Mi nombre es Rafael Domínguez, tengo 43 años y lo que voy a contarte hoy puede que no me creas, pero te juro por la sangre de Cristo que cada palabra que vas a escuchar es real. Es tan real como el aire que respiras ahora mismo. Era 2019, en Santiago de Cuba.
El gobernador de la provincia había firmado la orden de demolición de nuestra iglesia. Teníamos 48 horas para desalojar el templo donde mi abuelo había predicado, donde mi padre había sido bautizado, donde yo había conocido a Jesús por primera vez cuando tenía apenas 8 años. Pero, hermano, hermana, lo que pasó después cambió no solo mi vida, sino la de toda una ciudad.
Lo que vas a escuchar desafía toda lógica humana. Y si estás viendo este video ahora mismo, no es casualidad. Dios quiere que sepas algo que puede transformar tu fe para siempre.
Prepárate porque lo que realmente ocurrió esa noche es absolutamente inexplicable. Era una tarde de marzo en Santiago de Cuba y el calor húmedo se pegaba a la piel como una segunda capa. El olor a café cubano mezclado con el aroma del mar Caribe llenaba las calles empedradas de nuestro barrio.
Pero esa tarde había algo diferente en el ambiente, una tensión que podías cortar con un machete. Yo estaba en la iglesia preparando el sermón para el culto de esa noche, cuando escuché los pasos pesados subiendo las escaleras de madera que crujían bajo el peso de las botas militares, mi corazón comenzó a latir más fuerte. En Cuba, cuando escuchas esos pasos, sabes que las noticias no van a ser buenas.
La puerta se abrió con un sonido seco, como un hueso que se quiebra. Entraron tres hombres, dos uniformados y uno en traje civil que claramente era el que mandaba. Sus ojos eran fríos como el acero, y en su mano derecha llevaba un sobre manila que parecía pesar más que una lápida.
"Pastor Rafael Domínguez", me preguntó con una voz ronca, como si hubiera estado gritando toda la mañana. Yo asentí sintiéndome pequeño delante de la enormidad de lo que estaba por venir. Traigo una orden directa del gobernador de la provincia.
Esta iglesia debe ser demolida en 48 horas. Motivo: construcción ilegal y actividades no autorizadas por el Estado. Las palabras cayeron sobre mí como una avalancha.
Mis piernas temblaron y por un momento pensé que me iba a desmayar. Esta iglesia no era solo un edificio, era el lugar donde mi abuelo, pastor había predicado durante 40 años antes de partir con el Señor. Era el lugar donde mi padre había sido bautizado en las aguas del río Cauto, cuando ser cristiano en Cuba era casi un acto de rebeldía silenciosa.
Pero, Señor, logré susurrar, esta iglesia tiene más de 60 años. Mi familia ha predicado aquí desde antes de la revolución. Tenemos todos los documentos.
El hombre del traje me cortó con un gesto de la mano que era como una bofetada invisible. Los documentos no importan, pastor. La orden viene de arriba, muy arriba.
Ustedes tienen 48 horas para desalojar completamente. Después de eso vienen las máquinas y así como llegaron se fueron. El silencio que quedó después era tan denso que podías tocarlo.
Me quedé allí parado en el púlpito, donde tantas veces había predicado sobre la fidelidad de Dios, sintiéndome completamente vacío. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas, mezclándose con el sudor del calor tropical. Esa noche convoqué a toda la congregación para una reunión de emergencia.
fueron llegando uno por uno. La hermana María, de 78 años, que cojeaba con su bastón, pero nunca faltaba a un culto. El hermano José, el carpintero que había reparado nuestros bancos de madera tantas veces sin cobrar un peso, la familia Rodríguez completa con sus cinco hijos que habían crecido corriendo por estos pasillos después de cada servicio.
Cuando les conté la noticia, el silencio fue más doloroso que cualquier grito. Vi como los ojos de la hermana María se llenaron de lágrimas, como el hermano José apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Como los niños Rodríguez, se abrazaron a sus padres sin entender completamente lo que estaba pasando, pero sintiendo la tristeza en el aire.
"Pastor Rafael", dijo la hermana María con su voz temblorosa pero firme. "Mi esposo está enterrado en el pequeño cementerio detrás de la iglesia. " Él murió creyendo que este lugar era sagrado.
¿Qué voy a hacer ahora? Esa pregunta me atravesó el alma como una espada. No tenía respuesta.
Por primera vez en mis 15 años de ministerio, me sentí completamente perdido, como un barco sin brújula en medio de una tormenta en alta mar. Las siguientes 36 horas pasaron como en una pesadilla de cámara lenta. Empacamos los bancos, las biblias desgastadas, el viejo órgano que mi abuela había tocado durante décadas.
