Bienvenidos. Antes de comenzar con el relato, me gustaría saber desde dónde nos están escuchando y a qué hora te gusta escuchar estos relatos. Te leo en comentarios.
Sin más que decir, comencemos. [Música] Me llamo Mauricio y decidí contar esta historia porque cada vez que el reloj marca las 2:30 m, mis manos sudan, mis piernas se tensan y siento que vuelvo a ese tramo solitario de la carretera antigua a Puebla, donde descubrí que la madrugada no siempre es aliada de los que regresamos tarde del trabajo. trabajo como chóer de plataforma en la ciudad de México.
Aquella noche, un paro en la aplicación me dejó sin viajes justo cuando me planteaba terminar la jornada. Eran las 025 y por costumbre tomé la vía libre rumbo a mi casa en Cholula para evitar las casetas del Arco Norte. El camino estaba prácticamente desierto.
Un par de tráileres adelantaban con sus luces altas y más allá kilómetros de asfalto sin alma. Al pasar la desviación de San Martín, Texmelucán, la niebla empezó a reptar sobre la cinta asfáltica. Encendí las luces antiniebla y bajé la velocidad a 80.
No había señal en el celular. La barra se había desplomado a cero. Fue entonces cuando distinguí unos 300 m adelante, un sedán gris detenido sobre el acotamiento, intermitentes apagadas, cofre levantado.
Pensé en seguir de largo. A esa hora cualquiera sabe que la prudencia es mejor compañera que la caridad, pero la conciencia me pinchó. Podía ser una familia varada.
Reduje la marcha y me orillé unos 10 metros detrás. Todo bien, grité tras bajar el cristal. Nadie respondió.
Solo escuché el maullido agudo de las llantas de mi propio auto sobre la grava. Bajé con mi linterna. El silencio era tan denso que el motor al ralentí parecía un trueno.
Me acerqué. No había placas. El cofre abierto dejaba ver un vano impecable, ni una gota de aceite, ni un cable suelto.
Aquello no tenía sentido. Retrocedí un paso y noté algo que me heló. Las puertas estaban abiertas hacia afuera, como si los ocupantes hubieran salido a toda prisa, pero en los asientos no había nada, salvo un osito de peluche tirado boca abajo sobre la alfombra trasera.
Fue entonces que escuché el primer golpe. Tac tac. Provenía de abajo del puente peatonal abandonado que cruza la autopista más adelante.
Giré la linterna y vi una figura bajarla pendiente, medio ladeada, arrastrando algo metálico que chocaba contra las piedras. No me esperé a que llegara. Corrí al coche, cerré de un portazo, metí primera y aceleré.
El tablero marcaba 032 M cuando los faros captaron otra escena absurda. Tres conos naranjas atravesados sobre el carril derecho y detrás un camión de redilas con las luces interiores encendidas. No había señal de accidente, ni policía, ni grúa.
Frené en seco. En el espejo retrovisor, el sedán gris seguía aparcado, cofre abierto, como un anzuelo paciente. Sentí el corazón retumbar en las cienes.
Intenté maniobrar para saltarme los conos, pero al girar el volante hacia el carril izquierdo, descubrí un segundo obstáculo. Una camioneta vieja de carga atravesada, luces apagadas, me habían encerrado. Reaccioné por instinto.
Di marcha atrás. El puente peatonal quedaba a menos de 100 m. Bajo él, la figura que antes había visto ahora estaba acompañada de dos sombras más.
Todas corrían hacia mí. Una de ellas blandía lo que parecía un tubo cromado. Apreté el acelerador.
El motor rugió y el coche retrocedió zumbando. Pasé junto al sedán gris. Por un segundo, la luz interior del auto se encendió sola y me dejó ver algo que me persigue en sueños.
El peluche ya no estaba donde lo había visto. En su lugar, una mano diminuta golpeaba el cristal como pidiendo auxilio. Fue un parpadeo.
Quizá la linterna osciló, quizá la paranoia me jugó una mala pasada, pero esa imagen bastó para disparar mi terror a límites que no conocía. Alcancé un retorno y giré en U, conduciendo ahora rumbo a la ciudad. con el velocímetro marcando 140.
Miré por el espejo, ningún vehículo a la vista. Respiré hondo tratando de convencerme de que todo quedaría atrás. Pero al tomar la curva abierta antes de San Lucas el Grande, vi los faros de un auto ganándome terreno a gran velocidad.
No tenía placas, era el mismo sedán gris. El puente peatonal quedaba a varios kilómetros. No había forma lógica de que me alcanzara tan rápido.
La radio muda toda la noche soltó un crepitar y se encendió sola. Entre estáticas se filtró una voz infantil, temblorosa, casi un soyoso. Pepapi, ya vienes.
Golpeé el tablero para apagarla, pero la voz volvió más clara. No me dejan salir del carro, papi. Giré la perilla, desconecté el fusible del estéreo.
Nada. La voz seguía mezclada con un pitido que taladraba mis oídos. El sedán se acercó y de pronto apagó sus luces, quedando solo como una sombra devoradora en mi retrovisor.
Sentí el impacto de su defensa contra la mía. El coche se zarandeó. Sujeté el volante, mantuve la línea y pisé a fondo.
