8 de noviembre de 324 de nuestra era. El Imperio Romano lleva ya más de cinco siglos gobernando sobre tierras que se extienden desde el Atlántico a Mesopotamia y desde el Mar del Norte hasta el Sájara. Roma, la ciudad en que todo comenzó, ha cumplido ya 107 años y es la ciudad más grande, populosa y rica del orbe. Pero el emperador Constantino I ha decidido fundar una nueva capital desde donde dirigir el mundo romano. Será una nueva Roma que se alzará sobre una vieja ciudad griega, Bizancio, que asentada en el Bósforo controlará los caminos y las
rutas que van desde Asia a Europa y del Mar Negro al Mediterráneo. La nueva Roma se llamará Constantinopla y a partir del 11 de mayo de 330 crecerá, se enriquecerá y envejecerá a lo largo de 1123 años como sede del Imperio Romano. Y es que Roma, la auténtica e inmaterial Roma, no era solo una urbe, ni estaba ligada a tal o Cual territorio, gentes o lengua, sino que había crecido hasta transformarse en una idea imperial capaz de adaptarse y prosperar en geografías y ambientes muy diferentes a los que la vieron nacer. Por todo ello, siguiendo
las órdenes impartidas por Constantino, miles de hombres se afanaron en edificar fastuosos edificios y en adornar los foros, puertos, palacios, baños, basílicas, teatros y el gran hipódromo de la NEA Roma, con los más célebres Frutos del arte de los antiguos griegos y romanos, transformando Constantinopla en un urbano museo sin igual en la historia universal, en donde se podían admirar las obras defidias, Praxíteles, Lisipo, Escopas, Mirón, Apolonio de Tiana, Apeles, Esquilis, Diopenos, etcétera. Impresionantes esculturas, pinturas y monumentos llegados a la ciudad desde Atenas, Corinto, Delfos, Olimpia, Alejandría, Gaza, la Vieja Roma, Efeso, Antioquía, Pérgamo y desde
Un sinfín más de antiguas ciudades, antaño capitales de reinos e imperios y ahora sujetas a la más brillante capital imperial que imaginarse pueda. antiguas y nuevas maravillas. Columnas y arcos triunfales como los de Arcadio, Teodosio, Marciano o el propio Constantino, más altos y magníficos que los de la vieja Roma, adornaban los foros y la Mesé, la vía principal de Constantinopla. Y allí donde esta gran vía procesional concluía, se elevó con El tiempo la iglesia más fastuosa de la cristiandad, Santa Sofía, la primera universidad de la historia, la basílica Hilus, el gran hipódromo y el Sacro
Palacio imperial, con sus innúmeras maravillas y recintos. En una de cuyas fastuosas salas, la del trono de Salomón, el emperador, sentado sobre un trono hidráulico que, envuelto en nubes de incienso, parecía bajar del mismísimo cielo para asentarse en el marmóo suelo y recibir la reverencia y respeto de los Embajadores extranjeros llegados desde todos los rincones del orbe, mientras que broncinios y autómatas leones y pavos reales rugían y desplegaban sus metálicas plumas cuajadas de gemas ante el asombro de todos y lámparas que semejaban argenteos árboles repletos de pájaros se encendían aparentemente sin intervención humana, despertando el
mecánico canto de los pájaros de bronce que se posaban en sus plateadas ramas. Ese era el esplendor que rodeaba al Emperador del Imperio Romano de Oriente de Bizancio, el Basileus glorioso, que durante 1000 años reclamó para sí el legítimo dominio universal como imagen corpórea de Cristo en la tierra y heredero de los Augustos y Césares de Roma. Y es que un imperio que se renueva necesita dejar claro no solo su pasado y poder, sino su condición de imperio sagrado y por ello destinado a la eternidad, pues Roma era eterna. Sí, Pero fue en Constantinopla en
donde esa eternidad se concretó y se hizo milenio. Esta es la historia del imperio que se gobernó desde ella. Durante las primeras décadas del siglo IV, la nueva Roma, Constantinopla aún tuvo que competir, por así decirlo, con otras capitales imperiales. Mediolanum, la actual Milán, Augusta Treverorum, Oitreveris, Sirmium, la actual Esrenka Mikrobitza, Nikomedia, la actual Ismith, Tesalónica o Rávena. Por citar solo Algunas, fueron también sedes imperiales durante los siglos I, por supuesto, Roma. La primera y vieja Roma seguía siendo capital formal o al menos emocional del imperio. De hecho, solo con un emperador hispano, Teodosio I
el Grande, Constantinopla terminó por consolidarse como la única capital de la Pars Orientis del Imperio de los Romanos. Para ese entonces, Oriente había logrado superar la crisis militar provocada por las invasiones de los Godos, Alanos y Unos. Gobernado por Teodosio. Se había impuesto también a la Pars Occidentis. Aún no era la ciudad más grande del orbe romano, pero seguramente rondaba los 400,000 habitantes y en ella se anudaban las rutas comerciales que desde el lejano oriente, Arabia y Egipto, confluían en el Mediterráneo y en Europa. A la muerte de Teodosio, 395 se consuma la definitiva particón
del imperio. Arcadio, el hijo mayor del Emperador hispano, quedó en Constantinopla como Augusto de la Parsorientis. Su padre Teodosio había ya elevado al cristianismo a la categoría de religión oficial del imperio. Y la ligazón entre cristianismo e imperio se hizo tan fuerte que se confundieron. El emperador era la imagen especular de Cristo y este a su vez era el supremo y celeste emperador. El imperio estaba bajo la protección de Dios y por ende al emperador competía también fijar el Dogma y la ortodoxia. Así que las divisiones en el seno del cristianismo se convirtieron en asuntos
de política imperial y al extenderse también el cristianismo más allá de los límites de Roma, también en asunto relevante de su política exterior, frente a las tribus germánicas, muchas de ellas convertidas al cristianismo arriano o frente a la Persia Sasánida como garante de las comunidades cristianas a ella sometidas. El siglo Vlo de desafíos. La marcha de los unos desde las estepas del Mar Negro a las de la llanura panónica implicó una reactivación de las invasiones y ello, sumado a la despiadada lucha desencadenada entre las élites de Occidente por controlarlo, determinó que la pars Occidentis terminara
hundiéndose bajo las acometidas bárbaras y siendo despedazada en un sinfín de estados romanogermánicos. Oriente, por su parte, logró mantenerse Primero porque su economía, más diversificada y activa siguió bombeando suficientes recursos a las arcas imperiales como para que estas pudieran seguir sosteniendo una corte, una administración y un ejército lo suficientemente poderosos como para lidiar con los bárbaros y gobernar eficientemente. En segundo lugar, porque aunque el limes danubiano se tornó muy peligroso y la amenaza una fue terrible, Persia, la gran rival imperial de Roma, Se hallaba sumergida a su vez en graves problemas y desde 385 y
prácticamente a lo largo de todo el siglo Vuvo la paz permitiendo al emperador de Constantinopla centrarse en los Balcanes. En tercer lugar y no menos importante, porque al contrario que en Occidente, la fuerza militar romana no dependía tanto de los federados bárbaros, ni estaba controlada en su mayor parte por un solo generalísimo, sino que estaba dividida entre cinco Altos mandos sobre los que el emperador podía imperar. Y en cuarto lugar, porque la riqueza, fundamentalmente la propiedad de la Tierra, no estaba concentrada en manos de unas pocas familias, sino más repartida, lo que daba lugar a
