Antes del tiempo, antes de los imperios y los reyes, antes de la historia misma, Dios habló, "Sea la luz. " Y de la nada el universo nació y la luz rompió la oscuridad. Los mares se abrieron, la tierra surgió de las aguas, los cielos se llenaron de vida, las estrellas fueron puestas en su lugar y en la cúspide de la creación, Dios hizo al hombre.
En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, pero el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y entonces Dios habló, sea la luz.
Y la luz rompió la oscuridad. Dios separó la luz de las tinieblas. A la luz llamó día, a las tinieblas llamó noche.
Y vio Dios que era bueno, pero aún no había terminado. Dios extendió los cielos, levantó las montañas, cabó los mares, con su palabra hizo correr los ríos y llenó la tierra con vida. Haya expansión entre las aguas.
Y así Dios separó las aguas que están debajo de la expansión de las aguas que están sobre la expansión. Y llamó Dios a esta expansión cielos. El día tercero, Dios ordenó, "Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar y descúbrase lo seco.
" Y fue así. Y llamó Dios a lo seco tierra, y a la reunión de las aguas llamó mares, y vio Dios que era bueno. Entonces Dios dijo, "Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla, árbol de fruto que dé fruto según su especie.
" Y la tierra se llenó de vegetación, colores y aromas. El día cuarto, Dios creó las lumbreras en el firmamento, la lumbrera mayor para señorear en el día y la lumbrera menor para señorear en la noche. E hizo también las estrellas y vio Dios que era bueno.
El día quinto las aguas se llenaron de vida. Dios creó los grandes monstruos marinos y todo ser viviente que se mueve en las aguas. También llenó los cielos de aves de toda especie.
Fructificad y multiplicaos les dijo Dios. y vio que era bueno. El día sexto, Dios creó los animales terrestres según su especie, ganado, reptiles y bestias.
Pero la creación aún no estaba completa. Faltaba la cúspide, faltaba algo único, algo especial. Entonces Dios dijo, "Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.
" Dios descendió a la tierra, se inclinó sobre el polvo y con sus propias manos formó al hombre. Pero este ser no estaba vivo aún. Era solo barro moldeado por el creador.
Hasta que Dios sopló en su nariz aliento de vida y el hombre abrió los ojos por primera vez. Adán respiró y Dios dijo, "Fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y sojuzgadla. Dominad sobre los peces del mar, sobre las aves de los cielos y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra.
Dios colocó al hombre en un lugar perfecto, un jardín de deleite, un paraíso sin muerte, sin enfermedad, sin dolor. Y en medio de ese Edén caminaba Dios junto a su creación. Pero el hombre no estaba completo, porque aunque todas las criaturas tenían compañía, Adán estaba solo.
Entonces Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre y mientras dormía tomó una de sus costillas y de ella formó a la mujer. Cuando Adán despertó y la vio, supo que ella era diferente, que ella era su complemento, que ella era su compañera. Adán habló con asombro y gozo.
Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne. Será llamada mujer, porque del hombre fue tomada. El hombre y la mujer vivieron en armonía, sinvergüenza, sin temor.
Todo era paz, todo era vida, todo era bueno. Pero el enemigo ya estaba observando. Y en lo más profundo del jardín la serpiente esperaba el momento de atacar.
Había en el huerto dos árboles especiales, el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. Y Dios le dijo a Adán, "De todo árbol del huerto podrás comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas ciertamente morirás. " Pero la serpiente, el enemigo de Dios, el engañador de la humanidad, se acercó a la mujer y dijo, "¿Con que Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del huerto?
" Eva, dudando le respondió, "Podemos comer del fruto de los árboles, pero del árbol que está en medio del huerto, Dios ha dicho, no comeréis de él, ni le tocaréis para que no muráis. " Entonces la serpiente susurró con malicia, "No moriréis, sino que Dios sabe que el día que comáis de él seréis como Dios, conociendo el bien y el mal. " Las palabras de la serpiente llenaron la mente de Eva.
Miró el fruto. Era hermoso, parecía bueno para comer y su corazón deseó ser como Dios. Tomó el fruto, lo arrancó del árbol y lo comió.
Luego se lo dio a Adán y él también comió. En ese momento todo cambió. Los ojos del hombre y la mujer fueron abiertos y vieron que estaban desnudos.
Por primera vez sintieron vergüenza, por primera vez sintieron miedo. Se escondieron entre los árboles, pero la voz de Dios se escuchó en el jardín. Adán, ¿dónde estás?
Adán respondió con temor, oí tu voz en el huerto y tuve miedo porque estaba desnudo y me escondí. Dios preguntó, "¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del cual te mandé que no comieras?
Adán, buscando excusas dijo, "La mujer que me diste, ella me dio del fruto y comí. " Dios se dirigió a Eva. "¿Qué es lo que has hecho?
" Y ella respondió, "La serpiente me engañó y comí. El pecado había entrado al mundo. La maldición fue pronunciada, el dolor, el sudor, la muerte.
El Edén fue cerrado para siempre. Pero antes de que el hombre fuera expulsado, Dios dio una promesa. De la simiente de la mujer saldrá uno que aplastará la cabeza de la serpiente.
