Encontré trabajo de prefecto en una preparatoria pública ubicada a las orillas de la ciudad. No tenía prestaciones ni seguro, pero el sueldo era suficiente para sobrevivir mientras rentaba un departamento pequeño para mí solo. A pesar de no tener una gran cantidad de matrículas, la escuela contaba con dos turnos.
De hecho, solo había tres grupos de entre 10 y 15 alumnos aproximadamente. Supongo que esto se debía a lo alejada que estaba la zona. De cualquier forma, mi trabajo consistía en vigilar a los alumnos del turno vespertino cuando caía la noche y se creaban zonas con poca visibilidad.
Había de todo, desde consumo de sustancias, parejitas amorosas e incluso peleas con objetos peligrosos. Lo digo en serio, las cosas en el turno vespertino estaban muy movidas durante el horario de 3 de la tarde a 9 de la noche, que es cuando se cerraba la escuela. La primera semana que tomé el empleo, el supervisor de mi zona se mostró desconfiado frente a mí, analizándome de pies a cabeza como si dudara de mi capacidad para desempeñar el puesto.
Aún así, suspiró pesadamente y me entregó un pequeño papel que contenía una lista con cinco reglas. Junto con ello, también me comentó, "Tómatelo con seriedad, síguelas al pie de la letra si quieres mantener tu trabajo. Evita problemas y trata de cuidar a los alumnos.
No deben tener ningún rasguño o la escuela se verá afectada. " ¿Entendido? Me sentí nervioso ante su tono tan serio al dirigirse a mí, mientras al mismo tiempo abría el papel para leerlo.
Solo faltaban pocas horas para que llegaran los alumnos y no sabía si podría memorizar dichas reglas en tan poco tiempo. Por su parte, el supervisor se retiró dejándome solo en la prefectura, cosa que en verdad agradecí, pues comencé a reír una vez que las leí. Regla número uno, no dejes a los alumnos solos en zonas oscuras.
No importa que vayan en grupo, llévalos siempre a las áreas iluminadas de la institución. Procura caminar con una luz encendida o podrías no volver a verlos. Regla número dos.
Si ves un puesto ambulante cerca de los edificios de idioma o los alumnos te mencionan algo al respecto, avisa de inmediato por la radio al supervisor. Él sabrá qué hacer en ese caso. Regla número tres.
Las canchas deportivas se cierran a partir de las 7 de la tarde. Procura sacar a cualquiera que se encuentre ahí antes de la hora y si ves a alguien fumando dentro, quítale el cigarro de inmediato. Él detesta el humo de tabaco barato.
Regla número cuatro. La biblioteca cuenta con dos pisos. A las 8 de la noche, asegúrate de que no haya ningún estudiante en el segundo.
De lo contrario, el bibliotecario se enfadará y puede salirse de control. Esto representa un peligro extremo. Regla número cinco.
Asegúrate de que, sin excepción todos los alumnos abandonen el plantel a las 9 de la noche. Después cierra bien las puertas antes de partir. Si en algún momento olvida cerrar correctamente, abandona la ciudad de inmediato.
En un principio pensé que se trataba de una broma por parte del supervisor, la clásica novatada en la que todos conspiran y al final te dan la bienvenida a esa nueva etapa. Pero estaba muy equivocado. Quizá por llevar ese pensamiento y las reglas tan a la ligera, terminé descuidándome.
Mi turno inició exactamente a las 3 de la tarde con los alumnos en la entrada principal del plantel, llenando los pasillos de voces en tonos variados, risas y una que otra grosería. Era un día especial, ya que la escuela permitía al comité realizar actividades siempre y cuando pidieran permiso con anticipación. Ese día, por ejemplo, era jueves de tianguis.
Los jueves, en particular, los alumnos llegaban temprano para montar sus puestos y acomodar sus productos a la venta. De esta forma, tanto el comité como los participantes obtenían algo de dinero, sin olvidar, claro, a los de próximo egreso. Ellos trataban de aumentar sus ahorros para cubrir esos gastos tan pesados.
Me dispuse a dar una vuelta cerca del edificio P. Aprovechando que la mayoría de profesores y administrativos estaban en el evento vigilando. Fue en ese momento cuando lo vi.
