En mitad de los montes Urales, una tienda de campaña solitaria se mantiene como puede en la pendiente nevada. No hay luz, la noche es cerrada, oscura. La tienda está ahí, pero no hay nadie dentro.
Ese refugio pertenece a un grupo de nueve excursionistas soviéticos. Dentro siguen estando las botas, los abrigos, la comida, las mochilas perfectamente colocados. Está todo salvo lo más importante.
Ellos, los nueve han desaparecido sin dejar una nota, sin encender una señal, sin pedir ayuda. ¿Qué ocurre esa noche? ¿Qué obliga a nueve personas entrenadas a abandonar la seguridad de su tienda en mitad de una tormenta y hacerlo casi sin ropa, sin calzado, sin protección?
Lo que debía ser una simple expedición se transforma en un caso sellado por el Estado soviético, clasificado durante décadas, rodeado de silencio, teorías contradictorias. y documentos incompletos. No es solo un accidente, es uno de los casos más enigmáticos jamás registrados en la historia.
Este es el misterio del paso Diatlov. A finales de enero de 1959, la Unión Soviética vive uno de sus inviernos más duros. El país está en plena guerra fría.
En los rurales del norte, esa cordillera inmensa que parece dividir el país en dos, el frío es extremo. En algunas zonas la temperatura puede caer por debajo de los 40 gr bajo cer bosques densos, valles interminables y montañas frías. Y entre ellos hay un nombre que destaca Colatakle, la montaña de la muerte.
Es en este contexto donde un grupo de jóvenes prepara una expedición que en teoría debería ser una aventura más. El grupo está formado por 10 jóvenes. La mayoría son estudiantes universitarios.
Todos rondan los 20 años y llevan ya varias expediciones. Saben esquiar, saben orientarse en condiciones difíciles y conocen bien las montañas rusas, ocho hombres y dos mujeres. Al frente está Igor Diatlov, de 23 años, serio, organizado y con fama de ser extremadamente meticuloso.
Junto a él, sus compañeros de universidad, amigos de años que comparten la misma pasión por la naturaleza y el reto. Y sumándose casi a última hora, aparece Semion Zolotariov, un instructor deportivo de 37 años con experiencia militar. Es un grupo equilibrado, completo y el objetivo está claro, llegar a la cima del monte Otortén, un pico de poco más de 100 m.
Puede parecer poca altura, pero la dificultad no está en el número, sino en el invierno soviético. La ruta está clasificada como de categoría 3, la más exigente del país para excursiones de esquí. Esto significa frío extremo, visibilidad reducida a riesgo elevado y largas distancias sin contacto humano.
Todos los integrantes del grupo tienen certificación de grado dos y necesitan completar esta expedición para obtener el grado 3, un logro importante para cualquier montañista de la época. Están preparados, entrenados y saben perfectamente dónde se meten. Este no es un grupo inexperto, no son turistas ni aficionados, son jóvenes bien formados, un equipo sólido.
Es 23 de enero de 1959 y el grupo está preparado para empezar su aventura. En la estación de trendes Fertlovsk, Igor Diatlovs y sus compañeros cargan sus mochilas, se ajustan las correas y se despiden de amigos y familiares. Hay bromas, hay risas, hay ese punto de nervios que aparece justo antes de empezar algo grande.
En las fotos se les ve tranquilos, con ilusión. Nada que haga pensar que esta expedición se convertirá en uno de los casos más misteriosos de la historia. El tren parte hacia el norte.
Mientras avanza Igor Diatlov escribe en el diario del grupo, me pregunto qué nos espera en esta caminata. ¿Tasá algo nuevo? Con cada kilómetro la ciudad queda atrás.
Llegan a Ifdel en la madrugada del 25 de enero. El frío es más seco, más áspero y la sensación de aislamiento empieza a hacerse real. Desde allí continúan en la parte trasera de un camión militar hacia Biz.
Poco a poco el grupo está entrando en un territorio donde solo manda la naturaleza. El 27 de enero empiezan la marcha final desde Bizai. Ríen, cantan canciones populares y se detienen de vez en cuando para hacer fotos del paisaje o para escribir cuatro líneas en el diario de viaje.
