[Música] Quiero que entiendas algo. Antes de que sigas escuchando, tengo que comunicarme en códigos y claves porque esta plataforma me silenciará, al igual que estos desgraciados del gobierno, y los que controlan este maldito mundo no quieren que se sepa la verdad. Ya lo han hecho antes; me han silenciado, me han amenazado, pero hoy no.
Hoy voy a hablar. Sé que conoces el evento ese que cambió al mundo para siempre. Un día como hoy; no necesito decir cuál, porque todos lo recuerdan; todos vieron los noticieros, el desastre y las muertes.
Creyeron que sabían lo que pasó, lo que había detrás. Creyeron que eran ciertos grupos extremistas, fanáticos de otro lado del mundo, pero eso es solo una parte de la verdad. Hay algo más, algo mucho más oscuro, algo que viene de más allá de nuestra comprensión, no de este mundo, no de esta dimensión.
Hoy voy a destapar todos los secretos, las conspiraciones, las criaturas que se mueven en las sombras del poder. Todo sale a la [Música] luz. Soy Rudolf Harmat Robinson; fui jefe de gabinete de la Casa Blanca hasta la mitad del mes de septiembre de 2001.
En mi lugar entró Andrew Car; entré al cargo el 20 de enero de 2001, justo cuando Bill Clinton dejaba su puesto y George W. Bush asumía como presidente. Desde el primer día sabía que mi responsabilidad era colosal.
Mi trabajo era asegurarme de que la administración de Bush funcionara como un reloj, manteniendo el orden y coordinando las operaciones diarias, siendo el puente entre el presidente y los departamentos y agencias del gobierno. Esos años no fueron nada fáciles; fueron tiempos de decisiones críticas, de momentos que definirían no solo a una administración, sino el curso del país entero. Cada decisión que se tomaba debía ser medida con cuidado, porque lo que decidíamos no solo afectaba a nuestra nación, sino a todo el mundo.
Era como si camináramos en un terreno del cual pocos tenían idea, pero lo que nunca esperé encontrar fue la verdad oculta que me golpeó como un maldito tren en movimiento. A nosotros, el equipo de Bush, nos cayó como un balde de agua fría enterarnos de que la administración anterior, la de Bill Clinton, había mantenido acuerdos con entidades que no son de este mundo. "Relación seria" es una forma suave de describir lo que tenían; se trataba de un pacto, un tratado oscuro, con seres que no pertenecen a este plano de existencia.
Y cuando Bush llegó al poder, esos seres quisieron que continuáramos el trato como si nada hubiera cambiado. Ese fue el comienzo del desacuerdo, y ese desacuerdo desató una serie de eventos catastróficos que el mundo nunca ha entendido del todo, pero yo lo viví. Lo perdí todo: mi familia, mi fe, y hoy, después de tantos años, estoy listo para contar la verdad que nadie se atrevió a revelar.
Es hora de que sepan lo que realmente pasó. La primera semana como jefe de gabinete de la Casa Blanca fue, en apariencia, normal. Cada día comenzaba mucho antes de que el sol siquiera asomara por el horizonte.
Mi rutina estaba marcada por la necesidad de revisar los informes de seguridad y los memorandos de política que habían llegado durante la noche. Eran documentos con información vital que debía ser transmitida al presidente con la mayor precisión y concisión posible. Mi trabajo consistía en filtrar lo crucial de lo trivial, en priorizar lo que podría determinar el curso del país y en asegurarme de que el presidente estuviera al tanto de cada detalle necesario.
Después de una serie de reuniones con el personal clave, en mi oficina caminaba hacia el despacho oval para nuestra reunión matutina. Este diario era esencial para establecer la agenda del día, discutir las prioridades inmediatas y planificar las respuestas a cualquier crisis potencial. Cada segundo contaba; cada decisión, cada palabra, podía tener repercusiones de largo alcance.
Mi tarea era garantizar que el presidente siempre estuviera preparado, bien informado y listo para enfrentar cualquier desafío. La coordinación y la claridad eran mis herramientas más valiosas, y me aseguraba de que cada miembro del equipo entendiera su rol y estuviera alineado con los objetivos de la administración. Los días estaban llenos de reuniones interminables con asesores, secretarios del gabinete y líderes del Congreso.
