Gracias a Dios. La semana pasada conversamos sobre la relación de discipulado; cómo es una relación de amor y de servicio, en la cual no se admite el autoritarismo; y hoy queremos hablarles de la importancia y de la necesidad de la sujeción. Muchas veces tiene que ver con la mal conducta de aquel que se dice discípulo, de aquel a quien se está edificando e instruyendo, que atiza el autoritarismo en esta relación.
Así que de la misma manera que el autoritarismo es completamente reprobable e inadmisible en esta relación de servicio, la sujeción es también el valor que cada discípulo tiene que cultivar de manera consciente, comprendiendo que piensa Dios sobre el tema. Somos un pueblo que habla del Reino de Dios. El Reino de Dios es el lugar donde reina Él, donde gobierna Él.
En el Reino de Dios, no se cuestiona su voluntad para nada; se le obedece en todo. En S. Mateo 6, versos 9 y 10, cuando Jesús les enseña a los discípulos a orar, dijo, en la oración que nos enseña: “venga tu reino”, refiriéndose al Padre.
Después que dijo: “santificado sea tu nombre”, añade: “venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Amados, en los cielos, la voluntad de Dios es plena y absoluta. Y repito: nadie se la cuestiona.
Y cuando dice Jesús sobre venir el Reino de Dios (“venga tu reino”), demuestra cómo ese Reino se establecería en la Tierra: cuando se hará en la Tierra la voluntad de Dios de la misma manera como se hace en el cielo; y un día esto sucederá. En Apocalipsis, capítulo 11, verso 15 (el Apocalipsis está tratando de cosas futuras), está registrado en el tiempo presente: “los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo”. Si vinieron a ser suyos es porque no eran suyos.
Así que el Reino de Dios todavía no está establecido sobre la Tierra, sobre todos los hombres. Llegará el día en el que Jesús reinará plenamente sobre la Tierra y ante Él se doblará toda rodilla y toda lengua confesará que Él es el Señor. Y reinará sobre la Tierra con cetro de hierro (con vara de hierro).
Pero, amados, mientras no llega este tiempo, mientras no llega el día en el que el Reino de Dios se implantará sobre la Tierra y los reinos del mundo serán del Señor Dios y de Su Cristo, mientras tanto, amados, el Reino de Dios está dentro de nosotros. En S. Lucas 17, versos 20 y 21, dijo Jesús: “el Reino de Dios está entre vosotros” y aquellos en cuyo corazón se ha establecido el Reino de Dios manifiestan este Reino por medio de su completa sujeción a Dios, de su completa sujeción a la voluntad de Dios, de su completa sumisión a lo que quiere Dios a sus mandamientos y a las autoridades que Dios ha establecido sobre la Tierra en todos los niveles de organización de la sociedad humana: desde la familia, pasando por todos los círculos sociales, hasta la Iglesia.
La sujeción es que caracteriza el que recibió el Reino de Dios. Jesús, que nos ha traído este Reino y lo establecerá sobre la Tierra plenamente, ha sido un modelo perfecto de sujeción; debemos mirar a Jesús e imitarlo; Él es nuestra mayor referencia en cuanto a eso y no solamente en eso, Jesús es nuestro modelo perfecto para todo en la vida. Vamos a ver algunas referencias que apuntan esa actitud de Jesús con relación al Padre, pero antes de hablarlo y demostrarlo en las Escrituras, es importante acordarnos de quién es Jesús.
En S. Juan capítulo 1, versos de 1 a 3, está escrito lo siguiente: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, el Verbo era Dios [es importante recordar que el Verbo, Jesús, es Dios], Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”.
Es bueno que recordemos que Jesús, que se sujetó en todo al Padre, es Dios, el creador del universo. Nada de lo que ha sido hecho, fue hecho sin Él. Pero aun así, con toda esa autoridad, aun siendo quien es, el Dios que se hizo hombre, ha sido sumiso en todo al Padre.
Veamos S. Juan 5:19: “Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: no puede el Hijo hacer nada por sí mismo”. Noten, amados: Aquel que es el creador del Universo decidió no hacer nada de si mismo.
El creador de los cielos y de la Tierra, el Señor Todopoderoso lo eligió… Esta ha sido la decisión de Jesús, amados, y debe ser la nuestra también con relación a Dios y a su voluntad. “[Decidió] hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente”. Incluso, vemos aquí un principio que debe direccionar el discipulado: ver e imitar; mirar lo que es bueno y copiar.
