Hola, ¿qué tal, audiencia? Mi nombre es Artemio Salazar y soy el conductor del tren. Un día más les doy la bienvenida a este su programa "El maquinista: historias de terror".
Así que, ¡prepárense un café, pónganse los audífonos y disfruten este relato! Me llamo Cio, municipal de un poblado retirado. Como el velador y panteonero, mi trabajo consiste en cuidar que nadie entre al cementerio por la noche, limpiar las tumbas, regar las flores y cavar las fosas para los nuevos difuntos.
No es un trabajo muy agradable, pero me gusta estar en contacto con la naturaleza y la tranquilidad que se respira en este lugar. Llevo más de 20 años trabajando aquí y nunca me había pasado nada extraño ni sobrenatural, más allá de los curiosos que vienen por estas fechas a intentar hacer sus falsos rituales o simplemente para realizar exploraciones urbanas, en donde, por cierto, nunca encuentran nada y siempre hacen un montaje de situaciones sobrenaturales para vender miedo. Pero en fin, esa es harina de otro costal.
En cuanto a mí, siempre he sido una persona escéptica e irracional que no cree en fantasmas ni brujerías. Sin embargo, todo cambió hace unos meses cuando descubrí una tumba de la cual no fui notificado. Era un día como cualquier otro; había recién iniciado mi turno por la noche y, como parte de la rutina diaria, decidí dar un rondín por el cementerio para asegurarme de que todo estaba en orden.
Fue entonces cuando la vi: era una tumba que jamás había visto, ubicada en la parte menos visitada y descuidada del cementerio. Estaba hecha de tablones y materiales antiguos, como si se tratara de una tumba de otra época, y tenía una cruz de hierro oxidado en la parte superior. En la lápida se podía leer el nombre de la difunta: María Dolores García Pérez.
Debajo del nombre había una fecha de nacimiento: 13 de octubre de 1993, y una fecha de defunción: 13 de octubre de 2023. Eso significaba que había muerto el mismo día que cumplía 30 años. Esta situación me dejó pensativo.
Yo llevaba el registro de todas las tumbas que existían allí y, simplemente, la tumba de María Dolores no debería existir. Pero claro, lo primero que pensé es que a lo mejor era una tumba nueva que al panteonero del otro turno se le había olvidado anotar en la bitácora. Pero todo esto aún tenía tintes raros, pues la tumba no se veía reciente; pareciera como si hubiera estado allí desde siempre.
Después de examinar la tumba con sumo cuidado, me quedé desconcertado: la tierra que la cubría no parecía haber sido removida de forma reciente, y en ese momento supe que algo no andaba bien. Caminé hacia mi garita y no podía sacarme de la cabeza un montón de teorías acerca de lo que pudo haber ocurrido. Pero, sinceramente, nada me convencía.
Cuando llegué a mi caseta, tomé asiento y, como todas las noches, mientras cenaba una taza de café acompañado de un cigarrillo, me puse a buscar por redes sociales e internet algo que me diera un indicio acerca de quién era María Dolores García Pérez, pero no encontré nada al respecto. Las horas pasaron y poco a poco mi mente se ocupó en otras cosas, por lo que momentáneamente olvidé lo que había ocurrido con la tumba misteriosa. A las 2:50 de la mañana, mi dormitar se vio abruptamente interrumpido.
Esto fue debido a un llanto lastimero, como una melodía de dolor que enseguida me contagió con su tristeza. Estas situaciones no eran ajenas al panteón, pues era muy común que muchos familiares, dentro de su duelo, vayan a altas horas de la noche a llorar y a despedirse de su ser querido. Era un sentir que siempre dolía.
Pero bueno, son cosas de la vida. Al igual que en otras ocasiones, tomé mi lámpara y me fui hacia donde provenía el llanto, solamente para verificar que todo se encontrara en orden y dar mi apoyo en lo que fuera necesario, en caso de que la persona lo requiriera. Pero esta vez todo fue diferente y debo admitir que, incluso yo, siendo una persona abiertamente no creyente, sentí miedo con lo que ocurrió.
