Buenas noches a todos. Soy el storyteller y estoy aquí para ayudarles a quedarse dormidos con estas historias de terror de compañeros de cuarto. Así que antes de empezar, asegúrense de suscribirse al canal y darle me gusta al video. Me encantaría saber de dónde son y a qué hora están viendo esto, así que déjenlo en los comentarios. Cuando estén listos, pónganse cómodos y [Música] relájense. Miren, hay vivencias que por más que uno intente olvidar se quedan grabadas a fuego en la mente, ¿no creen? Bueno, esto que les voy a contar ocurrió hace algo más de un
año, quizás 15 meses, así que lo tengo muy presente como una película de terror que no puedes dejar de ver. Yo entonces tenía 19 años y había una chica de mi instituto, Serena, que lo estaba pasando realmente mal en su casa. Por lo visto, sus padres vivían en una guerra constante y ella siempre estaba con el alma en vilo, diciendo que solo quería esfumarse de allí. Encontró un apoyo en mi madre, que da clases de literatura en el mismo centro. Mi madre, que es un alma cándida, se compadeció y le ofreció quedarse en casa con
nosotros una temporada. El único detalle es que no teníamos habitación de invitados, así que la única opción era que Serena compartiera mi cuarto, mi nueva compi de habitación. Si les soy franca, la idea me incomodó bastante, sobre todo cuando vi a mi madre haciendo malabares con mis muebles para encajar otra cama en mi pequeño santuario. Era mi espacio vital. Serena también tenía 19, así que no necesitaba autorización paterna para mudarse y su llegada fue cuestión de días. Pero desde el primer instante en que cruzó el umbral, sentí que algo no cuadraba con ella, una vibración
extraña, difícil de definir. Se pasaba lo que parecían siglos frente al espejo, sonriéndose a sí misma de una forma muy particular. Cuando le preguntaba con toda la naturalidad que podía, qué hacía, siempre respondía que estaba ensayando. Ensayando el qué. Jamás lo supe. Y por las noches, uf, por las noches la escuchaba en el baño, como si estuviera en una obra de teatro ella sola, manteniendo diálogos completos. Eso sí que me ponía los pelos de punta. Claro, yo corría a contárselo a mi madre, pero ella con su infinita paciencia siempre me respondía lo mismo, que Serena
era una chica introvertida, que estaba pasando por una mala racha. y que tuviera un poco de empatía. La cruda realidad es que Serena y yo nunca hicimos buenas migas. Desde el principio me dejó muy claro que yo no era santo de su devoción. Me aplicaba la ley del hielo constantemente y se ponía hecha una fiera cada vez que yo hacía planes con mi madre y no la incluía. Y esa especie de celos o envidia que sentía empezó a tomar derroteros muy pero que muy siniestros. Un buen día aparece con el pelo teñido de un tono
y con un corte sospechosamente parecidos al mío. Incluso fue a mi peluquería de siempre con una foto mía para que la copiaran. Y lo peor es que ni se molestaba en disimularlo, la descarada. Yo seguía con miletanía a mi madre. Mamá, que serena, me está plajeando la vida. Pero ella solo insistía con lo mismo. Chloe, cariño, así me llamo, se comprensiva, aguanta un poco, que Serena lo ha pasado muy mal. Pasaron las semanas y la imitación se volvió obsesiva. Empezó a repetir frases que yo decía, pero cambiando la entonación, como si estuviera practicando para clonar
mi voz. Luego dio el salto a usar mi ropa sin pedir permiso. Aunque se lo dije en todos los tonos posibles, me recorría un escalofrío cada vez que la veía con mis jersis o mis vaqueros. Y ella, con toda la pachorra del mundo, me decía que me acostumbrara. Era una pesadilla. Cada día que pasaba me sentía más invadida y extraña en mi propia casa. Llegué a aborrecer estar en mi cuarto con ella y las noches más terroríficas eran cuando me despertaba de golpe y me la encontraba allí inmóvil a los pies de mi cama. A
veces solo se quedaba mirándome fijamente en la penumbra y cuando notaba que yo estaba aterrada, esbozaba una sonrisita de lo más inquietante. Después de un par de meses así, la situación era insostenible, por lo que tomé la determinación de empezar a dormir en el sofá del salón, lo que fuera con tal de no compartir espacio vital con alguien a quien ya consideraba seriamente desequilibrada, pero ni el salón me ofreció un respiro. Ella continuaba con sus vigilias nocturnas, observándome desde el sillón de enfrente y soltaba una risita ahogada cuando yo me despertaba sobresaltada, plenamente consciente del
pavor que me infundía su presencia y lo que su mente retorcida pudiera maquinar mientras yo dormía. Mi madre, como era de esperar, nunca terminó de creerse mis relatos sobre las andanzas nocturnas de Serena. Ella argumentaba que Serena siempre lo negaba todo y que seguramente yo estaba exagerando o inventándomelo para que la echáramos de casa. Estaba desesperada. Así que una noche, alrededor de la 1 de la madrugada decidí que ya era suficiente. Iba a atenderle una trampa y grabarla para tener pruebas irrefutables. Así que coloqué mi viejo móvil grabando, bien camuflado entre unos libros. Sinceramente, no
