En lo más profundo de la sierra mexicana, los soldados no solo enfrentan peligros humanos, también hay fuerzas que no entienden, que no controlan y que a veces no regresan para contar. Estas historias están basadas en hechos reales sobre militares que vivieron el terror en carne propia, escritas y adaptadas por orcus. Sin más, lo invito a suscribirse si es nuevo o nueva a esta gran comunidad del terror.
Si el video es de tu agrado, no olvides compartir con algún amigo o alguna amiga. Esto es Inframundo, la placa y la bestia basado en la anécdota de Elías Ríos. Buenas noches, inframundo.
Me llamo Elías Ríos. En el año 2018 formaba parte de un destacamento del ejército mexicano desplegado en la sierra de Badirahuato, Sinaloa. Nuestro objetivo era desmantelar una red de plantíos ilegales ocultos entre las montañas, un punto estratégico que llevaba años operando bajo el control de un grupo criminal.
Desde el primer día supe que ese lugar no era normal. Las órdenes eran claras: entrar, ubicar las zonas de cultivo, destruirlas y extraer información. Pero nadie nos preparó para lo que realmente estaba escondido allá arriba.
La zona era densa, húmeda, montañosa. Apenas comenzamos a adentrarnos, empezaron los problemas. Las brújulas se volvían locas.
Las radios emitían zumbidos raros, como si una interferencia antigua las contaminara. De noche, el viento no sonaba como debería. Era más pesado, más lento, como si arrastrara algo con él.
El primer en quebrarse fue el cabo Méndez. Lo encontramos rezando solo dentro de una chosa abandonada. tenía un altar improvisado frente a él, hecho de veladoras negras, huesos de animal y una figura mal tallada de la Santa Muerte.
Decía que ella le había hablado, que esa zona estaba protegida y que no debíamos avanzar más. El comandante lo aisló. creyó que estaba alucinando, pero desde ese momento todo se volvió más raro.
Esa misma noche, los perros del campamento comenzaron a ullar de forma aguda, como si los estuvieran quemando vivos. Ninguno de nosotros durmió. Las siguientes patrullas confirmaron lo que sabíamos.
Encontramos varios sembradíos rodeados de muñecos colgados en los árboles, cuerpos mutilados enterrados a medio camino, altares con cabezas de venado y fetiches podridos. Pero lo que más nos inquietó fue que no había rastro de humanos, ningún guardia, ningún enfrentamiento, como si hubieran desaparecido, como si alguien les hubiera advertido que veníamos. Al tercer día, uno de los soldados dijo que había visto una figura entre los árboles, un hombre altísimo, cubierto de pelo, con ojos que brillaban como carbones.
Dijo que caminaba erguido, pero tenía el cuerpo como de un animal. No le creímos hasta que lo vimos con nuestros propios ojos. Estábamos asegurando un terreno cuando escuchamos un gruñido profundo como una vibración que venía desde el estómago de la tierra y entonces aparecieron tres criaturas enormes.
Salieron del monte caminaban como hombres, pero sus piernas eran como de perro. Tenían el rostro alargado entre humano y fiera. Sus dientes parecían cuchillas y sus brazos eran más largos de lo normal.
colgaban hasta las rodillas. Disparamos todo lo que teníamos. Nada funcionó.
Las balas los atravesaban, pero no sangraban. Seguían avanzando como si no sintieran dolor. Se movían rápido, demasiado rápido para algo tan grande.
Uno de los nuestros fue alcanzado de un zarpazo. Salió volando contra un árbol y cayó como trapo mojado. Otro fue arrastrado vivo al interior del bosque.
Lo escuchamos gritar, pero después fue reemplazado por un crujido lento. Nunca lo encontramos. Intentamos reagruparnos.
Pero todo estaba desorientado. El camino por el que habíamos entrado ya no estaba. La niebla bajó tan rápido que apenas veíamos nuestras manos.
El comandante ordenó retirada táctica, pero ya era tarde. No sabíamos a dónde correr. Me escondí con dos compañeros bajo una formación rocosa.
Estuvimos ahí por horas. No hablábamos, solo respirábamos en silencio, escuchando como esas cosas caminaban cerca. Cuando pasaban, el aire se volvía denso, como si alguien derramara aceite caliente por los pulmones.