El pecado no sería el final. La muerte no tendría la última palabra, porque desde ese día comenzó el plan de redención. El hombre fue expulsado del Edén.
La tierra ya no era un paraíso. Las espinas crecían entre los campos. El sudor caía con cada esfuerzo y la muerte era ahora una realidad.
Pero incluso después de la caída, Dios no abandonó a la humanidad. Adán y Eva tuvieron hijos y de su linaje vendría la promesa de redención. Pero primero el pecado mostraría su verdadero rostro.
Eva concibió y dio a luz a su primer hijo. He adquirido varón con la ayuda de Dios. Su nombre fue Caín, el primogénito de la humanidad.
Años después nació su hermano Abel. Caín se dedicó a labrar la tierra. Abel, en cambio, fue pastor de ovejas, cada uno con su trabajo, cada uno con su propio corazón, pero solo uno de ellos caminaba con Dios.
Llegó el día de presentar ofrendas al Señor. Caín llevó el fruto de la tierra, el resultado de su esfuerzo. Pero Abel tomó de sus primicias los mejores corderos de su rebaño, los más gordos, los más puros, y los presentó ante Dios.
Dios miró con agrado la ofrenda de Abel, pero no miró con agrado la de Caín. Caín se enfureció, su rostro se endureció, su corazón se llenó de ira y Dios le habló. ¿Por qué te has enojado, Caín?
¿Por qué ha decaído tu rostro? Si hicieras lo bueno, serías aceptado. Pero si no lo haces, el pecado está a la puerta, te acecha como una bestia y quiere dominarte, pero tú debes vencerlo.
Las palabras de Dios resonaban en la mente de Caín, pero en lugar de arrepentirse se llenó de resentimiento. Ya no veía a su hermano como familia, lo veía como una sombra que debía desaparecer. Así que un día llamó a Abel al campo.
Caín sonríó. Abel no sospechó nada y cuando estuvieron solos el odio se desató. Caín se lanzó sobre su hermano, lo golpeó, lo hirió y por primera vez en la historia la sangre humana cayó sobre la tierra.
¿Dónde está tu hermano Abel? Preguntó Dios a Caín. Y él respondió con insolencia, "¿Acaso soy yo, guardián de mi hermano?
" Pero Dios, que todo lo ve, pronunció su juicio. "La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. Ahora eres maldito, serás errante.
Vagarás sin descanso. Caín, sintiendo el peso de su crimen, exclamó, Es demasiado. Cualquiera que me encuentre me matará.
Pero Dios, en su misericordia le respondió, "Te pondré una señal para que nadie te toque, pero serás desterrado y vivirás en la tierra de No". Caín se alejó. vagó lejos de la presencia de Dios, perdido, sin hogar, sin descanso, porque el pecado no solo lo había alejado de su hermano, lo había alejado de su creador.
Caín construyó una ciudad, su descendencia prosperó, pero con cada generación la maldad creció, el egoísmo se multiplicó, la violencia se extendió por la tierra. Cada hombre vivía para sí mismo. Las generaciones pasaron.
De Adán nació Set. para reemplazar a Abel. De Set nació Enos.
De Enos nació Cainán, de Cainán nació Mahalaleel. De Maalaleel nació Jared. De Jared nació Enoc, un hombre que caminó con Dios tan íntimamente que un día Dios se lo llevó y no murió.
De Enoc Matusalén, que vivió más años que cualquier otro hombre, 969 años. De Matusalén nació Lamec y de Lamec nació Noé. Pero mientras los hijos de Dios se multiplicaban, también crecía la maldad en la tierra.
Hasta que un día Dios miró a la humanidad y dijo, "Mi espíritu no contenderá para siempre con el hombre. Borraré de la faz de la tierra a todo ser viviente, porque su maldad es grande en extremo. " La creación se había vuelto contra su creador.
El mundo estaba sumido en corrupción. Cada pensamiento del hombre era perverso. Cada acción era maldad.
Dios, con dolor en su corazón decidió poner fin a la era de la violencia. Pero en medio de la oscuridad, entre tanta corrupción, un hombre encontró gracia ante los ojos de Dios. Su nombre era Noé.
Noé era diferente. Mientras el mundo se hundía en el pecado, él caminaba con Dios. Y Dios le habló, "Noé, he decidido destruir toda carne porque la tierra está llena de violencia.
Construye un arca de madera. Hazla de tres niveles. Sella sus tablones con brea, porque dentro de ella guardaré a los que vivirán.
Señor, ¿un arca? ¿Para qué? Preguntó Noé.
Y Dios le respondió, porque traeré un diluvio sobre la tierra. Lloverá 40 días y 40 noches. Las aguas cubrirán las montañas y todo lo que respira perecerá.
Pero tú, tú entrarás en el arca, tú y tu familia, y de cada especie de animal llevarás una pareja para que vivan contigo, porque después del juicio haré una nueva humanidad. Noé creyó a Dios y por más de 100 años construyó el arca, madera tras madera, tablón tras tablón, bajo el sol abrasador, bajo la burla de los hombres, porque la gente se reía de él. Noé, nunca ha llovido, no hay mar aquí.
