Muy bien. Si tuviéramos que responder a la pregunta fundamental sobre qué nos hace humanos, durante siglos la respuesta parecía bastante clara, ¿no? Se hablaba de una naturaleza humana universal que todos compartimos.
Pero, ¿y si esa idea en realidad estuviera equivocada? Hoy vamos a desglosar el argumento de verdad revolucionario del antropólogo Clifford Gearz. Él propuso que no es una esencia interna, sino la cultura lo que verdaderamente nos define.
Y esta idea, como veremos, lo cambia absolutamente todo. Para desarrollar bien este argumento, vamos a seguir un orden muy lógico. Primero vamos a revisar esa idea clásica de la naturaleza humana universal.
Después veremos cómo la antropología la puso totalmente en jaque para luego presentarnos como animales culturales. Ojo, también analizaremos los riesgos de este nuevo paradigma y finalmente llegaremos a la gran conclusión de Geultura no es un extra sino nuestra mismísima esencia. Empecemos.
Y aquí tenemos de entrada el gran enfrentamiento. Por un lado, la visión de la Ilustración, un ser humano casi genérico, constante, definido por la naturaleza con mayúscula. Y por el otro la visión antropológica, un panorama diverso, contextual, donde la cultura es la protagonista.
Este es precisamente el cambio de paradigma que vamos a analizar a fondo. Entramos entonces a la primera parte, la naturaleza humana universal. Para entender la revolución que supuso Ge es indispensable viajar un poco al pasado.
Tenemos que entender cómo se pensaba al ser humano en la ilustración, mucho antes de que el concepto de cultura entrara con fuerza en la ecuación. La idea era bastante simple. En realidad se creía que si uno lograba quitar todas las capas superficiales de la época o del lugar, lo que quedaba era un ser humano esencialmente idéntico.
Daba igual si era un romano, un mandarín de la China antigua o un noble francés. Se buscaba al hombre en singular, un modelo base con una naturaleza inmutable. Y este punto es clave para entender todo.
Desde esta perspectiva, todas las diferencias que vemos entre pueblos, sus costumbres, sus creencias, sus rituales, eran vistas literalmente como adornos. Pensemos en ello como la ropa, algo que uno se pone y se quita, pero debajo el cuerpo, el ser humano universal, es siempre el mismo. Eran, en definitiva, trivialidades que ocultaban lo verdaderamente importante.
Aquí es donde la historia da un giro de 180º, porque la antropología llega para plantear una pregunta casi subversiva, la que vemos aquí. ¿Y si esas diferencias no son para nada superficiales? Y si esa ropa cultural no es un simple accesorio, sino que está de alguna manera cocida a nuestra piel.
¿Y si resulta que son precisamente esas diferencias lo que nos define como humanos? Vamos con la segunda parte, el concepto científico de cultura. Esa pregunta tan potente nos lleva directamente aquí.
Porque la antropología no solo se quedó en la pregunta, trajo consigo una herramienta nueva y poderosa para responderla, el concepto científico de cultura. un verdadero desafío a esa vieja idea de universalidad. Y es que la evidencia que empezaron a traer los antropólogos de sus trabajos de campo era sencillamente abrumadora.
No encontraron a un humano universal con distintos sombreros. Lo que encontraron fue una diversidad de mundos casi infinita. Cada cultura era un universo con su propia lógica, sus propios valores, su propia manera de entender la realidad.
Ya no era posible seguir llamando a todo eso meros adornos. Esta frase de Gearz es bueno, demoledora para la visión anterior. El punto es crucial.
No existe tal cosa como un ser humano natural o puro al que después añade cultura. Somos seres culturales desde el momento cero. Buscar un ser humano fuera de su contexto cultural es como intentar encontrar a un pez fuera del agua.
Sencillamente no existe. Pasamos al tercer punto. El hombre un animal cultural.
Bien, si no somos ese ser universal e inmutable, entonces, ¿qué somos? Y aquí es donde Gears nos ofrece esta nueva definición fascinante y compleja. Somos animales culturales.
Y esta idea, claro, nos obga a pensar en nosotros mismos de una manera completamente distinta. A ver, lo que muestra este esquema. El objetivo de la antropología no es simplificar la realidad humana, que es complejísima.
El objetivo es hacer esa complejidad comprensible, inteligible. Como bien lo explica Gearz, se parte de un aparente caos de datos y comportamientos. Se aplica el análisis a través de la herramienta que es la cultura y se llega a un orden, una complejidad que ahora sí podemos entender.
Y la herramienta por excelencia para hacer este trabajo es la etnografía. No se trata de especular desde un escritorio, no. Se trata de ir al campo, de sumergirse en otras culturas para estudiar sistemáticamente cómo funcionan.
Es la etnografía la que nos da la prueba viva, la evidencia de que la cultura lo moldea absolutamente todo. Geiza un ejemplo brillante, los rituales de trance en Bali. Si lo miramos desde una perspectiva puramente biológica, sería algo muy difícil de explicar porque alguien haría esto.
Pero dentro del sistema de significados de la cultura valinesa, estas acciones tienen un sentido profundísimo. No es una simple reacción fisiológica, es una experiencia religiosa, social y personal que está completamente configurada por su marco cultural. Esto demuestra que hasta nuestras experiencias más íntimas están mediadas por la cultura.
Cuarta sección, los riesgos del nuevo paradigma. Pero atención, abandonar la vieja idea de naturaleza humana nos abre un mundo de posibilidades, sí, pero también nos presenta sus propios peligros intelectuales. Gertz era muy consciente de que este nuevo enfoque tenía un par de trampas teóricas que debíamos esquivar.
Y aquí están los dos grandes abismos a evitar. Por un lado está el riesgo de caer en el relativismo extremo, pensar que cada cultura es una burbuja tan única que es incomparable con las demás y al final perdemos cualquier sentido de humanidad común. Y por el otro lado está el determinismo cultural, la idea de que somos meras marionetas de nuestra cultura, sin agencia, sin biología compartida, simples productos.
Entonces, el verdadero desafío, digamos, el trabajo fino de la antropología, consiste en navegar entre estos dos extremos. Se trata de ser capaces de reconocer y valorar la increíble diversidad de formas de vida humana, pero sin perder de vista aquello que nos conecta a todos. No como una esencia fija, como creía la ilustración, sino como condiciones compartidas de existencia.
Y esto nos lleva a la quinta y última parte, cultura, esencia, no adorno. Después de haber navegado por esos riesgos, llegamos a la gran síntesis de Hirts, la idea final que ata todos los cabos y que redefine por completo la relación entre nuestra biología y nuestra cultura. Esta es la tesis central.
La cultura deja de ser ese adorno superficial del que hablábamos al principio. Pasa a ser la condición necesaria para la existencia humana. es por usar una analogía, el sistema operativo a través del cual procesamos la realidad, sentimos emociones y nos relacionamos.
Sin cultura no es que seríamos humanos incompletos, es que simplemente no seríamos humanos en absoluto. Así que en resumen, hemos pasado de ver la cultura como un accesorio a entenderla como nuestro sistema operativo fundamental. No es algo que tenemos, es algo que somos.
Y esto nos deja con una pregunta final, una para la reflexión. ¿Cuáles son esos sistemas culturales? a menudo invisibles que están dando forma a nuestra propia manera de ver el mundo aquí y ahora.
Pensar en eso es empezar a entender por qué el trabajo de Ge sigue siendo tan relevante hoy en día.