De repente, a una pareja de niñas entraron unos baños fuera de servicio con las luces apagadas. Aunque había otros baños funcionales dentro del edificio, ellas al parecer habían decidido entrar a ese, lo cual, si me lo preguntan, me pareció bastante extraño. Por ello, decidí no alejarme demasiado si es que surgía algún problema.
Pasaron alrededor de 30 minutos sin verla salir. Estaba preocupado por el inicio de clases, así que me acerqué al baño y lo que vi se quedó marcado en mi memoria. Todos los baños tienen ventanas altas por donde en teoría entró la luz natural, pero aquel baño se veía completamente oscuro.
Abrí la puerta por completo, sin lograr iluminar nada en el interior. Esto me hizo recordar la regla número uno. Entré en pánico, llamando a las niñas por si podían escucharme.
Sin embargo, no recibí respuesta alguna. No tuve más opción que entrar al baño en ese estado, buscándolas completamente oscuras. Al adentrarme, oí dos sonidos diferentes.
El primero eran gruñidos culturales, más graves que los de un perro o incluso los de un oso. El segundo consistía en gritos ahogados resonando a los azulejos. pidiendo ayuda.
Me centré en seguir los gritos de socorro hasta quedar frente a un cubículo semiabierto, del cual salían una especie de dedos largos envolviendo a una de las chicas. Ella gritaba poniendo resistencia y empujando la puerta. La otra niña también gritaba forcejeando para liberar a su amiga.
Aquello que estuviera dentro del cubículo tenía la clara intención de llevarse a ambas. No se me ocurrió otra cosa que tomarlas de las manos y jalar con todas mis fuerzas hacia mi dirección. Creo que fue ahí cuando me puse pálido del miedo.
Sentí la fuerza inhumana del ser tirando en sentido contrario al mío. Y es que fácilmente podría comparar esa fuerza con la de dos hombres jalando una cuerda en mi contra. Era brutal y poco creíble que algo así ocurriera dentro de un baño fuera de servicio.
Afortunadamente, logré acomodar mis pies en la orilla del baño, consiguiendo desesperadamente un efecto de palanca lo suficiente bueno como para liberar a las chicas de aquel agarre antinatural. Una vez caímos hacia atrás, les ordené casi gritando que retrocedieran de inmediato hasta el otro extremo del pasillo. Apenas me estaba poniendo de pie cuando una mano salió de la pesada oscuridad del baño, sujetándome del tobillo para intentar arrastrarme de nuevo hacia el interior.
En ese instante recordé la otra parte de la primera regla. camina con una luz encendida. Comencé a buscar mi celular desesperadamente en el bolsillo de mi chamarra.
No obstante, el miedo entorpecía el movimiento de mis dedos y más de la mitad de mis piernas ya estaban cruzando hacia el otro lado del baño, donde no las veía. Exactamente en el momento que logré encender la linterna y alumbré en dirección al baño, escuché un rugido gutoral como el de un animal siendo lastimado. Incluso juraría que observé por unos segundos lo que parecían ser ojos amarillos.
Esto segundos antes de que la oscuridad los desvaneciera por completo. Las niñas también habían ayudado encendiendo las linternas de sus celulares. Gracias a Dios, logramos salir de ahí.
Siendo libres, los tres salimos huyendo del edificio. Ellas tres se dirigieron directo a clases y yo, por mi lado, llegué a la oficina del supervisor. Él estaba sentado tomando una taza de café con total tranquilidad, como si ya supiera lo que estaba a punto de decirle.
Por supuesto, le conté sobre el incidente y lo primero que hizo fue seguir el protocolo de bienestar. Se retiró para comprobar si las niñas se encontraban bien, pidiéndome que las llevara enfermería para tratar posibles heridas y raspones. Con esa parte del asunto ya atendida, continuó la oficina llenando una bitácora sobre el incidente.
Y, por supuesto, no tardé en encararlo. ¿Qué diablos fue todo eso? ¿Qué nos atacó?
¿Y por qué fregados lo estás tomando con tanta normalidad? Allá dentro se encuentra un animal salvaje. Te lo dije, las reglas existen por algo.
Se deben seguir al pie de la letra. En este lugar habitan muchas cosas sobrenaturales y todos los trabajadores, sin excepción deben seguir las reglas, deben estar atentos o de lo contrario los alumnos sufrirán las consecuencias. Escúchame, depende de nosotros mantenerlos con vida y más te vale recordarlo.