¿Para qué necesitas un arca, viejo loco? Predica sobre un Dios que nunca hemos visto, sobre un juicio que nunca vendrá. Pero Noé no dejó de construir, porque aunque los hombres no creían en Dios, Noé sí creía.
Cuando el arca estuvo lista, los animales comenzaron a llegar dos a dos, parejas de toda criatura, desde las bestias más grandes hasta los insectos más pequeños. Y entonces Dios dio la última orden. Noé, entra en el arca con tu familia, porque dentro de 7 días enviaré la lluvia.
Noé y su familia entraron, él, su esposa, sus tres hijos, Sem, Cam y Jafet, con sus esposas. Las puertas del arca se cerraron y el mundo afuera no supo que su destino estaba sellado. Y entonces el cielo se oscureció, el viento rugió, los primeros truenos sacudieron la tierra.
Y la lluvia comenzó a caer. Al principio solo unas gotas, después una tormenta, luego un diluvio. Los ríos desbordaron sus cauces, los mares cubrieron las costas, las montañas fueron tragadas por las aguas.
Los hombres corrieron a los lugares altos, golpeaban las puertas del arca. Noé, ábrenos, déjanos entrar, sálvanos. Pero ya era tarde.
Dios había cerrado la puerta y por 40 días y 40 noches la lluvia no cesó. La tierra fue sumergida y todo ser viviente pereció, excepto los que estaban dentro del arca. Y entonces, después de 150 días, las aguas comenzaron a descender.
El arca descansó sobre el monte Ararat y Noé esperó. Envió un cuervo y el cuervo no volvió. Luego envió una paloma y la paloma regresó con una hoja de olivo.
La tierra estaba renaciendo y finalmente Dios le habló de nuevo. Sal del arca, tú, tu familia y todo ser viviente. Multiplicaos y llenad la tierra, porque haré un pacto contigo y con toda la creación.
Noé construyó un altar y ofreció sacrificios a Dios. Y entonces en el cielo apareció una señal, un arco de luz brillante sobre las nubes, una promesa de que Dios nunca más destruiría la tierra con agua. Siempre que veáis el arco en las nubes, recordad mi pacto.
Porque aunque el hombre sigue siendo pecador, yo, el Señor, siempre guardaré mi promesa. Así comenzó la nueva humanidad, una nueva oportunidad, una nueva tierra. Pero pronto los hombres olvidarían a Dios una vez más, y la soberbia los llevaría a desafiar al creador.
La tierra había sido restaurada. Los hijos de Noé poblaron el mundo. Naciones y pueblos se extendieron por los rincones de la tierra, pero en su corazón el hombre no había cambiado.
La maldad seguía creciendo, el orgullo seguía dominando. En la llanura de Sinar, un pueblo decidió hacer algo nunca antes visto. Un monumento a su propia grandeza, un desafío al mismo Dios.
Se dijeron unos a otros, "Construyamos una ciudad y una torre que llegue hasta el cielo. Hagámonos un nombre para que no seamos esparcidos sobre la faz de la tierra. " Ladrillo sobre ladrillo, la torre se elevó más alta que cualquier otro edificio, un símbolo de la soberbia humana.
Pero Dios vio lo que estaban haciendo y dijo, "He aquí, son un solo pueblo y todos hablan una misma lengua. Ahora nada de lo que se propongan les será imposible. Descendamos y confundamos su lenguaje para que no se entiendan los unos a los otros.
Y en ese momento el lenguaje de los hombres fue confundido. Los trabajadores ya no se entendían. El caos llenó la ciudad.
Gritos en lenguas desconocidas, confusión, desesperación. La torre quedó abandonada. Los hombres se dispersaron por toda la tierra y la ciudad fue llamada Babel.
Porque allí Dios confundió su lengua. Y una vez más el orgullo del hombre fue derribado. Los siglos pasaron, los pueblos crecieron y en medio de una tierra pagana, Dios escogió a un hombre, un hombre que no era rey, ni guerrero, ni sacerdote, pero un hombre que estaba dispuesto a creer.
Su nombre era Abraham, que más tarde sería llamado Abraham. Abraham, sal de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, y ve a la tierra que yo te mostraré. La voz de Dios era clara, pero Abraham preguntó, "¿A dónde, Señor?
" Y Dios le respondió con una promesa, "Te haré una gran nación. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. En ti serán benditas todas las familias de la tierra.
" Abraham no lo entendía, no sabía hacia dónde iba, pero creyó a Dios y dejó su hogar, dejó su tierra, dejó todo lo que conocía y siguió la voz del creador, porque su historia sería el inicio de una promesa eterna. Abraham salió de su tierra, dejó Urde los caldeos, dejó su pasado y caminó hacia lo desconocido. Pero en cada paso llevaba una promesa.
Dios le había dicho, "Haré de ti una gran nación. Tu descendencia será como el polvo de la tierra, como las estrellas del cielo, como la arena del mar. Y en ti todas las familias de la tierra serán benditas.
