Esto que te voy a contar no es algo que te digan todos los días. Y si no me crees, pues tú, pero yo te lo digo tal como me lo platicó doña Teófila, pues que en paz descanse, porque ella fue la que lo vivió de cerquita. Esto pasó en Puebla, en un pueblito que se llama San Jerónimo Shonacatepec.
En esos años, por ahí del 55, pues no era lo que es ahora, era puro terreno y casitas de adobe y los mercados pues solían a copá, la ruda, a queso fresco y a tierra mojada. Y justo ahí, en un puesto medio escondido entre los de hierbas y pan de anís, estaba Eusevia, una muchacha de 25 años que pues era flaquita, chiquita, morena, de ojos negros y una mirada pues que no se te olvida. vendía de todo lo que le gustaba a la gente para limpiarse la mala vibra.
Veladoras preparadas, eh saumerios, cuarzos, figurate San Benito, ajos amarrados con listón rojo y hasta te hacía limpias y tú se lo pedías con respeto. La neta es que no era charlatana, sí sabía lo que hacía. No se metía con nadie, vivía con su tía, una viejita que ya no salía del jacal y se mantenía sola.
tenía su cliente la fija y nunca hablaba más de lo necesario. Un día llegó un señor que pues ya estaba algo viejito, pero se notaba que estaba bien cuidado. Tenía una voz gruesa, medio arrastrada y pues se acercó al puesto, vio las cosas que tenía y le dijo que ocupaba una limpia, que todo le estaba saliendo mal, que no podía dormir, que sentía que algo lo seguía.
Y Evia como siempre le preguntó su nombre y él nada más le dijo que se llamaba Mateo, así sin más. ¿Y desde cuándo siente eso, don Mateo? Desde que abría esa caja, pero no quiero hablar de eso.
Y en lugar de seguirle, Eusevia solo agarró el huevo, el copal y el alcohol y le hizo la limpia ahí mismo, atrás del puesto, en una banquita de madera. Dice la gente que ese día cuando lo estaba limpiando, el huevo tronó en su mano y le manchó la blusa de negro, no amarillo, negro con Pero como siempre, Eusevia se mantuvo seria, le dijo que ya estaba, que tirara el huevo lejos de su casa y que se llevara unas veladoras para aprender tres días seguidos. Mateo pagó, la miró con una sonrisa medio rara, de esas que te hacen sentir pues algo incómodo, y le dijo que volvería pronto.
Y así fue. Como a las dos semanas regresó más delgado, pero con los ojos más vivos. Vestía igual, pero ahora traía un bastón de madera como de esos antiguos, y se veía más entero.
Le dijo a Eusevia que desde que lo limpió todo había cambiado, que ella dormía bien, que el dinero le rendía, que lo habían llamado para ofrecerle un puesto en la capital. que de verdad ella tenía un don. Usted me salvó, señorita.
De verdad, gracias. Pero, ¿no se ha sentido usted rara últimamente? Rara, ¿no?
¿Por qué? Nada, nada, era solo curiosidad. Y se fue.
Así. Eusevia se quedó pensativa, pero no dijo nada. A los días siguientes la empezaron a notar más callada, un poco más apagada.
A veces se le iba la mirada como si estuviera viendo algo que nadie más veía, no comía. Y un día una señora la vio hablando sola detrás del mercado. Decía cosas medio extrañas y pues le dijeron a su tía, "No se metan.
Si Eusev anda rara es porque está viendo cosas que ustedes no entienden. " Y ya de ahí se empezó a poner peor. Un chamán que llegó del norte la vio de lejos y dijo que la joven tenía algo adentro.
Esa no está sola", fue lo que dijo otro señor que era curandero de por allá de Tehuacán, intentó hablar con ella, pero Eusevia no lo quiso ni ver. Comenzaba a gritar cuando se acercaban con imágenes religiosas, lloraba cuando escuchaba las campanas. Y aunque parecía enferma, su piel seguía lisa, sin arrugas, sin manchas, como si el tiempo no le estuviera pegando, pero por dentro algo la estaba carcomiendo.
