Soy psiquiatra. No acostumbro a compartir mis experiencias fuera del ámbito profesional, pero esto esto no ha dejado de perseguirme ni siquiera en mis sueños. Escribo desde la necesidad de liberar esta carga, porque hay noches en que me despierto temblando, empapado en sudor, con la sensación de que alguien me observa desde el rincón más oscuro de mi Recámara. Todo comenzó en el año 2019 en la ciudad de Querétaro. Atendía en un pequeño consultorio privado que había acondicionado en el segundo piso de mi casa. Siempre me han gustado los ambientes silenciosos y discretos. La mayoría de mis
pacientes eran adultos jóvenes, muchos de ellos estudiantes foráneos que llegaban en busca de ayuda por ansiedad o depresión. Sin embargo, nada me había preparado para lo que viví con aquella Paciente. La llamaremos Daniela, aunque sé que no era su verdadero nombre. Tenía 20 años y era originaria de un poblado del sur. Llegó a mi consultorio acompañada de su tía. Se veía agotada. con las ojeras hundidas como si no hubiera dormido en semanas. Su mirada se movía con inquietud, como si algo invisible la acechara desde el techo. Me pidió hablar sola conmigo y tras unos minutos
de cortesía, comenzamos la Sesión. Me dijo que había llegado a la ciudad 6 meses antes para estudiar medicina. rentó un departamento pequeño cerca de su facultad con otra chica, pero tras algunas semanas la convivencia se volvió insoportable y su rumi se mudó. Desde entonces vivía sola. Al principio pensé que se trataba de un cuadro de ansiedad por la soledad y la presión académica. No sería raro, pero mientras avanzaba su relato, algo en mi interior comenzó a tensarse. Me habló de Un sonido, un tic tac constante que aparecía solo por las noches. No había relojes en
su departamento, pero el sonido era tan fuerte que no la dejaba dormir. Dijo que buscó en todos los rincones. Incluso desarmó algunos muebles pensando que quizá había algún dispositivo oculto. Nunca encontró nada. Luego comenzó a escuchar a una rana. aseguraba que se ocultaba dentro de una de las paredes. Me describió cómo ponía el oído junto al enchufe para captar su Cro débil y persistente. Lo extraño era que solo lo escuchaba en un punto específico y que desaparecía cuando salía de casa. Su voz temblaba al contarme que una vez grabó con su celular el lugar donde
sonaba la rana, pero que al reproducirlo no había nada, solo un silencio absoluto. En ese momento comenzó a llorar. Traté de mantener la calma. En mi experiencia, estos síntomas podrían indicar el inicio de un episodio Psicótico o una esquizofrenia incipiente, pero había algo más. Me costaba explicarlo, pero su forma de hablar, la precisión de sus recuerdos, el nivel de detalle, todo tenía una cualidad inquietante, como si realmente estuviera convencida de que lo que oía existía más allá de su mente. Las sesiones continuaron durante semanas, las voces empezaron a manifestarse. Me explicó que no eran aterradoras
en sí, sino insistentes. repetían lo que ella Hacía. Si se lavaba las manos, una voz susurraba, "Te estás lavando las manos." Si comía, la voz, decía, "Estás masticando, estás tragando." Al principio pensó que era su propia mente jugándole una mala pasada, pero luego las voces comenzaron a darle órdenes. "Levántate y camina. Abre la puerta. Ve a la cocina." Lo más inquietante era que obedecía. Decía que su cuerpo respondía casi por reflejo, sin pensar. Una noche me escribió un mensaje de voz A las 3 de la madrugada. Lloraba. Decía que había visto algo en el espejo
del baño. No su reflejo, sino el de alguien más parado detrás de ella. La figura era difusa, apenas una sombra humana con los ojos hundidos y la boca entreabierta. Pensó que era producto de su agotamiento. Se lavó la cara, respiró hondo, miró de nuevo y la figura seguía ahí más cerca. Le recomendé hospitalización, pero se negó. Afirmaba que si salía del Departamento algo malo le pasaría. Y cuando insistí, me dijo una frase que se me quedó grabada. Ellos viven en las paredes, no quieren que me vaya. En ese momento comencé a pensar que quizás había
algo más que esquizofrenia. Pedía autorización para visitar su domicilio y evaluar su entorno. Al llegar, algo no me cuadró desde el principio. El edificio era viejo, construido en los años 70. Escaleras de concreto agrietadas, paredes descascaradas, un Silencio espeso que no era propio de una zona universitaria. Su departamento estaba en el tercer piso. Daniela me abrió la puerta. Tenía el cabello desaliñado y se notaba que no se había bañado en días. El lugar olía a humedad y encierro. En la cocina había platos sucios apilados, pero lo que más me perturbó fueron los cientos de dibujos
en hojas sueltas pegadas en las paredes. Eran trazos torpes con crayones y plumas, figuras alargadas, ojos negros, Bocas enormes. Algunas hojas tenían frases repetidas decenas de veces. No abras la puerta, ellos escuchan. No confíes en la luz. En su cuarto había una libreta abierta en el suelo. Me agaché para verla. Cada página estaba llena de las mismas palabras escritas con desesperación. Están debajo. Le pregunté qué significaba eso y señaló la cama. Se agachó lentamente y colocó su oído contra el suelo. Ahí es donde Croa Murmuró. Lo hizo con tanta seguridad, con tanta convicción, que un
escalofrío me recorrió la espalda. Lo peor fue que yo también escuché algo, un sonido seco, como un murmullo repetitivo, lejano, desde debajo de las tablas de madera. Me alejé rápidamente. Le dije que necesitaba ayuda inmediata y esta vez no aceptaría un no como respuesta. Llamé a su tía y conseguimos internarla en un centro psiquiátrico Privado. Ahí empezó la segunda parte del horror. Durante las primeras semanas de su hospitalización, los médicos reportaron que hablaba sola. Siempre repetía que ellos sabían que la había traicionado. Luego intentó arrancarse las uñas con los dientes. Después dejó de comer, asegurando
que la comida estaba contaminada con estática. Los psiquiatras le diagnosticaron esquizofrenia paranoide aguda y comenzaron el tratamiento. Poco a poco Mejoró, o al menos eso parecía. Un mes después regresó a consulta. Ya no escuchaba las voces, o eso decía, pero me pidió un favor extraño. Me entregó un sobre. Dentro había una llave oxidada y un papel con una dirección escrita a mano. Es la bodega del edificio, me dijo. Si realmente quiere entender, vaya. No lo hice. Quemé el papel y tiré la llave. Pensé que era parte de su delirio. Hasta hace dos semanas. El edificio
fue demolido. Al remover los Escombros encontraron un espacio subterráneo sellado con concreto. Era una habitación oculta, sin puertas visibles, que no aparecía en los planos originales. Lo que hallaron adentro hizo que las autoridades no permitieran el acceso a la prensa. Me enteré por un antiguo paciente que trabaja en Protección Civil. me dijo que había huesos, muchos, y que en las paredes talladas con clavos oxidados estaban escritas las mismas frases que Yo vi en su departamento. No abras la puerta. Ellos escuchan. No confíes en la luz. Desde entonces no he vuelto a dormir bien. A veces,
cuando todo está en silencio en mi casa, creo escuchar el tic tac de un reloj que no tengo. Y anoche, mientras me lavaba los dientes, juraría que alguien desde dentro de mi cabeza me susurró. "¿Te estás lavando los dientes? No sé si fue su enfermedad o si Realmente algo vive más allá de la percepción. Lo único que sé es que desde que conocí a esa chica, algo cambió en mí. Y hay días en que temo que lo que ella escuchaba ahora lo escucho yo. El hombre del umbral. Soy psicólogo clínico desde hace más de 12
años. No he tenido una vida fácil, ni siquiera dentro de la consulta. Escuchar, absorber y acompañar los horrores de otros deja marcas, aunque Seamos entrenados para soportarlo. Sin embargo, hay casos que se pegan a la piel, casos que no se van ni con alcohol ni con rezos, casos que se repiten en tu mente cuando estás solo en casa y que te impiden dormir durante semanas. Esta historia me sucedió en 2019 en Aguascalientes. Atendía en un centro comunitario que ofrecía terapia gratuita a personas de bajos recursos. La mayoría de mis pacientes eran adultos con ansiedad, depresión
o víctimas de Violencia intrafamiliar. Sin embargo, en abril de ese año me asignaron un caso especial. Un niño de 8 años llamado Emiliano, derivado por su escuela debido a conductas extrañas. La primera vez que lo vi, entró a mi consultorio con la cabeza gacha y los ojos muy abiertos, como si tratara de entender cada rincón de la habitación antes de confiar en ella. iba acompañado de su abuela materna, quien me explicó que su hija, la madre del niño, tenía Horarios de trabajo muy exigentes y que últimamente Emiliano despertaba gritando por las noches. En más de
una ocasión lo habían encontrado llorando en el pasillo o acurrucado junto a la puerta principal, como si intentara escapar de algo. La abuela estaba preocupada, pero no alarmada. me dijo que los niños a veces desarrollan fijaciones extrañas cuando no están recibiendo suficiente atención en casa. Lo dijo con voz tranquila, como Si lo que el niño viviera fuera solo un berrinche nocturno. Me limité a asentir. Mi trabajo no era debatir, sino observar. Durante las primeras dos sesiones, Emiliano habló poco, dibujaba mucho, siempre usaba el mismo color, negro. Hacía casas con techos picudos, puertas entreabiertas y sombras
enormes en las ventanas. En cada dibujo había un personaje sin rostro, de pie en los marcos de las puertas, siempre en el umbral, siempre mirando hacia Adentro. Le pregunté varias veces si esa figura era parte de sus sueños. Me respondía que sí, con un leve movimiento de cabeza. Cuando le pregunté cómo la llamaba, sus labios se movieron sin emitir sonido alguno. Supe que no era solo una pesadilla. Para la cuarta sesión decidí usar una herramienta proyectiva. Le mostré una caja con figuras humanas de madera articuladas y le pedí que armara su familia. puso a una
mujer de cabello largo como su Madre, una señora de cabello blanco como su abuela y se representó a sí mismo con una figura pequeña con la cabeza inclinada. Al final tomó una figura negra sin rostro y la colocó justo en el umbral de una puerta dibujada sobre una hoja de papel. Le pregunté quién era ese, solo dijo, "Él nada más." A partir de ese día, sus respuestas comenzaron a ser más largas, aunque igual de inquietantes. Me decía que él venía por las noches, que no entraba a Su habitación, pero que lo observaba desde la puerta,