El tacómetro rozaba el rojo. Las luces de un retén de la Guardia Nacional aparecieron a lo lejos, destellando azul y rojo. Era mi tabla de salvación.
Toqué el claxon como loco. Dos patrullas estaban estacionadas al borde. Agentes con chalecos reflectantes conversaban.
Entré derrapando en la zona de conos del retén y me detuve. Los oficiales corrieron hacia mí. Volteé.
El sedán gris ya no estaba. Ni huellas de neumáticos ni luces en la recta que dejé atrás. Intenté explicar, pero todo salió atropellado.
El auto sin placas, los conos, las sombras, la voz en el radio. Los guardias revisaron mi coche, vieron el tablero desarmado, el fusible arrancado. Uno de ellos comunicó por radio una posible emboscada.
En 5 minutos llegó otra patrulla. Recorrieron ida y vuelta a aquel tramo hasta el puente peatonal. No hallaron sedán alguno ni bloqueos, solo restos dispersos de conos viejos aplastados como si llevaran meses tirados.
Me escoltaron hasta la caseta de San Marcos. Allí el jefe del retén revisó el video de la cámara térmica instalada en su unidad. Se veía mi coche entrando a toda velocidad y nada detrás, ni un solo vehículo perseguía.
Pudo haber estado fuera del ángulo, me dijo, aunque en sus ojos vi la duda. Cuando por fin llegué a casa, eran las 047. Apagué el motor y me quedé un momento en silencio.
Sentía un zumbido en los oídos y el pecho comprimido. Saqué el teléfono, seguía sinal. Lo reinicié.
Al encender apareció un mensaje de voz registrado a las 037 en NM. Lo reproducí con manos temblorosas. Papi, háblame cuando llegues.
Nada más reconocí la voz. Era la de mi hija, pero distorsionada, como si la hubiera grabado bajo el agua. En casa dormía profundamente.
El celular de ella, según luego comprobé, tenía todas las llamadas salientes bloqueadas desde las 10 de la noche. Desde entonces evito la carretera libre y termino el turno antes de la 1. Cada madrugada, cuando veo la niebla descender sobre el valle, siento que aquel sedán sin placas podría esperar en la siguiente curva, con el cofre abierto y un peluche volteado boca abajo, listo para que alguien caiga en su trampa.
Y cada vez que el reloj se acerca a las 2:30, subo el volumen de la radio, no para oír música, sino para asegurarme de que si una voz infantil vuelve a romper la estática, tenga tiempo de pisar el acelerador antes de que la madrugada reclame otra vez su parte. [Música] Me llamo Víctor, tengo 29 años y trabajo como técnico de antenas de telefonía. Cuento lo que sigue porque desde aquella madrugada, cada vez que veo la silueta de los cerros de la rumorosa recortada contra la luna, siento de nuevo el sabor metálico del miedo en la garganta.
Eran las 0145 ingosana M. Cuando salí de Mexicali rumbo a Tecate, una tormenta de arena había tumbado una antena en la ladera noreste del kilómetro 61 y la compañía no quería dejar sin señal a medio valle. Yo era el único en turno y con tal de cobrar el extra acepté subir de noche.
Llevaba mi pickup llena de herramientas, dos postes de repuesto y una radio BHF que casi nunca fallaba. Las curvas de la carretera vieja estaban desiertas. El viento levantaba remolinos que golpeaban el parabrisas como puñados de graba.
No había cobertura, las luces del tablero eran mi única compañía. Al llegar a la planicie del mirador la cima, distinguí un camión de volteo detenido en el carril contrario, luces de stop parpadeando. Reduje la velocidad.
Pensé que se trataba de un chóer con dolores de cabeza por la altura. Suele pasar, pero algo me inquietó. El motor estaba encendido, sin conductor a la vista.
Cuando pasé junto a la puerta, vi el asiento vacío y en la cabina un chaleco de seguridad manchado de polvo y sangre seca. 1 km adelante, la radio VHF chisporroteó. Escuché una voz áspera a la línea, luego un pitido y silencio.
Intenté responder, pero solo recibí estática. Mientras ajustaba el canal, el faro derecho iluminó una bocina de alerta clavada en la roca, una de esas sirenas que se usan para avisar desprendimientos. Estaba rota colgando de un cable mordido.
Seguí hasta el desvío del kilómetro 61. Apagué el motor y con la linterna en la boca empecé a preparar el arnés para subir la pequeña torre auxiliar, no más de 20 m. La noche olía a ozono y tierra caliente.
Anunciaba que la tormenta eléctrica seguía cerca. Al trepar los primeros peldaños, la linterna captó algo entre los matorrales. Un teléfono satelital abierto, pantalla astillada.
A su lado marcas de rodadas recientes y huellas humanas que se hundían en la grava como si alguien hubiera corrido cuesta arriba. Ya en la mitad de la torre aflojé la tuerca principal y extraje el panel dañado. El viento hinchaba mi chamarra como un paracaídas.
De pronto, todas las luces de mi pickup se encendieron solas. Faros, cuartos, reversa. Creí que un corto había cerrado el circuito, pero la llave seguía en mi bolsillo.
Un golpe sordo retumbó debajo. Alguien o algo cerró la puerta del copiloto. Vi la silueta de un hombre bajo con casco reflector urgando en la cabina.
