20 de diciembre de 1968. Betty L Jensen de 16 años y David Farad de 17 aparcan el coche en un apartadero solitario de Lake Herman Road. Es su primera cita.
Han dejado atrás un concierto navideño para buscar un rincón tranquilo donde estar a solas. Los dos hablan, se ríen. Nadie más parece estar allí.
Pero alguien observa desde la oscuridad una sombra quieta y ellos no lo saben. Un coche se acerca, sus faros iluminan el camino y se detiene bruscamente junto al vehículo de los jóvenes. La calma se rompe de golpe, una puerta se abre, un hombre baja con un arma en la mano.
No dice nada, no duda, dispara a David. El chico cae junto al coche. Betty grita, abre la puerta y corre desesperada.
Apenas avanza unos metros, el hombre levanta el arma y dispara cinco veces. Un vecino cree escuchar algo, pero lo confunde con el sonido de la radio. En segundos, el lugar vuelve a quedar en silencio.
Minutos después, una vecina conduce de regreso a casa. Sus faros iluminan la escena. Un coche parado, la puerta del coche abierta y en el suelo dos jóvenes.
David aún respira. Betettilu no. La escena no ofrece casi nada.
Algunos casquillos calibre 22, el coche, los cuerpos, nada más. No hay huellas claras ni testigos. La investigación empieza con más preguntas que respuestas.
Bettyu y David son estudiantes ejemplares. Ella animadora en el instituto, querida por todos, el responsable y tranquilo. No hay enemigos, no hay deudas, no hay motivo.
Pero lo que aún no saben es que este no es un caso cerrado, no es un simple homicidio sin resolver, es solo el principio. Este es el misterio del asesino del zodíaco. 7 meses después, en las afueras de Baleo, a pocos kilómetros de donde murieron Betty y David, otra pareja busca intimidad.
Darlen Ferrin, 22 años, camarera y madre joven, aparca su coche en el aparcamiento oscuro del parque Blue Rock Springs. A su lado está Michael Magot, de 19 años. Son las 12:05 de la madrugada del 5 de julio.
Todo está en silencio, pero la sombra que ya mató una vez vuelve a estar aquí. Un coche entra en el aparcamiento, sus faros iluminan la zona, se detiene junto a ellos unos segundos y luego se marcha. Parece un error, pero 10 minutos después, el mismo coche regresa.
Esta vez aparca justo detrás del coche de Darlén, bloqueando cualquier salida. Un hombre baja y camina hacia ellos. Lleva una linterna en la mano.
La luz deslumbla a Darlen y a Michael, que apenas distinguen una figura acercándose por el lado del conductor. De pronto, una pistola Luger de 9 mm abre fuego. Los cristales revientan.
El hombre dispara hasta vaciar el cargador y se marcha andando tranquilo como si nada hubiera pasado. Contra todo pronóstico, Michael Magó sigue vivo. Herido de gravedad, consigue moverse y pedir ayuda.
Darlen también respira. Los vecinos llaman a la policía. Una ambulancia llega rápido.
Ambos son trasladados al hospital Kaiser Foundation. Darlen Ferrin muere poco después de ingresar. Michael sobrevive tras horas de cirugía.
Es un milagro. y también el primer testigo vivo que ha mirado a los ojos del asesino. Michael da una descripción confusa.
Un hombre blanco, joven, corpulento, de alrededor de 1,73 m, cara redonda, pelo corto y castaño, no puede decir mucho más, pero es suficiente. Por primera vez, los investigadores tienen una imagen. A las 12:40 de la madrugada, mientras la policía todavía asegura la escena, suena el teléfono en la central de Valillo, una voz masculina, monótona y tranquila.
Quiero informar de un doble asesinato. La voz no solo describe lo que acaba de ocurrir en Blue Rock Springs, también añade algo más. Yo maté a esos dos jóvenes el año pasado.
Habla de David Farada y Betty Lou Jensen. En segundos conecta ambos crímenes y se atribuye los dos. La llamada se rastrea hasta un teléfono público en una gasolinera de Springs Road, un lugar a menos de 1 km de la casa de Darlén, a solo unas calles de la oficina del sherifff.
Pero cuando la policía llega ya es tarde, solo queda el teléfono colgando. Nancy Slover, la operadora que recibe la llamada, queda marcada de por vida. Dice que nunca olvida esa voz.
El tono es frío, sin emoción, una calma tan extraña que hiela. En menos de 7 meses hay dos ataques similares contra parejas jóvenes. Las autoridades ya no pueden ignorar el patrón.
Es un asesino en serie. Los investigadores empiezan a perfilarlo. Hombre blanco, nocturno, actúa en lugares apartados, probablemente local.
