El amor romántico es la religión de los que no soportan la libertad. Nos hicieron creer que estar con alguien es sinónimo de éxito, que una vida sin pareja es una vida incompleta. Pero basta con mirar alrededor para ver la estafa.
Parece mentira que la gente aún no sepa que el ser humano nació libre, vive libre y muere libre, lo demás son eventualidades circunstanciales. El mundo está plagado de personas atrapadas en relaciones que no desean, fingiendo felicidad porque admitir que estarían mejor solos sería un fracaso público. Las parejas se forman por inercia, por costumbre, porque así se ha hecho siempre.
Y lo peor de todo es que la sociedad celebra esta tragedia emocional. El amor, tal y como nos lo venden, no es más que una jaula decorada de ilusiones. No te eleva, te amarra.
Al principio todo es fuego, pero cuando las llamas se apagan, lo único que queda es el humo del desgaste y la monotonía disfrazada de compromiso. ¿Y para qué? ¿Para no sentirte solo?
Qué precio tan alto por evitar mirarte en el espejo y aceptar que estás solo en este mundo. Todo comienza con una seducción que ha evolucionado en una pantomima ridícula, un desfile de egos bailando por atención, más absurdo que ver a dos pavos reales en pleno apareamiento. Pasamos de buscar conexión a jugar un juego social donde gana el que mejor miente, el que mejor actúa y el que mejor perfil de Instagram tiene.
Y llamamos a eso romanticismo. Es curioso cómo la mayoría de las relaciones empiezan con estas mentiras bien maquilladas, fingiendo que somos mejores de lo que realmente somos, empezando a vender humo desde el primer momento. Y luego nos sorprendemos cuando todo se derrumba.
¿Qué esperabas de un castillo construido sobre falsedades del que tú también has sido partícipe? Y si crees que, más adelante, el amor puede arreglarlo todo, te tengo malas noticias. El amor no arregla nada, lo complica.
Porque el amor romántico, tal como lo entiendes, no es más que una forma socialmente aceptada de posesión. Te enseñaron que amar es necesitar, que no puedes ser feliz sin otra persona. Pero si necesitas a alguien para ser feliz, ya estás perdido.
Verás, el problema no es estar solo, es vivir con alguien que te hace sentir más vacío de lo que estarías sin él, porque como verás más adelante, acabas perdiendo tu esencia. Dicen que serás feliz cuando encuentres a tu “media naranja. ” ¿Media naranja?
Qué concepto más humillante. Como si llegaras al mundo defectuoso, incompleto, necesitando a alguien para estar entero. Prefiero quedarme sin la otra mitad, gracias.
La sociedad empuja a las personas a tener pareja con la misma agresividad con la que se empuja a comprar un seguro de vida. Y si no tienes pareja, te ven como un bicho raro, como si hubiera algo mal en ti, un fracaso social. Pero lo absurdo no es estar solo, lo absurdo es buscar compañía por miedo al qué dirán.
El amor dejó de ser una elección para convertirse en una necesidad artificial. No amas porque quieres, amas porque te enseñaron a hacerlo. Pero el verdadero amor no nace del miedo a estar solo, nace de la libertad de estar bien contigo mismo.
Lo que nos mantiene encadenados a relaciones vacías es el terror a la soledad, creo que queda claro, pero aquí está la ironía: la mayoría de las parejas están más solas dentro de la relación que fuera de ella. Y solas en todos los sentidos. Jean-Paul Sartre dijo: “Si te sientes solo cuando estás contigo mismo, estás en mala compañía.
” Y así es como se perpetúa el engaño. Las parejas se forman no porque quieran, sino porque no soportan estar solas. La relación se convierte en un contrato de dependencia emocional donde la vigilancia sustituye al afecto.
Si necesitas saber dónde está tu pareja a cada momento, no tienes una relación, tienes una prisión emocional. La infidelidad es el fantasma que atormenta cada relación, y es lógico. La sociedad está podrida, y la fidelidad se ha convertido en una excepción, no en la norma.
Pasamos la vida revisando teléfonos, mirando de reojo, viviendo con la constante paranoia de que nos engañan. ¿No es un agobio? ¿Qué clase de relación se sostiene sobre el miedo a que el otro se aburra?
Si estás revisando el teléfono de tu pareja, la relación ya terminó, solo que ninguno se atreve a decirlo en voz alta. ¿Y sabes qué es lo peor? Que incluso cuando no te engañan, sigues atrapado en la sospecha, sobre todo si tu pareja es atractiva y activa en redes sociales.
El problema no es que haya infidelidad, el problema es que la infidelidad es inevitable. Vivimos en una sociedad donde la tentación es la moneda corriente. La tecnología ha convertido el engaño en algo accesible, instantáneo, y a pesar de ello, pretendemos jugar a la monogamia como si estuviéramos en la Edad Media subidos a caballos en busca de damiselas en apuros.