A veces parecía una danza sin fin, donde cada paso en falso podía significar el caos. Como enlace entre el presidente y estos grupos, mi papel era facilitar el flujo de información, desactivar cualquier bomba política antes de que estallara y asegurarme de que las directivas del presidente se comprendieran y ejecutaran al pie de la letra. Había pasado apenas una semana cuando algo ocurrió.
Un día, al final de una jornada agotadora, fui llamado al despacho oval. Era tarde. La mayoría del personal ya se había retirado o estaba de camino a casa.
Mientras me acercaba a la puerta, noté que el ambiente se sentía pesado, cargado de algo más allá del cansancio habitual. Al entrar, vi al presidente Bush sentado tras su escritorio; su rostro estaba pálido, los ojos desorbitados. Parecía haber visto un fantasma.
El aire en la habitación estaba cargado de una tensión que no podía describir. Rudolf comenzó con una voz que no había oído antes, una mezcla de temor y urgencia. "No vas a creer lo que te voy a contar".
Me acerqué, mi mente tratando de anticipar qué podía haber pasado. "Señor, ¿qué ha ocurrido? ", le pregunté, manteniendo mi compostura.
"Esto no puede salir de esta sala", me advirtió, su voz bajando a un susurro que apenas pude escuchar. "Es de suma confidencialidad". "Señor, puede confiar en mí", respondí, intentando calmarlo, aunque por dentro mis pensamientos se desbordaban con posibilidades y escenarios.
Fue entonces, en ese momento, cuando mi mundo y todo lo que creía conocer sobre política, poder y realidad comenzó a desmoronarse. Fue ahí cuando me introdujeron en este mundo de lo inexplicable, un mundo donde las cosas no eran lo que parecían. Donde las conspiraciones no eran meros rumores de locos en internet, sino amenazas tangibles que podían alterar el curso de la historia misma, el presidente estaba visiblemente agitado.
Se pasó la mano por el rostro sudoroso y tembloroso, como buscando encontrar una calma que no llegaba. Me miró a los ojos y, por un segundo, vi a un hombre derrotado, atrapado en algo mucho más grande de lo que cualquier ser humano debería soportar. "He sido visitado por unos.
. . en realidad, no sé cómo llamarlos", empezó a decir, su voz apenas un susurro.
Le noté el temblor en las manos. "Señor, cálmese y respire", le aconsejé, tratando de mantener la compostura. Este no era el Bush que yo conocía.
El presidente tragó saliva y continuó, sus palabras saliendo atropelladas, como si tuviera miedo de pronunciarlas. "Me dijeron que ellos son reptilianos, provenientes del sistema estelar de Alfa Drconis, y que quieren continuar con el tratado de cooperación interdimensional Clinton-Sa Thor". Me quedé mirándolo, tratando de procesar lo que acababa de oír.
"Reptilianos, Alfa Drconis. . .
esto sonaba a locura". Pero Bush siguió hablando, como si cada palabra fuera un ladrillo más en el muro del horror que estaba construyendo. "Rudolf, según ellos, Bill Clinton acordó un intercambio de tecnología y armamento de origen extraterrestre a cambio de las placentas de mujeres que acaban de dar a luz".
No pude evitar soltar una risa nerviosa. "¿Placentas? ¿Seres supuestamente avanzados queriendo algo así?
¿Para qué las querrían? ". Pero Bush no estaba de humor para bromas; su expresión seguía igual de grave, como una lápida de mármol.
"Rudolf", dijo, clavando sus ojos en los míos, "esto que te voy a contar no está registrado en ningún documento oficial. Anoche tuve un encuentro fuera de lo común". Hizo una pausa, como si las palabras fueran a atragantarse en su garganta.
"Dos individuos: uno era imponente, de apariencia reptiliana, y el otro era un hombre. . .
un hombre que se parecía a ti, hasta que frente a mí se convirtió en otro reptil". Mis manos comenzaron a sudar. "Se presentaron en la residencia.
Dijeron que habían venido a hablar de un asunto urgente: la renovación de un tratado, uno que, aparentemente, Bill Clinton firmó con ellos durante su mandato". Cada palabra me golpeaba como un mazo en el pecho. "¿Cómo podría ser esto posible?
¿Reptiles extraterrestres en la Casa Blanca, hablando de tratados interdimensionales? ". Pero Bush no había terminado.
