Hola, ¿qué tal audiencia? Mi nombre es Artemio Salazar y soy el conductor del tren. Un día más les doy la bienvenida a este su programa, El Maquinista Historias de Terror.
Así que prepárense un café, pónganse los audífonos y disfruten este relato. La mayoría de las personas jamás oirán hablar de mí. Mi deber es resguardar aquellas escrituras que ni siquiera los cardenales más eminentes deberían consultar.
Manuscritos que, aunque silenciados por la historia, siguen latiendo en las profundidades de nuestra memoria colectiva como advertencias que nunca deberían haberse permitido existir. Entre estos textos uno ocupa un lugar especial, el Ars Goetia. La primera y más célebre parte del Lemyeton clavícula Salomonis, conocido también como la llave menor de Salomón.
Lejos de ser una superstición medieval, como muchos creen, este grimorio recoge una tradición milenaria cuyos orígenes se pierden en la antigüedad. Según sus relatos, el rey Salomón, hijo de David y elegido de Dios, recibió no solo sabiduría inigualable, sino también el conocimiento de las fuerzas invisibles que dan forma al mundo. Se le concedió un anillo sagrado grabado con el sello del mismísimo creador que le permitía invocar y dominar a los demonios.
Estos demonios no eran seres toscos ni bestias irracionales. Eran 72 inteligencias poderosas, cada una con dominio sobre aspectos específicos del saber y la naturaleza. Algunos enseñaban ciencias ocultas, otros revelaban secretos escondidos, otros provocaban tempestades y unos pocos dominaban incluso la manipulación de la mente humana.
El propósito de su sumisión no era el capricho ni la maldad. Salomón los utilizó para construir su obra maestra, el templo de Jerusalén, esa casa gloriosa que debía ser digna de albergar la presencia de Dios. Tras completar su cometido, el sabio rey selló a los demonios en vasijas de bronce, aseguradas mediante conjuros indescifrables para cualquier mortal.
Así fueron escondidos en lugares inaccesibles donde se suponía que nunca podrían ser liberados. Sin embargo, los documentos más antiguos, aquellos que he tenido el privilegio y la desgracia de estudiar, revelan una verdad diferente. Uno de ellos no fue encerrado, uno de ellos escapó.
Su nombre era Ornias. Ornias no era un demonio menor. No era un espíritu vulgar de fuego o pestilencia.
Según los textos antiguos, era el más sabio de todos. Mientras sus compañeros obedecían a la fuerza del anillo de Salomón, Orneia se mantenía distante, analizando, observando, planeando. Se decía que su dominio era la construcción no solo física, sino conceptual, la arquitectura de las palabras, la geometría de las ideas, la edificación misma del pensamiento humano.
Durante la construcción del templo, Ornias desempeñó un papel crucial. era capaz de mover piedras inmensas con el mínimo esfuerzo, de calcular proporciones perfectas en instantes, de corregir los errores de los arquitectos humanos sin que ellos siquiera advirtieran su incapacidad. Su participación era tan esencial que algunos cronistas secretos aseguraban que sin su ayuda el templo jamás habría alcanzado la perfección que lo convirtió en leyenda.
Pero Ornias no se conformaba con servir. Desde el primer momento supo que el destino que le aguardaba era el encierro eterno y desde el primer momento tejió su plan para evitarlo. Su oportunidad llegó no frente a Salomón, cuya sabiduría divina lo hacía invulnerable a la manipulación directa, sino frente a los ángeles designados para custodiar a los demonios antes de su confinamiento.
Estos seres, aunque incorruptibles en su fidelidad, eran sensibles al razonamiento. No conocían la duda porque su naturaleza les impedía cuestionar la voluntad de Dios, pero no eran impermeables a las sutilezas del lenguaje. as comenzó por sembrar pequeñas interrogantes, no los desafió abiertamente, al contrario, formulaba preguntas inocentes, aparentemente respetuosas, que llevaban a los ángeles a reconsiderar los términos exactos de su misión.
Era justo encarcelar a todos los demonios por igual, sin distinción de actos. No habían algunos, como él cumplidos sus tareas con obediencia y diligencia. No merecía una criatura que había contribuido a la gloria del templo, una consideración diferente.
Los ángeles, acostumbrados a ejecutar órdenes claras, comenzaron a debatir entre sí. El mandato era absoluto. Sí, pero Ornias había logrado enredarlos en una red de razonamientos sutiles, de matices morales que nunca antes habían tenido que considerar.
