Como dos gigantes atrapados en un baile a oscuras, a finales de los años 50, el conflicto no declarado de la Guerra Fría estaba en pleno esplendor. La Unión Soviética y Estados Unidos lideraban una contienda entre dos formas de entender el mundo. Un enfrentamiento silencioso, una disputa política, tecnológica y económica cuya semilla, plantada tras el final de la segunda guerra mundial, había germinado por completo.
La oficialmente llamada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se había convertido en una superpotencia mundial en la que el Estado controlaba la educación y los medios para exaltar los logros del socialismo, promoviendo la ideología del Partido Comunista. Para asegurar una fuerza laboral altamente calificada, para crear una generación que respaldara los objetivos económicos y políticos del Estado, la educación superior ofreció grandes oportunidades a todos aquellos que tenían grandes sueños para el futuro. En este contexto, la Universidad Técnica Estatal de los Urales se alzó como una de las instituciones de enseñanza más importantes del Estado.
Toda una generación de científicos e ingenieros que estaban llamados a ser los líderes del nuevo mundo. Entre ellos, un joven de 21 años llamado Yuri Yudin. Un aficionado al senderismo ansioso por explorar los paisajes naturales del Estado, por poner a prueba sus capacidades en parajes que representaran un desafío para la supervivencia.
Con contacto en la Universidad con otros montañistas, en enero de 1959 recibió la noticia de que un estudiante de Ingeniería de Radio, un chico de 22 años llamado Ígor Diátlov, estaba organizando una expedición por la cordillera de los montes Urales, la frontera natural entre Europa y Asia. Diátlov quería realizar una travesía a la cima del Gora Otorten, una montaña de 1. 200 metros de altura cuya ruta hasta ella estaba considerada de máxima dificultad en el alpinismo.
La expedición representaba un reto, un desafío que solo personas preparadas y con experiencia podían afrontar. Sin embargo, la propuesta de Diátlov era tan apasionante que convenció no solo a Yudin, sino a ocho estudiantes y graduados más. Iban a emprender una travesía para obtener el más prestigioso certificado de senderismo en la Unión Soviética.
De este modo, la mañana del 23 de enero de 1959, el grupo de diez personas, lideradas por Diátlov, tomaron un tren desde la ciudad de Ekaterimburgo hasta Serov, desde donde se desplazaron en camión hasta la pequeña comunidad de Vizhay, el último asentamiento habitado en el que estarían antes de sumergirse en el gélido corazón de la naturaleza. El día 27 iniciaron la marcha hasta la montaña. En medio de ese silencioso frío, en un paraje donde los humanos no deberían sobrevivir, todos encontraron su lugar.
Sin embargo, apenas un día después, la comunidad se fracturó. Yudin, que arrastraba una lesión previa en la espalda, empezó a sentir mucho dolor. Sabiendo que podía retrasar a sus compañeros y que cualquier contratiempo en aquellas condiciones podía representar un peligro para la vida, no sin un profundo arrepentimiento por la oportunidad que estaba perdiendo, decidió abandonar el grupo y regresar.
Diátlov, lamentando la marcha de su amigo, le dijo que le enviarían un telegrama cuando volvieran de la expedición. Creía que el viaje tomaría unos 16 días, pero que unas pocas jornadas extra eran posibles por lo impredecible del clima en la montaña. Confiando en él, Yudin volvió a casa esperando el momento de volver a verlos.
Los nueve se adentraron en el lugar donde los vientos gimen y las sombras se alargan en una noche sin fin. Los días pasan en medio de una tensa calma. El 12 de febrero, el día en el que deberían recibir el telegrama del grupo, llega sin noticias de ninguno de los nueve.
Pero lo que parecía ser un simple y hasta previsto retraso, día a día, escala hasta convertirse en una profunda preocupación. Para el día 20, la desesperación de Yudin y de los familiares y amigos de los nueve excursionistas es tal que informan a las autoridades. Deberían haber dado señales de vida una semana antes.
Con todo el dolor que suponía para ellos, han denunciado la desaparición de sus seres queridos. Conscientes de las condiciones a las que podrían estar enfrentándose en caso de haberse perdido en la taiga siberiana, un equipo de rescate se desplaza a la región siguiendo la ruta que Yudin les había facilitado. Día a día, todo cuanto encuentran es un desierto de nieve.