"Me dejaron claro que bajo el acuerdo original había un intercambio de información y recursos que ellos consideran esencial", continuó con un tono que denotaba tanto miedo como incredulidad. "No especificaron mucho, pero insinuaron que nuestro gobierno les ha proporcionado acceso a ciertos recursos biológicos a cambio de conocimiento avanzado. Mencionaron la palabra placentas".
"Rudolf, dicen que estas son fundamentales para sus experimentos genéticos, que contienen células madre y materiales que ellos necesitan para desarrollar su propia tecnología híbrida". Sentí que el aire en la sala se volvía más denso, casi imposible de respirar. Esto estaba mucho más allá de lo que cualquiera en el Capitolio podría imaginar.
"Y aquí está el detalle", dijo Bush, inclinándose hacia mí. "Quieren renovar ese acuerdo. Según ellos, hemos tenido una relación beneficiosa durante décadas y esperan que nuestra administración continúe con el trato.
Me dieron un ultimátum: si rechazamos, insinuaron que podrían tomar medidas que afecten la estabilidad de nuestro país. . .
o algo peor". El silencio que siguió fue sepulcral. Yo no sabía qué decir.
"¿Cómo se responde a algo así? ". El presidente siguió hablando, como en un trance.
"No sé cuánto de esto pueda ser cierto, pero lo que sí sé es que estos seres no están jugando. Necesitamos analizar esto con sumo cuidado y decidir qué respuesta vamos a dar. Pero recuerda, Rudolf, esto es algo que ni el Congreso ni el pueblo estadounidense deberían saber, al menos no por ahora".
Hubo otro silencio breve. El presidente finalmente me dijo: "Puedes retirarte, te llamaré cuando te necesite". No había nada más que decir.
Los días y meses pasaron como un susurro sombrío en los pasillos de la Casa Blanca. Cada vez que miraba al presidente Bush, podía ver el peso de ese encuentro en su rostro, en sus ojos que ya no tenían la misma firmeza de antes. Era como si una sombra se hubiera apoderado de él, una sombra que se hacía más profunda con cada día que pasaba sin una respuesta clara para esos seres.
Una noche, dos meses después de aquel primer encuentro, estaba trabajando hasta tarde, como era habitual. Eran alrededor de las 10:45 cuando oí un murmullo extraño proveniente del despacho oval. Al principio pensé que el presidente estaba hablando por teléfono, pero luego noté que las palabras eran inentendibles, como si estuviera balbuceando en una lengua desconocida.
Me acerqué a la puerta con cautela, el corazón latiéndome con fuerza en el pecho. Al tocar la puerta, se abrió por sí sola, un chirrido bajo y prolongado que me heló la sangre. Y entonces los vi: eran dos hombres de apariencia extraña, vestidos con trajes negros impecables y sombreros que parecían sacados de una película de los años 50.
Me parecían bastante ridículos, anticuados y fuera de lugar, pero lo que más me inquietó no fue su vestimenta, sino la forma en que me miraban. Aunque llevaban gafas de sol, podía sentir sus ojos clavados en mí, penetrantes, como si atravesaran mi alma. Volteé la mirada hacia el presidente.
Bush estaba sentado detrás de su escritorio, pero su postura era la de un hombre derrotado; encorvado, estaba aterrorizado. Sudaba profusamente, a pesar de que la sala estaba fresca. Sus labios temblaban y murmuraba algo que no pude entender.
Uno de los hombres habló, su voz resonando con un tono frío y sin emoción: "Señor Harmat", dijo sin mover un solo músculo facial, "esperamos poder llegar a un acuerdo aquí con el señor presidente. Estuvimos debatiendo mucho acerca del acuerdo. Le pido que ayude al señor presidente a entrar".
En razón o de lo contrario, tendremos que optar por buscar otros recursos. Ya tenemos a un grupo del Oriente Medio que están dispuestos a dar sus vidas y obedecen; incluso ellos mismos ofrecieron a sus mujeres para entregarnoslas. No podía pensar en quiénes podrían ser este supuesto grupo, pero sus palabras no eran una simple sugerencia; eran una amenaza velada.
Antes de que pudiera siquiera abrir la boca para responder, un destello segador llenó toda la sala. Tuve que cubrirme los ojos con las manos; el brillo era tan intenso que pensé que me dejaría ciego. Cuando finalmente pude ver de nuevo, los dos hombres ya no estaban.