Se trataba de la misteriosa tumba; de allí provenían los llantos, y junto a ella había una mujer vestida de negro con un velo que le cubría el rostro. Estaba arrodillada sobre el suelo y sollozaba con desconsuelo. Parecía estar rezando o hablando con la muerta.
Me acerqué a ella con curiosidad y respeto, sé que tal vez era una familiar o una amiga de la difunta que había venido a despedirse de ella. —Buenas noches, señora —la saludé con voz suave—. ¿Puedo ayudarla en algo?
La mujer levantó la cabeza y me miró con unos ojos negros y profundos que me helaron la sangre. Su rostro era pálido y delgado, con unas facciones finas y hermosas. Tenía el cabello negro y largo que le caía sobre los hombros.
Era una mujer joven y bella, pero con una expresión de tristeza y dolor que me partió el alma. —No, gracias —me respondió con voz dulce y melancólica—. Solo quiero estar un rato con ella.
—¿Con ella? —pregunté, sin entender—. ¿La conocía?
—Sí, era mi hermana —me dijo con una sonrisa forzada—. Tuvo la desdicha de morir el día de su cumpleaños. —Lo siento mucho —le dije con sinceridad—.
¿Qué le pasó? —Fue un accidente —me explicó con voz entrecortada—. Iba conduciendo su coche por la carretera cuando un camión se le cruzó y la chocó.
Murió en el acto. —Lo siento mucho —exclamé con horror—. ¿Y no hubo ningún testigo ni responsable?
—No, el camión se dio a la fuga y nadie pudo identificarlo —me dijo con rabia—. Fue una injusticia. —Lo lamento mucho, señora —repetí con compasión—.
¿Y cómo se llama usted? —Me llamo María Dolores —me dijo con una mirada extraña. Me quedé perplejo al escuchar su nombre; era el mismo que.
. . El de la difunta, ¿cómo era posible?
¿Serían gemelas o tendrían el mismo nombre por casualidad? "María Dolores", repetí con incredulidad, "como su hermana". "Sí", como mi hermana, me confirmó con una sonrisa triste.
"Mis padres nos pusieron el mismo nombre porque nacimos el mismo día. Éramos gemelas idénticas". Me quedé sin palabras al oír su explicación.
Era una coincidencia muy extraña y macabra: dos hermanas gemelas que se llamaban igual y que habían nacido el mismo día. Era como una maldición. "Qué curioso", murmuré, sarcástica.
"Pero así es la vida: a veces te da sorpresas y a veces te las quita". Me quedé mirándola con una mezcla de asombro y pena. No sabía qué más decirle ni cómo consolarla.
Me pareció que era una mujer muy sola y desgraciada que había perdido a su única compañera en el mundo. "Bueno, señora, yo ya me voy", le dije al fin, tratando de despedirme. "Si necesita algo, me puede llamar.
Estoy aquí todos los días". "Gracias, Severiano", me dijo ella, llamándome por mi nombre. Me sorprendía al oír que sabía mi nombre.
Yo no se lo había dicho ni llevaba ninguna identificación. "¿Cómo lo sabía? ¿Cómo sabe mi nombre?
", le pregunté con curiosidad. "Lo sé todo de ti, Severiano", me dijo ella con una sonrisa misteriosa. "Te he estado observando desde hace tiempo".
Estremecí al oír sus palabras. Me dio la sensación de que había algo oscuro y peligroso en esa mujer, algo que no podía explicar ni entender. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda y un sudor frío empapar mi frente.
"¿Qué quiere decir? ", le pregunté con nerviosismo. "Nada, nada", me dijo ella con una risa suave.