" Abraham creyó, esperó, pero los años pasaban y la promesa parecía lejana porque Saray, su esposa, era estéril. Ella no podía dar hijos y con cada día la duda crecía. Entonces, un día Saray dijo, "Abraham, Dios ha cerrado mi vientre.
Toma a mi sierva Agar. Quizás a través de ella podremos tener un hijo. " Abraham escuchó a Saray, y de Agar nació Ismael.
Pero este no era el hijo de la promesa, porque Dios tenía otro plan. Abraham sará y dará a luz un hijo y llamará su nombre Isaac, porque con él confirmaré mi pacto. Abraham tenía 100 años, Saray tenía 90.
Un hijo era imposible, pero con Dios nada es imposible. Y un día Saray quedó embarazada. Y cuando nació el niño, Abraham rió de alegría porque Dios había cumplido su palabra.
Pero la mayor prueba aún estaba por venir. Años después, Isaac creció. Era el hijo de la promesa, el heredero de Abraham.
Pero entonces Dios habló otra vez, Abraham, porque así había sido cambiado su nombre. Heme aquí, Señor, respondió él, y Dios le ordenó, toma a tu hijo, a tu único hijo, a quien amas, y llévalo a la tierra de Moria, y sacrifícalo allí en holocausto sobre el monte que yo te diré. El corazón de Abraham se detuvo.
¿Cómo podía Dios pedir algo así? Este era el hijo por el que había esperado toda su vida, el hijo de la promesa, el milagro. Pero Abraham no dudó porque aunque no entendía, confiaba en Dios.
Y al día siguiente se levantó temprano, tomó a su hijo, tomó la leña, tomó el cuchillo y comenzó a subir la montaña. Isaac caminaba a su lado. Él no sabía lo que iba a suceder, pero algo le parecía extraño.
Padre, aquí está la leña, aquí está el fuego, pero ¿dónde está el cordero para el sacrificio? Abraham miró a su hijo y con una fe inquebrantable le respondió, "Dios se proveerá de cordero, hijo mío. " Llegaron a la cima del monte.
Abraham construyó el altar, puso la leña en orden, ató a su hijo y lo colocó sobre el altar. Isaac no luchó, no gritó, se entregó en obediencia. Y Abraham levantó el cuchillo, listo para obedecer, listo para darlo todo, porque en su corazón creía que si Dios se lo pedía, Dios también podía devolverle a su hijo de entre los muertos.
Y cuando la hoja del cuchillo estaba por descender, una voz tronó desde el cielo. Abraham, Abraham, heme aquí. No pongas tu mano sobre el muchacho.
Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni a tu único hijo. Abraham bajó el cuchillo, se volteó y vio un carnero enredado en un arbusto. Dios se había provisto del sacrificio.
Jehová gié, el Señor proveerá. Isaac fue liberado. El sacrificio fue ofrecido.
Y Dios ratificó su promesa a Abraham. Por cuanto has hecho esto y no me has negado a tu único hijo, te bendeciré en gran manera. Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, como la arena del mar, y en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra.
Abraham descendió del monte y la promesa de Dios siguió viva, porque de su linaje vendrían Isaac, Jacob, José y más adelante el Salvador del mundo. Porque aquel día en el monte Moria, Dios no solo salvó a Isaac, Dios mostró el futuro. Porque un día en ese mismo monte, un padre sí daría a su hijo, un hijo sí sería sacrificado y su sangre traería la redención para la humanidad.
La promesa de Dios continuó a través de Isaac. Él heredó el pacto de su padre Abraham y con su esposa Rebeca tuvo dos hijos, dos hermanos, dos naciones, dos destinos enfrentados desde el vientre. Cuando Rebeca estaba embarazada, sintió una lucha dentro de su vientre.
Preocupada, buscó al Señor y él le respondió, "Dos naciones hay en tu seno. Dos pueblos serán divididos desde tus entrañas. Uno será más fuerte que el otro.
y el mayor servirá al menor. Isaac tenía alrededor de 60 años cuando llegó el día del nacimiento de sus hijos. El primer niño salió rojizo y cubierto de bello.
Lo llamaron Esaú, pero cuando nació su hermano sostenía su talón. Por eso lo llamaron Jacob. Desde el primer instante la lucha entre ellos había comenzado.
Los años pasaron, los niños crecieron. Esaú se convirtió en un cazador fuerte, salvaje, un hombre del campo. Jacob, en cambio, era pacífico, un hombre de tiendas, un hombre que observaba y esperaba.
Porque aunque Esaú era el primogénito, Jacob quería la bendición. Un día, Esaú volvió del campo cansado y hambriento. Jacob estaba cocinando un guiso rojo.
El aroma llenaba la tienda. Esaú no podía resistirse. Entonces dijo con desesperación, "Dame de ese guiso, me muero de hambre.
" Pero entonces Jacob le respondió con astucia, "Véndeme tu primogenitura. ¿De qué me sirve la primogenitura si estoy a punto de morir? Júramelo.
" Esaú juró. Por un simple plato de comida vendió su derecho de nacimiento. Despreció la bendición de Dios y Jacob se quedó con ella.