Cada objeto que sacábamos era como arrancar un pedazo de nuestro corazón, pero lo que más me dolía era ver la desesperanza en los ojos de mi congregación. Esa iglesia no era solo nuestro lugar de culto, era nuestro refugio, nuestro hogar espiritual. el lugar donde celebrábamos los bautismos, los matrimonios, donde llorábamos a nuestros muertos y donde encontrábamos esperanza en los momentos más oscuros.
La noche del 16 de marzo, cuando faltaban apenas 12 horas para la demolición, decidí quedarme solo en la iglesia. Necesitaba estar allí una última vez. Necesitaba orar.
Necesitaba, no sé, tal vez necesitaba un milagro. Me senté en el primer banco, el mismo donde mi padre se sentaba cuando yo era niño, y comencé a orar. Pero no eran oraciones bonitas, hermano, eran gritos desesperados al cielo.
Dios mío, le gritaba, ¿dónde estás? ¿Por qué permites que esto pase? ¿Acaso no somos tus hijos?
¿Acaso no hemos servido fielmente en este lugar? Las horas pasaban y yo seguía allí orando, llorando, algunas veces maldiciendo en voz baja, porque la frustración era más fuerte que mi educación cristiana. A las 2 de la mañana, el cansancio emocional pudo más que mi voluntad y me quedé dormido sobre el banco.
Pero lo que pasó a las 4:17 de la madrugada, hermano, lo que pasó cambió mi vida para siempre. Me desperté por un sonido extraño, como si algo muy pesado hubiera caído afuera de la iglesia. Al principio pensé que habían llegado las máquinas demoledoras antes de tiempo.
Mi corazón comenzó a latir como un tambor desafinado. Pero cuando abrí los ojos, vi algo que me dejó paralizado. Una luz dorada, suave como la miel, pero brillante como el sol, entraba por las ventanas de la iglesia.
No era la luz de los faroles de la calle, no era la luz de la luna. Era algo completamente diferente, algo que hacía que el aire mismo vibrara con una energía que podía sentir en los huesos. Me levanté lentamente, con las piernas temblando como un recién nacido aprendiendo a caminar.
Caminé hacia la ventana y lo que vi, hermano, lo que vi desafía toda explicación lógica. El cielo estaba completamente despejado, sin una sola nube. Pero había algo allí arriba, una presencia, una luz que se movía lentamente como si estuviera danzando.
Y de esa luz salía una música, no una música que puedes escuchar con los oídos, sino una música que sientes en el alma. Dios mío, susurré, ¿eres tú? Y entonces, hermano, entonces escuché la voz.
No era una voz humana, era algo que trascendía cualquier sonido terrenal. Era como si el mismo viento hubiera aprendido a hablar, como si el océano se hubiera convertido en palabras, como si la montaña más alta de Cuba hubiera encontrado su voz después de siglos de silencio. Rafael, hijo mío, me dijo esa voz que parecía venir de todas partes y de ninguna parte a la vez.
¿Por qué lloras? ¿Acaso no sabes que yo soy el dueño de la tierra y todo lo que en ella hay? Mis rodillas se dieron y caí al suelo como un saco de arena.
Las lágrimas corrían por mi rostro, pero esta vez no eran lágrimas de tristeza, era algo diferente. Era como si mi alma estuviera llorando de alivio, de reconocimiento, de amor puro. Señor, logré susurrar, van a destruir tu casa.
van a destruir el lugar donde tu pueblo te adora. Y la voz respondió con una risada suave, como el sonido de las olas acariciando la arena en la playa de Sibonei. ¿Piensas que yo vivo en templos hechos por manos humanas?
¿Piensas que mi poder se limita a cuatro paredes y un techo de zinc? En ese momento, la luz dorada se intensificó tanto que tuve que cerrar los ojos. Pero aún con los ojos cerrados, podía ver esa luz.
podía sentirla corriendo por mis venas como sangre líquida de oro. "Mira hacia afuera, Rafael", me dijo la voz. "Mira y ve lo que yo puedo hacer.
" Con las piernas todavía temblando, me acerqué a la ventana. Lo que vi me quitó el aliento. En la calle, frente a la iglesia había una fila interminable de personas.
No eran los vecinos del barrio, no eran miembros de nuestra congregación, eran personas que yo nunca había visto en mi vida. Hombres en uniformes militares, mujeres en batas blancas que parecían doctoras, niños de todas las edades, ancianos caminando con dificultad, pero con una determinación férrea en sus rostros. Todos estaban allí parados en silencio, formando como un muro humano alrededor de la iglesia.