esperaba captar nada más allá de sus habituales y perturbadoras miradas. Pero a la mañana siguiente, cuando revisé la grabación, Dios mío, lo que vi dejó sin aliento. En el video se veía a Serena bajando las escaleras con sigilo, dirigiéndose hacia el sofá donde yo dormía. Se quedó allí de pie, en absoluto silencio, casi una hora entera. Luego se sentó en el sillón y continuó observándome fijamente otro buen rato. Después se levantó y fue a la cocina con una expresión en los ojos que no supe cómo descifrar, pero parecía tramar algo. Entonces la vi regresar empuñando
un cuchillo de cocina, uno de los grandes, y se acercó a mí. Luego se inclinó y me susurró algo al oído, algo que el audio del móvil no captó. Pero no me hacía falta oírlo para saber que se trataba de algo perturbador. Luego soltó una risita macabra y levantó el cuchillo sobre mi cabeza como si fuera a descargar un golpe mortal, bajándolo después con rapidez y deteniéndose a escasos milímetros de mi cara. Grité al ver esa escena en la pantalla y entonces ella giró la cabeza y miró directamente al objetivo de la cámara. Se me
llenaron los ojos de lágrimas al escucharla decir con una voz gélida, "¿De verdad pensabas que no me daría cuenta de esto? Controlo cada rincón de esta casa, no lo olvides." Y acto seguido se acercó al móvil y detuvo la grabación. Corrí escaleras arriba para enseñarle el video a mi madre, pero SAS, justo al llegar al rellano, sentí un impacto brutal en el esternón que me hizo caer. Era ella, Serena, blandiendo un pesado trofeo deportivo de mi hermano. "¿Pero acaso estás loca o qué?", Le grité con rabia mientras intentaba recuperar el aire, pero ella solo me
miró con una frialdad absoluta y me dio un golpe en la cabeza con el mismo trofeo. Todo se oscureció después de eso. Mientras estaba inconsciente, me arrastró hasta mi habitación y me ató con unas cuerdas viejas a la silla de mi escritorio. Cuando recuperé la conciencia, ella estaba frente a mí y me dijo con una voz desprovista de emoción que yo no merecía la vida que tenía, que era una injusticia que yo tuviera una familia como la que tenía, mientras la suya era un infierno. Un frío gélido me recorrió cuando pronunció su siguiente amenaza. No
aprecias lo que se te ha dado, así que voy a tomarlo para mí. ¿Qué quería decir con eso? Empecé a temblar como un flan en ese momento, suplicándole entre lágrimas que me dejara en paz. Ella soltó una carcajada y me dijo que no iba a matarme, que simplemente iba a ocupar mi lugar durante un tiempo. No entendía qué quería decir con eso, pero no me atreví a preguntar más. Ya me había hecho bastante daño con el trofeo. Me arrastró todavía amarrada a la silla y me encerró en el trastero del pasillo. Por el rabillo del
ojo, antes de que cerrara la puerta, la vi probándose mi chaqueta favorita y mirándose en el espejo del recibidor. Fue entonces cuando oí la llave en la cerradura de la puerta principal. Mi madre llegaba del trabajo un poco antes de lo habitual, sobre las 7. La oí llamarme Chloe, cariño, y empecé a gritar, "Mamá, ayuda. Estoy aquí." Pero Serena abrió la puerta del trastero bruscamente y me siseó que me callara o le haría daño a mi madre. Solo pensar en eso hizo que mi corazón se hundiera en mi estómago, así que obedecí. muerta de miedo
y la vi salir a recibir a mi madre. Mi mamá, al verla pensó que era yo por la ropa y porque Serena era buena imitadora, pero rápidamente se dio cuenta de que era ella y entonces le preguntó dónde estaba la otra. Yo, y si había oído mis gritos. Me sentí muy impotente, pero entonces, con una dulzura empalagosa, respondió, "Pero mami, si soy yo, Chloe." Mi madre se quedó perpleja. "¿Cómo que eres Chloe, serena?" Ella insistía con una sonrisita. "Soy yo, mami. ¿Es que no reconoces a tu propia hija?" A mi madre se le palideció el
rostro y preguntó con un hilo de voz tembloroso, "¿Dónde está Chloe? ¿Qué le has hecho? En ese instante, Serena perdió los estribos, empujó a mi madre contra la pared y le gritó que ella era su hija ahora y que más le valía aceptarlo. Mi mamá se recompuso como pudo y con una serenidad admirable que yo sabía que era una estrategia, dijo, "Cielo santo, qué despiste tengo hoy. Claro que eres mi cloe, cariño." Y salió de la habitación. Serena abrió la puerta del trastero para regodearse, diciéndome que su plan era perfecto y que mi madre se
había tragado todo el cuento. Yo sabía que no era verdad, que Serena había cruzado la línea de la locura hacía mucho tiempo y mi mamá por fin se había dado cuenta. Estaba segura de que ahora, en realidad estaba en el salón llamando a la policía, pero me guardé mucho de decírselo a Serena. Efectivamente, no habían pasado ni 10 minutos cuando oí el revuelo en la entrada. La policía había llegado y procedían a detenerla. Mi madre me encontró en el trastero poco después y me liberó y no paraba de pedirme perdón por no haberme creído antes.
En ese momento, lo único que sentía era un alivio inmenso y la necesidad de abrazarla. Al principio a Serena la acusaron de varios delitos graves. Sin embargo, tras las evaluaciones, la declararon inimputable y la ingresaron en un centro psiquiátrico especializado. Tendría que permanecer allí un mínimo de 5 años, según nos dijeron, toda esta experiencia fue una auténtica pesadilla de las que te marcan profundamente. Pero saben una cosa, a pesar del miedo y el trauma, no podía evitar sentir una profunda compasión por ella. Nunca tuvo un referente sano, una oportunidad real de desarrollarse de otra manera.
