Llevas tres días solo en el océano Pacífico y ya no sabes si lo que ves en el horizonte es un barco o tu cerebro inventando cosas. Y si fueras tú, el canal donde no contamos la historia la vivimos. Es noviembre de 2012 y saliste a pescar hace tr días con tu compañero desde la costa de México.
Una tormenta os separó de la costa mucho más de lo previsto. El motor murió y desde entonces la corriente del Pacífico os ha estado llevando en una dirección que ninguno de los dos puede controlar. La embarcación es una lancha de fibra de vidrio de unos 7 m, diseñada para faenar cerca de la costa, no para sobrevivir en mar abierto durante semanas.
No tenéis radio que funcione, no tenéis GPS, tenéis una nevera portátil con algo de comida que ya casi se ha acabado, una caja de herramientas, algunos bidones de combustible vacíos y el océano pacífico en todas direcciones hasta donde alcanza la vista. El Pacífico es el océano más grande del planeta. cubre aproximadamente 165 millones de kilómetros cuadrados, lo que significa que si coges todos los continentes del mundo y los juntas, cabrían dentro del Pacífico con espacio de sobra.
Una lancha de 7 m en el Pacífico no es nada, es menos que nada. Es un punto que ni siquiera aparecería en un mapa a escala real. Los primeros días son pánico puro.
El cerebro humano no está diseñado para procesar el aislamiento total en el océano abierto y lo que hace cuando se enfrenta él es intentar negarlo, buscar soluciones que no existen, construir planes de escape que se deshacen solos en cuanto los examinas con un mínimo de lógica. Intentáis remar hacia donde creéis que está la costa. La corriente es más fuerte que vosotros.
Intentáis hacer señales con el reflejo del sol en superficies metálicas. No pasa ningún barco. Intentáis racionar la comida.
La comida se acaba de todas formas. La primera gran crisis llega alrededor del día 4, cuando os quedáis sin agua dulce. Esto en el océano es la sentencia de muerte más obvia que existe.
Rodeados de agua por todas partes y sin poder beber ninguna, porque el agua salada deshidrata en vez de hidratar, acelera la muerte en vez de retrasarla. Lo que salva la situación es la lluvia. El Pacífico tropical llueve con frecuencia y cuando llueve recogéis el agua en cualquier recipiente disponible, en la cubierta de la embarcación, en vuestra ropa extendida, en la palma de las manos.
El agua de lluvia se convierte en el recurso más valioso que existe, más que la comida, más que cualquier otra cosa. Cuando llueve es el mejor momento del día. Cuando no llueve durante varios días seguidos, el miedo vuelve con una claridad que no tiene nada de abstracto.
La comida es el siguiente problema. Lo que había en la nevera se acaba en la primera semana. Lo que queda después de eso son los recursos del océano, los mismos recursos que los marineros náufragos han utilizado durante siglos y que ningún manual de supervivencia moderno recomienda con entusiasmo, pero que cuando la alternativa es morirse de hambre adquieren una perspectiva diferente.
Las tortugas marinas se acercan a la lancha atraídas por la sombra que proyecta en el agua y es posible agarrarlas con las manos. Los pájaros marinos aterrizan en la embarcación y también es posible agarrarlos. Los peces pequeños se acumulan bajo el casco y con paciencia y una improvisación de anzuelo es posible pescarlos.
Nada de esto es fácil. Nada de esto es agradable. Todo de esto es necesario.
Tu compañero empieza a deteriorarse antes que tú. Alrededor del día 30 deja de comer. No es que no haya comida, hay poca, pero hay.
es que algo en él ha decidido que no quiere seguir. Esto es algo que ocurre en situaciones de supervivencia extrema y que los psicólogos llaman rendición pasiva. Un estado en el que el cerebro deja de luchar no porque no haya razones para hacerlo, sino porque el esfuerzo de seguir luchando supera lo que la mente puede sostener.
Intentas convencerle de que coma, a veces funciona, cada vez menos. Alrededor del día 35 muere. Estás solo en el océano Pacífico con el cuerpo de tu compañero y tienes que tomar uno de las decisiones más difíciles que un ser humano puede tomar en soledad.
