Amanece un nuevo día. Los trabajadores se despiertan y comienzan sus jornadas, los niños van al colegio y las calles de Manhattan se llenan de tráfico… Es un día como otro cualquiera en la gran manzana. Así empezó el 15 de Septiembre de 2008, el día en que el sistema financiero dejó de fingir estabilidad.
Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión más grande del mundo, abrió sus puertas por última vez. Esa misma tarde, 25. 000 empleados salen del edificio con cajas de cartón y el pánico global se desata.
En el fondo, era cuestión de tiempo y todos lo sabían. Dos semanas después, el 29 de Septiembre, el Dow Jones se desplomó 777 puntos en una sola jornada. La mayor caída en un solo día de toda su historia.
Bancos que parecían eternos cayeron en cuestión de días. Mercados enteros se desplomaron. Y gobiernos que decían no tener dinero para casi nada encontraron, de pronto, miles de millones para rescatar al sistema financiero.
Nos dijeron que era una emergencia. Que había que actuar rápido. Que los rescates y los paquetes de estímulo eran imprescindibles para mantener a flote la economía mundial y poder regresar, algún día, a la normalidad.
Pero, en realidad nadie se detuvo a preguntar si esa "normalidad" merecía ser recuperada. Porque, francamente, si tan buena era… ¿por qué se derrumbó? Tampoco se preguntó a qué coste, ni para quién, ni por qué.
En realidad, no se preguntó nada. Se actuó y se nos dijo que era por nuestro bien. Y lo curioso es que funcionó, sí, sí… volvimos exactamente al mismo lugar de antes.
Al mismo sistema. A la misma lógica financiera que ya había fallado una vez. Veinte años después, algo sigue sin cuadrar.
Los salarios siguen congelados. La deuda pública no ha parado de crecer. La vivienda se ha convertido en una promesa inalcanzable para millones de personas.
Y aunque las cifras oficiales hablan de recuperación, demasiada gente siente que la realidad que ve en la calle no coincide con el relato que escucha en los informativos. Hay una sensación difusa de que algo estructural está roto; de que, en realidad, nada volvió a ser como antes; de que aquella crisis, de alguna forma, nunca terminó del todo. No volvió la seguridad, ni la confianza, ni tampoco aquella lógica comprensible en la que trabajar, ahorrar y construir una vida tenía sentido.
Se nos dice que la crisis de 2008 fue un accidente. Una anomalía. Banqueros codiciosos vendiendo hipotecas basura a gente que nunca podría pagarlas, y agencias de calificación compinchadas para envolver esa misma basura en papel de regalo y venderla a precio de oro.
Por suerte para todos, el sistema falló, se corrigió, y simplemente seguimos adelante. Claro, esa fue la versión cómoda. Porque el problema de verdad no era que “algunos” bancos estuvieran vendiendo títulos de deuda sin valor.
El problema era que todo el sistema financiero global estaba construido sobre esa misma lógica: deuda que financia más deuda, dinero que no existe respaldando dinero que tampoco existe, y una promesa colectiva de que mientras nadie mire demasiado de cerca, todo funciona. Las hipotecas basura no fueron la causa. Fueron el primer hilo del que alguien tiró demasiado.
Y cuando lo hicieron, empezó a deshilacharse algo mucho más grande. Los gobiernos lo sabían. Sabían que el problema era estructural, que iba mucho más allá de unos cuantos balances inflados.
Y también sabían que si el sistema colapsaba, se llevaría consigo algo mucho más importante que los mercados: se llevaría el pacto entre banca y Estado que lleva construyéndose desde el siglo XIX. Ese acuerdo por el que unos financian el poder de los otros, y los otros garantizan la supervivencia de unos. Un pacto demasiado rentable para ambas partes como para dejarlo caer.
Así que no dejaron caer nada. Los Estados cumplieron con su parte del pacto. Se rescató a los bancos "demasiado grandes para caer" con dinero público.
Se crearon nuevos organismos de supervisión que supervisaran al que supervisaba al supervisor del organismo supervisor principal. Se aprobaron leyes nuevas que decían lo mismo que las anteriores. Entre tanto, en EEUU ningún alto ejecutivo bancario fue a la cárcel.
