El truco de la pausa. Estás en medio de una conversación. Las palabras vuelan como en una partida de ping pong, pero con menos talento y más ruido.
De pronto, alguien te suelta una pregunta incómoda. Todos te miran como si sus vidas dependieran de tu respuesta, o por lo menos eso parece en tu cabeza. Sientes el impulso de soltar cualquier tontería con tal de llenar el vacío, como cuando en la farmacia te dicen que te han recetado de exquetoprofeno y espironolactona y les dices, "Ah, sí, pues igual.
" Pero en un arrebato de genialidad decides hacer una pausa. 2 segundos. Nada, solo silencio y tu cara de estoy procesando, aunque en realidad solo estés pensando en qué pedirte para cenar.
Y entonces, magia. Los demás arquean las cejas, se enderezan en la silla y de pronto creen que estás maquinando algo digno de Sherlock Holmes. No importa que solo estés decidiendo entre sí o no, para ellos acabas de resolver el teorema de Fermat en tu cabeza.
También hay que aclarar que por lo menos tienes que responder con seguridad, sino sí que va a parecer que estás malito. Los psicólogos le llaman sesgo de la pausa cognitiva o cómo vender humo intelectual con solo demorar tu respuesta. El cerebro humano en su infinita inocencia asume que quien calla 2 segundos es un sabio, no un despistado que no se acuerda ni de lo que cenó el día anterior.
En discusiones, la pausa te hace parecer ecuánime, aunque por dentro estés maldiciendo en arameo. Entrevistas proyectas la confianza de un CEO, aunque seas un becario con sueño. Y si te pillan mintiendo, bueno, al menos lo haces con clase.
La gente espera reacciones instantáneas, como si la vida fuera un concurso de teleprompters. Pero tú, astuto estratega, te callas. Dejas que el silencio haga el trabajo sucio, que sobrepiensen, que se cuestionen su existencia.
Así que la próxima vez que te pregunten algo comprometedor, respira, cuenta hasta dos y disfruta del espectáculo. Porque a veces el arma más poderosa no es la respuesta, sino el arte de hacerles esperar como si tuvieras algo importante que decir. Que no lo tengas es irrelevante.
Rompe el guion. ¿Estás en el McDonald's? Sí, otra vez.
No juzgues. La cajera tiene sonrisa de cobrar por horas, no por ganas de trabajar. Suelta el guion de siempre.
Hola, ¿qué vas a querer hoy? Y tú, como buen autómata social, respondes lo de siempre. Un menú de Big Mac, aunque lleves tres semanas diciendo que vas a empezar el lunes a comer sano.
Pero, ¿y si no lo hicieras? En vez de eso, miras a los ojos a esa pobre alma atrapada tras el mostrador y sueltas. Oye, pregunta seria.
Si este fuera tu último día en la Tierra, pedirías las nuggets de seis o de nueve. Silencio. La cajera parpadea por un segundo.
Su cerebro deja de calcular cuántas horas faltan para su turno y piensa, "Este tío es un cuñado con gracia o está demasiado aburrido". Después, una risa. Y de pronto, ya no eres el cliente de la mesa 31, eres el raro que la hizo reír.
Eso es romper el guion, sabotear la conversación preprogramada que todos tenemos en piloto automático. Los humanos funcionamos como algoritmos cutres. Misma pregunta, igual a misma respuesta, igual a misma interacción aburrida.
Pero cuando tiras una curva inesperada, ¿qué canción pondrías de fondo mientras me como esta hamburguesa? El cerebro se activa como si te hubieras tomado dos monsters de mango y tres cafés. No se trata de ser el payaso de la fiesta.
Se trata de ser diferente y real a la vez en un mundo de respuestas monosílabas. El cerebro registra lo inesperado como alerta. Esto no es normal.
Y te recuerda, no como el que habló bien, sino como el que hizo que esto no fuera otro maldito día repetido. El truco del sí. Estás en un bar de barrio de esos donde el dueño no te mira mal si pides un ginoni con pepino.