Quise gritarle, pero el viento me tragó la voz. Él levantó la vista, su casco se ladeó y a la luz intermitente me pareció ver que carecía de rostro, solo una piel terrosa sin rasgos. Levantó el satelital que había encontrado antes y lo partió en dos con un movimiento seco.
Metió algo en la guantera y cerró. Fue entonces que escuché el claxon largo y desesperado de un vehículo avanzando sin control. Miré hacia la carretera.
El camión de volteo venía cuesta abajo, luces apagadas rechinando sobre la grava directo a mi pickup. El hombre sin cara se esfumó en la oscuridad como si se desintegrara. En la misma fracción de segundo, las luces de mi camioneta murieron.
El choque sacudió la noche. Un estruendo de metal contra metal y el eco rodando entre las montañas. La torre vibró.
Perdí el equilibrio. Quedé colgando del arnés a 4 m del suelo. Debajo el camión había volcado y mi pica pardía.
Un olor a diésel, ozono y caucho quemado me llenó los pulmones. Logré descolgarme y corrí por la carretera, iluminado solo por los relámpagos. A unos 500 m vi parpadeos rojizos.
Era un poste SOS de los antiguos, aún conectado a la red analógica. Descolgé el auricular. Línea muerta.
De pronto, el altavoz del poste emitió un rebusno electrónico y una grava voz infantil susurró, "¿Puedes llevarme a casa? " Solté el auricular. El poste chispeó y se apagó.
Tras de mí, algo se deslizaba sobre el asfalto con un sonido de cadenas arrastradas. Giré y vi la silueta del camión. Ahora de pie.
Faros encendidos sin conductor. El viento no soplaba. Aún así, el camión empezó a avanzar.
Primero lento, luego decidido, como si un gigante invisible empujara el chasis. Corrí cerro arriba, lejos del asfalto, hasta llegar a un viejo refugio de piedra que los obreros usan en invierno. Dentro encontré cobijas húmedas y latas vacías.
Me acurruqué en un rincón temblando. Escuché el motor del camión ralentizar, detenerse, apagarse. Silencio.
Solo mis latidos. El cielo empezó a clarear hacia la 0550 anantera m. Salí al camino.
Ni rastro del camión, ni de mi pickup, ni de fuego alguno. Solo el olor a humedad y la arena formando dunas sobre la carpeta asfáltica. Caminé hasta el mirador.
Allí encontré dos vehículos calcinados fuera de la cinta, un sedán antiguo y la cabina de un tráiler, ambos cubiertos de óxido y tierra, como si llevaran años abandonados. Cuando por fin recuperé señal, llamé a la central. Mandaron una patrulla de la Guardia Nacional, tomaron mi declaración, buscaron huellas recientes y no hallaron nada.
Tampoco encontraron registro de un camión de volteo circulando esa noche. Las cámaras de peaje mostraban la carretera vacía de la 01 Toro a la 06c. Lo único que pudieron verificar fue mi llamada fallida desde el poste SOS.
Quedó registrada a la 0317 AMM, pero la operadora escuchó solo estática, acompañada de un llanto infantil y rasguños metálicos. Tres semanas después, la empresa me dio de baja por inestabilidad emocional. A veces sueño con el camión, con el hombre sin rostro rompiendo el satelital.
con la voz que pide que la lleven a casa. He buscado el refugio de piedra en mapas topográficos y no aparece. Tampoco figura en registros de obra.
Por eso escribo, para advertir a quien transite por la rumorosa de madrugada. Si ven un camión varado sin conductor o escuchan una voz infantil en la radio, no se detengan. El desierto reclama a los que desaceleran y cuando la arena cubre el asfalto, el camino se convierte en un espejo donde el tiempo refleja todo aquello que se perdió entre sus curvas.
Porque en lo alto de la sierra, cuando el reloj despide la noche y la señal muere, la carretera ya no es de los vivos, es de los que todavía buscan un vehículo que los lleve de vuelta, aunque ya no tengan rostro para [Música] verlo. Me llamo Isela, tengo 32 años y soy enfermera de guardia en el hospital general de San Cristóbal de las Casas. Aquella noche terminé mi turno a las 2:15.
Había sido un caos de pacientes con heridas de machete y un parto complicado que casi se nos iba. Lo único que deseaba era llegar a mi casa en una ranchería a 20 km por la vieja carretera a Tenejapa, una cinta de asfalto estrecha y sin línea central que serpentea la montaña. Normalmente espero al chóer del hospital para que me acerque, pero justo esa semana el transporte oficial entró en mantenimiento.
El vigilante me ofreció quedarme a dormir en la sala de descanso, pero el olor a antiséptico y el pitido de los monitores me impiden conciliar el sueño. Preferí pedir un taxi colectivo que a veces ronda a esas horas. El conductor era un hombre enjuto, con voz ronca de cigarro y radio portátil colgado en el retrovisor.
Subí la primera porque no había pasajeros. Él masculuyó que el resto se uniría más adelante. Confí.
En esta zona se viaja así. La camioneta avanza recogiendo gente hasta llenarse. Dejamos atrás las luces de la ciudad y el horizonte se volvió tinta, punteado apenas por luciérnagas y el reflejo plateado de los cafetales.