Ninguno. Los bancos que causaron la crisis no solo sobrevivieron, sino que salieron más grandes, más concentrados y más poderosos que antes. El sistema se "corrigió" con el mismo mecanismo que lo había roto: más deuda, más dinero creado de la nada, más promesas de que esta vez sería diferente.
No era una solución. Era una prórroga. La única forma de que el problema no explotara mientras ellos seguían en el poder.
Y para que nadie lo viera demasiado claro, necesitaban un villano, un culpable al que poder responsabilizar y poder decir que el problema se ha solucionado. Porque… algo tenía que haberse solucionado. Lo encontraron sin buscarlo: el banquero codicioso, con nombre, cara y bonus millonario.
Los medios lo convirtieron en símbolo, los políticos lo convirtieron en chivo expiatorio, Hollywood explicó el relato y puso fin con un bonito colorín colorado, el sistema respiró aliviado. La banca de inversión y las agencias de rating, eran el chivo expiatorio perfecto. Porque si el malo tiene rostro, nadie mira al sistema que lo produce y que lo necesita.
Un sistema sostenido por Estados que usan a esos mismos banqueros para parecer más limpios de lo que son. Y banqueros que se dejan señalar a cambio de seguir operando sin consecuencias reales. Y entre medias, el mismo sistema sigue intacto, listo para la próxima vez.
Aquella herida sigue abierta. Y el paciente que se desangra despacio, vía inflación, vía deuda, vía pérdida de poder adquisitivo, eres tú. Todo esto no empezó en 2008.
2008 fue solo el momento en que ya no se pudo seguir fingiendo. Fue un aviso. La primera grieta visible de algo que llevaba décadas pudriéndose por dentro.
Y para entender qué es, hay que ir a la raíz. “En Bretton Woods, New Hampshire, delegados de 44 países aliados y asociados llegaron para la apertura de la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas. ” En 1944 la segunda guerra mundial estaba llegando a su fin y los aliados se reunieron en un hotel de montaña en Bretton Woods con el objetivo de diseñar un nuevo sistema monetario internacional.
Uno que pudiese estabilizar financieramente a los Estados una vez terminase la guerra. Lo importante era estabilizar macroeconómicamente a los Estados, no a sus ciudadanos, el foco no estaba puesto en el ciudadano, sino en los Estados. Fue una reunión de gobiernos.
“El sistema de Bretton Woods se creó tras la Segunda Guerra Mundial: en lugar de utilizar el oro como medio de intercambio entre países, como ocurría bajo el antiguo patrón oro, se utilizaría el dólar, y el dólar fue elegido porque en aquel entonces era tan bueno como el oro. ” Bajo el nuevo sistema de Bretton Woods, más conocido como el patrón cambio dólar, cualquier moneda nacional podía convertirse en dólares y, a su vez el dólar sería la única moneda vinculada al oro a un tipo fijo de 35 dólares por onza de oro. El dólar fue elegido como la moneda de reserva mundial.
Si antes cada moneda tenía su propio tipo de cambio con el oro: una libra británica eran 7,3 gramos de oro, un franco francés, 0,3 gramos; un marco alemán, 0,36…. Ahora, tan solo se mantenía la convertibilidad del dólar: 0,88 gramos de oro por cada dólar. Y el resto de monedas se podían convertir en dólares: una libra eran 4,03 dólares, un franco francés eran 0,008 dólares y un marco eran 0,24 dólares.
Se creó así un sistema en el que las monedas no estaban directamente ligadas al oro, sino al dólar; y el dólar, al menos oficialmente, seguía ligado al oro para gobiernos y bancos centrales extranjeros. De esta forma el oro no se movía de EEUU, simplemente se movían los dólares respaldados por el oro estadounidense. Y esto tenía sentido en un mundo en el que EEUU tenía el 70% de las reservas mundiales de oro.
“Bajo el sistema de Bretton Woods, se podía cambiar la moneda o los dólares por oro, aunque esto solo aplicaba a países extranjeros y bancos centrales. Empezamos a tener déficits presupuestarios: teníamos el programa de la Gran Sociedad bajo Lyndon Johnson, estábamos librando una guerra en Vietnam, y de repente teníamos estos déficits. Los países empezaron a cambiar sus dólares y dijeron que querían oro.