Ni rastro de ninguna forma de vida. Hasta que el día 26, algo emerge ante ellos. En la ladera de una montaña, localizan lo que parece ser su campamento.
La tienda de los nueve desaparecidos en medio de la nada. Todos tienen la misma sensación. Algo horrible ha sucedido en aquel lugar.
La tienda, cubierta en una fina capa de nieve, contiene todas las pertenencias, todo el equipo de los excursionistas. Sus botas, sus abrigos, todo está perfectamente guardado en su interior. Pero no hay ni rastro de ellos.
Y por encima de todo, la tela de la tienda ha sido desgarrada. Rajada con un cuchillo no desde fuera. Desde el interior.
Algo les había hecho escapar a la gélida nieve, con temperaturas que podían llegar a los 30 grados bajo cero, dejándolo todo atrás, como si hubieran huido de algo o de alguien. Fuera lo que fuera lo que había ocurrido, sin nada para protegerse del frío, el único destino que les aguardaba había sido la muerte. Los jóvenes habían acampado en la ladera de la montaña Kholat Syakhl, cuyo nombre, traducido del idioma mansi, la tribu indína que habita la región, significaba “Montaña de la Muerte”.
Las leyendas del pueblo contaban que nueve cazadores se perdieron en los bosques próximos al monte y fueron hallados muertos días después. Los mansi temían a la montaña. La consideraban un lugar maldito habitada por almas errantes al acecho de aquellos que se atrevían a pisar el reino de los muertos.
Y como una señal del destino, todas aquellas oscuras intuiciones se materializaron. La frontera entre la realidad y la ficción se desvaneció entre los susurros de la montaña. Al día siguiente, nueve pares de huellas fueron halladas sobre la nieve a unos 50 metros de la tienda.
El rastro conducía hasta el bosque que descansaba a los pies de la ladera y a juzgar por el aspecto, todos habían descendido con nada más que calcetines. Pero lo que de verdad rompió los esquemas fue que no había señales de que hubieran bajado corriendo. No había indicios de pánico ni de prisa.
Todos habían andado con calma, siguiendo una fila. El rastro pudo seguirse durante unos 500 metros hasta que las huellas se desvanecían en la nieve. Pero todo indicaba que habían llegado hasta el bosque, a 1 kilómetro y medio de la tienda.
Y en él, justo en la frontera, bajo un cedro, encontraron los restos de lo que parecía ser un intento de hoguera. E inspeccionando el árbol más de cerca vieron indicios de que alguien había intentado escalarlo, con marcas en la corteza que se alzaban hasta los cinco metros de altura. Y finalmente, todos los peores presagios se materializaron.
En las cercanías del cedro hallaron los dos primeros cuerpos. El cadáver de Yuri Doroshenko, estudiante de Ingeniería de Radio de 21 años, fue encontrado boca abajo en la nieve vistiendo solo una camiseta de manga corta, unos shorts y unos calcetines. Su cuerpo presentaba rasguños y hematomas y sus oídos, nariz y labios estaban cubiertos de sangre.
Heridas presumiblemente autoinfligidas fruto de la desesperación mientras estaba muriendo congelado. A su lado descansaba el cuerpo de Yuri Krivoníschenko, estudiante de Ingeniería de Construcción e Hidráulica de 23 años. De nuevo, el joven había muerto prácticamente desnudo.
Dentro de su boca fue hallado un trozo de su propio pulgar, arrancado, otra vez, fruto de la desesperación. Ambos jóvenes tenían quemaduras en sus extremidades inferiores y sus calcetines estaban quemados. La conclusión lógica es que desesperados por el frío, pusieron los pies dentro del fuego que habían improvisado.
El análisis de la escena descubrió que había indicios de que los dos cuerpos habían sido movilizados post-mortem, tal vez por otros supervivientes, para sacarles la ropa e intentar sobrevivir en el infierno helado. Ese mismo día, conscientes de que todas las esperanzas habían desaparecido, el equipo encontró dos cuerpos más. En la ladera y a medio camino entre el bosque y la tienda, como si hubieran fallecido intentando regresar al campamento, dieron con los siguientes cadáveres.
