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Una familia cristiana fue enterrada viva en Nigeria... pero un milagro de Dios cambió todo.

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Frutos de la Fe
Hay sonidos que nunca deberías escuchar. El sonido de la tierra cayendo sobre tu rostro mientras aún respiras. El sonido de tus propios hijos llorando en la oscuridad, preguntándote si Dios todavía puede escucharlos desde la tierra.
Y el sonido, ese sonido inexplicable que cambió todo, que desafió todas las leyes de la naturaleza y que hasta el día de hoy cuando cierro mis ojos, me hace caer de rodillas y llorar como un niño. Mi nombre es Joseph Adecunle, soy pastor en Nigeria. Esto me pasó a mí, a mi esposa, a mis tres hijos y a 17 hermanos más de mi congregación.
Fuimos enterrados vivos por creer en Jesús. Y lo que ocurrió después, lo que realmente ocurrió en esa fosa, es algo que la ciencia no puede explicar, que los médicos no pueden entender y que mi propia mente todavía lucha por comprender. Pero necesito contártelo porque lo que sucedió en el norte de Nigeria no fue solo un milagro.
Fue una prueba irrefutable de que Dios no abandona a sus hijos. ni siquiera cuando la tierra misma parece tragártelos. Era 2019.
Recuerdo la fecha exacta porque era el cumpleaños de mi hija menor. Blessing. Cumplía 7 años.
Habíamos planeado una pequeña celebración después del culto del domingo en nuestra iglesia. Una congregación humilde de unas 100 personas en un barrio de lagos llamado Ajegunle. No teníamos mucho, pero teníamos fe.
Y esa fe, hermano, esa fe era más fuerte que cualquier edificio de concreto, más sólida que cualquier cuenta bancaria. Pero en Nigeria, especialmente en el norte del país, tener fe en Jesucristo puede costarte la vida. Llevábamos meses recibiendo amenazas, cartas anónimas metidas debajo de la puerta de la iglesia, mensajes en mi teléfono con advertencias claras.
Dejen de predicar o mueran. grafiti en las paredes de nuestro templo con frases que no me atrevo a repetir. Al principio pensé que eran solo intimidaciones, esas cosas que a veces ocurren cuando predicas en áreas donde el cristianismo no es bienvenido.
Oré por protección. Ungí las puertas de la iglesia con aceite. Ayuné durante semanas pidiendo que Dios cubriera a mi congregación con su sangre preciosa.
Mi esposa me decía todas las noches, Joseph, tal vez deberíamos mudarnos al sur. Tal vez Dios nos está diciendo que no es seguro aquí. Y yo con toda la soberbia de un hombre que cree que su valentía es sinónimo de fe, le respondía, si Dios nos llamó aquí, él nos protegerá aquí.
No vamos a huir como cobardes. Qué equivocado estaba. No por creer en la protección de Dios, sino por subestimar la oscuridad que puede habitar en el corazón humano.
El domingo amaneció nublado. Recuerdo que cuando me desperté sentí un peso extraño en el pecho, como si algo invisible estuviera presionando contra mis pulmones. Mi esposa me preparó el desayuno mientras yo leía mi Biblia, buscando el mensaje que Dios quería que compartiera ese día.
Mis dedos se detuvieron en Juan 16:33. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo. No sabía en ese momento que ese versículo sería mi ancla en las próximas horas de terror absoluto.
El culto comenzó a las 9 de la mañana. Teníamos unos 80 hermanos reunidos ese día. Podía ver sus rostros.
La hermana Chioma con sus gemelos recién nacidos, el hermano Emeca, que acababa de ser sanado de tuberculosis por la gracia de Dios. Los jóvenes del grupo de alabanza con sus guitarras desgastadas, pero llenas de pasión. Mi esposa estaba al frente dirigiendo la adoración con nuestra hija Blessing a su lado intentando seguir las palabras de las canciones que aún no sabía leer completamente.
Estábamos en medio de la segunda canción, ¡Cuán grande es él! " Cuando las puertas de la iglesia se abrieron con violencia, entraron 17 hombres armados, no con pistolas, sino con machetes, palos y dos de ellos con rifles oxidados que parecían salidos de alguna guerra olvidada. El líder, un hombre alto con una cicatriz que le cruzaba toda la cara desde la frente hasta el mentón, gritó algo en jausa que no todos entendimos de inmediato.
Pero el odio en su voz no necesitaba traducción. Todos ustedes van a pagar por contaminar esta tierra con su religión falsa", dijo finalmente en inglés, escupiendo las palabras como si quemaran su boca. El hermano Emeca, con esa valentía que solo el Espíritu Santo puede dar, dio un paso al frente y dijo, "Hermano, no queremos problemas.
Somos personas de paz. Estamos adorando a nuestro Dios. Si no quieres estar aquí, puedes irte en paz.
Los niños comenzaron a llorar y yo parado en el púlpito con mi Biblia todavía en la mano sentí que mi cuerpo se congelaba. "Pastor", dijo el líder caminando hacia mí lentamente, saboreando cada paso. "He oído mucho sobre ti.
" Dicen que haces milagros. Dicen que tu Jesús es poderoso. Se rió con una risa que sonaba como vidrio quebrándose.
Vamos a ver qué tan poderoso es cuando estén todos bajo la tierra. No entendí lo que quiso decir hasta que empezaron a atarnos las manos a todos uno por uno. Usaron cuerdas ásperas que cortaban la piel.
Separaron a los niños de sus madres. Cuando Blessing empezó a llorar llamándome, uno de los hombres le gritó que se callara o le cortaría la lengua. Mi hija, mi pequeña Blessing de 7 años, se tapó la boca con sus manitas atadas y los ojos llenos de terror absoluto.