Fue la compañera de cuarto más aterradora que nadie podría imaginar. Pero en el fondo no la culpo solo a ella, sino al entorno tóxico del que provenía. Si hubiera tenido una vida diferente, un apoyo real, quizás nunca habría llegado a ese abismo. Unos tres o cu meses después de su ingreso, recibí una carta de Serena. En ella me contaba que estaba siguiendo un tratamiento, que la medicación la ayudaba a pensar con más claridad y que había reflexionado mucho sobre el daño que había causado. Se disculpaba con una sinceridad que me conmovió y decía que esperaba
que algún día pudiera perdonarla. Le respondí asegurándole que la perdonaba y que lo más importante era que siguiera con su tratamiento y se recuperara. Le dije que no le guardaba rencor. Sin embargo, les mentiría si dijera que no siento una ligera inquietud al pensar en el día que pueda salir de allí. Así que, como ven, a veces las personas que más necesitan ayuda pueden ser las que más daño hacen sin quererlo realmente. Es una línea muy fina. La historia que les voy a contar es la muestra de que realmente nunca terminas de conocer a la
gente. Me llamo Lucas y soy diseñador gráfico. Trian, mi compañero, trabajaba en una cadena de comida rápida del centro Burger Supreme y teníamos más o menos la misma edad, cerca de los 30 y nos conocimos en una entrevista grupal para una agencia de publicidad. A mí me seleccionaron para unas prácticas, pero él no tuvo esa suerte. Aún así, a Adrián no le iba mal en lo suyo. Estaba a punto de ascender a supervisor de turno, lo cual tiene su mérito. Llevábamos casi dos años compartiendo un apartamento en el barrio de Gracia y, sinceramente, la convivencia
era bastante buena. Habíamos encontrado un equilibrio. Nos preocupábamos lo justo el uno por el otro. Manteníamos una curiosidad sana por nuestras vidas, pero siempre con mucho respeto por la privacidad y el espacio personal de cada uno. Adrián siempre transmitía una energía muy positiva. Era de esas personas que caen bien en todas partes y la verdad es que yo admiraba mucho su capacidad para ver el lado bueno de las cosas. Yo tengo un horario de oficina bastante regular, pero los turnos de Adrián eran rotativos y a veces eran toda una locura. Un jueves llegué a casa
cerca de las 8 de la tarde, totalmente agotado después de una entrega importante. Vi las luces del salón encendidas y también una luz tenue en la habitación de Adrián, así que supuse, "Ah, ya está en casa." dije, "Buenas al entrar, ya que era nuestra forma habitual de anunciar que habíamos llegado." Repetí el saludo un par de veces, pero no hubo respuesta, así que me acerqué y abrí la puerta de su habitación con cuidado, pero no estaba allí. Sin embargo, encima de su cama vi un precioso y exótico ramo de orquídeas azules. La luz del baño
de su habitación estaba encendida. y podía oír el agua de la ducha cayendo con fuerza. Así que pensé, "Claro, se está arreglando. Seguramente tendría una cita especial o algo así." Sonreí para mis adentros y me fui al salón. Solo pensar en prepararme algo de cenar me daba más pereza todavía. Así que solo agarré un paquete de galletas saladas que había en la encimera de la cocina y me desplomé en el sofá. Ni siquiera llegué a encender la televisión. Me quedé dormido en cuestión de minutos. Me despertó el sonido agudo de una alarma de coche en
la calle. "Madre santa", exclamé de un salto. Pensé, "pero quién deja la alarma puesta a estas horas." Entonces miré el reloj del móvil y sorpresa, eran casi las 11:30 de la noche. Me entró un poco de inquietud al darme cuenta de que había dormido más de 3 horas. Me levanté y abrí la nevera a ver qué encontraba, pero no vi nada, así que fui y me preparé un sándwich rápido con algo de pavo y queso que quedaba. Me senté en la cocina a comer y empecé a darle vueltas a cómo le habría ido a Adrián
con su cita y las orquídeas. Cuando terminé, fregué el plato y me dirigí hacia mi habitación. Pero al pasar de nuevo por la habitación de Adrián, me extrañó muchísimo seguir oyendo el agua de la ducha. "¿Pero es posible que este chico siga en la ducha tanto tiempo?", me pregunté incrédulo. Llamé suavemente a su puerta. Pero de nuevo, silencio. Miré y vi que la puerta no tenía el pestillo echado, así que la empujé un poco y me asomé. La puerta del baño dentro de su cuarto seguía cerrada, la luz del dormitorio encendida y las orquídeas en
la cama. Todo exactamente igual. Intenté abrir la puerta del baño, pero estaba cerrada con llave desde dentro. Probé un par de veces más con un poco más de insistencia, pero no sedía y ahí empecé a preocuparme de verdad. Adrián, Adrián, ¿estás bien? Silencio absoluto, solo el ruido constante del agua se podía escuchar. De pronto me empezó a invadir una sensación de angustia y eché un vistazo rápido por su habitación, pero nada estaba fuera de lo normal. Sin embargo, noté que su móvil y su cartera estaban sobre la cómoda. "Tiene que estar en el baño, pensé
cada vez más convencido, pero también más alarmado. Podía llevar ahí dentro más de 3 horas y media. Empecé a llamarlo más fuerte y a golpear la puerta con los nudillos, intentando autoconvencerme de que igual se había quedado dormido en la bañera, pero mi mente se llenaba de escenarios cada vez más oscuros y él seguía sin dar señales de vida. Corrí al salón a por mi móvil para llamar a emergencias, pero el teléfono no me reconocía la huella para desbloquearlo. También introduje mi pin varias veces y nada incorrecto. Y entonces me di cuenta de que el
móvil que tenía en la mano era el de Adrián. Miré hacia su cuarto pensando, si su móvil está aquí conmigo, el que está en su cómoda tiene que ser el mío. Así que volví a su habitación y confirmé que el de la cómoda era el mío y con el corazón encogido lo agarré, pero estaba descargado. Con mi móvil ya operativo, salí corriendo del apartamento y le pedí al conserje de noche del edificio, un señor mayor muy amable llamado Anselmo, que llamara urgentemente a la policía y a una ambulancia. Me quedé abajo en el portal, muerto