Lo hizo de esa manera Jesús: hacía así nomás, hizo aquí en la Tierra exclusivamente lo que ha visto hacer el Padre. Además, en S. Juan 8, verso 29, hay una declaración tácita de Jesús: “el que me envió conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” El Padre le acompañaba siempre porque hacía siempre Jesús lo que le agradaba, o sea, obediencia completa.
En S. Juan 6:38 “porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Es impresionante como las personas se sienten disminuidas cuando tienen que hacer la voluntad del otro y se sienten menos importantes cuando tienen que sujetarse a alguien o hacer la voluntad de uno.
Jesús, siendo Dios y el creador del universo, decidió que descendería del cielo, no para hacer su voluntad, sino la voluntad de quien lo envió. ¡Dichosa disposición, dichosa actitud de sujeción plena al Padre! ¡Que esta sea nuestra marca, amados, en nuestra relación con Dios y con el cuerpo de Cristo!
Para finalizar esta serie (y podríamos citar muchos versículos más), finalizamos con Filipenses 2:8: “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Hermanos, ese texto está declarando que ya no había ninguna prueba para la sumisión de Jesús; no es que él ha vivido en obediencia hasta que se murió. No.
No había más en qué probarlo. Él ya había sido probado en todo, ya había demostrado su obediencia en todo y lo llevó al extremo: obedeció hasta la muerte – y la muerte cruel de la cruz, la muerte reservada a los esclavos y malhechores. El Dios perfecto se entregó como un malhechor en nuestro lugar, sufrió la condenación de un malhechor en nuestro lugar.
El Dios Todopoderoso, el Señor de todos, se hizo un siervo y murió en una cruz en obediencia completa y absoluta a su Padre, que lo envió. Bendito sea Jesús. Hermanos, considerando este modelo de Jesús, debemos pensar: ¿qué lleva a una persona a portarse con insumisión en la Iglesia?
¿qué es lo que la produce? ¿cuáles elementos, o factores, contribuyen, cooperan para la insumisión de la Iglesia? Listamos tres motivos.
No son los únicos, apenas destacamos estos tres, que son los más comunes. Primero: aquellos que creen que oyen a Dios… ¿No conoces esta frase? Dios me dijo, Dios me habló… Y con esta premisa de que Dios le habló se levanta contra toda y cualquier autoridad, incluso contra las escrituras.
Es importante recordar que el primer movimiento de división de la Iglesia, que ocurrió en la primera mitad del siglo II, aproximadamente, por un movimiento llamado Montanismo, que ha sido encabezado por un hombre llamado Montana. Una de las marcas de este movimiento es que ellos se decían ‘guiados por el Espíritu Santo’ y por eso no necesitaban de ninguna autoridad en la Tierra para guiarlos. No necesitaban de nadie a quien tuviesen que someterse porque obedecían directamente a Dios, eran guiados por el Espírito, entonces ni la palabra apostólica les servía para orientarlos y direccionarlos.
Muchos, aún hoy, bajo este engaño de ‘oí a Dios, Dios me dijo’, se levantan contra las autoridades establecidas en la Iglesia, se levantan contra el cuerpo de Cristo, contra sus hermanos y se levantan contra la propia Palabra de Dios. Esto es una pendiente resbaladiza, amados. Dios nunca se contradice.
Nunca te va a decir algo, ni a ti ni a mí, que contraríe lo que ya está dicho en Su Palabra. Segundo motivo: algunos piensan que tuvieron una revelación nueva de las escrituras y, como creen tienen una nueva revelación de las escrituras, no disponen ello a la evaluación de nadie, no lo someten al análisis de nadie. Amados, tomemos como ejemplo que hizo el apóstol Pablo: que afirmó que no escuchó el Evangelio de hombre alguno, sino de la boca del propio Señor Jesús.
Fue Jesús resurrecto quien ha predicado el Evangelio a Pablo, pero este mismo Pablo, cuando salió predicándoles a los gentiles el Evangelio que recibió, fue a Jerusalén conferir con los apóstoles que ya estaban antes de él para saber si las cosas eran de hecho así. Por favor, no te permitas caminar en este engaño: creer que tuviste una revelación nueva en las escrituras y, porque tuviste esta ‘supuesta nueva revelación’, no la sometes a la observación, al escrutinio de nadie. Las escrituras nos dicen: “someteos unos a otros en el temor de Dios”.