Mi esposa me miró desde el otro lado de la iglesia. No dijo nada, pero sus labios se movían en oración silenciosa. Podía ver el salmo 23 formándose en su boca.
Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo. Nos sacaron de la iglesia en fila. 22 personas en total habían dejado ir a los que consideraron no problemáticos, los muy ancianos, algunos jóvenes que juraron que nunca volverían a una iglesia cristiana.
Pero a nosotros, los que nos negamos a renunciar a nuestra fe, incluso con un machete presionado contra nuestras gargantas, nos llevaron. Caminamos durante horas. Salimos de lagos en tres camionetas destartaladas, viajando hacia el norte por caminos que se volvían cada vez más solitarios, más áridos, más muertos.
El sol de la tarde nos golpeaba sin piedad. Mis hijos mayores, Rafael de 12 años y Ruth de 10, iban en otra camioneta. No podía verlos, pero podía sentir su miedo como si fuera un cordón invisible conectando nuestros corazones.
Cuando finalmente nos detuvimos, ya había oscurecido. Habíamos llegado a un lugar que parecía el fin del mundo. Una extensión de tierra seca y agrietada, sin árboles, sin casas, sin nada, excepto el cielo infinito sobre nuestras cabezas y el sonido del viento arrastrando polvo.
A lo lejos podía ver las siluetas de colinas que parecían gigantes dormidos. Y entonces vi la fosa. La habían cavado antes de ir por nosotros.
Eso significaba que esto estaba planeado. No fue un arrebato de violencia espontánea. Fue calculado, deliberado, pensado.
Alguien había pasado horas, tal vez días cabando ese agujero en la tierra. Un agujero lo suficientemente grande para 22 cuerpos. medía aproximadamente 4 m de ancho, 6 m de largo y casi 3 m de profundidad.
Las paredes eran de tierra compacta y rocosa. No había escaleras, no había manera de salir una vez que estuvieras dentro. Era literalmente una tumba abierta esperando ser llenada.
Adentro, ordenó el líder. Nadie se movió. No porque fuéramos valientes, sino porque nuestros cuerpos simplemente se negaban a obedecer.
El cerebro humano tiene un mecanismo de supervivencia que se niega aceptar su propia aniquilación inminente. Nos quedamos ahí parados, atados, mirando ese agujero negro en la tierra como si no fuera real. Entonces empezaron a empujarnos uno por uno nos arrojaron a la fosa.
Recuerdo la caída, esos 2 segundos de vacío en el estómago antes de golpear el fondo. Me caí sobre mi hombro derecho y sentí algo crujir. El dolor fue instantáneo y segador, pero no tan terrible como el sonido de mi esposa cayendo después de mí.
Y luego Blessing y luego mis otros hijos. Mamá", gritó Rafael cuando cayó encima de mi esposa. Ru estaba llorando incontrolablemente.
Blessing no hacía ningún sonido, solo temblaba como una hoja en una tormenta. Todos caímos, 22 hermanos y hermanas en Cristo amontonados en el fondo de esa fosa como animales esperando el matadero. El hermano Emeca, que había recibido el golpe en la cabeza, estaba semiconsciente, sangrando de una herida que nadie podía atender porque nuestras manos seguían atadas.
La hermana Chioma sostenía a sus gemelos contra su pecho tratando de protegerlos con su propio cuerpo, aunque no había nada de que protegerlos, excepto de la inevitable oscuridad que vendría. Desde arriba. Las linternas de los hombres nos iluminaban como si fuéramos actores en algún teatro macabro.
El líder se asomó al borde de la fosa y nos miró con una mezcla de satisfacción y desprecio. Ahora oren a su Jesús, dijo, "pídanle que lo saque de aquí. Vamos a ver si su Dios es más fuerte que la tierra que está a punto de tragarlos.
" Y entonces comenzaron a echar la tierra. No puedo describir con palabras lo que se siente. Imagina que estás de pie y de repente llueve tierra.
No gotas de agua, sino puñados, paladas, montones de tierra cayendo sobre tu cabeza, tus hombros, tu rostro. Al principio intentas esquivarla, te agachas, te cubres la cara, pero sigue cayendo y cayendo y cayendo. La tierra comenzó a acumularse alrededor de nuestros pies, luego llegó a nuestros tobillos, luego a nuestras rodillas y seguía cayendo.
Los gritos eran ensordecedores. Los niños lloraban, las mujeres oraban en voz alta, los hombres intentaban mantener la calma, pero podías escuchar el pánico quebrando sus voces. Yo estaba tratando de posicionar a mi familia lo más cerca posible de una de las esquinas, pensando irracionalmente que tal vez allí la tierra caería más lentamente, que tal vez tendríamos más tiempo.
Tiempo para qué, no lo sabía. Simplemente necesitaba tiempo. Papá, no puedo respirar, gritó Rut cuando la tierra llegó a su cintura.
Ella era la más pequeña después de Blessing y la tierra la estaba cubriendo más rápido. "¡Respira por la nariz, hija", le dije tratando de sonar calmado, aunque mi propio corazón estaba golpeando tan fuerte que pensé que se saldría de mi pecho. "Dios está aquí con nosotros.
Él no nos va a abandonar. " Pero en mi interior, hermano, en lo más profundo de mi ser, una voz oscura susurraba, "¿Dónde está tu Dios ahora? ¿Dónde está tu fe ahora?
Vas a morir aquí. Tus hijos van a morir aquí. ¿Y todo por qué?
Por un Dios que ni siquiera mandó un ángel para salvarte. La tierra llegó a nuestras cinturas, luego a nuestros pechos. El peso era increíble.