Fue entonces que apareció ella. La vimos entre la neblina. No caminaba, flotaba.
Era alta, delgada, cubierta con un velo negro. No tenía rostro, solo hueso. Sus manos eran esqueléticas, largas, con dedos afilados.
En una de ellas cargaba una balanza rota y en la otra un rosario hecho con dientes humanos. Su vestido se movía aunque no hubiera viento. Donde pisaba, las hojas se marchitaban.
Uno de mis compañeros comenzó a llorar. El otro intentó correr, pero su cuerpo simplemente se dobló como si alguien le hubiera quitado los huesos. Cayó muerto a mi lado.
La flaca se detuvo frente a mí. No me tocó, solo me miró. Y en ese momento lo entendí.
Ella no estaba ahí para matar, estaba ahí para castigar. Vi imágenes en mi cabeza, hombres colgados de puentes, ejecuciones en medio del monte, fosas comunes. Vi a los que adoraban a esa figura rezándole antes de torturar, de matar, de traficar.
Ella los protegía, pero también exigía pago y ese pago podía ser cualquiera que se atreviera a tocar su territorio sin permiso. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Me desperté con la cara llena de tierra y la boca seca, solo, sin armas, sin radio.
Caminé durante horas hasta encontrar un sendero. Un helicóptero me extrajo al día siguiente. Fui el único que salió de ese cerro.
Los demás fueron declarados desaparecidos en acción. Nunca mencioné lo que vi, ni las bestias, ni a ella. El reporte decía que fuimos emboscados por un grupo armado desconocido.
A mí me dieron una baja médica por trauma agudo. Lo acepté sin protestar. Desde entonces, cada vez que paso por una tienda y veo una figura de la Santa Muerte en una repisa, me quedo mirando más de la cuenta.
A veces creo que sus ojos me siguen. A veces siento su presencia cuando duermo, porque entendí algo en esa montaña. Hay fuerzas que no responden a la ley ni a los hombres.
Fuerzas que caminan entre el crimen y el culto, entre la fe y el horror. Y cuando cruzas su territorio sin permiso, no importa si llevas uniforme, si obedeces órdenes, si crees en Dios o en las balas. Ella decide quién entra y quién nunca más volverá a salir.
Gracias por escuchar mi anécdota. Uniforme militar. basado en la anécdota del exmilitar Tomás Paniagwa.
Me llamo Tomás Paniagwa. Serví durante años en el ejército mexicano, en diversas zonas de conflicto, pero fue en una operación rutinaria en la sierra Taraumara en el año 2015, donde viví lo que nunca logré explicar. Estábamos desplegados en una zona boscosa, cerca de una cañada profunda entre los límites de Chihuahua y Durango.
Un sitio remoto, hostil, con caminos que se pierden entre la niebla y la tierra roja. La operación era sencilla, vigilancia y patrullaje. No se esperaban enfrentamientos, pero desde el primer día algo no estaba bien.
El aire tenía un olor raro, no a tierra húmeda ni a pino, sino algo más metálico, como si todo el bosque sangrara por dentro. Algunos compañeros comenzaron a tener sueños extraños. Despertaban empapados en sudor, murmurando nombres que no eran los suyos.
Uno de ellos decía haber soñado con un soldado sin rostro que lo observaba desde la entrada de su tienda. Yo no soñaba, pero veía cosas. Y eso fue peor.
La primera vez lo vi entre los árboles. Estábamos montando una pequeña torre de vigilancia. Cuando giré hacia el oeste, en el borde del claro estaba parado un hombre con uniforme militar, pero no era uno de los nuestros.
El uniforme era negro, desteñido, con un corte extraño, sin placas visibles ni insignias reconocibles. El casco era redondo, de cuero agrietado, como de otro tiempo. Su cuerpo era delgado, demasiado para un soldado.
Lo observé por unos segundos antes de que se desvaneciera en la niebla. Pensé que me estaba volviendo loco, pero al día siguiente tres compañeros lo vieron también. describieron lo mismo, mismo uniforme, misma postura, solo que uno de ellos agregó algo más.