Pero la verdadera batalla aún no había terminado. Pasaron los años. Isaac envejeció hasta tener 137 años.
Sus ojos se apagaron, empezó a sufrir de ceguera y un día llamó a su hijo Esaú y le dijo, "Hijo mío, estoy viejo, no sé el día de mi muerte. Toma tu arco y sal a cazar. Prepárame un guiso para que yo te bendiga antes de morir.
" Rebeca escuchó la conversación. Ella recordaba la profecía. El mayor servirá al menor.
Y en su corazón decidió ayudar a Jacob. Jacob, tu padre va a bendecir a Esaú. Haz lo que te digo.
Ve al rebaño y tráeme dos cabritos. Yo prepararé un guiso para tu padre y tú recibirás la bendición en lugar de tu hermano. Pero madre, Esaú es velludo y yo no.
Si mi padre me toca, sabrá que lo engañé y en vez de bendición recibiré maldición. Sobre mí sea la maldición. Solo haz lo que te digo.
Jacob tomó las pieles de los cabritos, se las puso en los brazos y el cuello. Rebeca preparó el guiso y Jacob entró en la tienda de su padre. Padre mío, ¿quién eres, hijo mío?
Soy Esaú, tu primogénito. He hecho lo que me pediste. Levántate y come para que me bendigas.
¿Cómo lo encontraste tan rápido? El Señor tu Dios me ayudó. Isaac desconfiaba, pero cuando tocó los brazos de Jacob, sintió el bello de Esaú.
Cuando olió sus ropas, percibió el aroma del campo y entonces le dio la bendición que cambiaría la historia. Que Dios te dé rocío del cielo y de la grosura de la tierra. Que los pueblos te sirvan y las naciones se inclinen ante ti.
Sé, Señor, de tus hermanos y que los hijos de tu madre se inclinen ante ti. Benditos sean los que te bendigan y malditos los que te maldigan. Jacob salió de la tienda, pero poco después llegó Esaú con su caza y cuando entendió lo que había pasado, tembló con gran estremecimiento y dijo con desesperación, "Padre, ¿no tienes otra bendición para mí?
" Vino tu hermano con engaño y tomó tu bendición. Con razón se llama Jacob. Me ha suplantado dos veces.
Me quitó la primogenitura y ahora me ha quitado la bendición. Cuando mi padre muera, mataré a mi hermano. Rebeca escuchó las palabras de Esaú y temiendo por la vida de Jacob, lo envió lejos a la tierra de Arán, al hogar de su tío Labán.
Jacob había obtenido la bendición, pero ahora era un fugitivo, un hombre sin hogar, un hombre que huía, pero en medio de su soledad, Dios lo encontraría. Jacob caminó hasta que el sol comenzó a ocultarse. No tenía refugio, no tenía compañía, así que tomó una piedra por almohada y se acostó en el suelo.
Y mientras dormía tuvo un sueño extraordinario. Jacob vio una escalera alta, infinita, con su base sobre la tierra. y su cima tocando los cielos.
Y en ella ángeles subían y bajaban, mensajeros divinos conectando el cielo con la tierra. Y en la cima de la escalera estaba Dios mismo, Jacob. Yo soy el Señor, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac.
La tierra donde ahora duermes te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra. Se extenderá al norte y al sur, al oriente y al occidente, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.
Yo estoy contigo. Te guardaré donde quiera que vayas. No te dejaré hasta que haya cumplido todo lo que te he dicho.
Jacob despertó sobresaltado, miró a su alrededor. El viento soplaba suavemente entre las piedras. El cielo aún estaba oscuro, pero en su corazón todo había cambiado.
Ciertamente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía. Temblando, Jacob tomó la piedra donde había descansado su cabeza, la levantó, derramó aceite sobre ella y la llamó Betel, que significa casa de Dios. Y allí hizo un voto, si Dios va conmigo, si me guarda en este camino, si me da pan para comer y vestido para vestir, y me hace volver en paz a la casa de mi Padre, entonces el Señor será mi Dios y de todo lo que él me dé, le daré el diezmo.
Jacob se levantó de madrugada. El sol naciente iluminaba su rostro. Sabía que aún tenía un largo camino por delante.
Sabía que aún enfrentaría muchas pruebas, pero ahora ya no caminaba solo porque Dios había prometido estar con él. Y desde ese día Jacob ya no era el mismo hombre. Pero la verdadera transformación aún estaba por venir.
Jacob continuó su camino, cruzó el desierto, atravesó ríos y valles y llegó a la tierra de Arán, el hogar de su tío Labán. Pero aunque creía que allí encontraría refugio, lo que le esperaba era una prueba aún mayor, porque así como él había engañado, ahora sería engañado. Jacob llegó a un pozo en los campos de Arán.
Allí vio a unos pastores esperando para dar agua a sus rebaños. Se acercó a ellos y preguntó, "¿Conocéis a Labán, hijo de Nacor? " "Sí, lo conocemos.
Mira, allí viene su hija Raquel con sus ovejas. " Jacob miró a lo lejos y cuando vio a Raquel, su corazón se estremeció. Era hermosa, era diferente.