Sentí el sopor del cansancio nublarme. Apoyé la cabeza en la ventanilla y con los latidos en mis cienes para no dormirme. No habíamos recorrido ni 10 minutos cuando advertí que el conductor apagó la radio.
La estática cesó de golpe. Solo quedó el gruñido del motor subiendo la pendiente. Miré el tablero.
El indicador de combustible parpadeaba en reserva. Él refunfuñó algo en celtal. No lo entendí.
Y se desvió por un ramal de terracería diciendo que había una gasolinera comunitaria más arriba. Ese ramal no lo conocía. Era un camino de tierra rojiza que trepaba entre pinos negrísimos.
Pregunté cuánto faltaba y respondió sin girar la cabeza. Unos minutitos, enfermerita. Intenté encender el GPS del teléfono, pero la señal se había esfumado al primer recodo.
Luego noté el olor. Un tufo acre, mezcla de diésel y carne rancia filtrándose por la rejilla del aire. Yo cargaba todavía la bata en una bolsa.
Pensé que la peste venía de alguna prenda sucia, pero la saqué y olía a jabón. El conductor abrió ligeramente su ventanilla. En lugar de disiparse, el edor creció.
Antes de poder decir algo, la camioneta dio un brinco como si pasara sobre un tronco. Las luces delanteras iluminaron una silueta que se arrastraba a medio camino, algo delgado y largo como liana, pero recubierto por un pelaje húmedo. Apenas tuve tiempo de ver cómo desaparecía entre la maleza con un sonido viscoso.
El hombre frenó. Escuchamos un quejido grave, imposible de ubicar. No venía ni del frente ni del bosque, sino de los costados, como si el aire mismo lo exhalara.
Me aferré al asiento. Él quiso arrancar de nuevo, pero el motor se ahogó. Pisó en brague y aceleró sin éxito.
El vehículo tembló. Entonces percibí golpes leves contra la carrocería. Toc, toc, toc.
Primero en la portezuela de mi lado, luego en la puerta trasera. El conductor se giró bruscamente. Sus ojos amarillentos se entellearon al reflejo del tablero.
"No salgas", susurró y manoteó en busca de algo bajo el asiento. Se oyó un chasquido metálico y la puerta corrediza, la que yo tenía justo detrás, se abrió unos centímetros. Una mano oscura, huesuda, de dedos desproporcionadamente largos, tanteó el borde interior arañando el tapizado.
Grité. El hombre sacó una vieja lámpara de mano y apuntó hacia la abertura. La luz mostró una piel cuarteada como cuero seco salpicada de manchas terrosas.
La mano se retiró al instante, dejando cuatro surcos en el vinilo. La puerta se cerró de golpe desde fuera, sin que nadie la tocara por dentro. El conductor logró encender la camioneta con un rugido que me sacudió los oídos.
Dio marcha atrás a toda velocidad. A través del parabrisas polvoso alcancé a ver sombras que se deslizaban entre los troncos, demasiado altas para ser hombres. más delgadas que una vara, moviéndose con la fluidez de serpientes erguidas.
Una de ellas se plantó en mitad del camino apenas un segundo. Tenía brazos que le rozaban los tobillos y una cabeza sin rasgos, solo una hendidura vertical que se abría y cerraba como branquia. La golpeamos de lleno, pero el impacto se sintió liviano, casi como si hubiéramos atravesado humo.
Regresamos a la carretera principal y volvimos a bajar. No cruzamos con ningún otro auto. El taxista no dijo palabra.
Yo temblaba tanto que mis dientes chocaban. Cuando por fin distinguimos la primera lámpara de sodio de la zona urbana, él encendió la radio. La estática volvió, pero en medio del crujido se filtró una voz infantil que repetía mi nombre, distorsionada como a través de agua.
"Hícela, híela. " El hombre bajó el volumen, murmuró una oración en celtal y sin mirarme dejó caer algo sobre mis rodillas. Un rosario de cuentas negras.
Llegamos al hospital. quise pagar. Él negó con la cabeza, bloqueó las puertas para que no pudiera abrirlas y preguntó, "¿Viste sus ojos?
" Contesté que no. Solo vi esa hendidura. "Mejor", dijo y desbloqueó.
Bajé de un salto. Al cerrar entendí que no lo hacía por mí, sino porque tenía miedo de que aquello hubiera entrado conmigo. La camioneta se perdió hacia el sur.
Desde la puerta de emergencias lo vi detenerse una cuadra más allá y apagar las luces. No volvió a arrancar. Subí al piso de quirófano, vacíé mis bolsillos sobre un fregadero y noté que entre mis cosas estaba una tirita de piel reseca, casi transparente, enrollada como celofán.
Reconocí los surcos eran idénticos a las uñas que arañaron la puerta. Arrojé la tira al incinerador de residuos biológicos y me lavé las manos hasta que la piel se enrojeció. Dormí en un sillón del pasillo y al despertar pregunté al guardia por el taxi con placas verdes que me había dejado.
Me dijo que ninguna unidad así había entrado esa noche. Las cámaras solo captaron mi sombra caminando sola, desde la carretera hasta la puerta, sosteniendo un rosario y hablando en voz baja, como si conversara con un acompañante invisible. Hace dos meses de aquello, los fines de semana, la Secretaría de Comunicaciones cerró el ramal de terracería.