Dijo que el soldado estaba llorando, pero no eran lágrimas normales, eran hilos negros como aceite quemado, que le caían desde los ojos y se evaporaban antes de tocar el suelo. Dijo que su expresión no era de tristeza, era de terror absoluto, como si estuviera reviviendo su propia muerte una y otra vez. Las noches siguientes, el campamento fue tomado por el insomnio.
Nadie dormía bien. Las radios emitían un zumbido grave durante las madrugadas, aunque estaban apagadas. Las brújulas daban giros erráticos y los animales evitaban acercarse.
Yo lo vi de nuevo en la madrugada del quinto día. Estaba parado justo al borde del acantilado, a unos 30 m de donde dormíamos. Me acerqué sin pensar con la linterna temblando en la mano.
Cuando estuve a unos 5 metros, giró lentamente el rostro hacia mí. No tenía labios. Su piel colgaba en girones.
Sus dientes estaban descubiertos y negros. En lugar de ojos había dos cavidades vacías de donde escurría esa misma sustancia negra que todos mencionaban. Pero lo peor era su rostro.
Era como si estuviera permanentemente congelado en una mueca de espanto con la mandíbula desencajada y la carne de las mejillas abierta, como si algo lo hubiera rasgado por dentro. El uniforme estaba manchado de tierra seca y trozos de tela quemada. Tenía el pecho abierto como si hubiera explotado desde adentro.
En el interior de la cavidad torácica no había sangre ni órganos, solo oscuridad. dio un paso hacia mí. Me paralicé.
No podía moverme ni gritar. Lo sentí dentro de mi mente. No hablaba, pero me transmitía imágenes, explosiones, gritos de hombres antiguos, cuerpos cubiertos de lodo, una emboscada, una traición y luego silencio.
Caí desmayado. Desperté varias horas después. El comandante me acusó de abandonar el puesto.
Dije la verdad. Nadie me creyó. Me pusieron bajo observación médica.
Pero antes de evacuarme, el sargento segundo, un hombre ya mayor, me tomó por el hombro y me llevó a un lado del campamento. Me preguntó cómo era el uniforme, le di todos los detalles, guardó silencio. Luego me dijo algo que hasta hoy no puedo sacar de la cabeza.
Ese uniforme no pertenece al ejército actual, ni al nuestro, ni a ningún otro. Pero hace años, durante la revolución, hubo un destacamento que desapareció en esas mismas montañas. Lo dirigía un comandante llamado Zavala, conocido por hacer pactos con curanderos de la zona para proteger a sus hombres de las balas.
Nunca regresaron, solo encontraron sus cuerpos apilados, con los ojos arrancados y la boca abierta de horror. Nunca fueron enterrados. El sargento me dijo que la gente del pueblo cree que Zavala aún camina por esas sierras, condenado a buscar algo que nunca encontró.
Pero a veces uno de sus soldados se adelanta buscando ayuda o castigo o venganza. Nunca supe cuál era el motivo, pero los días siguientes varios soldados reportaron verlo, a veces de pie, a veces caminando. Una vez uno dijo haberlo encontrado en cuclillas junto al río, con el rostro sumergido y las manos invertidas, como si se las hubieran colocado al revés.
A la semana de la primera aparición se ordenó el retiro del campamento, pero antes de irnos hicimos una formación final. El comandante pasó lista y cuando nombró a uno de los soldados caídos el año anterior, alguien contestó presente desde el fondo de la formación. Todos lo escuchamos.
Nadie se atrevió a voltear. Nunca volvimos a operar en esa zona. El archivo de la misión quedó cerrado.
El incidente clasificado como desgaste emocional del personal. Yo dejé el ejército un año después, pero aún tengo el uniforme y a veces cuando lo saco del armario siento un olor a tierra mojada y escucho la marcha de botas en pasillos vacíos. Hay soldados que caen en combate.
Hay otros que son olvidados por su país, pero unos pocos, los que murieron sin ser reconocidos, sin nombre, sin tumba, siguen marchando en la niebla, buscando una orden que nunca llegó, una guerra que ya terminó y un enemigo que tal vez sigue dentro de ellos. La mujer del paso basado en la anécdota de Martín Cordero. Me llamo Martín Cordero.
Serví durante más de una década en el ejército mexicano. A lo largo de mi vida en servicio me tocó enfrentar situaciones difíciles, enfrentamientos, emboscadas, terrenos hostiles. Pero lo que viví en la sierra no fue una operación más.
