Lo más oscuro del caso de Jeffre Epstein nunca salió en las noticias. Lo enterraron antes de que pudiera salir. Seguramente conoces la versión oficial que en su avión privado llevaba celebridades, políticos y empresarios a una isla perdida en el Caribe, donde los esperaban jovencitas con un perfil muy específico.
No era solo la edad, sino algo mucho más perturbador. Pero si escarvamos un poco más, descubrimos que la isla era solo la punta del iceberg, porque esto pasaba también en Nueva York, Londres, Florida, París y más. Era una red de tráfico de inocentes al servicio de la élite.
¿Cómo logró ocultarlo durante tanto tiempo? Con un sistema, uno para silenciar a las víctimas y otro para controlar a los poderosos. Esin usaba técnicas que según fuentes poco difundidas habría aprendido del Mossad, el servicio de inteligencia israelí.
Este es solo uno de los tantos detalles que casi nunca verás en los grandes medios, porque hubo mucho que intentaron enterrar. Pero hoy vamos a rescatar todo aquello que nunca se atrevieron a mostrarnos. ¿De dónde salió realmente su fortuna?
¿Por qué el sistema entero lo protegía? ¿Y de verdad se autoeliminó? ¿O alguien lo hizo desaparecer?
Y mientras avanzamos vamos a ir contando cuántos delitos cometió y por cuántos salió impune, a ver si aciertas el número al final. Jeffre Epstein nació en 1953 en Brooklyn, Nueva York, dentro de una familia judía de clase media. Su papá, Seor, era obrero y jardinero y su mamá, Paula trabajaba como asistente en una escuela.
Un amigo de la infancia de Jeffrey comentó que Paula era una madre llama de casa maravillosa a pesar de tener un trabajo de tiempo completo. Y los vecinos decían de la familia que eran las personas más amables. Jeffrey creció en un vecindario privado, tranquilo, descrito por algunos como un refugio de clase media.
Desde pequeño demostró tener mucha facilidad para las matemáticas y también para el piano clásico. Era tan inteligente que se saltó 2 grados y terminó la prepa a los 16. Tus amigos de esa época lo recuerdan como alguien dulce y generoso, aunque también callado y medio nerd.
Le decían Epi. Una amiga de la infancia lo describe como un chico promedio. Muy bueno en matemáticas, un poco pasado de peso, con pecas y siempre sonriendo.
En las fotos de esos años, según el periodista Ari Feldman, se le ve con una expresión tranquila, rasgos suaves, nada que ver con la sonrisa arrogante que mostraría después, la misma con la que acabaría siendo reconocido. Hasta ahora, la infancia de Jeffrey no tiene nada fuera de lo común. De hecho, hasta podría decirse que fue bastante tranquila, incluso agradable.
Entonces, ¿cómo alguien con una infancia así termina convirtiéndose en un depredador? Epstein entró a la universidad a estudiar fisiología matemática, pero nunca se graduó y es justo ahí, a los 21 años, donde empiezan a aparecer algunos de los primeros focos rojos. Sin haber terminado la universidad, consiguió trabajo como profesor de matemáticas en la Dalton School, una escuela privada en Manhattan, donde iban hijos de algunas de las familias más ricas del país.
Ahí varios exalumnos recuerdan que tenía comportamientos bastante inapropiados, le prestaba demasiada atención a las alumnas que eran menores de edad e incluso asistía a fiestas donde coqueteaba abiertamente con ellas. Y aquí encontramos su primer acto cuestionable sin consecuencias. En una junta de la escuela, Epstein, con lo inteligente que era, impresionó tanto al papá de uno de sus alumnos que este lo recomendó con Alan Greenberg, CEO Bear Sterns, una de las firmas de inversión más grandes y respetadas de Wall Street en ese momento.
Esa conexión cambiaría su vida para siempre, pues después Epstein fue despedido de la escuela por bajo rendimiento y Greenberg no dudó en ofrecerle trabajo en Birterns. Entró como asistente junior de un operador de bolsa, pero rápidamente destacó. tenía talento para tratar con clientes millonarios y ofrecerles estrategias para pagar menos impuestos.
Aquí encontramos su segundo acto cuestionable jugando en la línea delgada de la ilegalidad. ¿Y recibió alguna consecuencia? No, al contrario, lo premiaron, lo hicieron socio limitado.
Sin embargo, al poco tiempo metió la pata. En una de sus jugadas financieras, Epstein rompió una ley, lo que obligó a la empresa a despedirlo. Epstein fundó su propia empresa de consultoría.
A veces trabajaba para gobiernos o millonarios ayudándolos a recuperar dinero perdido en fraudes financieros y otras veces trabajaba para quienes se lo habían robado. ¿Le cayó alguna sanción? De hecho, salió beneficiado en ese negocio.
Conoció a tanta gente poderosa que solo se haría más intocable. Aquí vale la pena hacer una pausa. La infancia de Jeffrey fue, hasta donde sabemos, aparentemente normal.