Si Dios te trajo algo nuevo, te trajo alguna luz (y es posible que suceda eso), somételo a la evaluación de la Iglesia, a la evaluación de sus hermanos. Considera que otras personas pueden comprenderlo de manera diferente; no te afirmes en eso para levantarse contra las autoridades de la Iglesia y contra el cuerpo de Cristo. El tercer motivo que encontramos, con mucha frecuencia, es la independencia pura y simple; es la rebelión pura y simples; es el deseo de hacer su propia voluntad; es no querer sujetarse a nadie, el deseo de vivir a su propia manera, de pecar, de moverse como les parece mejor y de no querer sujetarse a nadie, no querer dar cuenta de su vida a nadie; y se hacen, literalmente, independientes.
Entonces, es necesario destacar: quien recibe el Reino de Dios obedece. Amados, el Reino de Dios no se va a adecuar ni a mí ni a ti. Dios estableció sus principios, sus valores, su voluntad, su doctrina y no se va a adaptar a nosotros.
Hace unos años vi a alguien usando una figura para demostrar eso que me pareció muy interesante; para mí se convirtió en una figura emblemática. Contaba el hermano lo siguiente: imagina que alguien muy importante de algún país de la Tierra decide ir a vivir en Inglaterra y, cuando descubre el parlamento inglés y el rey de Inglaterra que esa persona tan importante va a vivir allá (imaginemos que sea un brasileño, un brasileño muy importante, yendo a vivir en Inglaterra) entonces el parlamento inglés y el rey de Inglaterra, sabiéndolo, dicen: ‘no es posible que ese hombre tenga que adecuarse, tenga que adecuarse a nuestras reglas y a nuestros valores, entonces él no va a tener que aprender inglés; vayamos nosotros a aprender el portugués’. En seguida, obligan a que todo ciudadano inglés aprenda el portugués porque un brasileño importante a va a vivir en Inglaterra.
Luego, piensan un poco más y dicen: ‘no, no. Hay otro problema. Hay otro problema: allá se usa el real y aquí, libra esterlina.
No es correcto. Este brasileño muy importante no tiene que estar aquí cambiando monedas. No, no.
Vamos a cambiar nuestra moneda. De aquí adelante, en Inglaterra, trabajaremos con el real’. Pero hay otro problema todavía: en Inglaterra, existe lo que acá en Brasil llamamos ‘mano inglesa’: el volante es del lado derecho, entonces la mano de la vía es al lado izquierdo.
Así que recogen todos los autos; cambian de la izquierda para la derecha el volante; cambian las reglas de tránsito porque un brasileño está yendo a vivir ahí en Inglaterra. Y aquel hermano preguntaba en seguida: “piensas que aun siendo un Reino falible (porque la Biblia dice que los reinos de este mundo son como la gota de agua que cae del cubo), aun así, ¿crees que este reino, la Inglaterra, cambiaría porque alguien importante está yendo a vivir ahí? Si este reino tosco, temporario, que va a pasar, que se terminará, no cambia ni por tu causa, ni por mi causa, ni por nadie, ¿por qué el Reino de Dios se adecuaría a ti?
¿Qué te hace pensar que el Reino de Dios se va a adecuar a ti y asumir tus caprichos y deseos? Aquel que ha recibido el Reino de Dios obedecerá los valores del Reino de Dios, estará sumiso y sujeto a la doctrina, a los valores, a la voluntad de nuestro Rey, que es Jesús, vivirá en obediencia a Él, completamente. Otra situación que sirve para ilustrarlo es una situación que viví con un discípulo que vivió algo muy dramático y trágico, muy difícil.
Él estaba dispuesto, incluso, a irse de la ciudad, pero, en un determinado momento, al medio de la conversa, me dijo lo siguiente: “pero entendí el Reino de Dios y recibí el Reino de Dios. ¿Qué crees que Dios quiere que yo haga? ” Hermanos, ese discípulo se había convertido hace pocos meses, siquiera estaba fundamentado.
No llegó a conocer muchas cosas de la doctrina, pero sí sabía que había recibido el Reino y que por lo tanto ya no tenía voluntad propia. Y aun estando inclinado por motivos humanamente justificados a tomar una decisión diferente, me dijo: “entendí el Reino y lo recibí, ¿qué piensas que Dios quiere que yo haga? ”.
Entonces, en aquel momento, fue posible ministrarle la doctrina, un aspecto de la doctrina que no conocía él, pero él ya había recibido el Reino y por lo tanto estaba sumiso a los valores de este Reino y por eso ya no podría decidir por sí mismo, si su voluntad era contraria a la de Dios, ya no podía más hacerla. Esto es el Reino de Dios en el corazón de alguien, amados. No hay espacio para la rebelión o la insurrección, o insumsión, en el corazón de quien verdaderamente ha recibido el Reino de Dios.