Mientras discutían, mientras analizaban, mientras buscaban una respuesta que reconciliara su deber con la aparente injusticia señalada, Ornias actuó. No huyó corriendo ni se escondió en las sombras, simplemente dejó de ser visible para ellos. Para cuando Salomón fue informado de la confusión, Ornias ya no estaba.
No fue una rebelión, no fue una batalla, fue una fuga silenciosa, tan perfecta como los planos invisibles que había trazado desde el principio. Tras el engaño de Ornias, su huida no significó olvido. Aunque su ausencia fue por momentos un alivio para quienes entendían su poder, pronto quedó claro que su permanencia en el mundo no sería discreta.
Algunos registros muy antiguos conservados en lugares donde la vista humana rara vez alcanza sugieren que Ornias no desapareció sin dejar huellas. Su conocimiento, su astucia, su obsesión por el orden y la manipulación comenzaron a manifestarse de manera sutil en distintas épocas y geografías. Hay construcciones que aún hoy desafían la comprensión moderna.
No son solo piedras apiladas con precisión inverosímil. Son obras que obedecen patrones de armonía matemática y simbólica que no debieron ser accesibles en su tiempo. Desde algunos templos ocultos en las entrañas de Siria hasta catedrales europeas cuya arquitectura revela fórmulas de proporción desconocidas para sus constructores aparentes.
Los rastros de una inteligencia mayor se perciben si uno sabe dónde mirar. Ornias no parecía intervenir directamente, más bien como quien susurra a distancia, inspiraba a ciertos hombres cuyas ambiciones o deseos de poder los hacían vulnerables a su influencia. No fueron muchos, pero bastaron.
Cada avance abrupto, cada idea fuera de época, cada construcción inexplicable fue como un eco de su existencia aún no extinguida. Esta influencia, claro, no pasó desapercibida para todos. A medida que la Iglesia consolidaba su poder temporal, voces discretas comenzaron a señalar la existencia de conocimientos que no podían tener otro origen que no fuera uno ajeno a la voluntad divina.
La confusión creció cuando en los márgenes más oscuros de la tradición esotérica surgieron referencias dispersas a un grimorio perdido. Ese grimorio, atribuido vagamente a discípulos de Salomón, que no compartieron todo su saber con la posteridad, hablaba de una entidad nombrada simplemente como el que no fue encerrado. Los fragmentos sobrevivientes, copiados a mano y en extremo codificados, no mencionaban a por su nombre, pero las descripciones eran inconfundibles.
El maestro de la elocuencia, el arquitecto del engaño, el que domina las matemáticas del espíritu. Aquellos fragmentos circularon de forma clandestina entre alquimistas, cabalistas y ciertos monjes renegados. Su existencia era negada oficialmente, pero su contenido terminó por alcanzar oídos sensibles dentro del Vaticano.
Fue entonces cuando la alta jerarquía de la Iglesia entendió que Ornias no era un mito enterrado en las arenas de Jerusalén, sino una amenaza latente, sin hacer pública su preocupación, porque el solo reconocimiento de un demonio activo habría minado la imagen de dominio espiritual que la Iglesia proyectaba. Se inició un proceso silencioso de recopilación y contención. Se recuperaron tratados, cartas, diarios personales y cualquier objeto o texto que hiciera alusión a la existencia o las acciones denias.
Este esfuerzo no se trató de un acto de fe, fue una operación de inteligencia, de preservación del orden interno. Dentro de la iglesia, Ornias no era visto como un ser a ser exorcizado, sino como un fenómeno que debía ser contenido, estudiado y vigilado. Se le trató como un asunto de administración extraordinaria en términos burocráticos, lejos de las aulas teológicas y de las homilías públicas.
La fe no era suficiente para lidiar con él. Se requería una aproximación distinta, basada en el conocimiento prohibido que durante siglos se había preferido enterrar bajo toneladas de ortodoxia. Fue entonces cuando comenzaron las primeras búsquedas discretas.
