[Música] He visto tus luchas. Dame tu mano y descansa en mí. Nunca creas que estás solo o sola en la tormenta; siempre estoy a tu lado, dándote la calma, mi amado hijo, mi amada hija.
Estas luchas que estás pasando están haciendo doblegar tu carácter, y sé muy bien que te cuesta mucho. El proceso es por eso que vengo para hablar a tu corazón y a tu alma, a decirte que no luches con el proceso que estás teniendo. Déjame todas tus cargas a mí, porque yo me estoy encargando de todo.
Dame tu mano y descansa en mí. No te aflijas; todo está bajo mi control. Tú no ves los días venideros, pero yo sí sé lo que va a suceder.
Visita, hijita, te amo tanto y sé que cuestionas mucho las pruebas por lo que estás pasando. Las dudas son oportunistas, como las aves rapaces, que lo que buscan es que tu fe decaiga y te alejes de tu creador. Pero yo soy tu Dios, y te amo.
Sé muy bien que no entiendes ahora toda esta tormenta, pero lo que hoy es tu dolor, mañana será tu victoria. [Música] Sé que me buscas de madrugada y veo tu corazón humillado, arrepentido, deseando que todo pase. Mi amado hijo, masa, persevera en la oración; yo te daré la victoria.
Toma mi hombro, desahógate, confía en mí, y te repito: descansa en mí. Yo soy más grande que todo problema, que toda tormenta. Yo restauré al caído y soy tu consolador en momentos de angustias.
Ahora mismo te daré paz; recibe la aunque todo a tu alrededor se desmorone. Quiero que tu corazón no se angustie, porque yo estoy contigo. Te vas a dar cuenta que nunca me aparté de ti, que estuve obrando porque he visto tu lucha y tu perseverancia a pesar de los consejos de los necios, porque la oración de un justo puede mucho.
Te amo, hijo; te amo, hija.