que a veces se quedaba ahí toda la noche murmurando cosas que él no entendía, que una vez lo había visto cruzar la sala sin tocar el suelo, que su mamá nunca se daba cuenta, aunque él gritara. Intenté razonar con la abuela. Le pedí que observara los comportamientos de su nieto con más cuidado, que notara si tenía cambios físicos, marcas, actitudes retraídas o reacciones ante ciertas personas. Me Agradeció, pero se notaba que no me tomaba en serio. No fue sino hasta que el niño mencionó un nombre que todo cambió. lo dijo mientras jugábamos con cartas de
emociones. Estaba señalando la que decía miedo cuando dijo, "Ayer vino Armando. Él se quedó en el pasillo toda la noche. Le pregunté quién era Armando." Bajó la cabeza y respondió, "El novio de mi mamá." Ese nombre me hizo detenerme en seco, no porque tuviera una carga Emocional, sino por la forma en que lo dijo, como si se refiriera a alguien que ya no era humano. Profundicé en el tema con cuidado, sin presionar. Me contó que Armando iba a veces a su casa cuando la mamá estaba dormida, que no siempre lo veía, pero siempre lo sentía,
que el olor era lo primero, un aroma pesado, como madera mojada y carne vieja. que ese olor lo despertaba antes que los susurros y que cuando Armando se acercaba se quedaba quieto como si Estuviera esperando algo, como si quisiera entrar pero no pudiera. Sentí un escalofrío. Todo en su relato sonaba más a una experiencia paranormal que psicológica, pero no podía descartar lo real, lo terrible, lo humano. Contacté a la madre a través de la abuela. accedió a venir a una sesión individual. Era una mujer joven, cansada, nerviosa. Le expliqué lo que su hijo me Había
dicho. Al principio lo tomó como parte de las pesadillas. Me dijo que Armando era un buen hombre, que apenas pasaba tiempo con ellos, que jamás dormiría en su casa si ella no estaba. Pero algo en su mirada cambió cuando mencioné el olor que su hijo describía bajo la vista. se quedó en silencio unos segundos y luego me confesó que en una ocasión sí lo había encontrado parado en la puerta del cuarto del niño a medianoche, que le dijo que iba al baño, Que no pensó más en ello. Después de esa sesión no volví a saber
de ellos en semanas la madre canceló todas las citas. Me sentí frustrado, impotente, pero era algo a lo que ya estaba acostumbrado. Hasta que una tarde, ya casi al cierre del consultorio, recibí una llamada. Era la abuela. Lloraba. Me contó que habían atrapado a Armando, que la madre del niño lo había sorprendido una noche entrando a Escondidas en la habitación del pequeño mientras ella fingía dormir en la sala, que logró tomarle una foto con el celular justo cuando se agachaba junto a la cama. y que al confrontarlo, él escapó por la ventana del baño. Tardaron
tres días en dar con él. La policía encontró objetos en su casa que no detallaré aquí, pero que confirmaban lo peor. No volví a ver a Emiliano. Su familia se mudó a otro estado, pero cada tanto cuando camino Por mi casa en silencio, me parece ver una silueta en el umbral de la puerta del pasillo. Una forma quieta observando. Y entonces recuerdo lo que el niño me dijo una vez. Él solo entra si nadie lo ve. Desde entonces duermo con todas las puertas cerradas y con las luces encendidas. Zancos en la penumbra. Soy la doctora
Daniela Sánchez, psiquiatra clínica con 15 años de práctica en Mérida, Yucatán. Durante 2019 atendí cientos de casos, pero solo uno me sigue obligando a dejar las luces encendidas antes de dormir. Lo anoto aquí porque necesito que exista un registro más allá de mi memoria. Un testigo imparcial que respalde lo que vi y sentí cuando la lógica se quebró frente a mí. Mi paciente se llamaba Iván, 37 años, contable, soltero, hijo único. Llegó por primera vez en abril para manejar ataques de angustia vinculados al Deterioro cognitivo de su madre Elena, quien hablaba menos cada día y
había comenzado a confundir las caras de la familia. El diagnóstico de demencia vascular estaba confirmado. Aún así, Iván se negaba a internarla. tenía la esperanza de cuidarla solo en la vieja casa colonial donde ella había crecido. Al principio fue un caso ordinario de duelo anticipado. Iván describía la apatía de su madre, los lapsos de olvido, la repetición constante de una Orden incomprensible, la puerta del ropero, siempre abierta. Pensé que era otra manía de la enfermedad, como coleccionar objetos o vaciar cajones. Le sugerí que no se obsesionara con los rituales y le reseté ansiolíticos suaves. Pasaron
5 meses en relativa calma. Todo cambió el 6 de septiembre. Iván apareció en mi consultorio con los ojos inyectados de insomnio. Antes de sentarse cerró las Cortinas como si temiera que algo lo observara desde la calle. me mostró sus antebrazos, la piel surcada de rasguños recientes. Dijo que se los había hecho él mismo para probar que seguía despierto. Sin saludar, relató la misma escena una y otra vez. A las 3 de la madrugada, desde la habitación, contigua a la de su madre, escuchaba el crujido de bisagras, luego un golpe sordo, como madera chocando contra el
suelo, y más tarde el parque del piso retumbando bajo Pasos lentos. casi metálicos. Cada noche encontraba la puerta del ropero abierta de par en par y a Elena con una mueca que no era sonrisa ni miedo, sino algo más extraño. Expectación. No incluí esa parte en mi nota clínica, pero Iván juró que su madre levantaba la mirada hacia el techo y murmuraba una palabra que él no lograba completar, como si la boca olvidara el resto del término antes de formarlo. Mi deber ético era realizar una visita Domiciliaria para descartar delirios compartidos, maltrato o alucinaciones secundarias
a sustancias. Acordamos vernos en su casa el 11 de septiembre a las 6 de la tarde. La vivienda de los Arana era un caserón de muros occre, ventanas altas y corredores larguísimos. Un olor a humedad vieja impregnaba el aire. Elena reposaba en una hamaca del salón principal. Su mirada vagaba por la habitación sin detenerse en nada Concreto. Iván estaba agotado, pero me recibió con cortesía. Le pedí que me mostrara la habitación de su madre. El cuarto era amplio con un armario de madera caoba empotrado en la pared norte. Dos puertas robustas sin seguro. Observé ralladuras
verticales en el marco, como si alguien hubiera pasado clavos afilados cientos de veces. Iván aseguró que él nunca había causado esos surcos. A las 7 acompañé a Elena a cenar. Ella no hablaba, solo sostenía la cuchara con mano temblorosa mientras la sopa goteaba sobre su bata. Cada tres o cu minutos giraba el cuello para mirar el pasillo oscuro que llevaba a su dormitorio. En sus labios se dibujaba la misma curva extraña. Llegadas las 9, sugerí quedarme hasta medianoche para monitorizar la conducta nocturna. Iván aceptó con alivio. Antes de que Elena se durmiera, la seguí al
cuarto. Con sorprendente claridad, me señaló el Armario y balbuceó algo parecido a amigo. Después se acostó, cerró los ojos y suspiró. Satisfecha. Dejé la puerta del ropero cerrada pese a la costumbre de la anciana. Apagué la lámpara y me senté junto a la cama. libreta en mano. Ivana guardaba en su propio cuarto, prometiendo no intervenir salvo emergencia. A las 2:54 a sentí un golpe seco dentro del armario. Ni un minuto después la puerta se abrió sin prisa. El interior estaba completamente negro, Pero de esa negrura emergió algo imposible. Dos tubos delgados articulados que tocaron el
suelo antes que cualquier otra parte del cuerpo. Eran piernas, pero no tenían proporciones humanas. Alcanzaban el marco superior, flexionándose como andamios cubiertos de tela oscura y mugrienta. El ser necesitó varios intentos para doblarse y salir. Cuando lo logró, descubrí que la cabeza rozaba el techo y llevaba un sombrero de ala Ancha que escondía el rostro en sombras. No emitía sonido alguno, ni siquiera cuando los larguísimos pies golpearon la madera, el aire se congeló. Yo, psiquiatra racional, entrenada para identificar psicosis, sentí que mi columna cedía al pánico. A menos de 2 metros de mí, esa cosa
se enderezó y giró la cabeza como calibrando la distancia exacta hasta la cama. Elena abrió los ojos. Su expresión se iluminó. No con miedo, sino con un afecto Infantil. Levantó la mano temblorosa invitando a la silueta. El lente se inclinó. Su sombrero se movió hacia mí lo suficiente para que pudiera distinguir una mandíbula torcida, huesuda, rodeada de piel reseca. No había ojos visibles, solo un brillo débil donde las cuencas deberían estar. El temor me ancló al piso. Quise encender la lámpara, pero mi mano estaba rígida. El ser permaneció así largos segundos analizando hasta que Elena
dijo Con voz frágil, "Quédate." Aquella palabra quebró mi parálisis. Apreté el interruptor. La luz inundó el cuarto. El armario volvió a estar cerrado. Elena dormía con el rostro relajado. Ni rastro de la figura, solo mis dedos helados rodeando la libreta, el sudor recorriéndome la espalda y un zumbido metálico en los oídos. Corrí al cuarto de Iván. Lo hallé sentado en la cama llorando en silencio. No hizo falta contarle nada. Supe que él también lo había visto. Suspendí mis consultas durante dos semanas. El 25 de septiembre recibí una llamada urgente. Iván había encontrado a su madre
muerta. La versión oficial indicó un paro respiratorio, típico en pacientes con demencia avanzada. Aún así, acepté su petición de despedirse en la casa antes del traslado al crematorio. Llegué al mediodía. El féretro improvisado reposaba en la sala. Sobre la tapa de Madera, Iván había puesto la única foto que le quedaba de Elena Joven. Los rayos del sol que entraban por la celocía, dibujaban perfiles largos y oscuros en la pared. Iván me señaló algo en silencio. El armario del dormitorio estaba desmantelado, las puertas arrancadas, astilladas desde la bisagra hasta el pomo. Parecía que alguien hubiera escapado
empujando hacia afuera con fuerza sobrehumana. Sobre la pared interior Hallé una mancha negra ovalada del tamaño exacto de una puerta pequeña pintada con carboncillo. Al acercarme distinguí un contorno irregular, casi orgánico, como si la madera se hubiese quemado de adentro hacia afuera, dejando un orificio sellado con ollín. No permití que mis dedos lo tocaran. El olor proveniente de la cavidad era rancio, una mezcla de tierra y sangre vieja. Cuando retiraron el cuerpo de Elena, Iván decidió vender la casa. Lo Ayudé a empacar. El día que entregó las llaves, me regaló algo envuelto en un pañuelo.