"Solo es una broma. No te preocupes, Severiano, no te haré ningún daño". Me miró con unos ojos que me hipnotizaron y me atrajeron hacia ella.
Sentí una extraña fascinación por esa mujer, que me pareció la más bella y la más terrible que había visto en mi vida. "Adiós, Severiano", me dijo ella con una voz seductora. "Nos volveremos a ver pronto.
Y, por favor, no le digas a nadie ni cuestiones nada sobre esta tumba". Y, dicho esto, se levantó y se alejó de la tumba, dejándome solo y confundido. Ese fue el primer encuentro que tuve con María Dolores, la chica del panteón.
Sinceramente, quedé hipnotizado por la belleza de esa mujer, y muy fiel a sus palabras, decidí no decir nada a nadie, con la única esperanza de que algún día pudiera verla de nueva cuenta. Pasaron las semanas y a diario daba mis rondines, siempre esperando encontrarme con la misteriosa mujer, pero al parecer había superado su duelo, o al menos se había resignado, así como yo también me resigné y me imaginé que nunca más volvería a verla. Sin embargo, esto no fue como pensé.
Una noche fría, en la que el viento soplaba más fuerte de lo común, estaba en mi garita; después de haber leído un libro de Lovecraft, me dispuse a tomarme una siesta, razón por la cual programé mi alarma y cerré los ojos. Desconociendo el tiempo que había pasado, escuché unos gritos masculinos provenir del cementerio. Rápidamente tomé mi lámpara, mi macana y mi gas pimienta, y luego caminé, orientándome por los gritos, que poco a poco fueron perdiendo intensidad hasta que se hicieron ligeros quejidos.
Guiándome nada más por mi audición, perseguí el sonido hasta que fui a parar al lugar que más me inquietaba en todo el cementerio: la tumba misteriosa. Hasta este punto, debo aclarar de nuevo que yo no le temía a nada, pero en ese momento un inmenso terror me dio, pues lo que vi enseguida no se trataba de algo sobrenatural, sino de algo macabro y sangriento. Una pedacería humana se dejaba ver rodeando la tumba de María Dolores: brazos, piernas y otras partes del cuerpo se encontraban cercenadas.
Lo primero que pensé es que fue obra del narco, pues en mis momentos de ocio había visto videos muy fuertes de cómo los sicarios ejecutaban a sus rivales. Pero también se me hizo muy extraño que esta escena apareciera justamente alrededor de la tumba de la chica. No dudé mucho acerca de lo que debía hacer y, a toda prisa, me fui hacia mi caseta, le puse llave a mi puerta y llamé a la policía.
Al cabo de 30 minutos, varias patrullas llegaron al cementerio. Entre elementos estatales y elementos de la Guardia Nacional, arribaron con armas de grueso calibre. Una vez estando allí, les di acceso y me preguntaron qué era lo que había ocurrido.
Les conté todo lo que había visto y me pidieron que los llevara al lugar de los hechos, pero, ante mi sorpresa y la de los elementos de seguridad, no había nada. Todo estaba normal y tranquilo; ni una sola gota de sangre. Recibí un fuerte regaño por parte de la policía y me amenazaron con llevarme preso si volvía a hacer alguna broma de ese tipo.
Casi con lágrimas en los ojos, intentaba explicarles que nada había sido una broma y que yo había visto todo eso que les conté. Todos me miraron con un gesto de molestia y, sin decir más, se marcharon. Yo no comprendía qué era lo que estaba ocurriendo, pues estaba seguro de lo que había visto.
Yo no consumo alcohol y mucho menos drogas, y, estando en plenitud de mi conciencia, les juro que vi el cadáver mutilado. Después de ello, una pena enorme me invadió, y el sentimiento no me dejaba en paz, pues no estaba para nada contento con lo que había ocurrido. Para esos momentos, me cuestionaba sobre la realidad de todo lo que había visto y vivido en los últimos días.