Pero no todo sigue así. Al segundo día, Yuri Judin, el miembro más joven del grupo de 21 años, empieza a quejarse de dolores fuertes. [música] Arrastra problemas de salud desde hace tiempo, dolores y una lesión antigua que empeora con el frío.
El 28 de enero toma una decisión durísima. No puede continuar. No quiere frenar al grupo y sabe que si sigue corre el riesgo de colapsar en medio de la nada.
Se despide uno por uno y los ve alejarse entre los árboles. El resto del grupo continúa. Se guían con el mapa y avanzan sin problemas.
Por las noches montan la tienda, encienden la estufa y hablan de cualquier cosa antes de dormir. Es 31 de enero de 1959 y el grupo avanza hacia el norte. Ya no quedan bosques densos, ahora todo es más abierto, más expuesto.
Están entrando en las tierras altas de los urales del norte, una zona donde la nieve cubre cualquier rastro en cuestión de minutos. Antes de enfrentarse a la parte más dura, deciden preparar un depósito de provisiones. Buscan un pequeño valle, caban un hueco en la nieve y dejan allí alimentos y equipo que no necesitan por el momento.
Harina, carne enlatada, herramientas de repuesto. Es un almacén improvisado que le servirá para el camino de vuelta. Aligerar peso es clave si quieren mantener un buen ritmo.
Ese día revisan mapas, trazan la ruta y repasan la etapa decisiva que tienen por delante. Les quedan pocos kilómetros para alcanzar el paso final y lo saben. Llega el 1 de febrero y el clima cambia de golpe.
La visibilidad baja a unos metros. El viento sopla fuerte. La temperatura cae por debajo de los 20 gr bajo cer.
Es un día duro, complicado y con esa combinación de nieve, viento y terreno difícil, el grupo se desvía del camino previsto. No es un fallo humano, simplemente no pueden ver hacia dónde se mueven. Se alejan hacia el oeste y empiezan a subir por la ladera oriental de Colatakl, la montaña muerta, en vez de rodearla camino de otortén.
No es un fallo grave en una situación normal, pero hoy con este clima es un desvío que cambia por completo la historia. La noche se les echa encima antes de tiempo. En ese momento, el grupo ya sabe que está en el lugar equivocado.
Han subido demasiado y no han corregido el rumbo. El bosque que serviría de refugio está a más de kilómetro y medio cuesta abajo. La idea de descender con poca visibilidad, con el viento de frente y con el cansancio acumulado no parece segura.
Y acampar aquí arriba tampoco es lo mejor, pero no hay muchas opciones. Igor Diatlov toma la decisión. Se quedan.
Montarán la tienda en esta ladera expuesta a unos 1079 m de altitud y pasarán la noche aquí. Puede que Igor quiera conservar la altura ganada. Puede que solo busque una solución rápida antes de entrar en la oscuridad total.
Sea como sea, el grupo clava los esquí en la nieve para crear una base plana y empieza a levantar la tienda sobre la pendiente. El viento golpea, la lona se agita. Es un montaje difícil, pero lo consiguen.
Dentro de la tienda intentan protegerse del frío, encienden el pequeño hornillo, preparan algo de comida, reparten pan, tocino y agua caliente. Escriben en el diario lo que ha pasado durante el día. Mencionan el maltiempo, la visibilidad casi nula y el cansancio.
Pero el tono es tranquilo, normal. No hay señales de miedo ni comentarios que indiquen que algo va mal. Incluso toman una foto mientras montan la tienda.
Salen sonrientes como si el viento no les afectara, como si estuvieran acostumbrados a enfrentarse a días así. Hablan entre ellos, se hacen bromas, comentan que mañana será mejor que recuperaran el rumbo y que alcanzaran el otroortotén sin problema. Fuera la tormenta sigue y dentro se preparan para descansar.
Es medianoche, el 1 de febrero acaba de convertirse en 2 de febrero y la montaña se encuentra en su peor momento. El viento baja con una fuerza brutal desde las zonas altas. Las ráfagas pueden llegar a los 70, quizá a los 100 km/h.
La temperatura ronda los 25º bajo cer bajando. Dentro de la tienda, los nueve expedicionistas no duermen a gusto. La tienda se mueve por el viento y de pronto algo ocurre.