¿Quiénes son? , pregunté en voz alta. Y la voz me respondió, son mis ángeles, Rafael.
Los he enviado para proteger este lugar hasta que se cumpla mi propósito. No podía creerlo. Era como si toda la ciudad hubiera despertado a las 4 de la mañana y hubiera decidido caminar hasta nuestra pequeña iglesia.
Pero lo más impactante no era la cantidad de gente, era la expresión en sus rostros. Todos tenían la misma mirada serena, la misma paz profunda, como si hubieran estado esperando este momento toda su vida. A las 7 de la mañana, puntual como un reloj suizo, llegaron las máquinas demoledoras.
Tres excavadoras enormes, amarillas como girasoles gigantes, seguidas por un convoy de camiones y una docena de obreros con cascos blancos. Pero cuando el capataz de la demolición bajó de su camioneta y vio la multitud que rodeaba la iglesia, su rostro cambió completamente. Era como si hubiera visto un fantasma, o mejor dicho, como si hubiera visto un ejército de fantasmas.
¿Qué es esto? , gritó acercándose a las primeras personas en la fila, pero cuando trató de hablar con ellas, algo extraordinario pasó. Ninguna le respondía, pero todas lo miraban con una sonrisa tan pacífica que parecía desarmar cualquier agresividad.
El capataz sacó su radio y comenzó a hablar nerviosamente. Base, base. Aquí equipo de demolición, tenemos un problema.
Hay como, no sé como 1000 personas rodeando el edificio. No podemos proceder. Desde la radio llegó una voz áspera.
¿Cómo que no pueden proceder? Sáquenlos de allí. Llamen a la policía si es necesario.
En menos de 30 minutos llegaron seis patrullas policiales. Pero cuando los oficiales salieron de sus vehículos y vieron la escena, algo increíble pasó. Algunos de ellos se quitaron las gorras y se unieron a la multitud.
Otros se quedaron parados como hipnotizados, sin poder mover un músculo. Yo estaba viendo todo esto desde la ventana de la iglesia, sin poder creer lo que mis ojos contemplaban. Era como si estuviera viendo una película, pero sabía que era real porque podía sentir el olor del café cubano que alguien había empezado a preparar en la calle.
Podía escuchar el sonido de los pájaros cantando en los árboles de mangó. Podía sentir la brisa caribeña entrando por la ventana abierta. A las 10 de la mañana llegó el mismo hombre del traje civil que me había entregado la orden de demolición.
Pero esta vez venía acompañado por dos oficiales de alto rango y alguien que claramente era de mayor jerarquía. Se acercaron a la multitud y el hombre del traje gritó, "Por orden del gobernador de la provincia, desalojen inmediatamente esta área. Esta es una orden oficial, pero algo asombroso pasó.
En lugar de dispersarse, más gente comenzó a llegar. Parecía como si cada vez que las autoridades gritaban aparecían más personas de la nada. Llegaban caminando por las calles empedradas, como si siguieran una música que solo ellos podían escuchar.
Era ya mediodía cuando el hombre de mayor jerarquía, que después supe que era el mismísimo gobernador de la provincia, decidió tomar cartas en el asunto personalmente. Se acercó a la puerta de la iglesia y gritó, "Pastor Domínguez, salga inmediatamente. Tenemos que hablar.
" Yo salí con las piernas todavía temblorosas, pero con una paz en el corazón. que no había sentido nunca antes. Cuando me vio, el gobernador me miró con una mezcla de confusión y respeto que nunca había visto en los ojos de una autoridad cubana.
"Pastor", me dijo con una voz mucho más suave de la que esperaba, "necesito que me explique qué está pasando aquí. Necesito que me diga por qué toda esta gente está dispuesta a desafiar una orden oficial solo para proteger su iglesia. " Yo lo miré directamente a los ojos y le dije, "Gobernador, lo que usted está viendo no es obra mía.
Yo soy solo un hombre, un pastor de una pequeña congregación en un barrio humilde de Santiago. Pero el Dios al que yo sirvo es el Rey de Reyes y Señor de Señores. " Y él ha decidido que esta iglesia no debe ser destruida.
El gobernador se rió, pero era una risa nerviosa, como la de alguien que trata de convencerse de que algo imposible no está pasando delante de sus ojos. Pastor, seamos realistas. No creo en milagros.
Soy un hombre de ciencia, un hombre práctico. Pero lo que está pasando aquí, esto no es normal. En mis 30 años en el gobierno nunca he visto algo así.
Entonces, algo extraordinario pasó. Una de las personas de la multitud, una anciana que no tendría menos de 80 años, se acercó lentamente al gobernador. Era una mujer negra con el cabello completamente blanco y arrugas profundas en el rostro que hablaban de décadas de vida dura bajo el sol caribeño.