Empezó con los franceses y luego se fue extendiendo. ” Este acuerdo escondía una auténtica bomba de relojería. Años después, en 1960, un economista belga llamado Robert Triffin explicó este problema con total claridad.
Para que el dólar pudiese funcionar como moneda de reserva global, Estados Unidos tenía que proporcionar suficientes dólares al resto del planeta. Si no lo hacía, los demás países no tendrían suficiente liquidez internacional para comerciar, invertir y saldar sus pagos. Pero justo ahí estaba la trampa: para llenar el mundo de dólares, Estados Unidos tenía que permitir una salida constante de dólares al exterior.
Y eso solo podía ocurrir mediante déficits, mucho gasto militar, inversión exterior, ayudas internacionales o importando más de lo que exportaba. Pero, claro… cuantos más dólares había fuera de Estados Unidos, más difícil resultaba creer que todos esos dólares podían convertirse realmente en oro al precio oficial de 35 dólares la onza. Porque cada día había más dólares, pero el oro era el mismo.
Esa era la paradoja de Triffin: el dólar tenía que ser abundante para sostener el comercio mundial, pero precisamente por ser abundante empezaba a dejar de ser creíble como promesa de oro. Era un conflicto entre dos necesidades incompatibles: por un lado, la economía mundial necesitaba cada vez más dólares; pero por otro lado, si había demasiados dólares circulando por el mundo, cada dólar representaba, en la práctica, una porción cada vez menor del oro guardado en Estados Unidos. Y cuando esa sospecha se extendía, la confianza empezaba a romperse.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió en los años sesenta. EEUU empezó a gastar sin freno. Financió la Guerra de Vietnam, la Guerra Fría, la carrera espacial y el programa social de la Gran Sociedad.
Todo ello se financió sin necesidad de subir impuestos, sin asumir ningún coste político. Era la política de “cañones y mantequilla”: guerra y bienestar al mismo tiempo. No había que elegir.
No había que renunciar a nada. Una reminiscencia que respondía con cierta sorna a la frase que dos décadas antes popularizó Göring en la propaganda nazi cuando dijo: “Los cañones nos harán poderosos, la mantequilla solo nos hará gordos”. Estados Unidos, en cambio, quería ambas cosas: los cañones y la mantequilla.
Imperio militar y Estado del Bienestar. Poder exterior y paz social interior. No quería renunciar a nada.
Sin embargo, alguien tenía que pagar aquella fiesta. Y mientras Washington emitía cada vez más dólares, el resto del mundo empezaba a hacerse una pregunta muy sencilla: ¿por qué tenemos que entregar bienes reales, trabajo real y producción real a cambio de unos papeles que Estados Unidos puede crear a voluntad? Los dólares inundaban el planeta.
Los bancos centrales extranjeros acumulaban reservas en dólares, pero cada vez miraban con más sospecha la promesa que había detrás. Porque Estados Unidos estaba emitiendo muchos más dólares de los que podía respaldar cómodamente con oro. Curiosamente, a los demás Estados empezó a no gustarles demasiado la reserva fraccionaria… cuando la practicaba otro Estado contra ellos.
El primero en decirlo públicamente, fue Charles de Gaulle. El 4 de febrero de 1965, el presidente francés dio un discurso histórico que Washington recibió como una bofetada. “El hecho de que muchos países acepten como principio que los dólares son tan buenos como el oro conduce a los estadounidenses a endeudarse de forma gratuita a expensas de otros países.
Porque lo que EE. UU. debe, lo paga, al menos en parte, con un dinero que solo ellos pueden emitir.
" (de Gaulle) De Gaulle solicitó a Estados Unidos el oro correspondiente a 150 millones de dólares que el Estado francés tenía en sus reservas. Otros países empezaron a seguir el ejemplo francés. Sin ir más lejos, España solicitó la conversión de 60 millones de dólares.
Esto redujo significativamente las reservas de oro estadounidenses. Y tres años después, en 1968 el Fondo de Garantía formado por los ocho grandes bancos centrales colapsa, incapaz de mantener el precio del oro en 35 dólares la onza troy. El mecanismo que debía mantener el precio de mercado del oro cerca de los 35 dólares fue incapaz.
