Hola, ¿qué tal audiencia? Mi nombre es Artemio Salazar y soy el conductor del tren. Un día más les doy la bienvenida a este su programa, El Maquinista Historias de Terror. Así que prepárense un café, pónganse los audífonos y disfruten este relato. Mi nombre es Mirna y de antemano les pido disculpas a todas aquellas personas que puedan ver afectada su sensibilidad con mi historia, que sin Dar más preámbulos toca hilos delgados de temas que suelen ser sensibles y polémicos. Esta historia es antigua y se ha contado por generaciones en mi familia. Hoy se las compartiré a
ustedes desconociendo si ha sido modificada o alterada de su versión original, aunque lo que sí puedo asegurar es que en ningún momento deja de ser escalofriante. Hace más de 80 años, una adolescente antepasada mía se mudó junto a su familia a un poblado situado justo En las faldas de un anillo montañoso. Su padre era médico y había sido enviado a ese pueblo, un lugar que parecía ser tierra de nadie. Para un mejor entendimiento, a partir de ahora les contaré esta historia tal como está escrita en el diario de la joven. A pesar de ser un
lugar hermoso, con llanuras pintadas de un verde vivo, el ambiente en el poblado era extraño. Se podía sentir una mala vibra viajando con el aire y penetrando cada rincón de Aquel recóndito lugar. La gente del sitio era rara. Siempre me daban miedo y miraba a todos con desconfianza. a excepción de Carlo, un joven de mi edad que le hacía mandados a mi padre a cambio de unas monedas. Pasaron los primeros tres meses desde nuestra llegada y aún no lograba conseguir amigos. Parecía que la gente no estaba de acuerdo con nuestra presencia y nos miraban con
descontento. Estoy segura de que solo toleraban nuestra estancia Porque mi padre era el único médico del lugar o de lo contrario ya nos habrían echado a patadas. Un día, como cualquier otro, los habitantes del lugar miraron desde lejos cuatro siluetas caminando por el verdoso sendero entre las montañas. Las figuras encapuchadas vestían sotanas. Ver a aquellos hombres me dio miedo, pero pronto se supo que se trataba de cuatro sacerdotes que habían llegado para reabrir la iglesia, que hasta entonces nunca había visto Abierta. Los habitantes del pueblo, al ver a los hombres de Dios, cambiaron por completo
su semblante. Desde ese momento, todos se veían sonrientes y felices. Era sorprendente como la actitud de los pobladores cambió. Todos sonreían, se hablaban entre sí y hasta comenzaron a ser amables conmigo. Varias chicas de mi edad incluso empezaron a visitar mi casa para pedirle a mi madre que me dejara salir con ellas. Al Principio me negaba rotundamente. Aún no podía confiar en nadie y el repentino cambio en todo solo lograba que mi desconfianza aumentara. Sin embargo, mi madre insistía y mi padre tampoco se quedaba atrás. Ambos decían que no era saludable que una joven de
mi edad pasara todo el día encerrada en su habitación, justo en los mejores años de su vida. Cansada de la presión, accedí más por complacer a mis padres que por convicción propia. Comencé a salir con las chicas. El cambio en el pueblo fue tan radical que por las noches la gente empezó a reunirse en una hermosa área verde junto a la iglesia local. Hacían veladas que nunca carecían de bailes, comida y largas charlas entre casi todos los pobladores. En todas esas reuniones, los invitados de honor siempre eran los sacerdotes. Entre el grupo de chicas con
las que salía había una llamada Sandra. Ella era la más hermosa del pueblo y También la más acaudalada al ser hija de un próspero comerciante. En varias ocasiones nos confesó en secreto que uno de los sacerdotes le gustaba, el padre marcial. Yo evitaba opinar al respecto y trataba de mantenerme al margen, pero las demás chicas le decían que estaba loca por fijarse en alguien prohibido. Ella solo sonreía burlonamente y decía que nunca se quedaba con las ganas de nada. Desde entonces comencé a prestarle especial atención. Sandra siempre miraba Coquetamente al sacerdote, quien aparentaba tener unos
40 años. La joven era tan bella que logró inquietar al hombre. Entre nosotras que conocíamos las intenciones de Sandra, nos dimos cuenta de que el religioso no podía apartarle la vista. Era como si lo tuviera embrujado. Poco a poco, el padre marcial empezó a pasar más tiempo con ella. El pretexto era que necesitaban manos para restaurar la iglesia, pero pasaban tanto Tiempo juntos que era extraño que nadie sospechara nada. Bueno, nadie, excepto los otros sacerdotes, quienes observaban desde lejos como su hermano en la fe cedía ante el pecado de la lujuria. Una noche fría, Carlo
y yo jugábamos a las escondidas cerca de la iglesia. Cuando le tocó a él esconderse, se dirigió hacia la capilla. Comencé a buscarlo, pero no lograba encontrarlo. Finalmente lo vi en el patio de la iglesia junto a la puerta que daba a la azotea. Me Alegré por haberlo encontrado, pero él me hizo una seña con la mano para que guardara silencio y luego me indicó que me acercara. Accedí movida por la curiosidad. Carlo miraba algo a través de una rendija de la puerta y yo, presa de la curiosidad, hice lo mismo. Lo que vi me
llenó de sorpresa y terror. El padre marcial era azotado con un látigo por los otros tres sacerdotes. Sus gritos, junto con la sangre que cubría su cuerpo, me Impactaron profundamente. Estuve a punto de gritar, pero Carlo con rapidez cubrió mi boca para evitarlo. Los otros sacerdotes lo insultaban y lanzaban toda clase de ofensas. El padre marcial, arrodillado en medio de un círculo de veladoras, solo se inclinaba soportando los golpes. Lo más extraño era que cuando él estiraba la mano en busca de piedad, parecía que algo en el círculo funcionaba como un campo de fuego, Realizándole
cortes en la piel. Los días transcurrieron y en el pueblo seguíamos viendo a todos los sacerdotes, excepto al padre marcial. Carlo y yo sospechábamos que le pudieran haber hecho algo, pero la realidad era que simplemente estaba encarcelado y que por las noches sus hermanos realizaban algo muy similar a un exorcismo. Yo no entendía qué estaba ocurriendo. Una vez Sandra nos dijo que había acordado un encuentro con el cura En un claro en medio del bosque y nos invitó a presenciar cómo lograría que aquel siervo de Dios rompiera con sus votos de castidad. A mí me
pareció algo terrible, pero entre la curiosidad y la insistencia de las demás, terminamos accediendo a ir al lugar. Al filo de las 9 de la noche llegamos y nos escondimos detrás de unos árboles. El sitio era realmente hermoso y el brillo de la luna parecía cómplice de aquel encuentro, pues iluminaba más de lo normal, al Menos a mi parecer. Sandra llegó vestida de una manera inusual, con una ropa que resaltaba su belleza. Se sentó en el césped y esperó atenta. Habían pasado aproximadamente 15 minutos cuando desde la maleza apareció un hombre titubeante vestido con sotana
y capucha. Era el padre marcial. El clérigo miraba a Sandra con una lujuria sin precedentes y ambos se besaron con tal intensidad que parecía que en cualquier momento alguno de ellos devoraría al otro. Desde Nuestro escondite, mis amigas reían acarcajadas por lo que ocurría, pero yo sentía repulsión y vergüenza. Después de un rato ante mi mirada atónita, Sandra y el padre consumaron el acto. Justo en ese instante, algo inesperado ocurrió. El crujir de las ramas puso en alerta a la pareja. De entre las sombras emergieron tres hombres encapuchados, cada uno con una antorcha y una
cruz de latón. Los ojos del padre marcial reflejaron un terror indescriptible, Mientras que Sandra se separó de él sonriente. Los sacerdotes se acercaron para flagelarlo nuevamente. Justo cuando bajaban el hábito del cura, Sandra sonrió de forma demoníaca y le ordenó que asesinara a sus hermanos de religión. Al escucharla, los ojos del padre marcial se tornaron completamente blancos y comenzó a arrojar espuma por la boca que poco a poco se tiñó de rojo. Entonces el hombre emitió horribles bramidos y como si estuviera poseído, Corrió hacia sus hermanos sin importarle nada, atacándolos. Su fuerza era descomunal y