Y lo más inquietante, disfruta jugando con la policía. Un mes después, el 1 de agosto de 1969, tres cartas casi idénticas llegan al valeillo Times Herald, al San Francisco Chronicle y al San Francisco Examiner. El autor no escribe bien, llena las páginas de faltas de ortografía y frases mal hechas, pero lo que importa es lo que cuenta.
Se atribuye los asesinatos de Lake Herman Road y de Blue Rock Springs. Este es el asesino de los dos adolescentes la pasada Navidad en el lago Herman y de la niña el cuarto de julio cerca del campo de golf en Valo. Para demostrar que los maté, expondré algunos hechos que solo yo y la policía conocemos.
Navidad uno, marca de munición SuperX. Dos, se dispararon 10 tiros y así sigue explicando detalles que solo el verdadero asesino puede saber. Cada carta lleva un tercio de un código.
En total son 408 símbolos: cuadrados, círculos, signos raros. El mensaje está dividido en tres partes y exige que se publique en portada. Si no, esa misma semana matará 12 personas al azar.
Los periódicos ceden, no tienen otra opción. California entera amanece con un único objetivo, descifrar el enigma de un asesino en serie. El jefe de policía de Baleo, Jack Ste llega a suplicar en público que el autor envíe otra carta con más pruebas.
Tres días después, el 4 de agosto, llega otra carta al San Francisco Examiner. Empieza con una frase que quedará grabada para siempre. Les habla el zodíaco.
Es la primera vez que el asasino se pone un nombre y con él el símbolo, un círculo con una cruz en el centro. En respuesta a su solicitud de más detalles sobre los buenos momentos que he pasado en Valello, con mucho gusto les proporcionaré aún más información. Por cierto, ¿se lo está pasando bien la policía con el código?
Si no, que se animen, cuando lo descifren me atraparán. Luego sigue dando más detalles nunca publicados de los crímenes. No deja dudas, es él.
El zodíaco, no solo mata, necesita atención, necesita controlar la historia y lo consigue. Es alguien organizado, inteligente, obsesionado con el control, un hombre que quiere ser temido, pero también leído y lo consigue. San Francisco y la bahía viven entre el miedo y la fascinación.
Se habla de él en cafeterías, en colegios, en oficinas. Se escuchan teorías en voz baja. Algunos duermen con la radio encendida por si hay noticias.
El asasino no solo mata, está dentro de cada conversación, en cada página del periódico, en cada mente. Durante días, expertos intentan resolver el mensaje. Profesionales del ejército del FBI.
4 días después la solución no llega desde los despachos, sino desde una casa corriente. Donald Betty Hardan, un profesor de instituto, y su esposa, resolven el código en su salón. Me gusta matar gente porque es muy divertido.
Es más divertido que matar animales salvajes en el bosque porque el hombre es el animal más peligroso de matar. Algo me da la experiencia más emocionante. Es incluso mejor que tenero con una chica.
Lo mejor es que cuando muera renaceré en el paraíso y todos los que he matado se convertirán en mis esclavos. No te daré mi nombre porque intentarás ralentizar o detener mi recolección de esclavos para mi otra vida. E b e o r i e t e m e t h p i t i.
El texto recuerda a un relato clásico, el juego más peligroso, y a la película de 1932 basada en él, donde un aristócrata cazaba humanos por diversión. Pero, ¿qué son esas últimas letras en mayúsculas? Durante décadas ha intentado descifrar qué significa.
Nadie lo consigue del todo, pero hay teorías. Algunos analizan esas letras como si fuesen fragmentos de distintos idiomas antiguos. Eve podría venir de un acrónimo religioso.
Everybody become enlightened. Todos alcanzan la iluminación. Orietem recuerda el término latino ad orientem, la orientación hacia el este que adoptan los sacerdotes durante la misa, símbolo de mirar hacia la luz, hacia el renacer.
ETHP aparecen textos coptos de la Biblia saídica con el sentido de haber sido oculto. Ei, en sánscrito se usa al final de un escrito para marcar el cierre, el final de un discurso. Si se unen esas posibles piezas, el mensaje podría ser todos deben iluminarse mirando al este.
Lo que estuvo oculto se cierra. Nadie ha logrado descifrarlo del todo, pero lo que así está claro es que con esas 13 letras, el zodíaco deja su sello final en el criptograma. 27 de septiembre de 1969.
En la orilla de la guberriesa, condenado de Napa a unos 100 km de San Francisco, Brian Harnell, 20 años, y Cecelia Shepard, 22. Comen, charlan miran el agua. De reojo, Cecelia ve algo entre los árboles, una figura que se acerca, algo no cuadra.