Y en ese momento Jacob supo que quería casarse con ella. Fue a la casa de Laván, le contó su historia y después de un mes, Laban le hizo una propuesta. Jacob, no es justo que trabajes para mí de gratis.
Dime cuál será tu salario. Trabajaré para ti 7 años por tu hija Raquel. Es mejor que te la dé a ti que a otro hombre.
Quédate conmigo. Y así Jacob trabajó 7 años cada día, cada noche, cada hora pensando en Raquel, pero el tiempo parecía poco porque la amaba, porque esperaba el día en que ella sería su esposa. Y finalmente el día llegó.
El banquete fue preparado, las lámparas encendidas, la música resonaba en la casa de Laván. Jacob esperaba a su esposa, pero en la oscuridad de la noche, sin que él lo supiera, Labán cambió a Raquel por su hermana mayor, Lea. Y cuando Jacob despertó a la mañana siguiente, su corazón se llenó de horror y decidió confrontar a Labán.
La Bá, ¿qué has hecho? Por Raquel trabajé. ¿Por qué me has engañado?
No es costumbre en nuestra tierra casar primero a la menor. Cumple la semana con Lea y te daré también a Raquel, pero tendrás que trabajar otros 7 años. Jacob no tenía opción.
Se casó con Raquel y sirvió otros 7 años, 14 años de engaño, 14 años de espera, 14 años de lucha. Pero Dios aún no había terminado con él. Los años pasaron.
Jacob prosperó. Dios lo bendijo con riquezas y ganado. Pero con el tiempo la tensión con Labán creció.
Los hijos de Labán lo miraban con envidia y Jacob supo que era hora de marcharse. Dios le habló. Jacob, vuelve a la tierra de tus padres, a la casa de tu familia, yo estaré contigo.
Pero volver a su tierra significaba enfrentar a Esaú, el hermano a quien había engañado, el hombre que había jurado matarlo. Jacob tenía miedo, pero su mayor lucha no sería contra Esaú, sería contra Dios mismo. Jacob cruzó el río Jaboc con su familia y sus posesiones, pero esa noche se quedó solo y de repente un hombre apareció en la oscuridad.
Sin decir una palabra, se lanzó sobre él. Jacob luchó con todas sus fuerzas, con todo su ser. La batalla fue feroz.
Ninguno cedía, ninguno caía. Horas pasaron hasta que al amanecer el extraño tocó el muslo de Jacob y su cadera se dislocó. En ese momento, Jacob entendió.
Este no era un hombre común. Era Dios mismo, el cual le dijo, "Suéltame, porque ya raya el alba. No te soltaré si no me bendices.
¿Cuál es tu nombre? Jacob. Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres y has vencido.
Jacob soltó su agarre, cayó de rodillas, respiró agitado y cuando levantó la vista, el extraño había desaparecido. El sol comenzaba a salir y con cada rayo de luz, Jacob ya no era el mismo. Porque esa noche no solo había vencido, había sido transformado.
Ya no era Jacob el suplantador, ahora era Israel, el príncipe de Dios. Y aunque su cadera quedó herida, su corazón fue sanado. Al día siguiente, Jacob levantó la vista y en el horizonte vio a Esaú.
Venía con 400 hombres. Jacob se inclinó siete veces esperando la ira de su hermano. Pero Esaú corrió hacia él y en lugar de atacarlo, lo abrazó.
Hermano mío", dijo Esaú con voz quebrada, Jacob rompió en llanto. El pasado había sido sanado. La bendición había sido restaurada porque Dios había cambiado su corazón y la historia de Israel apenas comenzaba.
Jacob, ahora llamado Israel, tuvo 12 hijos, los patriarcas de las tribus de Israel. Pero uno de ellos era especial, un hijo nacido de su amada Raquel, un joven con sueños que cambiarían la historia. Su nombre era José.
Desde niño, José se destacó entre sus hermanos. Su padre lo amaba más que a los demás y para demostrarlo le hizo una túnica de muchos colores, un manto de distinción. Pero este amor provocó el odio de sus hermanos, celos, rivalidad.
Y cuando José comenzó a tener sueños proféticos, su destino quedó sellado. Un día José dijo con emoción, "Hermanos, tuve un sueño. Veíamos atados manojos en el campo, y mi manojo se levantó, y los vuestros se inclinaban ante él.
Pero uno de sus hermanos respondió con desprecio, ¿acaso reinarás sobre nosotros? ¿Nos gobernarás? " Al poco tiempo, José volvió a soñar y esta vez el sueño fue aún más poderoso.
Vi el sol, la luna y 11 estrellas inclinarse ante mí. Entonces su padre le contestó, "¿Acaso tu madre, tus hermanos y yo nos postraremos ante ti? " Sus hermanos lo odiaban aún más y un día decidieron deshacerse de él.
Un día, José fue enviado por su padre al campo. Sus hermanos lo vieron venir y dijeron entre sí, ahí viene el soñador. Matémoslo y digamos que una bestia lo devoró.
Pero Rubén, el mayor, intentó salvarlo. No derramemos sangre. Arrojémoslo en esta cisterna, pero no le hagamos daño.