Creció en una familia trabajadora, incluso cariñosa, en un vecindario tranquilo. Sus amigos lo recuerdan como alguien dulce y un alumno brillante, pero poco a poco su historia empieza a torcerse, empezando con su comportamiento con las alumnas menores. En ese momento no hubo un delito claro, nada demasiado escandaloso, pero sí señales preocupantes.
Comentarios fuera de lugar, demasiada atención a ciertas chicas, incluso asistir a fiestas donde coqueteaba con ellas. Tal vez no era ilegal, pero claramente inapropiado. Los alumnos lo notaron, lo recuerdan hasta hoy.
Y sin embargo, nadie dijo nada. Después vino su habilidad para esquivar la ley. Ber Sterns se volvió experto en encontrar vacíos legales para que sus clientes pagaran menos impuestos.
Tampoco era un crimen ni algo inusual en Wall Street, pero lo importante no es lo que hizo, sino lo que eso le enseñó, que hacer trampas y sabes cómo, además de ser válido, es premiado. Le dieron ascensos, lo hicieron socio y lo rodearon de gente poderosa. Y así con cada experiencia, Jeffrey fue entendiendo que cruzar la línea mientras no te atrapen es aceptable o incluso ventajoso.
Y que si nadie te frena, para qué detenerse. El psicólogo social Roy Baumister explica que casi todos tenemos tres ideas equivocadas sobre qué es realmente la maldad. Primero, solemos pensar que las personas son buenas o malas por naturaleza, como si eso fuera parte de su ADN.
Bajo esa lógica, alguien bueno no puede hacer nada malo y alguien malo está condenado a siempre a actuar con maldad. Segundo, solemos creer que la maldad en su mayoría viene de sociópatas o psicópatas, gente empatía, sin culpa o sin alma, como si fueran una especie aparte. Y tercero, muchas películas nos han hecho creer que la maldad surge de un solo evento traumático en la infancia, como si algo se rompiera dentro de la persona y a partir de ahí ya no hubiera vuelta atrás.
Pero Baumer dice que la realidad es mucho más compleja y para entenderla hay que romper con esas ideas. Para empezar, la gran mayoría de los actos crueles no los cometen psicópatas o sociópatas. Solo un 5% de estos casos parece venir de personas que realmente disfrutan hacer daño.
El otro 95% al parecer proviene de gente común que no se ve a sí misma como malvada ni cruel, sino que simplemente actúa por deseo, impulso o conveniencia. También deja claro que la moralidad no es algo con lo que se nace. Un bebé no sabe qué está bien ni qué está mal.
Si quiere un juguete, lo agarra. Si algo le molesta, puede morder o empujar. no lo hace por maldad, sino porque nadie le ha enseñado lo contrario.
Se sugiere que la moral se aprende con el tiempo a través de lo que enseñan los papás, los maestros y la sociedad. Y si nadie te explica que robar está mal, es probable que al crecer no lo veas como un problema. No porque hayas nacido malvado necesariamente, sino porque quizás nunca te enseñaron a distinguir.
Y además, la moralidad no solo se forma durante la infancia. No es un chip que se nos instala cuando somos niños y ya nunca nada más cambia, sino que cada decisión que tomamos, grande o pequeña, va ajustando ese compás moral. En el caso de Jeffrey, tal vez sus padres sí le enseñaron que violar la ley está mal, pero si una y otra vez vivió experiencias donde romper las reglas no solo no tenía consecuencias, sino que traía premios, entonces su brújula interna se pudo haber desviado.
No de golpe, pero sí poco a poco. Así que ser bueno o malo no es una categoría fija, no es algo que decides una vez y ya queda marcado, sino que es algo que se va construyendo con el tiempo a partir de decisiones. ¿Y qué significa todo esto?
que aunque sería más fácil etiquetar a Epstein como un simplepata, la verdad es mucho más incómoda. Es muy probable que no nació como un monstruo. Fue una persona ordinaria que con el tiempo fue cruzando límites y nunca enfrentó consecuencias y así cada vez fue cediendo un poco más a sus impulsos y como nadie lo frenaba, al contrario, lo premiaban, sigue avanzando.
Y eso es escalofriante porque si Eftstein hubiera sido simplemente un sociópata, podríamos quedarnos tranquilos pensando que fue un caso aislado. Pero si no lo era, entonces implica que muchas otras personas si supieran que jamás serían castigados, también serían capaces de hacer lo mismo. Y parece ser que eso fue lo que pasó.
Las mansiones de Epstein se convertirían en el punto de encuentro de algunos de los hombres más poderosos del mundo. Políticos, empresarios, miembros de la realeza, gente que usaba su poder, su dinero y su influencia para hacer lo que querían. con quién querían, sabiendo que nadie los iba a tocar.
Estein comenzó a trabajar con clientes cada vez más envueltos en operaciones oscuras. Uno de ellos fue Adnan Kashogi, un empresario multimillonario que en secreto ayudaba al gobierno de Estados Unidos bajo el mando del presidente Ronald Rean a enviar armas a Irán, algo que en ese momento era completamente ilegal. Pero eso no fue todo.