Sentía como si un gigante invisible estuviera presionando contra mi cuerpo desde todos los ángulos. Respirar se volvió un trabajo consciente. Cada inhalación era una victoria contra la presión de la tierra que nos rodeaba.
Mi esposa comenzó a cantar con la tierra hasta su cuello, con lágrimas corriendo por su rostro cubierto de polvo. Con nuestros hijos gritando a su alrededor, mi esposa comenzó a cantar. Sublime gracia del Señor que a mi pecador salvó.
Fui ciego, más hoy veo yo perdido y él me halló. Uno por uno, los demás comenzaron a unirse a ella. Voces quebradas, voces ahogadas, voces llenas de miedo, pero también de algo más.
Una determinación feroz de no morir sin alabar a Dios una última vez. Incluso los niños, entre soyosos, intentaban seguir la melodía. Los hombres arriba se detuvieron por un momento, confundidos por este coro extraño que salía de una tumba.
Luego, enojados, comenzaron a echar la tierra más rápido, como si quisieran silenciarnos lo antes posible. La tierra llegó a nuestros cuellos, luego a nuestras bocas. Intentábamos mantener la cabeza lo más alta posible, estirando el cuello como tortugas buscando aire, pero no había escapatoria.
La tierra seguía cayendo, implacable, infinita. Recuerdo mi último pensamiento consciente antes de que la tierra cubriera completamente mi rostro. No fue miedo, no fue pánico, fue una oración simple, desesperada, que salió de lo más profundo de mi alma.
Jesús, si alguna vez fuiste real, si alguna vez te importó alguno de tus hijos, por favor, por favor, no dejes que mis hijos sufran. Llévalos rápido. No dejes que se ahoguen lentamente en esta oscuridad.
Y si hay alguna razón, algún propósito en esto que yo no puedo ver, muéstramelo, por favor. Muéstramelo. Y entonces todo se volvió negro.
La oscuridad no es solo ausencia de luz. Cuando estás enterrado vivo, la oscuridad se convierte en una entidad física. Puedes sentirla presionando contra tus ojos cerrados, llenando tus oídos, entrando en tu nariz con cada intento inútil de respirar.
Es una oscuridad que tiene peso, temperatura, textura. No podía moverme. La tierra me tenía completamente inmóvil.
No podía abrir la boca porque se llenaría instantáneamente de tierra. Intenté respirar por la nariz, pero solo entraba polvo y pequeñas piedras que me cortaban el interior de la nariz. Mis pulmones comenzaron a arder.
Ese dolor que sientes cuando aguantas la respiración bajo el agua durante demasiado tiempo, excepto multiplicado por 1000. Mi mente comenzó a hacer cosas extrañas. Los científicos dicen que cuando el cerebro se queda sin oxígeno, comienza a alucinar, a crear imágenes y pensamas que no son reales.
Pero lo que vi en esa oscuridad, no sé si fue alucinación o si fue algo más. Vi a mi padre. Había muerto 15 años antes de cáncer de estómago.
Lo vi parado frente a mí, tan claro como si estuviera realmente ahí con su traje de domingo que había sido enterrado usando. Me sonrió y dijo, "Todavía no es tu tiempo, hijo. Todavía tienes trabajo por hacer.
" Vi a mi abuela que me había enseñado a orar cuando era niño. Me mostró sus manos, las mismas manos arrugadas que solía tomar entre las mías cuando le pedía que orara por mí. Dios nunca llega tarde, Joseph me dijo.
Solo llega exactamente cuando debe llegar. Y entonces vi algo que cambió todo. Vi una luz.
No era la luz al final del túnel que la gente describe en las experiencias cercanas a la muerte. Era diferente. Era una luz que venía desde dentro de mí, desde dentro de todos nosotros en esa fosa.
Era como si cada uno de nosotros fuera una vela pequeña en la oscuridad. Y todas esas velas juntas estaban creando algo más grande, algo poderoso. De repente pude escuchar, no con mis oídos físicos porque estaban llenos de tierra, pero podía escuchar en mi espíritu, podía escuchar las oraciones de mi esposa a mi lado.
Podía escuchar a Blessing recitando el salmo 23 que le habíamos enseñado cuando tenía 5 años. podía escuchar al hermano Emeca, semiconsciente, pero aún alabando. Bendito sea el Señor, mi roca.
Y entonces escuché algo más. Un sonido que no venía de ninguno de nosotros. Un sonido que no venía de arriba de los hombres que nos habían enterrado.
Un sonido que venía de no sé de dónde, parecía venir de todas partes y de ninguna parte al mismo tiempo. Era como el sonido de muchas aguas, como dice el libro de Apocalipsis, como el sonido del océano, pero no caótico. Era ordenado, rítmico, poderoso.
Y dentro de ese sonido había palabras. No palabras en inglés o en jausa o en cualquier idioma humano, pero mi espíritu las entendía perfectamente. Shan inmóviles, estén quietos y sepan que yo soy Dios.
El tiempo dejó de tener significado. No sé si pasaron segundos, minutos u horas. En ese estado entre la vida y la muerte, en ese lugar donde lo físico y lo espiritual se encuentran, el tiempo es irrelevante.
Solo existía ese sonido, esa presencia, esa paz inexplicable que no debería ser posible cuando está siendo aplastado por toneladas de tierra. Y entonces sentí movimiento. Al principio pensé que era mi imaginación, pero no.
La tierra a mi alrededor estaba temblando, no como un terremoto, más bien como si algo estuviera vibrando a una frecuencia que hacía que todo se soltara. La presión sobre mi pecho comenzó a disminuir. Podía sentir espacios pequeños abriéndose alrededor de mi cuerpo.
Aire. Había aire. Logré tomar una inhalación pequeña, diminuta, pero era aire real.