Un sombrero negro antiguo de ala ansha. Lo había encontrado detrás de la cómoda, en un lugar donde jamás habría cabido. No lo acepté. Insistí en que lo quemara. Iván asintió, pero sus manos temblaban tanto que el sombrero resbaló al piso. El al se dobló revelando una etiqueta interna escrita a mano para la que recuerda. No volví a saber de Iván. Desconectó sus números y cerró perfiles en redes. Llamé a hospitales y morgues locales. Nada. Quizá se fue de Yucatán. Quizá permanece escondido en un sitio donde no existan armarios ni sombras largas. La paciente que nunca
salió. Mi nombre no importa. Llevo más de 7 años trabajando como asistente administrativa en una clínica de salud mental privada ubicada en un edificio antiguo del centro de la ciudad. Mi jefe es un psicólogo ya entrado en años, muy Respetado por sus colegas, aunque reservado y de hábitos meticulosos. Yo me encargo de la agenda, las llamadas y la recepción de los pacientes, además de organizar la documentación de cada sesión. Es un trabajo estable, tranquilo, o al menos lo era hasta que ocurrió aquello. Desde entonces no he vuelto a dormir bien. Todo comenzó un viernes por
la tarde. Siempre son días de mucho movimiento en el consultorio. Las sesiones comienzan a Las 2 y suelen extenderse hasta las 8, pero entre las 5 y las 7 es cuando hay más actividad. Hay una paciente en particular que solía agendarse cada viernes a las 5 en punto. Yo nunca la vi jamás. Creía que era una sesión en línea, aunque nunca escuché al doctor usar su computadora o auriculares, ni vi abierto ningún programa de videollamada. A veces oía sus murmullos, como si hablara con alguien, pero nunca le di Importancia. Asumí que, como otros casos, se
trataba de una llamada telefónica. Fue algo rutinario por casi 6 meses. La cita de las 5 era intocable. Nadie más podía ocupar ese espacio. Era la única cita fija que no se movía jamás. Incluso si el paciente anterior cancelaba o el de las 6 pedía adelantar su horario. El doctor insistía, "No, la de las 5 ya está ocupada." Una tarde él salió de su oficina alrededor de las 5:30, bastante pálido y tocándose el Estómago. Me dijo que había comido algo que le había caído mal y que necesitaba ir al baño urgentemente. Sonríó con incomodidad y
antes de desaparecer por el pasillo me pidió que le llevara un vaso de agua a la paciente que estaba en su consultorio. Me quedé inmóvil. No había escuchado a nadie entrar. No vi a ninguna mujer cruzar la sala de espera. Era imposible que alguien estuviera ahí sin que yo lo notara. Pero obedecí, fui A la cocina, serví el agua y caminé hasta su oficina. Toqué con los nudillos antes de entrar. Nadie respondió. Me asomé y no había nadie. El consultorio estaba vacío. La silla frente al escritorio, desocupada, como si nunca hubiera sido usada. Dejé el
vaso en la mesa y volví al escritorio. Cuando el doctor salió del baño, le expliqué la situación. Al principio pensó que estaba bromeando, pero al ver mi rostro se puso serio. Me pidió que lo acompañara. Revisamos juntos la habitación. Nada fuera de lugar. Nadie escondido. El vaso de agua seguía intacto. Se sentó en su silla, se pasó las manos por el rostro y dijo en voz baja, como si hablara para sí mismo. Entonces, ya no está. Fue la primera vez que me mencionó su nombre. Se llamaba Suelen murmuró. Nunca faltaba, siempre a las 5. Le
pregunté si estaba hablando de una paciente presencial o virtual. Él solo negó con la cabeza. Venía, siempre venía. Tú solo Nunca la viste. A partir de ahí, la historia tomó otro color. Me pidió que cerrara la agenda por media hora. Quería contarme todo. Nunca lo había visto así. Decía que Suelen era una mujer distinta a cualquiera que hubiera tratado. Nunca compartió su ciudad de origen, solo decía que venía de un lugar muy frío. Siempre vestía una chamarra gruesa, incluso en verano. No hablaba mucho de su pasado, pero sí de su presente, de cómo se sentía
vacía, perdida, que no Tenía familia ni amigos, que nadie la buscaba ni la esperaba en casa, que por momentos olvidaba hasta su propio nombre. En sesiones anteriores, me explicó el doctor, había intentado darle tareas pequeñas, salir al parque, escribir un diario, hacer llamadas. Ella aceptaba, pero al regresar decía que no había podido, que sentía un peso enorme que le impedía moverse. También le hablaba de prácticas esotéricas. Decía que alguien La había amarrado espiritualmente, que estaba atada a un sitio donde ya no quería estar. El doctor intentaba siempre encausar esas ideas a un plano emocional, pero
con el tiempo comenzó a preguntarse si no había algo más. Un viernes en particular, Suelen le dijo algo que no olvidaría. Doctor, a veces me pregunto si estoy muerta, todo es tan gris, tan estático. Él lo tomó como una metáfora del estado depresivo en el que vivía. le Respondió que con el tiempo, con terapia y esfuerzo, ese gris podría tornarse en algo más claro. Ella solo sonrió. Una sonrisa vacía, sin emoción. Después de aquel día en que no la encontré en su oficina, Suelen no volvió. La cita de las 5 quedó libre. Nadie más intentó
ocuparla. Como si el propio ambiente del consultorio advirtiera que ese espacio estaba reservado para alguien que ya no debía estar. Una semana después, movida por una inquietud que no podía explicar, revisé el registro de pacientes. Busqué su nombre, Suelen. No estaba ningún recibo, ningún pago, ninguna entrada en el sistema. Pregunté al doctor si él llevaba un expediente físico. Me dijo que lo había perdido hacía poco, que un día intentó encontrarlo y ya no estaba en su archivero como si jamás hubiera existido. Las semanas siguientes fueron Inquietantes. Algunas noches, al cerrar el consultorio, sentía que alguien
estaba sentado en la sala de espera. Oía crujir el piso de madera como si unos pasos lentos caminaran hasta la puerta del consultorio. Al principio pensé que era mi imaginación, alimentada por lo que me había contado, pero luego empecé a notar que los viernes, siempre a las 5, la puerta del consultorio se entreabría sola, apenas un par de centímetros y Luego volvía a cerrarse. Nunca me animé a preguntar más. Nunca intenté saber si él seguía hablándole en silencio durante ese horario. Solo sé que, aunque en la agenda ya no aparece su nombre, cada viernes a
las 5 el doctor cierra la puerta de su oficina y se queda en silencio por una hora exacta. A veces, desde mi escritorio, aún oigo los murmullos. Fragmentos de ellas. Mi nombre es Javier Molina. Soy Psiquiatra desde hace más de 15 años. Nunca me he considerado un hombre supersticioso, ni alguien que se deje impresionar fácilmente por lo que sucede en el consultorio. He escuchado confesiones que pondrían la piel de gallina a cualquiera, desde delirios psicóticos hasta relatos de abusos tan atroces que uno desearía no haber nacido. Pero hubo un caso, solo uno, que todavía me
acompaña cada vez que apago las luces del consultorio y me quedo Solo en la oscuridad. Corría el año 2012. Aquel día la cita era a las 4 en punto. En mi agenda aparecía el nombre de Lucía, una paciente referida por una colega que no quiso continuar con el caso. Cuando pregunté por qué, simplemente me dijo, "No pude conectar con ella. Tal vez tú tengas más suerte." Lucía llegó puntual, caminando con una elegancia casi teatral. Vestía un vestido negro ajustado, Tacones altos, un maquillaje impecable y el cabello recogido en un moño perfectamente simétrico. Se sentó frente
a mí con una sonrisa enigmática cruzando las piernas como si estuviéramos en una entrevista de televisión. Comenzó a hablar. Su voz era dulce, pausada, como ensayada. me contó sobre su trabajo como hostes en un restaurante de lujo, sobre las propinas generosas que recibía y lo bien que sabía moverse entre la gente de dinero. Pero no hablaba con alegría. Su mirada parecía vacía. Le pregunté qué la traía a consulta. Se encogió de hombros. No lo sé. Tal vez solo me siento fuera de lugar a veces. como si esto que soy no fuera del todo yo. Intenté
explorar su infancia y ahí empezaron a aparecer grietas. Su padre había sido un militar retirado, estricto, violento. Su madre, una mujer sumisa, religiosa hasta la obsesión. A los 9 años, Lucía fue obligada a ir a Un internado de monjas donde, según dijo, la enseñaron a no ser mujer. No quise presionar mucho. A veces la información más cruda llega sola. A la siguiente semana, la mujer que entró a mi consultorio no era Lucía, al menos no como la recordaba. Su cabello estaba suelto, descuidado, no llevaba maquillaje, usaba jeans rotos y una camiseta de banda de rock.