El dinero que Irán pagó por esas armas fue desviado por el propio presidente para financiar a los Contras, un grupo rebelde Nicaragua que intentaba derrocar al régimen, algo que también estaba prohibido por el Congreso de Estados Unidos. ¿Alguien recibió una sanción? Claro que no.
Cuando cambió el gobierno, el nuevo presidente los indultó. ¿Por qué? porque él también estaba implicado.
Otros de los clientes de Epstein también estaban metidos en estas cosas como espionaje y lavado de dinero. Además, viajaba constantemente entre Estados Unidos, Europa y el Medio Oriente, especialmente a países como Arabia Saudita e Irán, lo que nos sugiere que no era un simple asesor financiero, sino que estaba metido personalmente en esas operaciones y, por supuesto, cobrando muy bien por ello. En ese mismo periodo, Efstein le comentó a varias personas que trabajaba como agente de inteligencia.
Algunos creen que era puro invento, pero se ha encontrado que tenía un pasaporte falso con su foto, otro nombre y una dirección en Arabia Saudita. Además, periodistas como Howard, Cronin y Robertson lo vinculan directamente con el Mossat, el servicio secreto de inteligencia de Israel, conocido por espionaje, infiltraciones y eliminatos encubiertos. Según esas fuentes, Epstein se dedicaba a recolectar información comprometedora sobre gente poderosa para luego chantajearla.
Más adelante veremos que esta habilidad para obtener información sensible sería clave para construir y mantener su poder. En 1987, Estein empezó a trabajar con Steven Hoffenberg, un estafador financiero en un nuevo proyecto, Towers Financial. El modelo era el siguiente.
Convencían a la gente de invertir su dinero prometiéndoles rendimientos altísimos, pero todo era una mentira. La empresa no generaba ganancias reales, sino que solo usaban el dinero de nuevos inversionistas para pagar a los anteriores. Un esquema muy común, un esquema ponsy tal cual.
Mientras tanto, ellos se quedaban con millones, viajaban en jets privados y llevaban una vida de lujo. Cuando el fraude se destapó, se reveló como uno de los más grandes en la historia de Estados Unidos, con un robo equivalente a casi 1,000 millones de dólares actuales. Y Epstein, como había salido de la empresa unos años antes, no fue condenado por nada.
En 1988, Jeffreystein fundó su propia firma financiera, J. Epstein and Company. Según él, solo aceptaba clientes con más de 1000 millones de dólares.
Pero hay algo que no cuadra. Hasta hoy no existe ninguna prueba de esos supuestos clientes. No hay registros, contratos ni nombres, excepto uno, Leslie Wexner, dueño de El Brand, la empresa detrás de Victoriaas Secret.
Y esto es importante porque Wexner es técnicamente la única razón comprobable por la que Epstein se volvió tan rico. Probablemente obtuvo mucho más dinero a través de sus fraudes, chantajes o posibles negocios de espionaje, pero como todo eso ocurría en la sombra, Wexner es el único vínculo público ilegal con su fortuna. Epstein se convirtió en su asesor financiero de confianza, su mano derecha, y en 1991 Wexner hizo algo totalmente fuera de lo común.
Le dio poder legal total sobre su dinero, lo que significa que Epstein podía firmar cheques, comprar propiedades y tomar decisiones financieras como si fuera el dueño. ¿Y cuánto dinero ganó Epstein por trabajar con Wexner? No hay una cifra oficial, pero sí podemos hacer una estimación razonable.
Wexner tiene una fortuna cercana a los $,000 millones dó según Forbes y en el mundo financiero es común que los asesores de grandes fortunas cobren entre el 0. 5 y el 1% del total que administran cada año. Si Epstein cobraba un 1%, por ejemplo, eso serían 8 millones dó al año.
Asimismo, Wexner le transfirió propiedades de altísimo valor, incluyendo la mansión de Manhattan valorada en más de 70 millones de dólar. Pero esta no era una mansión cualquiera, era posiblemente la residencia privada más grande de todo Manhattan, ubicada entre la Quinta Avenida y Madison, una de las zonas más exclusivas y caras de todo Nueva York. Sin embargo, esta mansión se volvería el escenario de múltiples abusos, donde decenas de chicas jóvenes entrarían sin saber realmente a qué iban.
Sumando todo, se estima que Epstein ganó al menos 200 millones de dólares gracias a su relación con Wexner. Pero incluso eso se quedó corto porque cuando todo salió a la luz, Wexner declaró que Epstein lo había defraudado robándole 46 millones de dólar. A partir de su relación con Wexner, Epstein empezó a moverse en círculos cada vez más exclusivos.
Asistía a desfiles de Victoria Secret, a salir con modelos y a rodearse de figuras de alto perfil como Donald Trump, Bill Clinton y el príncipe Andrés. De hecho, Trump llegó a decir, "Jeff estupendo, es muy divertido estar con él. Incluso se dice que le gustan las mujeres hermosas tanto como a mí y muchas de ellas son bastante jóvenes, no hay duda.