Dicen que una noche una señora del mercado llamada Fidela, que vivía por la calle del Panteón, escuchó ruidos como de llanto en la casa de Eusevia, pero no llanto normal, o sea, no de una persona, era como un chillido que se iba haciendo más agudo, como de un animal herido, pero pues más horrible y que cuando se asomó por la rendija del portón, juró ver a Usebia en el patio, parada bajo la luna, con las manos alzadas y diciendo cosas pues igual extrañas. Por Dios bendito, esa niña está haciendo algo raro. Otra vez estás de metiche, vieja.
Duérmete. No es asunto tuyo. Pero es que le está hablando a la nada y hay algo con ella.
Te lo juro que vi algo ahí parado junto a la pila. Ya cállate, mujer, te va a oír y luego ni quién te quita el susto. Y sí, el susto no se lo quitó nadie porque a la mañana siguiente Fidela amaneció con los ojos morados como si no hubiera dormido nada y con la voz ronca.
Decía que había soñado con Eusevia metiéndosele por los ojos. Así lo dijo. Y no fue la única.
Otra señora soñó que Eusevia se le sentaba encima mientras dormía y otra más decía que en sus sueños la veía sonriéndole con la boca llena de lodo. Pero eso no era todo. En el mercado las cosas de Eusevia empezaron a cambiar.
Las veladoras se apagaban solas, los cuarzos se rompían, la ruda se secaba en un día. Una clienta juró que cuando Usebia le entregó una bolsa con hierbas, sintió como si la mano se le entumiera. Y la misma Eusevia ya no hablaba como antes.
A veces le cambiaba la voz, a veces tartamudeaba o arrastraba las palabras como si otra cosa estuviera tratando de salir por su boca. Eusevia, ¿estás bien? Yo estoy bien.
Ay, niña, no me asustes, ¿eh? Rufina se fue corriendo. Dicen que hasta se cayó en el pasillo de las flores y se abrió la rodilla, pero ni sintió.
Llegó a su casa temblando y les dijo a todos que no volvieran a acercarse a ese puesto, que lo que estaba dentro de Eusevia no era cosa buena. Y ahí fue cuando el mercadito pues se dividió. Unos decían que había que ayudarla, otros que ya estaba perdida y que lo mejor era cerrarle el puesto, pero nadie se atrevía a confrontarla directamente porque la miraban.
y le temblaban los huesos. Hasta que llegó don Melquiades, un curandero que tenía fama en todo el estado. Venía de Atlisco, tenía más de 70 años, pero caminaba pues muy derecho, muy recto, con sus escapularios colgando del cuello y un bastón hecho de mezquite bendito, según él decía.
Cuando supo lo que pasaba, pidió verla en privado, en la parte de atrás del mercado, donde ya casi nadie pasaba. Dicen que estuvo con ella como dos horas y que después salió sudando frío y que estaba blanco como papel. ¿Qué pasó, don Melquiades?
Si la va a curar. Curarla. Esa criatura ya no está sola.
Hay algo en ella que se le metió por voluntad y no se quiere salir. Pero usted puede hacer algo. No, no.
Lo que tiene esa niña no se quita con ruda ni con sal, eso es otra cosa. Eso viene de más abajo. Y así como llegó, se fue sin cobrar, sin volver a hablar del tema.
Y después de eso nadie quiso tocar Eusevia, pero nadie, ni los locos ni los valientes. Su tía se encerró en la casa y dejó de hablar. Dicen que una noche la escucharon rezar tan fuerte que los perros del barrio empezaron a, pero nada la ayudaba.
Y lo peor, pues lo peor es que la gente juraba que Uevia no envejecía. Pasaron años y la veían igual, con la misma cara, la misma piel. Solo los ojos son los que se fueron poniendo pues más hundidos, más tristes, como si cargaran siglos de dolor.
Pero el cuerpo estaba intacto y el puesto seguía ahí. Nadie lo quitaba, nadie lo tocaba. Porque aunque ella ya casi no hablaba, su presencia se sentía como si alguien te apretara el pecho con una mano fría.