una sociedad más articulada y equilibrada. Y bien necesarias que le fueron precisas esas ventajas y fortalezas, pues fue contra Oriente y no contra Occidente, contra quien Atila dirigió sus más formidables ataques. En 447 condujo a 60,000 de sus jinetes y guerreros unos y germanos contra la mismísima Constantinopla, cuyas murallas, derribadas por un terrible terremoto, ya no la protegían. Tres ejércitos romanos se sacrificaron en combate para retener a Atila. Y con ello dieron tiempo a los ciudadanos de la gran ciudad y a su prefecto, Flavio Constantino, a edificar en un tiempo récord, 3 meses, unas nuevas
y formidables defensas, los muros Teodosianos que detuvieron a Atila y que estarían destinados a rechazar invasor tras invasor acometidas durante 1000 años. En el siglo de las invasiones, el quinto, Oriente no se desentendió de Occidente en 410, 425, 434, 435, 441, 452, 467 y 468. Envió en su socorro ejércitos, flotas y enormes cantidades de dinero, pero todos sus esfuerzos fueron vanos. Y En 476, el magister Peritum Impraesenti, Odoacro, rey de los Éulos, depuso al último emperador de Occidente, Rómulo Augusto, y envió las insignias imperiales a Constantinopla. ¿Qué significaba esto? Que reconocía la autoridad suprema del
emperador de Oriente y que aunque fuera de Jure y no de facto, el imperio estaba de nuevo unificado bajo el poder de un solo hombre. Pero era ficción. África, La más rica de las diócesis de Occidente, era ahora un reino de bándalos y alanos y sus incursiones piratas azotaban incluso las costas de Grecia. Mientras que en Italia imperaba Odoacro, Britannia se hundía en un caótico torbellino de invasiones pictas, escotas, sajonas, anglas y jutas. Y en las galias combatían ferozmente entre sí burgundios, francos salios y ripuarios, alabanes, turingios y sajones. Mientras un reino galorromano, el de
Siagrio, Pugnaba por sobrevivir y el reino bisigodo acrecentaba su poder y extendía su dominio, o al menos su influencia sobre buena parte de Hispania. Pero si Occidente se disgregaba y empobrecía, Oriente sobrevivía y prosperaba. Bajo los reinados de Cenón y Anastasio I, 476 a 518, se acometieron reformas fiscales, militares y monetarias que convirtieron al imperio en un centro sin igual de riqueza y esplendor. La arqueología Muestra que crecieron la producción agrícola y artesanal, que se expandieron las tierras cultivadas y creció la población. Además, las fronteras volvieron a ser seguras y la migración de los ostrogodos
de Teodorico I el Grande a Italia liberó a los Balcanes del último resto de las invasiones germánicas. Cuando Anastasio I murió en 518, en su tesoro se acumulaban más de 32 millones de monedas de oro y sus Ejércitos y flotas eran de nuevo los más poderosos del Mediterráneo. De hecho, la divisa romana, el sólido áureo, era la moneda de pago internacional desde Irlanda a China y su volumen e importancia en lugares como India, el gran centro del tráfico internacional de los siglos VTO y sexto, fue de tal impacto que transformó la economía y sociedad del
subcontinente indio. Era pues el momento para el retorno del imperio a occidente y con el Momento adecuado llegó el hombre adecuado, Justiniano. En 533, tras arreglar una paz con Persia, de nuevo transformada en gran superpotencia y superar una sublevación popular, la nic, Justiniano envió contra el reino vándalo africano una flota de 592 barcos en las que se embarcaron 48,000 marineros y soldados comandados por un joven y genial general, Belisario. Belisario logró en apenas 6 meses aniquilar al más Peligroso de los reinos bárbaros de Occidente, capturar a su rey Gelimer, apoderarse de su mítico tesoro, entre
cuyos objetos más preciados estaba la menorá del templo de Jerusalén, de la que se habían apoderado los vándalos al saquear la vieja Roma en 45 y devolver al gobierno directo del imperio ocho provincias: Tripolitania, Vizacena, Procónsular, Numidia, Mauritania 1 y 2, Baleares y Sardinia, que sumaban más de 350,000 km² y 5 millones de habitantes al imperio de Justiniano. Belisario pudo entrar triunfalmente en Constantinopla y arrojar a los pies de Justiniano al rey bándalo que Cabizbajo repetía una y otra vez: "Vanidad de vanidades y todo vanidad, mientras en torno suya se mostraban ante los ciudadanos de
Constantinopla sus tesoros que ahora pasaban a manos del emperador. No quedó ahí la cosa, pues Justiniano tenía un claro y declarado propósito que expresó en una de sus leyes. Tenemos la esperanza de que Dios nos permitirá reunir las tierras del viejo imperio de los romanos que se perdieron por indolencia. Y para ello, en el verano de 535, Belisario partió con un nuevo ejército para reconquistar Italia. logró hacerse con Sicilia, con Nápoles y aún con la mismísima Roma, en donde entró en diciembre de 536. Pero la guerra gótica fue mucho más dura y agotadora que la
bándala y las operaciones bélicas se prolongaron durante años. Súmese a ello el efecto devastador de dos fenómenos naturales. gran velo de polvo que precipitó al mundo a un periodo de crisis climática, la pequeña edad de hielo de la antigüedad tardía, que trajo consigo hambrunas y enfermedades que debilitaron a la población y economía del imperio, y la Devastadora pandemia conocida como plaga de Justiniano, la primera epidemia de peste bubónica que conocieron Europa y el Mediterráneo y que se llevó por delante, a partir de 541 a entre un 25 y un 30% de la población. Todo ello
claro está, debilitó el esfuerzo militar puesto en marcha por Justiniano. Y cuando en 540 Persia trató de aprovechar esas dificultades, atacando por sorpresa Bizancio y conquistando la tercera de sus grandes Ciudades, Antioquía, Justiniano se vio ante inmensas dificultades para continuar con la recuperatoo del occidente romano. Y sin embargo, la fortaleza militar y económica del imperio en esos años era de tal poderío que lo logró. Para 552, Narsés, otro de los generales de Justiniano, había vencido y dado muerte al último gran rey ostrogodo, Totila. En 554 aniquiló a decenas de miles de invasores francos y alemamanes
y en Breve completó la conquista de toda Italia y Dalmacia. 2 años antes, 552, un ejército romano desembarcó en Hispania para intervenir en la guerra civil bisigoda y se hizo con buena parte del sureste de la península, transformándolo en la provincia de España. Y para 557, Persia, la gran rival, solicitaba una tregua que pronto fue paz y que reconocía la hegemonía de Justiniano sobre disputados territorios Caucásicos y mesopotámicos. El imperio había estado al borde del agotamiento, pero para 565, cuando murió Justiniano, sus ingresos y gastos estaban de nuevo equilibrados. Aún quedaba un cuantioso remanente del
tesoro legado por Anastasio I. Sus ejércitos y sus flotas imperaban en todo el Mediterráneo, que volvía a ser un lago romano. Y su capital, Constantinopla, era la ciudad más rica, próspera y poblada del orbe, Pues contaba con unos 700,000 habitantes. Justiniano no solo había aumentado el territorio de su imperio en un 40% y su población en un 25%, sino que su reinado fue clave para la cultura universal. Se asistió a un renacimiento cultural sin precedentes. historiadores y anticuarios como Procopio, Agatías, Esteban de Bizancio o Juan Lido, ingenieros y arquitectos como Isidoro de Mileto y Antio
de Tralles, médicos como Alejandro de Tralles o Aecio de Amida, filósofos como Olimpiodoro de Tebas o Juan Filoponos, geógrafos como Cosmas Indicopleustes, juristas como Treboniano, tratadistas como Pedro Patricio y poetas como Flavio Cresconio Coripo o como Pablo el Silenciario. dotaron de un esplendor sin igual a la Romania de Tiempos de Justiniano. Junto a Justiniano hubo una formidable mujer, Teodora. Nacida en la miseria, abandonada por su madre, sobrevivió en Las calles convirtiéndose en actriz y prostituta, escandalizando a la sociedad de su tiempo. Luego, tornándose una mujer culta y apartada del mundano ruido, enamoró a Justiniano. Y