Compañero gobernador, le dijo con una voz suave pero firme. Yo me llamo Esperanza González. Hace 50 años que vivo en este barrio.
He visto revoluciones, he visto cambios, he visto cosas que usted no se puede imaginar. Pero nunca, nunca había sentido lo que sentí esta madrugada. El gobernador la miró con curiosidad.
¿Qué sintió, señora? Sentí que alguien me tocaba el hombro a las 4 de la mañana y me decía, "Eperanza, levántate y ve a proteger mi casa. Yo no soy religiosa, compañero.
Hace años que no piso una iglesia. Pero esa voz, esa voz no era de este mundo. Y entonces, uno por uno, otros miembros de la multitud comenzaron a contar la misma historia.
Todos habían sido despertados a la misma hora. Todos habían escuchado la misma voz. Todos habían sentido el mismo llamado irresistible de venir a proteger la iglesia.
El gobernador escuchó historia tras historia y yo podía ver como su rostro iba cambiando. La dureza se fue suavizando, la incredulidad se fue convirtiendo en asombro, la autoridad se fue transformando en humildad. Después de escuchar más de 20 testimonios idénticos, el gobernador se acercó a mí nuevamente.
Esta vez había lágrimas en sus ojos. Pastor Domínguez me dijo con una voz quebrada, yo no entiendo lo que está pasando, pero sí entiendo que hay fuerzas en este mundo que van más allá de mi comprensión, más allá de mi poder. Se quedó en silencio por un momento, mirando a la multitud que seguía creciendo.
Parecía como si toda Santiago de Cuba hubiera decidido venir a nuestro pequeño barrio. "Dígame una cosa,", continuó, "¿Qué necesita su iglesia para seguir funcionando legalmente? ¿Qué documentos?
¿Qué permisos? Porque yo no puedo luchar contra esto. No puedo luchar contra algo que claramente es más grande que yo.
No podía creer lo que estaba escuchando. El mismo hombre que 48 horas antes había venido a destruir nuestro templo. Ahora me estaba preguntando cómo podía ayudarnos.
Señor gobernador", le respondí, "solo necesitamos que reconozcan oficialmente lo que siempre hemos sido. Una iglesia cristiana evangélica al servicio de la comunidad, un lugar donde la gente puede venir a encontrar paz, esperanza y amor. " Él asintió lentamente.
Eso va a requerir algunos trámites, algunos papeles, pero se puede hacer. Se va a hacer. Y entonces, algo que jamás pensé que vería en mi vida.
El gobernador de la provincia de Santiago de Cuba se acercó a la multitud y gritó con voz fuerte, "Ciudadanos, por la presente cancelo oficialmente la orden de demolición de la Iglesia Emanuel. Este edificio queda reconocido como patrimonio cultural y religioso de la comunidad. El silencio que siguió fue ensordecedor y entonces, como si hubieran estado esperando exactamente esas palabras, toda la multitud comenzó a aplaudir.
No era un aplauso normal, hermano. Era como si el mismo cielo estuviera aplaudiendo. Pero lo más increíble vino después.
Uno por uno, las personas que habían formado esa muralla humana alrededor de la iglesia comenzaron a irse. No hablaron, no se despidieron, simplemente caminaron de vuelta por donde habían venido con la misma paz serena en sus rostros. En menos de una hora, la calle había vuelto a su normalidad.
Solo quedamos el gobernador, sus oficiales, los trabajadores de demolición que ahora empacaban sus herramientas. Y yo esa noche convoqué nuevamente a toda la congregación para contarles lo que había pasado. Cuando terminé de relatar los eventos del día, la hermana María se puso de pie lentamente.
"Pastor Rafael", me dijo con lágrimas corriendo por sus mejillas arrugadas. Yo conocía a muchas de las personas que estuvieron aquí protegiendo la iglesia. En serio, hermana María, ¿de dónde las conoce?
Pastor, muchas de esas personas están muertas. Un silencio sepulcral cayó sobre la congregación. Yo sentí como si alguien me hubiera echado un balde de agua fría.
¿Cómo dice, hermana? Vi a mi esposo Miguel, que murió hace 5 años. Vi a la señora Carmen, que era mi vecina, y murió el año pasado de cáncer.
Vi a don Roberto, el carpintero que construyó los bancos de esta iglesia y que murió hace 10 años. Otros miembros de la congregación comenzaron a asentir y a murmurar entre ellos. Yo también vi a mi hermano Pedro, dijo el hermano José.