Fue tal mi desconcierto que incluso desconfíe de mi salud mental. Ese mismo sentir me hizo dudar si realmente había visto a María Dolores, hermana de la difunta, y, presa del impulso, no me salía de la cabeza hablarle a mi jefe y hablarle acerca. .
. Del origen de aquella tumba, que desde que había aparecido solo le había traído mala suerte a mi vida; después de ello, transcurrieron dos días tranquilos hasta que, de nuevo, algo muy malo volvió a ocurrir. Un día, siendo aproximadamente las 10 de la noche y estando en el ejercicio de mis labores, tuve un ataque impulsivo de ansiedad y rápidamente decidí marcarle a mi jefe para que me explicara de una vez por todas todo lo que sabía con respecto a esa tumba.
Pero, extrañamente, en mi cabeza empezó a repicar el susurro de una voz femenina que me decía: "No lo hagas". Bajé el teléfono para ver si alguien estaba cerca de mí, pero no había nadie. Sin embargo, aquel susurro fue persistente y lo escuchaba una y otra vez.
A pesar del frío invernal del momento, salí de la caseta y allí afuera, aquel susurro se volvió una frase más sólida, con una voz que claramente me decía que yo no lo hiciera. Como en ocasiones anteriores, orientado por mi audición y mi lámpara, me guié hasta donde provenía aquella voz y, de nueva cuenta, llegué hacia la tumba de María Dolores. En esta ocasión, la mujer que había visto anteriormente se encontraba de nuevo allí, sentada.
Esta vez no lloraba, pero sus ojos denotaban una tristeza sin igual; no obstante, había algo que no cambiaba en ella, y esta era su imponente belleza, que, a pesar de su palidez, cada vez se hacía notar más. "Hola, Severiano", me dijo con voz seria. En ese momento, un inesperado descenso en la temperatura se hizo sentir, y con los labios temblando por el frío, le contesté: "Hola".
Ella sonrió y dejó entrever su blanca dentadura, y luego me respondió: "Muchas gracias por mantener nuestro secreto". Posteriormente, se acercó hacia mí y me dio un beso en la mejilla; después se marchó, caminando y perdiéndose entre la negrura de la noche y el tétrico escenario que representaban las tumbas en conjunción con el frío invernal. En cuanto a mí, me mantuve allí de pie y no me importó que un fino aguaviento cayera, anunciando que el frío se aproximaba en su etapa más intensa.
No me importó el hecho de que los labios de esa mujer se sintieran tan fríos, rompiendo la barrera de lo natural; simplemente me encontraba hechizado. Creo que esa es la palabra. A mis 45 años, era un hombre soltero con mucha mala suerte en las relaciones, y el hecho de que una mujer tan bella se encontrara conmigo confiándonos [Música].
Mi labor era sencilla: cada vez era más frecuente escuchar quejidos pidiendo ayuda y gritos desgarradores de dolor. Yo solo esperaba unos cuantos minutos y, cuando los lamentos se detenían, iba a echar un vistazo a lo ocurrido y siempre me encontraba con lo mismo: situaciones macabras y sangrientas, hombres decapitados, mutilados, pálidos como papel. A veces, con partes regadas alrededor de la tumba e incluso sobre los árboles.
Al principio moría de miedo, pero después caí en la costumbre y ya se me hacía normal. Asumí, como seguramente lo están haciendo todos ustedes que escuchan mi historia, que todos estos actos de violencia eran causados por la gemela viva, María Dolores, y no tenían nada que ver con el crimen organizado, como pensé en un principio. Ya no me preocupaba en hablar a la policía, a mi jefe o a alguien para reportarle lo que ocurría, pues de antemano sabía que solo me metería en problemas.
En varias ocasiones tomé fotos y videos de todas las escenas del crimen, pero de forma por demás misteriosa, en las fotos no salía nada, absolutamente nada. Pareciera que solo yo podía percibir todo lo que allí ocurría. Quizá ustedes piensen que estoy loco, pero tampoco se trata de eso, y no les mentiré: nunca dejé de pensar que lo estaba.