este, pese a las leyes imperantes y a la oposición de su tío, el emperador Justino Io, que amenazó con apartarlo del trono, se casó con ella. A partir de ahí, Teodora no solo fue su mujer, sino la Augusta de los romanos y como tal protegía a los desválidos. Bajo su Acción se construyeron y dotaron hospicios, hospitales, orfanatos, y bajo su influencia se promulgaron leyes que protegían a las mujeres abandonadas o maltratadas, a las huérfanas. Y cosa destacable, se habilitaron prisiones separadas y especiales para las que delinquían y escuelas en donde se las formaba para que
aprendieran un oficio y se desligaran de la prostitución o la mendicidad. Teodora, además, participó como augusta del gobierno imperial y Siempre fue la más influyente consejera de su esposo. Dos cosas se desconocen generalmente de Justiniano, que fue el primer Augusto en intitularse emperador de los romanos y que fue el que más edificios, monumentos y obras arquitectónicas erigió en toda la historia del Imperio Romano. Centenares de iglesias, monasterios, palacios, puentes, puertos, cisternas, murallas, fortalezas, graneros, faros, baños, ciudades, se alzaron por todo el imperio Durante su gobierno, desde Ceuta a Damasco y desde el Danubio a lo
profundo del Sájara. Pero la más grande obra fue Santa Sofía, gloria de los romanos, el edificio más impresionante, la iglesia más grande del mundo. Y lo siguió siendo hasta que se elevó en Roma 1000 años más tarde San Pedro Vaticano. Pero hubo algo que Justiniano no pudo dejar tras de sí, un heredero digno, pues le sucedió Justino Segund, su sobrino, un hombre taimado, Traicionero, vanidoso y rencoroso, amén de torpe, que en apenas unos años tiró por la borda la política exterior de su tío y llevó al imperio a combatir, no en una ni en dos,
sino en cinco guerras a la par, contra moros, bisigodos, longobardos, ávaros y persas. Las derrotas que cosechó lo llevaron literalmente a la locura. Para 573, Justino Segund se creía un perro y atacaba a mordiscos a los embajadores extranjeros. La Augusta Sofía, sobrina De la granodora, decidió nombrar César a un hombre fuerte y prudente, Tiberio Segund. Decisión acertada, pues desde 572 la otra gran superpotencia del mundo antiguo, Persia, estaba en Liza con Bizancio por la hegemonía sobre Oriente. Fueron años duros, pero Tiberio y su sucesor, Mauricio fueron enderezando la situación. Para 591, Bizancio había vencido a
Persia y puesto en su trono a un rey de reyes, Cosroes II, que llamaba Padre y Señor al emperador de los romanos. había recuperado de manos bisigodas las ciudades que le arrebatara el rey Leovigildo en sus fulgurantes campañas, impuesto en África la paz a los moros y conquistado allí el reino romano berever de Altaba, contenido en Italia a los longobardos y frenado a ávaros y eslavos en los Balcanes. Contra estos últimos ávaros y eslavos, lanzó Mauricio, emperador de 582 a 602, una serie de Potentes expediciones. Por primera vez en cuatro siglos se vio a los
ejércitos romanos operando al norte del Danubio y para 602 lo estaban haciendo en los cárpatos y más allá, llegando a lugares que ni tan siquiera los ejércitos de Trajano alcanzaran. Parecía que el imperio regido desde Constantinopla se disponían nuevamente a gobernar el mundo como antaño lo hiciera desde la vieja Roma, que por cierto le estaba sometida desde los días de Belisario y Narsés. Pero entonces los ejércitos del Danubio, cansados de la tacañería del emperador Mauricio, se alzaron contra este último y levantaron sobre el escudo a un brutal y viejo centurión, Focas, y la historia de
Bizancio volvió a girar. Focas marchó sobre Constantinopla y la tomó. Ordenó asesinar a Mauricio y a toda su familia e inició una espiral de terror y asesinatos. Como no había conocido el mundo romano desde los días de Caracala, Nerón o Calígula, cientos de senadores, nobles, generales y altos funcionarios fueron ejecutados, quemados vivos, descuartizados. Al principio el pueblo y la iglesia ortodoxa, congraciado con focas por los espectáculos circenses y las entregas gratuitas de grano que ofrecía el primero y la promesa de lucha contra la herejía monofisita que prometía a la segunda, lo apoyaron. Pero pronto el
imperio se desgarró en un torbellino de Guerras civiles, peleas partidarias, sublevaciones populares y luchas religiosas que el rey de reyes de Persia, Cosroes II, aprovechó para presentarse como vengador de Mauricio e invadir el imperio. Pronto, los ejércitos persas penetraron en las provincias orientales y en África, en Cartago. Harto de violencia y mal gobierno, el exarca o supremo gobernador civil y militar, Heráclio el Viejo, envió a su hijo Heráclio a acabar con el Tirano y restaurar el orden. Lo logró en octubre de 610. Heraclio tomó Constantinopla a la cabeza de su flota y apresó y ejecutó
al brutal focas y se coronó a Augusto. Pero el imperio estaba al borde del colapso. Los ávaros, que habían sujetado a su dominio infinidad de tribus eslavas, germanas y protovúlgaras, habían cruzado de nuevo el Danubio y pronto las sordas eslavas penetrarían hasta el Peloponeso y los arrabales de Atenas, Tesalónica y la Mismísima Constantinopla. Y en oriente los persas imparables tomaron Antioquía, Damasco y ya en 614 Jerusalén, a la que sometieron a un espantoso saqueo con el concurso de la minoría judía, que desesperada ante las persecuciones que contra ella desencadenaron los bizantinos, se había vuelto hacia
Persia. La Veracruz, la más santa de las reliquias, fue llevada a Persia y el Imperio sagrado, el que regía un emperador que se consideraba la Imagen corpórea de Cristo en la tierra, parecía abandonado a su suerte por [Música] Dios y siguió abandonado a su suerte. En 61, los persas tomaron al asalto a Alejandría, la segunda ciudad del imperio y su puerto más activo después de Constantinopla. Egipto, la provincia más rica y poblada, era ahora un dominio persa y una flota persa navegó por el Mediterráneo 1000 años después de que Alejandro Magno Privara a Irán de
su dominio. Chipre, Creta, Rodas, Las Cícladas, Efeso fueron saqueadas por los persas y sus ejércitos se plantaron en la orilla asiática del Bósforo. Y ello a la par que el jagán Ávaro, a la cabeza de docenas de miles de salvajes jinetes de la estepa y de innúmeras sordas de guerreros eslavos, saqueaba los arrabales de Constantinopla. Heraclio, desesperado, se planteó incluso abandonar la nueva Roma y Regresar a Cartago. Pero no lo hizo. Decidió dejar de ser solo un emperador romano y transformarse en un héroe. El 5 de abril de 622 se presentó ante el último ejército
romano, revestido con sus armas, calzando las botas negras de un simple soldado y portando el más fascinante de los estandartes, la imagen no pintada por mano humana, probablemente nuestra sábana santa de Turín. Fue el inicio de Una serie de seis épicas campañas que llevarían a Heraclio y a sus soldados hasta el corazón del actual Irán. Hasta lo que hoy es Daguestán y hasta las proximidades de la actual Bagdad. Nunca un emperador romano combatió tanto en primera línea, recibió tantas heridas en combate ni cosechó tantas victorias desesperadas. Pero lo logró. En 626, Constantinopla resistió el sitio