El hombre lleva una capucha negra que le cubre la cabeza y los hombros con dos agujeros para los ojos y unas gafas oscuras encima. Viste de negro. En el pecho lleva un símbolo blanco, un círculo con una cruz dentro, el mismo que ya aparece en los periódicos.
Sujeta una pistola, habla con calma. Dice que es un preso fugado de Dear Lodge, Montana, que ha matado a un guardia y que necesita dinero, ropa y el coche de Brian para huir a México. Suena mentira, pero la pistola es real.
Brian y Cecelia sienten, cooperan, quieren salir vivos. El hombre saca cuerdas blancas ya cortadas, le lanza una cecelia y le ordena que ate a Brian por detrás. Ella obedece y deja los nudos flojos a propósito.
Él lo revisa, lo nota, aprieta con fuerza hasta casi cortar la circulación y ata también a Cecilia con la otra cuerda. Brian intenta hablarle, ofrece dinero, ofrece el coche. El enmascarado se asegura de que no puedan moverse.
Sin aviso, el hombre saca un cuchillo de hoja larga. Brian apenas llega a decir no cuando el primer golpe le alcanza por la espalda. Ceelia grita, "El ataque es brutal.
No hay insultos, no hay prisa, solo trabajo sucio. Brian finge estar muerto. El hombre camina hacia el Volkswagen Carman Guía blanco de Brian aparcada a unos 500 m.
Coge un rotulador negro y escribe en la puerta del conductor debajo del símbolo de la cruz en el círculo. Valello 12 2068 7469 Sept 2769 6 y3 by knife por cuchillo. Fechas, lugares, método.
Es una firma. Termina, vuelve a su vehículo y se marcha con tranquilidad. A las 7:40 de la tarde suena el teléfono en la central de la policía de Napa.
Una voz masculina dice, "Quiero informar de un asesinato. " No, de un doble asesinato. Da la localización exacta a 3 millas al norte de la sede de guardas del parque del Lake Berria.
Y termina con yo lo hice. La llamada sale de un teléfono público en una estación del vado de coches en Main Street, Napa. Un reportero de la radio llega y aún encuentra el auricular colgando.
La policía levanta huellas del teléfono, luego las compara con decenas de sospechosos. Ninguna coincide. Mientras tanto, en la orilla, Brian y Cecelia siguen atados y desangrándose.
Alrededor de las 7:55 de la tarde, unos pescadores los oyen. La ayuda por fin se mueve. Brian habla como puede.
Un hombre nos atacó. Llevaba capucha, llevaba un símbolo. Ambos suben a una ambulancia rumbo al hospital Queen of the Valley en Napa.
En el hospital los médicos luchan. Brian sobrevive. Ceelia se convierte en la quinta víctima confirmada del zodíaco.
El detective Ken Narlow toma el caso como una misión personal. El asasino se ha vuelto a escapar. Esta vez dejan más que nunca.
Víctimas vivas, una llamada rastreable, huellas en un teléfono y una firma escrita en un coche. Ya no dispara solo en la oscuridad. Ahora se presenta disfrazado a plena luz del día.
Habla, ata, apuñala y firma. Los investigadores trazan el primer perfil psicológico serio. Piensan en un hombre de entre 30 y 40 años, blanco, inteligente, ordenado, conformación técnica o militar.
No parece improvisado. Sabe cómo matar, cómo evitar ser visto y cómo confundir a los agentes. Su calma, su forma de escribir en las cartas, su conocimiento de criptografía, todo sugiere a una mente racional, pero profundamente perturbada.
En el cuartel de la policía, los agentes intentan trazar un mapa mental. No mata por necesidad, mata por el efecto. Y ese detalle cambia las reglas.
Ya no buscan solo a un asesino, buscan a un hombre obsesionado con el reconocimiento, con el poder de humillar a la policía y dominar a la prensa. El inspector Dave Toshi, recién asignado al caso, lo resume en voz baja durante una reunión. Este hombre no mata por venganza, mata para vernos correr.
Y así empiezan las teorías internas. Algunos detectives creen que puede ser un exmitar con trauma de guerra. La precisión, la simbología y el tono técnico de las cartas apuntan a alguien con entrenamiento.
Otros piensan en un profesor o matemático por su forma de estructurar los códigos y un tercer grupo considera la opción más inquietante, un policía o alguien con conocimientos policiales, porque parece saber siempre cómo responden las patrullas, cómo se mueven, cómo actúan. Revisan informes de antiguos agentes expulsados, veteranos del ejército, incluso funcionarios con historial psiquiátrico. Ninguno encaja del todo.