Llevas 10 minutos fingiendo interés en una tapa de aceitunas con anchoas que, siendo honestos, ni te gustan, pero en realidad estás estudiando a la chica que está al otro lado de la barra. Quieres ligar con ella, pero no tienes ni pajotera idea de cómo. Pero soltar un ¿Quieres tomarte algo conmigo?
Así a lo bruto suena como pedir un préstamo bancario en plena primera cita. Así que empiezas con algo pequeño, así como me puede recomendar un buen vino. Si no sabe a pis de gato, mejor ella te mira, piensa, uf, otro que no distingue entre un Rioja y un Don Simón, pero contesta, sí, claro, bingo.
Primer sí. Y aquí está el truco que ni los mejores timadores te cuentan. Una vez que alguien dice sí, aunque sea algo irrelevante, su cerebro entra en piloto automático.
Es como cuando aceptas las cookies en una web de descargas piratas. Ya estás vendido, bro. ¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí?
Traducción, ¿estás soltera o solo tienes una relación tóxica con este local? Sí, la gente que viene aquí parece maja, ¿verdad? Traducción.
O sea, yo te caigo bien o qué? Sí, la mayoría. Respuesta evasiva, pero sigue contando.
Y ahora el remate. ¿Te apetece tomar algo cuando termines tu turno o en cristiano? ¿Sí o sí?
Y cuando dicen sí, no es solo por tu encanto, que no dudo que lo tengas si estás suscrito al hombre Croquis, es porque les llevaste de la mano por un camino de Sies, como si fueras Hansel y Gretel tirando migajas, pero en versión psicológica. Esto se llama la escalera del sí y es el mismo método que usan los comerciales de telefonía, los influencers que venden detox milagrosos y ese amigo que siempre te lía para salir de fiesta un martes. El cerebro humano odia contradecirse.
Si ya dijo sí tres veces, ¿por qué decir no a la cuarta? Es como cuando aceptas los términos y condiciones sin leer y acabas suscrito a un curso de trading. También te digo que te estoy poniendo ejemplos.
No vayas a ser subnormal y hacerle literalmente tres preguntas a la primera persona que veas y creas que se va a casar contigo. Truco desbloqueado. Más 20% de probabilidad de que te digan que sí menos 80% de dignidad.
Pero eso ya es otro tema. Aprovechar tus defectos. Estás en tu primera cita.
Llegaste tarde porque te perdiste. Aunque llevas viviendo en este pueblo 5 años. En lugar de inventar una excusa épica, sueltas.
Lo siento. Mi sentido de la orientación es como mi vida amorosa, inexistente. Risas, tensión rota.
Punto para ti. Ni se ha enfadado ni has quedado como un mentiroso. Esto se llama el efecto pratfall.
Admitir tus fallas con humor te hace más humano. La gente desconfía de la perfección. Como de esos influencers que venden éxito fácil.
Pero si admites que siempre se te quema el pan tostado, de pronto eres encantadoramente imperfecto. Ganas, simpatía y empatía de los demás. Crokis hacking.
Puedes hackear la realidad simplemente suscribiéndote a mi canal y dándole like a mis videos. A otro nivel de hacking en la vida estarían ese pequeño porcentaje de mis crockers que deciden apoyarme suscribiéndose a mi Patreon, del cual dejaré un enlace en la descripción. Subiré ahí el contenido que YouTube no me deja subir sin censura de forma regular.
Fingir seguridad hasta creértelo. Estás a punto de entrar a esa reunión importante. La mano te tiembla sobre el picaporte.
Tu cerebro te crea inseguridades y miedos a que se den cuenta que tu experiencia previa solo ha sido copiar y pegar. Stop. La confianza no es algo que tengas que cultivar como una planta de albahaaca que siempre se te muere.
A mí una vez se me murió un cactus. F en los comentarios. Por eso a veces es un delito de apropiación indebida.