Sin embargo, caí en cuenta de que en las noticias locales se hablaba de un asesino serial que asesinaba a hombres al azar. No se sabía con exactitud si se trataba de un hombre o una mujer, pero las autoridades solo sabían que a todos los recogía cuando salían de bares o cantinas de mala muerte. En muchas ocasiones presentaron fotografías o retratos hablados de las víctimas, y también muchas veces pude identificarlos con rasgos específicos que siempre miré en los cadáveres, aun cuando estos, en la mayoría de las veces, se encontraban mutilados.
Después de tantas veces en las que presencié los cadáveres de las víctimas, me pude percatar de que, cuando un crimen estaba próximo a ocurrir, la temperatura en el cementerio descendía de forma drástica. Fue así como un día, sintiendo un frío repentino, mi amor por Maridol, que crecía día con día, me hizo sentir la necesidad de verla. Así que caminé hacia la tumba donde se encontraba su hermana y me escondí detrás de un féretro cercano.
Pasaron aproximadamente 30 minutos cuando escuché unas risas, y en medio de la oscuridad, una pareja apareció caminando entre risitas y coqueteo. Se trataba de Maridol con un hombre. En ese momento sentí como mi corazón palpitaba con fuerza, y un ataque de celos me invadió, pero eso fue mínimo, pues yo no sabía que vendría algo peor.
Poco a poco, los besos subieron de tono y, después, vi cómo tanto Maridol como su amante en turno se despojaron de sus ropas y se entregaron al pecado de la lujuria. En ese momento, me sentí desfallecer y una furia me invadió de golpe; experimenté un deseo casi incontrolable de ser aquel hombre que poseía con fervor a mi mujer amada, y a pesar de que fui testigo de cómo Maridol, de un momento a otro, atacó al hombre, como si se tratara de una bestia a la que solo le importaba la sangre y la carne de su víctima, eso no me importó, y en ningún momento se me salió de la cabeza que yo quisiera entregarme. En cuerpo y alma a esa mujer, aunque me costara la vida.
Al final de aquel ritual siniestro, el resultado siempre fue el mismo, pero, como dije anteriormente, nada me sorprendía cuando Maridol se perdió entre la oscuridad de las tumbas. Como de costumbre, caminé decepcionado hacia mi caseta, con un horrible sentimiento de traición hacia mí, y solo pensaba en vengarme. Estuve leyendo mucho y documentándome; lo que leía con respecto a ello mencionaba que había varias formas de acabar con un demonio como aquel, y las opciones eran: rociar su cuerpo con agua bendita, hacer que una cruz bendita hiciera contacto con su cuerpo, o hacer que saliera al sol.
La última opción la descarté definitivamente, pues no tenía nada que hacer en el turno de la mañana, y en ese horario hay mucho movimiento; era imposible realizar algo así por la mañana. La del agua bendita me parecía muy buena, pero no mejor que la de la cruz bendita, pues justamente mi madre tenía una así en la casa, y básicamente solo bastaría con tomarla prestada para acabar con mi amada Maridol. Al no saber cómo llamarla para que acudiera a mí, decidí hacer algo que nunca había hecho con anterioridad y creo que tampoco haría en el futuro; sin embargo, profanar la tumba de su hermana era la mejor opción, esperando que ella, de alguna forma, se enterara y acudiera a salvarla.
Por eso, al iniciar mi turno y al asegurarme de que ya no había nadie más en el cementerio, cerré las rejas, que por cierto nunca antes se habían cerrado, y me dirigí hacia la tumba de la gemela muerta, María Dolores. Estando allí, comencé a cavar hasta llegar a la vieja caja, y después de un gran esfuerzo, pude remover la tapa. En ese instante, mis ojos se abrieron en una evidente señal de sorpresa.