de nervios, esperando y rezando para que Adrián estuviera bien. En un momento dado, alcé hacia la ventana de nuestro piso, que daba a la calle y vi una silueta recortada contra la luz. Era Adrián. No podía estar seguro al 100%, pero su complexión me resultó inconfundible. Me estaba observando inmóvil y en ese instante no supe qué pensar ni qué sentir. Era una mezcla de alivio y un terror inexplicable. La policía y los paramédicos llegaron en pocos minutos. Les expliqué atropelladamente que creía que habían intentado robar en casa o algo peor y que mi compañero podría
estar herido o en shock, aunque ahora no estaba tan seguro. Igual les di la llave de repuesto y subieron. Sin embargo, lo que encontraron allí es algo que me atormenta hasta el día de hoy. Para mi absoluto desconcierto, Adrián, la persona por la que yo temía, estaba allí en apariencia y leseso. Bueno, estaba empapado de pies a cabeza y tiritaba como una hoja, pero físicamente estaba bien. Pero cuando los agentes entraron en el baño de su habitación, se llevaron una horrible sorpresa. Encontraron el cuerpo de una mujer joven en la bañera. La habían estrangulado con
la cinta de una bata de baño. Durante todo el procedimiento, Adrián mantuvo una calma pasmosa y lo confesó todo allí mismo, sin un atisbo de emoción en su voz. La pobre chica era una compañera de trabajo con la que había empezado a salir hacía apenas una semana. Esa misma noche la había invitado al apartamento y le había regalado las orquídeas. Y mientras ella se daba una ducha, Adrián entró y la asesinó. Dijo que después se quedó allí en el baño, contemplándola durante horas, pensando en que quería que estuviera con él para siempre. Yo estaba No
hay palabras para describir ese horror. Atónito es quedarse corto. Miré casi con incredulidad al que había sido mi amigo, a esa persona que siempre me había parecido optimista y normal, y de pronto un escalofrío me recorrió el cuerpo. Y si esa oscuridad, esa locura, se hubiera desatado contra mí en algún momento, habría estado completamente a su merced. De repente, la imagen de mi compañero de piso, de ese buen amigo, se transformó en la de un monstruo. Es increíble como las apariencias pueden engañar tanto, ¿verdad? Uno cree conocer a las personas con las que convive, pero
a veces bajo una fachada de normalidad se esconden abismos insondables. Todavía me cuesta creer que compartí techo con un asesino a sangre fría. Hay momentos en la infancia que aunque breves te dejan una cicatriz imborrable, ¿no les parece? Pues yo tengo uno así, una experiencia que apenas duró unos minutos, quizás tres o cuatro, pero que se grabó en mi memoria como uno de los episodios más angustiantes y terroríficos de mi vida. Esto sucedió cuando yo tenía unos 7 u 8 años, no más de eso. Mi madre se había vuelto a casar hacía poco con un
tipo dominicano, llamémosle Ricardo, y él y su hermana, que tenía poco tiempo de haber llegado al país, se habían instalado en nuestra casa. Yo adoraba a la hermana de Ricardo, era muy cariñosa, pero él él era otra historia. Siempre me generó una enorme desconfianza y un cierto temor. Para que se hagan una idea, era el prototipo del maltratador de manual, un individuo verdaderamente despreciable. Estaba consumido por alguna sustancia, no sé cuál, pero se le notaba en la delgadeza, la manera de actuar. Llevaba la cabeza rapada a navaja y el cuerpo cubierto de tatuajes carcelarios con
símbolos extraños y se mostraba bastante agresivo. Y para rematar su aspecto intimidante le faltaban varios dientes y los que conservaba estaban en un estado lamentable. Casi siempre estaba bebido o bajo los efectos de alguna droga, y era más que evidente que los niños le importábamos un bledo. De hecho, parecía que le molestábamos profundamente. Una tarde de sábado, mi madre salió con su cuñada, la hermana de Ricardo, así que él se quedó en casa con nosotros, aunque no es que ejerciera de niñero ni nada que se le pareciera. Sara, mi hermana mayor por un año y
yo, ya estábamos más que acostumbradas a apañarnos las solas y a cuidar de nuestro hermano pequeño, que entonces era un bebé de 2 años. A pesar de nuestra corta edad, éramos infinitamente más responsables que Ricardo y sus mermadas facultades. Estábamos Sara y yo en el salón viendo unos dibujos animados mientras el pequeño dormía su siesta en la cuna en la habitación del fondo. Cuando de repente Ricardo salió de la habitación que compartía con mi madre, que estaba justo al lado del salón dando tumbos, él nos echó una mirada con los ojos vidriosos y entrecerrados, con
una expresión confusa, como si no supiera quiénes éramos o qué hacíamos allí. En ese preciso instante, no sentimos un pánico desmedido hacia él, pero sí una cautela instintiva. Sabíamos que no debíamos llevarle la contraria si se ponía conflictivo. Entonces él se acercó a nosotras e intentó mandarnos a nuestra habitación diciendo que quería ver un partido de fútbol. Sin embargo, la única tele buena estaba en el salón. Así que seguramente con la osadía de mis 8 años le contesté algo así como que nosotras estábamos antes y que él podía ver el fútbol en la tele pequeña
de su cuarto si quería. Ricardo se metió en su habitación mascullando algo y por un momento creí que la cosa no iría a más, pero me equivoqué. Volvió a salir al cabo de un minuto, esta vez con una almohada grande y pesada en la mano. Y antes de que pudiera siquiera procesar cuáles eran sus intenciones, cruzó el salón a la carrera y me estampó la almohada en la cara, aprisionándome la cabeza contra el respaldo del sofá con una fuerza brutal e inesperada. Todavía hoy cuando revivo ese momento en mi cabeza, siento que el corazón me
da un vuelco y me cuesta trabajo respirar hondo, como si la angustia de la asfixia volviera. No podía [ __ ] aire, solo recuerdo agitar los brazos y las piernas con desesperación, intentando quitármelo de encima, arañando como podía la tela de la almohada, porque yo era de las que se mordía las uñas y no tenía con qué defenderme. A pesar de mis esfuerzos, él no aflojó su ataque. Así que después de unos segundos estaba boqueando, sintiendo que las fuerzas me abandonaban y que me iba a desmayar. Fue en ese momento cuando escuché a mi hermana