Jeffrey disfruta de su vida social. Probablemente hoy daría lo que fuera por borrar esa cita. Ese mismo año en que Wexner lo convirtió en su mano derecha, Estein tuvo otro encuentro clave.
Conoció a Gislein Maxwell. Gislein era hija de Robert Maxwell, un magnate británico conocido por su estilo de vida exagerado. Mansiones, helicóptero privado, yate de lujo.
Pero detrás de toda esa opulencia había algo turbio. Cuando Robert murió, en circunstancias bastante sospechosas, por cierto, salió a la luz que había robado más de 400 millones de libras de los fondos de pensión de sus propias empresas. Mientras él llevaba una vida de excesos, dejó a miles de empleados sin los ahorros de toda su vida.
Fue uno de los escándalos financieros más grandes de la época y la familia Maxwell cayó en desgracia pública. Jislain, que había crecido rodeada de privilegios, de pronto lo perdió todo. La fortuna, el estatus y el acceso a la élite, hasta que conoció a Epstein, un hombre con dinero, conexiones y que, al igual que su padre, no tenía problema en meterse en negocios turbios.
Al principio, Epstein y Gislein tuvieron una relación romántica y ella se volvió su mano derecha en todo lo personal. organizaba su agenda, supervisaba al personal doméstico, coordinaba las fiestas y era quien le presentaba a gente influyente. A cambio, Epstein la ayudaba a mantener el estilo de vida al que siempre había estado acostumbrada.
Incluso le compró un departamento propio en Nueva York a solo unas cuadras de su mansión. Fue en esta época cuando todo empezó a ponerse realmente turbio. Aunque la mayoría asocia los abusos con la isla de Epstein, en realidad todo había comenzado mucho antes en su departamento de Nueva York, donde empezaron a definir su forma de operar.
No está del todo claro cómo inició. Lo que sí sabemos es que desde 1991 Epstein empezó a usar su poder y contactos para atraer a chicas jóvenes. Usaba su vínculo con Victoria Secret para hacerles creer que podía conseguirles trabajo como modelos.
Y claro, una vez que entraban a su departamento, ya te imaginarás lo que realmente pasaba. Sin embargo, lo que al principio eran encuentros aislados pronto se convirtió en algo mucho más perverso. Junto con Jislain armaron un sistema, un manual sobre cómo acercarse a las chicas, qué decirles y cómo ganarse su confianza.
Ya no era algo esporádico, ya era un sistema. Y no solo eso, hasta contrataron a una chica para ejecutar ese método. En los registros judiciales aparece bajo el nombre de Tiffany.
Ella misma testificó que durante 9 años de 1991 al 2000, ese fue su trabajo, reclutar chicas para Epsteen. ¿Y a quiénes buscaban? A las más vulnerables, chicas de familias rotas, con historias de abuso, adicciones o abandono, sin dinero y sin casa, o simplemente solas en la ciudad, sin nadie que las protegiera.
Eso sí, todas tenían algo en común, eran demasiado jóvenes, tanto que ni siquiera sería adecuado llamarlas jovencitas. La palabra correcta sería niñas, pero para que el algoritmo no se asuste, digamos, jovencitas y tú sabes a qué me refiero. Según el testimonio de Jane Dough, ella fue reclutada con apenas 13.
Tiffany se acercó con ella diciéndole que Jeffrey estaba buscando modelos para probar ropa o participar en sesiones de fotografía. le indicó que todo estaba bajo el sello de Victoria Secret, mencionando que podrían surgir contactos en el mundo de la moda. La entrevista informal se haría en el departamento de Epstein, donde supuestamente le darían más detalles y le enseñarían cómo prepararse.
Una vez en la mansión fue llevada a una habitación donde Epstein la obligó a hacer actos íntimos y esta fórmula la repetirían una y otra vez. Sin embargo, lo que al inicio era solo para Jeffrey pronto se convirtió en un servicio que también ofrecían a sus amigos más cercanos. Y repito, ya no era algo casual, sino una operación perfectamente organizada.
Años después se encontraron notas dentro de las propiedades de Epingam con mensajes como dice "Dice que puede estar ahí a las 2 porque tiene escuela o incluso tengo una de 6x 2 para las 4", es decir una de 12 para las 4 de la tarde. Así la mansión de Epstein se convirtió en un lugar donde hombres poderosos se reunían para cometer actos reprobables con jovencitas. Estos hombres se encargaban dejar muy claro que tenían poder, dinero y contactos y que si alguien hablaba, ellas o sus familias podrían pagar las consecuencias.
Esto siguió ocurriendo durante años hasta que en 1996 María Farmer se atrevió a denunciar. María había conocido a Epstein durante una de sus exposiciones de arte. Meses después, él le ofreció trabajo como recepcionista en su departamento de Nueva York.
Ya te imaginarás la cantidad de jovencitas que María veía entrar llevadas personalmente por Gislane. En una ocasión, Epstein le mostró las cámaras de seguridad instaladas por toda la casa. A María le llamó la atención que muchas estaban colocadas en lugares privados, baños, habitaciones y vestidores.
