En un mundo lleno de misterios y lo desconocido, hay eventos que desafían la lógica y la comprensión humana. Los encuentros con seres de otro mundo y fenómenos inexplicables nos llevan a cuestionar nuestra realidad y los límites del universo. Este capítulo reúne una serie de testimonios y relatos reales de personas que presenciaron lo desconocido.
Ya comenzamos: desde su infancia, Cyrus Thorn había encontrado en los bosques que rodeaban la granja de su abuela un refugio y un lugar de aventuras interminables. Siempre acompañado por su hermano mayor, recorrieron los senderos ocultos entre los pinos y los robles, construyendo fuertes con ramas caídas y creando historias que los transportaban a mundos lejanos. Aquella tierra se había convertido en una extensión de su ser, compartida en risas y juegos con su familia.
Cuando su hermano falleció, el dolor fue inmenso. Sin embargo, el bosque seguía siendo un consuelo, un lugar donde podía recordar los momentos felices de su infancia, al caminar solo por los senderos, dejándose llevar por la nostalgia y los recuerdos. Pero nunca había esperado que aquellos bosques, tan familiares y seguros, pudieran convertirse en el escenario de una experiencia aterradora e inexplicable.
Una tarde, decidió aventurarse más allá de lo habitual, buscando un antiguo roble partido por un rayo que se encontraba cerca del río. El sol se filtraba a través de las copas de los árboles, creando un patrón de luces y sombras que bailaban a lo largo del sendero. Aunque el camino le parecía más largo de lo que recordaba, no pensó mucho en ello y continuó avanzando.
Al llegar al río, Cyrus escuchó, por un breve instante, el murmullo del agua y los sonidos habituales del bosque. Sin embargo, de repente, todo quedó en un silencio absoluto. La brisa se detuvo, los pájaros callaron y no se escuchó ni el más mínimo ruido de animales; era como si el bosque entero estuviera conteniendo la respiración.
Miró a su alrededor con ansiedad, sintiendo una presencia opresiva en el aire. El bosque, que siempre había sido su santuario, ahora le parecía un lugar oscuro y desconocido. A medida que la sensación de pavor crecía, escuchó de repente un alboroto cercano.
Un urogallo salió disparado de entre los arbustos, cacareando ruidosamente. La repentina explosión de sonido le hizo reír nerviosamente, aliviado por la ruptura del silencio. Decidió continuar explorando la zona, tratando de recuperar la calma.
Aunque el bosque volvió a aparecer menos amenazante, no podía sacudirse del todo la sensación de que algo extraño había ocurrido. Después de un rato, regresó a casa, pero aquella noche tuvo una pesadilla que revivió la inquietud que había sentido en el bosque. En el sueño, se encontraba mirando por la ventana de su dormitorio, que daba al bosque.
La oscuridad parecía avanzar hacia él, presionando contra él, y las siluetas de los árboles se torcían en formas siniestras. Sentía que algo lo observaba desde la espesura. Despertó sobresaltado, con la misma sensación de ser observado que había tenido en el bosque.
A la mañana siguiente, Cyrus decidió volver al antiguo roble partido, esperando encontrar respuestas o, al menos, tranquilidad. Después de un desayuno rápido, salió de la casa y se dirigió al bosque, siguiendo el sendero que lo llevaba al roble partido por el rayo. Los colores vibrantes de las hojas otoñales y el fresco aire matutino lo acompañaban mientras avanzaba.
Sin embargo, la sensación de inquietud que había experimentado la noche anterior seguía latente en su mente. Al llegar al antiguo roble, Cyrus escaló las ramas inferiores, disfrutando del estiramiento y la tensión de sus músculos. Desde su posición elevada, podía ver el bosque extendiéndose a su alrededor, una vista que siempre le había brindado paz.
Pero esta vez, algo llamó su atención: a unos 3 metros de distancia, en la base de otro árbol, yacía una figura extraña. Con el corazón latiendo con fuerza, Cyrus sacó sus binoculares para obtener una mejor vista. Lo que vio lo dejó sin aliento: la figura parecía un ser humanoide, pero con características claramente inhumanas.
Vestía un traje militar desgarrado y sus extremidades delgadas, dobladas en ángulos extraños, culminaban en pies anchos y casi palmeados. Su piel, de un tono verde amarillento y rugosa como la de un lagarto, reflejaba la luz del sol que se filtraba entre las ramas. Aún más perturbador era su rostro liso, sin pelo, con enormes ojos negros que ocupaban la mayor parte de su cara.
