Estamos en 1492. Colón se encuentra en medio del Atlántico con sus tres carabelas, a poco menos de un mes de llegar a América, cuando su brújula comienza a hacer cosas raras. La aguja parece cambiar de dirección a lo largo de una misma noche: al anochecer apunta a un sitio, y al amanecer, a otro distinto.
Pero es más, unos días más tarde la brújula volvió a cambiar de dirección. ¿Qué estaba pasando? Colón no lo sabía pero acababa de hacer un descubrimiento científico.
¿Por qué se había vuelto loca su brújula? ¡Vamos a averiguarlo! El primer día que Colón deja constancia del comportamiento anómalo de la brújula es el 13 de septiembre.
De acuerdo con su Diario de a bordo… o, más bien, según la transcripción que hizo en su día Bartolomé de las Casas, dado que, por desgracia, todas las copias del diario original se han perdido, ejem: En este día, al comienzo de la noche, las agujas noroesteaban, y a la mañana nordesteaban algún tanto. Es decir, que, al principio de la noche, la brújula no apuntaba exactamente en la dirección de la estrella Polar (que señala el norte) sino que se desviaba un poco al oeste. ¡Pero justo antes del amanecer pasaba lo contrario!
Entonces la aguja se torcía al este. ¿Cómo explicarlo? Tras unos días Colón dio con una de las claves (aunque otra cosilla se le escaparía).
Para entenderlo, tenemos que mirar a las estrellas. A primera vista, parecen fijas en el cielo. Pero si observamos con atención, veremos que todas ellas van girando poco a poco, describiendo un círculo.
Bueno, en realidad no se mueven todas: hay una muy tozuda que siempre parece mantenerse inmóvil: la estrella Polar. Y es que no son las estrellas las que se mueven, sino la Tierra. Nuestro planeta rota, nosotros con él y eso nos hace pensar que todo gira.
Imagina que estás en el polo norte, justo sobre el eje de rotación de la Tierra. Estás dando vueltas, pero vueltas sobre ti mismo. Mira hacia el cielo, ¿qué ves?
Todas las estrellas giran sobre ti. Pero cuanto más “arriba” miras, los círculos que trazan son más pequeños, hasta el punto de que hay una estrella encima de tu cabeza que describe uno tan tan pequeño que ni lo notas. Es la estrella Polar.
Se encuentra casi exactamente en el polo norte celeste. Eso hace que su posición aparente apenas varíe, ni a lo largo de la noche, ni de una noche a otra. Y, al estar allí, siempre señala al Norte.
Tenemos la suerte, además, de que es una estrella muy brillante. En el hemisferio sur no ocurre lo mismo: la estrella más cercana al polo sur celeste es la Sigma del Octante, que apenas se distingue a simple vista, por lo que no resulta tan útil. Sin embargo, el cielo meridional nos ha proporcionado otra herramienta: la Cruz del Sur, una constelación que siempre apunta al polo y nos permite determinar dónde está el sur.
Así que la estrella Polar nos indica dónde está el Norte. Pero resulta que eso no ha sido siempre así, ni tampoco será así en el futuro. Y es que la estrella más cercana al polo norte celeste va cambiando con el tiempo.
Por ejemplo, hace 5000 años, en el 3000 antes de Cristo, ese honor lo ostentaba Thuban, una estrella de la constelación del Drgón. Y dentro de 1000 años la estrella Polar será sustituida por Errai, de la constelación de Cefeo. Mucho más adelante, dentro de más de 12.
000 años, la estrella más cercana al norte celeste será Vega, una de las más brillantes del cielo, que ya fue la “estrella del norte” hace unos 14. 000. Y es que el ciclo se repite cada 26.
000 años. Esto es debido a la precesión: el eje de rotación de la Tierra va trazando círculos, haciendo que nuestro planeta gire de un modo muy parecido a una peonza. El caso es que, debido a la precesión, la posición de la estrella Polar con respecto al polo norte celeste va variando con el tiempo.
Hoy se encuentra a menos de un grado y apenas se mueve en el cielo. Pero en 1492 la distancia era mayor: de unos 3 grados y medio. Y eso hacía que la estrella trazara un círculo apreciable.
Aquí está la clave. Fíjate: si al principio de la noche la estrella Polar se encontraba al este del polo norte celeste, entonces la aguja parecería desviarse hacia el oeste. Al final de la noche, unas 12 horas después, la estrella habría descrito un semicírculo y se situaría en la posición opuesta, al oeste del polo, por lo que la brújula parecería desviarse hacia el este.
¡Así que no era la aguja lo que se estaba moviendo, sino la estrella! El propio Colón llegó a esta conclusión, a tenor de lo que apuntó en su diario cuatro días después, el 17 de septiembre: Tomaron los pilotos el Norte marcándolo, y hallaron que las agujas noroesteaban una gran cuarta, y temían los marineros y estaban penados y no decían de qué. Conociólo el Almirante; mandó que tornasen a marcar el Norte en amaneciendo, y hallaron que estaban buenas las agujas.
La causa fue porque la estrella que parece hace movimiento, y no las agujas. ¿Misterio resuelto? ¡En absoluto!
Primero Colón había visto como la brújula pasaba de apuntar de un lado de la estrella polar al otro. Pero ahora los marineros estaban viendo como una de las veces ¡apuntaba bien! Si a lo largo de una noche la estrella Polar traza un semicírculo alrededor del polo norte celeste, no puede ser que al anochecer la aguja se desvíe un montón con respecto a la estrella polar y al amanecer apunte justo en su dirección.