Me quedé en la sala, paralizado, tratando de procesar lo que acababa de suceder. ¿Quiénes demonios eran esos hombres? pensé mientras intentaba recuperar la compostura.
Miré al presidente; estaba en el suelo, desplomado como un muñeco roto. Corrí hacia él y lo levanté, acomodándolo de nuevo en su asiento. Bush me miró con ojos osos, pero había algo más allí, algo como resignación.
—Ahora ya me crees, ¿verdad? —murmuró con voz débil. —Eran ellos, los tales reptilianos —pregunté, todavía aturdido.
—Sí, Rudolf, así es —asintió el presidente—. Pero parecían hombres. —Les espeté, buscando algún sentido en todo esto.
Bush negó con la cabeza, su expresión llena de horror. —Antes de que tú entraras, eran dos criaturas sacadas de una pesadilla, dos monstruos de 4 m de altura. Creo que ellos se pueden transformar en cualquier cosa a voluntad.
Mi mente estaba tratando de asimilar lo que acababa de escuchar. Esto estaba más allá de cualquier conspiración, de cualquier teoría que hubiera considerado posible. Pasamos días, semanas debatiendo y planeando cómo enfrentar esta amenaza, pero cuanto más hablábamos, más me daba cuenta de que George Bush no estaba dispuesto a ceder ni un milímetro.
—No quiero hacer ningún trato con estos demonios —me decía, con un asco palpable en su voz—. Odio su presencia, el olor que emanan de su piel. No quiero volver a verlos nunca más.
Y así quedó claro: el presidente no tenía ninguna intención de continuar con el acuerdo. Pero sabía, lo sabía en el fondo de su alma, que estos seres no aceptarían un "no" como respuesta. La tensión en la Casa Blanca era insoportable; la sensación de estar atrapado en una telaraña se hacía más fuerte con cada día que pasaba y el tiempo corría en nuestra contra.
El miedo se había convertido en mi compañero constante; mi mente no dejaba de divagar en pensamientos de destrucción y aniquilación. Imaginaba esos seres desintegrando ciudades enteras con rayos láser, reduciendo nuestro país—tal vez todo el mundo— a cenizas. Estaba en pánico, un pánico frío y paralizante que me.
. . Y así viví durante tres meses sin saber qué podría suceder en cualquier momento.
Las reuniones con el presidente se volvieron más exhaustivas, más desesperadas. Tratar de convencer a George Bush de que hiciera el trato con estos extraterrestres era como tratar de mover una montaña con mis manos desnudas. Le rogaba, le suplicaba, pero él no cedía ni un milímetro; su repugnancia hacia esos seres era evidente y su terquedad podría llevarnos a la ruina.
Y entonces, finalmente, ellos volvieron. Fue un jueves 30 de agosto de 2001. Estaba presente cuando reaparecieron.
Esta vez no hubo disfraces de hombres de negro, no hubo gafas de sol ni sombreros ridículos. Lo que vi fue la pesadilla en carne y hueso: dos monstruos gigantes de piel escamosa, como cocodrilos, parados sobre dos patas. El aire alrededor de ellos vibraba con una energía que podía sentir en mis huesos; emitían un olor desagradable, algo que, aunque no era abrumador, me revolvía el estómago, una mezcla de azufre y carne podrida.
Mis ojos intentaban captar cada detalle: las garras afiladas, los ojos rasgados que brillaban con una luz amarillenta, como si el mismísimo infierno se reflejara en ellos. Me volví hacia el presidente y lo vi cubrirse la nariz con su pañuelo. —Sea, George —pensé, enfadado—.
Esa reacción podría ser nuestra sentencia de muerte. Pero antes de que pudiera hacer algo, uno de los extraterrestres habló. Su voz era áspera y grave, como un anciano que ha fumado toda su vida.
—Señor presidente, estamos aquí para tratar nuestro acuerdo. El acento era casi ininteligible, una mezcla de idiomas que nunca había oído. Bush, por su parte, se levantó de un salto de su asiento, su rostro rojo de ira, y escupió en el piso del despacho oval, un gesto de desprecio que hizo que mi corazón se hundiera.
—Estimados amigos del espacio exterior —dijo con un tono mordaz—. Yo no voy a tratar con ninguno de ustedes. Dense media vuelta y vuelvan al agujero de donde salieron y no regresen más aquí.