no pudieron detenerlo. Desafortunadamente, el padre Horacio fue el primero en recibir el embate. Con una ferocidad bestial, Marcial atacó su yugular y ante mi mirada de horror, miedo y desconcierto, lo decapitó a mordidas mientras sus compañeros eran incapaces de ayudarlo. Los otros dos sacerdotes lloraban y rezaban al presenciar como Marcial asesinaba Cruelmente a Horacio. Luego uno de ellos salió del shock y sacando una espada de su hábito, imploró un extraño rezo dedicado al arcángel Gabriel antes de decapitar al Padre Marcial. Tras aquello, ambos sacerdotes entre lágrimas se dirigieron hacia Sandra, la tomaron por la fuerza
y la lanzaron contra el suelo. Uno de ellos dibujó rápidamente un círculo a su alrededor mientras ella gritaba y forcejeaba. Con la misma espada se dispusieron a atravesarle el Corazón, murmurando, "Tú eres el sea la hora en la que vinimos a este pueblo maldito." En ese instante, un sonido similar a una estampida comenzó a resonar en los alrededores. Varias bolas de fuego aparecieron en el bosque, pero no, no se trataba de brujas. Era la misma gente del poblado quienes observaban expectantes lo que ocurría. Cada uno llevaba una antorcha encendida. Aquello aturdió a los sacerdotes, quienes
Lastimosamente no pudieron evitar ser atrapados por los pobladores. Todo el ambiente, la tranquilidad de la gente y las sonrisas de mis amigas me generaban un temor inusual y extraño. Parecía que yo era la única persona allí aterrada por presenciar aquel momento demoníaco, plagado de asesinatos crueles y posesiones diabólicas. Los pobladores, tras inmovilizar a los sacerdotes, trajeron dos enormes cruces de madera, similares a la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Con un sadismo inhumano, los clavaron de pies y manos, colocándoles además coronas de espinas. Todo esto lo hacían mientras festejaban y blasfemaban contra nuestro Señor de los
cielos. Después de crucificarlos y exponerlos como trofeos, el pueblo entero comenzó a rezar. Sin embargo, al escucharlos, sentí que mis oídos ardían. No era un rezo común, sino uno oscuro, una invocación al señor de las tinieblas, quien acudió al llamado de sus siervos. Unos bramidos imponentes resonaron, generando ecos en todo el bosque. Ante su paso, los árboles caían y los animales cercanos huían despavoridos. Al cabo de unos segundos, un enorme macho cabrío que caminaba erguido, salió de entre las penumbras, dejando una ola de fuego a su paso y emanando un horroroso edor a azufre. Al
llegar, aquel ser demoníaco avanzó hacia donde los padres se encontraban crucificados. y los observó mientras sacaba la lengua en una Clara señal de estar saboreando los cuerpos de los sacerdotes. Fue entonces cuando primero realizó una incisión con sus garras en el estómago de uno de ellos y después comenzó a alimentarse de él. Empezó por las tripas y terminó con la cabeza de aquel pobre hombre, quien lloraba y gritaba mientras era salvajemente devorado vivo por la bestia. Al final de aquel horrendo ritual, solo quedaron las manos y los pies de cada sacerdote, aún pegados a Las
cruces, ahora completamente teñidas de rojo. Después de todo aquello, la gente del lugar hizo una reverencia al abominable ser. Este entonces se desplazó hacia dondecía el cuerpo decapitado del padre Marcial y le ordenó que se pusiera de pie. Aquello lo vi con horror y una incredulidad atónita, un miedo indescriptible se apoderó de mí. Sentí mareos y náuseas al presenciar como el cuerpo de aquel hombre, incluso sin cabeza, cobró vida. Lentamente se levantó, tomó su pálida cabeza del suelo y la sostuvo por los cabellos, quedando inmóvil, a la orden de quien al parecer ahora era su
amo, el mismo Quizá por agradecimiento o por pena, Carlo me sacó de mi aturdimiento. Me entregó rápidamente una capucha para que pasara desapercibida y con mucho temor me ayudó a salir de aquel lugar. En el camino, Carlo me confesó que ese pueblo estaba maldito y que todos los habitantes, incluyéndolo a Él y a sus padres, eran seguidores del gran macho cabrío. Sin embargo, como mi padre había sido muy bueno con él, quiso alertarme para que huyéramos antes de que aquel tumulto enardecido se volviera contra nosotros y nos ofrecieran como sacrificio para alguna de sus deidades
diabólicas. Allí termina aquella historia. En mi familia nadie pasa ni siquiera cerca de aquel pueblo del que se presume que está maldito. También se cuenta que un sacerdote sin Cabeza lo custodia, vigilando que ningún hombre de Dios se acerque jamás. Este tipo de cosas, por lo regular sucedían o tal vez aún suceden en pueblos y comunidades alejadas de las ciudades. Según lo que mucha gente cuenta, antes se veían más este tipo de entes o seres. Lo que voy a narrar a continuación me lo contó mi abuelo porque él lo vivió. me dijo que sucedió por
allá en una comunidad de Jalisco, donde él había nacido. Era un pueblo Pequeño, pero no ajeno a las supersticiones. Estaba lleno de historias de nahuales y otras muchas cosas paranormales. En ese tiempo, mi abuelo era muy joven. Según dijo, tendría unos 20 años y aún no se casaba. cuenta que en aquel pueblo no había sacerdote y que un día llegó uno de mediana edad, quizá de unos 45 años. Venía de otra parte, no se sabía exactamente de dónde. Su llegada fue todo un suceso, ya que el Lugar tenía mucho tiempo sin un padre. Además, parecía
ser muy buen cura. También se notaba que tenía mucho conocimiento en lo sobrenatural. Y la gente de esos lugares, al ser muy supersticiosa, se dejaba llevar por ese tipo de cosas. Al principio todo era normal, con la diferencia de que ahora se escuchaban las campanadas llamando a misa. Pero luego todo empezó a cambiar. La gente notó que sucedían cosas extrañas. Primero comenzaron a Desaparecer animales sin dejar rastro, después mujeres, sobre todo jovencitas. Los habitantes del pueblo, en su mayoría agricultores que sembraban maíz, creían que alguien las hacía desaparecer entre las milpas. Algunos decían que por
las noches se escuchaban ladridos y aullidos provenientes del templo, tal vez de un perro que el padre tenía dentro. Aunque nunca lo habían visto llegar con él, decían que quizá alguien se lo había regalado. Algunos incluso aseguraban Haber visto salir a un perro de entre los maisales, pero no era un perro común, era descomunal. Su estatura no era normal y los supersticiosos se persignaban y corrían a encerrarse en sus casas. Más tarde comenzaron a desaparecer niñas. una tras otra y nunca se volvía a saber de ellas, igual sucedía en los alrededores. Aquel padre no era
muy viejo, pero extrañamente cada día se veía más joven y fuerte. Casi Nunca lo veían fuera del templo, menos aún durante el día. Por las noches se escuchaban los aullidos de un animal, pero nadie se atrevía a investigar. En esos días se perdió una chica llamada María, hija de un ascendado del pueblo. Fueron a pedirle ayuda al sacerdote porque habían escuchado gruñidos espeluznantes al momento de su desaparición y querían su consejo, ya que él sabía sobre cosas paranormales. Pero no lo encontraron en la iglesia. No Apareció por ningún lado. Los habitantes la buscaron y hallaron
algo muy extraño. Un osito de felpa impregnado de sangre. y un pelaje negro, grueso y áspero. Ante el temor, los pueblerinos decidieron encerrarse antes de anochecer. Sentían miedo de ser atacados por ese ser desconocido. Sin embargo, por las mañanas acudían al templo para rezar con fe por las niñas desaparecidas, tanto del pueblo como de sus alrededores, porque las desapariciones continuaban. En una ocasión, cuando el padre entró a dar misa, notaron que traía un ojo parcheado. Alguien preocupado le preguntó qué le había sucedido. Él contestó que se había golpeado con un sirio. Terminó pronto la misa.