Lo declararon sin objeto de servicio. Cuentan que un equipo de topógrafos encontró un socabón lleno de huesos animales y algunos humanos a unos metros del punto donde se me apagó el celular. Nadie quiere excavar más.
Yo sigo trabajando, tomo turno diurno y cuando salgo en la madrugada espero a que amanezca en la sala de descanso pese al olor a antiséptico. Me llevo el rosario negro, lo envuelvo en doble guante de látex y lo guardo junto al estetoscopio. Pesa lo suficiente para recordarme que en las montañas hay manos que aún buscan deslizarse por los bordes de las puertas, cuando la oscuridad es tan espesa que ni la linterna más potente consigue [Música] abrirla.
Me llamo Julián Riquelme y conduzco desde hace 17 años para la empresa de transporte Patagón Sur. Cada tanto, los chóeres viejos nos reunimos en la terminal de Comodoro, Ribadavia, a contar anécdotas de ruta, pero jamás revelé lo que sucedió la madrugada del 14 de agosto, ni al sindicato, ni a la policía, ni al médico que firmó mi licencia por estrés. Lo repito ahora palabra por palabra porque descubro que si no lo suelto, terminaré oyendo esos golpes en las ventanillas hasta el último latido.
Salí a la 0025 con el coche 313, un Mercedes o 500 de doble eje rumbo a perito moreno. 730 km por la ruta nacional 40. un hilo de asfalto que corta la estepa como tajo en cuero crudo.
El pasaje era escaso. Época invernal, vientos de 40 nudos y pocas excursiones al glaciar. Tenía 10 pasajeros en total, dos mochileros franceses, un minero de WPF, una señora con su nena de 8 años, tres conscriptos en franco y una pareja de jubilados de Trelu.
Nada fuera de lo normal, hasta que justo cuando cerraba bodega, un hombre de traje oscuro apareció corriendo desde la calle de Ripio. Mostró un billete arrugado de último momento. Los antiguos solo ida.
No traía equipaje ni mochila, apenas un portafolios de cuero tan gastado que brillaba. Lo escaneé con la linterna, rostro pálido, ojeras profundas, una corbata aflojada como si hubiese salido de velorio. La taquillera selló su boleto sin mirarlo a los ojos.
Lo acepté porque la empresa multas y dejas a un pasajero con boleto en mano. Subió sin saludar, caminó hasta el fondo y se sentó en la fila 22 lado pasillo, justo debajo del sensor de temperatura. Arranqué.
El viento golpeaba el parabrisas con granos de polvo que sonaban a papel de lija. Puse la radio BHF en canal 8 para enlazar con los camiones de petróleo que transitan de noche. Entre chisporroteo se colaban partes meteorológicos, ráfagas de nieve sobre Sarmiento, visibilidad reducida en bajo caracoles, nada que no hubiera sorteado antes.
A los 40 km encendí el calefactor. Los franceses dormían con las cabezas apoyadas. La nena veía dibujitos en una tablet muda.
Miré por el retrovisor interior. Todas las luces de lectura apagadas, excepto la del tipo del portafolios, no leía. Sostenía la cabeza entre las manos, codo sobre las rodillas, como si escuchara voces en el piso.
La lámpara encima de él parpadeaba con un zumbido eléctrico. Pensé en un falso contacto. Llegando a Ramal 26, detuve el coche para la primera parada técnica, recuento de cinturones y chequeo de tapas de calefacción.
Bajé con la linterna al pasillo. Todos dormían. La luz sobre la fila 22 seguía oscilando.
Acerqué el hombro al respaldo del extraño y murmuré si necesitaba algo. No levantó la vista. Noté que sus dedos largos y nudos temblaban sobre el cuero del maletín.
Olía a lana mojada y a algo rancio como víceras frías en quirófano. Me recorrió un escalofrío que achacé al viento que entraba por la puerta de servicio. Volví al puesto, cerré puertas y continué.
El asfalto crujía bajo las cubiertas recauchutadas. Escaneé de refilón los indicadores. Presión de aceite normal, temperatura a 80 dcd, combustible al 80%.
Aflojé el cinturón de panza y bebí un sorbo de mate que ya estaba frío. Eran las 023 cuando la radio replicó un click seco y se llenó de ruido blanco. Giré el dial.
Silencio en todos los canales. La nena, que dormía con el peluche apretado, se sentó de golpe y señaló al pasillo diciendo, "Mamá, se cayó el señor. " La madre la abrazó y la convenció de volver a cerrar los ojos, pero yo miré por el espejo central.
El asiento de la fila 22 estaba vacío. Pensé que habría ido al baño trasero. El sanitario del bus tiene un sensor de ocupación que enciende un testigo verde en el tablero.
La luz permanecía apagada. Apreté el intercomunicador interno. Caballero, vuelva a su asiento, por favor.
Curva peligrosa. Nadie respondió. Encendí las luces de cortesía.
Todos los demás permanecían dormidos, inmóviles como figuras de cera. El pasillo, sin embargo, lucía húmedo, un reguero oscuro que se extendía desde la fila 22 hasta la puerta del piso inferior. Detuve el bus en la banquina.
Los reflectores delanteros alumbraron una pampa de arbustos bajos castigados por la escarcha. Bajé con la linterna. La corriente helada me cortó la nariz.