Mis pulmones, que estaban ardiendo con dióxido de carbono, recibieron ese regalo precioso como un hombre en el desierto recibiendo agua. Tomé otra respiración y otra. La vibración se intensificó.
Ya no era sutil. Era como si la tierra misma estuviera viva, como si estuviera rechazando los cuerpos que le habían forzado a tragar. podía escuchar gritos ahogados a mi alrededor.
Otros también estaban sintiendo esto. Otros también estaban respirando. Papá.
Escuché la voz de Rafael distante, pero real. No era una alucinación. Mi hijo estaba vivo, estaba consciente, estaba llamándome.
Estoy aquí, hijo. Intenté gritar, pero mi voz apenas salió como un susurro áspero. La tierra todavía llenaba mi boca parcialmente.
Escupí, tosí, intenté limpiar el espacio suficiente para hablar. La vibración se convirtió en sacudida y entonces pasó algo que desafía toda lógica, toda razón, toda ley de la física que conozco. La Tierra comenzó a escupirnos.
No de manera gradual, no poco a poco. Fue como si una mano gigante invisible estuviera alcanzando dentro de la fosa y sacando puñados de tierra junto con nosotros. Sentí mi cuerpo siendo levantado, empujado hacia arriba por fuerzas que no podía ver ni comprender.
La presión desapareció, la oscuridad comenzó a aclararse y entonces rompí la superficie. El aire de la noche golpeó mi rostro como una bofetada fría. Abrí los ojos.
No sabía que los había cerrado y vi estrellas, millones de estrellas en el cielo africano, testigos silenciosos de lo imposible que estaba ocurriendo. Tosí violentamente, expulsando tierra de mis pulmones, de mi garganta, de cada rincón de mi sistema respiratorio. Lágrimas corrían por mis mejillas, mezclándose con el polvo y la tierra.
Miré a mi alrededor desorientado, tratando de entender qué había pasado. Uno por uno, los demás estaban emergiendo. Mi esposa salió a unos metros de mí con blessing todavía agarrada a su pecho.
Rafael y Ruth salieron juntos, sosteniendo sus manos. Aunque todavía estaban atadas. El hermano Emeca, la hermana Chioma con sus gemelos, todos y cada uno de los 22 que habíamos sido enterrados, estábamos ahora en la superficie, cubiertos de tierra de pies a cabeza, pero vivos, respirando conscientes.
La fosa detrás de nosotros estaba vacía, bueno, no completamente vacía. Todavía tenía tierra, pero estaba a solo medio metro de profundidad, como si tres cuartos de la tierra que nos había cubierto simplemente hubiera desaparecido o se hubiera redistribuido de alguna manera que no tenía sentido. Y entonces vi a los hombres que nos habían enterrado.
Estaban a unos 20 m de distancia, congelados en shock absoluto. Sus linternas colgaban flojas en sus manos. Uno de ellos había dejado caer su machete.
Otro estaba de rodillas con las manos sobre su cabeza como si estuviera protegiéndose de un ataque invisible. El líder, el hombre con la cicatriz, nos miraba con ojos tan anchos que parecía que se iban a salir de su cabeza. Su boca estaba abierta, pero no salía ningún sonido.
Levantó su mano temblorosa apuntando hacia nosotros y finalmente logró hablar. Fantasmas. Son fantasmas.
Los muertos están caminando, pero no éramos fantasmas, éramos carne y hueso. Éramos personas reales que habían experimentado algo que no debería ser posible. Y en ese momento, parados en la noche fría del desierto nigeriano, cubiertos de tierra, pero respirando aire fresco, comprendí algo profundamente.
No habíamos escapado por nuestra propia fuerza. No habíamos cabado nuestra salida, no habíamos recibido ayuda de otros humanos, algo sobrenatural, algo divino, algo que solo podía ser explicado como la intervención directa del Dios todopoderoso había ocurrido. Era exactamente como el versículo que había leído esa mañana.
En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo. Jesús había vencido incluso a la tumba misma. Los hombres que nos habían enterrado no esperaron para ver qué pasaría después.
Corrieron los 17, incluyendo a su líder, corrieron hacia sus camionetas y se fueron en una nube de polvo y pánico. Podíamos escuchar sus gritos de terror incluso después de que desaparecieron en la oscuridad. Nos quedamos ahí parados los 22 en silencio absoluto por quizás un minuto completo.
Nadie sabía qué decir. No había palabras en ningún idioma humano que pudieran capturar lo que acabábamos de experimentar. Y entonces mi esposa comenzó a llorar, no de tristeza, sino de algo más profundo.
Eran lágrimas de alivio, de gratitud, de asombro absoluto ante la misericordia de Dios. Se arrodilló en la tierra con blessing todavía en sus brazos y comenzó a alabar. Gracias, Jesús.
Gracias, Padre. Gracias, Espíritu Santo. Gracias, gracias.
Gracias. Uno por uno, todos nos unimos a ella. Algunos de rodillas, otros de pie, porque sus rodillas estaban demasiado débiles para sostenerlos, pero todos alabando, todos llorando, todos completamente quebrantados por lo que Dios había hecho.
Tuvimos que liberarnos de las cuerdas que todavía ataban nuestras manos. Usamos los bordes afilados de rocas que encontramos cerca. Tomó tiempo y nuestras muñecas sangraban por donde las cuerdas habían cortado la piel.
Pero finalmente estábamos completamente libres. Entonces vino la pregunta práctica. ¿Cómo regresamos a Lagos?
Estábamos en medio de la nada, sin teléfonos, sin dinero, sin transporte. Ni siquiera sabíamos exactamente dónde estábamos. Podía ver lo que parecía ser una carretera a lo lejos, iluminada ocasionalmente por los faros de vehículos que pasaban, pero estaba a kilómetros de distancia.