Esos ojos oscuros y profundos miraban directamente a Cyrus, como si pudieran ver a través de él. La criatura tenía una boca pequeña y estrecha, con dientes amarillentos y afilados que se asomaban desde su interior. Sus largos y delgados dedos terminaban en garras que parecían ser tanto armas como herramientas.
Cyrus sintió un terror paralizante, incapaz de apartar la mirada de aquellos ojos penetrantes. La criatura no mostró señales de agresión, solo una tristeza infinita. Mientras se acurrucaba sobre sí misma, parecía herida: un líquido verdoso que Cyrus supuso era su sangre manchaba su traje.
Cerró los ojos y quedó inmóvil. Después de lo que le pareció una eternidad, Cyrus se armó de valor para descender del árbol con cuidado de no acercarse demasiado a la criatura en el suelo. Corrió de vuelta a la casa, su mente inundada de preguntas.
Había sido testigo de algo real; estaba en peligro. Tomó un botiquín de primeros auxilios y una cámara vieja, dándose cuenta de que había dejado su cámara buena en el árbol. Regresó al lugar lo más rápido que pudo, pero la criatura había desaparecido sin dejar rastro.
Lo único que quedaba era un círculo perfecto de tierra chamuscada y vegetación humeante. Cyrus sacó fotos del área quemada, buscando pruebas que confirmaran lo que había visto. El círculo de tierra calcinada parecía un claro testimonio de la presencia del extraño ser.
Se preguntó si había aterrizado allí la noche anterior, causando sus pesadillas. ¿Había venido a buscarlo? Era él el único humano que había encontrado con.
. . El tiempo Cyrus investigó sobre el área y descubrió que no era el primer avistamiento de este tipo en la región.
Leyendas locales hablaban de criaturas que aparecían en los bosques, describiéndolos como los guardianes verdes o los Espíritus del Bosque. Aunque muchas de estas historias eran consideradas mitos, Cyrus no podía ignorar las similitudes con su experiencia. Aunque nunca encontró una explicación definitiva, Cyrus continuó visitando el lugar, esperando encontrar respuestas.
El círculo quemado permaneció estéril y los animales evitaban la zona. A veces, Cyrus sentía que algo lo observaba desde el borde del círculo, recordándole que aún había misterio sin resolver en el bosque que tanto amaba. Por ahora, la verdadera naturaleza de la criatura avistada por Cyrus sigue siendo un misterio.
John Hathaway, un experimentado guía de expediciones juveniles, había pasado más de dos décadas llevando a jóvenes a aventuras en la naturaleza, con una calma y racionalidad que inspiraban confianza. Hathaway había ganado el respeto y la admiración de innumerables adolescentes y sus familias. Sin embargo, había un incidente que, incluso después de 10 años, todavía le causaba inquietud.
Este recuerdo resurgía cada vez que un nuevo grupo votaba por visitar aquel bosque particular, conocido por su misterioso pasado. Ese año, el grupo estaba compuesto por 12 chicos llenos de energía y emoción. Habían elegido por unanimidad el lugar más infame y supuestamente encantado de la región.
Hathaway aceptó el desafío con una sonrisa, aunque una sensación de desasosiego se instaló en su pecho desde el inicio del viaje. El día comenzó con el grupo desembarcando en una zona remota del bosque, un lugar envuelto en un aire de misterio. Los altos y antiguos árboles parecían guardar secretos en sus sombras, y el silencio era casi palpable.
Los chicos, ajenos a las preocupaciones de Hathaway, se sumergieron en las actividades de campamento, recogiendo leña, montando tiendas de campaña y compartiendo historias de fantasmas alrededor de la fogata. El primer día transcurrió sin incidentes, pero la noche trajo consigo una quietud extraña. Los cantos de los grillos y los susurros del viento en las hojas cesaron, dejando una calma inquietante que hizo eco en las leyendas del lugar.
Hathaway, acostumbrado a las travesuras y bullicio de los campamentos juveniles, notó la diferencia de inmediato. Esa noche, su colega debía llegar a las 10, pero nunca apareció, dejando a Hathaway con la responsabilidad de velar por el grupo. Decidió mantenerse despierto, recostado contra un gran árbol, atento a cualquier peligro.
La noche avanzaba lentamente y, justo cuando comenzaba a adormecerse, un destello azul iluminó el cielo, haciéndolo sobresaltarse. Una esfera luminosa descendió entre los árboles y, sin dudarlo, Hathaway se levantó para investigar, dejando a uno de los chicos como vigilante del campamento. Con una linterna en mano, Hathaway siguió el rastro de luz hasta llegar a un claro.