El tercer cuerpo hallado fue el de Ígor Diátlov, el líder de la expedición y estudiante de Ingeniería de Radio de 23 años. Tenía cortes y hematomas en su rostro e inspeccionando su dentadura pudo verse que le faltaba un incisivo. De nuevo, había indicios de que su cuerpo había sido movilizado post-mortem.
El cuarto cuerpo, el primero de las dos mujeres que estaban en la expedición, fue el de Zinaída Kolmogórova, estudiante de Ingeniería de Radio de 22 años. Estaba mejor vestida que los anteriores, pero su cuerpo presentaba hematomas compatibles con haber recibido una paliza. A cada instante, el caso parecía más extraño.
Más preguntas aparecían en su mente y más aterrador se presentaba el origen de su muerte. Tardarían una semana más en hallar el quinto cadáver. El cuerpo de Rustem Slobodín, graduado en Ingeniería Mecánica de 23 años, apareció el 5 de marzo a medio camino entre las ubicaciones de Diátlov y de Kolmogórova.
Presentaba hemorragias internas en ambas sienes y una gran fractura ósea en el cráneo cuyas causas fueron incapaces de descifrar. El equipo de rescate siguió patrullando incansablemente la zona para dar con los últimos cuatro. Pero los días pasaban y parecían haberse desvanecido.
Engullidos por la montaña maldita. Mientras intentaban hacer encajar las piezas de un rompecabezas cada vez más enrevesado, ese lienzo blanco acallaba todas sus esperanzas. No fue hasta dos meses después, cuando empezaban a plantear una retirada de la zona, que un miembro de la tribu Mansi, desplazada para ayudar en las tareas de búsqueda, descubrió una especie de cueva en la nieve a unos sesenta metros del cedro.
Un foso que los últimos supervivientes podrían haber cavado para sobrevivir en ese infierno. Y ahí, enterrados bajo cuatro metros de nieve en el fondo de una pequeña colina, dieron con los últimos cuatro. Momento en el que la ya de por sí incoherente investigación tomó un rumbo mucho más oscuro.
Por primera vez y a diferencia del resto del grupo, tres de los cuatro hallados habían experimentado traumas internos severos que los médicos rápidamente describieron como el equivalente a ser atropellados por un coche. El cuerpo de Liudmila Dubínina, estudiante de Economía Industrial de la Construcción de 20 años y la segunda y última mujer en la expedición, fue hallado al borde de una corriente de agua. Presentaba diez costillas rotas y su corazón había sufrido una gran hemorragia interna.
Pero lo que congeló su sangre fue que sus dos cuencas oculares estaban vacías. Le habían arrancado ambos ojos. Igual que la lengua.
No estaba en la escena. Algo o alguien se la había cortado. El cuerpo de Semión Zolotariov, guía e instructor de travesía de 38 años y veterano de la Segunda Guerra Mundial, el más mayor del grupo, también presentaba traumatismos internos graves en la zona torácica, pero igual que Dubínina, no había hematomas externos en el lugar del presumible impacto, algo inexplicable viendo que los traumas se produjeron cuando todavía estaban vivos.
De nuevo, ambas cuencas oculares estaban vacías. Aleksandr Kolevátov, estudiante de Física Nuclear de 24 años, fue hallado cerca de los otros dos. Su nariz estaba rota y su cuello, deformado, como si se lo hubiera partido.
Un extraño corte fue encontrado detrás de su oreja. Este último grupo estaba conduciendo la investigación a un camino oscuro. Un sendero de sombras que no sabían dónde terminaba.
Finalmente, dieron con el noveno y último cuerpo. Nikolái Thibeaux Brignolles, graduado en Ingeniería de Construcción Civil de 23 años, fue hallado con una enorme fractura en el cráneo, en toda la parte izquierda de su cabeza. Solo una fuerza masiva podría haber causado tal lesión.
Habían encontrado a los nueve. Sus familias tenían unos cuerpos a los que llorar y enterrar. Pero la investigación apenas había comenzado.
Todas y cada una de las muertes eran sospechosas. Internamente, el caso estaba generando una gran preocupación. El ya bautizado como “Incidente del Paso Diátlov” lo tenía todo para generar una tormenta mediática que el gobierno soviético no podía permitirse.
Las órdenes eran claras. Todo debía mantenerse en secreto. Nadie, ni dentro ni fuera del Estado, podía conocer lo sucedido en la Montaña de la Muerte.