Fui directo al compartimento del baño, vacío, seco. Abrí la bodega número tres. Solo equipaje etiquetado, ninguna persona.
Al girar para regresar, escuché un portazo adentro de la cabina. Corrí, subí los tres peldaños. La luz general había vuelto a apagarse, salvo la lámpara danzante sobre la fila 22, que ahora pendía de un cable pelado, como arrancada a tirones.
El desconocido estaba sentado otra vez, la cabeza alzada, mirada fija al techo. Algo goteaba de su mentón sobre el pasillo. Un líquido espeso, oscuro, imposible de ser sangre de lo denso que parecía.
Abrió la boca y profirió un sonido gutural, una vocal única prolongada que hizo vibrar los portaequipajes. Los franceses se despertaron sobresaltados. Uno gritó, "¡Mie!
" y se cubrió la cara. El minero sacó un cortaplumas sin filo. Yo extendí las manos y pedí calma.
Quise acercarme, pero el sujeto se puso de pie de un salto imposible para un hombre de su complexión. Sus rodillas crujieron como ramas secas. El pasaje retrocedió.
Él caminó hacia la parte trasera, no corriendo, sino deslizándose con zancadas silenciosas, y desapareció al doblar el baño. No podía evacuar pasajeros allí, temperatura bajo cero, viento arrachado sin cobertura celular. Arranqué el bus decidido a llegar a la estación de servicio de los tamariscos, 45 km más adelante, donde hay guardia policial.
Conduje atento sosteniendo el talky de cabina. Todos sujeten cinturones, mantengan la calma. Escuché soyosos de la señora y murmuraciones de los conscriptos.
Dejé la radio VHF encendida pese al ruido blanco. De pronto, la señal se limpió y emergió una voz infantil más clara que cualquier contacto que hubiera oído. "Conductor, ¿cuántos faltan todavía?
" El tono era chirriante, variables las sílabas, como si se reprodujera al revés. Bajé el volumen, sentí la mano entumecida. El bus comenzó a perder potencia.
La aguja de RPM cayó de 2000 a 800 pese a mantener el acelerador. Miré por el espejo lateral. La escarcha se acumulaba sobre las ventanas exteriores, formando escamas dudosas, figuras parecidas a manos abiertas.
Pisé el embrague, bajé a cuarta, luego a tercera. El motor tosió. En la colina siguiente simplemente murió.
El tablero se apagó. Solo quedó el rojo tenue de la luz de emergencia del pasillo. Inercia y freno de aire.
El vehículo se detuvo con un suspiro de válvulas. Entré en protocolo. Encendí balizas.
Liberé neumáticos, extendí el freno de estacionamiento. Avisé a los pasajeros que permaneceríamos adentro que retuvieran calor. Tomé la linterna, salí con la llave tuerca al compartimento del motor.
Al golpear la tapa, percibí un silencio anómalo. Ni viento, ni crujir de metal, solo mi respiración y el latido en los oídos. Abrí el capó y casi vomité.
El cojín del radiador estaba lleno de esa misma sustancia negra viscosa, que había visto gotear del extraño, bloqueando aletas y correas. El olor era imposible, mezcla de grasa quemada y excremento de corral. Volví a la cabina.
El pasillo estaba vacío. Todos los pasajeros habían desaparecido. Solo quedaban objetos.
La mochila de los franceses, el casco del minero, la manta de la nena, los auriculares de un conscripto enroscados como serpiente muerta. Me tambalé. Pensé en un rapto exprés, pero no había puertas abiertas ni cristales rotos.
Me dirigí a la fila 22. El asiento resumaba líquido hasta encharcar el suelo. Del portaequipaje colgaba el portafolio centreabierto.
Lo tomé con guantes de cuero. Era liviano como papel. Lo abrí.
Dentro hallé un montón de tarjetas sin perforadas en el centro, como si las hubiesen masticado, y un portarretratos sin foto. Solo el vidrio rajado y manchas oscuras en diagonal. Pensé que habría ido al baño trasero.
El sanitario del bus tiene un sensor de ocupación que enciende un testigo verde en el tablero. La luz permanecía apagada. Apreté el intercomunicador interno.
Caballero, vuelva a su asiento, por favor. Curva peligrosa. Nadie respondió.
Encendí las luces de cortesía. Todos los demás permanecían dormidos, inmóviles como figuras de cera. El pasillo, sin embargo, lucía húmedo, un reguero oscuro que se extendía desde la fila 22 hasta la puerta del piso inferior.
Detuve el bus en la banquina. Los reflectores delanteros alumbraron una pampa de arbustos bajos castigados por la escarcha. Bajé con la linterna.
La corriente helada me cortó la nariz. Fui directo al compartimento del baño, vacío, seco. Abrí la bodega número tres.
Solo equipaje etiquetado, ninguna persona. Al girar para regresar, escuché un portazo adentro de la cabina. Corrí, subí los tres peldaños.
La luz general había vuelto a apagarse, salvo la lámpara danzante sobre la fila 22, que ahora pendía de un cable pelado, como arrancada a tirones. El desconocido estaba sentado otra vez, la cabeza alzada, mirada fija al techo. Algo goteaba de su mentón sobre el pasillo.