Al aproximarse, un zumbido doloroso llenó el aire, obligándolo a arrodillarse. Cuando el zumbido cesó, se encontró con la nariz sangrando, pero decidió continuar, utilizando su linterna para iluminar su camino. La luz de la linterna reveló figuras humanoides altas que descendían de los árboles, apenas visibles hasta ser iluminadas.
Estas criaturas recordaban al monstruo del cine de los 80, "Depredador". Sin embargo, había muchas de ellas, todas convergiendo hacia la esfera azul que ahora estaba apagada. Hathaway observó con horror mientras una nave de forma discoidea y brillante apareció entre las copas de los árboles.
Las criaturas, comunicándose con rápidos clics agitados, parecían molestadas por su presencia. La nave, emitiendo un zumbido ensordecedor que hizo sangrar sus oídos, se elevó rápidamente, dejando un rastro de luz azul. Hathaway dio por concluido el conocimiento.
Cuando despertó al amanecer, estaba rodeado por los chicos, todos preocupados por él. Los chicos, aliviados de ver a John Hathaway despertar, lo ayudaron a levantarse. Aunque físicamente estaba bien, su mente seguía procesando lo que había presenciado la noche anterior.
Decidido a no alarmar al grupo, Hathaway optó por no compartir todos los detalles de su experiencia. Sin embargo, la inquietud persistía. Los días siguientes transcurrieron sin incidentes, pero el guía no podía dejar de pensar en las criaturas y en la nave que había visto.
Cada noche, sus sueños estaban plagados de esos seres altos y de los clics rápidos y agitados con los que se comunicaban. El guía recordó una película de los años 80, "Depredador", en la que un ser alienígena cazaba en la jungla, utilizando tecnología avanzada para hacerse invisible. Aunque las criaturas que había visto no eran agresivas, la similitud en su apariencia y su capacidad de moverse silenciosamente entre los árboles era innegable.
En su búsqueda de respuestas, Hathaway contactó a un investigador de fenómenos paranormales que había trabajado en casos similares. El investigador le explicó que, aunque no había una explicación definitiva, las teorías más aceptadas incluían la posibilidad de que estos seres fueran exploradores extraterrestres o entidades de una dimensión paralela. A su regreso del campamento, Hathaway documentó minuciosamente todo lo que había visto y escuchado.
Su informe detallado incluía dibujos de las criaturas y el círculo de luz azul, así como descripciones de los clics y la nave. Esperaba que su experiencia pudiera contribuir a una mayor comprensión de estos fenómenos, y que algún día las piezas del rompecabezas encajaran para revelar la verdad detrás de los hombres resplandecientes. Ahora vamos con el caso de Miles Donovan, quien había vivido numerosas aventuras en su juventud, pero ninguna era tan memorable como las visitas clandestinas a una instalación de investigación abandonada en Epsilon Prime.
Este lugar había sido el telón de fondo de las escapadas secretas que compartía con su madre; ella, una mujer curiosa y audaz, le había mostrado esos pasadizos oscuros y prohibidos, alimentando su amor por el misterio y lo desconocido. Las exploraciones eran su secreto, un vínculo especial que nunca compartieron con su padre, manteniendo las expediciones como simples aventuras entre madre e hijo. Dos décadas después de aquellas visitas y cinco años después de la muerte de su madre, Miles sintió.
. . Un impulso irresistible de regresar a esos corredores olvidados.
Las autoridades habían reforzado las barreras para evitar el ingreso de curiosos, pero algo en su interior lo llamaba de vuelta. La noche era perfecta para la incursión oscura y silenciosa, con la promesa de recordar tiempos más simples. Armado con una linterna y su determinación, Miles atravesó el denso bosque, sorteando las enormes raíces de los árboles que formaban una maraña en el suelo.
El aire estaba cargado de una fetidez que reconoció al instante: una mezcla de mugre y maquinaria oxidada que siempre había impregnado el lugar. Llegó a la entrada del edificio, ahora aún más sombría que en sus recuerdos. El interior de la instalación estaba en peor estado que lo que Miles recordaba.
Los soportes metálicos estaban corroídos y el suelo, cubierto de polvo y escombros, crujía bajo sus pies. La linterna iluminaba el camino, pero la oscuridad parecía engullir la luz, creando sombras que se retorcían y bailaban en las paredes agrietadas. Los ecos de sus pasos resonaban, amplificando el sentimiento de soledad y peligro.