Y mira, esto que te voy a decir fue lo que de plano hizo que varios vendedores se largaran del mercado, porque una cosa es ver a alguien mal y otra muy distinta es ver lo imposible. Un domingo, en plena misa de las 7, mientras todos estaban en la iglesia de San Jerónimo, Eusevia fue vista en dos lugares al mismo tiempo. Así tal cual.
Una señora la vio frente al altar rezando en voz baja con los ojos clavados en el piso y al mismo tiempo otra la vio en el mercado vendiendo como si nada. Y ahí empezó la histeria, porque no fue una ni dos las que la vieron en distintos lados al mismo tiempo. Fueron cinco personas.
Una juraba que la vio pasar por el callejón del molino hablando sola. Otra dijo que la vio parada frente a la casa del panadero con una sonrisa pero rara, o sea, y hasta no parpadeaba. Y una más aseguró que sintió que la Eusevia le habló directo en la cabeza sin abrir la boca.
Después de eso hubo una especie de silencio colectivo. Nadie quería decir más, pero ya todos sabían que había algo en ella que no era normal. Algunos decían que tenía un doble, otros que la entidad pues ya estaba más fuerte que ella y que usaba su cuerpo como se le antojaba.
Pero nadie lo decía en voz alta porque solo de hablar de ella te daban escalofríos. Y no faltaron los que decían que soñar con ella era como invitarla a la casa. Y entonces fue cuando llegó un hombre que nadie conocía, con barba partida, piel tostada y un dije de piedra negra que le colgaba del cuello.
Se hacía llamar Don Sixto y decía que venía de Veracruz. Según él, había escuchado del caso de Uevia por un amigo espiritista y quería ayudarla. No aceptó dinero, no pidió nada, solo preguntó si todavía estaba viva y le dijeron que sí, que la veían a veces en el puesto y otras en su casa.
Pero todavía es ella. Pues la ves igualita, pero cuando te mira se te enchina la piel, don. Ya no parece ella.
Entonces llegué a tiempo. ¿A tiempo para qué? Para intentar sacarla, pero necesito verla y necesito que alguien más esté presente.
Y así fue. Don Sixto fue a tocarle la puerta a la casa de Usebia al día siguiente, acompañado de Rufina y de un joven que se llamaba Beto, que era como el hijo adoptivo de la tía. Cuando tocaron, la puerta se abrió sola.
No había pestillo, no hubo rechinido, solo se abrió. Y adentro estaba todo igual que hacía 20 años. La misma mesa, los mismos trastes, las mismas flores secas.
Pero en medio del cuarto, sentada en una silla de madera, estaba Eusevia, con la misma cara de siempre, misma piel, mismos ojos, solo que más vacíos. Eusebia, aquí viene este señor. Dice que te quiere ayudar.
Yo no pedí ayuda. No, tú no, pero la parte de ti que sí es humana ya no aguanta. Ella no tiene derecho a sacarme.
Yo la salvé. Yo la mantengo viva. ¿Quién eres tú?
Fui lo que sacaron de otro cuerpo y ahora este es mío. Nadie me saca sin que ella muera. Prefiero morir.
Lo escucharon. Ella ya está lista. Y aquí viene lo más fuerte.
Cuando sacó esa piedra negra y la puso frente a Usebia, ella gritó, pero no un grito normal, era como si varias voces gritaran al mismo tiempo. Y la casa tembló, la tía se desmayó. Rufina se orinó del susto y el Beto vomitó así, literal.
Y aún así, la piel de Eusevia seguía intacta. Su cara seguía de 25, pero por dentro el infierno ya se estaba moviendo. Y mira, después de ese día ya nadie dudaba que Uevia estaba poseída, pero no como en las películas ni como en las leyendas de rancho.
Esto era más enfermo, era más real. Después del intento de Don Sixto, que terminó con medio mundo vomitando, desmayado y espantado como nunca, la gente dejó de acercarse por completo. Pero hubo un detalle que pocos notaron.
La noche después del ritual fallido, el cielo se puso completamente negro. Y no era noche cerrada, era como si una sombra cubriera el pueblo. No hubo luna, no hubo estrellas, solo una negrura tan densa que ni con faroles se veía bien.
Y esa noche se escucharon pasos, pero no en las calles, en los techos, en los árboles, en los muros, como si algo anduviera caminando por encima de todos. ¿Escuchaste eso? ¿Qué cosa?