Murió en un accidente de trabajo hace 3 años, pero yo lo vi claramente entre la multitud. Vi a mi abuela Rosa añadió la señora Rodríguez. Ella me crió después de que mis padres murieron y partió con el Señor cuando yo tenía 20 años, pero estaba allí tan real como si nunca se hubiera ido.
Hermano, hermana, en ese momento entendí la magnitud de lo que había pasado. Dios no solo había enviado a los vivos para proteger su casa, había enviado a los muertos. también había roto las barreras entre el cielo y la tierra para demostrar que su poder no conoce límites.
Después de ese día, nuestra pequeña iglesia nunca volvió a ser la misma. Lo más hermoso era ver cómo las vidas se transformaban. El mismo gobernador que había venido a destruir la iglesia comenzó a visitarnos regularmente, no para hacerse cristiano, me decía, sino para entender mejor lo que había experimentado.
Poco a poco, algunos de los oficiales que habían presenciado el milagro también comenzaron a llegar. Algunos de manera secreta, otros más abiertamente, todos con la misma pregunta. Pastor, ¿cómo puedo conocer a ese Dios que usted sirve?
Un año después del milagro, nuestra congregación había crecido de 45 miembros a más de 300. Tuvimos que hacer turnos para los cultos porque la iglesia no daba abasto, pero más importante que el crecimiento numérico era el crecimiento espiritual. Vi cómo matrimonios destruidos se reconciliaron después de escuchar el testimonio del milagro.
Vi como jóvenes adictos a las drogas encontraron liberación al conocer el poder de Dios. Vi como ancianos que habían perdido la esperanza recuperaron las ganas de vivir. La hermana María, que ahora tiene 80 años, se convirtió en la cronista no oficial de todos los milagros que siguieron pasando en nuestra iglesia.
Porque después de ese 17 de marzo de 2019, los milagros no pararon, siguieron manifestándose de maneras diferentes, pero igual de poderosas. Tres meses después del milagre de la protección angelical, llegó a nuestra iglesia un niño de 8 años llamado Pedrito. Sus padres, que no eran creyentes, lo trajeron porque había escuchado hablar del lugar donde Dios hace milagros y quería conocer a Jesús.
Pedrito había nacido con una condición en las piernas que le impedía caminar normalmente. Usaba muletas y había sido operado varias veces sin éxito. Los médicos le habían dicho a sus padres que probablemente nunca podría caminar como un niño normal.
Durante el culto, mientras yo predicaba sobre el poder sanador de Jesús, Pedrito se acercó cojeando hasta el altar. "Pastor Rafael", me dijo con su vocecita inocente. "¿Puede pedirle a Jesús que me sane las piernas?
" Hermano, te confieso que en ese momento sentí un poco de miedo. ¿Y si oraba y no pasaba nada? ¿Y si el niño se desilusionaba?
Pero entonces recordé lo que había vivido apenas unos meses antes y supe que tenía que confiar. Puse mis manos sobre las piernas de Pedrito y oré con toda mi fe. Señor Jesús, tú que resucitaste a Lázaro, tú que sanaste a los cojos y los paralíticos, toca las piernas de este niño.
Demuestra una vez más tu poder sanador. Lo que pasó después todavía me emociona hasta las lágrimas. Pedrito soltó sus muletas y comenzó a caminar.
no solo a caminar, sino a correr por toda la iglesia gritando, "Puedo caminar, puedo caminar, Jesús me sanó. " Sus padres, que habían venido por curiosidad más que por fe, cayeron de rodillas llorando. Toda la congregación estaba gritando y alabando a Dios.
Era como si el cielo hubiera descendido a la tierra otra vez. Al día siguiente, los padres de Pedrito llevaron al niño al hospital para confirmar médicamente lo que había pasado. Los doctores no podían creer lo que veían.
Los rayos X mostraban que los huesos que antes estaban deformados, ahora estaban perfectamente alineados. El doctor que había estado tratando a Pedrito durante años me llamó personalmente. Pastor Domínguez, soy un hombre de ciencia, no soy religioso, pero lo que ha pasado con este niño no tiene explicación médica.
Los huesos se han regenerado completamente. Es es imposible, doctor. Le respondí, para los hombres es imposible, pero para Dios nada es imposible.
Con cada fin de semana, nuestra pequeña iglesia se convertía en un centro de peregrinación. Pero lo más hermoso era ver cómo Dios seguía manifestando su poder de maneras diferentes. Recuerdo especialmente el caso de Miriam, una mujer de 45 años que había llegado de la Habana después de escuchar sobre los milagros.
Había estado luchando contra el cáncer de mama durante 2 años y los doctores le habían dado apenas 6 meses de vida. Pastor", me dijo con una voz débil, pero determinada, "he venido hasta aquí porque sé que si Dios pudo salvar su iglesia y sanar a un niño, también puede sanarme a mí. " Esa noche oramos por Miriam con toda la congregación.