Algo hace que todos se despierten casi a la vez. Y aquí es donde todo empieza a torcerse. No sabemos qué ocurre exactamente, pero la reacción del grupo deja claro que sienten un peligro inmediato.
Algo no encaja, algo les asusta de golpe. Puede ser un ruido inesperado, un movimiento extraño en la tienda. Da igual el motivo, lo importante es el resultado.
El miedo les supera. No recogen nada. Rompen la lona desde dentro.
La destrozan con cuchillos y con las manos. No abren la entrada normal. Abren un agujero en el lateral porque sienten que no tienen un segundo que perder.
Uno detrás de otro salen de la tienda casi sin ropa. Algunos en ropa interior, otros con un jerssei fino. Ninguno lleva botas ni abrigo.
Ninguno está preparado para enfrentarse a un exterior que a esa hora mata en minutos. Lo racional desaparece. Lo único evidente es que el grupo piensa que quedarse dentro de la tienda es peor que enfrentarse al frío extremo.
Y eso dice mucho, demasiado. Las huellas que dejan son desordenadas, no siguen un camino claro, no se mantienen juntos, bajan como pueden. Algunos resbalan, otros corren, otros se desplazan casi a ciegas siguiendo lo primero que ven.
En pocos minutos, el grupo desaparece ladera abajo y la montaña recupera su calma. Dentro de la tienda está todo lo esencial. Las botas, los abrigos gruesos, los gorros, los guantes, las mochilas con documentos, la comida, las cámaras.
Todo sigue ordenado, todo sigue ahí y nadie lo recoge. Los nueve excursionistas han salido corriendo hacia el bosque más cercano, una zona oscura que no les da calor ni refugio, pero que en ese momento les parece la única opción viable. Y aquí es donde el misterio empieza a crecer, porque esas nueve figuras que bajan a toda prisa por la ladera no regresan, no dejan señales, no vuelven a encender una linterna, no logran volver al campamento.
Los días pasan y en la ciudad nadie sospecha nada. El grupo debería regresar a Bizai alrededor del 12 de febrero, pero el 20 de febrero llega sin noticias. No hay carta ni telegrama, nada.
La situación cambia por completo. Han pasado más de 8 días sin una sola señal del grupo y las familias pierden la paciencia. Saben que algo va mal.
La universidad, presionada por los padres y por la falta total de noticias, organiza un primer equipo de rescate. Son estudiantes voluntarios, amigos de los desaparecidos y algunos profesores que conocen bien la zona. No es un despliegue masivo, pero es algo.
En los días siguientes, la operación de búsqueda crece. más voluntarios, luego guías y poco después unidades especializadas. Para el 23 de febrero, el ejército soviético entra en escena.
Se despliegan helicópteros y aviones para sobrevolar la zona. Desde el aire buscan cualquier rastro, una tienda, una fogata, una marca en la nieve, lo que sea. Están buscando a contrarreloj y el territorio no lo pone fácil.
Día tras día vuelven sin resultados hasta que el 26 de febrero de 1959 todo cambia. Uno de los voluntarios ve algo extraño en la ladera. La tienda del grupo o lo que queda de ella.
Está medio enterrada, inclinada. No hay huellas frescas, solo nieve acumulada y un silencio que pesa. Las cuerdas siguen tensas, bien atadas al suelo, lo que descarta que el viento la haya arrancado.
La tienda está ahí, pero no hay nadie. Al entrar, todo está ordenado, incluso hay comida preparada, trozos de carne sobre un plato, pero la lona está abierta desde dentro. Han salido a toda prisa y han dejado atrás todo lo que necesitarían para sobrevivir.
Mientras revisan el perímetro, uno de los rescatistas encuentra las primeras huellas. Son pisadas humanas que se alejan en dirección al bosque. Muchas están hechas con los pies descalzos o solo con calcetines.
Después de unos 500 m, las huellas desaparecen. Es la única pista y apunta directamente al bosque. ¿Qué ha tenido que pasar para que reaccionen así?
¿Qué les empuja a tomar una decisión que prácticamente equivale a una sentencia de muerte? No hay respuestas, pero tampoco hay tiempo para detenerse a buscarlas allí mismo. El equipo asegura la escena, memoriza cada detalle y se prepara para seguir las huellas hacia el bosque.