No parecía un sistema de seguridad normal, más bien parecía una forma de vigilar y posiblemente grabar todo lo que pasaba ahí. ¿Con qué fin? muy probablemente para tener material que pudiera usarse como presión o chantaje.
Este dato es clave para entender todo lo que vino después. Como mencionamos antes, hay una teoría que dice que antes de volverse famoso, Epstein pudo haber trabajado con el Mossat, el servicio secreto de Israel. No hay pruebas definitivas, pero varias fuentes apuntan a que pudo haber sido colaborador o informante.
¿Y por qué esto sería importante? Porque el MOSAD, como muchas agencias de inteligencia, ha sido conocido por usar un método muy efectivo para controlar a figuras poderosas. El chantaje los atraen a situaciones comprometedoras, los graban y luego usan ese material como herramienta de presión o protección.
Entonces, si Epstein realmente grababa lo que ocurría con sus invitados, esa podría ser la clave de cómo logró salirse con la subia durante tantos años. Si tenía políticos, empresarios o celebridades registrados en situaciones delicadas, les quitaba cualquier posibilidad de delatarlo y si alguno se atrevía a traicionarlo, tenía con que callarlo. En 1996, María estaba trabajando en una obra de arte que Epstein la había encargado.
Un día, mientras se hospedaba en una de sus propiedades, Jay Lane entró a su habitación y le dijo, "A Jeffrey le gustaría que le des un masaje en los pies. " A María le pareció extraño, pero no supo cómo decir que no. Luego, Efstein le pidió que se sentara junto a él en la cama.
Ella dudó, pero terminó haciéndolo. Entonces Gislane se sentó al otro lado y entre los dos empezaron a tocarla. María quería salir corriendo, pero estaba paralizada.
Mientras Epstein la manoaba, Jislain intentaba calmarla, le acariciaba el brazo y le susurraba que todo estaba bien. Después de eso, María llamó a la policía de Nueva York y al FBI para denunciar la agresión. Los agentes tomaron su declaración y parecían genuinamente preocupados, pero pasaron los días y ¿qué pasó?
Nada. Por alguna razón, la denuncia contra Epstein quedó enterrada como si nunca hubiera existido. Para el año 2000, Epstin ya era famoso en los círculos más exclusivos de Nueva York.
Aparecía en galas, escenas privadas y subastas de arte, pero había algo raro. Todos conocían su nombre, pero nadie sabía exactamente a qué se dedicaba. Deía ser asesor financiero, pero nadie podía mencionar ni un solo cliente.
En ese contexto, Vanity Fair decidió hacerle un perfil. La encargada fue Vicky Ward. Y desde el primer encuentro algo no le cuadró.
Epstein quería controlar absolutamente todo. ¿Qué fotos se usaban,? ¿Qué palabras se publicaban?
Insistía en proyectar una imagen de filántropo académico rodeado de ciencia, arte y prestigio. Pero entre más escarvaba Vicky, más inconsistencias encontraba. Hasta que un día dio con un nombre, María Farmer.
Y no solo ella, su hermana menor Annie también había sido víctima. Vicky las entrevistó y confirmó los datos y armó un reportaje sólido, pero antes de publicarlo había que seguir el protocolo periodístico, contactar a Epstein y darle oportunidad de responder. Jeffre no solo se negó, llamó al editor en jefe de Vanity Fair, Grayon Carter, exigiendo que no se publicara.
Luego llegaron los regalos. Primero una cabeza de gato muerto, después una bala. Cuando el artículo salió a la luz, las hermanas Farmer ya no estaban.
Sus testimonios habían sido eliminados y el título que quedó fue el talentoso señor Epstein. Con el tiempo, la red de abusos no solo siguió, se volvió más sofisticada. Ahora su base estaba en Palm Beach y no fue casualidad.
Palm Beach es una isla separada del resto de Florida, conectada solo por unos pocos puentes. Un lugar exclusivo, casi inaccesible, perfecto para esconder lo que realmente pasaba. Lo más inquietante es que su mansión estaba solo unos minutos de una zona mucho más humilde, el terreno perfecto para encontrar chicas vulnerables con necesidades económicas o afectivas que Epstein sabía exactamente cómo aprovechar.
Para entonces, esto ya no era solo una mujer reclutando, sino una red completa. Tenía chicas infiltradas en preparatorias de bajos recursos. Les pedían que identificaran a otras jóvenes que parecieran necesitadas.
Luego se les acercaban con una oferta. ¿Quieres ganar $200 para dar un masaje de 30 minutos? estaban desesperadas y era dinero fácil, así que muchas aceptaban.
Pero al llegar a la casa se encontraban con que en la mesa de masajes Jeffrey estaba completamente desnudo. Lo que pasaba después podemos imaginarlo. Y al final Jeffrey les decía, "Aquí están tus $200 y otros 200 para la chica que te trajo.
" Esto siguió por años hasta que en 2005 una jovencita le confesó a su madrastra que un hombre rico la había tocado. La mujer llamó a la policía y comentó que sospechaba que su hijastra no había sido la única. La policía investigó astein durante más de un año, pero en el camino Michael Riter, el jefe de la policía, notó algo preocupante.