al que fue sometida por 80,000 ávaros y eslavos y 40,000 persas. Heraclio logró Vencer a un gran ejército persa y asegurarse la alianza de los poderosos turcos Cock. Al año siguiente, el 12 de diciembre de 627, en la llanura de Nínibe, derrotó definitivamente a los persas y aunque fracasó en su intento de tomar su capital, Tesifonte, logró que Cosroes II fuera derrocado y que su sucesor le suplicara la paz. La Veracruz fue llevada de nuevo y en triunfo a Constantinopla. Y Heraclio, el 1 de enero de 629, ante el delirio de sus súbditos, entró en
triunfo en Constantinopla, montado sobre una cuádriga de oro tirada por cuatro elefantes capturados a los persas. Embajadores llegados desde la India y desde las estepas, desde Occidente y Abisinia, se postraron a sus pies y Bizancio nuevamente pareció el centro del mundo. Pero a la par que Heraclio devolvía la Veracruz a Jerusalén año 630, en Arabia, un profeta Mahoma entraba en triunfo en otra ciudad santa, Lame Meca. Pronto, muy pronto, el imperio restaurado por Heraclio vería alzarse ante sí a un nuevo y formidable enemigo, los árabes. Mahoma unificó a los reinos y tribus de Arabia y
las lanzó contra los viejos imperios, Persia y Bizancio, que agotados tras 25 años de guerra sin tregua, no esperaban tener que hacer frente a los árabes. Y aunque los Primeros ataques musulmanes fueron derrotados, por ejemplo, en la batalla de Muta de 629, a la muerte del profeta, sus sucesores lanzaron nuevas huestes contra las fronteras romanas y persas y obtuvieron grandes éxitos. En agosto de 636, en el río Yarmuc, en los altos del Golán, unos 40,000 soldados romanos fueron casi exterminados por los 25,000 guerreros árabes, capitaneados principalmente por el genial Jalid, la Espada de Dios, el
más grande de los generales formados a la sombra de Mahoma. Heraclio, amargado al ver que todos sus logros frente a Persia se diluían ante el nuevo enemigo, enfermo y mortificado por creer que aquello, sus derrotas eran el castigo de Dios por sus pecados, abandonó Siria y Palestina a su suerte. Antioquía, Damasco, fueron conquistadas y Jerusalén abrió sus puertas al califa Omar en 638. No se detuvo ahí la expansión árabe. Tras derrotar a Persia, cayeron los musulmanes sobre Egipto en 639 y en 642 se apoderaron de Alejandría y pronto, muy pronto, sus flotas disputaron el mar
a los bizantinos. Para entonces, Heraclio ya había muerto y el Imperio Bizantino nuevamente había pasado del apogeo a la crisis más completa. En 648, un ejército árabe atacaba ya África Con éxito. En 649, los árabes saqueaban Chipre y en 654 Rodas, de donde se llevaron los restos de su célebre coloso. y en 655 derrotaban al emperador constante segundo y a su flota en la batalla de los mástiles. Y para 661, cuando el califa Moya inauguró el reinado de los somellas de Damasco, todo apuntaba a que en no muchos años Bizancio perecería como lo había hecho
la Persia Sasánida. Si no lo hizo, fue Gracias a las reformas de un hombre tan genial como olvidado, Constante Segund, privado de sus provincias más ricas y populosas, Egipto, Siria, Palestina, Mesopotamia superior, sin control efectivo sobre la mayor parte de cuantas poseía en los Balcanes, Tracia, Iriria, Macedonia, Dalmacia, Epiro. Hacia el año 656, Constant II se veía incapaz de sostener a sus ejércitos. y hacer frente a las incursiones navales y terrestres que año tras año emprendían contra los Restos del imperio los árabes. Pero la guerra civil desencadenada en el califato entre los seguidores de Alí
y los de Moahya le dio una oportunidad, pues este último le ofreció una ventajosa tregua, tiempo e inteligencia. Con eso salvó constante segundo al imperio, pues con la paz tuvo ocasión para poner en marcha el sistema temático. Es un error muy común atribuir estas reformas a Heraclio, pero fue su nieto quien las implantó. ¿En qué Consistían? Básicamente, tras las invasiones de persas y árabes, las tierras asiáticas que aún controlaba el imperio, esencialmente lo que hoy es la Turquía asiática, estaban en buena parte devastadas y privadas de dueños. Constante II, que no tenía oro para pagar
a sus ejércitos de campaña, optó entonces por concederles tierras en vez de oro, tierras que labrarían campesinos que entregarían rentas a esos soldados con las que estos últimos se tendrían Que equipar y armar. Los soldados se convertían así en medianos propietarios que, además de librar al estado de la carga de sus pagas cuatrimestrales, se veían ahora ligados a unas tierras que eran suyas y que, por ende, defenderían con uñas y dientes. Cada lote de tierras era lo suficientemente extenso como para permitirle a un soldado pagarse un caballo, una armadura y las armas ofensivas correspondientes. Surgieron
así los Temas, divisiones de los armeníacos. Esto es las tierras donde fueron instalados los hombres del antiguo ejército de campaña de Armenia, el de los Anatólicos, donde se asentaron los de Oriente, el de Tracesios, donde lo hicieron los del ejército de campaña de Tracia y el de los Caravisianos. Un tema que debía proveer de una flota al imperio y que se extendía por las costas occidentales de Asia Menor y las islas cercanas. Cuando los árabes regresaron, Se hallaron ante un nuevo imperio dotado de nuevos ejércitos dispuestos a combatir por cada palmo de tierra. Y lo
hicieron en Asia Menor y en África, en Sicilia y en el mar y ante los muros de Constantinopla. Por dos veces en 674, 678 y 71718, inmensas flotas árabes de más de un millar de barcos de guerra y transporte y colosales ejércitos de hasta 200,000 guerreros y sirvientes se Lanzaron contra Constantinopla y por dos veces fueron derrotados por sus murallas y por una nueva secreta y terrible arma, el famoso fuego griego. Las pérdidas en barcos y hombres para los árabes fueron tan grandes para el califato que el califa de Damasco se planteó incluso abandonar una
de sus últimas y más lejanas conquistas, Hispania. Y es que para ese entonces los árabes ya habían conquistado Cartago, 698 y el resto del África bizantina y se Habían plantado en la Hispania bisigoda, sometiéndola casi por completo. Pero Constantinopla y el imperio resistían. ¿Cómo hubiera sido la historia de nuestro mundo sin su empecinada lucha? Muchos eruditos lo imaginaron y es probable que lo que sucediera siglos más tarde, tras la toma otomana de Constantinopla en 1453, que los ejércitos de la media luna se plantaran en Europa central, hubiera acontecido en el siglo VI cambiando el Devenir
de la historia universal. Pero los árabes no lo lograron. En Constantinopla regía para aquel entonces un hombre duro y correoso, león tercero, Elisaurio, y él y su hijo, el velicoso Constantino V, fueron emperadores de espada que derrotaron muchas veces a árabes, búlgaros y eslavos. Para ese entonces, el imperio había cambiado mucho. Desde 629, el latín no era ya su lengua oficial, sino que esta era el griego. Y Nuevas leyes, como el nomos geórgicos y la egloga regían ahora donde antaño lo hicieran las viejas leyes romanas compendiadas y actualizadas por Justiniano. Sus ejércitos ya no estaban
conectados con aquellos que mandaran Constantino o Belisario, sino que eran fuerzas dotadas de un carácter y modos muy diferentes. Y su territorio se concentraba ahora en torno a Alejeo y abarcaba apenas una fracción de lo que antes dominara. Y aunque Constantinopla Seguía siendo una magna ciudad y el centro comercial, económico y cultural más destacado del Mediterráneo, pronto nuevas capitales imperiales, las del mundo islámico, le harían severa competencia. Competencia basada en la imitación y el aprendizaje. En Damasco y Jerusalén, los árabes levantaron mezquitas y palacios de estilo claramente bizantinos. Y en Bagdad se copiaron y tradujeron