En nuestra historia, hemos usado siempre algunas frases que nos orientasen el camino, una de ellas, creada por nosotros es: “es imposible edificar a quien no se sujeta”. Hermanos, es un drama esto; es un drama intentar instruir, discipular, aconsejar, orientar a uno que no está dispuesto a sujetarse. No se puede hacerlo.
No se puede edificar, formar, instruir, aconsejar, orientar, quitarle los tropiezos a uno que no se somete, que no se somete a la Palabra de Dios, que no se somete al cuerpo de Cristo, que no se sujetaa las autoridades establecidas en la Iglesia… Este no ha recibido el Reino de Dios. Aunque se llame a sí mismo un discípulo, aunque se confunda con un discípulo, si no se deja conducir, no podrá nunca ser edificado. Es imposible, amados, edificar a quien no se sujeta porque nuestra voluntad siempre se confrontará con la voluntad de Dios y, si no estamos dispuestos a sujetarnos como lo hizo Jesús, no seremos edificados y nunca llegaremos a la estatura de varón perfecto.
Por eso, amados, para que no luchemos al tratar como discípulo quien no lo es, para que no perdamos nuestro precioso tiempo intentando formar y edificar a alguien que no recibió el Reino de Dios, es muy importante la prédica que sigue a la presentación amplia de la persona de Jesús. Porque la prédica es la proclamación sobre la persona de Jesús que va a producirle al corazón de aquel que oye el Evangelio la fe; con este “material”, con esta materia prima, el Espíritu Santo va a trabajar en su consciencia y en su corazón para producirle la fe y el deseo de vivir para Dios. Después que presentamos ampliamente la persona de Jesús, es necesario presentar ampliamente el Reino de Dios al que está escuchando.
Aquella pregunta que les hicieron los judíos a los apóstoles: “¿qué haremos, hermanos? . .
. Después que Pedro les presentó la persona de Jesús, su vida y su obra, su resurrección, su poder, su autoridad, que les presentó a Jesús como Señor y Cristo, le dijeron: ¿qué haremos, hermanos? Y decretó Pedro: “arrepentíos”.
Es muy importante, hermanos, que el concepto de arrepentimiento se quede claro a todo el que está escuchando el Evangelio. Muchos problemas que encontramos en la Iglesia existen porque hay gente que nunca entró en el Reino de Dios, pero han sido aceptados en el seno de la Iglesia. No han pasado por la Puerta, nunca se han arrepentido, nunca le han entregado verdaderamente a Cristo su corazón, no está dispuestos a sujetarse hasta las últimas consecuencias, tienen áreas reservadas de su vida que no le sujetaron al gobierno de Cristo.
Y, en el camino, se pone difícil edificar y formar a estas personas. Así que cuidemos con la Puerta al presentar el Evangelio. Presentemos a Cristo y presentemos el Reino de Dios y hablemos del arrepentimiento claramente y con toda definición.
Esto lo hizo Pablo y podemos verlo en Hechos 28, versos 30 y 31. Él estaba preso en una prisión domiciliaria, por decirlo de alguna manera… Y ¿qué hizo en este tiempo? “Y Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento”.
Dos cosas hacía Pablo: predicaba el Reino de Dios (no predicada a sí mismo, no predicaba promesas, no predicaba la salvación, predicaba el Reino de Dios y el gobierno de Cristo); y enseñaba las cosas referentes al Señor Jesucristo. Esto es una referencia para nosotros: Jesús y su reino. Esto debe ser el contenido de nuestra prédica.
Amados, hay la necesidad de que aquel que ha recibido el Reino de Dios, de que el discípulo, que ha recibido el Reino de Dios, después de entrar en el Reino de Dios, de ser bautizado en Cristo, ser bautizado en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, desee aprender a guardar todas las cosas. El discipulador tiene que desear enseñarle al discípulo a guardar todas las cosas y el discípulo tiene que aprender a querer guardar todas las cosas. Si el discípulo no se dispone a guardarlo, si no tiene este deseo, si no tiene el corazón de un aprendiente, si no tiene la actitud de un aprendiente, de quien se deja conducir, instruir, va a ser imposible enseñarle a guardar todas las cosas que Jesús enseñó.
Así que quien ha recibido el Evangelio del Reino con toda claridad, seguramente, va a desear aprender y practicar la voluntad de su Rey y Señor. No funciona el discipulador querer enseñar. Si el discípulo no quiere aprender, será imposible edificarlo y llevarlo a conformarse a la imagen de Jesús.