Su voz era más grave, su postura corporal más agresiva. Me miró con Desconfianza. "Tú eres el loquero", me dijo sin saludar. Asentí sin decir nada. Se dejó caer en el sillón como si fuera un sofá viejo. Me mandaron para que deje de pelearme con la policía. Al parecer, pegarle a un tipo con una botella en la cabeza es mal visto. Me habló de bares, de noches sin memoria, de hombres a los que había golpeado por verla raro. Dijo que se llamaba Julián. No lucía. No le mencioné el cambio de nombre. En estos casos, uno debe
dejar que el paciente dé Los primeros pasos hacia la verdad. Terminada la sesión, se fue sin despedirse. En la tercera consulta volvió a cambiar. La persona que llegó esta vez era más reservada, más rota, cabello recogido en una coleta mal hecha, sin expresión en el rostro, se sentó sin mirarme. "Mi nombre es Clara", dijo casi en un susurro. "Yo no quiero estar aquí." Tardó en hablar, pero cuando lo hizo, su voz temblaba. dijo que no sabía Que era real y que no, que a veces despertaba con ropa que no recordaba haber comprado o que encontraba
mensajes en su celular que no recordaba haber escrito. Lloró sin consuelo durante casi toda la hora y yo solo podía observar como ante mis ojos aquella mujer se desdoblaba. diagnóstico preliminar, trastorno de identidad disociativo. Comenzamos un proceso lento. Con cada sesión aparecía una personalidad distinta. Además de Lucía, Julián y Clara, empezaron a surgir otras. Una niña de 8 años que pedía jugar con muñecas, un hombre mayor que recitaba frases en latín, una adolescente que no quería ser tocada por nadie. Cada uno tenía sus propias memorias, sus traumas, sus rutinas. Uno odiaba los dulces, otro solo
comía chocolates. Uno era alérgico al perfume, otro se bañaba en él. El cuerpo era uno, pero dentro habitaban muchos. En una de las sesiones más confusas apareció una Nueva identidad que no había registrado hasta entonces. Se llamaba Eva. Era diferente. No gritaba, no lloraba, no insultaba. solo se sentó, me miró a los ojos y me dijo algo que nunca olvidaré. Y si no somos ella y si ella es solo un invento de todos nosotros. Me dejó sin palabras, porque aunque suene imposible, esa pregunta tenía sentido. ¿Qué pasaba si todas esas personalidades no eran fragmentos de
una mujer, sino que esa mujer había nacido como un recipiente Vacío para alojarlos a todos? Y si Lucía o el nombre real de la paciente no era más que un espejismo, comenzaron a pasar cosas fuera del consultorio. Un día me llamaron de una comisaría local. Mi paciente había sido detenida por alterar el orden público. No recordaba nada. Al día siguiente me escribió un correo con el asunto. Gracias por tu ayuda. Ya no necesito venir. Intenté contactarla. El número fue Desconectado. Nadie contestaba en la dirección que tenía registrada. Una semana después apareció frente a mi oficina.
Su aspecto era neutro. Ni Lucía, ni Julián, ni Clara, solo ella, sin nombre. Se sentó y me miró con ojos apagados. Los enterré a todos. Me dijo, uno por uno. Le pregunté a qué sé refería. me explicó que había hecho una especie de ritual, un entierro simbólico. Cada noche escribía una carta A cada uno de sus otros yo. Después salía al bosque detrás de su casa y las enterraba junto con algún objeto personal de cada personalidad. Un lápiz labial para Lucía, un encendedor para Julián, una muñeca para la niña, un crucifijo para Clara. ¿Y funcionó?
Pregunté. Sonríó. Silencio. Finalmente hay silencio aquí dentro. Terminamos la sesión. Fue la última. Pasaron los meses. No volví a saber de ella. Hasta que un día, Revisando un periódico viejo mientras esperaba turno en una oficina gubernamental, vi su rostro en una nota policial. La foto era antigua, pero era ella. El encabezado decía, "Mujer, presumen suicidio." La nota mencionaba que la habían encontrado recostada en la cama con una expresión serena en el rostro. Junto a ella, una caja con objetos personales enterrados, aún con restos de Tierra. Sobre su pecho, un sobre con una carta dirigida a
quien alguna vez escuchó nuestras voces. Nunca supe si aquella muerte fue una liberación o una condena, pero desde entonces no he vuelto a trabajar con casos de disociación. Algunas puertas, una vez abiertas no deberían cerrarse, porque no se sabe quién o qué puede quedar atrapado dentro, o peor aún, quién puede salir. A veces, en las madrugadas de insomnio me Parece escuchar una voz suave y femenina que dice mi nombre desde algún rincón de la casa. A veces grave, a veces como la de una niña, pero siempre la misma presencia, como si todas aquellas voces no
se hubieran enterrado realmente, como si solo hubieran cambiado de lugar, como si ahora vivieran dentro de mí. La niña y su sombra. Soy psicólogo clínico y he atendido casos de toda clase, adicciones, Pérdidas, trastornos graves, crisis familiares, intentos de suicidio. La mente humana es una espiral que no siempre tiene fondo y hay días en los que uno vuelve a casa arrastrando la oscuridad ajena. Pero de todos los casos que he visto en más de 20 años, hay uno que me dejó cicatrices y no son visibles ni curables. Ocurrió en 2018 en un consultorio pequeño que
tenía en Mérida. En aquel tiempo trabajaba de forma independiente, atendiendo pocas sesiones Por día, y aún así vivía con lo justo. Fue un martes caluroso cuando llegaron ellos, una pareja joven en sus 30as. Él vestía de forma impecable, sonrisa fingida, movimientos contenidos. Ella, en cambio, parecía desbordarse. Tenía ojeras profundas y los labios partidos. Se sentaron frente a mí y sin rodeos me dijeron que venían por recomendación de un amigo buscando terapia de pareja. Al principio parecía Un caso común. Peleas constantes, celos, infidelidades pasadas, discusiones por dinero, nada que no hubiera escuchado antes. Lo alarmante vino
después, cuando comencé a notar que ella no hablaba a menos que él le diera permiso con la mirada. Sus respuestas eran cortas, medidas casi ensayadas. Vinieron por varias semanas, cada jueves por la tarde, siempre juntos, siempre puntuales. Hablaban de quererse pero no entenderse, de haberse hecho daño y Querer sanar. Pero lo que más me perturbaba era su lenguaje corporal, el de ella, los ticsos, los temblores al tomar agua, el modo en que se encogía en el sillón cuando él levantaba la voz. La quinta vez que acudieron trajeron a su hija, una niña muy delgada. de
unos 6 años. Se llamaba Abril. Tenía el cabello negro y lacio amarrado con un moño desgastado. Se quedó en la sala de espera mientras ellos entraban. En sus manos traía una Muñeca vieja rota con un vestido azul y un brazo deformado por quemadura. Se sentó en una esquina y no dijo palabra. Yo no pensé mucho en ella al principio. Muchos padres traen a sus hijos a consulta por falta de opciones. Me limité a observarla por el vidrio de la puerta, cada tanto y parecía tranquila, inmóvil como una estatua. Solo sostenía esa muñeca contra el pecho.