miles de libros traídos desde Bizancio para Contribuir al progreso de la medicina, la farmacopea, la astronomía, las matemáticas o la filosofía islámicas. Pues fueron Bizancio y la Persia Sasánida las que proporcionaron un suelo fértil a la nueva civilización. El imperio, además, se estaba alejando más y más del occidente latino y germánico. León IO y Constantino V promovían la iconoclastia y ello los enfrentaba con el cada vez más independiente obispo de Roma, el Papa, y con las iglesias latinas que a él le estaban sometidas. El Papa, desesperado ante los ataques del rey de los longobardos y
desconfiando de la ayuda que pudiera prestarle un emperador de Bizancio al que consideraba herético, se volvió hacia el hombre que controlaba al último gran poder del occidente cristiano, Pipino el Breve, y lo coronó como rey de los francos. No pasarían muchos años sin que uno de sus hijos, Carlos, se Presentara en Roma para ser coronado como sucesor de los antiguos augustos de Occidente. Y así, el día de Navidad del año 800, el Imperio Bizantino, el auténtico heredero de Roma, vio como en Occidente resurgía un nuevo imperio que reivindicaba la herencia romana. Eran los días de
una emperatriz, Irene, y la controversia iconoclasta seguía condicionando la política imperial. Más al este, el califato Omeella había caído y un nuevo califato, el abasí, con Capital en Bagdad, lo había sustituido. Esto, claro está, aminoró un poco la presión que los árabes ejercían sobre los romanos de Oriente. Pero ahora Bizancio era un imperio situado entre dos potenciales imperios enemigos. El Carolingio y el abasí sobreviviría. Fueron años peligrosos para Bizancio. Las tribus eslavas y búlgaras estaban levantando poderosos reinos en los Balcanes y flotas de piratas y corsarios musulmanes azotaban Sicilia, las Baleares, Cerdeña y las posesiones
italianas que aún le quedaban. Y ello a la par que los sucesores de Carlo Magno, ora lo presionaban, ora pactaban con él. y los ejércitos abasíes retomaban las incursiones en Asia Menor. Peor aún, en lo que hoy son Ucrania y Rusia, se había alzado un nuevo poder. La Rus de Kiev y flotas de Varegos. Vikingos de Oriente atacaron en varias ocasiones una Constantinopla que, asediada por tantos Enemigos y desgarrada por las luchas intestinas entre iconoclastas e iconófilos, parecía a punto de sucumbir. Ciertamente lo parecía. En Sicilia avanzaban los conquistadores musulmanes, que también arrebataron Creta al
imperio. Y el CAN de los búlgaros, el terrible Krum, aniquiló a un ejército imperial y dio muerte al Basileus Nicéforo, tras lo cual amenazó la capital bizantina. Todo era caos y destrucción. Y cuando todo parecía desaparecer bajo los golpes de piratas, corsarios y aventureros musulmanes y bárbaros norteños, un hombre surgido de entre el pueblo llano, Basilio I, el macedonio, se alzó hasta el trono y llevó al imperio al inicio de una nueva fase de poder y esplendor. Para ese entonces 867, de forma inadvertida, Bizancio había ido fortaleciéndose en la sombra. Emperadores como el maladado Onicéforo
I, muerto en combate en 811, habían llevado a cabo reformas que estimularon grandemente el comercio, la industria y la agricultura. Otros como Miguel II, Teófilo o Miguel Io reforzaron la flota y el ejército. Asentaron colonos militares de origen persa, armenio, mesopotámico y eslavo en las fronteras y ampliaron la red de alianzas del imperio. Por eso, aunque Bizancio seguía retrocediendo en no pocos frentes y cosechando de tanto en Tanto devastadoras derrotas, estas se fueron intercalando con victorias y con una correosa economía y sociedad, capaces de restablecerse una y otra vez. Ello era así en no poca
medida, porque Bizancio contaba con algunas ventajas únicas entre los estados y pueblos del siglo IX. Poseía una extensa clase media, si se nos permite el presentismo, hecha de soldados poseedores de extensos lotes de tierra, comerciantes, artesanos prósperos y campesinos libres. Contaba, Además con una poderosa y bien articulada administración, una economía diversificada, redes comerciales internacionales y una tradición imperial que le otorgaba un cúmulo de experiencias atesoradas durante siglos que lo proveían de modelos y enseñanzas prácticas sobre cómo relacionarse con sus vecinos y cómo gestionar sus intereses imperiales. su sofisticado sistema fiscal, su superioridad tecnológica, que Se
demostraba en el uso de armas como el famoso fuego griego y en su capacidad para fabricar armas, barcos y pertrechos de guerra en mayor cantidad y calidad que ningún otro estado del momento, le conferían un potencial presto a ser usado por un gobernante capaz. Basilio I fue ese gobernante. De oscuros orígenes se elevó hasta el trono gracias a su atractivo personal y gracias a la violencia. Pero una vez en el gobierno del Imperio supo movilizar las energías Acumuladas durante las décadas precedentes. Y aunque en algunos lugares marginales se siguieron cosechando derrotas y retrocesos, a inicios
del siglo X se perdieron definitivamente las Baleares y en Sicilia se siguieron cediendo ciudades a los árabes. En otros, los decisivos, el imperio pasó a la contraofensiva con éxito. Fue también durante el siglo IX cuando Cirilo y Metodio, los apóstoles de los eslavos, iniciaron la conversión de los pueblos De la Europa suroriental al cristianismo. Pronto, los eslavos contaron con un alfabeto propio inspirado en el griego, el cirílico, que aún es usado en países como Rusia. Bizancio había iniciado una nueva fase de expansión y florecimiento que pronto se manifestó aún más arrolladoramente en Asia Menor, en
donde la crisis del califato AASí habría posibilidades a recuperar territorios. Los descendientes de Basilio I se Caracterizaron por su amor a la cultura y por su capacidad para continuar con la prosperidad y el rearme del imperio. El siglo X marca un segundo y poderoso renacimiento cultural, el macedonio, que toma su nombre de la nueva dinastía fundada por Basilio I. En el arte se producen obras que anticipan y a veces superan a las que se verán en el Renacimiento italiano del 14 y aún del 15. Y la ciencia y la literatura bizantinas logran nuevas Cumbres. Surgen
auténticos humanistas con dominios sobre artes y ciencias, tales como los emperadores León VI el Sabio o Constantino Porfirogénita o como los sabios Miguel Sellos y Juan el gramático. La medicina, la alquimia, la botánica, las matemáticas, la astronomía y otras muchas ciencias y disciplinas alcanzan cotas y logros que en Occidente no se verán hasta el siglo XV. La historia sustituye de nuevo a la crónica. Y la poesía y el estudio de los Autores clásicos logran también cimas inigualables. Y es que mientras en Occidente se había perdido buena parte del legado griego y romano, en Bizancio se
conservaba por entero, se actualizaba, reinterpretaba y aumentaba. ¿Quién sabe hoy que fue en la Constantinopla del siglo X, donde por primera vez se realizó con éxito una operación de separación de Siameses? ¿Quién sabe hoy que en Constantinopla se operaba con éxito a los pacientes de Cataratas o se les realizaba trepanaciones y traqueotomías a las que sobrevivían? ¿Quién sabe que en la Constantinopla de mediados del siglo X un emperador compilaba auténticas enciclopedias especializadas sobre el arte de gobernar, sobre la diplomacia y sobre otras muchas disciplinas, a la par que era diestro en la pintura, en la