Días después, mientras se estaban realizando las autopsias, llegó la noticia de que habían encontrado algo extraño en las ropas de los excursionistas. Tres prendas eran radiactivas. El jersey de Dubínina y el suéter y pantalones de Kolevátov daban unas mediciones anormalmente altas de radiación.
No había ni una sola explicación a que la ropa de dos estudiantes fuera radiactiva. Una pieza más en ese rompecabezas que, sabían, no iban a poder completar. Las altas esferas solo querían determinar si un homicidio podía estar detrás de las nueve muertes.
Y a pesar de dejar demasiadas puertas abiertas, cuando las autopsias concluyeron que sus lesiones no podían haber estado infligidas por una persona, las autoridades soviéticas quisieron ocultarlo todo bajo las sombras. Tan pronto como el 28 de mayo, tres el entierro de los excursionistas, Lev Ivanov, el inspector principal, finalizó el reporte diciendo que los nueve habían sido víctimas de, citando textualmente, una fuerza natural desconocida y contundente. El caso estaba cerrado y toda la documentación, guardada en archivos secretos.
Las familias no recibieron las respuestas que necesitaban. Nadie les explicó qué les había sucedido en aquella montaña. Ni una sola noticia en los periódicos ni en la radio.
El gobierno soviético había silenciado todo aquello relacionado con el incidente. Las preguntas seguían en el aire. La montaña guardaba los secretos, esperando que regresáramos a ella y reconstruir la oscura historia del Paso Diátlov.
Plagada de problemas estructurales, a lo largo de los años ochenta, la economía soviética sufrió un profundo estancamiento que condujo a una creciente insatisfacción entre la población. La legitimidad del régimen comunista se erosionó paulatinamente hasta llegar a un punto de no retorno. Conscientes de la amenaza del colapso económico de la Unión Soviética, los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, tres de las repúblicas comunistas, se reunieron en la reserva natural de Belavezha para signar el tratado que marcaría el inicio de una nueva era para el mundo.
El 8 de diciembre de 1991, los tres presidentes firmaron el acuerdo para la disolución de la Unión Soviética. Oficialmente, el Estado comunista más grande del mundo había caído y con ello, archivos secretos que el régimen había ocultado salieron por fin a la luz. Entre ellos, unos que muchos llevaban esperando más de treinta años.
Con la caída de la Unión Soviética, los documentos del Incidente del Paso Diátlov pasaron al dominio público. La historia de nueve excursionistas muriendo en extrañas circunstancias en la conocida como “Montaña de la Muerte”, sumado a la opaca y precipitada investigación soviética, que cerró el caso sin resolver las dudas alrededor de su fallecimiento, hace del incidente un fenómeno mediático. Rápidamente, los detalles de la investigación, con documentos que databan de ese invierno de 1959, se expanden por los medios nacionales e internacionales a una velocidad vertiginosa.
El relato tenía todos los ingredientes para convertir el incidente en un fenómeno de masas. Los archivos, hasta entonces secretos, estaban a disposición de equipos independientes, ansiosos por resolver el que se consideraba ya uno de los grandes misterios de la historia moderna. Nada en el caso tenía sentido.
Era como si la leyenda de la tribu mansi que hablaba de nueve cazadores asesinados por los espíritus de la Montaña se hubiera cumplido. Unos experimentados excursionistas rajando la tela de la tienda, su único cobijo en medio de un infierno helado, para bajar ordenada y tranquilamente por la ladera de la montaña. Descalzos, sin equipamiento para protegerse del frío, prácticamente desnudos a 30 grados bajo cero.
Heridas y lesiones grotescas atribuidas oficialmente a una fuerza desconocida. Y por si eso no fuera suficiente, prendas de ropa emanando radiación. La popularidad del incidente se hizo mundial.
Un reto para los investigadores y una oportunidad para devolver la paz a los familiares de las víctimas que durante tres décadas se les había negado. Era el momento de encontrar las respuestas. De descifrar la verdad de lo que sucedió en aquella montaña.
Una de las primera teorías que surgieron es que que los excursionistas fueron asesinados por miembros de la tribu mansi por aventurarse en sus tierras. El Kholat Syakhl, La Montaña de la Muerte, era temida por el pueblo. Quizás, por miedo a que los espíritus despertaran, mataron a los nueve y conociendo esas tierras mejor que nadie, intentaron que pareciera obra del frío.