Lo que haces es lo que cualquier marinero en tu situación habría hecho y lo que cualquier código marítimo histórico habría respaldado. Dejas ir el cuerpo al océano. No hay funeral.
No hay palabras que se sostengan en voz alta cuando estás solo. Hay el océano y el silencio y la consciencia de que ahora estás completamente solo en 165 millones de kilómetros cuadrados de agua. Aquí va la pregunta que quiero que respondas en los comentarios.
Llegado a ese punto, día 35, solo en el océano, después de perder a tu único compañero, ¿seguirías luchando o dejarías de hacerlo? No hay respuesta correcta, pero cuando termines el vídeo entenderás exactamente por qué es tan difícil responder. Los días 36 al 100 son los más difíciles de describir porque son los días en los que no pasa nada y al mismo tiempo pasan todas las cosas.
No hay eventos externos que organicen el tiempo. No hay amaneceres que signifiquen algo diferente a los anteriores. No hay noticias, no hay conversaciones, no hay ningún input del mundo exterior que te recuerde que el mundo exterior existe.
Lo que hay es el océano, el cielo, la lancha y tu propio cerebro funcionando sin ningún material externo con el que trabajar, excepto los recuerdos. Los recuerdos se vuelven el recurso más importante que tienes. Los recuerdos de personas, de comidas, de lugares, de conversaciones triviales que en su momento no significaban nada y que ahora revisitas con una atención y un detalle que nunca les diste cuando los estabas viviendo.
El cerebro humano en aislamiento total empieza a procesar los recuerdos como si fueran experiencias actuales, con una vividez que puede ser reconfortante o devastadora dependiendo del día. Hay días en los que recordar es lo único que te mantiene cuerdo. Hay días en los que recordar es lo más parecido a la tortura que has experimentado nunca.
También hay alucinaciones. Esto no es metáfora y no es locura en el sentido clínico. Es el resultado predecible de semanas de aislamiento sensorial, privación de sueño irregular y estrés extremo sostenido sobre el sistema nervioso.
Ves barcos que no están ahí, escuchas voces. En algunas ocasiones tienes conversaciones completas con personas que no están presentes y que te responden con la misma claridad con la que responderían si estuvieran sentadas a tu lado en la lancha. Cuando esto empieza a ocurrir, la parte de ti, que todavía funciona con lógica, sabe que son alucinaciones.
Pero saber que son alucinaciones no las hace menos reales mientras están ocurriendo. La rutina salva la vida, no en sentido metafórico, sino en sentido completamente literal. Los psicólogos que han estudiado casos de supervivencia extrema en aislamiento han documentado que los supervivientes que establecen rutinas diarias, aunque sean completamente arbitrarias, tienen tasas de supervivencia significativamente más altas que los que no lo hacen.
La razón es que la rutina estructura el tiempo y el tiempo estructurado da al cerebro la ilusión de control y la ilusión de control es suficiente para seguir funcionando cuando la realidad del control es cero. Tu rutina incluye momentos fijos para buscar comida, momentos para revisar el estado de la embarcación, momentos para intentar orientarte por las estrellas aunque no tengas a donde ir, momentos para hablar en voz alta aunque no haya nadie que escuche esta última parte. Hablar en voz alta es más importante de lo que parece.
El sonido de tu propia voz es el único input lingüístico que tienes. Sin él, el cerebro empieza a perder la capacidad de organizar el pensamiento en palabras. Y eso es el principio de un deterioro que no tiene vuelta atrás fácil.
Alrededor del día 150 pasan dos cosas importantes. La primera es que un barco pasa suficientemente cerca como para que lo veas con claridad. Tan cerca que puedes distinguir su estructura y no te ve.
Haces todo lo que puedes para llamar su atención. Gritas, agitas objetos, usas el reflejo del sol y el barco sigue su camino sin desviarse. Este momento que en términos de supervivencia es simplemente otra cosa que no funcionó, tiene un efecto psicológico que va más allá de la decepción.