El perfil que sale de la oficina del FBI es claro. Varón blanco, entre 25 y 45 años, inteligencia superior a la media, probable aislamiento social, resentimiento con la autoridad, alta necesidad de control, conducta obsesiva. Puede trabajar en un entorno técnico o administrativo, probablemente vive solo, tiene coche propio.
Y una última nota subrayada en rojo. Disfruta viéndose en los titulares. La policía lo entiende perfectamente.
Mientras haya cobertura mediática, seguirá escribiendo. Así que trazan una estrategia. Vigilan a quienes escriben cartas extrañas al periódico.
Rastrean talleres donde se imprimen símbolos. Buscan empleados de bases militares que sepan cifrar mensajes. Sospechan de cientos, pero ninguna pista termina dando resultado.
Dos semanas después, sábado por la noche en San Francisco, Paulstein, taxista de 29 años, recoge a un pasajero a las 9:45. El destino presidio Hes, un barrio caro. A las 9:55 el taxi se detiene.
El pasajero está detrás, saca una pistola de 9 mm. Paulstein cae sobre el volante, muerto casi al instante. El hombre del asiento trasero se inclina hacia adelante, mueve el cuerpo, rebusca en los bolsillos, coge la cartera, las llaves y entonces corta un trozo de la camisa de Stein y se lo guarda.
Un trofeo. Empieza a limpiar todo con un paño, volante, puerta del conductor, salpicadero. Va con cuidado, sin prisa, pero no está solo.
Desde una ventana, tres hermanos adolescentes lo ven todo. Llaman al 911. Describen a un hombre blanco de 25 a 35 años, corpulento, con gafas, moviéndose con una calma que no encaja con lo que acaba de pasar.
Siguen contando lo que ven. El hombre sale por el lado del conductor, limpia la manilla, cierra y se marcha. Son las 10 de la noche.
Las patrullas llegan a toda velocidad. El cerco se extiende por presidio Heights y entonces aparece el error. Por radio se da una descripción equivocada.
Dicen sujeto negro. A las 10:10, el oficial Donald Fuk y su compañero Eric Thelms avanzan por Jackson Street. Ven a un hombre andando con calma, blanco, unos 40 años, robusto, pero castaño corto, chaqueta y pantalones oscuros.
Coincide con lo que cualquiera esperaría, salvo con lo que acaban de oír por radio. Fuk reduce, lo observa 5 o 10 segundos. El hombre mira al coche patrulla un instante y sigue andando tranquilo.
La patrulla no lo detiene. Medio minuto después, la corrección por radio. El sospechoso es blanco.
Fuk frena, da la vuelta y revisa la zona. Ya es tarde. El hombre ha desaparecido.
La oportunidad se esfuma. Los forenses revisan el taxi. Encuentran una huella dactilar ensangrentada en la puerta del conductor.
Una prueba física por fin. También falta un trozo de camisa. Todo apunta a un asesino que junta pruebas para su próxima carta.
Los detectives Bill Armstrong y Dave Toshi toman el caso. Los testigos ayudan con el retrato robot. Hombre blanco, rostro ancho, pelo corto.
El dibujo sale en la prensa, en comisarías, en televisión. El patrón cambia de golpe. Ya no hay pareja joven en un descampado.
Hay un taxista. El mensaje es claro. Puede matar donde quiera, a quien quiera y cuando quiera.
Es un asesinato limpio, metódico, ejecutado en plena ciudad. Por primera vez, la policía entiende que no actúa por impulso. Calcula, se queda en la escena el tiempo justo, limpia el coche, recorta la prenda y se marcha caminando como si nada.
Eso es demasiada sangre fría. Las llamadas a la policía se multiplican con supuestos parecidos al retrato robot. La ciudad entra en una mezcla rara de pánico y vigilancia.
Se cruzan expedientes, se rastrean armas, se recogen declaraciones, no llega nada. Después de un crimen así, el asesino no va a callarse, va a escribir, va a presumir y en cuanto lo haga, todo volverá a arder. Dos días después del asesinato de Paul Stein llega un sobre al San Francisco Chronicle.
Dentro hay una carta y un trozo de tela empapado en sangre. Es la camisa de Stein. Les habla el zodíaco.
Soy el asesino del taxista de la calle Washington y la calle Maple lache. Para demostrarlo, esto es un trozo de su camisa manchado de sangre. Soy el mismo hombre que mató a la gente en el área norte de la bahía.
La policía de San Francisco podría haberme atrapado anoche si hubieran registrado el parque correctamente en lugar de hacer carreras con sus motocicletas para bien que hacía más ruido. Los conductores deberían haber aparcado sus coches y sentarse allí en silencio, esperando a que saliera de mi escondite. Los niños de la escuela son buenos objetivos.