La teoría del asesinato explicaría por qué abandonaron la tienda tan deprisa, rajándola con un cuchillo desde dentro. Tal vez se dieron cuenta de que estaban siendo atacados y desesperados, intentaron huir de los mansi. Una vez fuera, les obligaron a bajar al bosque.
De ahí la fila ordenada y el descenso en calma. A primera vista, podía tener sentido. Pero profundizando, la hipótesis hacía aguas.
Los mansi eran precisamente conocidos por su hospitalidad con los forasteros, tanto es así que participaron activamente en la búsqueda y, de hecho, fue uno de ellos quien encontró al último grupo de cuerpos. Pero además, no se podrían explicar las heridas. El reporte de la autopsia dejaba claro que las lesiones no podían haber sido causadas por un humano.
Si esto ya prácticamente descartaba la teoría, imaginar que fueron capaces de borrar absolutamente todas sus huellas de la nieve llevaron la hipótesis al terreno de la más absoluta especulación. La segunda teoría, para explicar el motivo de abandonar tan deprisa la tienda, fue tal vez la más obvia. La hipótesis de una avalancha.
No era extraño visualizarlos siendo sorprendidos por un alud. Al fin y al cabo, estaban en la ladera de una montaña nevada y ese desplazamiento de nieve era un fenómeno natural que explicaba por qué salieron tan deprisa de la tienda. Sin embargo, aparecían muchas incongruencias.
La teoría no explicaba el origen de las tan severas lesiones. La causa de muerte de las víctimas de un alud suele ser la asfixia tras quedar sepultados. Que varios sufrieran los traumatismos internos que hallaron las autopsias dejaba la hipótesis de la avalancha como un intento racional pero insuficiente para explicar lo ocurrido.
Además, en caso de haberse encontrado en medio de una avalancha, no tenía sentido que bajaran de forma ordenada y sin correr como habían revelado las huellas. La tienda estaba intacta, solo con algo de nieve fruto de la acumulación natural durante los días que estuvo abandonada. Un alud la habría destrozado e incluso sepultado.
Bastaba analizar los resultados del terreno para ver que la zona, con una pendiente muy poco inclinada, no era proclive a sufrir avalanchas. El escenario, aunque razonable, dejaba demasiadas lagunas. Con la hipótesis del alud descartada, debían encontrar otro camino.
Otra fuerza natural que a priori podía explicar los acontecimientos era lo que se conoce como vientos catabáticos, un fenómeno meteorólogico en el que un viento cae en picado desde una zona alta de la atmósfera hasta una zona más baja, alcanzando velocidades que pueden superar los 100 kilómetros por hora. Durante la noche, cuando la temperatura comienza a descender, el aire caliente se enfría y se vuelve más denso, haciendo que se desplace hacia abajo por la ladera de las montañas y originando estos vientos catabáticos que rugen sin previo aviso. En el contexto del incidente de Diátlov, súbitamente y en mitad de la noche, la tienda estaría en peligro de ser destrozada por el viento, impulsando la inmediata evacuación de los jóvenes.
Esto de nuevo explicaba por qué abandonaron el campamento, y a diferencia y mejorando a la teoría de la avalancha, daba respuesta a esa tienda intacta sin ser sepultada por la nieve. Sin embargo, otra vez, fallaba a la hora de encontrar el origen de las lesiones y no terminaba de decir por qué bajaron ordenadamente y sin correr hasta el bosque, cuando en teoría, con esos vientos catabáticos, deberían de estar en un estado de pánico. Entendiendo que en las fuerzas de la naturaleza no encontrarían las respuestas que necesitaban, que el clima no podía ser la única explicación, vieron necesario sumergirse en la mente y los extraños fenómenos que pudieron azotar a su consciencia.
Su muerte, o al menos el motivo de que estuvieran prácticamente sin ropa, uno de los grandes enigmas del caso, parecía poder explicarse a través del conocido como desvestimiento paradójico. Un fenómeno poco común que ocurre en casos de hipotermia extrema. La persona, aunque en la situación necesitaría mantenerse abrigada, tiene una sensación subjetiva de calor debido a la confusión mental causada por dicha hipotermia.