Caminamos, dije. No era una sugerencia, era la única opción. Caminamos toda la noche.
Los niños más pequeños iban en los hombros de los hombres más fuertes. La hermana Choma amamantaba a sus gemelos mientras caminaba, algo que yo ni siquiera sabía que fuera posible. El hermano Emeca, que todavía tenía sangre seca en su rostro del golpe que había recibido, lideraba el camino orando en voz alta para mantener nuestros espíritus arriba.
Cuando finalmente llegamos a la carretera, ya estaba amaneciendo. Los primeros rayos del sol estaban pintando el cielo de tonos naranjas y rosas. parecía apropiado.
Estábamos presenciando un nuevo día después de haber pasado por la noche más oscura imaginable. Un camión se detuvo cuando nos vio. El conductor, un hombre musulmán de unos 50 años, salió de su cabina y nos miró con confusión y preocupación.
¿Qué les pasó? ¿Fueron atacados? Le contamos.
No toda la historia. No había tiempo, pero le dijimos que habíamos sido secuestrados, enterrados y que Dios nos había salvado milagrosamente. Esperaba que se riera, que pensara que estábamos locos o delirando.
En cambio, sus ojos se llenaron de lágrimas. He oído de estas cosas, dijo en voz baja. He oído que el Dios de los cristianos hace milagros, pero nunca pensé que vería las evidencias con mis propios ojos.
nos miró a todos uno por uno, como si estuviera memorizando nuestros rostros. Suban, los llevaré a lagos. Es lo menos que puedo hacer después de que su Dios les mostró tanta misericordia.
Nos apretujamos en la parte trasera de su camión. No era cómodo, pero después de estar enterrados bajo toneladas de tierra, cualquier cosa se sentía como un palacio. Durante el viaje de regreso, mi esposa me tomó la mano.
Todavía estaba cubierta de tierra, al igual que la mía. No habíamos tenido oportunidad de limpiarnos. Joseph me dijo, "¿Entiendes lo que pasó?
" No, completamente admití. ¿Cómo se puede entender un milagro? Es como tratar de explicar el color a alguien que nació ciego.
Dios nos eligió, dijo con una certeza que no admitía duda. De todas las personas en el mundo nos eligió para mostrar su poder, para mostrar que ni siquiera la muerte puede separarnos de su amor. Pero eso significa algo, Joseph.
Significa que tenemos una responsabilidad. Ahora tenía razón. Sabía que tenía razón.
No podíamos simplemente volver a nuestras vidas normales después de esto. Cuando Dios te muestra un milagro tan poderoso, tan innegable, no es solo para tu propio beneficio, es para que lo compartas. Es para que seas testimonio de su gloria.
Cuando llegamos a lagos, las noticias de nuestra desaparición ya se habían esparcido. Habían pasado casi 24 horas desde el secuestro. La policía había sido notificada.
Familias estaban buscando. Algunos ya habían comenzado a preparar funerales, asumiendo lo peor. Cuando el camión se detuvo frente a lo que quedaba de nuestra iglesia, los hombres la habían vandalizado antes de llevarnos.
Había una multitud reunida, familiares, amigos, otros pastores de iglesias vecinas, periodistas locales, todos esperando noticias. cualquier noticia. Y entonces nos vieron descendiendo del camión como resucitados de entre los muertos.
Literalmente el caos que siguió fue indescriptible. Gritos de alegría, llantos incontrolables, personas cayendo de rodillas en alabanza espontánea. La madre de mi esposa la abrazó tan fuerte que pensé que le iba a romper las costillas.
Los hermanos de la congregación que habían sido liberados ese domingo nos rodearon. tocándonos como si no pudieran creer que éramos reales. Están vivos, Dios mío, están vivos.
Los periodistas nos bombardearon con preguntas. ¿Cómo escapamos? ¿Quiénes fueron los atacantes?
¿Dónde estuvimos? Intenté explicar, pero mis palabras salían entrecortadas, confusas. ¿Cómo explicas lo inexplicable?
¿Cómo describes un milagre a personas que no estuvieron ahí? La policía vino y nos hizo declaraciones formales. Médicos nos examinaron asombrados de que no tuviéramos lesiones graves más allá de deshidratación, algunas magulladuras y mis costillas fracturadas por la caída inicial.
Es médicamente imposible, seguía diciendo uno de los doctores. El tiempo que estuvieron sin oxígeno adecuado debería haber causado daño cerebral severo, si no la muerte no tiene sentido. Pero tenía todo el sentido del mundo para los que estuvimos allí.
Dios no necesita que las cosas tengan sentido médico o científico. Él opera fuera de las leyes que creó cuando así lo decide. Durante las semanas siguientes, nuestra historia se extendió más allá de lagos, más allá de Nigeria.
Algunos eran escépticos, buscando explicaciones naturales. Tal vez la Tierra no era tan profunda. Tal vez había bolsas de aire, tal vez los atacantes lo sacaron y ustedes solo pensaron que fue un milagro debido al trauma.
Pero ninguna de esas explicaciones podía explicar lo que todos los 22 experimentamos. No podía explicar el sonido, no podía explicar la vibración que sentimos, no podía explicar cómo la tierra misma pareció rechazarnos como si el Señor le hubiera ordenado, "Devuélveme a mis hijos. " Hubo otra consecuencia que nadie esperaba.
El conductor del camión que nos había recogido, ese hombre musulmán de ojos amables, vino a visitarme dos semanas después. Entró a mi casa temporal. Estábamos viviendo con familiares mientras reconstruíamos y se sentó frente a mí con lágrimas corriendo por su rostro.