Por más oro que vendían y ofertaban en el mercado los bancos centrales para tratar de bajar el precio del oro, la demanda era demasiado alta, todo el mundo prefería oro. El London Gold Pool cayó. El precio de mercado del oro subió muy por encima de los 35 dólares por onza.
A partir de ahí, el sistema entró en fase terminal. Se creó un mercado de dos niveles: uno oficial, donde el oro seguía valiendo 35 dólares la onza, y otro libre, donde el precio empezaba a escaparse. Pero la ficción ya estaba rota.
Los bancos centrales sabían que, si todos intentaban convertir sus dólares al mismo tiempo, Estados Unidos no podría cumplir la promesa. Alemania Occidental, Suiza, Francia y otros países comenzaron a presionar de distintas formas. La confianza se estaba evaporando.
Pero a finales de julio de 1971, las reservas de oro de Estados Unidos habían caído a niveles críticos. EEUU no podía hacer frente a sus acreedores, no tenía el oro necesario para poder pagar esos dólares y además, ¿para qué quería los dólares? Podían imprimir todos los que quisieran.
Lo que querían conservar era el oro en sus arcas. El domingo 15 de agosto de 1971, Nixon apareció en televisión y declara la suspensión de emergencia de la convertibilidad del dólar en oro. "He ordenado al Secretario del Tesoro que tome las medidas necesarias para defender el dólar frente a los especuladores.
He ordenado al Secretario Connally que suspenda temporalmente la convertibilidad del dólar en oro u otros activos de reserva. " Nixon estaba levantando un corralito alrededor del dólar. No para impedir que ciudadanos sacaran dinero de un banco, sino para impedir que los bancos centrales del mundo retiraran el oro que el propio sistema les había prometido.
Era una corrida bancaria, pero a escala mundial. Nixon hizo lo que hacen todos los Estados ante una corrida bancaria, prohibir temporalmente y como medida de emergencia la convertibilidad por ley. Por supuesto, todo estaba bajo control.
Cincuenta y cinco años después, seguimos esperando que termine la emergencia. El sistema monetario no puede quebrar, porque ya está quebrado, simplemente no se reconoce, eso es todo. Y mientras nadie diga en voz alta que el rey está desnudo, el rey puede seguir gobernando.
“Todos los problemas que vemos hoy en el sistema monetario son consecuencia directa de la decisión tomada el 15 de agosto de 1971 de abandonar el vínculo fijo con el oro. Lo que hacía el oro era proporcionar disciplina a los gobiernos, disciplina en el gasto público. Bajo el antiguo sistema, si tenías un déficit presupuestario, el oro fluía fuera de tu país hasta que se restablecía el equilibrio.
Sin respaldo en oro, los países acumularon déficits perpetuos. Desde 1971, EE. UU.
nunca ha tenido superávit: desde que abandonamos el patrón oro, solo ha habido estímulo permanente, en tiempos buenos y en tiempos malos. ¿Qué llevó a Nixon a abandonar el patrón oro en 1971? Aunque lo calificó de temporal, llevamos 40 años esperando y seguimos sin él.
Acumulamos enormes déficits durante los años sesenta con la economía de "armas y mantequilla": simultáneamente librábamos una guerra en Vietnam y financiábamos misiones tripuladas a la Luna con todo el programa espacial. Estábamos creando más dinero del que nuestras reservas de oro podían respaldar, y muchos de nuestros acreedores extranjeros lo vieron y empezaron a exigir oro en lugar de billetes de la Reserva Federal, pues intuían que Washington simplemente no tenía suficiente oro para cumplir su compromiso. ” Al romper el vínculo entre el oro y el dólar, Nixon creó un sistema en el que todas las monedas están respaldadas por nada.
Esto es lo que se conoce como moneda fiduciaria. “La moneda fiduciaria es aquella respaldada por nada salvo las promesas del gobierno. Esto es lo que se conoce como moneda fiduciaria.
La moneda fiduciaria es aquella respaldada por nada salvo las promesas del gobierno. La palabra "fiat" es una palabra latina que básicamente significa moneda que circula por la fuerza. Si la gente tiene confianza en esa moneda y si hay suficiente poder gubernamental que la sustente, circulará durante un tiempo, hasta que la gente pierda la confianza en ella.