En condiciones extremas de frío, los nervios periféricos sufren una especie de parálisis que disminuye no solo la sensibilidad táctil, sino que pueden llegar a suprimir la percepción de esa bajísima temperatura. El sistema neurológico lleva al cerebro a experimentar una sensación de calor, como si estuviera en un ambiente abrasador. Ante esta situación, la persona puede tener el deseo de desvestirse en un intento para enfriarse.
Este efecto del frío, junto a las posibles alucinaciones por la hipotermia que les hicieron escapar de la tienda huyendo de una amenaza inexistente, podía explicar por qué fueron encontrados con tan poca ropa. Pero inspeccionando en profundidad, había demasiadas cosas que no encajaban. La reconstrucción de la escena mostraba que los últimos supervivientes tomaron la ropa de los que ya habían fallecido y al lado del cedro donde aparecieron los primeros dos cuerpos había los restos de una hoguera.
Todo indicaba que hasta el último momento, los jóvenes habían intentado mantenerse calientes para seguir con vida. Además, no explicaba los traumatismos encontrados en algunos y creer que nueve experimentados montañistas no sabían de este fenómeno y que todos a la vez lo sufrieron era un acto de fe tan grande que la teoría del desvestimiento paradójico quedó en tierra de nadie. Siguiendo buscando en la mente la explicación, una hipótesis hablaba de algo llamado calle de vórtices de Von Kárman.
Un fenómeno que se produce cuando un fluido, como el aire, fluye alrededor de un objeto sólido. En el paso donde estaban acampados, pudo generarse este fenómeno, produciendo un sonido de muy baja frecuencia. Un sonido inaudible para el oído humano pero que se sabe puede inducir ataques de pánico en aquellas personas expuestas.
Los infrasonidos, aunque no auditivamente, pueden ser detectados por el cuerpo. Unas sensaciones vibratorias que desencadenan respuestas fisiológicas involuntarias. La presión arterial aumenta.
La frecuencia cardíaca se dispara. Y la excitación del sistema nervioso autónomo puede generar sentimientos de ansiedad y, en casos extremos, de pánico. Estos torbellinos de Von Kárman explicarían las decisiones sin sentido que tomaron los jóvenes, víctimas de una irracional paranoia.
Pero, de nuevo, no daba respuesta a las lesiones y era una hipótesis de que, otra vez, presuponía que nueve personas, con cerebros únicos cada una de ellas, respondió de la misma forma y con un ataque de pánico a esos infrasonidos. Incapaces de hallar una explicación científica, con las noticias y detalles del Incidente extendiéndose por un mundo conocedor de que ningún equipo de investigación había llegado a una conclusión lógica, la puerta de la especulación quedó abierta de par en par. Las teorías racionales conducían a callejones sin salida.
Y rápidamente, el caso del Paso Diátlov se sumergió en el terreno de lo paranormal. Cámaras y diarios pertenecientes al grupo y que detallaron su día a día antes de aquella fatídica noche, fueron encontrados en la tienda. Y de entre todo el material, una fotografía en concreto acaparó toda la atención.
Abierta a la interpretación, una instantánea tomada en algún momento antes de la desaparición, mostraba algo entre los árboles. El folclore de los Mansi hablaba de un espíritu de los bosques que la tradición oral siberiana llamaba Menk. Una criatura similar al Yeti, al Hombre de las Nieves, del que se hablaba en otras partes del mundo.
Un ente que empezó a atribuirse a la muerte de los nueve. Aquellos que creían en la existencia del Yeti se apoyaron en la fotografía para aseverar que Diátlov y su grupo fueron cazados por el monstruo. En su concepción paranormal, la teoría explicaba tanto la huida apresurada de la tienda como las graves heridas atribuidas en su día a una fuerza desconocida.
Sin embargo, si de verdad iban a jugar a ese juego, tenían que explicar por qué no se encontraron las huellas de ningún hombre gigante de las nieves. Si querían dar respuestas excepcionales primero debían dar pruebas excepcionales. Y más allá de cuentos antiguos y una fotografía, no tenían absolutamente nada.
Aun así, todo había salido de su control y no tardó en aparecer la segunda gran teoría paranormal. Como era habitual en sucesos sin explicación, los responsables terminaron siendo los alienígenas. El incidente del Paso Diátlov había quedado ligado con el fenómeno OVNI.