El regaño me tomó por sorpresa, pero a la vez comprendí la responsabilidad que acababa de aceptar con ese trabajo. Ese día me dejaron retirarme temprano para reflexionar y de igual forma yo evalué si realmente valía la pena estar ahí. Al anochecer concluí que debía cuidar de los alumnos, aparte de tener una buena paga para ser foráneo, buscando una oportunidad laboral.
Luego de mi primer incidente, me dispuse a investigar las razones de estos fenómenos y quién o quiénes habían trabajado en la elaboración de las reglas para cada rol académico. Lo primero que hice fue hablar con mi supervisor, quien no me dio mucha información solo de lo que tenía conocimiento. No sabemos qué es esa cosa exactamente.
Tampoco es que queramos investigarlo. A lo mucho sabemos que detesta la luz y se manifiesta a través de la oscuridad. No importa en qué punto te encuentres de la escuela, de igual forma, no sabemos desde cuándo está aquí ni cómo llegó.
Siguió comentando sobre la existencia de las reglas. eran relativamente nuevas y todos tenían prohibido hablar de las anomalías con los estudiantes, padres de familia o cualquier persona del exterior sin relación alguna con la institución. Su recomendación fue tajante, indicándome que mantuviera la boca cerrada.
Si llegaba a decir algo, sería despedido e incluso podría desaparecer, justo como el anterior prefecto. Esto último me causó un escalofrío horrible. Ya no podía retroceder ni huir sin autorización como marcaba la quinta regla.
Solo podía continuar los próximos años de mi vida protegiendo a los alumnos. Mis siguientes rondas me llevaron a recorrer el plantel para conocer diversas áreas que me resultaron curiosas. Las canchas principalmente con un césped impecable y peligroso a la vez.
Este suele ser frecuentado por los alumnos que buscaban un espacio donde corriera el aire para fumar. Solo Dios sabe quién empezó ese hábito con malas intenciones. Al salir de las canchas, mi estómago rugió.
Esta vez no por culpa de alguna entidad, sino por el hambre que me consumía. Una desesperación iba surgiendo, impulsándome a buscar comida lo más rápido posible para saciar esa necesidad. Sin embargo, no tenía ningún interés en probar la comida de la cafetería.
No era por ser quisquilloso ni por demeritar, simplemente prefería los puestos de la calle. Así continué con mi supervisión y al acercarme a los edificios de idiomas doblé en una esquina, observando de frente lo que parecía ser un gimnasio viejo, cerrado con gruesas cadenas, como si no quisieran que nadie lo abriera jamás. Para mi sorpresa, ni siquiera tenía conocimiento de su existencia.
No lo recordaba del recorrido del primer día, ni figuraba en las dichas reglas. Aún así, me produjo una sensación desagradable que me llevó a mantener la distancia. Desde lejos observé el lugar intentando entender por qué sentía que algo no encajaba.
Aquella extrañeza fue intensificándose hasta convertirse en mareos y fuertes dolores de cabeza, estos acompañados de un zumbido persistente. Me acerqué a una jardinera y me senté por un momento para recuperar el aliento. Fue entonces cuando vi a la siguiente entidad.
A como iba escondiéndose el sol, las farolas esparcidas por el plantel se encendieron en automático y justo debajo de una llegó una camioneta pequeña de color blanco. Tenía los vidrios polarizados, siendo imposible ver al chóer. Aunque este no tardó en sacar sus manos para levantar una ventanilla al exterior y encender las luces de una lámina que venía arriba del vehículo.
Fui atraído por el característico dibujo de una torta. Pronto me llegó el aroma de toda clase de ingredientes, el sonido de una parrilla encendida con aceite y un particular olor a gas. No tuve ninguna duda.
Se trataba de un puesto ambulante de tortas dentro del plantel. Me quedé paralizado por unos segundos, dudando si lo que veía realmente estaba sucediendo o si solo se trataba de mi imaginación. Recordé entonces la regla número dos.
Y aunque tenía ganas de correr por el supervisor, la verdad fue que mi cuerpo no respondía a eso. Al contrario, el hambre iba incrementando por la estimulación de olores. Con un simple parpadeo lento, terminé sentándome en una de las bancas frente al puesto, mientras mi boca salivaba al grado de escurrir hacia fuera de mis labios.