Sara gritar con un alarido que pareció romper los cristales. Estaba a punto de perder el conocimiento por completo y mi visión se nublaba cuando una sacudida de adrenalina me devolvió una claridad fugaz y logré, con un esfuerzo sobrehumano, zafarme de su presa. Me arrastré debajo del sofá, jadeando y tosiendo como si me hubieran sacado del fondo de una piscina. Sara, mi valiente hermana mayor, se había lanzado como una leona sobre la espalda de Ricardo, golpeándole y mordiéndole en un intento desesperado por hacer que me soltara. Pero él la agarró y la lanzó por los aires
con desprecio, como si no fuera nada, haciéndola caer contra la mesita de centro. Él jadeaba con fuerza como un animal salvaje, y en sus ojos había una frialdad y una crueldad que nunca olvidaré. se tambaleó un instante como desorientado, y luego salió huyendo de casa, farfullando insultos y amenazas mientras se alejaba por la calle. Nosotras, aterrorizadas, pero juntas y a salvo, cerramos la puerta principal con el pestillo y nos abrazamos con todas nuestras fuerzas acurrucadas en medio del salón sin dejar de temblar. Nos quedamos dormidas así. agotadas por el miedo y la tensión, la una
en los brazos de la otra, y solo nos despertamos un par de horas después, cuando oímos que la llave giraba en la cerradura y la puerta principal se abría. De inmediato corrimos hacia la entrada y vimos a mi madre y a su cuñada en el umbral. Sin embargo, venían en un estado lamentable, visiblemente afectadas por el alcohol o lo que fuera, riéndose sin motivo y haciendo aspavientos para que guardáramos silencio mientras entraban dando traspiés. Supe en ese mismo instante que no serían de ninguna ayuda en esas condiciones, pero Sara, entre soyosos y con la voz
entrecortada, intentó explicarles lo que había sucedido. Mi madre, irónicamente se volvía excesivamente efusiva y sentimental cuando estaba bebida. Así que nos estrechó entre sus brazos con fuerza, se puso a llorar desconsoladamente y nos repitió como mil veces lo mucho que nos quería. Algo que por desgracia raramente no hacía cuando estaba sobria. Ella y su cuñada se quedaron despiertas con nosotras un rato más sin dejar de beber. Pusieron una película de miedo en la televisión y para nuestra estupefacción nos ofrecieron a cada una vasito con un poco de la bebida que estaban tomando. Ya sé lo
que estarán pensando. Que es una negligencia terrible. Y claro que lo es. Lo peor es que con 8 y 9 años y con el susto todavía metido en el cuerpo, mi hermana y yo no estábamos en condiciones de rechazar ese extraño gesto de normalidad que nos ofrecían. Más tarde, bien entrada la madrugada, como a las 3:30, cuando Ricardo empezó a aporrear la ventana del patio trasero, exigiendo que le abriéramos, fue su propia hermana la que se acercó a la ventana y le gritó, con palabras malsonantes, que se largara de allí y que esa noche dormiría
en la calle como un perro por lo que hizo. Ricardo no apareció por casa en casi una semana y cuando finalmente regresó actuó como si nada hubiera ocurrido. Aunque procuraba evitarnos y mantenía una distancia prudencial siempre que estábamos cerca. Lo peor del caso es que mi madre no lo dejó después de eso. Siguieron juntos por casi tres años más, pero por suerte nunca más se volvió a repetir un episodio como ese. Queridos amigos que me escuchan, si algo saqué en claro de aquella terrible experiencia es esto. Por favor, no confíen a ciegas el cuidado de
sus hijos a cualquiera, aunque sea de la familia, especialmente si esa persona tiene problemas evidentes o un historial preocupante como el de mi padrastro. Nunca se sabe de lo que alguien es verdaderamente capaz, sobre todo en un arrebato de ira, de frustración o bajo los efectos de alguna sustancia. Quizás para muchos esta historia no parezca tan extremadamente aterradora en comparación con otras, pero para mí, les aseguro, fue uno de los momentos más espantosos y que más me han marcado en la vida. Si mi hermana Sara no hubiera reaccionado con esa valentía y esa rapidez, estoy
absolutamente convencida de que Ricardo podría haberme hecho un daño irreparable o incluso algo peor, ya fuera intencionadamente o por pura negligencia en su estado alterado. Incluso ahora, tantos años después, todavía hay noches en las que me despierto sobresaltada, jadeando, buscando aire, como si estuviera reviviendo ese instante en que sentí que aquella almohada iba a ser lo último que viera. Así que sí, esa es mi anécdota familiar más oscura, una que me recuerda cada día lo vulnerables que podemos llegar a ser y la importancia de proteger a los más pequeños. Siempre he preferido tener mi propio
espacio, así que la idea de compartir casa con alguien más nunca me atrajo demasiado, pero a veces las circunstancias te obligan, ¿no es así? Me llamo Mateo y esta es la historia de Samuel, probablemente el compañero de piso más perturbador que uno podría imaginar. Tenía alquilada una planta baja con un pequeño patio y dos habitaciones. Puse un anuncio online para encontrar a alguien con quien dividir gastos, aunque como digo, no me hacía ninguna ilusión vivir con un completo desconocido. Tras un par de semanas con el anuncio publicado en varios portales, contactó conmigo Samuel. Tenía mi
misma edad, unos 28. Se mudó un sábado por la mañana. y llegó con apenas una vieja maleta de lona y una mochila. Era un tipo alto, muy espigado, con un rostro casi inexpresivo y unos ojos que parecían cargar con el peso del mundo, siempre con ojeras. Le enseñé la casa, que no era muy grande y luego nos sentamos a comentar las típicas normas de convivencia, horarios de limpieza, ese tipo de cosas. A todo lo que yo proponía, Samuel asentía dócilmente, sin poner la más mínima objeción. Solo me planteó una cuestión personal. Me advirtió que a
veces hablaba en sueños e incluso llegaba a gritar dormido y quería asegurarse de que eso no me supondría un problema. Qué casualidad, yo en mi adolescencia tuve algunos episodios de sonambulismo bastante fuertes. Incluso necesité ir a un especialista una temporada. Además, como cada uno tendría su habitación en extremos opuestos del pasillo, le dije que no se preocupara, que para mí no sería ninguna molestia. Al final, tener a alguien más en casa resultó ser menos invasivo de lo que había temido. Nuestros horarios laborales apenas coincidían, así que casi no nos cruzábamos y he de admitir que