Si la mayoría de las parejas engañan o han sido engañadas, ¿por qué seguimos creyendo en el mito de la fidelidad eterna? El amor basado en el control es un fraude. La fidelidad impuesta es una tortura que nadie debería aceptar.
El sexo, uno de los mayores placeres de la vida, se convierte en un campo de batalla donde el deseo se sofoca por miedo a romper el pacto. Pero ¿qué clase de vida es esa? La naturaleza lo deja claro: los animales no se encadenan a una sola pareja de por vida, y si lo hacen, siguen disfrutando de otros animales de su especie.
Gozan del sexo, del placer, sin miedo a que su libertad los condene. El ser humano es el único animal que convierte el sexo en una obligación rutinaria con la misma persona, tengas ganas o no. Y lo llamamos compromiso.
El sexo debería ser libre. Debería vivirse como la comida, como uno de los placeres más básicos de la existencia, sin culpas, sin restricciones impuestas por normas sociales caducadas. ¿Quién ha dicho que no puedes disfrutar cuando tú lo decidas?
Tener relaciones esporádicas, siempre desde el acuerdo mutuo, es vivir de acuerdo con nuestra naturaleza. Pero la libertad sexual es la amenaza silenciosa que aterra a los prisioneros emocionales. Si disfrutas del placer sin compromisos, eres un “mujeriego” o si eres mujer, te llaman algo mucho peor y más vejatorio.
Pero la verdadera inmoralidad es fingir pureza mientras sueñas con engañar a quien tienes al lado. ¿Qué te impide vivir como quieres? Impide las normas que no respeta ni quien las defiende.
Hipócritas que predican fidelidad mientras fantasean con el primer cuerpo que les cruce la mirada. Personalmente no defiendo el libertinaje sexual porque siempre deriva en obsesión y posteriormente en algún desequilibrio mental, pero ¿qué hay de malo en tener sexo cuando te apetezca y creas que está bien? Preferimos las cadenas, porque nos enseñaron que el sexo fuera de la pareja es pecado.
La fidelidad obligatoria es la prisión más absurda jamás construida. Y ahí está la gran hipocresía, como he dicho, se critica la libertad sexual de los demás mientras se vive deseando romper las mismas reglas. Los que más predican sobre la monogamia son los que más viven reprimiendo sus propios instintos.
La jaula les pesa, pero se niegan a abandonarla. La verdad es simple: la monogamia forzada solo crea tensión, no amor. El deseo humano es tan natural como la necesidad de respirar, y negarlo no hará que desaparezca.
Lo que reprimes, te acaba destruyendo, sino recuerda el vídeo en el que hablo de eso. Si decides compartir tu vida con alguien, hazlo porque hay un proyecto común, no porque creas que necesitas a esa persona para estar completo y sacrificar tu vida por y para esa persona. El amor caduca, pero los intereses compartidos pueden sostener una relación cuando el deseo se apaga.
El problema no es tener pareja, es creer que es obligatorio. Casarse porque “es lo normal” es la receta perfecta para una vida destinada inevitablemente a la infelicidad. Y parece increíble que todavía haya quienes crean que seguir las normas sociales es garantía de éxito emocional.
Serán los mismos que piensan que los gobiernos son buenos y protegen los derechos de las personas. La verdadera libertad empieza cuando dejas de jugar el juego de la pareja por obligación. Y si esto te incomoda, tal vez es porque en el fondo sabes que tienes razón.
Dicen que la fidelidad es el mayor acto de amor. Pero lo que no te dicen es que, más que amor, es miedo. Miedo a perder al otro, miedo a que se aburran de ti, miedo a que busquen en otra parte lo que no encuentran en tu cama.
El amor moderno no es más que una danza de inseguridades vestidas de compromiso. ¿Cómo puede llamarse amor a algo que exige vigilancia constante? Ya lo he comentado, pero quiero repetírtelo porque está tan normalizado que se pasa de largo: Pasamos las relaciones mirando de reojo, revisando teléfonos, interpretando silencios, manipulando discursos para convencer a la otra parte y un sinfín de estrategias maquiavélicas para sentirnos seguros.
Y cuando esa desconfianza se apodera de la relación, la pasión muere, y lo único que queda es la rutina de no separarse por inercia o no separarse porque ya se ha cometido el error de tener un hijo. El amor no debería ser un contrato de exclusividad, debería ser un acuerdo de respeto, donde cada persona entienda que la libertad es parte de la vida, no una amenaza a la relación. Cuando aceptas que la libertad es el verdadero placer, las relaciones se transforman.
No porque haya descontrol, sino porque el deseo deja de ser tabú. Pero claro, esto no encaja en el guion social. La mayoría teme tanto perder a su pareja que prefieren asfixiarla.