Fue algo que hasta el día de hoy me persigue como una sombra pegada a la nuca. Esto sucedió en el año 2013 en una zona alta y boscosa de la sierra Mazateca en Oaxaca. Nos habían enviado como parte de una operación de control territorial.
Era una zona clave para el paso de grupos armados y el objetivo era asegurar caminos. y limpiar brechas escondidas. Éramos dos elementos desplegados en una base temporal.
El punto estaba aislado, sin señal de radio ni cobertura, y el clima era inestable. Densas neblinas bajaban por las montañas y se quedaban como una cortina espesa durante horas, a veces días. A ese lugar los locales le llamaban paso nublado y cuando les preguntábamos por qué no vivía nadie cerca, solo bajaban la mirada o hacían una señal de cruz.
El primer día transcurrió sin incidentes. Revisión del perímetro, ubicación de senderos, puntos ciegos. La segunda noche fue cuando todo comenzó.
Estábamos en turno de vigilancia nocturna. Me encontraba en el puesto norte con el soldado Silva, uno de los más tranquilos del pelotón, poco hablador, muy disciplinado. Habían pasado ya más de dos horas de guardia cuando noté que Silva se ponía rígido.
Miraba fijo a un punto entre la neblina, unos 20 met delante de nosotros. Le pregunté si veía algo, no respondió. se limitó a señalar hacia el bosque.
Apunté con la linterna, pero solo vi árboles y niebla. Entonces lo escuché. Una canción tenue, una especie de lamento cantado en voz femenina que llegaba desde el fondo del bosque.
No eran palabras, sino una melodía repetitiva, antigua, cargada de una tristeza imposible de explicar. Silva murmuró que la había escuchado antes, que cuando su hermano desapareció en la sierra, esa fue la canción que los perros rastreadores no quisieron seguir. Me quedé helado.
Esa noche no dijimos nada más. A la mañana siguiente, Silva estaba pálido. Dijo que no había podido dormir porque desde su tienda escuchó pasos arrastrándose alrededor.
Nadie más los escuchó. Pensamos que era la tensión. Esa noche se perdió el primer soldado.
Se llamaba Medina. Tenía 23 años. Fue a hacer su ronda de rutina a las 3 de la mañana.
Iba con otro compañero, pero en un momento se separaron a solo unos pasos de distancia para revisar un sendero lateral. El otro soldado dijo que escuchó como Medina lo llamaba desde dentro de la niebla. Cuando se acercó ya no había nadie.
Lo buscamos durante horas. Lo llamamos por nombre y clave. Disparamos al aire.
Nada, ni una huella, solo su lámpara abandonada en medio del lodo. Encendida parpadeando. El comandante ordenó suspender los patrullajes nocturnos.
El ambiente se volvió denso. Nadie dormía bien. Las brújulas comenzaron a fallar.
Las linternas parpadeaban sin motivo. A veces, cuando todo estaba en silencio, se escuchaba esa misma canción tenue, cada vez más cerca. La cuarta noche fue peor.
Silva desapareció. Dejó su tienda, su fusil, todo. Solo quedó una nota escrita con marcador sobre su libreta táctica.
Una sola frase: "Ella me llamó. No me ignoren. Yo fui el último en verlo.
Caminaba descalzo por el sendero de tierra, directo hacia la niebla, con los brazos colgando y la cabeza hacia abajo. Le grité, no volteó. Cuando lo alcancé, ya no estaba.
La tensión estalló en paranoia. Algunos comenzaron a hablar de una mujer vestida de blanco de cabello largo y cara oculta. Decían que se aparecía cuando uno estaba solo, que si la veías te ibas con ella aunque no quisieras.
Los locales tenían un nombre para ella, la del paso nublado. Decían que en el siglo XIX, cuando esa sierra era usada para escapar de las autoridades, una mujer fue asesinada por un grupo de soldados en esa misma ladera, que su cuerpo nunca fue recuperado y que desde entonces espera a cada patrulla que pasa para cobrarse uno por uno. Algunos se reían de esas historias.
Pero los que estuvimos ahí sabíamos que no era broma. El último día antes de evacuar, otro soldado se disparó en el pie. Dijo que no quería seguir patrullando, que si salía otra noche, ella lo iba a elegir.