medicina y en la observación de los astros? Ciencia, cultura y guerra. El bizancio de los macedonios era también Un imperio de hierro. A partir de mediados del siglo X, su poder militar se demuestra hegemónico e imparable en Oriente, en los Balcanes, en Italia y en todo el Mediterráneo. A la par que su diplomacia forja alianzas con poderes tan lejanos y diversos como lo eran el califato cordobés o el imperio estepario de los Jázaros en el sur de la actual Rusia. Emperadores como Nicéforo I, llamado por los musulmanes de Siria la muerte Pálida, llevarían a los
ejércitos bizantinos a una serie imparable de victorias. Se reconquistaría Creta en 961, se sometería a Cilicia, se devolvería el norte de Siria y Mesopotamia al dominio imperial, se sometería a Basallaje a Alepo y Antioquía volvería a ser la capital de una provincia romana. Y ello a la par que se ampliaba el dominio sobre los Balcanes y se iniciaba una acción reconquistadora en Italia y en las aguas Del Mediterráneo occidental, que para la década de 970 fueron limpiadas de piratas y corsarios musulmanes. El sucesor de Nicéforo I, Juan Cimistes, llevaría los estandartes bizantinos al Líbano y
al Tigris, penetraría hasta Galilea, sometería buena parte de la actual Bulgaria y derrotaría y rechazaría a los ejércitos de la Rus de Kiev, propiciando su conversión al cristianismo ortodoxo y preparando así el camino para que la futura Rusia Adoptara no pocos elementos de la civilización bizantina. Cuando en 976 Basilio I llegó al trono, el Mediterráneo volvía a ser un lago romano. Constantinopla alcanzaba un millón de habitantes y el imperio que regía volvía a ser la principal y más rica potencia del viejo mundo. Basilio II sería llamado el vulgaróctono, el matador de búlgaros, pues campaña tras
campaña aniquilaría al Segundo imperio búlgaro. En una batalla librada en 104, hizo decenas de miles de prisioneros búlgaros y cegó a 99 de cada 100, dejando al último de la centena tuerto para que guiara al resto hasta el palacio del zar púlgaro Samuel. Cuentan que cuando Samuel vio llegar las interminables filas de guerreros búlgaros cegados conducidos por tuertos, no soportó la impresión. Para 1023, cuando Basilio Segund murió, sus dominios iban desde Nápoles al Tigris y desde Crimea al Líbano. En los Balcanes su dominio era completo y búlgaros, serbios y demás pueblos eslavos meridionales formaban ahora
parte de su imperio y otro tanto ocurría con los armenios. El despliegue de poder era tan apabullante que algunas tribus y árabes del norte de Mesopotamia abandonaron el Islam y se convirtieron al cristianismo para jurar fidelidad al Basileus de los romanos. La cultura y la ciencia alcanzaron Entonces cotas increíbles. Basta con ver los frescos, leer los tratados o la poesía del momento, estudiar las obras dedicadas a la geometría, a las matemáticas o a la óptica, por citar solo algunos ejemplos para comprender que siglos antes de que el Renacimiento diera luz en Italia, Bizancio era un
foco deslumbrante sin el que el renacimiento occidental sería impensable. Pero ya se larvaba una nueva crisis. Hasta ese momento, inicios del siglo X, las bases del poder bizantino habían estado echadas sobre la reforma temática. Eran los millares de soldados dotados de propiedades agrarias, lo suficientemente extensas como para garantizarles el poder y equiparse y armarse adecuadamente. Propiedades que se evaluaban en 12 libras de oro, lo que garantizaba el poderío militar y el equilibrio social. Esos medianos propietarios, junto con Comerciantes y artesanos prósperos, formaban una nutrida clase media que nutría de impuestos y de tropas al estado
imperial y garantizaba su independencia de la alta nobleza. Pero las largas y afortunadas guerras liberadas durante el siglo X y bajo Basilio II habían propiciado que la nobleza militar acrecentara grandemente su poder y ese poder se traducía en la acaparación de más y más tierras. Tierras en las que los antiguos Estratiotas, los soldados dotados de propiedades, pasaban a ser ahora vasallos de esa poderosa nobleza. Familias como los cúrcuas, los melisenos, los brinios, botaniates, focas, comneno, etcétera, controlaban miles de kilómetros cuadrados de tierras en Anatolia y los Balcanes y lenta, pero inflexiblemente, arrancaban más y más
antiguos contribuyentes y soldados del poder imperial. Para contrarrestar a esta nobleza Territorial y militar, algunos emperadores del siglo X fortalecieron a la nobleza palatina y promovieron al alto funcionariado civil, a la par que menguaban los recursos militares para así debilitar a las grandes familias terratenientes que copan el generalato. ¿Y por qué no? El califato abasí era solo una sombra. La flota bizantina controlaba el Mediterráneo. El imperio búlgaro había sido destruido y la Rus de Kiev estaba bajo la influencia Constantinopolitana, mientras que el califato Fatimí en Egipto retrocedía ante el poder bizantino y buscaba acuerdos con
él. En suma, no parecía haber enemigos que amenazaran al imperio. Así que desde Constantinopla se optó por disminuir el ejército, descuidar aún más el sistema temático y confiar más y más en grupos de mercenarios. Y todo parecía ir bien. Hacia el año 1050, una mujer Zoe, una sobrina de Basilio II, regía el más grande, populoso y rico imperio. Su corte era deslumbrante y la disminución de sus ejércitos no parecía haber afectado a su poder, sino tan solo a contribuir a llenar más y más sus arcas con brillante oro. Pero es el hierro y no el
oro el que gobierna a los hombres. Y cuando no hay enemigo cerca, es uno llegado desde la lejanía quien te pone a prueba. Y llegó su nombre los turcos Selhook, pero también los normandos, los Primeros llegaron desde el corazón de Asia, conquistaron primero Persia y luego sometieron a su dominio al califa de Bagdad. Para 1047, sus ejércitos ya saqueaban Armenia y se adentraban profundamente en Asia Menor. Y allí, en vez de ejércitos numerosos y bien equipados, se encontraron con dispersas y poco combativas bandas mercenarias y con una nobleza militar más preocupada por desafiar a su
rival, la nobleza palatina constantinopolitana y a Acrecentar sus dominios que a combatir a los nuevos invasores. A la par, en Italia, una banda de mercenarios al servicio del imperio se sublevó en Apulia. eran normandos llegados desde el norte de Francia y que habían acudido para combatir contra los árabes de Sicilia, pero ahora se alzaron contra el imperio que les pagaba y en pocos años constituyeron un fuerte reino. Fueron ellos los que capturaron al Papa en 1053 Y promovieron en no poca medida que los desacuerdos teológicos y de jerarquía eclesiástica ya existentes se exacerbaran y terminaran
en el llamado cisma de celulario de 1054, que al contrario que el precedente cisma de focio del siglo IXaría para siempre al cristianismo oriental del occidental. Pero los normandos no solo irían arrebatando el sur de Italia y Sicilia al imperio, sino que pronto pasaron a lo que hoy son Albania y el Epiro griego y amenazarían Tesalónica y ello en el momento en que a oriente el poder de los turcos Hook parecía ya incontenible. Demasiado tarde se dio cuenta el imperio de ello. Tras la muerte de Zoe y de su hermana Teodora, se extinguió la dinastía
Macedonia y se terminó eligiendo a un noble con larga experiencia militar, Isaac Comneno, que frustrado por la oposición de la corte y el funcionariado civil, dejó el poder. Al cabo fue otro miembro de la nobleza militar, Romano I, quien tomó las riendas del poder y condujo a un gran ejército contra los turcos. Era el año 1071 y Bizancio se dirigía al desastre. Fue en Manzikert, en el este de la actual Turquía, donde el gran ejército bizantino, minado por la traición de parte de la nobleza bizantina y de sus mercenarios normandos, sucumbió ante los turcos, capitaneados