Creo que destrozaré un autobús escolar alguna mañana. Simplemente dispara la llanta delantera y luego elimina a los niños cuando salgan. El pánico se dispara.
Durante semanas patrullas escoltan autobuses en San Francisco y Baleo. Francotiradores vigilan paradas. Los colegios cambian rutas y horarios.
Cientos de padres llevan a sus hijos en coche. No ocurre ningún ataque, pero el objetivo está cumplido. El miedo recorre todo el país.
Y cuando la investigación del zodíaco ya parece un rompecabezas sin salida, un nuevo nombre aparece en la mesa del departamento de San Francisco, Rick Marshall. Marshall trabaja como proyeccionista en pequeños cines del área. Es un tipo reservado, apasionado del cine clásico y de los aparatos antiguos.
En su casa acumula proyectores, radios y manuales de codificación. Vive solo, no tiene pareja, apenas amigos. La policía empieza a interesarse por él cuando un informante afirma que Marshall firma sus cartas con un símbolo, un círculo con una cruz en medio, el mismo que el zodíaco.
Dicen también que habla con admiración del asasino que lo describe como un genio incomprendido. El FBI revisa su letra, no encaja del todo, pero se parece, y vive a solo unos kilómetros de la escena del crime del taxista. Todo parece cuadrar demasiado bien.
Los agentes registran su apartamento, encuentran cintas viejas, revistas de cine y diagramas eléctricos. Nada incriminatorio, nada que lo ate las cartas. Marshall coopera, pero parece incómodo.
Durante un tiempo se convierte en el principal sospechoso. Luego, sin pruebas firmes, su nombre desaparece de los informes. 20 de octubre de 1969, casi a las 2 de la madrugada, la policía de Oakland recibe una llamada de alguien que dice ser el zodíaco.
Exige que dos abogados famosos, Lee Bailey o Melvin Bailey, aparezcan esa misma mañana en el programa de Jiman Bombar en KGOTV. Si no, no se entrega. A las 7 el plató está en directo.
Bly acepta. Los teléfonos quedan abiertos y la audiencia aguanta la respiración. Llama a un hombre que se hace llamar Sam.
Su voz suena joven, rota. Dice que no quiere seguir matando y que cuando no lo hace sufre dolores de cabeza insoportables. Acepta verse con Belly en Daily City, pero nadie aparece.
Horas después, las llamadas se rastrean a varios teléfonos. El autor resulta ser un paciente del hospital estatal de Napa, no es el zodíaco. La voz no coincide con lo que recuerda la operadora de Baleo el 5 de julio.
La televisión queda en evidencia. La policía pierde tiempo y la fiebre zodiac queda aún más clara. Basta con decir su nombre para paralizar una ciudad entera y él lo sabe.
Un mes después, el Crónicle recibe un nuevo código, 340 símbolos, más denso y caótico que el anterior. Al día siguiente entra otra carta, siete páginas, vuelve al episodio de Presidio Height y cuenta que dos policías le pararon y hablaron con él. Añade que lo dejaron ir porque no sabían a quién buscaban, repite la amenaza a los autobuses escolares y ridiculiza a los investigadores.
El código llamado Z340 se les resiste a todos, expertos, aficionados, agencias federales. No cae en días ni en meses, se convierte en un muro que aguanta más de medio siglo. Décadas después se descubrirá lo que dice el código.
En diciembre de 2020, un equipo de tres analistas de códigos de Estados Unidos, Bélgica y Australia, publica una solución coherente. Espero que os estéis divirtiendo mucho tratando de atraparme. Ese no era yo en el programa de televisión, lo cual plantea un buen punto sobre mí.
No le tengo miedo a la cámara de gas porque me enviará al paraíso mucho antes, ya que ahora tengo suficientes esclavos para trabajar para mí, mientras que todos los demás no tienen nada cuando llegan al paraíso. Por eso le temen a la muerte. Yo no tengo miedo porque sé que mi nueva vida será una vida fácil en el paraíso de la muerte.
El 22 de marzo de 1970, carretera 132, Kathleen Jones de 22 años. conduce hacia el norte con su bebé de 10 meses en el asiento de al lado y un embarazo de 7 meses. La noche es oscura, la carretera está casi vacía.
Un coche por detrás empieza a hacer encender las luces y apitar una y otra vez. Insiste. Kathlín reduce la velocidad.
Un hombre joven se acerca y dice que una rueda trasera se mueve raro. Se ofrece arreglarla. Él se agacha, toca los tornillos y dice que ya está todo arreglado.