Equipos pequeños integrados por estudiosos, agentes de confianza y eruditos en saberes olvidados fueron desplegados en diversas regiones del mundo. Su objetivo no era capturarlo, sino rastrear sus manifestaciones, entender el alcance de su influencia y, si era posible, ubicar la fuente primaria de su conocimiento. Estas expediciones, casi siempre disfrazadas como misiones arqueológicas, peregrinaciones o estudios históricos, dieron origen a algunos hallazgos perturbadores, manuscritos que hablaban de pactos silenciosos entre reyes y voces invisibles, códices que describían fórmulas imposibles de arquitectura, testimonios de eremitas que aseguraban haber sido visitados en sueños por un ser que ofrecía conocimiento a cambio de pequeños sacrificios de voluntad.
Poco a poco, los rastros de hornias fueron conformando un mapa incompleto, pero inquietante. No había patrón fijo en sus movimientos ni en sus actos de influencia. Parecía elegir a sus instrumentos según la oportunidad, el momento histórico y la capacidad de cada individuo para alterar el curso de los acontecimientos.
Nunca se encontraron pruebas directas. Ornias no dejaba un cuerpo ni una reliquia física que pudiese atarse a su nombre. Su presencia era deducida, como se deduce la existencia del viento al ver moverse las hojas.
Pero para quienes sabían interpretar esos signos, su actividad era indiscutible. Así fue como la Iglesia en su faceta más oculta decidió redoblar sus esfuerzos, no para destruir a hornias, pues entendieron que un ser cuya naturaleza era inmaterial y cuya existencia era un ejercicio de razón pura, no podía ser simplemente aniquilado, sino para eventualmente idear una forma de atraerlo, limitarlo y encerrarlo donde su capacidad de influir fuera reducida al mínimo. El cómo lograrlo, el precio que implicaría y las consecuencias que desataría serían asuntos que las generaciones posteriores tendrían que enfrentar.
Cuando Ornias percibió que los caballeros templarios y otras órdenes eclesiásticas se acercaban cada vez más, sabiendo de su rastro y del fin inminente de su libertad, su astucia entró en acción. La iglesia no solo era una institución poderosa en términos de fe, sino también de influencia política y militar. Ornias comprendía que los hombres que le pisaban los talones no se detenían ante nada para atraparlo y encerrarlo.
Frente a esta amenaza, su solución fue crear una distracción de proporciones épicas, una guerra que enfrentaría a la iglesia misma. A través de sus manipulaciones, Ornias acercó su influencia a Felipe IV de Francia, conocido también como Felipe el Hermoso, quien por esa época se encontraba en un conflicto latente con la iglesia, especialmente con el papado de Clemente V. La atención entre el rey y el Papa era ya un terreno fértil para las intervenciones de ornias, pues Felipe deseaba tener un control mayor sobre los recursos y riquezas que la iglesia poseía en Francia.
Ornias, con su astucia demoníaca, jugó un papel clave en alimentar las tensiones entre el rey y el Papa y lo hizo más directo aún cuando se dio cuenta de que el Papa tenía conocimiento sobre sus movimientos y la persecución que se le había decretado. Fue entonces cuando Ornias manipuló la situación para que Felipe I orquestara la famosa casa de los Templarios en 1307. Un conflicto que se desató con una serie de arrestos masivos contra los caballeros templarios, quienes no solo representaban una de las instituciones más poderosas de la Iglesia, sino que también tenían conocimiento sobre la existencia de Ornias.
Felipe, aprovechando su rivalidad con el Papa y su necesidad de asegurar poder sobre la Iglesia, ordenó la detención de todos los templarios bajo cargos de herejía, corrupción y adoración a un demonio oscuro. Lo que parecía una simple guerra entre el poder temporal y el poder espiritual fue en realidad una distracción orquestada por ornias. Al hacer que Felipe I desatara la persecución de los templarios, la atención de los caballeros y eclesiásticos que lo perseguían, se desvió hacia la captura de estos hombres, quienes además al ser acusados de prácticas heréticas, no recibirían apoyo directo de la Iglesia, sino que serían tachados como traidores.
guerra disfrazada de una purga religiosa sirvió como una cobertura perfecta para que Ornias escapara. Pues los templarios y otras facciones de la iglesia se vieron obligados a centrarse en este conflicto interno y no en la persecución del demonio mismo. Al crear este enfrentamiento, Ornias consiguió que sus perseguidores se dispersaran y centraran sus fuerzas en una lucha que no solo retrasó su captura, sino que también sembró discordia y desconfianza dentro de la iglesia, provocando una división que se extendió por años.