la casa se sentía menos solitaria. Pero una madrugada, sería la 1:30 o así, me desperté de un respingo. Samuel estaba gritando de una forma desgarradora, así que salté de la cama y corrí a su habitación para ver qué sucedía. "Samuel, ¿estás bien?", le grité golpeando la puerta, más que nada para que dejara de chillar de esa manera. Y de forma instantánea los gritos cesaron. un silencio absoluto. Probé a abrir la puerta, no la había cerrado con pestillo. Entré y allí estaba él, durmiendo como un bebé, aparentemente ajeno a todo el escándalo. ¿Habrá sido una pesadilla
muy intensa o un episodio de esos que me contó? Pensé y regresé a mi cama, aunque ya un poco intranquilo. Pasaron varias semanas, quizás un mes y medio, con una calma relativa. Durante ese tiempo me percaté de que Samuel era un tipo extraordinariamente solitario. En todo el tiempo que llevaba viviendo allí, no había recibido ni una sola visita, ni que yo supiera, había hecho o recibido alguna llamada personal, y sus únicas salidas parecían ser para ir al supermercado del barrio a comprar lo imprescindible y luego volvía directo a casa. Una noche, los gritos volvieron igual
de fuertes y angustiosos. Esta vez, sin pensarlo, abrí directamente la puerta de su habitación y la escena se repitió. En el instante en que la puerta se abrió, se hizo un silencio sepulcral y él seguía allí durmiendo profundamente. Los días siguientes transcurrieron con normalidad, o al menos con su particular normalidad. Pero una noche me desvelé sobre las 3 de la madrugada y al abrir los ojos vi en la penumbra de mi habitación junto a la ventana una figura alta y delgada que me observaba fijamente con unos ojos que parecían dos pozos sin fondo. Me incorporé
de un salto, solté un grito ahogado y encendí la luz de la mesilla con las manos temblando. "Samuel!", exclamé. con una mezcla de enfado y un miedo que empezaba a ser considerable. ¿Qué demonios haces aquí metido? Pero no obtuve respuesta. En cambio, permaneció inmóvil como si fuera parte del mobiliario. Me acerqué con cautela y le sacudí el hombro con firmeza. Samuel pareció despertar en ese momento y al darse cuenta de dónde estaba, empezó a balbucear disculpas una y otra vez. visiblemente avergonzado antes de escabullirse de vuelta a su habitación. Esa noche ya no pude pegar
ojo. La imagen de Samuel observándome en la oscuridad no dejaba de dar vueltas en mi cabeza y entonces una idea me golpeó con fuerza. Pero si yo estoy segurísimo de que cerré la puerta de mi habitación con el cerrojo. Al tomar conciencia de este detalle, un torrente de dudas y una creciente desconfianza hacia él comenzaron a instalarse en mí. Así que las noches siguientes empecé a ser mucho más paranoico con la seguridad. Mi calidad de sueño se resintió enormemente. Me costaba horrores dormirme. Me despertaba a la mínima y tenía la constante y desagradable sensación de
que alguien me estaba vigilando. Una de esas noches de insomnio, finalmente logré dormirme pasadas las 2:30 de la madrugada, pero me despertó con un nuevo sobresalto, un ruido sutil como el de una puerta entornándose muy despacio. Me senté en la cama, encendí la luz de golpe y examiné cada rincón de la habitación, pero no detecté nada fuera de lugar. Me acerqué a la puerta y con el corazón latiéndome en la garganta apoyé la mano en el pomo. Lo giré y para mi espanto y confirmación de mis sospechas, descubrí que no estaba cerrada con el cerrojo,
a pesar de que podría jurar que lo había comprobado tres veces antes de acostarme. Dirigí la mirada hacia la puerta de la habitación de Samuel al final del pasillo, y una oleada de tensión y un agotamiento mental profundo se apoderaron de mí. Empecé al arrepentirme amargamente de haberle alquilado la habitación. Tenía que tener una conversación muy seria con él y encontrar una solución a esta situación cada vez más inquietante. Al día siguiente me levanté sintiéndome fatal, como si no hubiera dormido en días. Tenía una montaña de trabajo acumulado en la oficina y el cansancio me
estaba pasando factura. Regresé a casa sobre las 7 de la tarde. Me dejé caer en la cama vestido y me quedé dormido al instante, rendido. Y de nuevo los gritos, pero esta vez eran diferentes, terroríficos, muy cercanos, cargados con una mezcla de dolor y una furia que me paralizó. Pensé que si seguía sometido a ese nivel de pánico y estrés, mi corazón no lo resistiría. Empecé a buscar a tientas el interruptor de la luz sin poder encontrarlo, sumido en un terror absoluto. Terminé gritando yo también, con la voz quebrada por el miedo, uniéndome a sus
espeluznantes lamentos. Finalmente, la luz se encendió y allí estaba él. Samuel, de pie, justo a los pies de mi cama, empuñando un cuchillo de cocina con una expresión demencial. Su rostro estaba contraído en una mueca feroz. Sus ojos parecían salirse de las órbitas, la mandíbula desencajada, mientras dejaba escapar un gruñido profundo y animal. Me hice un ovillo contra el cabecero, arrinconado, con el corazón bombeando a una velocidad imposible, sintiendo que iba a pararse en cualquier segundo. Y de repente él se desplomó. Cayó de rodillas al suelo con la cabeza hundida entre los hombros, aún aferrando
el cuchillo con los nudillos blancos. Transcurrieron varios minutos en los que no emitió ni el más mínimo sonido ni movimiento. Agarré mi móvil de la mesilla, salí de la habitación como alma que lleva el [ __ ] Corrí al pequeño garaje donde guardaba mi moto y arranqué a toda velocidad. Después de haber conducido sin rumbo fijo durante un buen rato, alejándome todo lo posible de la casa, miré el reloj y vi que eran casi las 4 de la madrugada. Decidí que lo más sensato era pasar la noche en la moto, así que busqué una gasolinera
