Piénsalo por un momento: ¿cuántos cafés te puedes haber tomado esta semana? Yo de momento uno, que todavía es lunes. La cafeína es la sustancia psicoactiva más consumida en todo el mundo.
Se encuentra de forma natural en componentes vegetales como los granos de café, las hojas de té, los granos de cacao, las bayas de guaraná y la nuez de cola. También existe la cafeína sintética, que se añade a algunas bebidas, como las bebidas energéticas o las bebidas gaseosas, e incluso a algunos medicamentos, como los analgésicos. Sí, esa pastilla que te tomas para aliviar los síntomas del resfriado seguramente contenga cafeína.
A pesar de que a muchos nos encante su aroma y su sabor, una de las principales razones por las que tomamos café es porque nos despierta, nos activa y nos ayuda con los lunes. Esto ocurre porque la cafeína es una sustancia psicoactiva, es decir, una sustancia capaz de alterar la actividad de nuestras neuronas, en este caso estimulándolas. Por eso, a dosis moderadas, la cafeína aumenta nuestro estado de alerta y reduce nuestra somnolencia.
Ahora bien, ¿por qué ocurre esto? Es decir, ¿por qué nos despierta la cafeína? Pues la cafeína nos despierta porque se parece mucho a una sustancia de nuestro cuerpo llamada adenosina.
Verás, para que nuestras neuronas puedan funcionar, necesitan un aporte constante de energía. Esta la consiguen al romper una molécula de alta energía: el ATP. En este proceso, se libera una molécula llamada adenosina, cuya función es inducirnos el sueño.
Durante el día, a medida que nuestras neuronas trabajan y gastan energía, se va liberando más y más adenosina. Nuestro cerebro está plagado de receptores de adenosina: cuando la adenosina se une a sus receptores, se activa una cascada de reacciones químicas que ralentizan la actividad de nuestras neuronas, haciendo que el cerebro funcione más despacio. En otras palabras, hacen que nos entre el sueño.
Ahora bien, la cafeína aquí es un poco troll. La molécula de cafeína tiene una estructura muy parecida a la de la molécula de adenosina. Esto hace que la cafeína sea capaz de unirse a los receptores de la adenosina, pero ¡ojo!
no los activa, simplemente se queda ahí y los bloquea. Claro, ¿qué pasa? Pues que cuando la adenosina vaya a unirse a su receptor, se va a encontrar que este está ocupado, y por tanto, no va a poder hacer su función, es decir, no va a poder inducirte el sueño.
En resumen: la adenosina te induce el sueño, y la cafeína bloquea la adenosina, es decir, bloquea el sueño: como resultado, la cafeína nos hace sentir más alerta, con más capacidad de concentración y sobre todo, con más energía. Ahora bien, ¿te ha pasado que con el tiempo has notado que el café te va haciendo cada vez menos efecto? Pues si es el caso, que sepas que es totalmente normal: es lo que se conoce como tolerancia a la cafeína, y se refiere a la necesidad de tomar más cantidad para lograr el mismo efecto.
Verás, cuando tomamos una droga, esta altera la actividad de nuestras neuronas porque toca alguna “tecla” en nuestro cerebro. En el caso de la cafeína, la “tecla” que toca es que bloquea los receptores de adenosina, con lo que la adenosina no puede hacer su función. Esto tenéis que entender que al cuerpo le hace muy poca gracia; en general, todo lo que sea alterar el fino equilibrio con el que funciona nuestro cuerpo, va generar una respuesta en consecuencia.
Por eso, si tomamos cafeína de forma prolongada, y los receptores de adenosina están constantemente bloqueados, el cuerpo va a responder desarrollando más receptores de adenosina, en un intento por mantener el equilibrio. Por eso, si quieres conseguir el mismo efecto que antes, vas a necesitar tomar más cafeína para poder bloquear una proporción significativa de receptores y lograr el mismo efecto. A medida que nos acostumbramos a tener esa dosis diaria de cafeína, también desarrollamos dependencia de la cafeína: tu cuerpo se acostumbra a funcionar con la presencia de esa sustancia, de forma que si un día no la tomas, sufres lo que llamamos un síndrome de abstinencia: te duele la cabeza, te notas somnoliento y fatigado, notas que te cuesta concentrarte, estás irritable… Si cuando no te puedes tomar tu café o té notas estos síntomas, entonces, eres dependiente de la cafeína.
Bienvenido al club. Por cierto, antes de que me lleguen comentarios sobre esto, la cafeína y la teína son la misma sustancia. Por si había dudas.
Ahora bien, más allá de los efectos psicoactivos que nos pueda producir el café, ¿qué hay de la salud? ¿Tiene el café algún tipo de beneficio? Pues lo cierto es.
. que sí. Lo primero que tienes que saber es que el café es una mezcla de más de mil sustancias químicas: además de la cafeína, el café contiene vitamina B2, magnesio, polifenoles o diterpenos.