De esta manera, Ornias manipuló hábilmente la situación a su favor, logrando una fuga temporal de su capturador más cercano, el poder eclesiástico. La guerra que él mismo propició, lejos de ser una simple distracción, se convirtió en una pieza clave de su plan maestro para escapar de la condena de aquellos que buscaban encerrarlo. Sin embargo, la guerra orquestada por ornias no detuvo a la iglesia.
Aunque habían perdido la pista, no abandonaron su búsqueda. Fue entonces cuando los clérigos, guiados por un conocimiento ancestral y la desesperación, idearon un ritual único para atraparlo. Sabían que Ornias no era un demonio que pudiera ser apresado por medios convencionales.
Su astucia y su capacidad para manipular la realidad le permitían escapar de los intentos más directos. El ritual requería algo que Ornias nunca había anticipado, su propia obsesión por el cielo. Durante siglos se había alimentado de la idea de ser un ser superior que en algún momento volvería a ocupar un puesto privilegiado entre los ángeles caídos.
La Iglesia, al darse cuenta de este deseo insaciable de poder, diseñó un engaño perfecto. Crearían una prisión que imitara el cielo, un paraíso que fuera tan convincente que el mismo Ornias no podría distinguirlo de la realidad. Este complejo ritual fue realizado por un grupo secreto de magos y alquimistas que trabajaron durante semanas para preparar el terreno.
No era solo una cuestión de hechizos, se requería el sacrificio de varias vidas, el uso de artefactos perdidos y la recitación de textos antiguos olvidados por la mayoría. Cada componente del ritual estaba minuciosamente planeado para envolver a Ornias en una ilusión que lo mantuviera prisionero. La magia empleada para crear esta prisión fue tan avanzada que incluso los más experimentados en el arte de la hechicería no podían comprender todos sus matices.
Se utilizó una combinación de encantamientos y artes oscuras que provocaron que el entorno alrededor de ornias comenzara a cambiar gradualmente, lo que al principio parecía un refugio, un lugar de paz. Pronto comenzó a moldearse según las expectativas del demonio, hasta que creyó estar de nuevo entre los cielos, rodeado de la belleza y la magnificencia que tanto deseaba. Este engaño fue el primero en la historia que logró capturar a un ser tan poderoso como Ornias, no por medios físicos, sino por medio de un juego mental y espiritual que nunca antes se había visto.
Ornias, con su inteligencia y su ego desmesurado, nunca imaginó que podría ser víctima de tal engaño. Pensaba que había logrado escapar una vez más y que los cielos mismos lo habían recibido. La ilusión de estar en el cielo fue tan perfecta que el demonio nunca sospechó que se encontraba cautivo.
La prisión que lo contenía simulaba ser un lugar luminoso, sereno y lleno de belleza indescriptible. Cada rincón reflejaba la imagen que Ornias tenía de la perfección celestial. Los sonidos, los colores, la temperatura, todo parecía estar diseñado para mantenerlo en una falsa sensación de seguridad.
Estaba rodeado por lo que consideraba el cielo y su mente, cada vez más confundida por la perfección de la ilusión, lo convenció de que estaba donde siempre había pertenecido. Lo que Ornias no sabía era que el ritual lo había atrapado en un lugar creado por magia que se asemejaba a su propia visión del cielo. Mientras permanecía allí convencido de su nueva posición.
Los hombres de Dios, ahora en posesión de la información secreta sobre su paradero, se dieron cuenta de que su búsqueda había llegado a su fin. Ornias no estaba muerto, pero estaba atrapado, prisionero de un engaño tan perfecto que ni él mismo podía entender lo que había sucedido. Hoy en día, Ornia sigue atrapado en lo más profundo del Vaticano, en una celda subterránea de la que, según se rumorea, nunca podrá salir.
Pero él no lo sabe, o más bien no lo cree. en su mente. Esa celda no es una prisión, sino el reino celestial que gobierna y no está solo.
Según los informes que he podido leer, Ornias cree que tiene un ejército de ángeles a su mando, dispuestos a hacer lo que sea necesario para cumplir sus órdenes. Lo peor de todo es que algunos sacerdotes se presentan ante él como esos ángeles para recibir sus sabios consejos. Una de mis lecturas más impresionantes fue el caso documentado en los registros de un sacerdote que se acercó a Ornias hace varios años.