Barry Krisher, el fiscal estatal, es decir, la persona que representa al Estado y decide qué cargos presentar, estaba siendo demasiado blando con el caso. Así que Riter decidió escalarlo y pidió ayuda al FBI. Encontraron fotos de menores, libros de sadomasoquismo y testimonios de empleados que decían que Epstein recibía masajes hasta tres veces al día.
Hallaron datos de chicas que fueron reclutadas de Sudamérica y Europa al igual que unas trillizas de 12 que fueron traídas desde Francia para el cumpleaños de Epstein y regresadas al día siguiente después de haber sido utilizadas por él. El FBI logró identificar a 34 jovencitas como víctimas directas. La policía de Palm Beach estableció que Epstein debía ser acusado de cuatro cargos por relaciones ilegales con menores y un cargo por abuso.
Michael, el jefe de la policía, estaba convencido de que lo iban a condenar. Había demasiadas pruebas. Sin embargo, Krisher, el fiscal, tomó una decisión que nadie entendía.
En lugar de presentar los cargos y llevar a Edstein a juicio, envió el caso a un gran jurado. Un gran jurado es un grupo de ciudadanos que revisa la evidencia y decide si hay pruebas suficientes para acusar formalmente. Pero este proceso que ocurre a puerta cerrada suele usarse, y todos lo sabían para suavizar los cargos o evitar condenas fuertes.
Y eso fue lo que pasó. Pero llevado al extremo, FSIN terminó acusado solo de un cargo menor por solicitud de prostitución, nada por abuso de jovencitas, aunque la gran mayoría de las víctimas eran de 14 y 15. El FBI no se quedó conforme, abrió una nueva investigación y logró presentar una acusación formal más completa, pero otra vez el caso quedó en manos del fiscal federal del distrito sur de Florida, Alex Acosta.
Y otra vez hubo un acuerdo. Efstein aceptó declararse culpable por dos cargos graves de prostitución y a Costa le otorgó inmunidad total frente a cualquier cargo criminal federal. Años después, Acosta justificó su decisión diciendo que le advirtieron que Epstein pertenecía a inteligencia, que estaba fuera de su alcance y que mejor no se metiera.
La sentencia fue una burla, solo 18 meses de cárcel y ni siquiera eso cumplió como debía. no fue a una prisión común, sino a una cárcel del condado con condiciones mucho más suaves. A las pocas semanas le dieron permiso especial para salir 6 días a la semana hasta 12 horas al día, supuestamente para ir a trabajar a su oficina.
O sea, solo dormía en la cárcel y pasaba el día fuera. Al final solo cumplió 13 de los 18 meses y fue liberado bajo libertad condicional por un año, lo que significaba que no debía salir del estado, debía registrarse como agresor carnal y no podía acercarse a menores. ¿Y qué fue lo que sucedió?
Viajaba en su jet privado, iba a sus propiedades en Nueva York y a las Islas Vírgenes. Y según testigos posteriores, volvió a hacer exactamente lo mismo, reclutar, pagar, abusar y encubrir. Y como si todo eso no fuera suficiente, Estein todavía tuvo tiempo para algo más, jugar un papel clave en la crisis financiera de 2008, esa que dejó a millones sin casa, sin trabajo y sin ahorros.
No le bastó con arruinar vidas en privado, sino también ayudó a hundir la economía global. Entre 2000 y 2007, EFSIN fue presidente de una empresa llamada Liquid Funding, que se dedicaba a prestarle dinero a bancos y otras instituciones financieras. Hasta ahí todo normal, pero bajo su dirección introdujeron una supuesta innovación.
Empezaron a aceptar otro tipo de garantías para asegurar esos préstamos. Antes se usaban activos sólidos como acciones o bonos, pero la empresa de Estein empezó a aceptar paquetes de hipotecas, o sea, deudas de personas comunes que estaban pagando su casa a plazos. La lógica era que si las personas seguían pagando mes con mes, entonces el préstamo estaba asegurado.
Pero había un gran problema. Muchas de esas hipotecas eran riesgosas otorgadas a gente que probablemente no iba a poder seguir pagando y aún así se vendían como inversiones seguras. Y entonces pasó lo inevitable.
Miles de personas dejaron de pagar sus hipotecas y esas garantías ya no valían nada. El sistema entero colapsó. Bancos quebraron, el mercado se desplomó y así empezó la crisis del 2008.
Claro que EPS no fue el único culpable, claro que no, pero sí ayudó a construir una de las piezas clave del desastre y como en casi todo lo que hacía, salió intacto. Sin nadie que lo frenara, en llevó su operación al siguiente nivel: una isla remota en el Caribe llamada Little St. James.
A bordo de su jet privado, Epstein, sus cómplices y sus invitados trasladaban a jovencitas. Algunas venían de Estados Unidos, otras de Europa y Sudamérica. Una vez en la isla, las víctimas quedaban aisladas sin forma de salir, mientras Epstein y sus invitados las usaban como parte de su entretenimiento.