A los feligreses les pareció extraño, pero no dijeron nada. ¿Cómo iban a desconfiar de un sacerdote? Ese mismo día, por la noche desapareció Carmen, una muchacha de 17 años que ayudaba al padre con las labores de la iglesia. Nunca llegó a su Casa, así que fueron a buscarla al templo. Allí solo encontraron su reboso tirado entre un rastro con manchas de sangre. Siguiendo ese rastro, la hallaron ya de noche entre los sembradíos, junto a un enorme perro negro agonizante en un charco de sangre. Todos quedaron helados por lo que estaban presenciando. Alguien le preguntó qué
había sucedido. Carmen, con los ojos llenos de lágrimas, el rostro Ensangrentado y temblando de temor, sostuvo un rifle entre sus manos y dijo, "Lo maté. Lo maté." temblorosa, empezó a narrar lo ocurrido. Después de terminar mis labores con el padre, iba de camino a casa cuando sentí que alguien me seguía entre el maisal. Lo sentía cada vez más cerca. De repente volteé y vi que era el padre. Lo reconocí en la oscuridad por el parche que llevaba en su ojo. Tenía la mirada perdida y Desesperado comenzó a decirme que corriera antes de que fuera tarde.
Le pregunté qué hacía ahí y por qué quería que corriera. Ya no contestó, solo gruñía y se retorcía en el suelo. Miré que se estaba transformando en un perro, pero demasiado grande. Primero, a sus manos y pies le salieron garras. Su rostro creció y se le formó un gran hocico con enormes colmillos. Su cuerpo se llenó de pelo negro, muy grueso y los ojos le brillaban como fuego. Luego se Puso en cuatro patas y comenzó a acercarse a mí. Corrí, pero pronto me dio alcance y me arrastró hasta aquí. Luego ya no supe de mí.
Cuando desperté, estaba en la iglesia. El nahual me había dejado viva en ese lugar. Estaba asustada y me fui a mi casa sin que nadie me viera. Tomé un rifle que mi papá guarda donde tiene la despensa. Agarré balas y regresé a la iglesia para bendecirlas. Había escuchado antes que solo así se Podían matar los hombres lobo y los nahuales. Después me fui entre la milpa tratando de que no me encontrara, pues podría estar en cualquier lugar, incluso olfatearme. Luego me perdí llena de temor, sin saber dónde estaba. De repente, aquel perro saltó de entre
la milpa y se puso frente a mí sin atacar. Solo se quedó mirándome, aunque estaba aterrorizada. Aproveché el momento y le disparé. Sin embargo, aunque estaba herido, trató de Alcanzarme, solo que ya no era tan rápido por las heridas que le hice. Así me persiguió un buen tramo entre las milpas, dejando un gran rastro de sangre. Al ir corriendo, tropecé y caí. arrastrándose, llegó hasta mí, pero tampoco me hizo daño. Allí se quedó agonizante. Imagino que por el rastro ustedes me encontraron. Por lo que la muchacha contó y por lo que ellos vieron, supieron que
el padre era quien hacía desaparecer a la gente para Alimentarse de carne. Primero lo hacía con animales, pero su apetito era tan voraz que lo llevó a probar la carne humana. Por eso el instinto animal se impuso bloqueando su razón. Según dicen, cuando los nahuales prueban carne de personas, jamás pueden controlar a la bestia que llevan dentro. Es la ley de esa maldición. Entonces, los que estaban allí, entre ellos mi abuelo, vieron como el perro, al exhalar su último suspiro, comenzó a transformarse en humano frente A todos. También vieron que efectivamente era el padre. Tenía
un balazo en su ojo. Ese disparo se lo habían dado en otro pueblo cuando quiso llevarse a una niña. Pero la bala no estaba bendecida, por lo que no lo mató. Fue sepultado en un cruce de caminos lejos del pueblo. Según la superstición de aquellos lugares, esto era para que no cobrara vida. Carmen se fue de allí y de ella no se Supo más. Pero se dice que muchos años después volvieron a verla entre los maisales convertida en animal, solo que ahora eran dos enormes perros negros que rondaban los pueblos aledaños. Uno más joven que
el otro. Salen a cazar cuidándose una a la otra. Aseguran que son Carmen y su hija. Mitad humanas, mitad lobos. La hija de un sacerdote nahual. Ese sacerdote le dejó su legado o maldición al abusar de Carmen. Ese fue el motivo por el cual no la mató aquel Día. Supo que ella esperaba un hijo suyo, una familia de nahuales, decía mi abuelo, porque el pueblo del que había llegado aquel padre era el hábitat de ellos. Desde entonces, nadie olvida lo sucedido. Hasta el día de hoy se cuentan historias de esos seres. Aún hay gente que
siente que los observan desde entre los [Música] maisales. Corrían los años 50 y Ciudad Juárez gozaba de una asombrosa Impunidad. La gente podía robar, matar, secuestrar y la policía en los cruceros apenas prestaba atención. Hasta esta pequeña ciudad llegó el padre Bruno Morales, alto, rubio y de ojos claros. Se notaba que era de familia influyente. Desde joven mostró su pasión por lo religioso. Iba todos los domingos a misa y le gustaba leer la Biblia por las noches. Era un niño tranquilo y apegado a Dios. Al entrar a la secundaria, su vida cambió Drásticamente. Empezó a
faltar a misa, ya no leía la Biblia y se volvió muy rebelde. Sus padres no podían con él. Al salir de la secundaria, sus papás decidieron que lo mejor era que siguiera el camino de Dios y se volviera cura. Lo ingresaron al seminario pensando que Dios podría encarrilarlo para seguir su camino. Pero hay un dicho que dice que los hijos se educan en casa. Los papás de Bruno no lo veían así, para ellos era lo mejor. Sin embargo, Bruno no cambió Tanto. Seguía con su rebeldía y en varias ocasiones quisieron expulsarlo del seminario. Solo gracias
a que su papá mandaba mucho apoyo económico, su hijo no fue expulsado. Su última hazaña en el seminario fue hacer un culto a Satanás con velas negras y toda la cosa. Gracias al dinero de su padre, no lo expulsaron y pudo terminar la carrera. Fue enviado a la iglesia de San Lorenzo en Ciudad Juárez, un lugar que para el Padre Bruno era un paraíso, porque abundaban las mujeres jóvenes y bellas. Su primer año en la iglesia pasó de ser un desconocido a ser el hombre de confianza de muchas jóvenes que le contaban toda clase de
cosas por la confianza que les inspiraba. El segundo año fue diferente. Ya tenía un lugar secreto donde iba, según él, a acercarse a Dios por las noches. Todos los días se metía dos horas en una bodega al fondo de la iglesia y Aprovechaba para beber y fumar sin que nadie lo viera. Solo mi amigo, el sacristán hortensio, sabía dónde se escondía el padre Bruno, de 9 a 11 de la noche. Los años pasaron y nadie sospechaba nada del padre Bruno. Las mujeres jóvenes desaparecían misteriosamente. Unas dejaban cartas a sus padres diciendo que se iban en
busca del sueño americano. Otras que se marchaban de la ciudad por falta de oportunidades. Un día, Hortensio tuvo la Osadía de entrar al lugar secreto del padre Bruno y pudo ver que tenía velas negras y blancas. Había ropa de mujer en un ropero y en la pared varias cruces. Las contó. Había seis cruces. Hortencio nunca le mencionó al padre Bruno que sabía del lugar secreto y de lo que guardaba en su interior. Sospechaba que algo escondía, algo macabro, algo terrible. Así que se dedicó a observar con más detenimiento sus actividades. Los lunes, el padre Bruno
daba misa a las 7, después se cambiaba y salía a pasear por la ciudad. Cuando regresaba siempre traía cosas en su morral. El martes no salía ni el miércoles. El jueves después de misa salía y pasaba por la cantina. Entraba por 5 minutos y salía con mucha prisa. Los viernes daba misa y confesaba para que el domingo hubiera menos personas en el confesionario o para que los más pecadores repitieran la confesión y pudieran ser perdonados. Ese era su Castigo. Los viernes a las 6 de la tarde juntaba a un grupo supuestamente para dar instrucción o
