No debimos haber cavado. Lo que encontramos bajo el hielo no era de este mundo; era un horror más allá de toda explicación. Durante años, el gobierno soviético nos obligó a guardar silencio, a enterrar la verdad junto con lo que vimos, pero ya no puedo callar más.
Es hora de que se sepa lo que realmente despertamos allí. Siempre que las montañas de Chersky en Siberia guardaban secretos oscuros, los rumores de desapariciones y experimentos nunca dejaron de rondar mi mente. Ahora, en 1994, me ordenaron investigar un cráter recién formado, supuestamente causado por un meteorito.
Cuando recibí la orden, lo primero que hice fue convocar a mis cinco mejores hombres, aquellos en los que realmente fío. Habíamos estado juntos en misiones que nos llevaron al borde de la locura. Vimos cosas que ningún hombre debería ver: mujeres y niños usados como cómicas, cuerpos desmembrados.
Pero algo me decía que esto sería peor. Mientras nos preparábamos para partir, un general de alto mando nos detuvo. Traía consigo a un hombre que no conocía, un tipo mayor de unos 50 años.
Su aspecto me causó una mezcla de burla y desconfianza. No pude evitarlo, le dije al general: "Señor, con todo respeto, ¿de dónde ha sacado a este vejestorio? Le recuerdo que esta misión es para soldados de élite, no un viaje a un asilo".
El general me miró con dureza y me cortó en seco: "Más respeto, Petrov. Dijo este es el Doctor Morov, de renombre. No te estoy pidiendo que lo lleves; te lo estoy ordenando".
No tuve opción. Así que subimos al helicóptero, dirigiéndonos a las heladas montañas de Chersky. Algo en el aire frío me decía que lo que encontraríamos allí superaría cualquier horror que hubiéramos visto antes.
El viaje en helicóptero hasta las montañas de Chersky fue una tortura de tres horas. No es la primera vez que me enfrento al frío siberiano, pero esa helada parecía empeñada en meterse hasta los huesos. Al llegar, el piloto me suelta que no podemos aterrizar porque los árboles bloquean la zona.
"Tendremos que bajar por la escalera", ordené. A mis hombres que descendieran ya sabían el protocolo; no era la primera vez que nos tocaba improvisar. Fue entonces cuando el Doctor Morov, ese vejestorio inútil, me sale con que tiene un dolor en la espalda y no puede bajar.
Quise mandarlo al diablo, pero en lugar de eso lo maldije en voz baja y le dije que se subiera a mi espalda. Descendimos juntos, con el viento azotándonos como una tormenta de cuchillas. Una vez abajo, el helicóptero soltó una caja de suministros.
Tenía lo esencial: raciones, equipo de comunicación, herramientas para cavar, todo lo que se necesita para una misión de este tipo. Mientras [música], antes de que pudiera reaccionar, el helicóptero desapareció. Intenté usar la radio para contactar al mando, pero la cosa no respondía.
Estábamos incomunicados, jodidos y sin transporte. No nos quedaba más opción que acampar en ese lugar y pensar en alguna estrategia. Todos lo sentimos: esa montaña no nos quería allí.
Pasamos la noche en ese maldito lugar, aguantando el frío y pensando en qué podíamos hacer. En ese momento, el Dr Morosov, como si no tuviera ni idea del lío en el que estábamos, me puso nervioso. No podía evitarlo.
"Lo sé, doctor, lo sé; déjeme pensar cómo vamos a hacer la siguiente movida". A la mañana siguiente decidí que no había tiempo que perder. Ordené a los soldados levantar el campamento para dirigirnos a donde supuestamente había caído el meteorito.
El camino fue un verdadero infierno: la nieve era espesa, el terreno irregular y el frío cortaba como cuchillos. A mitad del trayecto, el Doctor Morov se tropezó y se quedó tirado en la nieve, quejándose de que no podía seguir porque estaba cansado. Luego, sin un gramo de vergüenza, preguntó si alguien podía cargarlo hasta el cráter.
Mis hombres lo miraron con desprecio y se negaron. Así que volví a maldecir en voz baja y le dije: "Súbase a mi espalda, doctor". Después de otros tres kilómetros de sufrimiento, finalmente llegamos al lugar.
Apenas lo vio, el Doctor Morov gritó de la emoción y corrió hacia la zona donde debería haber caído el meteoro, pero cuando llegamos no había nada; solo un cráter vacío. "¿Qué demonios es esto? ¿Quién nos trajo a este maldito lugar?