No hay ninguna nación en este planeta que use actualmente dinero. Todos usamos moneda. Llegará un día en que todos sabrán la diferencia.
El dinero es un medio de intercambio y, tal como ha evolucionado, siempre ha sido algo de valor intrínseco, hasta la era moderna, cuando los políticos dijeron: "No necesitamos nada de valor intrínseco, solo necesitamos un decreto político. Podemos decir que esto es dinero, que este trozo de papel es dinero. " El dinero tiene ahora una nueva característica, pero en el fondo subyace el mismo concepto que nadie parece cuestionar: que los gobiernos tienen el derecho de declarar que algo sin valor es dinero, y que uno debe aceptarlo.
Ese es realmente el problema, y sigue siendo el problema hoy. Está destruyendo las economías del mundo. ” Esa sensación de que la crisis de 2008 nunca terminó no es una paranoia colectiva.
Es, más bien una intuición bastante razonable. Es cierto: ya no se parece a aquellas imágenes que vimos en televisión. Un banco quebrando.
Ejecutivos saliendo con cajas de cartón. Gráficos rojos en Wall Street. Presentadores hablando de primas de riesgo, pánico financiero, rescates … Ahora tiene otra forma mucho más discreta y más difícil de señalar.
En lugar de una gran quiebra visible, vemos millones de pequeñas quiebras diarias. Listas de espera cada vez más largas. Más personas durmiendo en la calle.
Familias que ya no pueden permitirse una casa. Jóvenes que estudian y trabajan a la vez, mientras viven en habitaciones compartidas sin ningún tipo de capacidad de ahorro. Adultos que se pluriemplean.
Pisos cada vez más pequeños. Menos carne. Menos pescado.
Más patinetes, menos coches… Es como si aquella crisis enorme se hubiera repartido en cuotas mensuales, en recibos, en pequeñas renuncias silenciosas que nos afectan a todos cada día. A unos más que a otros, eso sí… Pero, por lo menos, ya no son bancos quebrando. Esto ya no parece tan grave, son personas individuales pasando apuros, pero no instituciones ni bancos.
Ahora ya no hay crisis, al Estado le va de cine. Y a ti, pues bueno… si eres buen ciudadano, te alegrarás de que a tu país le vaya bien y punto. El mensaje es claro: el país va como un cohete y eso es lo único importante.
Pero, claro, no puedes evitar que de vez en cuando aparezcan esas preguntas incómodas: ¿Cómo puede no haber dinero para lo necesario, pero sí haberlo siempre para sostener lo que ya ha fracasado? ¿cómo puede decirme el sistema que la economía se ha recuperado, si mi vida no se ha recuperado en absoluto? ¿Cómo puede hablarme de crecimiento, estabilidad y confianza, si mi vida se ha vuelto más insegura, más cara y más difícil de planificar?
¿Cómo puede decirme que todo va bien, si vivir se ha convertido en una negociación permanente con el miedo y con la ansiedad? De hecho, esa es quizá la forma más cruel de una crisis prolongada: que deja de parecer una crisis. Se normaliza y se integra en la vida cotidiana.
Deja de ser una crisis y empieza a ser, simplemente, “la realidad”. Y ahí nace gran parte de la ansiedad contemporánea. Surge como consecuencia de vivir dentro de un sistema completamente hipócrita e incoherente consigo mismo.
El cerebro humano necesita cierta coherencia para trabajar. Necesita poder anticipar y planificar. Necesita establecer relaciones mínimamente estables entre esfuerzo y recompensa, causa y consecuencia, sacrificio y futuro.
Pero cuando esas relaciones se rompen, el sistema nervioso lo interpreta como una amenaza. No vivimos en una crisis financiera, si ya no hay dinero; vivimos en una crisis de legibilidad. Lo que quedan son palabras y la lucha ya no es por controlar un dinero que no vale nada, la lucha es por controlar que eso siga llamándose dinero y por asegurar que tú sigas trabajando a cambio de ello.
Y cuando la realidad se vuelve ilegible, la mente se rompe. No necesariamente de golpe, sino poco a poco, en forma de ansiedad, de rabia, de cinismo, de hartazgo , de cansancio… Se crea una sensación de que uno está jugando una partida cuyas reglas cambian constantemente mientras se está jugando, un juego amañado para que, hagas lo que hagas, siempre pierda el mismo. Por eso tanta gente siente que algo no encaja, aunque no sepa explicarlo técnicamente.
