Trabajé en los Estados Unidos por más de 26 años en el campo, albañil y mesero. Me moví por casi todo el país hasta que la enfermedad de mi madre me hizo volver a mi país natal, México. Me llamo Cipriano Valdenegro, tengo 55 años, apenas ya acabé la secundaria cuando mi padre falleció.
Soy el segundo de mis hermanos. Isaías es el mayor y Ezequiel sigue de mí al nacer. Y cuatro hermanas, pero ellas no tuvieron nada que ver con lo que les voy a contar.
Isaías es mayor que yo 2 años. Se casó muy joven con su novia Ana. Mi padre era sembrador de hortaliza, pero por ser el mayor de todos los hermanos, comenzó a tomar partida de ser el hombre de la casa.
A veces la situación era insostenible. Me refiero a que el que trabajaba le entregaba el dinero a él y no a nuestra madre. Queaba aclarar que él se encargaba de los gastos, de los pagos, le entregaba un resto a nuestra madre.
Eso realmente a mí no me pareció, pues la que debería de hacerse cargo era ella y no él. Los problemas fueron escalando hasta que dijo la palabra que quizá algunos no quieren escuchar y otros es como quitarte unos grilletes de los tobillos. Así que me fui prometiéndole a mi madre que le enviaría dinero.
Ella me dijo que me lo guardaría para cuando yo volviera. Después de un año le comencé a enviar dinero a mi madre, pero no directamente a ella, pues cuando hablé por teléfono con ella, dijo que el dinero se lo enviara a su hermana. Mi tía Mayira tenía una cuenta en el banco para que yo le pudiera mandar dinero a mi madre.
Los 10 primeros años parecía que todo iba bien, pero después las conversaciones entre ella y yo eran extrañas, sobre todo en sus respuestas. Era como si alguien estuviera a su lado. Era como si cuidara cada palabra, como si no quisiera que la persona que estaba ahí supiera la cantidad que le estaba enviando.
No sé ustedes, pero yo sabía para dónde iba la cosa. Estando en ese país, conocí a Mónica, una chica que estuvo conmigo el tiempo que duré en ese país, pero pero no se quiso venir conmigo. Yo no era su prioridad, aunque la quería, tuve que dejarla atrás, pues ya tenía el dinero suficiente.
Y además de que mi madre está enferma y quería pasar sus últimos años a su lado, no fui bien recibido por Isaías y Ezequiel. Me vieron como una persona no grata, pero les dejé en claro que venía a ver a nuestra madre que no se preocuparan, que traía mi propio dinero y no les pensaba pedir nada. Aquellos que han regresado de Estados Unidos saben por experiencia.
que los familiares tienen la creencia que uno viene cargado de dólares, que traemos dinero para derrochar y ayudar hasta la vecina que está en aporos. Eso justamente me pasó a mí, pero por consejo de la tía Mayira me dijo que me hiciera el tonto y que no gastara de un golpe lo que había mandado en esos años, que pensara bien las cosas y que mejor comprara un terreno y que iniciara mi propio negocio, que ninguno de mis hermanos requería ayuda, pues cada uno se abrió camino de una u otra manera. Y es cierto, no sabía en que andaban, pues tenían buena casa, chivos, vacas, gallinas y hasta surtido les hacían a los mercados de los alrededores.
Ellos, al igual que mis hermanas, no eran los pobretones que éramos hace varios años. Tres de mis hermanas vivían en otros estados y solamente la menor se quedó al lado de mi madre. salió con su domingo si el tipo la dejó, pero mi hermana siempre ha visto por su niño sin la ayuda de ningún hombre.
Pronto me enteré qué hicieron mis hermanos para lograr en tan poco tiempo tener lo que por años de trabajo que yo tuve. Ellos no lo lograron. Es más fácil recurrir a cosas que en mi existencia pensé que me hubiera envuelto en ello.
Averigüé de algún terreno para comprar y lo pude conseguir en otro ejido, justo como me lo había aconsejado mi tía. En el lugar donde ella vive me consiguió uno que ya tenía varios años en abandono. Los dueños habían fallecido y el hijo de los difuntos no quería regresar al ejido.
Sin darme cuenta lo que iba comprando ya había despertado la envidia de mis hermanos. Mi madre me había recomendado no ayudarlos. Ellos tenían suficiente.
Me dijo con un semblante triste. Ella nunca les dijo que yo le enviaba dinero. Mi tía Mayira se encargaba de comprarle lo que ella quisiera.
Cuando pasaba días con ella en el ejido, Isaías y Ezequiel siempre iban a ver qué estaban haciendo. Paso que daba se los cuestionaban. A veces pienso que solo estaban esperando a que nuestra madre falleciera.
por hacer lo que les voy a contar. Una mañana llegó Don Conrado, un señor que había sido amigo de mi padre. Don Conrado había sido de esos hombres que no acudían con algún médico si se enfermaban.
