Hay algo que los judíos hacen con el dinero que el resto del mundo considera una locura. Le hablan. Le hablan como si fuera una persona, como si pudiera escuchar, como si tuviera sentimientos, como si decidiera a quién visitar y a quién abandonar.
Y lo más perturbador de todo es que les funciona. Les funciona desde hace siglos. Mientras el resto del mundo persigue el dinero con desesperación y el dinero huye, ellos lo reciben con calma, lo tratan con respeto, lo bendicen cuando llega y lo bendicen cuando se va.
Y el dinero vuelve, siempre vuelve. ¿Por qué? ¿Qué saben ellos que tú no sabes?
Eso es exactamente lo que voy a revelarte hoy a través de una historia que comienza con una abuelita que vendía tamales en la ciudad de México y que terminó haciendo algo que ningún economista podría explicar. En la colonia Portales, al sur de la Ciudad de México, en el año 1995, vivía una mujer que todos en el barrio conocían como Doña Remedios. Tenía 64 años.
Era pequeña, morena, con el pelo blanco recogido en un chongo apretado y unas manos gruesas que habían trabajado sin descanso desde los 11 años. Doña Remedios era tamalera, lo había sido toda su vida. Su madre le enseñó a hacer tamales cuando era niña en un pueblo de Puebla.
Y ella trajo esa receta a la capital cuando se mudó a los 19 años con un marido que duró poco y una maleta que pesaba más que sus sueños. Cada madrugada a las 4 de la mañana, doña Remedios se levantaba en su casa de la Portales, una casa vieja de una planta con paredes de tabique pintadas de azul desteñido, un patio interior con macetas de geranios y una cocina enorme que era el corazón de todo. Ahí, bajo la luz de un foco pelón que colgaba del techo, empezaba su ritual.
preparaba la masa con manteca de cerdo, caldo de pollo y sal. La batía con las manos hasta que una bolita flotaba en un vaso de agua. Entonces empezaba a untar hoja por hoja, masa, relleno, doblez, verde con pollo, rojo con puerco, rajas con queso, dulce con pasas.
Cada tamal era una pieza hecha a mano con la precisión de quien lleva 45 años. repitiendo el mismo movimiento. A las 6 de la mañana, los tamales ya estaban en las vaporeras.
A las 7, doña Remedios salía con su carrito de lámina, una estructura rústica con ruedas de bicicleta que su difunto marido le había construido antes de irse al otro mundo y se instalaba en la esquina de la avenida municipio Libre con eje cuatro. Ahí vendía hasta las 2 de la tarde, lloviera, tronara o hiciera un sol que derretía el asfalto. Sus clientes eran oficinistas, obreros, chóeres de pesero, señoras que iban al mercado y estudiantes de la prepa de enfrente que compraban tamales de dulce con atole de fresa.
Doña Remedios vendía bien, no era rica, pero pagaba su casa, que ya era suya después de 30 años de abonar. Compraba el mandado de la semana. mandaba algo de dinero a su hijo Tomás, que vivía en Puebla, con tres nietos que ella adoraba, pero que veía poco, y les sobraba para sus veladoras, sus flores los domingos para la Virgen y un cafecito con pan de dulce cada tarde en la panadería de Don Anselmo.
Pero en diciembre de 1994 llegó algo que doña Remedios no esperaba, algo que nadie en México esperaba. La crisis, el error de diciembre, como le dijeron después, el peso se devaluó de la noche a la mañana, los precios se dispararon, la manteca subió, el pollo subió, las hojas de tamal subieron, el gas para la estufa subió, todo subió menos lo que la gente podía pagar. De un mes al otro, doña Remedios vio como sus clientes empezaron a comprar un tamal en lugar de dos, luego uno cada tercer día.
Luego algunos dejaron de venir, los oficinistas traían lunch de casa, los estudiantes compartían un tamal entre dos. Las señoras del mercado pasaban de largo con cara de disculpa. Para marzo de 1995, Doña Remedios vendía la mitad de lo que vendía antes y gastaba casi el doble en ingredientes.
Las cuentas no daban. Por primera vez, en 45 años de vender tamales, el negocio estaba perdiendo dinero. Doña Remedios sacaba de sus ahorros para comprar la materia prima de la semana siguiente.
Una semana, otra semana. Otra más. Los ahorros de toda una vida se achicaban como un charco bajo el sol de marzo.
Una noche de abril, después de contar las monedas del día y ver que no alcanzaban ni para el pollo del día siguiente, Toña Remedios se sentó en su cocina sola, con las manos sobre la mesa de madera donde había hecho un millón de tamales. miró las paredes azules, miró las macetas del patio que empezaban a secarse porque ya no compraba tierra nueva. Miró la foto de su madre colgada junto a la estampa de la Virgen de Guadalupe y por primera vez en su vida consideró dejar de hacer tamales, cerrar, rendirse, buscar trabajo de limpieza en alguna casa de la Narbarte o la del Valle.
a sus 64 años con las rodillas que ya le dolían y las manos que empezaban a temblar cuando hacía frío. Esa noche lloró en silencio. Como lloran las mujeres fuertes, sin ruido, sin testigos, con las lágrimas cayendo sobre la mesa de madera que absorbía todo sin quejarse.