Kathle arranca y la rueda se suelta a los pocos metros. El coche queda inutilizado. El mismo conductor se detiene otra vez y propone llevarla a una gasolinera cercana.
Está sola con un bebé de noche. Acepta y se sube a su coche. El hombre no para en ninguna estación de servicio.
Pasa delante de varias y sigue por carreteras secundarias. Kathle se queda callada. Sabe que acaba de confiar en la persona equivocada y de pronto el hombre le dice, "Voy a tirar a tu bebé por la ventana.
" En un cruce rural cerca de Patterson, el coche se detiene un momento. Katline aprovecha. Abre la puerta, salta con la niña en brazos y corre al campo.
Se esconde entre la maleza alta. El hombre sale con una linterna y busca, pero entonces aparece un camión que se para unos metros más adelante. Su presencia lo ahuyenta.
Vuelve al coche y se va. El camionero recoge a Kathle y a su hija y las lleva a la comisaría de Patterson. Allí ella ve un retardo robot en la pared, el hombre de presidio Heights.
Señala el dibujo y dice que es él. Horas después, la policía encuentra su vehículo. Alguien lo ha quemado.
10 días después llega San Francisco Crónicoluna carta con un miniódigo. Mi nombre es seguida de 13 símbolos. Los analistas se lanzan a por esos 13 signos.
Buscan un nombre propio, una firma escondida, puede ser real otro juego para hacer perder tiempo. Incluye además un esquema de una bomba con baterías, cables y carga y avisa de que piensa usarla contra un autobús escolar. Al final de la página suma su marcador personal, el 10.
La policía de San Francisco cero. La policía no se queda de brazos cruzados. Revisan cada carta a cada sobre, cada trazo de tinta.
Analizan la presión del bolígrafo, el tipo de papel, el pegamento de los sellos. Los criptógrafos del ejército siguen intentando descifrar los 13 símbolos que supuestamente esconden su nombre. Buscan iniciales, patrones, números, pero el código no se resuelve.
Mientras tanto, las unidades antibombas patrullan cada puente y cada parada escolar. Revisan autobuses con perros detectores. Los niños suben en silencio escoltados por coches patrulla.
El miedo está en el aire, pero no hay explosiones. La amenaza se desvanece como si nunca hubiera existido. Los detectives siguen la única pista que tienen, su voz.
La llamada a la policía de Value resonando en la memoria de Nancy Slover, la operadora que habló con él la noche del 5 de julio de 1969. Años después escucha una grabación de un periodista local, Richard Kaikovski, y se queda helada. Dice que es la misma voz, el mismo tono grave y pausado.
Gaikowski trabajaba en Good Times, un periódico alternativo de San Francisco. Era culto, reservado, con un aire extraño. Su aspecto recuerda el retato robot del zodíaco.
Gafas, rostro alargado o pelo corto. Los agentes revisan su pasado. Encuentran rarezas, sí, pero ninguna prueba.
Sus huellas ni el ADN coinciden. No llega ni siquiera a ser interrogado oficialmente. El zodíaco permanece oculto hasta que llega una tarjeta de felicitación al departamento de la policía.
Dentro, un mensaje breve que insiste en la idea de la explosión. Entre las líneas suelta que ha disparado a un hombre en un coche con un calibre 38. La referencia apunta a un caso reciente, el del sargento Richard Ritch, tiroteado el 19 de junio en San Francisco mientras ponía una multa.
La policía lo descarta como obra del zodiaco. La forma de actuar no encaja, no hay firma, no hay vínculo. Todo indica que intenta colocarse una muerte ajena para inflar su leyenda.
El patrón de estos meses es claro, amenaza con bombas, exige atención, se apropia de lo que no es suyo y mantiene la tensión constante. Un mes después, en junio de 1970, llega un mapa Philips 66 de la bahía con una mirilla dibujada sobre la cima del Monte [ __ ] Alrededor los números 0369 como un reloj. Añade instrucciones.
Alinear con el norte magnético, combinarlo con un código de 32 símbolos y así encontrar la ubicación de una bomba que explotará en otoño. Su marcador vuelve a subir, él 12, Policía de San Francisco cero. Los investigadores se dividen.
Unos creen que es humo para distraer recursos, otros cogen regla y compas y empiezan a trazar líneas. Los meses pasan. El código 32 símbolos no cede, pero no aparece ninguna bomba.
El mapa aún así cumple su función. tener a todo el mundo mirando a un monte mientras él mira a la ciudad. Lago Tahou.
Madrugada del 6 de septiembre de 1977. Donalas, 25 años, enfermera del Sagaraho en Stateeline. Acaba turno a las 2 y se va.