¿Y quiénes eran esos invitados? Bueno, la lista sugiere que Bill Clinton, Kevin Spacey, el príncipe Andrés, Chris Talker, Alan Showwitz y muchos más. Claro que hay que decir que estar en la isla no significa automáticamente que hayan cometido un delito.
De hecho, un electricista que trabajó ahí dijo que aunque vio a varios hombres con jovencitas, también hubo quienes solo comían algo, conversaban y se iban. Lo que esta información sí revela es quiénes mantuvieron una relación con EPSin incluso después de que las acusaciones de abuso a jovencitas y su registro oficial como agresor carnal se hicieron públicas y lamentablemente también con sus abusos. Pero en 2015 algo cambió.
Virginia Roberts tuvo el valor de presentar una demanda. Afirmaba que con solo 15 había sido reclutada por Epstein y Gislane para ser una esclava carnal. La habían presionado para tener relaciones con el príncipe Andrés.
Sus declaraciones se convirtieron en noticia internacional y aunque tristemente no pasó nada en lo legal, algo muy importante sí sucedió. Muchas mujeres que vieron lo que hizo Virginia empezaron a pensar que quizá ellas también podían hablar. Fue así como en 2016 una mujer identificada como Katie Johnson presentó otra demanda relatando que a sus 13 había sido atraída a las fiestas de Epstein con promesas de dinero y una carrera de modelaje.
Y ella asegura que Donald Trump, en ese momento candidato a la presidencia de Estados Unidos, la golpeó y la forzó. Después de eso, Epsin procedió a hacer lo mismo. Esta acusación fue una bomba mediática.
El público empezó a preguntarse qué tan profundo era el alcance de los abusos de Epstein y de su círculo íntimo. Pero nuevamente la justicia no avanzó. Katie recibió tantas amenazas que se vio obligada a retirar la demanda.
Sin embargo, Julie Brown, una reportera del Miami Harald, no soltó el caso. Durante más de un año se dedicó a rastrear miles de documentos judiciales, muchos de ellos sellados o convenientemente perdidos. Encontró testimonios, reportes policiales y pruebas que en su momento nadie usó para llevar a Epstein ante la justicia como se debía.
Localizó a varias víctimas. las entrevistó y confirmó que al menos 80 jovencitas habían sido abusadas, aunque luego se estimaría que quizás fueron más. Finalmente, en 2018, Brown publicó su investigación Perversión de justicia.
Fue el punto de quiebre. El escándalo explotó y la presión pública creció tanto que la Fiscalía Federal ya no tuvo opción. reabrieron el caso.
Y ahora sí, el 6 de julio del 2019, Jeffrein fue arrestado en el aeropuerto de Teterboro en Nueva Jersey. Esta vez las acusaciones reflejaban lo que realmente había hecho. Tráfico de jovencitas.
Lo trasladaron de inmediato al Metropolitan Correctional Center en Manhattan, una prisión federal supuestamente de máxima seguridad. registraron su mansión y encontraron cientos y tal vez miles de fotos de mujeres sin ropa, algunas de esas menores. Y en una caja fuerte encontraron discos compactos con etiquetas que indicaban qué jovencita había estado con qué hombre.
Llevaban un registro detallado de cada encuentro, muy probablemente para, como ya dijimos, poder chantajear y controlar. Además, encontraron $70,000 en efectivo, 48 diamantes y un pasaporte austríaco falso. Todo listo para huir si era necesario.
Dos días después llegó la acusación formal. La pena mínima era de 45 años de cárcel. Y para alguien de 66 años como Epstein, eso era prácticamente una cadena perpetua.
Una semana más tarde, el caso estalló todavía más. Se publicaron cientos de páginas de evidencia, testimonios, registros de vuelos en su avión privado y lo más explosivo, los nombres, políticos, empresarios y figuras públicas que también estaban involucrados. El 18 de julio, Epstein intentó salir bajo fianza, es decir, quedarse en su casa mientras esperaba el juicio.
Ofreció m0000es dólares arresto domiciliario en su mansión de Manhattan y un brazalete electrónico para que lo vigilaran. Pero el juez no se lo permitió. Con su historial, sus conexiones y su dinero, estaba claro que no podían darle ni 1 centímetro para moverse.
Fue un golpe duro para Epstein, un hombre que durante años había doblado la ley a su favor, ahora se daba cuenta de que ya no tenía privilegios ni salidas. Al día siguiente, el 19 de julio, la presión pública dio resultado. Alex Acosta, ese fiscal que en aquel entonces había hecho su trabajo de manera vergonzosa y que fue premiado como secretario de trabajo de Donald Trump, se vio obligado a renunciar.
Unos días después ocurrieron una serie de circunstancias muy particulares. Cuando Epstein fue llevado a la cárcel, se había establecido que tendría un compañero de celda y que los guardias debían revisarlo cada 30 minutos. Pero la noche del 9 de agosto, su compañero fue trasladado y nadie ocupó su lugar.