Fue hasta la séptima sesión que las cosas tomaron otro rumbo. Llegaron los tres de nuevo, Pero esta vez los padres me pidieron salir brevemente a su auto por unos papeles. Me quedé solo con la niña, tratando de hacerla sentir segura. Le ofrecí un dulce y le pregunté su nombre, murmuró Abril sin mirarme. Le pregunté por su muñeca, ¿cómo se llamaba? Me respondió con un tono casi inaudible. Ella se llama Ana, pero ya no habla. La observé con más detalle. El brazo del muñeco estaba derretido y tenía marcas de plumón, algunas en forma de letras. La
cabeza estaba cubierta con una casa sucia. Fue una respuesta suya la que me congeló. Le pregunté si Ana estaba enferma y sin mirar me dijo, "Ella tiene que portarse bien, si no la castigan. Yo le enseñé cómo portarse. No dije nada de inmediato. Mi mente trataba de procesar lo que acababa de escuchar. Le pregunté qué significaban los rayones. Me dijo que eran nombres. Le pregunté si podía leerlos. Negó con la cabeza. Entonces me mostró su brazo. Tenía una cicatriz en Forma de línea, no muy profunda, pero claramente provocada por algo caliente, como un encendedor. ¿Quién
te hizo eso, Abril? Le pregunté sin alzar la voz y respondió algo que me perseguirá siempre, lo mismo que a Ana. Los padres regresaron minutos después y no comenté nada en ese momento. No quería alertarlos. Terminé la sesión lo más cordialmente posible y anoté todo lo que vi y escuché. Esa noche no dormí. Me levanté varias veces pensando en el Rostro de la niña, en cómo hablaba con la cabeza baja, en esa muñeca que parecía más una representación del dolor que un juguete. La siguiente sesión fue decisiva. Les pedí hablar a solas con la niña.
Les dije que como parte del proceso era importante entender su dinámica familiar desde todas las perspectivas. Dudaron, se miraron entre ellos. Ella parecía querer aceptar, pero él apretó la mandíbula y dijo que no era Necesario. En ese momento, algo se quebró. Les dije que había anotado marcas en la niña y que era mi deber como profesional levantar un reporte. Su rostro cambió por completo. Él se levantó de golpe y gritó que todo era mentira, que los niños se caen y se raspan, que no entendía cómo alguien podía insinuar algo así. La madre lloraba en silencio.
Tomó a la niña y salieron rápido, sin despedirse. Fui directamente a levantar la denuncia. Presenté el informe clínico con las observaciones detalladas, pero la dirección que dieron era falsa. El número telefónico fue desconectado. Nadie con esos nombres aparecía registrado. Abril desapareció con ellos. Pasaron los meses. No supe nada más. Pero algo se quedó conmigo. Un mes después de aquel incidente, cuando limpiaba el consultorio para recibir a un nuevo paciente, encontré algo debajo del sillón donde ella se sentaba. Era la Muñeca Ana, con el brazo quemado y el vestido azul. Nunca supe si la dejó intencionalmente,
nunca supe si fue una forma de pedir ayuda o de dejar un mensaje. La guardé durante un tiempo, luego la tiré, pero siempre la veo en sueños. En mis pesadillas, la muñeca se mueve sola, me observa, me habla con la voz de la niña. A veces me despierto en la madrugada y juro escuchar el susurro de abril repitiendo lo mismo una y otra vez. Ella tiene que portarse bien, si no La castigan. Desde entonces, cada vez que llega una familia con un niño, no dejo que se quede en la sala de espera. Cada niño, por
más callado que sea, puede estar cargando un infierno que aún no tiene palabras para explicar. Y a veces las sombras no están en la mente, están ahí sentadas, con los ojos vacíos, aferradas a una muñeca. No era ella. Soy psicólogo clínico desde hace más de 15 años. He tratado todo tipo de Cuadros, desde duelos complicados hasta trastornos de identidad dissociativa, pasando por pacientes con delirios y traumas infantiles que marcaron sus vidas. Pero lo que viví en 2016 en un consultorio de la colonia del Valle en Ciudad de México sigue quitándome el sueño. Aquel día, como
cualquier otro lunes, revisaba la agenda. A las 10:30 tenía mi primera consulta con un nuevo paciente, Fernando, 49 años. Llegó Puntual. Era un hombre serio, bien vestido, pero visiblemente desgastado. No físicamente, sino de adentro hacia afuera. como si no durmiera, como si hubiera llorado mucho sin derramar una sola lágrima. Durante los primeros minutos hablamos superficialmente. Dijo que venía a tratarse por un cuadro de ansiedad que llevaba meses empeorando. Yo asentía, hacía las preguntas de rutina, pero había algo más. En su mirada no había Miedo como tal, sino un tipo de culpa que no es común.
Me atreví a preguntar por el detonante de su crisis. No fue el tipo de duelo que esperaba. Su esposa, a quien llamó simplemente ella, había fallecido hacía casi un año, pero no de forma repentina. La historia que comenzó a contarme fue lo que marcó el inicio de una de las sesiones más perturbadoras de mi carrera. Su esposa había tenido un accidente automovilístico que la dejó Con severos daños neurológicos. estuvo en coma por casi un mes. Cuando despertó, nada en ella parecía estar en su sitio. Al principio, los médicos lo atribuyeron al trauma físico. Era normal
cierta confusión, desorientación, pero con los días el problema se volvió otro. Ella no reconocía su entorno, no reconocía su cuerpo. Según Fernando, apenas podía hablar, pero cuando lo hacía, su voz era ronca, susurros apenas perceptibles y no Por las secuelas del coma. Esa no era su voz, me dijo bajando la mirada. No era ella. Yo lo anoté sin emitir juicio. Continuó explicando que su esposa decía que no había despertado, que seguía atrapada del otro lado, que su cuerpo había sido arrancado del infierno, pero que su alma no estaba realmente aquí. La primera vez que escuché
eso, pensé en algún trastorno psicótico inducido por trauma. No es tan inusual, pero luego me mostró Las fotos. Me las había llevado impresas como si hubiera necesitado mostrarle esto a alguien durante mucho tiempo y no hubiera podido. En las imágenes su esposa se veía extremadamente delgada, demacrada, con la piel pegada al rostro y los ojos abiertos, fijos como si no parpadeara. En una de ellas parecía estar sonriendo, pero no era una sonrisa normal, no era humana. empezó a contarme cosas que antes Hubiera considerado imposibles. Decía que ella no comía porque afirmaba no tener estómago, que
no se movía por sí misma, sino que su cuerpo se desplazaba como arrastrado por hilos invisibles. Una noche, Fernando escuchó a su esposa hablar sola en el cuarto y cuando se asomó, la vio sentada frente al espejo, repitiendo algo en voz baja, con los ojos clavados en su reflejo. ¿Qué decía?, pregunté sin poder evitarlo. No es mi cuerpo. No es mi cuerpo. No es mi Cuerpo. Durante semanas el comportamiento fue escalando. La mujer dormía todo el día y por las noches gritaba como si alguien la estuviera quemando. Literalmente decía que las llamas habían vuelto y
que algo intentaba arrastrarla por las piernas como si estuviera dentro de un agujero invisible. A veces la encontraba en el suelo con moretones inexplicables, otras, con rasguños en la Espalda, como si hubiera tratado de arrancarse algo. Él intentó internarla, pero ella se negaba y los médicos no veían razones clínicas suficientes para hospitalizarla. La veían como una mujer con secuelas neurológicas y psicológicas normales. Pero Fernando juraba que ya no era la misma persona que había amado. En una ocasión encontró escrito con lápiz labial en el espejo del baño. Esto no es real, pero el fuego sí
duele. Dijo que su esposa nunca se levantaba del sillón, Que no comía, no hablaba, no caminaba. Pero esa frase apareció sin que nadie más estuviera en casa. Él la cuidaba solo. No había nadie más. Su mayor trauma ocurrió la madrugada en que ella murió. Había pasado horas gritando. Esa noche él no pudo más y bajó al patio a fumar, como había hecho muchas veces antes para soportar los gritos. A los pocos minutos, el silencio fue tan súbito que subió corriendo. La encontró En la cama rígida, con los ojos abiertos de par en par, la boca
cerrada con fuerza y las uñas marcadas en las sábanas. Lo que le congeló la sangre fue que antes de morir, según él, su esposa dejó de gritar y comenzó a repetir con una voz que ya no era la suya. Él viene por mí. Me va a llevar de vuelta. Me va a llevar de vuelta. y lo repitió hasta quedarse sin voz. La autopsia no reveló causa clara de muerte. No había infarto, ni embolia, ni Daño agudo, nada, solo una mujer que se había dejado morir o que había sido llevada según Fernando. Lo que me confesó