Pastor Joseph dijo, no he podido dormir desde que los llevé de vuelta. Sigo viendo sus rostros cubiertos de tierra, pero llenos de paz. Sigo pensando en su Dios, que no los abandonó ni siquiera bajo la tierra.
He sido musulmán toda mi vida. Pero un Dios que hace eso, un Dios que ama así, necesito conocerlo. Ese día gué a Yusuf, así se llamaba, a los pies de Cristo.
Lloró como un niño cuando oramos juntos, cuando confesó a Jesús como su Señor y Salvador, y no fue el único. En los meses siguientes, siete personas más que habían escuchado nuestra historia, personas que no eran cristianas, vinieron buscando al Dios que había vencido a la tumba. Pasaron meses antes de que pudiera procesar completamente lo que había ocurrido.
El trauma no desaparece instantáneamente solo porque experimentaste un milagro. Blessing tenía que dormir con la luz encendida. Rafael despertaba en pánicos y las sábanas lo cubrían demasiado, sintiendo que lo estaban enterrando nuevamente.
Ru desarrolló claustrofobia y no podía estar en espacios cerrados sin hiperventilarse. Mi esposa y yo pasamos incontables noches hablando, orando, tratando de entender por qué Dios había permitido que pasáramos por eso solo para rescatarnos milagrosamente. ¿Por qué no simplemente evitar el secuestro desde el principio?
¿Por qué permitir que fuéramos llevados a esa fosa? La respuesta vino durante una noche de vigilia, tres meses después del incidente. Estaba solo en lo que quedaba de nuestra iglesia, que estábamos reconstruyendo poco a poco con donaciones que llegaban de todo el mundo.
Era pasada la medianoche. Tenía mi Biblia abierta buscando respuestas, buscando propósito. Mis ojos se posaron en el libro de Job, capítulo 42, versículo 5.
De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven. Y en ese momento todo tuvo sentido. Antes de ese día, yo conocía a Dios.
Había estudiado teología, había predicado durante 20 años. Había visto sanaciones, liberaciones, milagros pequeños aquí y allá. Pero todo era de segunda mano.
Eran historias que había escuchado, doctrinas que había estudiado, experiencias de otros que había leído en libros. Pero ahora, después de estar literalmente en una tumba y ser sacado por la mano de Dios, ahora lo conocía de una manera diferente. Ahora mis ojos lo habían visto, no físicamente, pero en una manera más real que cualquier visión física.
Había experimentado su poder en carne propia. Había sentido su presencia en la oscuridad absoluta. Había escuchado su voz cuando no había manera física de escuchar nada.
Y esa experiencia me había transformado de una manera que 20 años de ministerio no habían hecho. Ya no predicaba sobre la fe en tiempos difíciles como un concepto teórico. Predicaba como alguien que había confiado en Dios cuando la tierra literal lo estaba tragando.
Ya no hablaba sobre la resurrección de Cristo como una historia antigua. hablaba como alguien que había experimentado su propia resurrección, sacado de una tumba por el mismo poder que levantó a Jesús hace 2000 años. Y la gente podía sentir la diferencia.
Nuestra iglesia, que antes tenía 100 miembros, ahora tenía más de 500. No porque yo fuera mejor predicador, sino porque la autoridad en mi voz había cambiado. Ya no estaba compartiendo teoría, estaba compartiendo testimonio vivo, palpitante, innegable.
Pero más que el crecimiento numérico, lo que más me impactaba era la transformación en las personas. Hermanos que habían luchado con la fe durante años, de repente tenían un nivel de creencia que nunca habían tenido antes. Pastor, me decían, si Dios hizo eso por ustedes, ¿qué no hará por mí en mis problemas más pequeños?
Personas enfrentando cáncer venían a hablar conmigo. Personas en depresión profunda, personas con matrimonios destruidos, personas que habían perdido hijos, personas que estaban al borde del suicidio. Y cuando les contaba mi historia, cuando les mostraba las cicatrices en mis muñecas de las cuerdas, cuando les dejaba ver las lágrimas que todavía corrían por mis mejillas, al recordar ese día, algo cambiaba en ellos.
Si Dios no te abandonó bajo la tierra", me decía una mujer que había enterrado a su hijo un mes antes, entonces no me ha abandonado en mi dolor, aunque no lo pueda sentir ahora mismo. Ese era el propósito, ese era el porqué. Dios no había permitido nuestro sufrimiento porque era cruel o indiferente.
Lo había permitido porque a través de nuestro sufrimiento y nuestra liberación milagrosa, cientos, tal vez miles de personas encontrarían esperanza en sus propias tumbas. Porque todos tenemos tumbas, ¿verdad? Tal vez no son literales.
Tal vez es la tumba de una adicción que te tiene atrapado. La tumba de un matrimonio muerto, la tumba de un sueño enterrado bajo años de fracaso y decepción. La tumba de un trauma del pasado que te tiene paralizado.
La tumba de una enfermedad que te está consumiendo poco a poco. Y mi mensaje para todos los que están en esas tumbas es simple. El Dios que me sacó de una fosa física puede sacarte de tu fosa espiritual, emocional o mental.
No estás demasiado profundo, no estás demasiado lejos, no estás demasiado roto. Hay un versículo en Ezequiel 37 donde Dios le pregunta al profeta, hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Y Ezequiel, viendo un valle lleno de huesos secos, completamente sin vida, responde, "Señor, tú lo sabes.
" Y Dios le dice que profetice sobre esos huesos. Y cuando lo hace, los huesos se unen, se cubren de carne, reciben aliento y un ejército entero se levanta de lo que estaba completamente muerto. Eso es lo que Dios hace.