No hubo una sanidad instantánea como con Pedrito, pero algo sí cambió en ella. Una paz sobrenatural llenó su rostro y por primera vez en meses pudo dormir sin dolor. Tres meses después, Miriam regresó a nuestra iglesia, pero esta vez venía corriendo con una sonrisa que iluminaba toda la nave del templo.
Los estudios médicos mostraban que no había ni rastro del cáncer en su cuerpo. "Pastor Rafael", me dijo llorando de alegría. "Los doctores me dicen que es una remisión espontánea, pero yo sé la verdad.
Yo sé que fue Jesús quien me sanó. Para el segundo aniversario del milagro de la protección angelical, decidimos organizar una celebración especial. Invitamos a todas las personas que habían sido testigos de los eventos, incluyendo al gobernador que había estado presente ese día.
Lo que no esperaba era que el gobernador aceptara la invitación y llegara no solo como invitado, sino pidiendo hablar desde el púlpito. "Hermanos y hermanas", dijo con una voz cargada de emoción, "Hace dos años yo vine a este lugar con el propósito de destruir lo que ustedes consideran sagrado. Venía armado con la autoridad del estado, con máquinas demoledoras, con la fuerza de la ley.
" Hizo una pausa y pude ver las lágrimas en sus ojos. Pero ese día aprendí algo que ninguna universidad, ningún libro, ningún curso de gobierno me había enseñado. Que hay poderes en este mundo que trascienden cualquier autoridad humana.
Que hay un Dios que protege a su pueblo de maneras que desafían toda lógica. El silencio en la iglesia era absoluto. Nadie se movía, nadie respiraba fuerte.
Por eso quiero decirles públicamente, yo fui testigo de un milagro y aunque no puedo decir que soy un creyente como ustedes, sí puedo decir que respeto profundamente lo que ustedes representan y me comprometo a proteger esta iglesia y todas las iglesias de mi provincia, porque he aprendido que la fe de un pueblo es algo sagrado que ningún gobierno debe tocar. Cuando terminó de hablar, toda la congregación se puso de pie aplaudiendo. Pero lo más increíble vino después.
El gobernador se acercó a mí y me susurró al oído, "Pastor, podría orar por mí, no para convertirme, sino para que pueda ser un mejor líder para mi pueblo. " En ese momento supe que Dios estaba usando nuestra pequeña iglesia para tocar no solo corazones individuales, sino para cambiar estructuras de poder, para ablandar corazones endurecidos por años de autoridad y control. Pero lo más hermoso de todo era ver como el testimonio del milagro de nuestra iglesia seguía abriéndole el corazón a la gente en cada lugar que visitaba.
Cuando contaba la historia de cómo Dios había protegido nuestro templo con un ejército de ángeles, veía como la esperanza renacía en los ojos de pastores desalentados, de creyentes perseguidos, de iglesias que habían perdido la fe en que las cosas podían cambiar. Me di cuenta de que el milagro que habíamos vivido en nuestra pequeña iglesia no era solo para nosotros. Era una semilla que Dios quería plantar en el corazón de personas de todo el mundo.
Nuestra iglesia tiene seguido creciendo. Ahora teníamos más de 500 miembros activos y habíamos plantado tres iglesias hijas en diferentes barrios de la ciudad. Pero lo que más me emocionó fue encontrar que muchos de los jóvenes de la congregación habían comenzado a sentir el llamado al ministerio.
La iglesia, que una vez estuvo a punto de ser demolida, ahora estaba enviando misioneros a otras partes de Cuba, incluso a otros países del Caribe. Hoy, 5 años después de aquella noche de marzo, cuando creí que todo estaba perdido, puedo decirte que los milagros no han parado. Cada semana vemos como Dios transforma vidas, sana enfermos, restaura matrimonios, libera adictos.
La hermana María, que ahora tiene 82 años, sigue siendo nuestra cronista de milagros. Su cuaderno ya se ha convertido en tres tomos gruesos, llenos de testimonios de lo que Dios ha hecho en nuestra congregación. El pequeño Pedrito que fue sanado de su condición en las piernas, ahora tiene 13 años y predica en las reuniones de jóvenes.
Su testimonio ha inspirado a cientos de otros niños a creer que Dios puede hacer lo imposible. Miriam, la mujer que fue sanada de cáncer, se convirtió en una evangelista poderosa. Ha llevado a más de 100 personas a los pies de Cristo, contando su testimonio de sanidad.