El silencio que siguió fue denso, opresivo. Los dos reptilianos se miraron brevemente y comenzaron a hablar en su lengua. Sus voces emitían un sonido gutural, como una mezcla entre un gruñido y un murmullo en un idioma incomprensible, algo parecido a una lengua muerta mezclada con el árabe, con un eco que hacía que los vidrios de las ventanas vibraran.
Y entonces sucedió; desde la ventana del despacho oval, un destello de luz emergió del cielo, tan brillante que tuve que cubrir mis ojos. La luz era tan intensa que parecía abarcar toda la hectárea de la Casa Blanca. Por un momento, pensé que ese era el final, que nuestra negativa había sellado nuestro destino y que todo sería reducido a polvo.
Pero luego, el silencio; la luz se desvaneció y los dos seres ya no estaban. Nos quedamos allí, el presidente y yo, en el centro de esa oficina como si nada hubiera pasado, como si el tiempo se hubiera congelado. —Todo esto será un desastre, señor presidente —dije con un nudo en la garganta.
No sabía si habíamos sobrevivido por suerte o por algún otro motivo desconocido. La decisión de George Bush había encendido una mecha que podría llevar a nuestra destrucción. Doce días después.
. . De aquel fatídico encuentro en el despacho Oval, mi vida se precipitó al abismo de una manera que nunca podría haber imaginado.
Esa mañana llegué tarde a mi trabajo; había llevado a mi esposa a su trabajo, la dejé en Church Street a las 7 de la mañana. Nuestro hijo de 10 años iba con ella. Era un día normal, rutinario, pero algo en mi interior ya se sentía inquieto.
A las 8 de la mañana partimos hacia el rancho en Crawford, Texas; íbamos a discutir algunas medidas sobre futuras acciones que debíamos tomar, lejos del bullicio de Washington. Estábamos en el avión y mi mente aún daba vueltas sobre lo que había ocurrido. Fue entonces cuando recibí la noticia: mi teléfono sonó y, al contestar, mi mundo se derrumbó en cuestión de segundos.
Algo dentro de mí se quebró para siempre. Las palabras eran borrosas, confusas, pero entendí lo esencial: había ocurrido algo terrible en Washington. Mi esposa, mi hijo estaban allí, en el caos, en el desastre.
Devastado, con el corazón latiendo como un tambor de guerra en mis oídos, logré que el vuelo volviera de inmediato a Washington, pero mientras volábamos de regreso, mi mente ya sabía la verdad. El miedo y la desesperación se convertían en rabia pura, en odio desbordante. Cuando finalmente llegamos a la capital, ya no había nada que hacer.
Ese lugar donde antes estaba la vida que conocía, donde había dejado a mi familia esa misma mañana, no era más que un montón de piedra destrozada, irreconocible; un cúmulo de escombros que habían sido mi vida. Intenté contener las lágrimas, pero era inútil. Me sentí impotente, vacío, reducido a nada.
No podía aceptar la realidad; algo en mi interior estalló. Sabía quién era el responsable de esto. Recordé lo que aquellos seres nos habían dicho: su advertencia, su mención sobre sus nuevos aliados, Bush.
No había querido escuchar, no había querido ceder, y ahora mi familia había pagado el precio. La furia se apoderó de mí, una furia que no había sentido nunca antes. Quise golpear al presidente; todo esto era su culpa.
Si hubiera seguido el tratado de Clinton, si hubiera aceptado el maldito acuerdo, nada de esto habría pasado. Los pensamientos me consumían; estaba tan cegado por la rabia que todo mi cuerpo temblaba. No pude soportarlo más; renuncié a mi cargo.
No solo tenía que lidiar con la existencia de esos repugnantes extraterrestres y su amenaza constante en mi mente, sino también con la pérdida más devastadora de mi vida: mi esposa, mi hijo. Ellos eran todo lo que tenía y ahora no eran más que polvo vivo. Solo hoy, en día, 20 años después de todo aquello, me mudé a México, un lugar que no es más seguro que cualquier otro, pero lo suficientemente lejos como para que pueda intentar olvidar, para que pueda intentar enterrar los recuerdos de esta amarga vida.
Sé que la muerte me espera y he decidido que la enfrentaré aquí, lejos de los fantasmas de Washington y de las sombras de los Reptilianos. Tal vez, solo tal vez, aquí pueda encontrar algo de paz.