Así que cuando José llegó, lo atacaron, le arrancaron su túnica y lo arrojaron a un pozo sin agua. Allí quedó solo, aterrado, pero su tormento apenas comenzaba. Mientras comían, los hermanos de José vieron una caravana de mercaderes que se dirigía a Egipto.
Judá, uno de los 12 hermanos, con avaricia en sus ojos, propuso, "¿Qué ganamos con matar a nuestro hermano? Vendámoslo a los ismaelitas. Al fin y al cabo es nuestra sangre.
" Y por 20 piezas de plata, José fue vendido como esclavo rumbo a una tierra desconocida, a un destino que él no podía imaginar. Pero lo que sus hermanos no sabían era que José no estaba solo, porque Dios estaba con él. José fue llevado a Egipto, un joven traicionado, un esclavo en tierra extraña.
Pero aunque lo habían vendido, aunque lo habían despojado de su túnica, no pudieron quitarle lo más importante, el plan que Dios tenía para él. Y en la casa de su amo, José prosperó. José fue comprado por Potifar, capitán de la guardia del faraón, un hombre poderoso.
Y después de un tiempo vio que José no era un esclavo común. Dios lo prosperaba en todo lo que hacía. Entonces Potifar dijo con admiración, "Todo lo que pones en tus manos prospera, José.
Desde hoy serás el mayordomo de mi casa. Todo lo que tengo está bajo tu mando. José pasó de ser esclavo a tener autoridad en la casa de un oficial egipcio.
Era honesto, era fiel, era íntegro, pero su mayor prueba aún estaba por venir. José era joven y apuesto, y la esposa de Potifar lo miraba con deseo. Día tras día lo acosaba, hasta que un día, cuando no había nadie en la casa, se acercó a él y le habló.
José, acuéstate conmigo. Pero José respondió con firmeza, no. Mi Señor ha confiado en mí.
Nada me ha negado, excepto a ti. ¿Cómo haría yo este gran mal y pecaría contra Dios? José intentó alejarse, pero ella lo agarró por su túnica.
Él huyó, dejó su túnica en sus manos y corrió, porque prefirió perder su manto antes que perder su integridad. Pero la mujer llena de ira lo acusó falsamente. Mi esposo, ese hebreo, intentó violarme.
Aquí está su túnica como prueba. Potifar creyó la mentira y aunque sabía que José era un hombre justo, no podía permitir que su honor fuera manchado. Así que lo arrojó a la prisión.
Los barrotes de la cárcel se cerraron sobre José. Una vez más había sido traicionado, una vez más había sido despojado. Pero aún en la prisión, José siguió confiando en Dios.
Y el jefe de la cárcel lo vio y le dijo, "Todo lo que haces prospera. Desde hoy serás el encargado de los prisioneros. " Aún en prisión, José fue exaltado y allí Dios le dio un nuevo don, el don de interpretar sueños.
Un día, dos oficiales del faraón fueron arrojados a la prisión. El copero del rey y el panadero. Cada uno tuvo un sueño misterioso y José los escuchó.
El copero dijo preocupado, "En mi sueño vi una vid con tres ramas. Brotaban racimos de uvas y yo las exprimía en la copa del faraón. " José respondió con certeza, "Las tres ramas son tres días.
En tres días serás restaurado a tu posición. Cuando eso suceda, acuérdate de mí. " El panadero, viendo que la interpretación fue buena, dijo, "En mi sueño llevaba tres canastas sobre mi cabeza y las aves comían de la canasta superior.
" Pero esta vez José respondió con pesar, "Las tres canastas son tres días. En tres días serás colgado. " Tres días después, las interpretaciones se cumplieron.
El copero fue restaurado, el panadero fue ejecutado, pero el copero olvidó a José y José permaneció en prisión por dos años más, hasta que un día el faraón tuvo un sueño, un sueño que nadie podía interpretar. Y entonces el copero recordó a José y le dijo al faraón con urgencia, "Oh faraón, en la cárcel hay un hombre que interpreta sueños con exactitud. Su nombre es José.
" José fue sacado de la cárcel, se afeitó, se vistió con ropa nueva y fue llevado ante el faraón. El destino de Egipto ahora dependía de él. He tenido un sueño, pero nadie puede interpretarlo.
Dicen que tú puedes hacerlo. No yo, mi Señor. Dios dará la respuesta.
Vi siete vacas gordas y detrás de ellas siete vacas flacas que las devoraban. Luego vi siete espigas llenas y después siete espigas marchitas que las consumían. ¿Qué significa esto?
José, con la sabiduría que venía de Dios, interpretó, "Dios ha mostrado al faraón lo que está por venir. Siete años de abundancia seguidos de 7 años de hambre. Mi consejo es que busques un hombre sabio que almacene provisiones durante los años buenos para que Egipto sobreviva la crisis.
" El faraón, impresionado, exclamó, "¿Acaso hallaremos a otro como este hombre en quien esté el espíritu de Dios? Desde hoy serás el gobernador de Egipto. Solo en el trono seré mayor que tú.