Y el gobernador que una vez vino a destruir nuestra iglesia, aunque nunca se ha convertido oficialmente al cristianismo, se ha convertido en uno de nuestros más firmes protectores. Ha facilitado la construcción de un nuevo anexo para la iglesia y ha declarado oficialmente el 17 de marzo como día de la tolerancia religiosa en la provincia de Santiago. Hermano, hermana, si estás viendo este video hoy, no es casualidad.
Tal vez estás pasando por una situación imposible. Tal vez sientes que las puertas se están cerrando, que los enemigos te rodean, que no hay salida humana para tu problema. Quiero decirte lo mismo que esa voz me dijo a mí en la madrugada más oscura de mi vida.
¿Por qué lloras? ¿Acaso no sabes que yo soy el dueño de la tierra y todo lo que en ella hay? El mismo Dios que envió un ejército de ángeles para proteger una pequeña iglesia en Cuba.
Es el mismo Dios que puede intervenir en tu situación hoy. El mismo Jesús que sanó a Pedrito y a Miriam. Es el mismo Jesús que puede tocar tu cuerpo, tu familia, tu economía, tu futuro.
Pero hay algo que necesitas entender. Los milagros vienen por casualidad. Los milagros vienen cuando estamos dispuestos a orar como si todo dependiera de Dios y a actuar como si todo dependiera de nosotros.
Esa noche del 16 de marzo yo no me quedé en mi casa llorando. Me fui a la iglesia y oré hasta que algo pasó. No fue una oración bonita y cómoda.
Fue una lucha espiritual. Fue un grito desesperado al cielo. Fue una entrega total de mi vida en las manos de Dios.
Quiero compartir contigo el versículo que ha sido el fundamento de mi ministerio desde aquella noche. No temas, porque yo estoy contigo. No desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo.
Siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. Isaías 41:10. Este versículo no es solo una promesa poética, es una declaración de guerra contra toda circunstancia que trate de derrotarte.
Es una garantía divina de que el mismo poder que resucitó a Jesús de entre los muertos está disponible para ti hoy. Cuando las máquinas demoledoras estaban listas para destruir nuestra iglesia, Dios no envió un pergamino legal para detenerlas. Envió un ejército sobrenatural.
Cuando los médicos le dijeron a Miriam que tenía 6 meses de vida, Dios no le dio una medicina nueva, le dio una sanidad sobrenatural. Cuando Pedrito nació con huesos deformados, Dios no le dio una cirugía mejor, le dio una recreación sobrenatural. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Tu situación no es demasiado difícil para Dios. Tu problema no es demasiado complicado para el creador del universo. Tu enemigo no es demasiado poderoso para el Rey de Reyes.
Pero quiero hacerte una pregunta directa. ¿Estás dispuesto a creer? ¿Estás dispuesto a orar?
No solo cuando tienes ganas, sino especialmente cuando no las tienes. ¿Estás dispuesto a perseverar hasta que veas la manifestación del poder de Dios en tu vida? Porque te voy a decir algo que aprendí esa noche de marzo.
La diferencia entre los que reciben milagros y los que solo hablan de ellos es la disposición a quedarse orando cuando todos los demás se van a casa. La diferencia entre los que ven puertas abrirse y los que solo ven puertas cerrarse es la fe para seguir tocando cuando la puerta parece más cerrada que nunca. La diferencia entre los que experimentan lo sobrenatural y los que solo lo admiran de lejos es la valentía para arriesgarse a verse como locos delante de los hombres, para verse como héroes delante de Dios.
Si sientes en tu corazón que este mensaje ha llegado a ti en el momento exacto que lo necesitabas, quiero que hagas algo conmigo ahora mismo. No importa dónde estés viendo este video, no importa quién esté contigo, quiero que cierres tus ojos y ores conmigo. Padre celestial, en el nombre poderoso de Jesús, vengo delante de ti como vino el pastor Rafael esa noche de marzo.
Vengo desesperado, vengo necesitado, vengo creyendo que tú puedes hacer lo imposible en mi vida. Señor, mi situación parece imposible, pero tú eres el Dios de lo imposible. Mi problema parece más grande que yo, pero tú eres más grande que cualquier problema.
Mis fuerzas se han acabado, pero tu poder es infinito. Hoy, en este momento, entrego mi vida completamente en tus manos. Entrego mi familia, mi salud, mi trabajo, mi futuro.
Todo te pertenece, Señor. Y declaro por fe que así como enviaste ángeles para proteger una iglesia en Cuba, vas a enviar tu intervención sobrenatural a mi vida. Así como sanaste a Pedrito y a Miriam, vas a tocar mi cuerpo y el de mi familia.