al final me dejó sin palabras. Me dijo que por las noches aún escuchaba la voz de su esposa repitiendo esa frase desde el fondo del armario o debajo de la cama. que sentía que algo lo observaba cuando apagaba las luces, que a veces al despertarse encontraba la cama mojada y olía a carne quemada. Yo le sugerí un Tratamiento inmediato y derivación con psiquiatra, pero se negó. Solo quería hablar, quitarse el peso. Esa fue la primera y única vez que lo vi. Una semana después supe que Fernando se había quitado la vida en su departamento. Lo
encontraron en el baño con cortes profundos en los brazos y un espejo roto frente a él. En la pared había algo escrito con su sangre. Ahora ella sí regresó. He leído muchos diagnósticos. He trabajado con Esquizofrenia paranoide, con traumas por tortura, con víctimas de sectas. Pero lo que viví con Fernando fue diferente. Había algo que no era producto de una mente rota. algo que no era suyo ni de ella. A veces me pregunto si realmente estaba loco. A veces en la madrugada, cuando las luces están apagadas y el silencio se vuelve espeso, juro que escucho
un susurro en la oscuridad. Él viene por mí y sé que no estoy Solo. ¿Dónde caminan los descalzos? No suelo hablar de mis pacientes fuera del consultorio, mucho menos escribir sobre ellos, pero esta historia me sigue como un eco persistente en mi mente, como un murmullo que no cesa incluso con el paso de los años ejercí como psiquiatra clínico en Mérida, Yucatán, entre el 2015 y 2019, justo antes de que todo el mundo cambiara por la pandemia. En esa época me contactó una mujer por medio del número institucional del Hospital. Sonaba angustiada. me suplicó una
cita lo antes posible. Su voz era temblorosa y aunque trataba de hablar con claridad, el miedo se le colaba por cada palabra. Le agendé para el día siguiente. La paciente, a quien llamaré Mireella, tenía poco más de 50 años. Su rostro no tenía expresión como si llevara tiempo sin descanso. Traía ojeras profundas y las manos le temblaban, aunque no por enfermedad física aparente. Me explicó que vivía Con su hermana en una casa al sur de la ciudad. Antes vivía sola, pero todo había cambiado tras una relación tormentosa con un hombre, uno que, según sus palabras
nunca se fue por completo. Lo que me contó era trágico, pero no fuera de lo común. El hombre a quien había conocido por redes sociales se mudó con ella apenas unas semanas después de iniciar la relación. Al principio parecía amable. Se desvivía por complacerla. Luego Vinieron los insultos, los golpes, el control absoluto. Durante casi dos años vivió un infierno en su propia casa. fue su hermana quien al enterarse de todo la ayudó a salir del círculo de abuso. Necesitaron el respaldo de la policía para sacar al hombre. Él se resistió violentamente, pero al final lo
echaron. Durante las semanas siguientes, el sujeto regresó varias veces a amenazarla. Golpeaba la puerta, gritaba, pedía entrar. Ella se negaba. Decía que Si volvía a dejarlo pasar, no saldría con vida. Pero un día sin más, él desapareció. No volvió a aparecer ni a molestar. Nadie supo nada más. Ese silencio, lejos de ser alivio, fue la antesala del terror. Mireya relató que poco después comenzaron los ruidos extraños en la casa. Al principio eran pasos en el techo, siempre de noche. Pensó que era un ladrón. Llamó a la policía, pero no Encontraron a nadie. Días después, los
pasos regresaron. Esta vez decidió no llamar. A la tercera noche los pasos bajaron. Doctor, eran descalsos. Se escuchaban descalzos. Me dijo apretando los puños. La casa era pequeña, los cuartos separados por paredes delgadas. Su hermana nunca escuchaba nada, pero ella sí. Caminatas lentas en el pasillo, pisadas húmedas, como si alguien estuviera mojado. Una madrugada, mientras intentaba conciliar el sueño, Escuchó que alguien la llamaba. No era un grito ni una voz clara, era un susurro, casi un aliento. Miré ella, reconoció la voz. Decía que su cuerpo se paralizó por completo. Apenas podía respirar. Quería gritar, pero
la garganta le ardía. Entonces la puerta de su cuarto crujió, no se abrió, no entró nadie, pero escuchó claramente un rose en la madera, como si una mano la recorriera lentamente. Después, Silencio. La hermana, alertada por el grito posterior, corrió hasta su cuarto y la encontró llorando. Juntas revisaron la casa. Nadie, pero había un olor, uno que Mireya conocía bien, cigarrillos baratos y la loción rancia que usaba su expareja. La policía fue avisada nuevamente. Revisaron la propiedad. Nada. Aún así, ella insistía en que él había estado allí, que lo escuchó, que lo olió, que se
sentó junto a su cama. Como psiquiatra tengo protocolos, trastornos por estrés postraumático, delirios, psicosis, pero ella no encajaba del todo. Su discurso era lineal, su memoria coherente, no presentaba disociación ni lenguaje confuso. Se mostraba afectada, sí, pero no delirante. Aceptó la terapia. Cada semana se volvía más abierta. Sus relatos ganaban. Detalles. Decía que el espíritu no solo caminaba. sino que algunas noches incluso escuchaba como se Metía a su habitación y siempre que eso pasaba despertaba con un ardor en el brazo o el pecho, como si me tocara doctor, como si me dejara algo en la
piel. No había moretones, no había marcas, pero el miedo en sus ojos era real. Una noche, según me contó, despertó y sintió algo tirado a sus pies, algo pesado. No se atrevió a mover la sábana. Temblando se levantó para encender la luz. La cama estaba vacía, pero el colchón tenía una hendidura, Como si alguien hubiera estado acostado allí. Insistí en los ejercicios de anclaje a la realidad, en el control de ansiedad, en el uso de medicamentos suaves, pero nada cambiaba. hasta que me pidió hablarme fuera de la consulta. La cité en un café discreto. Llegó
con una pequeña caja. Dentro había una camiseta negra vieja arrugada. Me pidió que la oliera. Lo hice. Cigarrillos baratos. El mismo tipo que usaba mi padre cuando yo era niño. Un olor Inconfundible. Doctor, esta camiseta apareció doblada sobre mi cama. La tenía él. Yo la tiré después de correrlo. No supe que responder. La lógica me decía que mentía, que quizás ella misma la había conservado sin recordar. Pero algo en su mirada me hizo dudar. Dos semanas después dejó de acudir a terapia. No respondió llamadas ni mensajes. Pensé que tal vez había buscado ayuda en otro
lado o que simplemente decidió cargar con su tormento sola. Pasó casi un año. A finales de 2020, cuando ya todo el país estaba sumido en la pandemia, un colega me escribió, "Había sido asignado a una pequeña unidad psiquiátrica en el interior del estado. Me preguntó si conocía a una paciente de nombre Mireella. Se encontraba allí ingresada desde hacía meses. La encontraron en su casa, encerrada en su habitación, repitiendo frases sin sentido. Según el expediente, decía que no podía dormir, que el hombre Del techo no la dejaba en paz, que olía a cigarro, que la miraba
todas las noches desde la esquina de su cuarto. Fue diagnosticada con un cuadro de psicosis aguda, probablemente con elementos esquizoafectivos. Sin embargo, según los informes, el inicio fue abrupto. No había antecedentes psiquiátricos previos ni antecedentes familiares. Todo había comenzado después de que aquel hombre desapareciera. Pero lo que me heló la Sangre fue lo último que me dijo mi colega. Por cierto, cuando la encontraron, tenía en la mano un cigarro encendido, pero el cuarto estaba cerrado desde dentro. No había encendedores ni fósforos. ¿Estás seguro? Le pregunté totalmente. No tiene explicación. Desde entonces no he vuelto a
tener contacto con ella. No sé si sigue internada o si finalmente su mente encontró descanso. Pero hay noches, lo admito, en las que por un segundo me parece escuchar pasos En mi techo, lentos, descalzos y a veces ese olor, ese maldito olor a cigarro barato. Ella nunca parpadea. Mi nombre es Luis Castellanos, tengo 47 años y llevo más de 20 trabajando como psicólogo clínico en Monterrey. He visto de todo. Casos devastadores, mentes rotas por traumas inconcebibles, pacientes que han tocado el fondo más oscuro del sufrimiento humano, pero nunca imaginé que uno de ellos me llevaría