María Dolores era idéntica a Maridol, y allí estaba lo sorprendente y siniestro de la situación: María Dolores se encontraba intacta, pálida como su hermana, con los labios rojos y la misma belleza deslumbrante. A pesar del miedo que sentí ante esta circunstancia, ya no había marcha atrás y mis ganas de venganza eran más grandes que cualquier cosa. Una vez que destapé a la chica, la dejé así, alumbrando con la luz de la luna, sin tapar la tumba.
Salí de su agujero, pero ante mi sorpresa, al momento de salir, justamente se encontraba Maridol frente a mí. En ese instante, sentí el descenso de la temperatura, como en las otras ocasiones, y rápidamente corrí hacia la tumba, pero esta se encontraba vacía. Allí comprendí que nunca había existido tal hermana gemela; aquella tumba había servido todo este tiempo como aposento de un ser de la noche.
Ya no me cabía duda: mi hermosa musa era un vampiro. Con una mirada tierna, la joven se acercó hacia mí. Al sentirla tan cerca, mi impulso de rabia me hizo mostrarle la cruz para protegerme de ella, pero la chica, aún mirándome con ternura, tomó la cruz y la lanzó muy lejos de mí.
Al caer la cruz, la mano de Maridol comenzó a chamuscarse, y un humo con olor a carne quemada se sintió por todas partes; pero esto pareció no importarle a Maridol, y aun cuando su mano se prendía en fuego, en ningún momento mostró señal de preocupación. Solamente, al llegar muy cerca de mí, me mostró su mano, la cual se encontraba incandescente. —Investigaste bien, mi querido Severiano; la cruz bendita puede hacer daño, como podrás observar.
Luego de ello, abrió la mano y la cerró abruptamente, y de la palma nació un viento gélido que apagó el fuego enseguida, aunque las heridas de la piel quemada aún marcaban su extremidad. Posteriormente, Maridol caminó hacia mí, y como por arte de magia, me quedé completamente inmóvil, a pesar de que quería salir huyendo de aquel lugar. En un acto completamente esperado, Maridol se acercó tanto a mí, y luego me dio un beso en la boca.
Un beso apasionado que me hizo sentir vivo, algo que nunca había sentido. Luego, me miró a los ojos y me dijo: —Sé cuánto me amas y también sé que quieres estar conmigo, pero no puedo corresponderte. Si lo hiciera, te estaría maldiciendo y tu destino no sería diferente al de los hombres de los que me he alimentado.
Te agradezco mucho por haber guardado el secreto, pero mi labor en este lugar ha terminado y ya no nos volveremos a ver. Después de eso, una vez más, se alejó entre las penumbras del cementerio, siendo esta la última vez que la vi. Pasaron las horas y no sé en qué momento regresé a mi caseta; me había quedado dormido.
Al despertar, lo primero que hice fue ir hacia la tumba de María Dolores, pero solo vi un pedazo de jardín con una rosa negra que sobresalía de las demás. Aparentemente, nunca existió ninguna tumba en aquel lugar, o al menos no había ningún indicio de que así fuera. Al tomar mi autobús de regreso a mi casa, el chófer escuchaba la radio y allí se hablaba del asesino nocturno, como habían apodado a este asesino en serie.
Después de las averiguaciones policiales, habían detectado que todas las víctimas eran parte de una secta que secuestraba tanto animales como personas para realizar horribles rituales; y qué extraño, no habían podido dar con el paradero de ninguno, ya sea vivos o muertos. En ese momento, pensé en lo que daría la policía por saber todo lo que yo sabía: que se trataba de Maridol quien los había asesinado. Quizá primero los hacía a sus amantes como una manera de robarles su esencia o vida, y terminaba ese ritual devorándolos vivos.
La verdad, no sé con exactitud el motivo de su existencia, pero lo que sí les puedo recomendar es que nunca se enamoren de un vampiro.