La noche del incidente hubo reportes en la región de la presencia de luces extrañas en el cielo, lo que algunos mansi describieron como pequeñas esferas luminosas. Suficiente para que los relatos acerca de seres de otro mundo estuvieran detrás de todo. Paralelamente, en la cámara de Semión Zolotariov, el más veterano del grupo, se encontró una fotografía que dio alas a todas esas especulaciones.
La imagen parecía capturar una especie de luz en el cielo. Y aunque se dejó claro que su cámara había sufrido daños por el agua, que lo que se reveló no tenía por qué retratar la realidad, se afirmó que Zolotariov había fotografiado un OVNI. Los ufólogos aseveraron que los extraterrestres establecieron contacto con los nueve, que no pudieron huir a pesar de intentarlo.
Una vez atrapados hicieron que entraran en un estado de trance que les hizo cometer las inexplicables acciones, incluido el descenso calmado por la ladera, para eventualmente matarlos y dejar impregnada esa radiación, procedente de su nave, en la ropa de Dubínina y de Kolevátov. Pero, de nuevo, afirmaciones extraordinarias requerían de evidencias extraordinarias. Sin embargo, algo sí llamó la atención del equipo.
El reporte de luces en el cielo podía abrir la puerta a una hipótesis plausible, suficientemente racional como para considerarla. Y era la implicación del gobierno soviético en el incidente. Un encubrimiento de los hechos que realmente sucedieron aquella noche.
Estábamos en los tiempos de esplendor de la Guerra Fría. La Unión Soviética estaba en una carrera contra el bloque occidental para el desarrollo de una nueva generación de armas. Unas armas con el potencial de persuadir a los gigantes del mundo que eran testeadas en áreas remotas de Rusia.
Regiones muy parecidas a las del que sería bautizado como Paso Diátlov. Tal vez los soviéticos estaban haciendo pruebas con nuevas tecnologías armamentísticas. De ahí las luces reportadas en el cielo e incluso la radiación en las prendas de dos de los jóvenes.
Quizás el ejército consideró que eran espías y acabó con ellos, presionando después para que el caso fuera cerrado. Y es que extrañamente, el informe determinó que seis de ellos murieron de hipotermia y solo tres por traumatismos internos, a pesar de que todos perdieron la vida en circunstancias extrañas. El KGB, la agencia de inteligencia soviética, prohibió el acceso a la región durante tres años y no fue hasta la propia disolución de la Unión Soviética que los archivos habían dejado de ser secretos.
Las incoherencias en los documentos y las autopsias eran tan notorias que la hipótesis del encubrimiento de los servicios de inteligencia se presentaba como una teoría sólida. La idea de una implicación más o menos directa del ejército soviético era plausible, pero incluso así, había demasiadas lagunas. Y aunque no estuvieran involucrados, las negligencias en el manejo de la investigación habían roto todas las esperanzas de encontrar un camino.
Pese a los intentos de decenas de equipos independientes, nadie pudo ofrecer la explicación que todo el mundo ansiaba. Los familiares de las nueve víctimas no encontraron la paz que, creían, iba a llegar por fin a ellos. El incidente del Paso Diátlov parecía estar destinado a sumergirse en una oscuridad cada vez más profunda.
A permanecer para siempre como un misterio sin resolver. Pero afortunadamente, mucho tiempo después, fuimos capaces de encontrar la luz en medio de las tinieblas. Sesenta años después del incidente, aquella “fuerza desconocida” seguía siendo la única explicación oficial a la muerte de los nueve montañistas.
Desde el paso al dominio público de los archivos, solo especulaciones y teorías conspirativas habían intentado resolver el misterio a su alrededor. Sin embargo, como resultado de décadas de presión por parte de los familiares de las víctimas que buscaban explicaciones más claras sobre la tragedia que azotó sus vidas, en febrero de 2019 y como una medida sin precedentes, el Comité de Investigación de la Federación Rusa anunció que reabriría oficialmente la investigación sobre el caso sesenta años después de que fuera cerrado. Comunicaron que usarían métodos forenses modernos y nuevas tecnologías para examinar evidencias adicionales y que revisarían las conclusiones de la precipitada investigación original.