al límite de mi propia Cordura. Esta historia no la cuento por entretenimiento ni por morvo. La escribo porque no puedo seguir callando porque creo firmemente que algo o alguien sigue cerca de mí. Era febrero del 2012, un mes que recuerdo con nitidez quirúrgica. Aquel día llegó a mi consultorio una mujer llamada Mariana, nombre que por ética evidentemente no era el real, 52 años. Profesora jubilada. Nunca había estado en terapia. Su expresión era agotada, ojerosa, como si el insomnio hubiera cabado túneles bajo sus ojos. Su voz era temblorosa y a pesar de que no tartamudeaba, sus
palabras se atascaban como si dudara constantemente si debía continuar hablando. Lo primero que me dijo fue, "No estoy loca. Sé que eso es lo primero que piensa la gente, pero por favor escúcheme. Le pedí que hablara a su ritmo y lo hizo. Me contó que desde hacía casi tres meses sentía que alguien La seguía, que comenzó como una paranoia leve al subir al transporte público, pero que había crecido hasta convertirse en un terror que la inmovilizaba. Su rostro, cuando hablaba de esa presencia se tensaba de un modo extraño, como si estuviera recordando algo que su
mente no quería volver a tocar. Decía que todo comenzó una madrugada. Al salir rumbo a su trabajo como voluntaria en una biblioteca, eran casi las 5:30, apenas Clareaba, mientras caminaba hacia el paradero, sintió que alguien la observaba desde el otro lado de la calle. Giró la cabeza. Pero solo vio a una mujer inmóvil parada en la esquina, alta, de cabello muy negro y largo, cubriéndole parte del rostro, vestía de blanco, aunque su ropa estaba tan sucia que parecía haber sido arrastrada por la tierra. Lo más perturbador, según Mariana, eran los ojos. No los describía como
simplemente hundidos, sino como si estuvieran más allá de los párpados dentro del cráneo y sin embargo se sintieran presentes. Pensó que era una persona sin hogar. Caminó rápido y no volvió a mirar, pero esa fue solo la primera vez. La mujer comenzó a aparecerle en distintos puntos de su rutina, en los vagones del metro, en una banca del parque frente a su casa, en un espejo del baño del trabajo. Lo peor, según Ella, fue notar que no parpadeaba nunca. No importa cuánto tiempo la mirara, sus ojos jamás se cerraban. Y si ella desviaba la vista
al regresar, la mujer estaba más cerca. Yo sabía que era imposible, que alguien no puede estar en tantos lugares a la vez, pero cada vez que me convencía de que era una ilusión, ella volvía más nítida, más real. Hubo un momento durante la sesión en que dejó de hablar. Simplemente se quedó mirando detrás de mí, pálida, inmóvil. Me giré Instintivamente, no había nada. Cuando volví la vista a ella, su respiración estaba agitada. A veces siento que si hablo de ella aparece, que eso la llama. Tomé nota sospechando un cuadro psicótico, pero había algo raro. No
mostraba pensamientos desorganizados, no tenía alteraciones cognitivas, ni episodios de fuga, ni escuchaba voces. No parecía disociar. Su relato era claro, casi clínico en su estructura. Eso me incomodó. Cuando los delirios se Vuelven sistemáticos, sin huecos ni contradicciones, algo no encaja. Lo normal es el caos, pero lo suyo era metódico. Le recomendé un seguimiento y tras cuatro sesiones más, su relato comenzó a descomponerse emocionalmente. Lloraba a menudo, se mostraba derrotada. dijo que ya no salía, que esa mujer estaba fuera de su ventana, que la había visto agachada en el jardín, moviéndose como un insecto y que
sus piernas no se doblaban como las De un ser humano. Afirmaba que cuando se acercaba al cristal podía ver que no tenía dientes, solo una cavidad negrísima, una noche de marzo me llamó al teléfono de emergencia que dejo solo para pacientes en riesgo. Estaba al borde de la histeria. Decía que la mujer había entrado a su casa, que no sabía cómo, que la vio sentada en el comedor con la cabeza ladeada y los ojos brillando en la Oscuridad. dijo que se encerró en su habitación y no se atrevía a salir. Fui hasta su domicilio, algo
que nunca hago porque temía un intento de suicidio. Cuando llegué, Mariana estaba temblando, aferrada a un crucifijo. No me dejó entrar, pero me gritó desde la puerta que ya era tarde, que la mujer no se iría, que se había metido dentro de ella. Después de eso no supe más de Mariana. Intenté llamarla varias veces, nadie contestó. Finalmente Reporté el caso con un colega psiquiatra que colaboraba con instituciones públicas por si podía rastrear su expediente. Me dijo que unos días después de aquella llamada, la mujer había sido ingresada por su hermana a un hospital psiquiátrico de
gobierno por un episodio psicótico severo. Afirmaba estar poseída por una entidad que se movía por sus ojos cuando dormía. Decía que si cerraba los ojos demasiado tiempo, la mujer los abriría desde Dentro. Hasta ahí hubiera terminado la historia. Un caso difícil, trágico incluso, pero clínicamente explicable. Lo inquietante comenzó dos semanas después. Una noche, mientras salía de la clínica y caminaba por el estacionamiento subterráneo, sentí una mirada quemándome la nuca. Al voltear, solo estaba el guardia a lo lejos. Me subí al coche, respiré hondo y conduje a casa, pero esa sensación no Desapareció. Por comencé a
sentir que algo me observaba desde las esquinas de mi visión, que al cruzar la calle había alguien al otro lado, que una figura blanca quieta se me quedaba viendo desde alguna banca y al mirar bien no había nadie. Pensé que eran restos del estrés por el caso, sugestión, pero no pude ignorarlo cuando una noche, al lavar mis dientes, noté en el reflejo del espejo que había algo detrás de mí. Una figura borrosa, Femenina, muy delgada, con la cabeza ligeramente ladeada. Me giré de golpe. Nada. Pero al volver la vista al espejo, seguía ahí. El pánico
fue tal que tropecé y rompí el lavabo con el hombro. Me golpeé fuerte, sangre, pero no me dolía tanto el golpe como la certeza de que ella estaba allí. La misma mujer que Mariana había descrito, sin dientes, sin parpadear. Desde entonces la he visto tres veces más, no directamente, siempre en reflejos, en el rabillo del ojo, en Los cristales del metro o en los ventanales de oficinas ajenas, pero siempre igual de nítida, siempre en silencio, siempre con los ojos abiertos. Fui a terapia, me sometí a estudios, nada, cero antecedentes, ninguna alteración. Mi mente está sana
y sin embargo, no he vuelto a dormir con la luz apagada. Ya no doy consultas nocturnas, ni me acerco a espejo sin revisar antes mi entorno. He considerado dejar la psicología, pero algo me dice Que si abandono este camino, no me dejará tranquilo, que ella me sigue no porque quiera que la cure, sino porque algo se quebró cuando escuché esa historia. como si al darle atención la hubiera alimentado, como si ahora yo fuera su nuevo hogar. Y mientras escribo esto, no me atrevo a mirar al reflejo de la ventana frente a mí, porque aunque la
habitación está vacía, siento que hay dos ojos clavados en los míos y que no Parpadean. Tejan marcas. Mi nombre no importa. Pero sí quiero dejar claro que soy una persona preparada, racional y formada en la ciencia del comportamiento humano. Llevo más de 15 años ejerciendo como psiquiatra clínico en un hospital público, donde cada día atiendo casos que rozan lo trágico, lo desesperante y en algunos contados momentos lo incomprensible. Lo que voy a contar no figura en mis registros oficiales. No Hay constancia médica, no hay pruebas. Pero yo lo viví y aún hoy me cuesta dormir.
Fue en el invierno de 2013. Lo recuerdo porque esa temporada recibí una serie de pacientes jóvenes derivados de un centro escolar cercano, la mayoría por cuadros de ansiedad o depresión. Uno de ellos, sin embargo, no llegó por derivación académica. Fue su padre quien lo llevó. Recuerdo su rostro curtido por el sol, con arrugas marcadas de cansancio y una mirada que no se sabe si Expresa rabia o miedo. Entró a mi consultorio sin saludar siquiera, empujó suavemente al muchacho para que se sentara frente a mí y me dijo casi escupiendo las palabras. Doctor, mi hijo se
está volviendo loco. Odié esa frase, siempre la he odiado. Estigmatiza, anula y niega cualquier posibilidad de empatía hacia quienes realmente están sufriendo. Le pedí que esperara afuera mientras hablaba con el joven. Su nombre era Damián. Tenía 16 años y desde el primer Instante supe que lo que traía consigo era más que un problema conductual adolescente. Era muy delgado, con ojeras profundas, mirada uidiza y una respiración algo agitada. Tardó varios minutos en mirarme a los ojos. No hablaba mucho, pero lo poco que me dijo fue suficiente para ponerme alerta. Aseguraba que en las noches escuchaba voces.