Con cada paso, los recuerdos de sus aventuras con su madre se mezclaban con una creciente sensación de inquietud. Mientras exploraba uno de los pasillos principales, escuchó un ruido extraño, un eco distante que no lograba identificar. Parecía venir de las profundidades de la instalación, más allá de donde había llegado en sus visitas anteriores.
Decidido a descubrir el origen del sonido, Miles avanzó con cautela. El ruido se hacía más claro: un golpeteo rítmico, interrumpido por susurros apenas audibles. Era como si algo o alguien estuviera esperando en las sombras, observándolo.
Su piel se erizó y un sudor frío le recorrió la espalda. La linterna comenzó a parpadear, aumentando su ansiedad. De repente, el golpeteo cesó y fue reemplazado por un silencio opresivo.
Miles se detuvo, conteniendo la respiración, y escuchó atentamente, tratando de captar cualquier sonido que pudiera darle una pista de lo que estaba ocurriendo. Entonces, un goteo constante comenzó a resonar, como agua cayendo en una superficie muy profunda. Miles decidió seguir el sonido del goteo, moviéndose lentamente hacia una sección de la instalación que no recordaba haber explorado antes.
Mientras avanzaba, la fetidez se intensificaba, haciéndolo toser y cubrirse la boca con un pañuelo. Al girar una esquina, vio algo que lo hizo detenerse en seco: una puerta parcialmente abierta, de la que emanaba una débil luz verdosa. Se acercó con cautela, empujando la puerta, que chirrió ligeramente.
La habitación que encontró al otro lado era pequeña y estaba llena de equipos que parecían haber estado fuera de servicio durante décadas. Sin embargo, en el centro de la habitación había una figura encorvada, apenas visible en la penumbra. Miles retrocedió, su corazón latiendo con fuerza mientras observaba.
La figura se movió lentamente, girando la cabeza para mirarlo. La luz verde iluminó brevemente un rostro pálido y anguloso, con ojos negros que reflejaban la luz de su linterna. Miles sintió un pánico creciente y su instinto fue huir, pero algo en la mirada de la criatura lo mantuvo en su lugar, congelado por el miedo y la curiosidad.
La criatura se enderezó, revelando un cuerpo esquelético cubierto por una piel translúcida. Lentamente, comenzó a avanzar hacia él con movimientos torpes y arrastrando los pies. El goteo constante se intensificó y Miles se dio cuenta de que el sonido venía de un líquido viscoso que caía de la criatura, formando charcos en el suelo.
Aterrorizado, Miles retrocedió lentamente, intentando no hacer ruido. La criatura se detuvo, como si sintiera su miedo. En ese momento, un ruido ensordecedor de metal rasgándose resonó por el pasillo detrás de él.
Se giró rápidamente y vio otra figura emerger de las sombras, moviéndose con una velocidad sorprendente. Miles no esperó más; se dio la vuelta y corrió por el pasillo, su linterna parpadeando furiosamente. Podía escuchar los pasos pesados de las criaturas detrás de él, cada vez más cerca.
Con el corazón en la garganta, logró encontrar la salida de la instalación y se lanzó al bosque, corriendo sin detenerse hasta llegar a su campamento. A medida que se alejaba de la instalación, el sonido de los pasos de las criaturas disminuyó hasta desaparecer por completo. Miles se detuvo, jadeando y tratando de recuperar el aliento.
Se giró, esperando ver alguna señal de que estaba siendo seguido, pero no vio nada. Con una mezcla de alivio y persistente inquietud, continuó su camino hacia el campamento. Al llegar, encendió una pequeña fogata y se sentó, tratando de calmarse.
No hacía falta decir que Miles nunca regresó a ese lugar, temeroso de encontrarse nuevamente con aquellas criaturas de apariencia extraterrestre. Ahora vamos con el caso de Emma Hartley, quien siempre había llevado una vida tranquila en las afueras de Brighton, una pintoresca ciudad costera en el sur de Inglaterra. Su hogar, una casa antigua y acogedora, se encontraba en un barrio tranquilo donde todos se conocían.
A sus 35 años, Emma era una mujer independiente y reservada, dedicando su tiempo libre a la jardinería y la lectura. Una noche, después de una larga jornada de trabajo, Emma se preparó para dormir. La casa estaba en silencio, con su madre descansando en la habitación de al lado.