No hace falta conocer el balance de la Reserva Federal o del Banco Central Europeo para notar que tu salario compra menos. No hace falta entender Bretton Woods para intuir que el dinero ya no es lo mismo. No hace falta estudiar teoría monetaria para percibir que el futuro se ha vuelto más difícil de planificar.
Basta con ver que las hipotecas ahora son a 30 años y las parejas no se atreven a tener hijos, prefieren ir en patinete por no pagar la gasolina… La gente no está loca. La gente mira a su alrededor y ve contradicciones por todas partes. Ve gobiernos que hablan de austeridad mientras se endeudan y gastan en tonterías.
Bancos centrales que dicen luchar contra la inflación cuando son ellos quienes la crean Políticos que prometen proteger al ciudadano mientras diluyen el valor de su salario y los mandan a la guerra. Expertos que llaman “estabilidad” a un sistema que necesita estímulos permanentes para no caer. Y mientras tanto, te dicen que hay que ahorrar, y al mismo tiempo que hay que consumir; te culpan por vivir por encima de tus posibilidades, mientras los Estados viven permanentemente fuera de las suyas; te dicen que la deuda es peligrosa, pero todo el sistema necesita más deuda para no derrumbarse.
Te dicen que emprendas, que trabajes y lo intentes, pero te ponen una zancadilla a cada paso. Toda esta incoherencia y sin sentido, agota, enfada, polariza y rompe la sociedad. Porque no hay nada que genere más ansiedad que vivir en una realidad que no puedes comprender.
Y no hay nada que vuelva más dócil a una sociedad que convencerla de que esa incomprensión es culpa suya; que no entiende porque no ha estudiado suficiente, que no llega porque no se esfuerza suficiente, que no ahorra porque no se organiza suficiente, que no prospera porque no se adapta suficiente. 2008 no fue solo una crisis bancaria. Fue el momento en que millones de personas vieron, aunque fuera durante unos segundos, que detrás de la apariencia de orden que promete el Estado, había un caos que, por supuesto, ellos tampoco podían controlar.
Pusieron dinero encima, regulaciones, normas, rescates, deuda y, sobre todo, muchos discursos llenos de palabras que nos invitaban a confiar en que orden se había restaurado: como si ordenar el mundo fuese posible… Pero lograron vender el discurso, y como siempre, hubo quienes lo compraron. Porque, seamos sincero, el caos da mucho miedo. ¿Y quién no prefiere que sea otro el que encargue de ordenarlo todo?
Desde entonces vivimos intentando no mirar demasiado dentro de ese armario, porque nadie quiere asumir la realidad. Yo no sé si este sistema colapsará. Ni sé cuándo.
Tampoco sé si será de golpe, lentamente, por inflación, por deuda, por una crisis de confianza o simplemente por agotamiento. Pero sí creo una cosa: que mientras sigamos viviendo dentro de un sistema que necesita ocultar sus contradicciones para seguir funcionando, la vida cotidiana será cada vez más insegura, más confusa y psicológicamente insoportable. Porque el ser humano puede soportar muchas dificultades.
Puede soportar trabajar. Puede soportar sacrificarse. Puede soportar esperar.
Lo que no soporta indefinidamente es vivir sin libertad. Y eso es lo que hemos perdido. La libertad para que cada cual dibuje su mapa y trace su propio rumbo.
Ya no hay dirección, solo un vacío al que han llamado “progreso”, aunque eso signifique vivir mañana peor que ayer. Y justo por eso, antes de hablar de soluciones, hay que hacer algo más importante. Hay que reconstruir la historia.
Hay que volver atrás para poder entender qué se rompió, cuándo se rompió y por qué seguimos viviendo entre los restos de aquella ruptura. Hay que volver al mundo que existía antes de que el dinero se convirtiera en una promesa política flotando sobre otra promesa política. Hay que volver al patrón oro clásico.
A Bretton Woods. Y a aquel domingo de agosto en que Richard Nixon apareció en televisión y cambió el dinero para siempre. Y eso es exactamente lo que haremos en el próximo vídeo.