Es la demostración más concreta posible de lo invisible que eres en el océano, de lo completamente que has desaparecido del mundo que conocías. La gente que te conoce te está buscando o ya ha dejado de buscarte. El mundo sigue funcionando sin que tú estés en él.
Esto es algo que el cerebro humano procesa muy mal. La segunda cosa es que alrededor del día 150 empiezas a sentirte físicamente mejor de lo que te has sentido en meses. Esto parece contradictorio y en cierto modo lo es, pero tiene una explicación fisiológica.
El cuerpo humano tiene una capacidad de adaptación a condiciones extremas que supera con mucho lo que la mayoría de las personas cree posible. Después de 5 meses comiendo tortugas y pájaros y pescado crudo, tu sistema digestivo se ha reorganizado para procesar esa dieta. Después de 5 meses de exposición solar intensa, tu piel ha desarrollado una protección que en los primeros días habría parecido imposible.
Después de 5 meses durmiendo en intervalos irregulares en una lancha en movimiento constante, tu cerebro ha aprendido a descansar en esas condiciones. La adaptación no es confort, pero es supervivencia. Los últimos 100 días, 338 al 438 son los más extraños de describir porque son los días en los que algo cambia en tu relación con el océano.
No es aceptación exactamente, no es paz. Es algo más parecido a lo que los marineros antiguos llamaban hacerse al mar, un estado en el que el océano deja de ser el enemigo que hay que derrotar y se convierte simplemente en el entorno en el que existes. Esto no significa que hayas dejado de querer salir de ahí.
Significa que el cerebro ha encontrado una manera de habitar el presente sin que el presente lo destruya. El día 438, en algún punto del océano Pacífico a cientos de kilómetros de cualquier costa, una embarcación de pesca se acerca lo suficiente para verte. Esta vez te ven.
Esto es lo que pasa en el momento del rescate. Según todos los testimonios de supervivientes de situaciones similares, no hay euforia inmediata. Hay algo más parecido a la confusión, a la dificultad de procesar que algo que has dejado de creer posible está ocurriendo.
La euforia llega después. En el momento lo que hay es incredulidad y el sonido de voces humanas que no son las tuyas, que son de otras personas reales que están ahí. Y eso después de 438 días es algo para lo que ningún lenguaje tiene la palabra exacta.
Llevas 438 días en el océano. Has perdido más de 30 kg. No puedes caminar porque tus piernas han olvidado cómo hacerlo en tierra firme y necesitarás semanas de rehabilitación para recuperar esa capacidad.
Tu piel está en un estado que los médicos que te atienden en las primeras horas describirán en sus informes con términos clínicos que no capturan lo que realmente ha pasado en ese cuerpo durante más de un año. Pero, ¿estás vivo. Estás vivo después de 438 días, solo en el océano más grande del planeta, con una lancha de 7 met y sin ningún equipo de supervivencia diseñado para lo que viviste.
Los psicólogos que estudian casos de supervivencia extrema tienen un término para lo que permite a algunas personas sobrevivir en condiciones en las que la mayoría no lo haría. No es fuerza física, no es suerte, aunque la suerte importa. Es algo que en inglés llaman willife, voluntad de vivir, que suena a frase de póster motivacional, pero que en realidad describe algo muy concreto y muy medible.
La capacidad de encontrar en cada momento una razón para llegar al momento siguiente, aunque esa razón sea tan pequeña como querer ver cómo amanece una vez más, o terminar una conversación imaginaria que dejaste a medias, o simplemente demostrar que puedes. Y ahora te devuelvo la pregunta del principio. Llegado al día 35, solo en el océano después de perder a tu compañero, ¿seguirías luchando o dejarías de hacerlo?
Cuéntamelo en los comentarios porque las respuestas a esa pregunta dicen mucho sobre cómo entendemos el instinto de supervivencia. Y si quieres seguir viviendo otras vidas, suscríbete porque la próxima semana hay otra historia, otra vida, otro momento en el que alguien que podría haber sido tú tuvo que tomar decisiones que tú nunca has tenido que tomar. Nunca sabes en quién te vas a convertir.