desde Mongolia hasta Namibia, desde Kenia hasta Finlandia. Y los resultados son muy interesantes. Todos estos experimentos arrojan, como cabe esperar, una mejora significativa en la sensación de seguridad financiera de los beneficiarios, particularmente de aquellos que están en una situación vulnerable.
Pero lo más interesante son los efectos de segundo orden que se derivan de la mayor seguridad financiera. En el experimento finlandés, realizado en los años 2017 y 2018, 2000 personas jóvenes desempleadas recibieron 560 € mensuales por la duración del experimento sin condición alguna. Y sus resultados y su comportamiento fueron comparados con los de casi 200.
000 personas que siguieron recibiendo los subsidios normales por desempleo. El experimento arrojó . una mejora considerable en la salud mental de los receptores, menores niveles de depresión, mayor disposición de echar a andar emprendimientos sociales o comerciales y una leve mejora en las cifras de desempleo.
En el estado de Maya Pradesh en la India un esquema similar fue puesto en práctica en un conjunto de poblaciones rurales hace algo más de una década. Y ahí el resultado fue una mejora extraordinaria de las condiciones de vida de los beneficiarios: reparación de sus casas, adquisición de teléfonos celulares y camas, por ejemplo. Y una sustitución de empleos con salarios de subsistencia por actividades por cuenta propia.
Una cosa muy importante es que prácticamente todos estos experimentos arrojan resultados especialmente favorables para las mujeres cuya autonomía económica sobre sus decisiones de vida y sobre sus cuerpos crece en forma notable. Críticas hay muchísimas. La primera y más obvia tiene que ver con el temor de que la renta básica universal afecte negativamente la disposición para trabajar.
De esto no hay evidencia alguna. Por el contrario, lo que parece suceder es que aumenta la disposición de emprender actividades económicas menos remuneradas pero más satisfactorias. La segunda crítica tiene que ver con el presunto costo fiscal que tendría la adopción de un esquema de este tipo a escala nacional y ahí las estimaciones divergen dramáticamente.
Una vez que se toma en cuenta su impacto sobre los niveles de consumo y sobre los niveles de actividad económica, el costo neto de un plan de este tipo cae en forma sustancial. Pero en todo caso cabe preguntarse cuál va a ser el costo de una sociedad que condena una parte creciente de la población a estar excluida de cualquier actividad productiva y a volverse irrelevante por la automatización. ¿Cuál va a ser el costo de una sociedad ansiosa que abraza la perenne tentación de buscar chivos expiatorios y que abraza discursos autoritarios que nos prometen un imposible retorno a un pasado en el que los migrantes y las minorías no tenían cabida y en el cual el lugar de las mujeres era la casa?
¿Cuál va a ser el costo de una sociedad en la que la incertidumbre hace imposible la democracia? Yo no lo sé. Pero a decir verdad no tengo mucha paciencia para ponerme a justificar los altos costos del nuevo contrato social o de la mitigación del cambio climático, cuando como especie parecemos aceptar sin protestar que el año pasado las empresas petroleras hayan tenido utilidades netas por encima de los 200 mil millones de dólares.
Y que los gobiernos del mundo, no el de Costa Rica, afortunadamente, estén asignando por encima de 2 trillones de dólares anualmente al gasto militar. Si quieren hablar de costos, hablemos de costos. Vuelvo aquí a mi experiencia.
En mi caso, un diagnóstico médico difícil pero certero redujo la incertidumbre y me permitió seguir adelante mucho mejor que antes. De la misma manera, si hemos de darle un nuevo aliento a la democracia en medio de la marejada de incertidumbre que vamos a experimentar en las próximas décadas necesitamos un nuevo contrato social. Esto va a requerir probablemente de la renta básica universal y de otras cosas que hoy apenas lucen posibles.
Pero yo me imagino que para un obrero, en la época de la revolución industrial, la idea del estado social de derecho no era más que una quimera. Y que hace un siglo la idea de la representación paritaria era inconcebible. Ninguna de estas cosas lucía posible hasta que alguien las hizo posibles, venciendo enormes resistencias, entre ellas la falta de imaginación.
Al decir todo esto me anima como decía Antonio Gramsci, el pesimismo del intelecto y el optimismo de la voluntad. Yo sí creo que si todos quienes estamos aquí nos involucramos en los asuntos públicos de diferentes maneras, si es posible construir una sociedad más humana donde pueda sobrevivir la democracia, que pese a todo, sigue siendo la mejor forma de proteger aquellas cosas por las cuales vale la pena vivir. Podemos y debemos proteger a la democracia en una era de incertidumbre radical.
Y francamente, no tenemos muchas opciones. Porque la alternativa a eso es una sola. La oscuridad.
Muchas gracias.