abierta 24 horas y me acurruqué allí. Sobre las 9 de la mañana, con el cuerpo dolorido y la mente hecha un caos, regresé a casa. Suponía que Samuel ya estaría despierto y que sí o sí tendríamos que enfrentarnos a esa conversación. Pero ya no estaba. se había marchado con sus pocas cosas durante la noche. Intenté llamarlo al número que me había dado, pero saltaba directamente el buzón de voz. Un par de meses después, mi contrato de alquiler de la planta baja finalizó. Mientras recogía mis cosas y limpiaba a fondo antes de entregar las llaves, encontré
una vieja caja de zapatos olvidada en el altillo del armario de la que había sido la habitación de Samuel. Dentro, para mi horror, había docenas de pequeñas fotografías instantáneas mías durmiendo en mi cama. Todas tenían fechas y horas anotadas meticulosamente en el reverso. En una de ellas se veía claramente una especie de alambre fino, como una ganzúa casera, junto a la cerradura de la puerta de mi habitación. Así era como entraba. Quizás el sonambulismo era una parte de la verdad, una manifestación de algo más oscuro y realmente se despertó justo a tiempo aquella última noche
antes de cometer una locura y la culpa y la vergüenza de haber sido descubierto en tal estado lo impulsaron a desaparecer. O también cabe la posibilidad, y esta idea me sigue produciendo escalofríos, de que el sonambulismo fuera solo una tapadera, una excusa para sus verdaderas y perturbadoras intenciones. Temiendo que yo llamara a la policía después del incidente del cuchillo, Samuel huyó a toda prisa, dejando atrás esa caja como un siniestro testimonio de su obsesión. Sea cual sea la verdad, doy gracias cada día por seguir vivo y relativamente cuerdo. Me mudé a otra ciudad intentando dejar
atrás esa experiencia, pero lo que viví con Samuel todavía me acecha en algunas pesadillas. El enigma detrás de sus acciones sigue siendo un agujero negro de terror en mi memoria, uno que francamente no tengo el más mínimo interés en seguir explorando. Hay puertas que es mucho mejor no intentar abrir nunca más, ¿no les parece? Se supone que empezar la universidad y mudarte a una residencia de estudiantes es una de esas experiencias iniciáticas, algo emocionante que esperas con ansia, ¿verdad? O al menos eso es lo que yo creía. Mi proceso de instalación fue bastante normal, todo
en orden. Sí, me llevé una pequeña decepción cuando me comunicaron que de momento no tendría compañera de habitación. Yo ya me había imaginado el planazo. Mi compi se convertiría en mi confidente, mi aliada para todo. Pero parece que el destino tenía otros planes para mí. La primera parte del curso, de septiembre a diciembre fue estupenda. Hice un montón de amigos nuevos y me acostumbré rápido al lujo de tener el mando de la tele para mí sola. Por eso, cuando en febrero, después de los exámenes parciales, me dijeron que me iban a asignar una compañera, la
verdad es que la noticia me sentó como un jarro de agua fría. Con resignación preparé la otra mitad de la habitación para la chica nueva, Lara, y recé para que al menos fuera alguien con quien se pudiera convivir. Llegó a mediados de febrero, justo cuando retomábamos las clases después de un breve parón. se presentó como Lara, un nombre que me pareció simpático. Lara no venía muy cargada. Me explicó con cierta amargura que sus padres eran bastante tacaños y que casi todo lo que tenía se lo había comprado ella con pequeños trabajos. Traería unas tres o
cuatro bolsas de deporte grandes, no más. Me dio un poco de pena y le dije que si alguna vez necesitaba algo mío, ropa o lo que fuera, que no dudara en pedírmelo. Pero eso sí, que me avisara antes para no llevarme sustos pensando que había perdido algo. No tardé mucho en darme cuenta de que Lara no era una chica de 18 o 19 años al uso, era peculiar. Para empezar, su concepto de la higiene personal era, por decirlo suavemente, inexistente. Tuve que suplicarle en varias ocasiones con todo el tacto del mundo, que por favor se
duchara, porque el olor que desprendía era tan fuerte que a veces me daban arcadas al entrar en nuestra habitación. Y a ella, increíblemente, la situación parecía hacerle gracia. Nunca lavaba su ropa, lo que implicaba que las prendas que yo en mi ingenuidad inicial le prestaba, tampoco veían el agua y el jabón. Me devolvía las camisetas con unas manchas de sudor amarillentas y restos de comida resecos. daba la impresión de que nadie le había enseñado nunca las normas más elementales de convivencia y cuidado personal, pero lo más alucinante y repulsivo de Lara era su extraña y
macabra obsesión con comer carne cruda. Y no, no estoy exagerando ni un ápice. Una tarde entré de improviso en la habitación y la sorprendí devorando lonchas de panceta cruda directamente del envoltorio. Intentó ocultarlo a toda prisa, pero la vi perfectamente y les aseguro que esa imagen es de las que no se borran fácilmente. Le pregunté más por una especie de curiosidad malsana que por otra cosa, porque comía panceta cruda me producía un asco tremendo, obviamente, pero al mismo tiempo, una parte de mí sentía una extraña necesidad de entender aquella conducta. Ella me respondió con la
mayor naturalidad del mundo, que era una costumbre que tenía desde siempre, que en su casa sus padres también consumían carne cruda con frecuencia y que para ella era algo completamente normal. Su explicación me pareció aberrante y totalmente antighiénica, pero intenté mantenerla compostura y ser una buena compañera. Con la mayor amabilidad que fui capaz de reunir. Simplemente le dije que mientras yo no tuviera que presenciar sus festines carnívoros, no me importaba que guardara su carne cruda en la pequeña nevera que compartíamos. Qué error tan monumental cometí al decir eso al día siguiente abrí la nevera y
casi me da un infarto. Estaba literalmente abarrotada de carne de todo tipo. Kilos y kilos de diferentes cortes, más panceta, carne picada de ternera y cerdo, filetes de pollo de dudoso aspecto e incluso unos trozos de lo que parecía ser carne de casa, como de ciervo o jabalí. Cuando Lara entró en la habitación y me vio contemplando el contenido de la nevera con cara de espanto, me dedicó una sonrisa de oreja a oreja, visiblemente satisfecha de su macabro botín. empezó a alardear de las gangas que había encontrado en una carnicería de las afueras. Y antes