No pasa ni unos minutos desde que entran entre los árboles cuando uno de los rescatistas levanta la mano. A lo lejos, bajo un enorme pino siberiano, hay un círculo oscuro en la nieve. Es una hoguera apagada y justo al lado, dos cuerpos.
Por fin han encontrado los excursionistas, sí, pero no como esperaban. Son Yuri Kribonishenko y Yuri Doroschenenko. Están boca arriba, congelados desde hace semanas, pero lo que más impacta no es su postura, es su ropa, o mejor dicho su ausencia de ropa.
Dorosenko lleva solo una camiseta interior fina y unos calzoncillos, nada más. Kribonishenko tiene una camiseta interior y unos calzoncillos largos. Están prácticamente sin ropa en medio de un bosque helado a más de 20 gr bajo cer.
Un escenario que nadie puede entender. La temperatura y la falta de ropa explican la muerte, pero no el por qué. Las ramas más bajas del pino están rotas hasta una altura de casi 5 m.
No es normal. Y cuando examinan la corteza encuentran marcas de uñas. Todo indica que alguien ha intentado trepar desesperadamente al árbol.
Ha subido lo que ha podido. ¿Por qué? ¿Para ver la tienda?
¿Para huir de algo que hay en el suelo? ¿Para conseguir leña? Sea cual sea la razón, todo apunta a una desesperación pura.
Alguien que hace todo lo posible por sobrevivir unos minutos más. Junto a la fogata encuentran también restos de ropa quemada. Todo apunta a que en algún momento alguien ha intentado avivar el fuego usando su propia ropa.
Incluso se ven quemaduras en las piernas y manos de Dorosenko, como si se hubiese acercado demasiado a las llamas. Probablemente intentan calentarse como sea, aunque eso implique sacrificar prendas que ya de por sí no bastan para sobrevivir, pero ni siquiera ese fuego improvisado les sirve. La noche es demasiado fría, la ropa demasiado escasa y el cuerpo termina cediendo, el fuego se apaga y ellos también.
Tras cubrir los cuerpos y marcar la zona, el equipo sabe que lo que han encontrado es solo el principio. Si dos están aquí, el resto no puede estar lejos. El descubrimiento de los dos primeros cuerpos no hace más que impulsar a los rescatistas a seguir buscando.
Ahora se mueven con un método claro, cubrir la distancia entre el árbol y la tienda. Y no pasan muchos minutos hasta que uno de ellos se detiene de golpe. Bajo una capa de nieve aparece Igordiatlov.
Está a unos 300 m del vino orientado hacia el campamento, como si hubiese estado intentando regresar a la tienda cuando el cuerpo ya no le responde. La línea de búsqueda continúa y poco después aparece otro cuerpo. Está a unos 480 m.
Es Rustem Slobodin con el rostro contra la nieve como si hubiese caído en pleno intento de subir la cuesta. y no es el último. A 630 m, casi formando una línea recta que apunta directamente al campamento, aparece el cuerpo de Cinaida conmogorova.
Tres cuerpos todos orientados hacia la tienda. Intentan volver, pero no lo consiguen. El frío, el agotamiento o lo que sea que les empujó a huir les supera antes de llegar siquiera a la mitad del camino.
Todos están mal abrigados. Ninguno lleva botas y todos muestran signos de una muerte lenta por frío extremo. En este punto cinco de los nueve miembros del grupo ya han sido encontrados, pero aún faltan cuatro.
La búsqueda entra en una fase desesperante. Cuanto más avanzan los días, más evidente es que la nieve lo oculta todo. Los rescatistas vuelven una y otra vez al bosque, al árbol, a la ladera, pero no aparece nada nuevo.
No queda otra opción. Las autoridades deciden frenar el operativo hasta que llegue la primavera. El 4 de mayo de 1959, por fin un equipo de búsqueda regresa a la zona con mejores condiciones y más luz.
Y entonces ocurre, en un punto del bosque, casi a 4 m de profundidad aparece el primer cuerpo. Sigue encabando y no pasa mucho hasta que encuentran los otros tres. Están juntos en el fondo de un barranco estrecho.