El cocinero del puesto me señaló que tuviera paciencia y que dentro de poco me serviría la comida. Desde mi lugar veía nada más que sus manos moverse, preparando una exquisita torta de gran tamaño. Por mi mente solo cruzaba la intención de recuperar el control de mi cuerpo, despejarme de ese instinto salvaje y volver a ser el hombre que era.
Grité con todas mis fuerzas. Regla número dos. Y como por arte de magia pude levantarme de la banca.
No lo dudé. Corrí descontroladamente hacia la oficina donde mi supervisor realizaba el papeleo habitual. Hay un puesto ambulante junto a idiomas.
Casi me atrapa. El supervisor se levantó con urgencia, llevando una prisa incomparable al otro incidente, pues fue tanta la fuerza que utilizó para incorporarse que derramó su café sobre los papeles de su escritorio y a su vez tropezó con el portagarrafón. Su silla también había salido volando hacia atrás golpeando un mueble.
¡Carajo! ¡Carajo! Esto es malo.
Ven conmigo. Me tomó rápido de la camisa sin dejarme decir ninguna palabra, siendo arrastrado por él camino al puesto. Recuerdo las miradas burlescas de los estudiantes al verme en esa situación, haciéndome sentir como si hubiera cometido un error.
Esto de alguna forma me hizo recordar mi adolescencia cuando el profesor me sacaba la fuerza del salón por responder y no dejarme someter ante su supuesta autoridad. Llegando al puesto ambulante, el cocinero ya contaba con una fila de alumnos esperando comida. El supervisor, sin temor alguno y sin esperar nada, procedió a tirar todo lo relacionado al puesto.
Las bancas fueron volteadas, los ingredientes tirados, las salsas esparcidas por el suelo. Incluso tomó una piedra para golpear el letrero iluminado de la camioneta. Sentí que se había convertido en el mismo demonio descontrolado, rompiendo todo a su paso.
El cocinero, por su parte, soltaba una clase de soyosos entremezclados con gruñidos, molesto por el desastre, sin tener otra opción más que cerrar el puesto y encerrarse en la camioneta. Seguido a esto, el supervisor se dio la media vuelta para encarar a los alumnos con un gesto lleno de odio. Levantó la voz pidiendo que se retiraran de inmediato a sus salones con la excusa de ser un simulacro ante un posible intruso en el plantel.
No entiendo cómo, pero tal como una posesión, los alumnos se retiraron en menos de 5 minutos, quedando ahora solo el supervisor y yo en el patio. Escucha, hoy debo retirarme temprano por un asunto personal. Tendrás que cerrar la escuela por tu cuenta.
Nos vemos mañana. El supervisor se retiró del lugar con la cabeza baja. Yo, por otro lado, me quedé hasta las 9 de la noche para cerrar la puerta principal.
Aunque claro, antes revisé que no hubiera nadie dentro, vagando solo por curiosidad. Al día siguiente, el supervisor no fue. Era la primera vez que faltaba desde que había sido contratado y a todos se les hizo rara su ausencia.
Sin embargo, lo más fuerte de todo ocurrió casi al terminar la semana. La policía llegó para realizar una investigación y de paso darnos una impactante noticia. El supervisor había desaparecido desde aquella noche en que cerré.
Sin nadie para hacerse responsable del papeleo en la oficina, ascendieron a supervisor y volvieron a publicar la vacante de prefecto en la bolsa de trabajo. No pasaría mucho para que otro hombre perfecto para el puesto. Desde su llegada se veía dudoso sobre trabajar en la escuela.
En la primera oportunidad que tuve, me acerqué con él para intercambiar unas cuantas palabras. Debes saber que este trabajo, por muy sencillo que se vea, exige prestar mucha atención. No solo consiste en mantener el orden y seguridad entre los alumnos, también tendrás que superar tus mayores miedos.
¿Crees que puedes estar preparado para esto? No puede haber errores. El hombre asintió con la cabeza mientras jugaba con sus manos, aún más nervioso por mis palabras.
Quizás sentía que le estaba queriendo asustar, pero lo que yo realmente deseaba era prepararlo. Luego de eso, saqué el pequeño papel con las reglas, aunque esta vez había una nueva. Regla número seis.
Si encuentras otro hombre trabajando en la oficina que no sea el supervisor, ignóralo. Sal del lugar hasta que desaparezca. Muchas gracias comunidad por llegar hasta el final del video.
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