La medicina alternativa era acudir con algún brujo o curandero. El viejo no se anduvo entre las ramas. Me preguntó si me llevaba bien con mis hermanos.
Le contesté que desde que había llegado el trato era solo cordial. No me invitaban a sus reuniones. Pocas veces me visitaban y cuando yo los buscaba siempre andaban ocupados.
Una charra leve. Y eso era todo. Don Conrado, muy serio, me comentó que me cuidara de Isaías y Ezequiel, que ayer por la tarde los vio en casa de don Valente, uno de los brujos de los alrededores.
Era conocido por hacer trabajos negros de brujería. Solo aquellos que querían borrar el mapa a una persona recorrían a él y a mí me querían borrar. La noticia me cayó como balde de abuelada.
Sabía que mis hermanos no me querían, pero jamás imaginé que llegaran a tanto. Yo no conocía a ningún brujo que quisiera meterse con Domalente. El miedo se apoderó de mí.
Me comentó que me fuera a casa de la herera y es era la única que me podía ayudar. Era una bruja que vivía a 5 km de el ejido. Entré más lejos, mejor.
aseguró don Conrado. Todo el resto del día me la pasé nervioso. Ya serían cerca de las 5 de la tarde cuando fui a buscar a la agüera.
La señora se encontraba en su cocina con una taza de café colado. Unas canas se entrelazaban con el cabello hero. Por eso era el apodo de la bruja.
La mujer al verme me comentó que traía varios trabajos encima. El brujo de don Valente ya me había enterrado. La bruja me sirvió una taza de café y me dijo que me sentara.
Le dije que yo no les había hecho nada. La doña me dijo con una sonrisa melancólica que solo el hecho de existir era suficiente. Fue por eso que mi madre le confió el dinero a su hermana.
Fue las primeras veces que le envié dinero y Isaías se lo quitó. Sentí que la cara me hervía del coraje. El solo hecho de saber que mis hermanos le quitaban el dinero a nuestra madre.
Ella siempre fue una mujer muy tranquila. Para no tener problemas o discutir. Dejaba que las cosas pasaran.
Así perdiera ella sobre todo, y se trataba de sus hijos. Yo no quería hacerle nada a mis hermanos, solo quitarme lo que me habían hecho. Pero la agüera me aclaró que mis hermanos no le interesaban si yo sufría ni lo que me sucediera.
Ellos me habían hecho no uno, sino varios trabajos de brujería que a la muerte de nuestra madre parecieran que tomaron fuerza, pues Isaías y Ezequiel colocaron brujerías en el ataú de nuestra madre. Si la desenterraba, esos dos se iban a enterar y eso tendría consecuencias. La herera me dijo que no me preocupara y ya no le temía al brujo valente, solo los débiles lo hacían.
Ella me dijo que empezaría a ayudarme al día siguiente, que tendría que ir a su casa cada tres días. También me aclaró que cuando ella comenzara a tumbar los trabajos, el brujo me atacaría y mis hermanos irían a visitarme más seguido. Además, que ya estaba completamente segura que en mi terreno había brujería enterrada.
Aunque me costaba reconocerlo, mi propia familia me había hecho brujería. Regresé a casa alrededor de las 8 de la noche. Me quedé sentado en mi camioneta y vi con tristeza mi hogar.
Me arrepentí de haber regresado a México. Si me hubiera quedado allá, nada de eso me habría pasado, pero ese era mi presente y tenía que hacer todo lo humanamente posible para no darle gusto a mis hermanos. Esa noche no dormí bien.
Aún así hice mi rutina de todos los días. No le quise contar a mi tía lo que había descubierto. Con estas cosas uno tiene que cuidarse mucho, pues no fuera que lo comentara y mi familia se enterara de que ya sabía lo que me estaban haciendo.
Cuando llegó la tarde fui a ver a la agüera. La señora ya me esperaba con un ritual que hicimos esa misma tarde. Para mí fue agotador.
Sentía como las fuerzas se me iban cada vez que la curandera me daba órdenes de lo que tenía que hacer y cómo hacerlo. No sé si en situaciones como esas suceda que hasta las oraciones que hacemos a diario se olvidan en aquellos momentos. Sentía como si la lengua se me hiciera rollo dentro de la boca.
para no seguir rezando. Hubo momentos en que pensé que no la iba a librar. La bruja me repetía muchas veces que no fuera a llorar, pues las lágrimas con sal.
Y eso no era bueno para mí, que ellos iban a llorar de arrepentimiento cuando les regresara lo que me habían hecho. La agüera fue a mi casa en varias ocasiones, hasta que lo que mis hermanos habían enterrado en el terreno, aparte que iban y me echaban preparados que les daba el brujo. A veces venía uno, a veces el otro.
Eran constantes, no querían bajar la guardia. Una tarde cuando el cielo se tiñe de rojo, cuando el sol se oculta en el horizonte dando entrada la oscuridad de la noche, estaba guardando a los patos en las jaulas cuando sentí la mirada de alguien. Sentí que los cabellos de mi nuca se merizaban.