prepararlos para ser monjas o curas, pero la mayoría eran mujeres, unas 20, y hombres como cinco. Ese mismo viernes, después de las 7, todos se fueron, excepto una joven que no quería ir a su casa porque tenía miedo de que su papá llegara borracho y la golpeara de nuevo. Su nombre era Jacinta. Lo recuerdo bien. El padre vio que Jacinta se quedó, así que se acercó A ella muy amigable y cariñoso. ¿Qué te pasa, hija? ¿Por qué te has quedado? La clase ya terminó y tus compañeros se han ido, dijo Bruno. Lo que sucede, padre,
es que es viernes y mi papá no falla en llegar tomado, pero a las 10 ya estará dormido cuando llegue, respondió Jacinta. ¿Me puedo quedar a rezar mientras? Sí, pero acá no, porque ya es hora de cenar. Cenamos y después te vas a mi lugar secreto a rezar. Es un lugar donde me siento más cerca de Dios. Allá Te puedes quedar, respondió Bruno. Gracias, padre. No haré mucho ruido. Vamos a cenar y luego me regreso a la bodeguita que está al fondo de la iglesia. Allá nadie te molestará. La cena estuvo genial. caldo de pavo
y de postre, arroz con leche. Jacinta estaba contenta, cenó y se fue al lugar secreto. Hortensio, después de las 9 quería pasar por unos tragos, así que fue directo a la cantina, tomó unas tres cervezas y ya más tranquilo se fue a su Casa. Lo que ocurrió a continuación es lo que me contó Hortencio después de percatarse de que algo extraño sucedía con el padre. El sábado alrededor de las 8 de la mañana llegó la mamá de Jacinta alterada preguntando por el paradero de su hija. Habló con el padre Bruno, quien sospechosamente sacó una carta
de su sotana y se la entregó. La madre de Jacinta la abrió con rapidez. Al acercarme vi que la carta decía, "Querida madre, te escribo estas líneas Para que sepas que ya no soporto las borracheras de mi padre. Estoy harta de que me pegue y me maltrate. Me voy. Por favor, no me busques. Donde esté estaré mejor que con ustedes. Te ama, Jacinta. Noté al padre un tanto nervioso, pero no dije nada porque no sabía qué estaba pasando. Al salir la madre de Jacinta, le pregunté, "Padre, Jacinta es la muchacha que se quedó a rezar
el viernes." El padre Bruno respondió nervioso. "Sí, Hortensio, pero estaba Muy angustiada, así que la mandé a su casa. Me dejó esta carta y me pidió que solo se la entregara a su madre y eso hice. ¿Por qué lo preguntas, hijo?" Nada en especial, padre. Solo que me fui a las 9 y la muchacha seguía aquí en la iglesia. Por eso la mandé a su casa después de que te fuiste. Ahora, si me permites, necesito retirarme, pues tengo pendientes, hijo. Está bien, padre. Yo también voy por la mercancía para la semana. Ve con Dios, hijo.
Gracias, Padre. contesté, pero en lugar de irme, me quedé para ver qué pasaba con el padre Bruno. Fue entonces que vi cómo se quitó el hábito, se puso algo cómodo y se dirigió a su bodega. Acto seguido, me subí al techo que colinda con la bodega y desde una rendija pude ver como el padre sellaba la pared con cemento. Luego pintó una cruz, se arrodilló y comenzó a rezar. Tardó unas 2 horas, ya no tenía dudas. El padre escondía algo malo, me dije mientras corría por los Víveres. En la ciudad nadie sospechaba del intachable padre
Bruno, pero yo sabía que no era tan puro, así que no me le despegaba más que para comer. Su rutina era la misma. Los lunes paseaba por el pueblo y los jueves visitaba la cantina, pero los viernes eran sus días de culto, así que me mantuve alerta. Al terminar sus cursos, todos se fueron. Pero él siguió a la hija del carnicero de nombre Margarita. ¿Me puedes ayudar a acomodar algunas cosas, hija? Sí, padre, No tengo prisa. Quedé con mi novio que nos veríamos después de las 9. Tengo tiempo. Qué bien. ¿Y quién es tu novio,
hija? El hijo de doña Meche. Qué bien por ustedes, dijo el padre, pero sus intenciones eran las más perversas. sacó unas bolsas con cosas y le pidió a Margarita que las llevara a la bodega. La joven aceptó. Al llegar, el padre ya estaba adentro. "Pasa, hija, estoy acá", dijo. Al entrar le tapó la boca con un trapo Que contenía algo especial para adormecer a cualquiera. Luego la despojó de la ropa y la ató cruz de madera. Después hizo cortes en las muñecas de la joven para dejar que su vital líquido emanara de su cuerpo, llenando
dos copas grandes que se bebería después con calma mientras fumaba un cigarrillo. Tras beber la sangre, comenzaba a rezar en un idioma extraño, como en latín. Encendía las velas y esperaba por lo menos una hora. Después del Acto, se lesionaba la mano para ver si se regeneraba como un vampiro. Fue la imagen más aterradora que he visto en mi vida. Luego el cadáver lo metió en un agujero de la pared que selló con cemento y luego pintó otra cruz en la pared. Con esa ya sumaban ocho cuerpos. Era casi imposible de creer. Sabía que si
me descubría tenía la muerte segura. Rápidamente bajé del techo con sumo cuidado. Luego eché a correr a toda prisa hasta mi casa. Después de ese día Me reporté enfermo. No sabía qué hacer y con lo bien que se llevaba con la gente, era más fácil que me tacharan de loco a que hicieran pagar al padre Bruno por sus crímenes. Pasaron dos meses y yo seguía con el miedo. El padre me mandaba a buscar, pero yo no iba porque sabía que sospechaba de mí y sería fácil deshacerse de mí si estaba en la iglesia. Pero la
suerte cambió cuando murió la esposa del alguacil del pueblo y su hija Sofía quedó sola con su padre después de que su madre no superara enfermedad que la tuvo postrada en cama durante varios meses. Al morir la figura paterna, el alguacil juró que la protegería por el resto de su vida. Cierto día, después de las clases que ya eran una costumbre, Sofía no regresó a su casa. Al verme en la calle, el alguacil me preguntó si había visto a su hija en la iglesia. Le dije que ya no estaba más allí. Le conté que había
cosas raras y le platiqué lo Que vi. Aunque al principio no me creía, sabía que de ser cierto su hija corría peligro. Así que fuimos a la iglesia que estaba cerrada. Brincamos la barda trasera y llegamos por el techo a la bodega. Sofía estaba dormida sobre la cruz. y el maldito padre la estaba atando. Al ver que todo lo que le platiqué era verdad, el alguacil no aguantó. se aventó del techo y corrió a salvar a su pequeña. Al entrar le dio un disparo certero en la espalda al padre Que lo tumbó y lo hizo
desangrarse rápidamente. El alguacil desató a su hija, que seguía dormida, y me ordenó que fuera por ayuda. Sin embargo, se me ocurrió mejor traer a todos los vecinos para que supieran lo que pasó con sus hijas perdidas. El agujero en la pared tenía conexión con una caverna profunda donde había más de 40 cuerpos en avanzado estado de putrefacción. Todos quedaron conformes al acabar con la vida del Padre y decidieron que no merecía la Santa sepultura, pues él no tenía nada de santo, al contrario, sería quemado para deshacer sus restos. El depósito de cadáveres se volvió
el depósito de tumbas, donde muchos ciudadanos llevan flores y rezan a sus muertas. Poco después se supo que el padre pertenecía a una secta y tenía una loca obsesión, la de convertirse en vampiro. En una comisaría alejada de la civilización, los pobladores se sentían olvidados por Dios porque las muertes Sin resolver sucedían a menudo. A pesar de que todos hacían la labor de investigar, el resultado era siempre el mismo. Nadie vio, nadie supo y así las muertes quedaban impunes. Este caso es de llamar la atención porque no fue una ni dos, sino tres. Las personas
que aparecieron muertas sin ninguna explicación. Lo más extraño del caso es que uno se salvó de la muerte. Un adulto de unos 45 años llamado Simón González, que de repente empezó a acudir A misa todos los días. A pesar de ser un alcohólico desauciado, pudo salvarse de la terrible cirrosis y de la muerte que se llevó a sus tres amigos de parranda, dejándolo misteriosamente solo a él con vida. Todos estaban asombrados y un poco agradecidos de que Dios haya sido la salvación del pobre Simón. Todos iban con el cura del pueblo para preguntar qué era