de que pudiera yo reaccionar o decir, "Esta boca es mía", agarró un paquete de carne picada de ternera, lo abrió con fruición y empezó a engullirla puñados directamente del paquete. Estuve aún trist de vomitar allí mismo. Le grité que parara, que eso era una guarrada, pero ella, con la boca todavía llena de carne sanguinolenta, se echó a reír a carcajadas. Yo retrocedí horrorizada, viendo como pequeñas partículas de carne cruda salpicaban a mi alrededor, lo cual solo pareció aumentar su diversión y sus risotadas. A la mañana siguiente, a primera hora, fui a la Secretaría de la
Residencia y solicité un cambio de habitación urgente. No podía soportar ni un minuto más aquella situación. Me informaron de que el proceso podría tardar hasta tres semanas debido a la alta demanda y los trámites burocráticos. Acepté la condición resignada con tal de poder escapar en algún momento de la pesadilla viviente que suponía compartir espacio con esa persona tan increíblemente repulsiva llamada Lara. Sinceramente, su comportamiento me infundía un temor creciente. Le comuniqué de la forma más seria que pude que ya no podía prestarle nada mío, porque nunca devolvía las cosas en un estado mínimamente aceptable. Se
molestó bastante con mi decisión, pero pareció acatarla, o al menos eso fingió. Apenas cruzamos palabra durante la semana posterior a mi solicitud de cambio. Ella siguió almacenando su arsenal de carne en la nevera, pero al menos tuvo la consideración de no volver a comérsela delante de mí. Un par de días antes de la fecha prevista para mi traslado, estaba yo sentada en mi escritorio haciendo un trabajo y Lara estaba en el suyo, supuestamente estudiando. En un momento dado, ella se levantó y salió de la habitación. Recibí una llamada de una amiga y me recliné en
la silla mientras charlábamos animadamente. Mis ojos curioseaban distraídamente por la habitación cuando de repente se fijaron en la pantalla del ordenador portátil de Lara, que había dejado encendido y sin bloquear. Una de las pestañas abiertas en su navegador mostraba un texto en inglés que me llamó la atención. Fresh Human Meat Recipes. Recetas de carne humana fresca. Al principio solté una risita nerviosa, pensando que era una broma de muy mal gusto y se lo comenté a mi amiga por teléfono. Ella, intrigada, me animó a que hiciera clic en el enlace y viera de qué se trataba.
Jamás, ni en mis más delirantes y macabras pesadillas, podría haber imaginado lo que estaba a punto de descubrir. Cuando hice clic en esa pestaña, mi risa se congeló en mis labios, ahogada por una oleada de puro terror y náusea. Mi amiga al otro lado de la línea me preguntaba una y otra vez qué pasaba, qué estaba viendo, pero yo estaba demasiado paralizada por el horror para poder articular una sola palabra. Era un foro de internet de aspecto clandestino, un rincón oscuro de la web que yo ni sabía que existía. Y el anuncio que había captado
mi atención no era de carne de animal, era una solicitud explícita de proveedores de carne humana. Lara, bajo un pseudónimo había publicado mensajes en los que describía con un detalle escalofriante su afición por la carne cruda y confesaba su fantasía recurrente de probar la carne humana. Parecía estar completamente obsesionada con la idea. Un comentario suyo me impactó de tal manera que sentí que me iba a desmayar. La idea de probar carne humana se ha apoderado de mis pensamientos. Es una necesidad. Y luego la frase que me confirmó que estaba viviendo con una auténtica psicópata. A
veces observo a mi compañera de habitación. Esa era yo, mientras duerme e imagino el sabor de su carne tierna. Hice una captura de pantalla con mi móvil a toda prisa y cerré la pestaña del navegador para que no sospechara que había estado curioseando en su ordenador. Agarré mi bolso, las llaves y salí disparada de la habitación, diciéndole a mi amiga por teléfono que me encontrara urgentemente en la comisaría de policía más cercana. Les conté todo a los agentes de guardia, temblando como una hoja, y les mostré la captura de pantalla del foro. Las autoridades se
tomaron el asunto muy en serio y procedieron a interrogar a Lara. Y para sorpresa y horror de todos los presentes, ella lo admitió todo con una frialdad pasmosa. Incluso llegaron a realizar análisis de la carne que almacenaba en la nevera como medida de precaución, ya que el incidente había ocurrido dentro del campus universitario. Afortunadamente, los análisis confirmaron que toda la carne era de origen animal, vaca, cerdo y pollo. pude obtener una orden de alejamiento inmediata contra ella y fue expulsada de la universidad de forma fulminante por utilizar la red Wi-Fi del campus para acceder a
contenidos ilegales y por planear actividades delictivas y potencialmente peligrosas. Durante un tiempo, en la residencia y en la facultad no se hablaba de otra cosa, e incluso algunos compararon a Lara con figuras infames de la crónica negra Caníbal. ¿Quién sabe si realmente habría llegado a materializar sus fantasías? Lo cierto es que nunca supe si Lara fue procesada judicialmente por algo más que las infracciones cometidas en la universidad. Intenté poner tierra de por medio y olvidar el asunto lo antes posible. Escuchar su nombre. Incluso hoy, casi tres años después, todavía me produce un desagradable escalofrío. Después
de su expulsión y el escándalo subsiguiente, nunca más volví a saber de ella. Supongo que se habrá mudado lejos, avergonzada y estigmatizada, ya que todo el campus y parte de la ciudad se enteraron de quién era y de sus macabras intenciones. Sinceramente, espero que haya recibido la ayuda psiquiátrica intensiva que tan evidentemente necesitaba. Aún hoy, me cuesta comprender cómo alguien puede no solo sobrevivir, sino disfrutar ingiriendo carne cruda de la forma en que ella lo hacía. y mucho menos concebir las ideas que rondaban su cabeza. Después de esa experiencia aterradora, finalmente me asignaron una nueva
compañera de habitación, una chica encantadora y perfectamente normal, lo cual fue un bálsamo para mis nervios. Así que ya lo ven, a veces el monstruo que temes puede estar durmiendo en la cama de al lado. ¡Qué miedo! Okay.