Un líquido espeso, oscuro, imposible de ser sangre de lo denso que parecía. Abrió la boca y profirió un sonido gutural, una vocal única prolongada que hizo vibrar los portaequipajes. Los franceses se despertaron sobresaltados.
Uno gritó, "¡Mon Dieu! " y se cubrió la cara. El minero sacó un cortaplumas sin filo.
Yo extendí las manos y pedí calma. Quise acercarme, pero el sujeto se puso de pie de un salto imposible para un hombre de su complexión. Sus rodillas crujieron como ramas secas.
El pasaje retrocedió. Él caminó hacia la parte trasera, no corriendo, sino deslizándose con zancadas silenciosas, y desapareció al doblar el baño. No podía evacuar pasajeros allí.
Temperatura bajo cero, viento arrachado sin cobertura celular. Arranqué el bus decidido a llegar a la estación de servicio de los tamariscos, 45 km más adelante, donde hay guardia policial. Conduje atento sosteniendo eli de cabina.
Todos sujeten cinturones, mantengan la calma. Escuché soyosos de la señora y murmuraciones de los conscriptos. Dejé la radio BHF encendida pese al ruido blanco.
De pronto, la señal se limpió y emergió una voz infantil más clara que cualquier contacto que hubiera oído. "Conductor, ¿cuántos faltan todavía? " El tono era chirriante, variables las sílabas, como si se reprodujera al revés.
Bajé el volumen, sentí la mano entumecida. El bus comenzó a perder potencia. La aguja de RPM cayó de 2000 a 800 pé a mantener el acelerador.
Miré por el espejo lateral. La escarcha se acumulaba sobre las ventanas exteriores, formando escamas dudosas, figuras parecidas a manos abiertas. Pé el embrague, bajé a cuarta, luego a tercera.
El motor tosió. En la colina siguiente simplemente murió. El tablero se apagó.
Solo quedó el rojo tenue de la luz de emergencia del pasillo. Inercia y freno de aire. El vehículo se detuvo con un suspiro de válvulas.
Entré en protocolo. Encendí balizas. Liberé neumáticos, extendí el freno de estacionamiento, avisé a los pasajeros que permaneceríamos adentro que retuvieran calor.
Tomé la linterna, salí con la llave tuerca al compartimento del motor. Al golpear la tapa, percibí un silencio anómalo. Ni viento, ni crujir de metal, solo mi respiración y el latido en los oídos.
Abrí el capó y casi vomité. El cojín del radiador estaba lleno de esa misma sustancia negra, viscosa, que había visto gotear del extraño, bloqueando aletas y correas. El olor era imposible, mezcla de grasa quemada y excremento de corral.
Volví a la cabina. El pasillo estaba vacío. Todos los pasajeros habían desaparecido.
Solo quedaban objetos. La mochila de los franceses, el casco del minero, la manta de la nena, los auriculares de un conscripto enroscados como serpiente muerta. Me tambalé.
Pensé en un rapto exprés, pero no había puertas abiertas ni cristales rotos. Me dirigí a la fila 22. El asiento resumaba líquido hasta encharcar el suelo.
Del portaequipaje colgaba el portafolio centreabierto. Lo tomé con guantes de cuero. Era liviano como papel.
Lo abrí. Dentro hallé un montón de tarjetas sin perforadas en el centro, como si las hubiesen masticado, y un portarretratos sin foto. Solo el vidrio rajado y manchas oscuras en diagonal.
Entregué el coche 313 vacío y desde entonces ningún supervisor ha podido explicar las irregularidades de kilometraje ni las tapas de bodega sin candado. Yo no he vuelto a manejar de noche. A veces, cuando el viento sur ruge contra las chapas de mi techo, juraría escuchar el timbre de llamada del bus.
Ese din que avisa que algún pasajero quiere bajar. Me quedo quieto sin respirar y pasa casi siempre. [Música] Me llamo Lidia Ramos.
Soy cajera en un super 24 horas a la salida de la autopista México Toluca. El miércoles pasado cubrí el turno completo de medianoche. 9 horas bajo luz blanca escaneando cerveza tibia y taquitos preempacados a traileros que huelen al mismoel que respira la tienda.
Salí a la 0227m. Todavía estaba el eco del código 33. Un ladrón que nunca atraparon zumbando en los radios de los guardias.
Cerré mi caja, metí mi uniforme en la mochila y crucé el estacionamiento. El foco sobre la fila de carritos parpadeaba. Bajé la mirada porque cada destello me mostraba mi sombra deformada sobre el pavimento.
Parecía que otra mujer caminaba pegada a mí, más alta, con los brazos demasiado largos. La noche olía a ule quemado y a hojas de eucalipto podridas. La parada de microbuses queda a 700 m cruzando un puente peatonal sin varandales que sortea cuatro carriles.
No había autos, solo el rugido constante de los extractores de la gasolinera y lejos un perro sin dueño que ladraba hacia la nada. Subí los escalones de metal crujían bajo cada paso. A la mitad escuché otro crujido fuera de ritmo con el mío más leve, como si alguien pisara un escalón y lo soltara antes de apoyar peso.
Me giré vacío, apreté la mochila contra el pecho y subí más rápido, los cordones rozando los agujeros oxidados del piso. Arriba soplaba un viento que traía basura desde la autopista. Vi una bolsa de plástico negra que se infló y me pasó casi rozando la cara.