Han cabado un espacio amplio como una especie de trenchara improvisada. Intentan organizarse, calentar el cuerpo, aguantar la noche. Y aquí aparecen los últimos cuatro nombres de la lista.
Liudmila Dubinina, Semion Zorotariov, Alexander Kollebatov y Nicolai Tibo Brignols. A diferencia del resto del grupo, estos cuatro llevan más ropa. Algunos tienen chaquetas pesadas, otros pantalones de lana e incluso hay botas en mejor estado y aún así no es suficiente.
El problema es que cuando empiezan a examinar los cuerpos descubren algo que no encaja, las heridas. Tiwabrings tiene una lesión en la cabeza como si hubiera recibido un gran impacto. Dubinian Zolotariov tienen daños importantes en el área del pecho y lo más desconcertante, por fuera apenas hay señales, no hay cortes ni lesiones.
¿Cómo se generan lesiones así en mitad de una montaña y sin dañar apenas la piel? Con los cuerpos ya recuperados, la investigación comienza de inmediato. Las autopsias de los primeros cinco empiezan entre finales de febrero y marzo de 1959.
El forense trabaja con lo que tiene, cuerpos congelados, ropa mínima y un frío que ha conservado todo, pero también ha distorsionado parte de las lesiones. El veredicto es directo. Hipotermia, cuervos colapsados tras perder calor a un ritmo que ningún ser humano puede resistir.
Es una explicación triste, pero razonable. Los cinco parecen haber caído uno a uno en la noche más cruel de sus vidas, pero en cuanto llegan los análisis de los Cuatro del Barranco, la historia cambia por completo. Hay lesiones que no encajan con la simple hipotermia.
Colebatov parece tener daños menores, pero también señales de un impacto fuerte. Y hay un detalle escalofriante. Por fuera apenas se ven marcas.
La fuerza necesaria para provocar esas fracturas es similar a la de un accidente de coche, pero allí no hay piedras caídas, no hay avalanchas. Y a todo eso se suma un factor que complica aún más las cosas, la radiación. Rubinina y Kolevatov llevan ropa con rastros radioactivos.
Uno de los analistas cree que podría deberse al trabajo de Kribonienko y las autoridades tratan de quitar la importancia, pero ya es tarde. El rumor empieza a crecer y crece muy rápido. La presión aumenta, pero los investigadores oficiales no encuentran una explicación que una todas las piezas, así que deciden cerrar el caso y lo hacen de la forma más abierta posible.
A finales de mayo de 1959, el informe final explica que los excursionistas mueren por la acción de una fuerza natural poderosa e inexplicable. Dicen que la combinación de frío, mala suerte y decisiones tomadas bajo una presión extrema [música] explica parte de lo ocurrido, pero saben que no responde a nada de lo que preocupa a la gente. Aún así, lo archivan.
Caso cerrado. Sobre el papel todo ha terminado, pero ese cierre lo único que hace es que las teorías empiecen a multiplicarse. La primera explicación que se pone sobre la mesa es la más lógica, una avalancha.
La hipótesis propone lo siguiente. En la noche del 1 de febrero, una pequeña avalancha desciende hasta llegar al campamento. Ellos oyen el ruido, sienten la vibración o notan que la nieve se mueve y reaccionan como cualquiera reaccionaría.
Salen corriendo, por eso cortan la tienda desde dentro. Por eso no pierden tiempo en ponerse las botas. Por eso huyen ladera abajo.
Según esta idea, la avalancha puede haber golpeado parcialmente la tienda, haberla desplazado un poco y haber provocado algunas de las lesiones internas más graves. Es una explicación que parece encajar con muchas piezas, pero no con todas. Cuando los investigadores examinan el lugar, no ven ninguna señal típica de una avalancha.
No hay árboles arrasados ni un rastro de nieve marcado. Además, la tienda sigue ahí, no está enterrada varios metros y las huellas, aunque están parcialmente cubiertas, aún son visibles. Cuando la gente ve que la versión de la avalancha no lo explica todo, empiezan a ganar fuerza otras teorías.
Una de ellas es la del viento catabático. Este tipo de viento desciende de golpe por las laderas, muy frío y muy denso, y puede alcanzar los cientos de kilómetros porh en cuestión de segundos. Y si una corriente así golpea la tienda esa noche, habría provocado un ruido ensordecedor, vibraciones y la sensación de que la lona va a volar.