lo que Simón le decía en el secreto de confesión. Pero el cura siempre los dejaba más pensativos que Antes al negarse a revelar los secretos de Simón, pues habían sido dichos en confesión. Así pasaron varios días y Simón era de los más puntuales a la hora de la misa. No faltaba los domingos a confesarse. Los vecinos se unieron para pedirle al cura que hablara con Simón sobre cómo había librado a la muerte, ya que Simón nunca decía nada por miedo. Todos se preguntaban, "¿Miedo a qué?" No sabían que Simón vivió las peores torturas e inhumanos
castigos de Parte de la diosa de la muerte violenta o de los que deciden salir por la puerta falsa. Después de varios intentos fallidos, el cura convenció a Simón de que diera su relato para salvar a más personas. El domingo, en lugar de la misa, todos se juntaron en la iglesia para escuchar el relato de Simón sobre cómo Dios lo había salvado justo a tiempo de la muerte. Así empezó su relato. Yo, Simón González, de 45 años vengo a dar mi relato de cómo la Vida me cambió gracias al Señor, que es mi salvador y
mi protector. Llevaba una vida excelente al lado de mi madre en el rancho Tres Cruces, que se llama así en honor a mi abuelo, mi abuela y mi padre. Que Dios los tenga en su santa gloria. El rancho tenía varias hectáreas de extensión. y unas 100 o más cabezas de ganado que mi madre y yo habíamos logrado acumular. Pero todo cambió cuando una serpiente mordió a mi madre en uno de los potreros. Yo no Escuché sus gritos porque estaba metido monte adentro. Al regresar y ver a mi madre agonizante, me partió el alma. Quise llevarla
lo más pronto posible, pero mi madre murió en mis brazos. Lo recuerdo y todavía me duele. Después de 15 años, eso cambió mi vida. Después del entierro de mi madre, empecé a beber primero una botella al día, después dos, hasta que ya no podía estar sobrio. Prefería estar ebrio o muerto. Dejé de cuidar del ganado. Los cerdos escaparon De hambre, las gallinas fueron alimento de los perros y algunos gatos salvajes que las encontraban solas en el monte. Me quedé sin animales para vender. Había vendido todo el ganado y me había gastado todo en alcohol. Vendí
las alajas de mi madre. En fin, el rancho estaba vacío. No había nada de valor. Yo seguía bebiendo. Un día, después de tanto beber, me quedé dormido de tan borracho que estaba. Solo sentí que me faltaba el aire y cada vez más. Madre, Si eres tú, llévame contigo. Le dije con el poco aliento que me quedaba. No, hijo, no soy yo. Abre los ojos. Con mucho trabajo abrí los ojos y vi a una mujer que por momentos era hermosa, pero de repente tenía la cara descarnada de un cadáver. Eso me asustó y quise zafarme, pero
era más fuerte que yo. Así que dejé de forcejear esperando mi final y fue entonces que escuché la voz de mi madre. Reza, hijo, reza un padre nuestro y la Muerte se irá. Con el poco aliento que me quedaba, junté las manos y empecé. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo. Después del tercer Padre Nuestro, pude respirar, pero seguía con miedo y los ojos cerrados. Al paso de varios minutos me sentí salvado. Abrí los ojos y
corrí al espejo a confirmar si estaba vivo o muerto. Con alegría vi que seguía con Vida gracias a mi madre y al Señor, que intervino en mi salvación, pero tenía las huellas en el cuello de unas manos con garras que me dejaron unas heridas con sangre, aunque era poco a cambio de mi vida. Salí del rancho y fui al pueblo, pero la tentación se hizo presa de mí y recaí en el alcohol. Me junté con los tres amigos de Parranda que siempre me acompañaban y decidimos seguir la fiesta en el rancho que a pesar de
estar un poco retirado, Podíamos tomar sin que nadie nos molestara. Llegamos como a las 10 de la noche y seguimos la fiesta, pero como a las 12 escuché un grito desgarrador. Yo sabía que esto podría pasar, que otra vez se presentaría Xtab, la diosa de la muerte. Corrí como pude para llegar al momento en que le sacaban las víseras a Pancho, mi amigo, que sin saberlo había ido a orinar sin imaginar su final. Al verme, el demonio me siguió a la casa donde dormían Paco y Memo. Yo me fui lo Más lejos que pude, pero
no quería dejar de ver qué pasaría con mis amigos de parranda. Estoy arrepentido de haber regresado para ver qué ocurriría, pues con lágrimas en los ojos presencié como Xtap tomaba a Paco por el cuello mientras él intentaba zafarse sin lograrlo. Los gritos despertaron a Memo, que de tan ebrio no entendía qué pasaba. Yo no quería gritarle porque pondría en alerta a la bestia. Memo alcanzó a ver cómo le rompían el cuello a Paco, cómo Se retorcía mientras moría. Pero tampoco Memo pudo escapar. Cuando entendió lo que pasaba, ya era demasiado tarde. Le clavaron una garra
en el pecho y lo levantaron como si fuera un saco de plumas. Su sangre escurría por la cara y las manos de Xav, que gozaba del baño que se estaba dando con la sangre que escurría de todo su cuerpo. Después de haber matado a los tres, yo sabía que pasaría lo mismo conmigo, que no me dejaría Vivir. Así que me puse de rodillas, agaché la cabeza y cerré los ojos. Escuché sus pasos venir hacia mí. Fue en ese momento que empecé a rezar el Padre Nuestro. Escuché sus gruñidos, sentí su malvada presencia, su fétido aliento,
pero no abrí los ojos. Me encomendé al Señor y le dije que si debía morir, me iba en paz porque era suya la decisión, pero que si me dejaba vivir, dedicaría mi vida a servirlo. Pasaron unos minutos y el mal desapareció. Todo estaba Oscuro, pero se sentía la paz y la tranquilidad. Desde ese momento me salí del rancho y prometí nunca regresar. A pesar de que todo lo que tengo sea ese maldito rancho, prefiero dormir en la calle que volver a ese lugar maldito. Entonces, doña Rubí interrumpió la historia. Corrió hacia los presentes para pedirles
ayuda. Su esposo Mateo no había regresado de su milpa desde el día anterior. ¿Por dónde se encuentra la milpa, Zrenia? Preguntó Simón. por el Rancho de usted las tres cruces, respondió. Varios pobladores se ofrecieron a ir en busca del campesino, pero el único que conocía esos terrenos a la perfección era el pobre Simón, quien había jurado no regresar a su rancho. Entonces el cura intervino. Simón, si ayudas a encontrar con vida a Mateo, te puedes quedar en la parroquia el tiempo que tú quieras, pero traigan al pobre con vida. Se juntaron cinco valientes para ir
en busca del Septoagenario armados con escopetas y machetes. Llegaron apenas iba cayendo la noche, pero al estar cerca escucharon unos terribles gritos. Es él. Es mi compadre Mateo. Hay que salvarlo. Component placement, gritó un hombre. A lo que Simón respondió. No tan a prisa. Si seguimos este camino, el demonio nos verá fácilmente. Hay que rodear el establo. Date prisa que mi compadre se muere. Zrenia, respondió el hombre. Al llegar a la parte trasera del Establo, escucharon una voz gutural que de manera fantasmal decía: "Soy tu ama. Tu alma me pertenece." Allí fue cuando escucharon al
viejo campesino responder. No, no puedo, no puedo. Sin embargo, miraron con pena y dolor como el cuerpo del viejo era desgarrado por las uñas negras de ese demonio que asemejaban las garras de un oso. "Júame lealtad y vivirás", le dijo la deidad al hombre. Pero él respondió, "No, no puedo. Yo solo puedo servir a mi Dios. ¿Qué hacemos? Solo tengo agua bendita. dijo el compadre de Mateo. Simón respondió, "Hay gasolina. Vamos a entrar. Tú corre y tírale el agua bendita a la cara. Nosotros desatamos a Mateo." Acto seguido, entraron decididos a salvar a su amigo.