Decía que eran muchas, algunas gritando, otras susurrando, que a veces le decían que tomara agua, otras que se Golpeara la cabeza contra la pared, pero había algo más. Me dijo que esas voces no venían de su cabeza, sino del techo de su cuarto. En un primer momento pensé en un trastorno psicótico de tipo esquizofrénico, aunque era pronto para afirmarlo. Hice lo que debía. iniciar una evaluación psiquiátrica, estudiar su entorno familiar, llevarlo a pruebas neurológicas. Nada arrojaba alteraciones físicas. Su estructura cerebral era completamente normal. Aún así, los Episodios se intensificaron. En la segunda sesión, Damián llegó
con una venda en el brazo, se la quitó con cuidado y me mostró algo que no he podido olvidar. Era una marca, como si alguien hubiese apretado con fuerza su antebrazo, pero lo inquietante era su forma. Era una mano, una mano más grande que la suya, marcada como si hubiera estado al rojo vivo. No había forma de que él se la hiciera solo, ni de que se la provocara Accidentalmente. Su padre, en su desesperación comenzó a culparme. Me acusó de no hacer nada, de empeorar las cosas. Decía que ahora su hijo se escondía bajo la
cama, que gritaba como poseído durante las madrugadas y que hablaba en idiomas que no conocían. Aseguraba haberlo visto de pie frente al espejo durante horas, moviendo los labios como si hablara con alguien. En la tercera semana, durante una sesión, Damián me confesó algo que me Quitó el sueño por muchas noches. Me dijo que lo que veía no eran alucinaciones, que las voces que escuchaba venían de arriba, pero no del techo. Decía que había algo que bajaba por las paredes, una figura negra sin rostro que se deslizaba como humo y lo tocaba mientras dormía. Según él,
esa cosa le hablaba con muchas voces a la vez. No podía comprender las palabras, pero siempre sentía lo mismo. Odio, rabia y Hambre. Me miró con una seriedad que nunca había visto en otro paciente y me dijo, "Doctor, yo no me estoy volviendo loco. Lo que me está volviendo loco es que nadie me cree. Decidí entonces hacer algo fuera de lo común. Le propuse a su padre hacer una visita domiciliaria." Aceptó. Fui por la tarde acompañado de una colega psicóloga. La casa era pequeña, pero ordenada. Nada sugería una situación de abandono. La habitación de Damián
estaba Limpia, pero el ambiente se sentía pesado, cargado. Había algo extraño. Silencio absoluto, pero no de paz. Era el tipo de silencio que antecede a un temblor o a una tormenta. Al revisar el lugar, notamos que la silla de la cocina tenía marcas en el suelo, como si se arrastrara con frecuencia. En la habitación, el colchón tenía hendiduras profundas en los bordes, como si alguien muy pesado se sentara ahí cada noche. Encontramos libretas con Frases escritas una y otra vez, algunas ilegibles, otras en idiomas que ninguno de nosotros pudo reconocer. Esa noche mi colega y
yo decidimos irnos sin decir mucho. Yo no podía explicarlo, pero algo no estaba bien. No de forma clínica, no de forma racional. Era una sensación que me apretaba el pecho. Pasaron los días y la familia dejó de responder a mis llamadas. Intenté localizarlos, pero se habían mudado. Dejaron todo atrás. Una Vecina me dijo que salieron una madrugada sin avisar a nadie, que el padre parecía poseído, gritando que esa cosa ya se les había metido. El caso quedó sin cerrar. No hubo seguimiento, no hubo diagnóstico definitivo, pero desde 1900 siento sin entonces he tenido sueños. En
algunos estoy sentado en mi consultorio, pero hay algo detrás de mí. No puedo verlo, pero lo escucho respirar. En otros, escucho las mismas frases escritas en aquellas Libretas. No las entiendo, pero suenan como amenazas. Una madrugada, revisando expedientes antiguos, encontré la ficha de ingreso de Damián. Quise releerla, tal vez comprender algo, pero lo único que encontré fue una nota escrita a mano que no era mía ni de mi asistente. Decía, él no lo soñaba. Yo estaba ahí. Desde entonces, cada vez que alguien menciona que escucha voces o ve figuras en la oscuridad, no me atrevo
a negar nada, porque a veces lo más aterrador no Es lo que sucede dentro de la mente, es aquello que se cuela desde afuera y encuentra en la vulnerabilidad humana una puerta abierta. Y yo estuve ahí frente a esa puerta y por poco se abre también para mí. podrida por dentro. Soy psiquiatra desde hace 9 años. No diré mi nombre la ciudad exacta donde trabajo, solo que estoy en el norte del país, en una clínica privada que atiende desde trastornos de ansiedad Hasta casos psicóticos avanzados. He aprendido a separar mi vida personal de los horrores
que escucho todos los días. Pero hay un caso que se quedó impregnado en mí como un olor que jamás se va, uno que incluso ahora cuando cierro los ojos por las noches me visita. Fue en 2017, cerca del fin de año. Me llamaron de recepción para decirme que una mujer había llegado a consulta sin cita previa, llevada a la fuerza por una amiga. Era evidente que Se trataba de una urgencia, aunque no sabían cómo catalogarla. No suelo recibir pacientes así, pero algo en la voz de la recepcionista me hizo aceptar. Cuando abrí la puerta del
consultorio, tuve que contener el impulso de tragar saliva con fuerza. La mujer que entró parecía un cadáver ambulante. Su piel era tan pálida que parecía papel viejo, y sus ojos, hundidos como si hubieran sido succionados hacia dentro del cráneo, Apenas si se mantenían abiertos. caminaba con ayuda de otra mujer que la sostenía con evidente esfuerzo. La paciente se sentó en silencio, temblando como una hoja seca. Lo primero que noté fue su olor, no a suciedad, no a sudor, sino a putrefacción. era tenue, pero estaba ahí, como un recordatorio constante de que había algo en su
cuerpo que no estaba bien. La amiga, visiblemente angustiada, me explicó que la mujer se llamaba Miriam y que había Estado bajando de peso de forma acelerada desde hacía más de un año. Ya habían ido con médicos, nutriólogos, incluso con homeópatas. Nadie lograba ayudarla. Algunos decían que era anorexia, otros creían que era una depresión severa. La realidad era más oscura. Cuando le pregunté directamente a Miriam por que no comía, al principio, no contestó. Luego, con una voz áspera y baja como un lamento, me dijo, "Porque me estoy pudriendo por dentro. La comida No sirve, no llega
a nada, solo se queda ahí pudriéndose conmigo. No lo dijo como metáfora. Ella lo creía de verdad. En su mente, su estómago ya no existía. Estaba descompuesto, inservible, convertido en una masa negra y blanda. Decía que podía sentir como la podredumbre le subía por la garganta, que por eso no hablaba, por eso no dormía, por eso temía cerrar los ojos. Documenté todo y solicité pruebas. Lo Primero que descarté fue una afección física. Las imágenes médicas revelaban un sistema digestivo perfectamente funcional, aunque notablemente deteriorado por inanición. Era claro que el daño no estaba en el cuerpo,
sino en la mente. Conforme avanzaban las sesiones, su discurso se volvía más escalofriante. Me decía que soñaba con cuervos metiéndose en su abdomen, arrancando pedazos de carne con sus picos. Me hablaba de gusanos Recorriéndole los intestinos, de su lengua negra y los dientes flojos. Nada de eso era real, pero para ella sí. A veces, al llegar a consulta, la encontraba rascándose el vientre con desesperación, dejando marcas rojas en la piel. Me decía que era para que el aire saliera, que sentía presión adentro, como si algo fermentara. En otras ocasiones se negaba a entrar. se quedaba
parada en la puerta con los ojos Cerrados, repitiendo que no podía respirar, que la estaban cocinando por dentro, que apestaba y sí, el olor que despedía era cada vez más fuerte. Empezó a traer consigo una mezcla de azufre y carne cruda. No podía explicarlo. No había infección médica diagnosticada. Era como si su mente enfermara tanto que su cuerpo comenzara a oler como ella creía que lo hacía. La remití con especialistas. Le hicieron todo tipo de exámenes, nada. Clínicamente estaba Viva, aunque desnutrida, pero mentalmente estaba en ruinas. Mi diagnóstico inicial fue el de delirio somático, posiblemente
derivado de un trastorno psicótico de origen depresivo, pero había algo más, algo que no encajaba. Nunca había tenido un paciente que se autodestruyera de forma tan sistemática y con tanto convencimiento. Cuando no hablaba de su podredumbre, escribía frases en un cuaderno viejo que siempre Llevaba consigo. La carne es falsa, no tengo víceras. Me pudro por dentro. Siento los hongos creciendo. Una vez, mientras leía sus anotaciones en silencio, me dijo algo que jamás olvidaré. No es enfermedad, doctor, es castigo. Le pregunté, "¿Castigo de qué?" Su respuesta me eló. Lo que enterré, lo que guardé, ya está
saliendo. Le pedí que explicara, solo repitió, "Está saliendo por la boca, por los poros. Cada noche Sale más y cada vez se parece más a mí. Las últimas sesiones fueron breves. Perdía el conocimiento con frecuencia. empezó a hablar en 19 voz baja con alguien que no estaba ahí. Aseguraba que había una figura que se paraba frente a su cama cada noche. No le hablaba, solo la observaba. La describía como una versión de sí misma, pero hinchada, amoratada, sin ojos. Ella viene a buscar lo que quedó dentro. Me dijo un día antes de su última sesión.
La amiga dejó De traerla. Me notificaron por teléfono que Miriam había sido hospitalizada por deshidratación y colapso físico. A los tres días falleció. La autopsia no reveló nada más allá del desgaste por inanición. Pero su cuerpo, Dios, su cuerpo. El forense me contactó porque había algo que no podía explicar. En el informe detallaba que al abrirle el estómago encontró una sustancia negra, viscosa, con olor fétido. No había comida, no había restos digestivos, solo Esa pasta espesa que, según los análisis no correspondía con ningún compuesto corporal conocido. Los órganos estaban intactos, pero cubiertos por una capa
delgada de esa sustancia. No pude dormir por semanas. Sentía ese olor al llegar a mi consultorio. A veces abría la puerta por la mañana y por un segundo creía perla sentada en la misma silla. Me encontraba mirando al suelo, esperando ver sus pies huesudos colgando de nuevo. Un día, al Revisar su cuaderno, encontré una hoja que había pasado por alto. No era letra suya, era una caligrafía más firme, más antigua. decía, "Yo salí. Tú eres el siguiente recipiente. Quemé el cuaderno esa noche. Aún así, el olor persistió por meses. A veces pienso que el castigo
del que hablaba no era simbólico. Tal vez no fue una enfermedad. Tal vez lo que creció en su mente encontró la forma de manifestarse en su cuerpo y luego buscó Dónde continuar. Soy psiquiatra. Me baso en evidencia, pero no tengo forma de explicar lo que viví con Miriam. No sé si era locura o algo más profundo, algo que no se diagnostica, que no se cura y que no necesita nombre. Solo sé que desde entonces duermo con las luces encendidas y la puerta del consultorio siempre entreabierta porque de vez en cuando juro que la vuelvo a
oler. Si te gustaron los relatos, nos gustaría que nos apoyaras con un like o Un comentario, ya que eso nos ayudaría bastante. Y si no estás suscrito o suscrita, te invito a que lo hagas para que no te pierdas lo mejor de oscuros relatos de la noche. Sin más, gracias por escucharnos. Hasta el próximo relato. No.