Si tu jefe te dice que eres un crack, róbale esa fe. Si tu abuela te dice que eres el más listo, hipoteca su opinión. Si tu mejor amigo te anima a que le eches huevos y le tires la caña a tu crash, exprópiale el ánimo como si fueras el gobierno de Venezuela.
La gente exitosa no nace segura. Aprenden a pedir prestada la seguridad ajena hasta que el mundo les concede el crédito de la autoestima. Pensarás que tú no.
Pues sí, tú sí. El mundo está lleno de subnormales con más confianza que talento. En el peor de los casos, que no creo que seas subnormal si estás viendo mi video, puedes ser tú uno más.
Actúa como si ya tuvieras permiso para hacer lo que quieres hacer. Hasta ciertos límites, no infrinjas la ley tampoco, bro. Cuando tú mismo te lo creas, podrás alcanzar las metas que te propongas y ser feliz sin miedo a no serlo.
Sistema de recompensas. Quieres ser productivo, pero tu voluntad tiene la consistencia de un flan caducado. Empiezas con toda la energía del mundo.
El primer día te prometes ser una máquina de productividad y al segundo día ves muy apetecible el sofá y pierdes el día entero tocándote los El truco está en sobornar a tu cerebro como si fuera un político corrupto con pequeñas y sucias recompensas. Prometiste estudiar una hora. Perfecto.
Después te atiborras a galletas Oreo como si no hubiera un mañana si te la suda tu físico. Si por lo contrario quieres buen cuerpo y cumpliste con tu entrenamiento, puedes celebrarlo por ejemplo viendo un capítulo de tu serie favorita o tres videos del hombre croquis. La clave está en crear un sistema de extorsión mental donde cada buen hábito venga acompañado de un pequeño placer inmediato, porque tu cerebro es básicamente un perro al que hay que premiar con chucherías cada vez que hace algo bien.
Con el tiempo la magia ocurre. Tu mente empieza a asociar el dolor del ejercicio con el subidón de endorfinas o con el orgullo de poder fardar en Instagram. No es fuerza de voluntad, es como he dicho antes, extorsionar tu cerebro hasta que hace las cosas sin esfuerzo.
Nota, si tu recompensa por ir al gimnasio es una caja de donuts, eres subnormal. Reencuadre mental. Imagina que acabas de hacer el ridículo en la reunión familiar.
Otra vez tu emprendimiento seguro se hundió más rápido que la meme Cocoin de Dallas y tu ex publicó una foto con su nueva pareja que parece salida de un catálogo de Calvin Klean. En tu cerebro hay un gigantesco game over, pero espera. ¿Y si esto fuera solo tu vida instalando un parche de actualización?
La vida hay que tomársela como un videojuego. Me explico para que no me malinterpretéis. Mientras más fracasos, más probabilidad de tener éxito tendrás.
Utilizo el ejemplo del videojuego porque es tal cual. Cuando recién empiezas a jugar un juego y no encuentras la manera de avanzar al siguiente nivel, lo normal que hay que hacer es analizar en que te estás equivocando y ver qué tienes que hacer mejor. Ya sea entrenando para tener habilidad, otro camino o cambiar la estrategia.
Pues en la vida es exactamente lo mismo. Cada fracaso hay que tomárselo como una oportunidad para aprender. Cada vez que fracasemos es experiencia que hemos ganado y es señal de que somos mejores personas que antes de fracasar.
Todo sigue un patrón. La idea es aprender a detectarlos. Y una vez te has equivocado en una situación parecida, solamente tienes que intentar hacer otra cosa diferente o simplemente hacerla mejor.
Es fácil decirlo, lo sé, pero es que es tal cual. Las personas que tienen más éxito son las que han fracasado más veces y por eso mismo han llegado a donde están hoy en día. Hasta aquí el vídeo de hoy, chicos.
Espero que os haya gustado y os sirvan estos trucos en vuestro día a día. Igualmente, te dejo estos dos vídeos más para que te sigas entreteniendo con el hombre croquis. Saludos.
Yeah.