Por eso, aunque yo vaya a hablar de “café” en general, tenéis que saber que el café que me hago en mi casa, el café que te haces tú y el café que te hacen en la cafetería de abajo seguramente sean distintos en función del tipo de grano que usen, de cómo se tueste, de la cantidad de molienda y de cómo se prepare. Aun así, hablemos de tu café o del que me hago en mi casa, es cierto que la investigación acumulada hasta el día de hoy sugiere que el café parece tener beneficios para la salud. Por ejemplo, el café, incluido el café descafeinado, podría reducir el riesgo de algunos tipos de cáncer, concretamente del cáncer hepático, es decir, el cáncer de hígado; y por otra, del cáncer de endometrio, que el revestimiento interno del útero.
Estos beneficios podrían explicarse por los efectos antioxidantes del café: algunos componentes del café serían capaces de activar ciertos genes que protegen a nuestras células del estrés oxidativo, una afección que predispone a las células a convertirse en cancerosas. Además, algunos compuestos del café, como los llamados diterpenos, tienen efectos antiinflamatorios, es decir, son capaces de reducir la inflamación. Con el tiempo, la inflamación crónica puede causar daño al ADN y llevar al cáncer, por eso una reducción de esa inflamación podría ayudar a reducir el riesgo.
Además, estos diterpenos del café también tienen efectos antiangiogénicos. Esto significa que son capaces de disminuir la capacidad de un tumor de formar nuevos vasos sanguíneos para expandirse por el cuerpo, frenando así el crecimiento tumoral y, por tanto, el desarrollo del cáncer. Por otro lado, además del cáncer, también se ha sugerido que el café podría proteger frente enfermedades cardiovasculares, es decir, enfermedades que afectan al corazón y a los vasos sanguíneos.
Sin embargo, aquí tengo que decir que aquí la evidencia es mixta: si bien algunos estudios parecen apoyar este efecto cardioprotector del café, otros parecen indicar que no lo tiene, así que en este sentido yo sería cautelosa y dejaría el tema abierto. Si alguien te dice que el café es bueno para el corazón, yo por ahora sería escéptica. Por contra, algo que se tiene más claro es que el consumo habitual de café, ya sea con cafeína o descafeinado, se asocia con un menor riesgo de diabetes tipo 2.
Nuevamente, se cree que los compuestos antioxidantes del café ejercerían un efecto protector sobre las células beta del páncreas, que son las que secretan insulina y las que se deterioran cuando tenemos diabetes tipo 2. Al proteger estas células del páncreas, reduciríamos el riesgo de diabetes tipo 2. También es posible, además, que hayas oído que el consumo de café se asocia con un menor riesgo de desarrollar la enfermedad de Parkinson.
La enfermedad de Parkinson ocurre porque las células del cerebro que producen dopamina se degeneran progresivamente. En estudios con animales y células en el laboratorio, se ha descubierto que la cafeína del café protege las células del cerebro que producen dopamina, evitando su deterioro. Por ejemplo, el café parece ser capaz de activar la autofagia, un proceso por el que la célula hace “limpieza” y elimina algunos productos que podrían hacerle daño, lo que tiene un efecto protector frente a enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson.
Ya por último, y dejando el plato fuerte para el final, varios estudios recientes han demostrado que un mayor consumo de café se asocia con una menor mortalidad tanto en hombres como en mujeres. Por ejemplo, en este estudio de casi 500. 000 personas en el Reino Unido, el consumo de café se asoció inversamente con la mortalidad por todas las causas, incluyendo el café molido, instantáneo y el descafeinado.
¿A qué se debe esto? Pues seguramente a un conjunto de todas las propiedades beneficiosas del café que hemos visto hasta ahora y que evitaban el riesgo de otras enfermedades. En resumen, el café no sólo es la bebida más consumida en todo el mundo, sino que se posiciona como uno de esos componentes dietéticos que parecen alargar la vida y protegernos contra enfermedades como el cáncer, la diabetes tipo 2 o el Parkinson.
Eso sí, algunas aclaraciones. La primera: que algo reduzca el riesgo de sufrir una enfermedad no significa que no vayas a tener esa enfermedad. Significa que reduce el riesgo, es decir, que ayuda a que tengas menos probabilidades de tenerla, junto con muchos otros factores, como una buena dieta, una vida activa o evitar factores de riesgo, como fumar o exposición excesiva al sol en el caso del cáncer.
Por otro lado, no todas las personas toleramos el café del mismo modo. Hay personas en las que, por su tendencia a la ansiedad o a los trastornos del sueño, tomar café podría ser contraproducente. Dormir bien es lo más sano del mundo, así que si tomar café reduce tu calidad del sueño, olvídate de estos “beneficios” del café.
Como siempre, cada caso debe estudiarse por separado. Bueno, hasta aquí el vídeo, no sé a vosotros pero a mí me ha entrado unas ganas de tomarme un cafecito calentito aquí… en la habitación…relajada… un momento, ¿no tenía yo algo que hacer?