que una vez un colibrí se metió dentro de su garage y no hallaba cómo salir. Él tenía un estudio ahí en el garage y el colibrí estaba dentro, revoloteaba y y él le abre la puerta para que saliera, pero el colibrí no la vio. El colibrí insistía en andar su cabecita contra una ventana cerrada, pum, pum, pum, allá arriba.
Estaba decidido a salir, pero su determinación no iba a poder romper el vidrio nunca. Entonces, el hombre abre la ventana esperando que volara fuera, pero no lo hace. Entonces toma un palo de escoba al caballero y lo empuja, lo empuja suavemente hacia la ventana, pero el colibrí se asustó más y vuela en la dirección equivocada y en lugar de volar hacia la ventana revolotea hacia atrás y choca con la pared de ladrillos y cae medio tontado.
Ahora sí estaba atrapado, indefenso. El hombre toma el pajarito medio desmayado, semidesmallado, suavemente y lo deposita en la ventana y entonces el colibrí reacciona y se lanza la libertad. Cuando el colibrí volvió al nido, tenía una historia para contar.
le dice, "Gorda, no sabes lo que me pasó. ¿Qué te pasó, viejo? Un día espantoso.
Resulta que caigo en un inmenso cuarto con salida falsa. ¿Cómo salida falsa? Se veía el cielo, pero había una pared invisible que me tiraba para atrás.
No sé, era un vidrio viejo, no sé, pero me tiraba. Y luego había un ogro, un espantoso ogro que toma un palo y estoy seguro que quería comerme vivo. Y cuando quiso aplastarme, volé hacia atrás, decir que tengo unas reacciones gordas.
Y el muy desgraciado me había tendido una trampa. Levantó como una pared atrás y lo siguiente que recuerdo que estaba en el piso desmayado y pensé que había llegado ya al cielo de los colibríes, estaba muerto, pero el monstruo me agarra seguro para comerme y el muy tonto pensó que yo estaba muerto y me puso justo a la ventana, seguro para preparar una salsa para ponerme arriba y como yo soy un tipo listo, ay, sí, por eso me enamoré de ti. Bueno, me escapé.
Me escapé volando, tomé fuerza y me escapé. Todavía me deben estar buscando. El hombre quería mostrarle la salida a la libertad y el pajarito pensó que el hombre había sido cruel.
Y el hombre dice, "Si al menos supieras Colibrí, que te quería ayudar, que estaba de tu lado. Si solamente hubieras entendido que ese palo era para dirigirte hacia la salida. " Y esta historia nos recuerda que a diario la ayuda que Dios nos ofrece suele ser mal interpretada y pensamos que nos está castigando y nos está haciendo daño y nos quejamos de ventanas cerradas y no vemos las amplias puertas que nos está abriendo.
Nos llenamos de pánico porque él quiere acercarse. Tratamos de evitar ese palo que nos intenta guiar. Evitamos los dedos que nos quieren liberar.
Y Dios dice, "Si tan solo supieras. " A mí me dice una y otra vez, "Dile a mi pueblo que lo amo, que no se imaginan cuánto los amo. " Sin sermones, sin dedos, señalando tu pasado.
Un llamado a creer, un llamado a confiar. Si solamente supieras colibrí que te vine a ayudar y no a condenar. Si solamente conocieras el regalo que te he traído, vida eterna.
Si solamente pudiéramos confiar. confiar realmente cuando dice, "Yo sé los planes que tengo para vosotros, planes para vuestro bienestar y no para vuestro mal, a fin de darte un futuro, dice Jeremías 29:11, lleno de esperanza, lleno de fe. Si solamente pudiéramos aprender a confiar.
Esta hermosa anécdota que nos ha hecho el pastor Dante Gel sobre el colibrí es tan hermosa, porque más allá de la historia en sí nos recuerda algo profundo, el amor de Dios. Ese amor que no nos deja atrapados, que no se cansa de buscarnos y que siempre encuentra una manera de liberarnos, aún cuando no entendemos completamente lo que él hace por nosotros. Cuántas veces, como ese pequeño colibrí, hemos estado atrapados por nuestras propias decisiones, por el miedo, por la culpa o por el dolor.
Y aún así, Dios, con una ternura infinita, se acerca con cuidado, extiende su mano y abre la puerta de nuestra jaula. Pero muchas veces no comprendemos su intención. A veces pensamos que nos quiere quitar algo cuando en realidad nos quiere regalar la libertad.
El amor de Dios es así, paciente, constante, inquebrantable, no se impone, no obliga, no grita, simplemente espera con los brazos abiertos hasta que entendamos que fuera de su presencia no hay vida, no hay vuelo, no hay verdadero cielo. El amor de Dios no se gana ni se merece, se recibe. Es un amor que se entrega por completo, un amor que no cambia según nuestro comportamiento, sino que se mantiene firme aún en medio de nuestras caídas.
Ese amor que envió a su hijo Jesucristo para mostrarnos que no hay distancia tan grande que él no pueda recorrer para alcanzarnos. Y cuando por fin comprendemos ese amor, algo dentro de nosotros se transforma. El miedo se disuelve, la culpa pierde poder y el alma comienza a volar nuevamente.
Como aquel colibrique después de ser liberado encuentra en el cielo su verdadero hogar. Dios no solo quiere librarnos de las cosas que nos atan por fuera, sino de las cadenas que llevamos dentro la falta de perdón, la tristeza, la desesperanza. Él quiere hacernos libres de verdad, libres para amar, para creer, para vivir conforme a su propósito.
Así es. El amor de Dios no nos juzga por haber estado atrapados, sino que se alegra cuando decidimos volar hacia él. Y cada vez que intentamos regresar a la jaula del pasado, su voz nos recuerda, "No temas, yo te amo.
Vuela libre porque te he hecho libre. " Hoy, al escuchar esta anécdota, recordemos que el amor de Dios no es solo una emoción, sino una acción constante. Es el amor que nos rescata, nos restaura y nos enseña a volar.
Porque solo en las manos de Dios encontramos la verdadera libertad y solo en su amor aprendemos lo que realmente significa vivir.