Bajo ese estrés, con el cansancio acumulado y la oscuridad total, el grupo entra en pánico. Otra variante ligada al viento es la del infrasonido. Ciertas condiciones de viento y relieve generan ondas de baja frecuencia que el oído no percibe como sonido, pero que el cuerpo sí sufre.
Esa vibración puede provocar ansiedad extrema, sensación de peligro inminente, mareo, pánico irracional. En ese contexto, el grupo siente un terror sin motivo visible. Huyen de la tienda convencidos de que algo horrible va a pasar y cuando se alejan lo suficiente, el efecto se reduce, pero ya están malvestidos, desorientados y expuestos a un frío que no perdona.
El problema de esta teoría es que no hay pruebas de que en esa noche se produjera un viento tan extremo en esa zona. No hay registros meteorológicos ni tampoco hay señales claras en el terreno que expliquen un fenómeno de esa magnitud. Y aunque el pánico explique por qué salen de la tienda, no termina de explicar las lesiones internas tan graves.
El viento puede asustar, puede empujar, puede desorientar, pero no suele dejar cuerpos así. Luego viene la teoría que para muchos es la más tentadora en pleno contexto de Guerra Fría, la militar. Estamos en 1959.
La URS realiza pruebas de todo tipo de armamento en zonas remotas, misiles, bombas, prototipos. No sería la primera vez que algo cae donde no debe. Aquí la idea es que el grupo se encuentra, sin querer, demasiado cerca de una prueba secreta.
Hay testimonios de otros excursionistas a unos 50 km que esa misma noche dicen ver esferas luminosas anaranjadas en el cielo. Habitantes de la zona también hablan de luces extrañas, quizá cohetes, quizá bengalas, quizá algo que nadie quiere reconocer oficialmente. Además, Judin, el único superviviente cuando identificó los objetos recuperados en el lugar, dijo que había cosas que no reconocía.
Eski sigfas adicionales. Incluso se encontró una tela de origen militar. Imagina el escenario.
En mitad de la noche, una explosión en el aire, una onda de choque que hace temblar la tienda. El grupo no sabe qué está pasando. Sale corriendo convencido de que se aproxima un peligro mayor, una explosión aérea y aunque no los alcance, puede generar una presión suficiente para causar lesiones internas graves sin dejar heridas abiertas.
La radiación en algunas prendas también sirve como apoyo a esta teoría y el secretismo de las autoridades, el cierre de la zona y la falta de claridad del informe final solo aumentan la sospecha. Pero aquí aparece el problema. No hay documentos oficiales desclasificados que confirmen una prueba militar en esa zona y fecha.
Tras la caída de la Unión Soviética, miles de archivos militares salen a la luz, incluidos ensayos fallidos y operaciones catastróficas. Que solo este supuesto documento nunca aparezca, simplemente no tendría sentido. Por otro lado, no hay restos ni señales de una explosión, así que se descarta por completo esta idea.
Y cuando las explicaciones racionales no convencen a todo el mundo, llegan las teorías más extremas, las que se alejan por completo de la ciencia. Una de las más famosas es la del Jeti. La idea es que alguna criatura grande y violenta que vivía en aquella zona se encontró con los excursionistas y reaccionó de forma agresiva.
Eso explicaría la huida y las lesiones. Y al investigar más, se entiende por qué ganó tanta popularidad. En una de las fotografías tomada poco antes, probablemente en la zona donde montaron la tienda, se puede ver esto.
Tras analizarla, los expertos confirman que es completamente real y no está manipulada. Muchos aseguran que la figura tiene aspecto de criatura tipo Yeti, mientras que otros creen que simplemente parece una persona con ropa de invierno. Sea como sea, todo esto solo aumenta el misterio.
En la época en que desaparecieron los excursionistas, varias personas aseguraron haber visto ovnis, orbes de luz que se desplazaban por el cielo. Entre los testigos había tres soldados y dos grupos distintos de senderistas. El problema de los avistamientos OVNI es que, bueno, no están identificados y por tanto suelen ser imposibles de verificar.