Creen que el control garantiza fidelidad, pero lo único que garantiza es resentimiento. La necesidad de amor constante por una pareja es una moneda que tarde o temprano pierde valor. Porque cuando el deseo vuelve a aparecer, la mayoría lo niega o lo esconde.
Y lo que podría haber sido una relación abierta, libre y basada en la verdad, se convierte en una mentira a fuego lento. El amor real no necesita rejas. Si tienes que encarcelar a alguien para que no se vaya, ya lo has perdido.
El pájaro volverá a aquella jaula que está abierta, no la que está cerrada. Estar soltero es la prueba definitiva de que no necesitas permiso para existir. Vivimos en una sociedad que glorifica las relaciones porque la soltería es una amenaza directa al modelo de control que mantiene al mundo en orden.
Una persona que camina sola no depende, no teme perder y, sobre todo, no se adapta a moldes prefabricados. Ese es el verdadero peligro: la libertad de no necesitar a nadie. Nos han metido en la cabeza que estar solo es un error que debe corregirse, como si la vida sin una pareja fuera un proyecto inconcluso.
Pero la soltería no es un accidente, es una elección que pocos tienen el valor de hacer. Y los que critican esta elección son, irónicamente, los mismos que llevan vidas miserables dentro de relaciones que arrastran como un cadáver al que no se atreven a enterrar. La vida de pareja no debería ser la norma, debería ser la excepción.
El verdadero estado natural del ser humano es la libertad. Los animales nos lo recuerdan constantemente. Los lobos cazan en manada, pero duermen solos.
Los leones viven en comunidad, pero se aparean y siguen adelante sin contratos emocionales. Solo el ser humano ha convertido el amor en un pacto perpetuo que niega lo más básico: el derecho a existir sin amarras. Emma Goldman lo expresó sin rodeos: “La peor esclavitud es aquella donde el esclavo ama sus cadenas.
” Y así vivimos. Amando nuestras relaciones porque nos hacen sentir seguros, aunque en el fondo sepamos que esa seguridad es la cárcel más cómoda jamás diseñada. La pareja es una red que te atrapa con promesas de estabilidad, pero se acaba convirtiendo en inestabilidad emocional.
Lo más absurdo es que la soltería se ve como un problema que debe solucionarse cuanto antes, sobre todo en el caso de las mujeres, donde son presionadas a encontrar a un hombre lo más rápido posible antes de que “se les pase el arroz”. Cuando alguien está solo demasiado tiempo, el mundo lo observa con lástima, como si fuera una víctima de un destino cruel en el que no es querido por nadie. Pero lo que no ven es que el soltero no sufre, observa desde la distancia cómo el resto del mundo se ahoga en relaciones que ya caducaron.
Y a veces y me incluyo, disfruto viendo como critican mi forma de vida aquellas parejas que viven amargadas en reproches y obligaciones. La presión social por tener pareja no nace del amor, nace del miedo a lo que representa el soltero. Si una persona puede vivir sin una relación, ¿qué excusa les queda a los demás?
El soltero es la evidencia viviente de que el amor no es obligatorio. Y eso, para una sociedad obsesionada con el romanticismo, es inaceptable. Pero la soltería no es falta de amor, es exceso de respeto hacia uno mismo.
Estar solo es elegir no negociar con tu libertad, no repartir tu tiempo ni tu cuerpo a cambio de una ilusión pasajera. Es negarte a entrar en el circo de la seducción y la posesión, ese juego interminable donde todos fingen desinterés mientras luchan por la atención del otro. Es algo esquizofrénico paranoide.
Estar soltero elimina esa farsa de la que hemos estado hablando. No necesitas fingir, no hay que demostrar nada a nadie. El soltero no seduce, vive.
No compite, existe. Oscar Wilde lo dejó claro: “Amarse a uno mismo es el comienzo de un romance que dura toda la vida. ” Si la vida en pareja no aporta crecimiento, entonces no es amor, es un ancla.
La relación debe ser un complemento, no una necesidad. La soltería permite relaciones sin contratos, sin deudas emocionales, donde el placer es compartido sin expectativas de posesión. Las relaciones esporádicas, cuando son honestas y mutuas, son una extensión de la libertad, no una amenaza a ella.
Son la verdadera razón de ser de las relaciones: algo espontáneo. La soltería, en su máxima expresión, es un acto de sinceridad brutal y honestidad con el mundo. Es la decisión consciente de no engañarte con falsas promesas de amor eterno.
Es aceptar que puedes amar sin poseer, disfrutar sin prometer y compartir sin perderte en el proceso. La soltería no es una etapa, es un destino donde la última parada se llama libertad. Un lugar donde pocos llegan porque la mayoría se pierde en relaciones que nunca debieron comenzar.