Su uniforme aparece doblado en la oficina. Su coche queda fuera de su apartamento, pero ella nunca llega a casa, desaparece. Días después, el jefe y el casero reciben llamadas de un hombre que dice ser familiar.
Inventa una emergencia para justificar la ausencia. gana tiempo. La policía busca por bosques y senderos.
Organizan una búsqueda que dura días, pero nada. Unos días después, el periodista Paul Ayy, el reportero que más horas dedica al caso del zodíaco el Chronicle, recibe una tarjeta de Halloween. Dentro una amenaza directa, una Z y el símbolo, el golpe es personal.
La tarjeta de Halloween aún da vueltas cuando a Pauly le llega un mensaje anónimo. Investiga el asesinato de Cherry Joe Vage, Riverside, 1966. Eery coge el coche, baja al sur y empieza a tirar del hilo.
El 16 de noviembre de 1970 publica la historia. 4 años antes, el 30 de octubre de 1966, Jerry Jovates, de 18 años estudia en la biblioteca de Riverside City College. A las 9 en punto sale hacia su Volkswagen.
El coche no arranca. La trampa está lista. A la mañana siguiente, Chery aparece allí sin respiración en el suelo de la calle Terracina Drve.
Al lado del cuerpo hay un reloj Timex de hombre con la correa rota parado a las 12:24. En el suelo huellas de botas bilnitares. Tres semanas después llega a la comisaría y al Pres Enterprise una carta titulada The Confession.
La confesión da detalles no publicados y cierra con una amenaza. Bates tenía que morir. Habrá más.
En diciembre descubren grabado cuchillo en un pupitre de la biblioteca un poema. hartos de vivir sin ganas de morir. Un analista Sherwood Morrill ve la foto de grabado y dice que la letra podría ser la misma que la del zodíaco.
Un año después de la muerte de Cherry el 30 de abril de 1967, tres nuevas cartas llegan al padre de Cherry, a la policía y al periódico, esta vez con tinta roja. Repiten el mismo mensaje obsesivo. Bates tenía que morir.
Habrá más. Dos incluyen un garabato que parece una Z. Ayer junta todo eso en un artículo.
Sabotaje del coche, cartas ortografía, la coletilla de Abramas, el guiño de la Z. El zodíaco empieza en Riverside. La policía local no lo compra del todo.
Señala a un sospechoso del entorno de Cherry que nunca llega a juicio. Aún así, admite que alguna carta podría ser de él como si se colgara otra vez un crimen ajeno. Y el 22 de marzo de 1971 a Pole Ibery le cae otra carta, la Pinescard, un bosque nevado, sierra club, buscar víctima 12, Lake Tah, alrededor en la nieve y el símbolo del zodíaco.
No hay texto a mano, solo recortes pegados. Los sheriffs de la zona reabren el expediente con esa pista. Si es él, el modo de actuar cambia.
Secuestro limpio, sin carta con detalles, un cadáver que no aparece. 15 años después, en 1986, se encuentra un cráneo al norte de Tahou junto a la ruta 89. El ADN confirma que es don alas.
Puede ser una confesión u otro crédito robado. Cada vez que alguien abre un archivador de casos sin resolver de los 60 o 70, aparece la misma pregunta. ¿Y si fue él?
4 de junio de 1963, cerca de Longp, Robert Domingos y Linda Edwards, 17 y 18 años, pasan el día en una playa aislada. Los matan con un calibre 22. Hay cuerda cortada, señal de que intentan atarlos.
Un intento torpe de quemar la cabaña con los cuerpos dentro. Las similitudes con berriesa son inquietantes. Cuerda, pareja, lugar apartado, calibre pequeño, pero no hay carta, no hay símbolo.
Abril de 1962. El taxista rey Davis muere tiroteado y el asasino llama para presumir. Sacramento 1967.
La matanza Venet. La policía no puede ignorar nada. Cada vez que él se atribuye a un asesinato, toca revisarlo.
Ese es su juego. Arrastrar recursos al pasado, multiplicar pistas, abrir líneas nuevas, mientras su nombre sigue siendo un hueco. El tablero se llena de taxistas, parejas, senderos, postales, relojes rotos y promesas de haber más.
Y aún así falta lo único que importa. ¿Quién? Pasa una semana, pasa un mes, pasa un año, no llegan en cartas confirmadas, no hay llamadas con su tono plano, no hay símbolos en sobres, puede estar escondido, preso, muerto.
Tres años después, el Chronicol recibe una carta. Es corta, seca. Veo y pienso que el exorcista fue la mejor comedia satérica que jamás he visto.