Lo trasladaron en helicóptero sedado diciendo cosas sin sentido. Esa misma noche me tocó la última guardia. Yo no creía en fantasmas.
había visto demasiado en los años de servicio como para tenerle miedo a cuentos de pueblo. Pero a las 3 de la mañana la niebla entró más espesa que nunca. Me sentí observado.
El silencio era tan intenso que podía escuchar mis propios latidos y entonces la vi. A unos 10 metros de mí, entre los árboles, estaba una figura blanca. No caminaba.
se deslizaba lentamente. Tenía el cabello largo negro que cubría su rostro. Su vestido estaba sucio, rasgado, empapado en lodo.
Y entre el viento o lo que pensé que era el viento, escuché la canción, la misma, casi como un arrullo. No moví un músculo, mi linterna se apagó. El arma se me resbaló de las manos por el sudor.
Ella no se acercó, solo se detuvo y giró la cabeza lentamente como si me viera. Aunque no tenía rostro, desperté al amanecer, tirado junto al puesto de vigilancia. Tenía tierra en las botas, pero no recordaba haber caminado.
Mi espalda estaba arañada como si hubiera cruzado ramas y espinas. Nadie supo explicarlo. Esa mañana se ordenó la retirada del operativo.
El informe oficial mencionó fallas logísticas y condiciones climatológicas adversas. Nadie mencionó a la mujer. Desde entonces, cada vez que escucho música de cuna, me detengo.
Cada vez que el viento sopla en medio de la niebla, pienso que puede volver a buscarme, porque una vez que ella te ve, no se olvida de ti. Y tarde o temprano volverás a estar solo en medio de la montaña cuando la canción suene de nuevo. La ladera de la sierra.
Basado en la anécdota real del exmitar Víctor Arismendi. Me llamo Víctor Arismendi. Serví en el ejército mexicano por más de 15 años.
Lo que voy a contar sucedió en el año 2007 durante una operación de reconocimiento en la sierra de Zongolica, Veracruz. Aquel despliegue estaba enfocado en recuperar el control de varias brechas utilizadas por grupos armados, pero no fue un enfrentamiento lo que nos marcó a los que estuvimos ahí. fue otra cosa, algo que no se puede explicar con lógica ni balística.
Éramos nueve hombres, todos con experiencia, acostumbrados a trabajar en terreno hostil. Instalamos un campamento temporal en un claro entre los cerros, en una zona alta y húmeda donde apenas llegaba la señal de radio. A unos metros, el bosque se cerraba con tal densidad que ni la luz entraba del todo.
No había pueblos cercanos, solo brechas abandonadas, algunas ruinas de casas viejas y la presencia casi invisible de comunidades que preferían mantenerse lejos de cualquier autoridad. Durante los primeros días, todo fue rutinario. Patrullajes, vigilancia por turnos, exploración de senderos, nada fuera de lo común.
hasta que uno de los nuestros, el cabo Esteban, empezó a actuar extraño. Era un tipo reservado, disciplinado, de esos que rara vez salían del protocolo, pero empezó a tener episodios extraños. Lo encontrábamos despierto a medianoche con la mirada clavada hacia el bosque.
Decía que escuchaba a alguien llamarlo desde la maleza. Al principio pensamos que era el estrés o el insomnio, pero su comportamiento se volvió más errático. Dejó de comer bien.
Se despertaba sobresaltado diciendo que una mujer lo observaba desde los árboles. Decía que tenía los ojos completamente negros y que sonreía sin mover la boca. Nadie lo tomaba en serio.
En la sierra hay alimañas, hay sombras y uno puede ver cosas que no están. Pero todo cambió cuando nos tocó hacer patrullaje nocturno por parejas. Esa noche me tocó con Esteban.
Salimos con linternas de mano y recorrimos el sendero que bordeaba la ladera al norte del campamento. Estábamos a medio camino cuando Esteban se detuvo. Dijo que escuchaba pasos detrás de nosotros.
Me giré con la lámpara encendida, pero no vi nada. Pensé que quería regresar. Le dije que continuáramos que no había nada, pero él se quedó mirando un punto fijo entre los árboles.