Toma este anillo, toma este carro. Desde hoy todos se inclinarán ante ti. Así José pasó de ser esclavo a ser el segundo hombre más poderoso de Egipto.
Los años de abundancia llegaron y Egipto prosperó. José almacenó grano en las ciudades, edificó graneros, preparó la nación para lo que vendría. Y cuando los 7 años de hambre comenzaron, Egipto tenía pan.
Pero en Canaán la sequía trajo miseria y los hermanos de José vinieron a Egipto en busca de alimento, sin saber que aquel a quien habían vendido como esclavo era ahora su salvador. Jacob envió a sus hijos a Egipto, todos, excepto Benjamín, el menor. Los 10 hermanos se presentaron ante el gobernador y al verlo se inclinaron ante él, sin saber que aquel hombre ante quien se postraban era su propio hermano.
José los reconoció al instante, pero ellos no lo reconocieron y en su corazón José recordó sus sueños. El pasado había regresado, pero ahora él tenía el poder. Podía vengarse, podía hacerlos pagar.
Pero en su corazón Dios tenía otro plan. José los observó con frialdad y les habló con dureza. Sois espías.
Habéis venido a ver la debilidad de nuestra tierra. No, mi señor, somos hijos de un mismo padre. Somos 12 hermanos, pero el menor quedó con nuestro padre y el otro ya no existe.
José sintió un nudo en la garganta, pero no reveló su identidad. En su corazón quería saber si habían cambiado, así que les puso una prueba. Uno de vosotros quedará preso.
Los demás id, pero no volveréis a ver mi rostro a menos que traigáis a vuestro hermano menor. Los hermanos volvieron a Canaán y le contaron todo a su padre. Pero Jacob se resistió y dijo, "José ya no está.
Simeón está preso. También perderé a Benjamín. " Pero el hambre era insoportable y finalmente Jacob permitió que Benjamín fuera con ellos.
Al llegar, José vio a su hermano menor, el único que no lo había traicionado, el único que aún tenía pureza en su corazón, pero aún faltaba una última prueba. José los invitó a un banquete, los trató con bondad. Pero al partir dio una orden secreta.
Poned mi copa de plata en el saco del menor. Cuando los hermanos partieron, José envió a sus guardias tras ellos. Los detuvieron en el camino y registraron sus sacos.
Cuando la copa fue hallada en el saco de Benjamín, el corazón de los hermanos se quebró. Fueron llevados de regreso a José. Se postraron ante él y rogaron por Benjamín.
Judá suplicó, "Señor, si Benjamín no regresa, nuestro Padre morirá de dolor. Por favor, tómame a mí como esclavo en su lugar, pero deja que el muchacho vuelva a su padre. " Las palabras de Judá conmovieron el corazón de José.
Ahora veía algo diferente en sus hermanos. Antes habían vendido a un hermano sin remordimiento. Ahora estaban dispuestos a sacrificarse por el menor.
José no pudo soportarlo más. Se levantó y rompió en llanto. Sus hermanos lo miraban confundidos hasta que él dijo con voz quebrada, "Yo soy José, vuestro hermano, aquel a quien vendisteis como esclavo.
" Los hermanos quedaron paralizados. El miedo los envolvió porque sabían que José podía hacerles pagar. Pero en sus ojos no había venganza, solo lágrimas, solo perdón.
No temáis. No me enviasteis vosotros aquí, sino Dios. Él me envió antes que vosotros para salvar vuestras vidas.
Id y traed a mi Padre, porque hay aún 5 años de hambre, pero yo os sustentaré. Los hermanos se abrazaron y lloraron juntos. El odio fue sanado, el pasado fue redimido y la familia fue restaurada.
Pero aún faltaba un último encuentro, el reencuentro de José con su padre. Cuando Jacob escuchó la noticia, su corazón se detuvo. José aún vive.
Llevadme a él antes de morir. Jacob partió con toda su familia hacia Egipto y cuando José lo vio, corrió a su encuentro. Después de años de dolor, después de años de ausencia, Jacob abrazó a su hijo y con lágrimas en los ojos dijo, "Ahora muero en paz porque he visto tu rostro y sé que aún vives.
" Jacob y su familia se establecieron en Egipto. Allí la nación de Israel creció y se multiplicó. Jacob vivió sus últimos años en paz y antes de morir bendijo a sus hijos.
Pero José vivió para ver el futuro. Mis hermanos, Dios os visitará, os llevará a la tierra que prometió a Abraham, Isaac y Jacob. Juradme que cuando eso suceda, llevaréis mis huesos con vosotros, porque esta no es nuestra tierra final.
José murió en Egipto, pero su historia no terminó allí, porque siglos después, cuando el pueblo de Israel fue esclavizado, un niño sería rescatado de las aguas, un niño que crecería para liberar a su pueblo, un niño llamado Moisés. Y así comienza la historia del éxodo. Génesis no es solo el origen del mundo, es el origen de nuestra historia.
Es el relato de cómo Dios creó, redimió y sostuvo a su pueblo a pesar de la caída, a pesar del pecado, a pesar de la traición. Porque a través de cada generación, desde Adán hasta José, Dios nunca abandonó su promesa.