Él toma lo que está muerto y lo resucita. Toma lo que está enterrado y lo saca a la luz. Toma lo que parece imposible y lo hace real.
Mis hijos también pagaron un costo. Blessing, que ahora tiene 12 años, 5 años después del incidente. Todavía lucha con ansiedad.
Tiene sesiones regulares con un terapeuta cristiano. Algunos días son mejores que otros. Algunos días puede reírse y jugar como cualquier niña de su edad.
Otros días un olor particular o un sonido específico la transporta de vuelta a esa fosa y la encuentro temblando en su habitación, recitando el salmo 23 una y otra vez como un mantra protector. Rafael, ahora de 17 años decidió que quiere ser pastor como su padre. Dice que Dios le habló durante esas horas bajo la tierra.
Le dijo que tenía un llamado especial en su vida. Papá, me dijo hace unos meses, si Dios nos preservó a través de algo así, es porque tiene planes grandes para nosotros y yo no voy a desperdiciar esta segunda oportunidad. Ruth, de 15 años es diferente.
Ella es más callada, más introspectiva. El trauma la afectó de una manera diferente. Escribe poesía, principalmente, hermosa, pero desgarradora, llena de imágenes de oscuridad y luz, de muerte y resurrección.
me mostró uno de sus poemas hace poco. Decía: "Conocí a Dios en la oscuridad, donde no había luz para verlo. Lo escuché en el silencio, donde no había sonido para oírlo.
Lo sentí en la muerte, donde no había vida para percibirlo. Y ahora que estoy en la luz, en el ruido, en la vida, a veces extraño la claridad que solo la oscuridad puede dar. " Lloré cuando leí eso porque entendí exactamente lo que quería decir.
Hay una intimidad con Dios que solo viene cuando todo lo demás ha sido despojado, cuando no puedes depender de tus sentidos físicos, cuando no puedes confiar en tu propia fuerza, cuando literalmente no tienes nada, excepto tu fe desnuda en un Dios invisible. En ese momento lo conoces de una manera que nunca podrías conocerlo en la comodidad y la seguridad. Grace, mi esposa, mi roca, mi compañera en todo esto, ella cambió también.
Se volvió más audaz en su fe. Antes del incidente era callada. Prefería trabajar detrás de escena, apoyándome en mi ministerio.
Pero después algo se despertó en ella. Comenzó a predicar. algo que nunca había hecho antes.
Y cuando predica, hermano, el poder de Dios se manifiesta de maneras que dejan a la gente asombrada. Estuve en una tumba, dice, desde el púlpito con una autoridad que hace temblar las paredes. Y les puedo decir con total certeza, no hay tumba lo suficientemente profunda que Dios no pueda alcanzarte.
No hay oscuridad lo suficientemente oscura que su luz no pueda penetrar. No hay muerte lo suficientemente definitiva que su vida no pueda vencer. Y la gente cree, no solo porque suena bonito, sino porque ella lo vivió.
Nosotros lo vivimos. Ahora, 5 años después, me siento a veces y me pregunto qué habría pasado si hubiera escuchado a mi esposa aquella noche. Si hubiéramos huido al sur antes del ataque, si hubiera tomado las amenazas más en serio y hubiera cerrado la iglesia temporalmente, si hubiera sido más cauteloso, más sabio según los estándares del mundo, habríamos vivido.
Eso es seguro. No habríamos experimentado ese trauma terrible. Mis hijos no cargarían con las cicatrices psicológicas que ahora llevan.
Yo no despertaría algunas noches con ataques de pánico, sintiendo que me estoy asfixiando, aunque hay todo el aire del mundo a mi alrededor, pero tampoco tendríamos este testimonio. Estas cicatrices en mis muñecas no estarían aquí como recordatorios permanentes de que Dios es real, de que sus milagros no terminaron con el libro de Hechos. Ibrahim todavía estaría perdido en la oscuridad, destinado a la perdición eterna.
Yusuf nunca habría conocido a Cristo. Las cientos de personas que han encontrado esperanza a través de nuestra historia seguirían desesperadas en sus propias tumbas. ¿Valió la pena el dolor?
Esa es una pregunta difícil. El dolor fue real. El trauma fue real.
Las pesadillas son reales. Pero el fruto también es real. Las vidas transformadas son reales.
El poder de Dios manifestado es real. Pablo escribió en Romanos 8:18, "Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. " Entiendo ese versículo ahora en una manera que nunca podría haber entendido antes.
Las aflicciones, y créeme, ser enterrado vivo, califica como aflicción. Son temporales. Dolorosas, sí.
traumáticas, absolutamente, pero temporales. La gloria, sin embargo, es eterna. El impacto de lo que Dios hizo a través de nosotros se extenderá más allá de nuestra vida, más allá de esta generación, posiblemente por toda la eternidad.
Cada persona que ha conocido a Cristo a través de nuestro testimonio es una vida eterna impactada. Cada persona que renovó su fe, que encontró esperanza en su desesperación, que decidió no rendirse después de escuchar nuestra historia, cada una de esas personas es un fruto eterno que brotó de nuestra temporada de sufrimiento. Y cuando lo veo de esa manera, cuando lo veo a través de la lente de la eternidad, en lugar de la lente del momento, entonces sí valió la pena.
Mil veces valió la pena. Pero no te voy a mentir y decirte que es fácil llegar a esa conclusión. Hay días cuando todavía me enojo con Dios, días cuando veo a Blessing luchando con su ansiedad y quiero gritar.
¿Por qué ella tenía que pasar por eso? Era solo una niña. Días cuando escucho a Ruth llorar en la noche por pesadillas que no desaparecen y quiero negociar con Dios.