Como si arrastraran cadenas por el tejado y alguien está llorando. Alguien está llorando bajito. No es nadie, mujer.
Duérmete, por el amor de Dios. No es nadie, pero mira el candil. Mira cómo se mueve solo.
Y sí, el candil colgado en la cocina se movía como si alguien lo empujara. Y lo peor vino a la mañana siguiente, porque don Sixto apareció afuera del panteón con la boca hacia arriba, con los ojos abiertos y un puño de tierra negra en el pecho. No tenía heridas, no tenía señales de lucha, solo una expresión de terror congelada, como si hubiera visto algo que lo mató de puro miedo.
Esa no fue muerte natural. Entonces, ¿qué fue? Algo lo reventó por dentro, pero sin tocarlo por fuera.
Y si fue la cosa esa, la que vive en Eusevia, y si ya no está solo en ella. Y ahí fue cuando muchos empezaron a irse del pueblo, cerraron los puestos, taparon ventanas con tablas, los perros ladraban, pues, a la nada y los gallos cantaban a las 2 de la mañana. Y mientras tanto, Eusevia seguía en su casa.
Y esta parte fue cuando la cosa ya no se podía esconder, porque lo que sea que estaba en Eusebia ya empezaba a desparramarse. Y no te estoy hablando de figuraciones o exageraciones, no. Gente real empezó a desaparecer.
Era como si algo los jalara sin hacer ruido, como si se los chupara la tierra. Y ahí fue cuando los rumores se volvieron regla. No mires a Usebia a los ojos.
No vayas por su calle después de las 6. no diga su nombre tres veces seguidas. Y había una razón, porque uno que sí lo hizo, un taxista llamado Lauro, que decía que todo eso era puro cuento, se animó a burlarse de ella frente a su casa mientras estaba borracho.
Ya sabe, bruja, a ver si es cierto que espantas. Aquí estoy, mira, ven por mí, ven por mí si tienes. Y antes de que terminara, algo le cayó encima.
No fue una persona, ni un perro, ni una cosa sólida. Fue como una sombra pero densa. Lo tiró al piso, lo revolcó como trapo y lo dejó ahí temblando.
Cuando la gente lo encontró, tenía la boca abierta y no podía hablar. Se quedó mudo, literalmente, hasta el día en que se murió. Ese muchacho se burló y la apagó.
¿Y cómo sabe que fue por eso? Porque Usebi estaba viéndolo desde su ventana, pero sin moverse, sin parpadear. Y la sombra salió de la tierra, no de la casa.
Entonces, no es ella, es lo que está debajo. ¿Y si ella es parte de eso? Y sí, lo que estaba debajo ya se estaba levantando porque empezaron los temblores, pero no de los que salen en la radio, ¿no?
O sea, temblorcitos que solo se sentían en esa calle, como si algo estuviera caminando por abajo, como si cabaran túneles invisibles. Y no era la imaginación, porque una noche la tierra del solar de al lado se abrió. Sin razón se hizo un hueco de casi 2 m redondo con la tierra removida, pero sin fondo.
Los que se asomaron dijeron que olía a mo a viejo, a carne cruda. ¿Qué hacemos, padre? Hagan oración.
No se metan, cierren sus puertas. Pero no va a venir a bendecir la casa de Uevia. No, esa casa ya no es de este mundo.
Y lo dejó así, como si no hubiera nada más que hacer, como si se hubiera rendido. Y no lo culpo, porque una noche él también desapareció. Nadie supo cómo, nadie lo escuchó salir.
Y ese fue el punto donde el miedo dejó de ser secreto, porque todos sabían que lo que estaba por pasar iba a ser grande y nadie se atrevía a decirlo. Mira lo que pasó al final, nadie lo olvida. Aunque ya casi nadie lo quiere contar.
Y no es por miedo, es porque hasta recordarlo parece que te vuelve a jalar esa cosa que vivía dentro de Eusevia. Aún así, te lo voy a decir tal como me lo contaron. Después de lo del sacerdote, el pueblo cayó en un silencio muy raro, como si a cada cosa la estuvieran observando desde adentro.