Volteé como si no me hubiera percatado. Era un hombre ya mayor, vestido completamente de negro. traía puesto un sombrero.
Casi no se le podía ver su rostro, solo una barba canosa. Supe que se trataba del brujo, pues con el tiempo que llevaba viviendo ahí, ya conocía a los vecinos. Me armé de valor y me acerqué para saber qué se le ofrecía.
No lo pensaba encarar, pues si lo hacía. Yo mismo me estaba echando la soga al cuello. El señor solo me vio por unos momentos y sin decir palabra alguna se alejó.
No había duda alguna, era el maldito brujo con quienes me tenían mis hermanos. Yo no soy de esas personas groseras, pero desde el fondo de mi corazón le recordé a su progenitora. No lo hice en español.
Al fin y al cabo hacen el mismo efecto porque a esas personas no les gustan las mentadas. Extrañamente el miedo se disipó. Sabía que el brujo había ido a echarme algo.
Así que, có me lo había dicho la bruja que pusiera sal en la entrada de mi casa, así como en puntos específicos afuera de esta. Quizás eso le impidió al brujo ingresar a mi propiedad porque la reja de la entrada estaba abierta. Ya era tarde para ir a ver a la bruja y pensé que si salía quizás tuviera un accidente, pues no sabía con exactitud a qué había ido esa tarde el brujo a mi casa.
Esa noche fue la peor, pues a pesar de que estaba tranquilo, me sugestioné. Veía sombras donde no la sabía. sonidos nocturnos que me ponía nervioso.
Me sentía vigilado. Quizá el brujo estaba fuera de la casa, pero no tuve el valor de asomarme por las ventanas. Esa noche fue la más larga de mi vida y en cuanto comenzó a amanecer, yo ya iba camino a casa de la agüera.
Le conté lo sucedido desde la tarde y lo que había sucedido esa noche y estaba muy seria y me dijo que se encargaría de todo. También me pidió que no hiciera oraciones ni a un santo o virgen. El tiempo empezó a pasar y todo cambió de una manera que no me la esperaba.
Estaba almorzando cuando llegó mi tía Mayira, algo exaltada. Se acaba de enterar que José Alfredo, el hijo mayor de Isaías, acababa de fallecer en un accidente en la carretera federal. Ven de regreso de la universidad y un autobús envistió su auto.
Ambos fuimos a casa de mi hermano y él estaba como loco. Ezequiel se estaba haciendo cargo del asunto. No hubo reclamos ni nada, pues yo siempre manejé la situación de no saber que ellos me habían hecho brujería.
La verdad es que mi sobrino no debió pagar por lo que estaba haciendo su padre, pero esa es la ley de la brujería y aunque uno no quiera, esa es una decisión que no me correspondía. El velorio fue de lo más triste. Isaías comenzó a perderse en el alcohol.
Se la pasaba bebiendo como si el licor no calmara su sufrimiento. A los tres meses tuvimos otra pérdida en la familia. Ezequiel había sido envestido por un toro y este le encajó los cuernos justamente en el pecho, pero los fallecimientos no se pararon ahí.
Era como si la sombra de la muerte se hubiera puesto sobre ese ejido y sus alrededores, porque el brujo también tuvo lo suyo. No fue que nosotros tuviéramos que ver. Pues cuando me enteré de la noticia, fui a ver a la hera y ella me explicó que el brujo valente ya traía la muerte sobre él.
Algún capo, que no quedó satisfecho con su trabajo le hizo pagar la pérdida de un cargamento o un sembradío que tenía. La verdad es que se supo tiempo después, pero para ese tiempo yo me sentía libre de la brujería que le había pagado mi familia para que me maldijera. De poco en poco las familias de mis hermanos cayeron en desgracia, pues los muy malditos también habían hecho un trabajo para nuestra madre.
Creo que ellos por su avaricia y querer poseer lo que por esfuerzo y ausencia yo logré y trabajé. por más de 20 años en el extranjero. Les comento que yo tuve secuelas de aquellas brujerías.
No sale impune como hubiese querido. Hasta el día de hoy me duele mis pies, pues por más de un año estoy pisando la brujería que estaba en la tierra de mi casa y yo anduve descalso por ese terreno y el daño siempre entra por ahí. familiar o no.
Uno siempre debe de cuidarse de que no te hagan brujería. ¿Qué duele más? ¿Saber que te hicieron brujería o descubrir que fue alguien de tu propia casa?
Si has pasado por esto, coméntalo aquí en los comentarios o simplemente deja un emoji de fantasmita oita para saber que llegaste el final. Historia escrita, adaptada por nuestra amiga la tenebrosa para relatos paranormales oficial. ¿Qué tal, amigos?
Recuerden que estamos en Spotify, así como en Amazon Music. Y si tienen un tema con la brujería, pueden contactar a Diego. El número se encuentra en la descripción del video.
Les relató su amigo Antonio. Cuídense mucho. No escuchamos pronto.