Solo uno de los grupos de excursionistas afirmó haber visto un OVNI durante la noche del incidente. Los demás ocurrieron antes o después. Y luego está esto.
Esta es la última foto tomada con una de las cámaras del grupo. Parece una imagen de algún tipo de fuente de luz captada en mitad de la noche. Podría ser perfectamente una luz en el cielo o una vela, una linterna, una fogata o una estufa o cualquier otra cosa.
Al margen de estas grandes líneas también circulan teorías menores. Se habla de una pelea interna, de una discusión que se sale de control, pero los cuerpos no muestran signos de lucha entre ellos. Todo apunta a que el grupo se mantiene unido hasta el final.
También se mira hacia los Mansy, el pueblo indígena local. Sin embargo, la investigación descarta rápido esta opción. Los Mans colaboran en la búsqueda.
No hay huellas de terceros en la zona y no existe un motivo claro para algo así. Pero hay un detalle que pasa desapercibido durante años. Fíjate en esta foto.
La tubería que sobresale de la entrada de la tienda es el tubo de escape de la estufa interior. Sabemos que la habían usado a la noche porque se encontraron trozos de jamón frito y panceta parcialmente comidos dentro de la tienda. Y lo que pudo haber pasado es que después de desmontar la estufa y quitar el tubo de escape, las brasas del interior se reavivaron accidentalmente.
Como el tubo ya no estaba colocado, el humo habría llenado la tienda en cuestión de segundos. Al intentar controlar la llama, abrieron algunos agujeros en la parte superior para ventilar. Cuando eso no funcionó y respirar se volvió cada vez más difícil, cortaron un lateral de la tienda y todos salieron sin pensarlo.
Si lo recuerdas, varios miembros del grupo fueron encontrados con marcas de quemaduras, algo que podría deberse al fuego improvisado bajo el árbol o al contacto accidental con la estufa. En cualquier caso, salen al exterior y enseguida se dan cuenta de la situación terrible en la que están. Temperaturas bajo cero, sin refugio, mal vestidos, en plena tormenta de nieve, de noche y en mitad de la nada.
En este punto, uno o varios de ellos decidieron dirigirse al refugio más cercano, el bosque. Es probable que la decisión fuera porque el humo dentro de la tienda podría haber hecho imposible quedarse allí o podrían haber pensado que la tienda estaba ardiendo. Además, algunos estaban intoxicados, lo que habría afectado su juicio y su resistencia al frío.
Pero al final esto sigue siendo solo eso. Otra teoría más de la lista. Con los años el caso no se enfría, todo lo contrario.
La caída de la URS en los 90 abre archivos, aparecen documentos nuevos, fotos, diarios. Investigadores rusos y extranjeros vuelven una y otra vez al paso de Atl. Internet hace el resto.
Foros, vídeos, libros. El misterio sigue vivo. Tanto que en 2019 las autoridades rusas deciden reabrir oficialmente la investigación.
Hay una intención clara, cerrar el tema de una vez por todas. En 2020 anuncian su conclusión. La causa oficial vuelve a ser una avalancha combinada con condiciones meteorológicas extremas.
Es decir, regresan a la idea inicial, pero con más matices. Los chicos caban la tienda en una pendiente inestable. El viento acumulado y el peso de la nieve desencadenan horas después una avalancha de placa.
La nieve entra en la tienda, causa lesiones graves a algunos y obliga a todos a escapar sin tiempo de vestirse. Después, el frío y la desorientación hacen el resto. Pero sigue habiendo cosas que no cuadran.
Si hubo una avalancha, ¿por qué no hay señales claras en el terreno? ¿Por qué los árboles están intactos? ¿Por qué la tienda sigue en su sitio?
Entonces, ¿qué ocurrió? ¿Por qué abandonaron la tienda? La pregunta sigue siendo, ¿por qué?
A pesar de las innumerables teorías, ninguna termina de encajar. La realidad es simple y brutal. Nunca tendremos la certeza absoluta de lo que ocurrió.
Y es precisamente esa duda lo que mantiene vivo el caso. El misterio del paso de Atlándonos lo vulnerables que somos frente a la naturaleza y frente a aquello que no podemos explicar del todo, porque hay historias que no se cierran, historias que siguen respirando década tras década esperando una respuesta que quizá nunca llegue.