Aquí no hay nada", grité, mientras el doctor examinaba la zona. Entonces dijo que había encontrado algo en el centro del cráter. Al parecer, había una capa de hielo que ocultaba algo debajo.
"¿Y este maldito viejo qué demonios querrá ahora? ", maldije para mí mismo. El Doctor Morosov nos ordenó que empezáramos a picar el hielo y cavar.
Con mala gana, todos tomamos las herramientas: picas de hielo y palas, y empezamos a trabajar. Mientras mis hombres excavaban, el doctor se aproximó demasiado a una grieta en el suelo. Uno de los soldados, Ivanov, gritó para alertar sobre un posible derrumbe.
Todos saltamos y salimos de la zona, pero el doctor había ignorado la advertencia. Justo cuando lo peor ocurrió, el suelo comenzó a romperse bajo nuestros pies. Ivanov se abalanzó sobre el doctor, lo agarró del brazo y lo lanzó hacia la seguridad de la nieve.
Segundos después, el pozo se abrió y se lo tragó. Desde la superficie, conté unos 15 segundos antes de oír el impacto al fondo del abismo. "Vaya, parece ser un agujero bastante profundo", dijo el doctor con una sonrisa que me hizo hervir la sangre.
No pude contenerme. "Maldito viejo desgraciado, por tu culpa uno de mis mejores hombres de tácticas murió allí". Pero el doctor solo me miró con frialdad y respondió: "No hay tiempo para lamentos, capitán.
Debemos bajar lo antes posible". Nervioso por haber perdido a uno de mis hombres, sabía que no podíamos darnos el lujo de detenernos; teníamos que continuar con la misión. Ordené a uno de los soldados que preparara los arneses para descender al agujero.
Si íbamos a. . .
Terminar esto lo haríamos rápido y con cuidado. Mientras los hombres preparaban el equipo, el Dr Morozov se acercó con esa actitud altanera de siempre y me dijo: "Yo bajaré primero". Lo miré con furia contenida: "Maldito vegete, ni lo pienses, tú te quedas aquí arriba.
No pienso perder a otro hombre como perdí a Ivanov". El doctor refunfuñó, pero al final aceptó quedarse arriba. Con el equipo listo, descendimos al agujero.
La oscuridad nos envolvió mientras bajábamos lentamente; el aire se volvía más pesado con cada metro. Al tocar el suelo, lo primero que vimos fue el cuerpo de Ivanov. Estaba destrozado: huesos rotos, masa encefálica esparcida por todas partes y un charco de sangre alrededor.
Sus piernas estaban en una forma antinatural. Me acerqué y, con un nudo en la garganta, murmuré: "Por ti, soldado", dije antes de levantarme y seguir adelante. Al observar el lugar, me di cuenta de que estábamos en un túnel enorme que se extendía hacia el fondo.
Allí vimos una luz tenue, así que nos dirigimos hacia ella. Cuando llegamos, descubrimos algo que no esperaba: parecía un laboratorio, pero no como los que había visto antes. Este lugar estaba equipado con maquinarias extrañas, de un diseño que no tenía sentido.
Había símbolos extraños por todas partes, como sellos antiguos. Lo que más llamó nuestra atención fueron unas vitrinas que contenían artefactos desconocidos. Uno de los soldados, Borodin, no pudo resistir la tentación y tomó uno de esos artefactos; era liviano, con un botón en el centro.
Al pulsarlo, la cosa comenzó a emitir unas luces tenues y un zumbido sordo. Segundos después, un resplandor segador nos voló. Cuando me froté los ojos para recuperar la vista, vi algo que me dejó helado: otro de mis soldados, Mikhailov, estaba en el suelo, carbonizado; solo quedaban sus huesos ennegrecidos.
Borodin, el idiota que había tocado el botón, balbució que aquello podía ser un arma. No podía contener mi rabia: "Maldito imbécil", le grité. Pero antes de poder decir más, Borodin empezó a gritar de dolor.
Su mano, la que había tocado el artefacto, comenzaba a calentarse. En menos de un minuto, su mano se carbonizó por completo, y el fuego recorrió su cuerpo, consumiéndolo hasta que no quedó nada más que cenizas. El pánico se apoderó de mí; grité a todos que no tocaran nada más y ordené que salieran de allí de inmediato.