Así como transformaste el corazón de un gobernador, vas a transformar la situación que me tiene preocupado. En el nombre de Jesús, amén. Hermano, hermana, cuando terminé de orar esa oración contigo, algo pasó en mi corazón.
Sentí la misma presencia que sentí aquella madrugada de marzo. Sentí que el Espíritu Santo se movió no solo mí, sino sobre cada persona que está viendo este video con fe genuina. Quiero que sepas que tu historia no termina con tus circunstancias actuales.
Tu historia termina con la victoria que Dios ya preparó para ti. Tu historia termina con el testimonio que vas a dar cuando veas como el mismo Dios que hizo milagros en Cuba hace milagros en tu vida. Porque este no es solo mi testimonio.
Este es un testimonio para toda persona que está dispuesta a creer que nuestro Dios sigue siendo el mismo ayer, hoy y siempre. Durante estos 5 años he recibido cartas, mensajes y llamadas de personas de toda ciudad que han escuchado este testimonio y han experimentado milagros en sus propias vidas. Madres que han visto a sus hijos sanados de enfermedades incurables.
Padres que han recuperado trabajos después de meses de desempleo. Matrimonios que estaban al borde del divorcio y que ahora son testimonios de amor restaurado. ¿Sabes por qué pasa esto?
Porque cuando compartimos un testimonio genuino del poder de Dios, no solo estamos contando una historia, estamos liberando fe en la atmósfera. Estamos declarando que el mismo Dios que hizo milagros ayer está listo para hacerlos hoy. Tu milagro puede estar a una oración de distancia.
Tu respuesta puede llegar esta misma semana. Tu situación puede cambiar de la noche a la mañana. Porque el Dios al que servimos es especialista en cambiar situaciones de la noche a la mañana.
Antes de terminar, quiero hacerte una invitación personal. Si este testimonio ha tocado tu corazón, si has sentido la presencia de Dios mientras escuchabas esta historia, no dejes que este momento pase sin hacer algo al respecto. Primero, quiero que compartas este video con alguien que necesite escuchar que los milagros son posibles.
Puede ser un familiar enfermo, un amigo desalentado, alguien que ha perdido la esperanza. Cuando compartimos testimonios de la bondad de Dios, estamos sembrando semillas de fe que pueden cambiar vidas. Segundo, quiero que escribas en los comentarios el país o la ciudad desde donde estás viendo este milagro.
No porque necesite estadísticas, sino porque quiero orar específicamente por cada lugar que esté representado en esta comunidad de fe. Quiero declarar bendiciones sobre tu nación, sobre tu ciudad, sobre tu barrio. Tercero, si ya has vivido un milagro en tu vida, compártelo en los comentarios.
Tu testimonio puede ser la chispa que encienda la fe en el corazón de alguien más. Nunca sabemos quién necesita escuchar exactamente lo que tú has vivido. Y cuarto, si necesitas oración específica por una situación particular, escríbela en los comentarios.
Yo y toda esta comunidad de fe vamos a estar orando por cada petición que se comparta, porque creo en el poder de la oración colectiva, creo en el poder de la Iglesia Unida Clamando al cielo. Hermano, hermana, ha sido un honor compartir contigo lo más sagrado de mi vida. Este testimonio no es solo una historia que pasó hace 5 años.
Es una realidad que sigue viva, que sigue manifestándose, que sigue transformando vidas día tras día. Mientras te preparas para cerrar este video y continuar con tu día, quiero que lleves contigo esta verdad. El mismo Dios que hizo un milagro en una pequeña iglesia de Santiago de Cuba está esperando hacer un milagro en tu vida.
No importa que tan imposible parezca tu situación, no importa que tan cerradas estén las puertas. No importa qué tan poderosos sean tus enemigos. El Dios al que servimos es especialista en situaciones imposibles, en puertas cerradas, en enemigos poderosos.
Y si él pudo enviar un ejército de ángeles para proteger una iglesia que iba a ser demolida, si pudo cambiar el corazón de un gobernador que venía a destruir, si pudo sanar cuerpos enfermos y restaurar vidas quebrantadas, entonces puede hacer lo mismo por ti. Tu milagro está en camino. Tu respuesta está llegando.
Tu victoria ya fue decretada en los cielos y ahora está manifestándose en la tierra. Que la paz de Cristo que sobrepasa todo entendimiento guarde tu corazón y tus pensamientos. Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo sean contigo y con tu familia.
Y recuerda, si este video llegó a tu vida hoy, no fue casualidad, fue una cita divina. Fue Dios diciéndote que tu historia está a punto de cambiar. Hasta la próxima.
Que Dios te bendiga grandemente. Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Romanos 8:28.
El milagro que necesitas puede estar a una oración de distancia. No te rindas. M.