¿Cómo reconciliamos ambas cosas? Tiene que estar pasando algo más. Para entenderlo, tenemos que aclarar que las brújulas en realidad no apuntan al norte.
Al menos, no al norte geográfico. La Tierra posee un campo magnético, como consecuencia de las corrientes que se producen en su núcleo externo; un enorme imán, con sus polos situados cerca de los polos geográficos. Y “cerca” es la palabra clave: los polos magnéticos no coinciden exactamente con los geográficos.
Por ejemplo, ahora mismo el polo norte magnético (que, en realidad, para complicar aún más las cosas, correspondería al polo sur del imán terrestre) se encuentra a unos 450 kilómetros del geográfico. Una brújula no es más que una aguja imantada, cuyos extremos se ven atraídos por los polos del imán terrestre. Así que no apunta al norte geográfico, sino al magnético.
Existe una pequeña diferencia entre esas dos direcciones, lo que se conoce como “declinación magnética”. Parece que esa diferencia ya se conocía en la época de Colón, y que los navegantes corregían sus brújulas para tenerla en cuenta, girando un poco los puntos cardinales sobre la brújula. ¡Lo que no se sabía aún es que la declinación magnética no es la misma en cada punto de la Tierra!
Por ejemplo, hoy en día, en Boston el norte magnético se sitúa 14 grados al oeste del geográfico, y en los Ángeles, unos 11 grados y medio al este. Claro, también hay sitios donde da la casualidad de que el norte geográfico y el magnético coinciden, es decir, donde la declinación es cero. Ahora mismo, eso ocurre, por ejemplo, ¡en la parte central de la península Ibérica!
Los puntos con una misma declinación forman estas líneas de formas complicadas, los meridianos magnéticos, y aquellas para las que la declinación es cero se conocen como “líneas agónicas”. Habréis visto que he dicho “hoy en día” y “ahora mismo”. Y es que los polos magnéticos van moviéndose con el tiempo: pueden llegar a desplazarse unas decenas de kilómetros cada año.
Lo mismo ocurre con la declinación: los meridianos magnéticos cambian bastante. Por ejemplo, en 1590, en el centro de la península Ibérica el norte magnético estaba 9 grados al este del geográfico. Aunque no tenemos datos tan precisos para las fechas de Colón, hay gente que ha hecho reconstrucciones.
Todo parece indicar que el 13 de septiembre, el día en que Colón hace la primera anotación en su diario, estaba justamente cruzando una línea agónica, o al menos bastante cerca de ella. Y que el día 17 se encontraba en un punto donde la aguja se desviaba un par de grados al oeste del norte geográfico. Y este es justamente el ingrediente que nos faltaba para acabar de explicar el comportamiento de la brújula.
Fijaos: el 13 de septiembre, la aguja apuntaba aproximadamente al norte geográfico. Es por eso que hemos podido explicar las observaciones de Colón simplemente teniendo en cuenta el movimiento aparente de la estrella Polar. El día 17, al comienzo de la noche la estrella Polar se habría situado al este del polo norte celeste.
Como en ese punto de la Tierra la aguja de la brújula se desviaba hacia al oeste, la diferencia entre ambas direcciones habría sido máxima. En cambio, al amanecer, la estrella polar estaría al oeste, más o menos en la misma dirección que apuntaba la brújula, y por eso Colón observó que “las agujas estaban buenas”. Parece claro que Colón acabó comprendiendo el papel que jugaba el movimiento de la estrella polar.
En una anotación del 30 de septiembre vuelve a insistir en el tema: También en anocheciendo las agujas noroestean una cuarta, y en amaneciendo están con la estrella justo; por lo cual parece que la estrella hace movimiento como las otras estrellas, y las agujas piden siempre la verdad. Sin embargo, no parece que se diera cuenta del otro factor, la variación de la declinación magnética. Aun así, parece que en posteriores viajes sí fue comprendiendo este fenómeno y muchos autores consideran a Colón su descubridor .
Y menos mal que el magnetismo de la Tierra “corrigió” el sentido de la aguja. Como vemos en la anotación del 17 de septiembre, los marineros andaban un poco “mosca”. No debían tener el ánimo por las nubes: más allá de que había pasado ya más de un mes desde que partieron de la península, lo de la brújula no era más que el último de una serie de hechos excepcionales que quizá fueron minando la moral de la tripulación.
Mientras estaban en Canarias, “vieron salir gran fuego de la sierra de la isla de Tenerife”, lo que pudo corresponder a una erupción del volcán Boca Cangrejo. Y el 15 de septiembre “vieron caer del cielo un maravilloso ramo de fuego en la mar”: seguramente un meteoro, dado que por esas fechas tiene lugar la lluvia de las Píscidas. Según explica Bartolomé de las Casas en su Historia de las Indias, “todas estas cosas alborotaban y entristecían a la gente, y comenzaban a estimar que eran señales de no haber emprendido buen camino”.
Así que, seguramente, al final de la noche del 17 de septiembre, los marineros se sintieron aliviados al ver que “estaban buenas las agujas”. Quien sabe lo que hubiera pasado, qué rumbo hubiera seguido la historia de Colón, si la enorme complejidad del Universo no hubiera intervenido. Y ya sabes, si quieres más ciencia, solo tienes que suscribirte.
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