por el león valiente, el sultán Alp Arslan. El Emperador combatió con valor, pero al cabo fue capturado y obligado a firmar un tratado. Peor aún, cuando regresó a su capital, fue depuesto por un golpe de estado y cegado de forma tan brutal que murió al poco. No sujetos ya por ningún tratado, los turcos Hook pasaron nuevamente a la ofensiva y en brevísimos años se apoderaron de toda Asia Menor. Para 1081 controlaban desde las costas del Ejeo y del Mármara hasta el Éufrates. En Europa el imperio perdió en 1071 Bari, su última posesión italiana. Y desde
el Danubio, los uzos, pechenegos y cumanos, tribus de las estepas, sembraban el terror, mientras los normandos de Roberto Guiscardo, la comadreja, amenazaban Tesalónica. En tan solo poco más de 30 años, Bizancio había pasado de ser la potencia indiscutible a ser un imperio al borde del colapso y nuevamente apareció el hombre providencial. Esta vez se llamaba Alejo Io Comeno y sin apenas tropas ni oro se Fue imponiendo a todos sus rivales para luego enfrentar a los enemigos externos. Los normandos fueron expulsados de los Balcanes, los pechenegos vencidos y alistados como mercenarios en los ejércitos imperiales, los
turcos divididos entre sí gracias a una hábil diplomacia. Pero estos logros tuvieron su coste. Para frenar a los normandos, Alejo Io acudió a Venecia y a cambio de su apoyo le entregó el comercio del imperio en no poca medida. Y para Hacerse con tropas con las que hacer retroceder a los turcos, acudió al papado y este, para sorpresa de Alejo, no le envió bandas de mercenarios, sino una cruzada. En 1095, decenas de miles de caballeros, soldados, monjes, campesinos, mujeres y niños se pusieron en marcha desde Italia, Francia, Flandes y Alemania para ir a Constantinopla. Alejo
creyó poder usarlos, pero pronto los recién llegados mostraron ser tanto un arma como un peligro mortal para el Imperio. Los cruzados recuperaron Nicea y el Asia Menor occidental para Bizancio, pero en Antioquía, también recuperada, se negaron a seguir con lo acordado en Constantinopla y se quedaron con ella sin reconocer la autoridad suprema de Alejo. por su parte movilizó sus tropas y retomó no pocas tierras a los turcos, pero tuvo que admitir de mala gana que en Oriente ahora, además de lidiar con los Selhook, debería tener en cuenta a Los estados cruzados. El siglo XI marcaría
un nuevo apogeo cultural para Bizancio. Ana Comena, la primera gran historiadora de la historia, nos dejaría su Alexiada. y poetas, literatos, historiadores y tratadistas como Constantino Manases, Jorge Quedrenos, Nicetas Coniates o como el cínico y humorista Teodoro Pródromo nos siguen sorprendiendo por su modernidad y delicadeza, mientras que la pintura de este periodo impacta por su naturalismo, Clasicismo y equilibrio, tan alejados del románico o del gótico imperantes en Occidente. También se rehizo en no poca medida el poder militar del imperio. Pero este no se basaba ya en el viejo sistema temático, sino en la pronoia por
el que un gran propietario se comprometía a servir con sus vasallos al emperador y sobre todo en la contratación de mercenarios francos, normandos, rusos, pechenegos y turcos. De nuevo pudo verse a grandes ejércitos Bizantinos penetrar hasta Siria y Mesopotamia, mientras que Hungría era refrenada en sus aspiraciones balcánicas y la apulia italiana era recuperada para el imperio. Parecía que Bizancio era de nuevo el gran poder, pero era un poder con bases inestables. Los nuevos movimientos cruzados, como la segunda cruzada, siguieron dañando sus intereses y los turcos, derrotados pero no expulsados, seguían controlando buena parte de Asia
Menor, mientras que los Normandos, detenidos pero no vencidos, seguían ambicionando Grecia y hasta la mismísima Constantinopla. El imperio, además, estaba minado interiormente por dos motivos, porque buena parte de su economía y comercio estaban ahora en manos de Venecia. Pisa, Amalfi y otras repúblicas italianas a las que se había recurrido en tiempos de Alejo y sus sucesores para frenar a los normandos y para que se contrarrestaran entre sí. Y Por el hecho incontestable de que privado de buena parte de sus mejores porciones, las de Asia menor central y oriental, el imperio era mucho más pequeño y
pobre y sin embargo su política y sus ambiciones eran desmedidas. Conclusión, se gastaba mucho y se afrontaban empresas que ya no podían sostenerse y pasó lo que tenía que pasar. En 1176, el emperador Manuel Ineno se Embarcó en una gran expedición contra los turcos, cuyo objetivo era arrebatarles Iconia en Asia Menor central. Fue un desastre. En Miriocéfalo, el ejército bizantino fue aplastado y el emperador tuvo que pactar para poder escapar a la aniquilación. Y aunque los efectos de la derrota no se evidenciaron de inmediato, a su muerte 1180, el imperio comenzó a tambalearse. Primero hubo
discordas por el trono, luego el odio contra los latinos, contra Los mercaderes italianos, sobre todo, se desató en alzamientos populares que derivaron en matanzas y que despertaron más odio y reco en Occidente si cabe contra Bizancio. Luego, en 1185 los normandos volvieron a Grecia y saquearon numerosas ciudades, mientras que en los Balcanes serbios y búlgaros se sublevaban y Hungría se apoderaba de algunos territorios y los turcos presionaban nuevamente en Asia Menor. Interminables guerras civiles, disputas por el trono y una nueva cruzada, la tercera, también debilitaron al imperio. y para 100 este se había reducido a
las tierras que circundan el ejeo. Constantinopla seguía siendo la ciudad más grande y rica del mundo. Pasaba del millón de habitantes en un momento en que Córdoba, Sevilla, París, Londres, Milán o Roma oscilaban entre los 50,000 y los 100,000. Pero era una cabeza enorme para un cuerpo exhausto y Pequeño. En 120, las disputas por el trono imperial tuvieron su eco en Occidente, en donde comenzó a fraguarse una nueva cruzada en la que los venecianos, ansiosos por cobrarse venganza contra Bizancio, jugaron un papel decisivo al transportar a millar de caballeros y peones a Oriente, que de
tal modo quedaron endeudados con la República Véneta. En 1203, los cruzados comenzaron a pagar su deuda. Asaltaron una ciudad del cristiano rey de Hungría Solo para complacer a su ambiciosa señora Venecia. Luego, el dogo veneciano, el nonagenario y ciego dándolo, los condujo contra Constantinopla. Allí reinaba el caos. Los emperadores iban y venían. El cegado Isaac Segund, Ángel, fue repuesto en el trono por venecianos y cruzados, pero incapaz de pagar lo que sus libertadores le exigían, terminó llevando al imperio a una nueva catástrofe que culminaría su efímero sucesor, Alejo V. En abril de 1204, venecianos y
cruzados tomaron al asalto Constantinopla. La ciudad más hermosa, rica, grande y santa de la cristiandad fue saqueada. Sobre el altar de Santa Sofía se sentó una prostituta borracha y los cadáveres de los grandes emperadores del pasado fueron profanados, mientras que miles de constantinopolitanos eran asesinados, violados, esclavizados, robados en mitad de escenas apocalípticas. Y las más grandes obras de arte de la antigüedad, Como la atenea promos de Fidias o la escultura colosal de Augusto, eran destruidas por puro vandalismo y el resto, las pocas que sobrevivieron, fueron embarcadas en las galeras venecianas y hoy adornan San Marcos.