Algo que Xtab no se esperaba era que la gente no le tuviera miedo. "Veo que trajiste compañía, Simón", dijo la malvada con su voz de ultratumba. Sí, vamos a terminar contigo, respondió el hombre con miedo y Valor a la vez. El compadre de Mateo vertió el agua bendita sobre la que se retorcía como si le quemara. Tírale más, compadre. Y le vertieron toda el agua que tenía. Simón aprovechó para rociar gasolina al cuerpo de esa bruja. Después les pidió a todos que se arrodillaran a rezar. Eso tal vez ayudaría a terminar con el mal. prendieron
fuego y rodearon la hoguera, pero arrodillados, rezando con fe y los ojos cerrados. Se escucharon Maldiciones, ruidos de animales y demonios. Al final, Simón escuchó la voz de su madre que le pedía que la liberara, que era presa deb. Pero Simón sabía que era el mismo mal que se transformaba en lo que más querías para perturbarte. Así todos regresaron con el buen Mateo, todo cortado y lastimado, pero vivo. Simón agradeció al Padre por dejarlo vivir en la iglesia. Mi nombre no importa. Digan que Soy la víctima cero o como quieran llamarme. Yo no busco fama
ni venganza. Solo quiero que alguien escuche lo que viví, porque todavía hay noches en las que no puedo ni dormir. Todo empezó cuando era chamaco. Tendría unos 10 años, tal vez menos, no sé bien. Mi jefe y mi jefa eran gente humilde, de esas que creen que todo lo que tiene un padrecito es sagrado. Y la neta yo también lo creía. ¿Cómo no si desde chamacos nos metieron en la cabeza que Los curas eran casi santos? Un día llegó un tipo a la casa. vestido de traje con una cruz dorada que brillaba más que los
dientes de oro del vecino. Era todo sonrisas, bien educado, hablaba bonito, como si de verdad le importáramos. Nos dijo que él trabajaba con un sacerdote muy importante, que estaba haciendo algo grande, algo que cambiaría al mundo. Los legionarios de Cristo. No más oír el nombre ya sonaba a cosa seria. dijo que buscaban niños con vocación especial, Que yo podía ser uno de los elegidos. Mis jefes no lo pensaron mucho. ¿Quién iba a decirle que no a Dios? Así fue como terminé en un lugar que parecía salido de un sueño. Era una escuela enorme, con jardines
bien verdes, muros altos y una capilla que se veía desde lejos. Era como si hubieran traído un pedazo del cielo a la tierra. Nos recibieron con cantos. Aplausos y abrazos como si fuéramos héroes. Yo me sentía importante, como si de verdad Hubiera sido elegido para algo grande. Pero en cuanto mis papás se subieron al camión y se fueron, las cosas empezaron a cambiar. Lo primero que noté fue el silencio. Todo el mundo hablaba bajito, como si estuvieran en misa todo el tiempo. Hasta los maestros tenían un tono raro, como si no quisieran que nadie más
los oyera. Pero lo que más me sacó de onda fue que al segundo día un tipo que trabajaba ahí me dijo que tenía que ir al despacho del padre Maciel. Ese Primer encuentro fue raro. El padre era un hombre alto, con voz suave, pero sus ojos daban miedo, como si pudieran ver todo lo que traías por dentro. me hizo preguntas sobre mi familia, mis amigos, hasta sobre las cosas que me daban miedo. Yo pensé que estaba tratando de conocerme, pero ahora entiendo que lo que quería era saber cómo podía controlarme. Después de esa primera vez,
me empezó a llamar seguido. Me mandaban a buscar y me llevaban a su oficina. Al Principio solo me daba pláticas raras sobre cómo yo era especial, que tenía una misión en la vida, que debía obedecerlo sin cuestionarlo porque él era el representante de Dios en la tierra. Me hacía sentir importante, pero al mismo tiempo me daba un miedo que no sabía ni explicar. Las cosas empezaron a ponerse más turbias cuando me di cuenta de que no era el único que iba a su despacho. Había otros niños, pero nadie decía Nada. Parecía como si todos tuviéramos
miedo de hablar. Yo empecé a notar que los que iban seguido al despacho regresaban diferentes, más callados, más tristes. Una noche, en el dormitorio, uno de ellos, un chavito más chico que yo, empezó a llorar. se tapó la cara con la almohada para que nadie lo oyera. Pero yo estaba en la cama de al lado. Le pregunté qué le pasaba y lo único que me dijo fue, "No quiero volver al despacho." Esa frase se me quedó grabada Porque fue la primera vez que sentí que algo estaba muy mal en ese lugar. Pero aún no sabía
qué tan mal. Algo aún más tenebroso llegó unas semanas después, cuando me tocó mi primera misa especial. No era en la capilla grande donde íbamos todos los días. Era en una capilla más chiquita que estaba en el sótano, un lugar al que no cualquiera podía entrar. Nos llevaron a mí y a otros tres niños, todos de los que Maciel decía que éramos los elegidos. Al principio parecía una Misa normal, pero después Maciel empezó a decir cosas raras. hablaba de sacrificios, de obediencia total, de que para ser verdaderos servidores de Dios teníamos que entregar no solo
nuestras almas, sino nuestros cuerpos. Yo no entendía bien a qué se refería, pero la forma en que lo decía me ponía la piel chinita. De pronto apagaron las luces y encendieron unas velas negras. Nos hicieron arrodillarnos y empezar a repetir una oración que nadie conocía. Dieguito, escúchanos. decía el padre. Y nosotros teníamos que repetirlo. Esa fue la primera vez que escuché ese nombre. Dieguito, protégenos. Dieguito, guíanos. Las palabras salían de mi boca, pero no entendía qué estaba diciendo ni por qué. Solo sabía que no podía desobedecer. Esa noche me costó mucho trabajo dormir. Cada vez
que cerraba los ojos, escuchaba la voz de Maciel diciendo ese nombre. Fue ahí cuando entendí que ese lugar que Parecía el cielo en realidad era otra cosa, algo mucho más oscuro y peligroso. Después de esa primera misa especial, mi vida cambió para siempre. Ya no era el mismo chamaco que llegó emocionado al lugar. Algo dentro de mí sabía que ese lugar no era de Dios. En los días que siguieron, Maciel nos empezó a llevar más seguido a esa capilla del sótano. Le decíamos el cuarto de los elegidos. Pero la neta, de elegido no tenía nada,
solo un aire Pesado que te oprimía el pecho. Cada vez que bajábamos sabíamos que algo malo iba a pasar, aunque no hablábamos entre nosotros. Cada quien cargaba su miedo en silencio. Una noche nos llamaron para otra de esas ceremonias. Éramos cinco niños, todos más o menos de mi edad, y uno más chico, como de 8 años. Lo reconocí porque siempre estaba con Maciel. Lo trataba como si fuera su favorito. Pero ese día el chamaco no paraba de temblar. Tenía los ojos bien Rojos de tanto llorar. Cuando uno de los cuidadores le dijo que se calmara,
Maselpió con una sonrisa rara. Déjalo, hijo. El miedo es parte del proceso. Esa vez no nos pusieron a rezar como antes. En lugar de eso, Maciel nos ordenó que lo siguiéramos a otro cuarto más abajo todavía. Mientras bajábamos por unas escaleras de piedra, el aire se sentía más frío y había un olor raro, como a tierra mojada y algo podrido. Llegamos a un lugar que parecía una especie de Bodega con paredes de piedra vieja y un círculo dibujado en el suelo con ceniza negra. Al centro había un pozo. El pozo era pequeño, pero profundo. Desde