Otra cosa importante, amados, es que el discípulo se deje instruir con la Palabra y con los consejos. Jesús dijo que deberíamos enseñar a guardar todas las cosas que ordenó él. Entonces, el discipulador va a presentarle la Palabra de Cristo; esta es incuestionable.
Un discípulo no puede cuestionar la voluntad de Jesús. Los mandamientos son absolutos, son incuestionables, así que no hay discusión en cuanto a eso. Pero hay algunas cosas que no está explícitas en las Escrituras y dependen de los consejos de quien ha caminado más, de quien conoce más, de quien tiene más experiencia y es más maduro.
En este momento, el consejo es importante y el discípulo tiene que no solamente acatar la Palabra de Cristo, como ser dócil para dejarse aconsejar; tiene que buscar el consejo y no apoyarse en su propia prudencia, sabiendo que, como dicen las Escrituras, el que confía en su propio corazón es necio. Esto está en Proverbios 28, verso 26: “El que confía en su propio corazón es necio. Mas el que camina en sabiduría será librado”.
Si queremos ser sabios y ser salvos, no podemos estar tan confiados en nuestro propio corazón; mi corazón me engaña a mí y por eso no puedo confiar en él. El tuyo te engaña a ti. El corazón de cada uno le engaña a cada uno.
Por eso es tan importante que seamos apacibles y que busquemos los consejos, recordando que en la multitud de consejeros hay sabiduría. Por eso dice el texto que aquel que es sabio encuentra la salvación, contraponiéndose a aquel que confía en su propio corazón y se torna un necio. Otra cosa, amados, es la relación de los discípulos con las autoridades delegadas.
Ya hemos hablados aquí, ampliamente, en las lives pasadas, incluso, la semana pasada con respecto a la locura de querer ejercer una autoridad que Dios no confirió y como Dios reprueba y como juzgará a los que intentan dominar sobre el rebaño de Dios. Así que, sobre a las autoridades delegadas en la Iglesia, amados, está un orden del Señor: que no sean dominadores. Pero sobre la Iglesia está el orden del Señor, con respecto a los que presiden sobre el rebaño, a eses tales que pastorean, que presiden sobre el rebaño, hay un mandamiento que dice que la Iglesia debe reconocerlos y tenerlos en mucha estima y amor.
Los que presiden no pueden exigir tal honra, pero los presididos, sí, deben ofrecérsela porque es mandamiento del Señor. Entonces, esto promoverá harmonía y equilibrio en esta relación. Los que presiden no dominan, pero son ejemplo y modelo para el rebaño; y los pastoreados y direccionados deben cuidar para que estos que les sirven con su propia vida sean recibidos con mucha estima y amor.
Esto embellece la doctrina del Señor, embellece la Iglesia del Señor, embellece nuestra vida. Todos nos sujetamos, unos a los otros, y esto manifiesta la gloria de Dios al medio de la Iglesia. Por último, amados, la obediencia a la voluntad de Dios, establecida en las Escrituras, la obediencia a las autoridades delegadas por Dios y la sujeción los unos a los otros al medio de la Iglesia son evidencias de que esta persona, que obedece completamente a la Palabra de Dios, que se sujeta a las autoridades y se sujeta a los miembros del Cuerpo de Cristo, son evidencias de que esa persona, de hecho y de verdad, ha recibido el Reino de Dios en su vida.
¡Qué sea de esta manera conmigo y contigo! Seamos una multitud de santos, separados del mundo, separados para Dios, viviendo en mutua sujeción los unos a los otros, sujetándose a las autoridades que Dios ha delegado y sujetándose completa y absolutamente a su dichosa Palabra, para la gloria de Su nombre y el bien de la Iglesia, para que continuemos siendo la sal de la Tierra y la luz del mundo, en el nombre de Jesús. Gracias a Dios.
Amados, ¿vamos a las preguntas, al “considere atentamente”? Pensamos en tres preguntas. La primera: ¿Cuáles son las evidencias de que alguien ha recibido el Reino de Dios?
¿Cómo se puede identificar que alguien ha recibido de hecho el Reino de Dios? Segunda pregunta: Apunte los motivos más comunes para la insumisión en la Iglesia. ¿Cuáles son los motivos más comunes para la insumisión que se manifiesta en la Iglesia?
(Y la última pregunta) Explica por qué es imposible edificar a quien no se sujeta. Amén ¡Qué el Señor nos de la gracia de continuar en este camino, en absoluta sujeción a Él y unos a los otros!