Estaban prometiendo arrojar luz a las circunstancias exactas que llevaron a la muerte de los jóvenes, proporcionando al mundo una explicación más precisa y científicamente fundamentada. La reapertura del caso del incidente del Paso Diátlov generó una gran expectación y atrajo la atención internacional, renovando el interés por uno de los grandes misterios no resueltos de la historia de Rusia. Y aunque de verdad había esperanzas en ellos, en poco tiempo finalizaron la investigación con la avalancha como motivo del incidente.
Una hipótesis que ya en los años noventa se había demostrado que tenía demasiadas lagunas. Un alud era incoherente con el estado intacto de la tienda, con las huellas que indicaban una marcha tranquila por la ladera ni con las heridas halladas en los cuerpos. Tampoco había indicios de que en la zona, muy poco proclive a ellos, se hubiera producido ninguno aquella noche.
Tanto tiempo de espera para que las autoridades dieran algo solo para acallar los rumores. El caso volvía a estar cerrado y era como regresar al punto de partida. Si Rusia no quería sumergirse en el misterio, otros debían hacerlo.
Escribir el último capítulo en la historia del Paso Diátlov. Ante las negligencias del comité, con un interés renovado por el caso y, sobre todo, con unas tecnologías mucho más avanzadas que las de la década de los noventa, el último momento en el que se hicieron esfuerzos científicos por revelar la verdad, un equipo de investigadores de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich desarrollaron el más exhaustivo estudio acerca del caso que se había hecho nunca. Tenían que encajar las piezas de un puzzle dispersas desde hacía seis décadas.
Una a una, tenían que encontrarles un lugar. Uno de los elementos más comentados del caso eran las cuencas oculares vacías y la lengua perdida de una de las chicas. Pero todo esto se había sobredimensionado.
Estos tejidos blandos son los más sensibles a los cambios post-mortem. Tanto Dubínina, hallada sin lengua y sin ojos, como Zolotariov, hallado sin ojos, fueron encontrados en el fondo de una pequeña colina, en contacto con una corriente de agua líquida. Ambos habían estado dos meses en esas condiciones antes de que los encontraran.
Muchas semanas en las que el efecto combinado del agua y la descomposición, con quizás el papel de animales salvajes, podrían haber generado esos cambios post-mortem. Otro de los temas más comentados, que había dado alas a las especulaciones sobre OVNIs o pruebas militares secretas, era el de la radiación. Tres prendas de ropa, halladas en los cuerpos de Dubínina y Kolevátov, emanaban cantidades ligeramente elevadas de radiación.
En condiciones normales, un área de 150 centímetros cuadrados no debería superar las 5. 000 desintegraciones por minuto, la unidad de medida que cuantifica la actividad radiactiva de una muestra. Un artículo igualaba ese límite y dos lo superaban, con 5.
600 y 9. 900 desintegraciones por minuto. La investigación inicial no reportó el origen de esos niveles de radiación, pero quizás había una explicación sencilla y racional al misterio.
Kolevátov, quien portaba dos de las tres prendas radiactivas, era estudiante de física nuclear y había estado trabajando en una instalación desarrollando materiales nucleares para la generación de energía a través de la fisión nuclear. No era extraño que sus pertenencias tuvieran esas mediciones de radiación. Pero faltaba el jersey de Dubínina.
La chica era estudiante de Economía Industrial de la Construcción. No había ninguna conexión con nada relacionado con la energía nuclear. Parecían haber llegado a un callejón sin salida.
Hasta que unas fotografías revelaron algo. El jersey con el que encontraron a Dubínina no era suyo. Pertenecía a Yuri Krivoníschenko, el segundo de los cuerpos encontrados, hallado con muy poca ropa y con señales de haber sido desvestido por otros miembros desesperados por calentarse.
Que fuera de ese chico lo cambiaba todo. El 29 de septiembre de 1957 se produjo el Accidente de Kyshtym, el tercer peor incidente nuclear de la historia. El tanque de almacenamiento de desechos nucleares de la planta de Mayak explotó debido al sobrecalentamiento originado por un mal funcionamiento del sistema de refrigeración.
Una enorme cantidad de material radiactivo fue liberado a la atmósfera, creando una nube de radiación que contaminó unos 52. 000 kilómetros cuadrados de tierra. Las regiones del sur de los Urales fueron víctimas del incidente y más de 10.
000 personas fueron evacuadas de la región.