Me dijo que ella estaba ahí. Apunté con la linterna y por un instante vi algo. No sé cómo describirlo.
No fue una persona. Era una figura erguida, envuelta en lo que parecía un reboso o una tela raída. No se movía, no hacía ruido, solo estaba parada a unos 15 m de nosotros.
Entre los troncos, Esteban comenzó a rezar en voz baja. La linterna parpadeó. El viento se detuvo.
Todo el monte se quedó mudo. En un segundo, la figura desapareció sin hacer ningún sonido. Regresamos al campamento en completo silencio.
Esa noche Esteban no durmió. Al día siguiente pidió ser retirado de la operación. El sargento no aceptó, pero ordenó que se quedara en el campamento.
A partir de entonces, las cosas empezaron a deteriorarse. Uno de los soldados comenzó a escuchar golpes en la pared de su tienda mientras dormía. Otro amaneció con los pies cubiertos de tierra como si hubiera estado caminando descalso durante la noche.
Uno más dijo que escuchó voces que lo llamaban por su nombre desde el fondo del arroyo. Nadie quería admitirlo, pero todos estábamos alterados. La tensión era constante, las brújulas fallaban, las radios emitían voces que no pertenecían a ninguno de nosotros.
como si alguien hablara en un idioma antiguo a través del canal. La madrugada del séptimo día, Esteban desapareció. Su fusil estaba apoyado contra la lona, su cama intacta, pero él no estaba en ninguna parte.
Lo buscamos por toda la zona. Huellas había muchas, pero ninguna clara, solo una secuencia de pasos que terminaban en la nada, justo en la orilla del monte, frente a una ladera escarpada. Durante la búsqueda encontramos un trozo de tela negra atrapado entre dos ramas.
No era parte de su uniforme, era de otro tipo de tejido. Parecía más bien una prenda tradicional, pero vieja, casi podrida. La llevamos de regreso al campamento.
Nadie quiso tocarla después de eso. Esa noche el silencio se volvió opresivo. El viento desapareció.
El bosque se cerró sobre nosotros como un pozo sin fondo. Yo estaba de guardia junto a otro compañero, Cárdenas. Cuando vimos la figura de Esteban a unos metros del campamento, estaba de pie, inmóvil, con los brazos colgando y la cabeza inclinada.
Corrimos hacia él, pero cuando nos acercamos no había nadie. El pasto estaba aplastado como si alguien hubiera estado parado ahí por horas. En el aire flotaba un olor a tierra mojada, carne rancia y humo que nos revolvió el estómago.
A la mañana siguiente, Cárdenas amaneció con fiebre. Decía que ella se le había metido en el pecho, que le susurraba que todos debíamos irnos, que ese lugar no era nuestro. Su temperatura subió hasta los 40 ºC.
Su piel se llenó de manchas. Lo evacuaron. esa misma tarde, antes de irse, me tomó del brazo y me dijo algo que nunca he olvidado.
Dijo que la mujer de ojos negros no era un fantasma, que era algo más antiguo, algo que siempre ha vivido en la montaña, esperando que los hombres se acerquen demasiado. A los 10 días de iniciar la operación, el campamento fue cerrado. Se ordenó la reubicación del personal y se suspendió el patrullaje en ese sector por inestabilidad geográfica y riesgo biológico no identificado.
Esteban nunca apareció. En el informe oficial se registró como desaparición en zona montañosa. A ninguno de los que estuvimos allí se nos permitió declarar públicamente.
A mí me reubicaron en otra región dos semanas después. Han pasado más de 15 años. Aún sirvo, pero jamás he vuelto a patrullar esa sierra.
Hay cosas en este país que no se dicen, cosas que viven entre el musgo, los troncos huecos y las cuevas cubiertas de silencio. A veces sueño con este van parado entre los árboles, mirando hacia mí con esa expresión perdida. Otras veces lo escucho por la radio cuando estoy solo de guardia.
dice mi nombre, como lo hacía en la madrugada cuando me despertaba para el cambio de turno. Y yo no respondo porque sé que si le respondo voy a verlo otra vez. ¿Qué te parecieron los relatos de militares en la sierra?
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Me despido, no sin antes desearles dulces pesadillas. Nos vemos en otra emisión más de Inframundo.