Corrimos hacia el agujero por donde habíamos bajado, pero cuando llegamos, notamos que el arnés por el cual habíamos bajado estaba roto y tirado al lado del cuerpo de Ivanov. Estábamos en el fondo de ese maldito agujero, con el cadáver carbonizado de Borodin y los restos de Ivanov a nuestro lado, cuando de repente escuchamos al Dr Morozov gritando desde la superficie: "¡Bola de idiotas ingenuos! Todo esto fue un regalo que me fue otorgado por los de afuera a cambio de algunos favores que tuve que cumplir".
Sentí que la sangre me hervía; le grité hacia arriba: "¿A qué carajos te refieres con eso, Morozov? ". Con una voz que ya no escondía su locura, continuó: "Hace 3 años encontré un artefacto en este lugar mientras realizaba una investigación.
Emitía un sonido extraño que me llevó meses descifrar. Intenté de todo, hasta que se me ocurrió probar con el código Morse y lo logré. Resultó ser un mensaje con una ubicación y una petición: traer dos seres humanos a este lugar.
Si cumplía con sus instrucciones, recibiría un regalo a cambio". Me quedé helado mientras seguía hablando. "Acepté el trato sin dudar.
Vine con un equipo, pero cuando la nave apareció, supe que no podía compartir este hallazgo. Así que disparé a mis compañeros y los entregué. Una gran luz salió de la nave, los envolvió y los succionó.
Cuando la luz se apagó, pensé que todo había terminado, pero segundos después volvió a encenderse, más fuerte, y creó este cráter. Nunca supe qué me dejaron, pero el último mensaje que recibí hablaba de 'regalitos alienígenas' y, por lo que creo, son armas de destrucción masiva". La rabia y la desesperación se mezclaban en mi interior mientras revelaba la verdadera intención de la misión.
"Así que todo esto fue una trampa. ¡Solo querías recuperar esas armas y sacrificar más personas a cambio de más tecnología! ", grité, apenas conteniendo la furia.
El Dr Morozov soltó una carcajada que resonó en todo el cráter. Y entonces, del cielo, una sombra inmensa comenzó a materializarse. Era una nave del tamaño de un campo de fútbol que flotaba sobre nosotros como un maldito dios alienígena.
La nave estaba suspendida a unos 20 metros del suelo y el haz de luz que emitió nos empezó a elevar. Primero subieron los dos soldados; luego me tocó a mí. Antes de perder contacto con el suelo, lo último que hice fue agarrar un piolet junto al cuerpo de Ivanov.
A medida que ascendía, vi como el primer soldado, que estaba más cerca de la nave, comenzaba a desintegrarse. Su cuerpo se deshacía en cenizas mientras gritaba de agonía, con todas mis fuerzas, el piolet en el borde del pozo, frenando mi ascenso. Encima de mí, el último soldado luchaba por sobrevivir.
Lo agarré de la pierna con una mano y le dije: "Tranquilo, te sacaré de aquí". Pero la luz se intensificó y vi como la parte superior de su cuerpo empezaba a quemarse. Sus gritos eran insoportables.
Desesperado, escuché al Dr Morozov celebrando desde arriba, riéndose como un maniaco. La rabia me invadió por completo. Le pedí perdón al soldado mientras lo soltaba.
Con ambas manos sentí una fuerza inexplicable emerger de mi pecho, alimentada por la ira y el dolor de haber perdido a todos mis hombres. Me abalancé con el piolet, saliendo de la luz y cayendo pesadamente en la nieve. Mientras recuperaba el aliento, me levanté.
Pero antes de dar un paso más, sentí un dolor agudo en la pierna. Me giré justo a tiempo para ver al Dr Morozov. Apuñalado con un piolet, luego huyó hacia la espesura de la nieve gritando de dolor.
Tomé el mango del piolet y lo saqué de mi pierna, sintiendo cómo la sangre comenzaba a fluir. A lo lejos vi al doctor corriendo y, sin pensarlo dos veces, comencé a perseguirlo. Mientras corría, maldecía en voz alta, jurando que lo mataría si lo alcanzaba.
Finalmente, Morosoff empezó a disminuir su velocidad; agotado, aproveché el momento y me lancé sobre él, vistiéndolo con todas mis fuerzas. Lo tiré al suelo y, cegado por la rabia, comencé a golpearlo una y otra vez. Entre los golpes, el doctor gritaba que me detuviera, que podíamos compartir el regalo que estaba allí abajo, pero yo no quería nada de eso.