En su diario describe cómo fue recibido por el demonio caído, quien lo miró como si fuera una de sus huestes celestiales. En lugar de encontrar a un ser derrotado y confinado, Ornias lo miró con una serenidad aterradora, convencido de que el sacerdote era uno de sus ángeles, un mensajero que venía a buscar su sabiduría. Ornias, comenzó el sacerdote.
Hemos venido a ti porque el mundo necesita dirección. Tu luz es necesaria para salvarnos. El sacerdote, al igual que muchos otros, se inclinó ante él.
Ynias, sin dudar, aceptó su devoción. lo miró fijamente y en sus ojos no había rastros de duda. Estaba convencido de que los ángeles que se presentaban ante él eran fieles seguidores, buscando consejo de su divinidad.
"Todo lo que toco es sagrado", dijo Ornias, según lo relatado por el sacerdote. No hay separación entre el cielo y mi voluntad. Mi ejército está dispuesto a obedecerme.
Si el mundo está perdido, es porque no han entendido que yo soy el que debe ser seguido. No hay otro Dios que yo. En ese momento, el sacerdote, con una mezcla de miedo y fascinación se arrodilló.
Sabía que no estaba ante un simple demonio, estaba ante algo mucho más peligroso, una mente que había transformado su prisión en un reino. Ornias no estaba en el infierno. En su mente, él era el Dios de un cielo personal.
Durante la conversación, el sacerdote comenzó a creer que tal vez Ornias estaba tocando algo más profundo que las enseñanzas tradicionales. A través de sus palabras emanaba una autoridad que no podía ser ignorada. Y lo peor de todo es que en algún punto el sacerdote no sabía si estaba escuchando a un demonio o a una deidad.
Cada respuesta de horrornias era más convincente que la anterior. Mis ángeles, continuó Ornias, me sirven sin cuestionar. Ustedes, hijos de mi luz, son la manifestación de mi poder.
No hay otro por encima de mí. Y si desean encontrar la salvación, deben rendirse a mi voluntad. Al estar en mi presencia demuestran su fidelidad eterna.
Yo no soy un simple espíritu. Soy el principio y el fin. Según el relato del sacerdote, la atmósfera en la celda estaba cargada, como si a través de las palabras de horneas la energía misma de la habitación se hubiera transformado.
El sacerdote comenzó a sentir que las paredes de la celda no eran paredes, sino los muros de un templo divino, donde Ornias era el único ser digno de adoración. Pero, Ornias, le dijo el sacerdote, ¿qué pasa con aquellos que no siguen tu luz? Con aquellos que se resisten.
Ornias con una calma aterradora, respondió, los castigaré como corresponde a los que rechazan la divinidad. La desobediencia es un crimen contra el orden divino. No hay perdón para quienes se oponen a mí.
El sacerdote se retiró de la celda con una sensación de horror, no solo por lo que había escuchado, sino por la forma en que Ornias lo había convencido de su poder. Algo en su mente comenzó a cambiar. ¿Realmente estaba ante un demonio?
¿O había algo más profundo en la distorsionada visión de Ornias? Lo que es aún más perturbador es que según otros informes que he leído, no es el único que ha tenido este tipo de encuentros. Varios más se han presentado ante hornias, cada uno tratando de entender lo que está pasando y todos de alguna manera se han visto atrapados por su persuasiva fuerza.
Algunos incluso han llegado a escribir que al estar en su presencia sentían que estaban ante un Dios verdadero, no ante el demonio caído que todos pensaban. Ornias, en su delirio, predica a gritos en su celda. Soy el rey de todos los cielos y mi ejército está siempre a mi lado.
No importa cuánto tiempo esté aquí, yo seguiré siendo el que guíe a los hombres. Lo más inquietante es que mientras Ornias sigue atrapado en su celda, su influencia crece. No físicamente, claro, pues está confinado, pero mentalmente su poder se extiende, corrompiendo las mentes de aquellos que se acercan a él.
Algunos sacerdotes ya hablan en sus círculos de la verdad que Ornias les ha revelado. Y con el paso del tiempo las preguntas surgen. ¿Qué pasará cuando Ornias finalmente despierte de su letargo y se dé cuenta de su poder?
Y si algún día uno de sus ángeles decide liberar al Dios caído, de alguna manera se teme que este no sea el final de hornias, sino simplemente otro capítulo en su historia. Tal vez el demonio caído está esperando pacientemente en su prisión con su ejército celestial dispuesto a cumplir sus órdenes, esperando que el mundo finalmente se arrodille ante su poder. Ver.