la orilla no se veía el fondo, solo una oscuridad que parecía tragárselo todo. Mas él nos hizo rodearlo y empezó a decir palabras que no entendíamos. Parecían oraciones, pero no eran en español ni en latín como las misas normales. Era algo distinto, algo que sonaba mal. De repente, Maciel Dejó de hablar y se inclinó hacia el pozo. Dieguito, ¿están aquí? Dijo como si estuviera hablando con alguien. Luego se quedó en silencio, como si escuchara una respuesta. Pero nosotros no oíamos nada. Los minutos pasaban y el silencio solo hacía que me sintiera más nervioso. Hasta que
de pronto se escuchó algo, un golpe, como si algo pesado hubiera caído en el agua. Mael se levantó y nos miró con esa sonrisa suya, la que hacía que te sintieras más pequeño que una Cucaracha. Dieguito quiere conocerte, me dijo señalándome. Sentí que el corazón me iba a explotar del miedo, pero no podía moverme. Dos de los cuidadores me empujaron hacia la orilla del pozo. No tengas miedo, hijo. Esto es para que comprendas tu propósito, dijo Maciel. Cuando me asomé al pozo, no vi nada al principio, solo la oscuridad y un eco lejano, como si
el lugar respirara. Pero poco a poco una figura empezó a emerger Del fondo. Primero vio lo que parecían ser manos delgadas y huesudas con uñas largas y negras. Luego una cara, pero no era una cara normal, era algo más parecido a un cráneo cubierto de piel delgada, con unos ojos pequeños y amarillos que brillaban en la oscuridad. ¿Qué es eso?, alcancé a susurrar. Maciel, detrás de mí respondió en un susurro. Él es nuestro guía. Él es Dieguito. No podía creer lo que veía. Esa cosa no podía ser humana. se quedó Mirándome fijamente y aunque no
hablaba, sentí que me decía algo, como si su voz estuviera dentro de mi cabeza. No entendía las palabras, pero sabía que era algo malo, algo que me iba a romper por dentro si seguía mirándolo. Cerré los ojos y di un paso atrás, pero Maciel me detuvo. Obediencia, hijo. Sin obediencia no hay salvación. dijo y me empujó hacia la orilla de nuevo. El horror se reflejó aún más en Mi mirada cuando Dieguito extendió una de esas manos y empezó a salir del pozo. Sentí como el aire se volvió más pesado, como si todo el cuarto se
estuviera hundiendo. No sé si fue mi imaginación, pero juraría que vi a Mael inclinarse como si estuviera reverenciando a esa cosa. No sé cómo, pero logré dar un paso atrás y caer de rodillas. Cuando abrí los ojos, Dieguito ya no estaba en el pozo, pero sentí su presencia detrás de mí. Mael se acercó y me levantó del Brazo como si no hubiera pasado nada. Eres fuerte, hijo. Dieguito lo sabe, dijo con esa sonrisa que nunca se me va a olvidar. Esa noche no dormí nada. Cada vez que cerraba los ojos veía esa cara. esos ojos
amarillos y lo peor era que sabía que no había terminado esa cosa. Dieguito no se iba a ir. Después de esa noche, el pozo y Dieguito se volvieron parte de nuestras vidas. Ya no éramos niños normales, éramos los elegidos, Como Maciel nos llamaba. Pero yo no me sentía especial, me sentía como un pedazo de carne a punto de echarse a perder. Las visitas al sótano se hicieron más frecuentes. No siempre nos llevaba a todos. A veces escogía a uno o dos y el resto nos quedábamos en los dormitorios esperando y rogando que no nos tocara
la siguiente vez. Cada vez que regresaban los que habían bajado, lo hacían con los ojos vacíos, como si algo dentro de ellos se hubiera roto. Una Tarde durante el almuerzo, Mael nos reunió en el comedor. El lugar estaba lleno, pero el silencio era tan pesado que hasta el ruido de las cucharas parecía demasiado fuerte. Mael se paró frente a todos con esa sonrisa suya que ya nos ponía nerviosos. Hoy es un día especial", dijo, como si estuviera anunciando una fiesta. Dieguito quiere un regalo y será uno de ustedes quien se lo dé. Nos quedamos en
shock. Algunos se miraron entre ellos, otros bajaron la Cabeza tratando de no llamar la atención. Yo me quedé congelado. Mas él caminó entre nosotros pasando por las mesas, observándonos como si estuviera escogiendo fruta en el mercado. De repente se detuvo frente al niño más pequeño, el que siempre parecía temeroso. Lo señaló con un dedo. "Tú, hijo, hoy tendrás el honor de ser parte del ritual." El chamaco soltó su cuchara que cayó al suelo con un ruido seco. Comenzó a llorar, pero Maciel no lo dejó Ni protestar. Dos cuidadores lo agarraron por los brazos y se
lo llevaron mientras él gritaba y pataleaba pidiendo que lo soltaran. Nadie se movió, nadie dijo nada. Era como si nos hubieran cortado las lenguas. Esa noche nos llevaron a todos al sótano, no al cuarto del círculo, sino a otro espacio más amplio, como una especie de bodega. Había mesas largas como las que usábamos para comer, pero estaban cubiertas con mantas negras. Sobre una de las mesas había algo envuelto en una tela blanca que parecía moverse ligeramente. Mas él nos hizo formar un círculo alrededor de la mesa. Cuando empezó a hablar, su voz sonaba más fuerte
que de costumbre, como si estuviera lleno de entusiasmo. "Hoy Dieguito recibirá lo que merece. Ustedes serán testigos de este gran momento", dijo uno de los cuidadores descubrió la tela blanca y debajo de ella estaba el Niño pequeño. No diré más de cómo estaba porque se me quiebra la vida al recordarlo. Su rostro estaba hinchado de tanto llorar y su boca estaba cubierta con un trapo. Sus ojos nos buscaban suplicando ayuda, pero nadie se movió. De repente, uno de los hombres de Maciel sacó un cuchillo largo con una hoja brillante que reflejaba la luz de las
velas. empezó a recitar esas mismas palabras extrañas mientras caminaba alrededor del niño. Luego, con un Movimiento rápido, hizo un pequeño corte en el dedo índice del niño. La sangre goteaba en el suelo, formando un charco oscuro. Mas él llevó parte de la sangre que recolectó hacia el borde del pozo y la dejó caer. Por un momento no pasó nada, pero luego se escuchó un ruido como un gruñido profundo que venía desde el fondo. Era Dieguito. El niño lloraba de dolor mientras nosotros mirábamos en shock, incapaces de hacer algo. Masel regresó al círculo con las manos
Manchadas de sangre y nos obligó a arrodillarnos. Agradezcan a Dieguito por su protección, dijo. Todos repetimos las palabras que nos enseñó con la voz temblorosa y el miedo atragantándonos. Nadie se atrevía a desobedecer. Cuando terminó, Maciel ordenó que se llevaran al niño, pero nunca lo volvimos a ver. Esa noche entendí que nadie estaba a salvo. Después de esa noche, la tensión en el Internado se volvió insoportable. A ninguno de nosotros nos quedaban lágrimas. Sabíamos que el niño que se llevaron no iba a regresar. Al parecer a sus padres, quienes eran campesinos, les dijeron que el
niño se escapó y a cambio de una buena suma de dinero, esas personas no dijeron nada. Cada día era como caminar en un campo minado. A veces en el comedor o en los pasillos nos mirábamos unos a otros preguntándonos quién sería el siguiente. Nadie decía nada, pero todos lo pensábamos. Una noche, Mael nos reunió a todos en la capilla. Él tenía esa sonrisa calmada que siempre nos ponía nerviosos, como si lo que estaba a punto de pasar fuera algo completamente normal. Hoy recibirán una visita especial", dijo caminando lentamente entre nosotros. Dieguito quiere conocer a sus