La gente pues se comenzó a mudar. Hasta los más pobres preferían dormir en los cerros o en jacales a las orillas, con tal de no estar cerca del centro. Y entonces llegó una mujer, nadie supo su nombre, solo que venía desde Veracruz también, igual que don Sixto.
Pero esta sí parecía otra cosa, morena, alta, con trenzas amarradas con listones rojos y una mirada que hasta los gallos dejaban de cantar cuando la veían. Se paró frente a la casa de Eusevia una mañana de octubre, ni saludó. Solo respiró hondo, se hincó en la banqueta y empezó a escarvar la tierra con sus manos.
Todos pensaron que estaba loca. Oiga, señora, ¿qué hací ahí? Esa casa no se toca.
No estoy tocando la casa, estoy tocando lo que está debajo. ¿Y usted qué es o qué? Lo contrario de lo que está adentro.
Y en ese momento la tierra donde estaba escarvando se comenzó a abrir sola, no como si colapsara, sino como si algo por fin la hubiera permitido pasar. Y la mujer, sin pensarlo, metió la mano hasta el codo y sacó un costal viejo, todo mugroso que olía a letrina mezclada con carne podrida. Cuando la mujer se paró y caminó directo a la puerta de la casa, todos creyeron que se iba a morir ahí mismo, pero no tocó una sola vez y Eusevia abrió igual de intacta, igual de flaca, igual de joven, solo que esta vez algo sí era diferente.
Ya no tenía pupilas, eran dos hoyos negros completamente, como si el alma ya no estuviera ahí. Te traje lo que dejaste atrás. Eso ya no es mío.
Yo soy lo que soy ahora. Pero sin esto no eres nada, solo un envase prestado. Ella me eligió.
No, tú te colaste cuando otro no cerró bien, pero ya se acabó. ¿Y quién va a sacarme? ¿Tú no ella?
Y ahí fue donde se rompió todo, porque Eusevia por primera vez en décadas soltó una lágrima, solo una, pero bastó para que la casa se estremeciera. Se escuchó un crujido como si el adobe llorara, como si las paredes tuvieran miedo. Y la mujer del costal aventó al suelo.
Del costal salió una especie de bulto, una masa negra, como si fuera barro mezclado con víseras, pero respirando como si aún tuviera vida. Y la casa empezó a gritar. No la gente, la casa, las paredes, el piso, el techo, todo empezó a emitir un lamento que se metía en la piel, que hacía vomitar, que hacía llorar sin saber por qué.
Y adentro Eusevia se retorcía. ¿Qué hiciste? Le devolví su raíz.
Sin eso ya no tienes cómo sostenerte. No, este cuerpo me pertenece. Ya no.
Ella ya no quiere prestarlo y tú sin carne no eres nada. Y entonces todo estalló, o sea, literalmente las ventanas estallaron, las puertas se desprendieron y una ráfaga de aire negro salió disparada desde el pecho de Eusevia como un vómito del más allá, pero nadie la vio salir. ¿Ya?
Ya se fue. Sí, pero no por mucho tiempo. Entonces, voy a vivir solo lo justo.
Solo hasta que se equilibre lo que rompiste. Y si regresa, no a ti, pero buscar a otro cuerpo. ¿Quién eres?
La que viene cuando alguien rompe lo que no debe. Y ahí mismo Eusevia cerró los ojos y murió. No gritó, no se sacudió, solo murió.
como si por fin pudiera descansar, como si por fin el reloj del tiempo volviera a contar en su cuerpo. La enterraron esa misma noche en el terreno de atrás del mercado. No hubo velorio, no hubo música, solo unos cuantos y todos en silencio.
La mujer del costal se fue sin decir adiós. Nadie la volvió a ver y la casa fue demolida años después. Pero nadie quiso construir ahí ni una barda.
Porque por más que pasen los años, cuando uno camina por esa esquina de San Jerónimo, Shonacatepec, todavía se siente que algo te ve desde la tierra. Y si te atreves a decir su nombre en voz alta, dicen que tu reflejo ya no parpadea. Si te gustó el video, dale like y suscríbete a mi canal.
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