Atentamente, se lanzó a la onde ola y un eco surgió de la tumba del suicida. Tituwiilo, Tituilo, Tituilo. Postdata, si no veo esta nota en tu periódico, haré algo desagradable, lo cual sabes que soy capaz de hacer.
Yo, 37. Departamento de Policía de San Francisco, cero. El zodíaco escribe su propio marcador, 37.
Miente para inflarse o realmente hay una lista de crímenes sin encajar. A finales de los 70, el expediente pierde fuerza. 30 años después, en 2007, el ADN entra en escena.
Se rasca saliva de sellos y solapas. Se arma un perfil parcial. El rompecabezas empieza a tener piezas.
Las muestras pasan por laboratorios privados, algoritmos y árboles familiares. El material es escaso, viejo, degradado. Cada tanto una pista asoma, una comparación se intenta, un sello vuelve a revisarse y un nombre se repite en informes, memorias y ruedas de prensa.
Arthur Late Allen, nacido en 1933, vecino de Baleyo, exprofesor con un pasado turbio. En 1971, un conocido lo señala y desde ese momento su sombra cae sobre cada página del caso. Los detectives lo sientan a declarar el 27 de agosto de 1971 y mientras intenta mostrarse tranquilo suelta detalles que encienden todas las alarmas.
Dice que el 27 de septiembre de 1969 está solo por la zona del lago de Riesa. Admite que ese día lleva cuchillos manchados de sangre en el coche porque ha limpiado pollos. Reconoce que le gustan los códigos.
Asegura que el juego más peligroso es su relato favorito. Demasiada coincidencia. Un año después se registran en su casa.
Encuentran armas, munición, manuales y piezas de bombas caseras, recortes sobre los crímenes, herramientas para cifrar, máquinas de escribir y un reloj de marca Zodiac con la mirilla cruzada en la esfera. No hay arma que coincida con las balas del calibre 22 ni pruebas directas, pero el conjunto pesa. Allen niega.
No ofrece coartadas firmes para las noches clave. En 1974 entra en prisión por delitos contra menores. Sale en 1977.
La sospecha sigue pegada a su nombre. Pero no todo encaja. En 1991 vuelven a registrar, incautan más material, comparan su letra con las cartas y no hay coincidencia.
Las huellas no encajan con la impresión ensangrentada del taxi de Stein. Allen muere con 58 años de un infarto. Poco después, el ADN parcial de saliva en sellos y sobres lo deja fuera.
En 2002 con mejor tecnología lo vuelven a excluir y ahí es cuando aparece Lawrence Kan, veterano con daño cerebral, historial de acoso, vínculos laborales con el entorno de Darlen Ferrin, residencia en South Lec Tahta cuando desaparece Don Alas, pero ni la escritura ni las huellas coinciden. Cada candidato encaja en dos piezas y falla en tres. Cada pista abre un pasillo y lo cierra al final.
La realidad es dura. Salvo Allen, ninguno llega a la categoría de sospechoso principal. hasta que en 2021 un grupo privado dice que lo ha encontrado, que el asasino tiene por fin un nombre.
Gary Francis Post, veterano de la Fuerza Aérea, pintor de casas, vecino tranquilo en Grand, California. Falleció en 2018 con 80 años. Según este grupo de investigadores de Case Breakers, todo encaja, su aspecto, sus cicatrices, sus movimientos.
Post tiene una profunda marca en la frente, justo donde varios testigos dijeron haber visto una cicatriz en el rostro del zodíaco. En algunas cartas, si se eliminan las letras del nombre Gettary Post, aseguran que surgen mensajes ocultos. También afirman que un exalumno suyo los contactó y confesó que Post hablaba de cazar hombres y que presumía de haber escapado de la policía en San Francisco.
Añaden que cerca de su casa encontraron restos de animales y armas enterradas, incluso una pistola antigua compatible con los calibres usados por el zodíaco. La teoría se extiende como un incendio, pero algo no encaja. El FBI no confirma nada ni una palabra.
Dicen que el caso sigue abierto y que no hay resultados concluyentes. Si realmente lo tienen, si el ADN coincide, ¿por qué callan? ¿Qué sentido tiene mantener el misterio medio siglo después?
Han pasado más de 50 años. El presunto asesino está muerto. No hay riesgo alguno en revisar su nombre.
Y sin embargo, silencio absoluto, ni comunicado oficial ni cierre del caso. Quizá Francis Post era el asesino, quizá no. Pero el hecho de que después de tanto tiempo nadie lo confirme ni lo niegue del todo deja una sensación inquietante, como si aún estuviera ahí fuera, esperando, mirando y sonriendo desde las sombras, sabiendo que incluso ahora seguimos intentando descifrar quién es.
M.