Emma se acomodó en su cama, dispuesta a disfrutar de una noche tranquila. Sin embargo, su tranquilidad fue abruptamente interrumpida. Se despertó en mitad de la noche, su cuerpo completamente paralizado.
Al principio pensó que estaba en medio de una pesadilla, pero la sensación era demasiado real. Emma intentó mover sus extremidades, pero era imposible; estaba atrapada en su propio cuerpo, con los músculos rígidos y la mente en pánico. Sentía una presión abrumadora sobre su pecho, como si algo estuviera sentado encima de ella.
Luchó por recuperar el control, concentrándose en mover sus dedos, pero apenas logró un leve temblor. A medida que el pánico se intensificaba, Emma vio una presencia en la habitación; un susurro áspero y un aliento caliente en su oído la hicieron. .
. Estremecer intentó girar la cabeza, pero fue en vano. Su garganta se sentía comprimida, como si unas manos invisibles la estuvieran estrangulando.
La sensación de ser tocada era inconfundible y profundamente perturbadora; era como si algo la estuviera invadiendo, explotando su vulnerabilidad con cada pequeño movimiento que lograba. Emma se sentía un poco más consciente. Poco a poco, empezó a mover ligeramente los dedos de los pies y de las manos.
La batalla por recuperar el control de su cuerpo era agotadora y desesperante. Justo cuando pensaba que la situación no podía empeorar, sintió una respiración gélida en su oreja izquierda, seguida de un gruñido bajo y gutural. Desesperada por liberarse, Emma logró mover su cabeza lo suficiente para vislumbrar la sombra de una figura alta y delgada, con una cabeza alargada y ojos brillantes que la observaban fijamente.
La criatura, que parecía una mezcla entre un lagarto y un humano, tenía una piel escamosa y verdosa que se mimetizaba con el entorno, haciéndola casi invisible. Emma sintió una oleada de terror al comprender que estaba frente a un ser reptiliano. A medida que la parálisis comenzaba a desvanecerse, Emma usó toda su fuerza para emitir un gruñido y barbotar obscenidades a la criatura.
En su mente, se enfrentaba a ella, desafiándola. La criatura pareció reaccionar a su resistencia, retrocediendo ligeramente. Emma sintió un leve alivio, pero la presión alrededor de su garganta seguía siendo intensa.
Con cada segundo que pasaba, Emma recuperaba más movilidad; al fin pudo levantar una mano y empujar con fuerza hacia el lugar donde creía que estaba la criatura. Sintió resistencia y luego nada. La criatura se movió rápidamente hacia el pie de la cama, donde una tenue luz de la calle entraba a través de una rendija en las cortinas.
Emma observó, con los ojos muy abiertos, cómo la figura empezaba a desvanecerse, sus piernas y pies desapareciendo en la luz, como si fueran absorbidos por ella. Cuando la criatura finalmente se desvaneció por completo, Emma quedó tendida en la cama, temblando y jadeando por aire. La sensación de las manos alrededor de su garganta permaneció, un recordatorio inquietante de la experiencia.
Sabía que lo que había ocurrido no era una simple alucinación o un sueño; había sido real, y la marca que había dejado en su mente y cuerpo no desaparecería fácilmente. A la mañana siguiente, Emma se levantó con una sensación de irrealidad. Su madre, ajena a lo ocurrido, la saludó con una sonrisa mientras preparaba el desayuno.
Emma, aún conmocionada, decidió no contarle nada por miedo a preocuparla, pero sabía que no podía ignorar lo que había pasado; necesitaba respuestas. Durante el día, Emma trató de continuar con su rutina habitual, pero la sensación de ser observada no desapareció. Decidió investigar más sobre lo que había visto.
Buscó en línea y encontró numerosos relatos de encuentros con seres reptilianos, muchos de los cuales coincidían con su propia experiencia. Los testigos describían a los reptilianos como criaturas altas y delgadas, con una apariencia similar a la de un lagarto. Sus cuerpos estaban cubiertos de escamas verdes o marrones, y sus ojos, a menudo descritos como hipnóticos y siniestramente inteligentes, parecían capaces de ver a través de las personas.
Estos seres también tenían la capacidad de volverse casi invisibles, mezclándose perfectamente con su entorno. La verdadera naturaleza de la criatura que atacó a Emma aquella noche sigue siendo un enigma. Por ahora, este misterio permanece sin resolver.
Con esto concluimos el capítulo de esta noche. ¡Hasta pronto!