Tras ella venía arrastrándose un trozo de cartón húmedo que dejó una estela brillante como si estuviera empapado de aceite. No quise mirarlo de cerca. Crucé.
Del otro lado, la lámpara de vapor de sodio estaba fundida. Apenas se veía la estructura vacía de una parada con techo de lámina. Tenía que caminar hasta la curva del kilómetro 19, donde a veces los microbuses fantasmas, esos que no llevan ruta marcada, recogen a la gente que sale de las plantas.
Guardé las manos en la sudadera, hundí la cara en la bufanda y seguí la banqueta rota. A la derecha se extendía un predio de tráileres abandonados. Entre sus contenedores, la oscuridad parecía más densa que en el resto de la noche.
Cada tanto, algo metálico chocaba adentro y resonaba como si arañaran el techo con una pala. Mis botas rozaron un cable suelto de poste. De inmediato se encendió una pantalla LED pegada a la barda del predio azul blanco, sin imagen, solo un parpadeo que iluminó los chasis oxidados, revelando siluetas que no eran de fierros, figuras flacas, inmóviles, apostadas entre las ruedas.
Apagué el celular para evitar destellos y caminé más rápido. Escuché un golpe seco detrás. La pantalla se apagó y el metal volvió a crujir.
Ahora más cerca. Llegué a la curva. Allí la banqueta muere y comienza un tramo de terracería donde los camiones se orillan para dormir.
Había un Nissan rojo con el cofre abierto. El motor no sonaba, pero los faros estaban prendidos alumbrando al cielo. A contraluz vi a un tipo inclinado sobre el parabrisas, limpiándolo con movimientos lentos, innecesarios, como si formara figuras con el trapo.
Llevaba un overall grasiento. Pensé pedirle que me dejara esperar junto a su coche. A esa hora cualquiera busca compañía, pero algo en la rigidez de su espalda me detuvo.
Entonces oí pasos en la grava, justo detrás de mí. Me giré. Un hombre de traje claro, sin corbata, me sonrió con los labios agrietados.
¿Esperas el verde y blanco? , preguntó. Le asentí sin mirarlo a los ojos.
Se colocó demasiado cerca. Olía a vino rancio. No pasan desde la una, susurró.
Yo también voy. Me moví un metro. Él imitó mi paso.
El del Nissán había dejado de limpiar. Ahora miraba directo hacia nosotros. El trapo colgando en su mano, la otra metida en el cofre como urgando.
La tierra se estremeció cuando un tráiler pasó a toda velocidad haciendo vibrar los vidrios del Nissan. En el estruendo, el tipo de traje dijo algo que no entendí y extendió la mano hacia mi mochila. Eché a andar por la terracería.
Él me siguió. Comencé a trotar. Oí su respiración pastosa detrás.
Me lancé al carril. vació a esa hora y corrí sobre el asfalto. El del Nissan encendió el motor.
Ruge. Los faros me dieron de lleno. El coche se abalanzó hacia mí como un toro.
Salté al arsén, tropecé con una piedra y caí sobre las manos. El coche frenó a mi lado. Al instante salió humo del escape.
El conductor, el de overall, no volteó a verme. Simplemente bajó la ventanilla y le hizo un gesto al hombre de traje aún en mitad de la carretera. Este río, un sonido hueco y corrió hacia el coche.
Yo gateé hacia el campo, pero mis piernas respondían lento. La grava rasgó mi rodilla. El hombre de traje se subió al asiento trasero.
Antes de cerrarme miró. No tenía ojos, solo dos hendiduras hundidas que parecían tapadas con piel. El coche arrancó y se perdió en la curva sin luces traseras, sumido en la negrura.
Me quedé tirada con la rodilla sangrando. No pasaron ni dos minutos cuando escuché lo que creí era otro motor, pero era más grave, como si viniera del subsuelo, vibrando todo el camino. Un autobús pequeño, verde y blanco, emergió del otro extremo de la curva sin faros.
Se detuvo frente a mí. En el parabrisas había polvo tan espeso que las limpias formaban surcos como dedos de criatura. El chófer levantó la mano.
No tenía uñas, solo carne pulida. Abrió la puerta neumática. El aire olía a óxido.
Dentro vi filas vacías, menos la última, donde algo se movía bajo una manta con estampado de supermercado. "Mi uniforme. " El chóer susurró.
"Sube cajera. Oy el primero va lleno. La voz salía de un agujero en su cuello, no de la boca.
Di un paso atrás. La puerta se cerró de golpe y el autobús siguió su ruta a 20 por hora, sin encender luces ni placa. Sus llantas chirriaban como si rayaran hueso.
Cuando desapareció, la noche regresó a su silencio original. Tardé media hora en llegar a pie a la caseta de vigilancia de la autopista. El guardia me dejó usar su radio.
Nadie reportó micros verdes y blancos en esa zona desde las 10 de la noche. Tampoco había ORT rojo en el kilómetro 19. Volví a casa al amanecer.
Encontré mi uniforme colgado en la puerta. La tela estaba húmeda. Olía a hierro y a la misma grasa vieja que impregnaba el Nissan.
Aún conservo la etiqueta del precio que arranqué del bolsillo esa misma mañana a las 2:27. Ahora la tinta se corrió y solo queda un código de barras ilegible.