Además, los guardias se quedaron dormidos durante casi 3 horas y más tarde falsificaron los reportes para encubrirlo. Por si fuera poco, dos cámaras frente a la celda dejaron de funcionar y una tercera tenía el material dañado. A la mañana siguiente, el 10 de agosto, mientras repartían el desayuno, encontraron a Epstein inconsciente en paro cardíaco.
Estaba de rodillas con un pedazo de sabana atado al cuello. Lo llevaron al hospital donde fue declarado muerto a las 6:39 de la mañana, pero ni siquiera su muerte fue manejada correctamente. movieron el cuerpo sin tratar la celda como una escena del crimen como exige el protocolo.
Ni siquiera lo fotografiaron tal como lo encontraron. Todas estas irregularidades, los guardias dormidos, los reportes falsificados, las cámaras que fallaron, el protocolo que no se siguió, han alimentado las teorías de que Epstein no se autoeliminó, sino que fue eliminado. Y no sería tan descabellada esta teoría, porque su muerte definitivamente beneficiaba a muchos.
Epstein tenía información sobre hombres poderosos, con dinero, influencia y mucho que perder. y todo salía a la luz. Con su muerte ya no habría juicio, ni más nombres, ni más testimonios.
El caso podía cerrarse sin más consecuencias. Y hay un detalle más que alimenta las dudas. Epstein fue la primera autoeliminación registrada en el Metropolitan Correctional Center en 14 años.
La forensa oficial de Nueva York, Barbara Samson, hizo la autopsia y concluyó que fue una muerte por ahorcamiento resultado de una autoeliminación. Pero Michael Biden, exjefe forense de la ciudad, no estuvo de acuerdo. Michael había participado en casos de alto perfil como el juicio de OJ Simpson y las investigaciones de los asesinatos de John F.
Kennedy y Martin Luther King Jr. Según él, las fracturas en el cuello eran más consistentes con estrangulamiento que con ahorcamiento. De hecho, afirmó que en más de 1000 autoeliminaciones en prisión que había revisado, nunca había visto tres fracturas como esas.
También señaló que la herida en el cuello estaba en el centro, no bajo la mandíbula, como suele ocurrir en los ahorcamientos. La marca era más delgada que la sábana supuestamente usada y había sangre en el cuello, pero no en la sábana. Otros expertos, incluidos cirujanos del Emer University Hospital, lo refutaron.
Argumentaron que ese tipo de fracturas sí pueden ocurrir en una autoeliminación, especialmente en personas mayores, porque el hueso y oídes es frágil. Además, dos días antes de morir el 8 de agosto, Epstein firmó su testamento final, lo que podría indicar que se estaba preparando para ponerle fin a todo. Sin embargo, para otros, esto sugiere que sabía que algo iba a pasar y quiso dejar todo resuelto antes de que ocurriera.
Epstein se autoeliminó o alguien se encargó de eliminarlo. La historia de Epstein se volvió mediática no solo por lo que hizo, sino por quienes estaban involucrados, políticos, empresarios y celebridades. Si no hubiera sido por esos nombres de alto perfil, quién sabe si alguien lo hubiera investigado o detenido.
Quizás hoy seguiría haciéndolo. La dura realidad es que hay muchísimas mujeres viviendo lo mismo, pero como no sucede en islas privadas ni en mansiones de Manhattan, sino en casas normales, oficinas y escuelas, como no hay famosos ni titulares escandalosos, el abuso simplemente pasa desapercibido. Nadie investiga, nadie se indigna y nadie lo detiene.
Según la ONU, casi una de cada tres mujeres en el mundo, unas 736 millones, ha sufrido violencia física o carnal en algún momento de su vida. UNICEF calcula que más de 370 millones de pequeñas han sido víctimas de abuso carnal en su infancia. En Estados Unidos ocurre una agresión carnal cada 68 segundos.
En México, solo en 2021, se registraron 1. 7 millones de delitos carnales contra mujeres, lo que equivale a 243 intimaciones al día. Sin embargo, estas cifras son apenas la punta del iceberg, porque la mayoría de las víctimas ni siquiera denuncia.
Sería fácil y hasta cómodo etiquetar a Epstein como un sociópata inhumano o una anomalía, pero viendo las cifras es evidente que no fue una excepción. Sin embargo, como vimos antes, las personas que hacen daño no nacen así. Sí pueden tener mal manejo de emociones, falta de empatía o impulsos peligrosos, pero eso por sí solo no basta para convertirse en abusadores.
Lo que parece más fundamental es que cruzan una línea y nadie dice nada. Cruzan otra y los premian. Cruzan una más y entienden que pueden hacer lo que quieran sin consecuencias.
Porque la moralidad se aprende y hoy con nuestro silencio, nuestra indiferencia y la impunidad que dejamos pasar, lo que muchas veces se aprende no es empatía ni respeto, sino que la violencia funciona y que se puede repetir sin freno. Esto no es en lo absoluto una justificación de lo que hizo Epstein. La responsabilidad de sus decisiones y actos recae en él.
Pero si como sociedad de verdad queremos evitar que casos así se repitan, entonces tenemos que cambiar las condiciones que los hacen posibles.