Ya sabía lo que había allí y no quería ser parte de esa locura. Morosoff, desesperado, intentó sobornarme: "Te daré dinero, todo lo que quieras", dijo, pero mi respuesta fue clara: "Cállate, ni todo el dinero del mundo me devolverá a mis hombres". La furia me consumió; agarré su brazo y, con toda mi fuerza, lo rompí.
No me detuve ahí; tiré con fuerza hasta arrancarle el brazo por completo. Con el doctor retorciéndose de dolor, lo levanté y lo arrastré hasta el haz de luz. "Llévense a esta porquería", grité.
Su cuerpo a la luz lo envolvió y, al instante, se apagó. La nada que hasta ese momento había permanecido visible comenzó a volverse invisible de nuevo. Un zumbido resonó en el aire, seguido de un destello de luz, y desapareció.
Exhausto y sangrando profusamente por la pierna, caí de rodillas en la nieve. Sabía que no tenía mucho tiempo. Saqué el cinturón de mi cintura y me hice un torniquete para frenar la hemorragia.
Con la visión nublada por el dolor y el agotamiento, me desplomé solo en medio del frío implacable, agonizando en la nieve con la pierna destrozada y desangrándose. Un maldito traidor. Pasó una hora cuando escuché el sonido de hélices acercándose.
Un helicóptero descendió y de él bajaron cuatro soldados que vinieron en mi ayuda. Antes de colapsar, les dije con un hilo de voz: "Tardaron mucho. Estuve más de 10 horas esperando".
Uno de los soldados, en voz baja, murmuró: "Creo que el frío le congeló el cerebro". La rabia me invadió y, reuniendo lo poco que me quedaba de fuerza, lo agarré por el uniforme. "¡Jalándola!
", respondió: "Capitán, estuvieron desaparecidos por dos años. Apenas hace 3 horas recibimos la señal de auxilio". Mi mente no podía procesar lo que acababa de escuchar: "Dos años, no podía ser".
Mientras trataba de asimilarlo, sentí cómo la vista se me nublaba; todo se volvió oscuro mientras caía inconsciente por la pérdida de sangre. Desperté sin saber cuánto tiempo había pasado; estaba en la sala médica de la milicia, rodeado de médicos. Al mirar mi cuerpo, sentí que algo me faltaba.
Uno de los médicos se acercó y me explicó lo que temía: había perdido la pierna. El fémur estaba destrozado por el golpe del piolet y el ambiente en el que me encontraron había empeorado la situación. Luego de explicarme, el médico se retiró, dejando la habitación en silencio.
No pasó mucho tiempo antes de que el general entrara a la sala. "¿Cómo te sientes, Nicolay? ", me preguntó, como si realmente le importara.
Le respondí que estaba vivo, pero triste por haber perdido a todo mi pelotón por culpa del doctor Morov. El general hizo un gesto de lástima: "Es una pena lo que pasó, pero el único trabajo de ese doctor era traer esa mercancía". Lo miré con furia y le clavé la mirada: "¡Canalla!
, sabías a lo que nos enfrentábamos". El general no se inmutó. "Claro que lo sabía, pero era una misión simple: traer eso y volver".
Nervioso y enfurecido, le grité: "Uno de mis hombres murió desintegrado solo por tocar una de esas armas". El general quedó en silencio, sorprendido por mis palabras; su tono tembló levemente cuando preguntó: "¿Dijiste armas? ¿Cuántas había y de qué tipos?
" Lo miré con los ojos llorosos, la rabia mezclada con impotencia. "Todo el mundo se va a enterar de lo que sucedió y tú, general, serás el primero en caer". Su expresión cambió al instante, mostrando una furia contenida: "Si llegas a mencionar algo, aunque sea una palabra, acabarás como la basura".
Intenté tomarlo del uniforme, dispuesto a golpearlo, pero en ese momento, dos soldados entraron a la sala, intimidando. El general se acercó y, con una sonrisa cruel, dijo: "Será mejor que trates de recuperar tu vida, la que perdiste hace dos años". Luego sacó una foto de su bolsillo y me la mostró.
En la imagen vi a mi esposa, o mejor dicho, mi exesposa, sonriendo con dos niños. "Veo que estuvo muy ocupada haciendo su vida", comentó con malicia antes de retirarse de la sala. El tiempo pasó y poco a poco reconstruí mi vida.
Guardé este secreto conmigo hasta mi lecho de muerte porque ahora ya no tengo nada que perder. Por eso les cuento qué fue lo que realmente sucedió aquel día trágico.