Tómame a mí, pero sana a mis hijos completamente. En esos momentos tengo que recordar algo crucial. Dios no prometió que el cristianismo sería fácil.
Jesús mismo dijo, "En el mundo tendréis aflicción. " No dijo, "Tal vez ni posiblemente. " Dijo, "Tendréis.
Es una certeza. Si sigues a Cristo, habrá sufrimiento. Pero, y este es el pero más importante en toda la Biblia, confiad.
Yo he vencido al mundo. Él ha vencido. Tiempo pasado.
Ya está hecho. La victoria ya fue ganada en la cruz y confirmada en la tumba vacía. Y esa victoria se aplica a todas las pequeñas tumbas en las que nos encontramos durante nuestra vida.
¿Sabes lo que creo que fue el verdadero milagro de ese día? No fue solo que Dios nos sacó de la fosa. Fue que mientras estábamos en la fosa, en la oscuridad más absoluta, en el momento cuando todo parecía perdido, todavía pudimos adorar, todavía pudimos cantar, todavía pudimos creer.
Ese es el verdadero milagro. Que la fe puede sobrevivir incluso cuando la esperanza parece muerta, que la alabanza puede brotar incluso desde la boca llena de tierra. Que el Espíritu humano cuando está conectado al Espíritu Santo es indestructible.
He visto personas abandonar su fe por mucho menos de lo que nosotros experimentamos. He visto a hermanos alejarse de Dios porque perdieron un trabajo, porque un matrimonio terminó. Porque una oración no fue respondida de la manera que querían.
Y no los juzgo. El dolor es real y cada persona tiene su propio límite. Pero lo que nuestra historia demuestra es que no hay límite cuando Dios está en el centro.
No hay profundidad donde él no pueda alcanzarte. No hay oscuridad donde no pueda encontrarte. No hay muerte que no pueda vencer.
Quiero que hagas algo por mí. Si este testimonio te tocó, si sentiste algo moverse en tu espíritu mientras escuchabas, necesito que lo compartas. Compártelo con ese amigo que está luchando con depresión, con ese familiar que está al borde del divorcio, con ese compañero de trabajo que acaba de recibir un diagnóstico médico devastador con ese vecino que perdió un hijo y dice que nunca podrá volver a creer en Dios.
Compártelo porque las historias de lo que Dios hace son armas poderosas contra la desesperación. Son recordatorios de que no estamos solos, de que no somos los primeros en pasar por valles oscuros y de que hay un Dios que se especializa en sacar vida de la muerte. Y una cosa más, comenta de qué país o ciudad estás viendo este testimonio.
Quiero saber dónde está llegando esta historia. Quiero ver cómo Dios está usando algo que pasó en una fosa perdida en el norte de Nigeria para tocar corazones en México, en Argentina, en España, en Colombia, en cada rincón del mundo donde el español se habla y donde hay personas que necesitan un milagro. Escribe en los comentarios viendo desde tu país, ciudad y creo en los milagros.
Quiero que cuando otros lean los comentarios vean una lista interminable de lugares, una comunidad global de creyentes que saben que Dios todavía está en el negocio de lo imposible. Y si ya has vivido tu propio milagro, si Dios te ha sacado de tu propia tumba, literal o figurativa, compártelo también, porque tu testimonio es tan poderoso como el mío. Cada historia de redención es una flecha más en el carcaj de Dios contra las fuerzas de la oscuridad y la desesperación.
Quiero dejarte con el versículo que se convirtió en mi ancla después de esa experiencia. es de Romanos 83839. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.
¿Entiendes lo que eso significa? Ni la muerte puede separarte del amor de Dios. Estaba literalmente muriendo en esa fosa y el amor de Dios no me soltó.
No podía. Porque el amor de Dios no es condicional a tu estado físico, a tus circunstancias, a tu ubicación, ni siquiera a tu vida o muerte. Su amor es eterno, inquebrantable, imparable.
Entonces, sin importar en qué tumba estés hoy, sin importar cuán profunda sea, sin importar cuánto tiempo has estado ahí, sin importar cuánta tierra se ha acumulado sobre ti, el amor de Dios todavía te alcanza, todavía te sostiene y todavía tiene el poder de levantarte. No te rindas, no sueltes, no aceptes la tumba como tu destino final, porque el Dios de la Resurrección está contigo, en ti, por ti y nada, absolutamente nada puede derrotarlo. Que el mismo Dios que vibró la tierra hasta que me liberó, sacuda tu mundo hasta que seas libre.
Que el mismo Dios que escuchó nuestras oraciones desde toneladas de tierra, escuche la tuya desde donde sea que estés. Que el mismo Dios que transformó el día más oscuro de mi vida en el testimonio más poderoso, transforme tu oscuridad en luz. Que el mismo Dios que tomó un pastor asustado, una esposa aterrorizada, tres niños traumatizados y 17 hermanos desesperados.
y los convirtió en trofeos vivos de su gracia. Tome tu vida quebrantada y la convierta en una obra maestra de redención. Y que nunca, nunca olvides, no hay tumba, ni una sola donde Dios no pueda encontrarte y de la cual no pueda rescatarte.
Porque él no es solo el Dios que cerró tumbas cuando creó el mundo. Es el Dios que abre tumbas. Esa es su especialidad, esa es su pasión, esa es su promesa para ti, desde Lagos, Nigeria, con cicatrices en mis muñecas que nunca desaparecerán, y una fe en mi corazón que nunca morirá.
Soy el pastor Joseph Adecunle y esta es mi historia, esta es mi verdad, este es mi testimonio. Que Dios te bendiga y que te saque de cualquier tumba donde estés enterrado. En el nombre poderoso de Jesús.
Amén. M.
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