Se robaron también preciadas reliquias cristianas que hoy duermen en docenas de catedrales, monasterios e iglesias de Francia, Inglaterra, Italia, Alemania, etcétera. Y sobre todo se provocó una fisura entre el oriente y el Occidente Cristianos que aún hoy día no se ha cerrado. Un imperio latino en buena medida sujeto a Venecia se alzó sobre las ruinas de Bizancio y la unión forzosa bajo el dominio papal fue impuesta. Pero algunos nobles bizantinos no se doblegaron y huyeron para fundar estados griegos en Asia y Europa. Lejos al este, dos comneno habían fundado el imperio de Trevisonda, que perduraría
hasta 1461. Y en el Epiro, en Grecia occidental y Albania, surgió un despotado, pero fue en Nicea, en Asia, donde un Teodoro Lázcaris fundaría el más poderoso de los herederos de Bizancio, el imperio de Nicea. Lentamente, año tras año, partiendo de minúsculos recursos en hombres y dinero, Teodoro fue levantando un nuevo Bizancio que pudo frenar a los turcos e ir arrebatando a los latinos no pocas posesiones. Su sucesor, Juan Batates, un hombre genial, convirtió a Nicea en uno De los estados más prósperos del Mediterráneo y su flota volvió a ser poderosa, mientras que sus ejércitos
se imponían a los de los latinos, los búlgaros, los Selhuc y a los del despotado de Epiro. En 1259, un noble ambicioso y despiadado, el futuro Miguel VII paleólogo, se apoderó del poder y pronto eliminó al emperador legítimo de la dinastía Lázcaris. En 1261 logró recuperar Constantinopla y el Imperio Bizantino una vez más pareció resurgir de sus cenizas como un imperial Fénix. Pero era un espejismo. Constantinopla había sido arruinada por los latinos. Y para enfrentar a los venecianos, Bizancio concedió tantas prevendas a Génova que su comercio y economía quedaron en manos de esta última. Además,
como antaño Manuel I comeno, Miguel VI lanzó al imperio a empresas demasiado grandes para sus recursos y se centró en Occidente, Descuidando el verdadero corazón de su estado, Asia Menor, que exceptuando a sus grandes ciudades, quedó en manos turcas por completo. Por eso, cuando murió en 1282 y pese a sus éxitos diplomáticos y guerreros, dejó un imperio arruinado. Su hijo Andrónico Segund trató de revertir el desastre que acontecía en Asia Menor, echando mano de mercenarios aoneses y catalanes, los famosos almogávares. Pero pronto se produjeron disensiones y los Mercenarios terminaron por erigir sus propios estados en
Grecia y ello a la par que se perdía rodas a manos de los caballeros hospitalarios y los turcos reducían a nada a Bizancio en Asia y comenzaban a lanzarse al mar y a tantear Europa. Bizancio paradójicamente vivió en ese periodo el paleólogo, su último y quizá más espléndido florecimiento cultural. Sus sabios alcanzaron nuevamente las más altas cimas y su arte es de una delicadeza y humanismo que Sobrecogen. Los frescos de San Salvador en Cora o la coqueta arquitectura de Santa María de los Mongoles son solo unos ejemplos de ello. Pero las guerras civiles, como las
sostenidas entre los cantacuceno y los paleólogos en el siglo XIV, minaron los últimos recursos bizantinos. Y aunque se lograron algunos éxitos, como en el Peloponeso, frente a los estados sucesores de la cuarta cruzada, el avance turco parecía negarlo todo. Y es que había surgido un nuevo Poder, el otomano, y los bizantinos, inconscientes y preocupados más por sus guerras civiles que por la amenaza turca, le abrieron las puertas de Europa. Para 1360, los otomanos controlaban ya buena parte de Tracia y para 1389 se impusieron a los serbios y en breve también todo lo que había sido
Bulgaria les estuvo sometido. Ya no había Asia bizantina y el imperio estaba reducido a Constantinopla, que había menguado hasta no contar sino con poco más de 60,000 habitantes a sus alrededores, algunas islas y la mayor parte del Peloponeso. Y este minúsculo último Imperio Romano de Oriente ni tan siquiera estaba unido, pues la dinastía paleóloga lo dividía una y otra vez entre sus miembros de suerte, que resultaba ser más una confederación dinástica que otra cosa. ¿Qué esperanza le quedaba al imperio? Occidente. Emperadores como el hábil Culto y atractivo Manuel II o como Juan VII peregrinaron por
las cortes de Europa en busca de ayuda. Y las últimas cruzadas, las de 1390 y 1444, se dirigieron contra los otomanos en un vano intento de liberar a Constantinopla de la insoportable presión a la que era sometida. Ni tan siquiera la pavorosa derrota encajada por los otomanos ante las hordas de Tamerlan en Ankara, 1402, supuso para el imperio más que un Momentáneo alivio. En 142 y 1432, Constantinopla fue sometida a sendos asedios otomanos y en 1451, cuando subió al trono el joven, carismático, cruel y genial Mehmet II, nadie se hizo ilusiones sobre lo que iba
a venir y lo que vino fue el más grande y épico asedio que haya contemplado la historia universal. Entre el 6 de abril y el 29 de mayo de 1453, la arruinada Constantinopla y sus pocos millares de defensores griegos y latinos enfrentaron una flota otomana de cientos de barcos, a una hueste compuesta por 200,000 soldados, voluntarios y trabajadores otomanos. Rugieron los cañones del sultán derribando las viejas, pero aún formidables murallas de Constantinopla. Y el último emperador, Constantino X y sus hombres realizaron prodigios de valor. Pero la suerte estaba echada y un Imperio de más de
1000 años fue condenado a la extinción. Murió combatiendo Constantino X y Mehmet I el conquistador. Entró en Constantinopla y se proclamó César de los Romanos. Un nuevo imperio con pretensiones universales. El otomano tomó como capital a la segunda Roma y pronto plantó sus estandartes en lugares tan lejanos y dispares entre sí como Budapest, Argel, Adén y Bagdad. Docenas de sabios bizantinos como Jorge Gemisto, Pletón y Besarion habían emigrado ya a Italia o pasado por ella en las décadas anteriores, pero ahora, en 1453, muchos más se refugiaron en ella y contribuyeron a que el renacimiento fuera
aún más deslumbrante. Mientras Mehmet Segund se apoderó del Peloponeso, Trevisonda y Atenas. El mundo creado por Constantino cuando fundó Constantinopla había definitivamente muerto. Pero no fue Olvidado, pues no solo los otomanos reivindicaron su legado, también lo hizo Moscú, la tercera Roma. Y en Occidente con el tiempo se recordó que no poco de su cultura y ciencia, de su historia procedían de Bizancio y que había sido esta última quien, en mayor medida que ningún otro lugar se preservó el legado de Grecia y Roma. ¿Y cómo iba a ser de otra manera? Desde que Augusto forjó el
régimen del principado, iniciando así el Imperio Romano hasta que Rómulo Augústulo fue depuesto, pasaron 503 años. 1123 transcurrieron desde que Constantino proclamó a Constantinopla como su nueva capital hasta que esta cayó ante los turcos. Roma, después de todo, fue durante la mayor parte de su existencia bizantina. [Música] [Música]