elegidos más de cerca. Sentí que el estómago se me revolvía. ¿Qué significaba eso? Nos hizo sentarnos en Las bancas de madera, apretados unos contra otros, mientras él encendía unas velas alrededor del altar. Los cuidadores cerraron las puertas de la capilla con un candado. Estábamos encerrados. Maciel empezó a rezar, pero no eran oraciones normales, eran esas palabras raras que no entendíamos, como si estuviera hablando en un idioma antiguo. Mientras rezaba, sacó una pequeña caja negra y la colocó sobre el Altar. Cuando abrió la caja, había dentro lo que parecía un pedazo de carne seca, pero tenía
algo extraño. Parecía latir, como si todavía estuviera vivo. Nos ordenó que nos acercáramos, uno por uno, a mirar dentro de la caja. Yo fui de los últimos y cuando me paré frente a ella, el aire me faltó. No era carne seca, era un corazón pequeño del tamaño de un puño cerrado. Palpitaba lentamente con un ritmo que me heló la sangre. Cuando Todos regresamos a nuestras bancas, Maciel comenzó a hablar de Dieguito. Nos dijo que él vivía en el pozo porque había sido rechazado por el mundo, pero que nosotros éramos su familia ahora, que debíamos honrarlo
y obedecerlo si queríamos su protección. Entonces sucedió. Las velas alrededor del altar empezaron a parpadear y de la nada un olor horrible llenó la capilla. Era un edor agrio, como carne podrida mezclada con algo químico. Nos tapamos las Narices, pero no servía de nada. Dieguito está aquí, dijo Maciel con los brazos abiertos como si estuviera recibiendo a un invitado de honor. El clímax llegó cuando algo empezó a moverse detrás del altar. No era una sombra ni un truco de la luz, era real. Algo salió gateando, arrastrándose con movimientos torpes pero rápidos. No lo vi completo,
pero alcancé a notar que tenía manos pequeñas y nudosas con uñas largas y sucias. El cuerpo era como el De un niño deforme, pero su piel era grisácea y parecía cubierta de llagas. Lo que más me aterrorizó fueron los ojos. No eran humanos, eran negros, como si no tuvieran fondo. La cosa se detuvo en medio de la capilla, mirándonos. Sentí que no podía respirar, como si algo me estuviera apretando el pecho. Mas él se inclinó hacia la criatura y empezó a hablarle como si estuviera conversando con un viejo amigo. No entendí lo que dijo, pero
después de un Rato, Dieguito giró la cabeza hacia nosotros y emitió un ruido que no puedo describir. Era como un grito, pero no salía de su garganta, sino que parecía vibrar en el aire. Un niño a mi lado empezó a llorar y Maciel lo señaló. Él será el primero en recibir la bendición de Dieguito dijo con una calma que daba miedo. Los cuidadores agarraron al niño y lo llevaron hacia la criatura que estiró una de sus manos hacia él. El niño gritó y todos los demás cerramos Los ojos. No sé qué le hizo Dieguito, pero
los gritos del niño se apagaron de golpe. Cuando abrí los ojos, lo vi tirado en el suelo, inmóvil, mientras Dieguito regresaba gateando hacia el altar. Un día, mientras estábamos en el patio haciendo limpieza, vi una oportunidad. Había un muro bajo que daba hacia un camino. No sabía qué había del otro lado, pero era mejor que seguir en ese infierno. Fue entonces cuando le susurré Mi plan a dos amigos, Toño y Felipe. No era el más cercano a ellos, pero compartíamos el mismo miedo y eso era suficiente para confiar el uno en el otro. Esa noche,
después de la cena, esperé a que todos estuvieran dormidos. Habíamos guardado trozos de cuerda. y una vieja manta para ayudarnos a cruzar el muro. Cuando llegó el momento, los tres nos escabullimos hacia el patio. El corazón me latía tan fuerte que sentía que iba a delatarme. El primer obstáculo Fue la reja que separaba el patio de la zona donde estaba el muro. Toño encontró un palo que usó para hacer palanca y abrir un hueco lo suficientemente grande para que pasáramos. El ruido fue mínimo, pero en ese lugar todo parecía amplificarse. Cuando llegamos al muro, nos
dimos cuenta de que no iba a ser tan fácil como pensábamos. Estaba más alto de lo que recordábamos y la cuerda apenas era suficiente para ayudarnos a subir. Toño fue el primero en Intentarlo. Era ágil, pero mientras escalaba, escuchamos pasos detrás de nosotros. Ahí está, gritó una voz y supimos que nos habían descubierto. Era uno de los cuidadores. Felipe y yo empujamos a Toño para que llegara al otro lado mientras tratábamos de ganar tiempo. Fue ahí cuando lo vi. Mael, parado en la entrada del patio, con esa calma quedaba más miedo que cualquier grito. No
estaba solo. Detrás de él, arrastrándose venía Dieguito. La cosa se movía rápido, como un animal que había olido sangre. "Regresen, muchachos. No tienen por qué hacer esto difícil", dijo Maciel como si nos estuviera invitando a tomar un café. Toño logró saltar al otro lado del muro, pero Felipe y yo estábamos atrapados. Felipe me empujó hacia la cuerda. "Vete tú, yo los distraigo", dijo, aunque su voz temblaba. Quise protestar, pero no había tiempo. Mientras escalaba, escuché los gritos de Felipe. No sé qué le Hicieron, pero jamás los olvidaré. Cuando llegué al otro lado, corrí sin mirar
atrás. Corrí hasta que mis piernas no pudieron más y caí de rodillas en un camino polvoriento. Pasaron años antes de que pudiera hablar de lo que ocurrió. Toño y Felipe nunca regresaron y no supe qué pasó con los demás niños. Durante mucho tiempo viví con miedo de que alguien me encontrara, de que Maciel o su secta vinieran por mí. Intenté contar mi Historia varias veces. Fui a la policía, pero me miraron como si estuviera loco. Es el padre Maciel, decían, como si su reputación fuera suficiente para invalidar todo lo que decía. También hablé con periodistas,
pero todos los artículos que escribían nunca llegaban a publicarse. Era como si una mano invisible bloqueara todo intento de sacar la verdad a la luz. En una ocasión fui directamente a la diócesis. Me atendió un sacerdote joven que me Escuchó con cara de horror mientras le contaba todo. Cuando terminé, me miró con lástima y dijo, "Hijo, estás confundido. El padre Maciel es un santo. Me levanté y salí de ahí con el corazón lleno de rabia. La iglesia no solo sabía lo que pasaba, sino que lo protegía. Mas él siguió acumulando poder, siendo alabado como un
hombre de Dios. Mientras tanto, yo cargaba con las pesadillas, con el trauma, con el recuerdo de Felipe y Toño y los demás Niños que nunca volvieron. Afortunadamente, mi corazón encontró algo de paz años después, cuando vi en las noticias que finalmente habían empezado a salir más testimonios en contra de Marcial Maciel, no podía creerlo. Otros sobrevivientes como yo habían reunido el valor para hablar y sus historias eran iguales a la mía, abuso, manipulación, rituales oscuros. Pero lo que más me dolió fue que incluso después de todo, la iglesia siguió Encubriéndolo. Apenas lo castigaron y nunca
hubo justicia para nosotros. Hasta el día de hoy sigo siendo una sombra. Me hago llamar la víctima cero porque fui de los primeros, pero no seré el último en contar la verdad. No busco fama ni reconocimiento. Solo quiero que el mundo sepa quién fue Marcial Maciel y lo que hizo. Y aunque la Iglesia nunca admita su complicidad, yo seguiré hablando. Porque el silencio, ese sí es el verdadero pecado.