Las semanas siguientes fueron peores. Doña Remedios intentó todo lo que su mente práctica le dictó. Subió los precios, perdió más clientes, los bajó de nuevo.
Ganó clientes, pero perdió margen. Cambió la receta para usar ingredientes más baratos. Los tamales no sabían igual.
una clienta vieja de las de siempre le dijo con cara de disculpa, "Doña Reme, estos tamales no saben como antes. " Y esa frase le dolió más que todas las cuentas que no cuadraban, porque era verdad y porque ella sabía que traicionar la receta de su madre era traicionarse a sí misma. Volvió a la receta original, volvió a perder dinero.
Intentó otra cosa, madrugar, levantarse a las 3 en lugar de las 4 para hacer más tamales y salir más temprano a venderlos. Lo hizo durante dos semanas. Al final de la segunda semana se quedó dormida parada en la cocina.
Se le cayó una olla de caldo sobre el piso. Se quemó la mano. No fue grave, pero el susto fue enorme.
Lupita, la vecina, la encontró sentada en el piso de la cocina con un trapo mojado en la mano y los ojos perdidos. Doña Reme, usted no puede seguir así. Se va a matar.
fue al banco. Se sentó frente a un escritorio con un hombre joven de corbata que le preguntó si tenía RFC, si tenía cuenta empresarial, si tenía comprobantes de ingresos. Doña Remedios no tenía nada de eso.
Llevaba 45 años vendiendo tamales en efectivo, anotando en un cuaderno y guardando el dinero en una lata de galletas debajo de la cama. El hombre del banco le dijo que sin documentación formal no podía darle ningún crédito. Le sugirió que formalizara su negocio.
Doña Remedios salió del banco sintiéndose más pequeña que cuando entró. Formalizar. Ella ni siquiera sabía qué significaba eso exactamente.
Solo sabía hacer tamales y ni eso parecía ser suficiente. Una vecina le sugirió poner un letrero nuevo en el carrito para llamar más la atención. Doña Remedios pagó 50 pesos por un cartón pintado que decía: "Tamales, doña remedios, los mejores tela portales.
" Lo amarró al carrito con alambre. No cambió nada. La gente que no tenía dinero seguía sin tenerlo, con letrero o sin letrero.
Otra vecina le dijo que pidiera prestado a un prestamista del mercado de la merced. Doña Remedios fue el hombre le ofreció 5,000 pesos con un interés que cuando ella lo calculó en su cuaderno esa noche resultaba ser del 40% mensual. cerró el cuaderno, guardó el lápiz, ni loca.
Para mayo de 1995, los ahorros de toda una vida estaban a punto de acabarse. Doña Remedios tenía dinero para dos semanas más de materia prima. Después el vacío y la pregunta que la despertaba cada noche a las 3 de la mañana y no la dejaba volver a dormir.
Y luego, ¿qué? Lo que doña Remedios no sabía es que la respuesta estaba a cuatro cuadras de su casa y que llevaba ahí 30 años esperándola. En la calle de Petén, a 10 minutos caminando de la casa de doña Remedios, había una tienda de telas que se llamaba Textiles Salomón.
Era un local angosto con rollos de tela apilados hasta el techo, olor a tinta de algodón y una cortina de cuentas en la puerta. que sonaba cada vez que alguien entraba. El dueño era don Jacobo Liberman, un hombre de 78 años, judío, nacido en la ciudad de México, pero hijo de padres que llegaron de Polonia en los años 30, huyendo de lo que se venía.
Don Jacobo era delgado, de barba blanca corta, quipá negra siempre puesta y unos ojos azules que parecían de otro siglo. Llevaba la tienda desde los 25 años, medio siglo vendiendo telas en la Portales. Doña Remedios conocía a don Jacobo de vista.
le compraba retazos de manta para cubrir las vaporeras cuando hacía frío. A veces cruzaban un saludo. Buenos días, don Jacobo.
Buenos días, doña Remedios. Nada más. Dos mundos que se rozaban sin tocarse.
La tamalera católica y el judío de las telas. vecinos de barrio durante 30 años que nunca habían tenido una conversación de más de tres frases. Hasta un martes de mayo de 1995, Doña Remedios pasó frente a textiles Salomón camino al mercado.
Iba con el ánimo por el suelo. Acababa de sacar cuentas otra vez. Le quedaban ahorros para dos semanas más.
Después no sabía qué. Don Jacobo estaba sentado afuera de su tienda en una silla plegable, como hacía cada tarde, tomando un té en un vaso de vidrio. La vio pasar y la llamó.
Doña Remedios, véngase, siéntese un momento. Le invito un té. Ella dudó.
Nunca se había sentado con don Jacobo, pero algo en su voz la detuvo. No era lástima, era algo más. Era como si el viejo supiera, aceptó.
Se sentó en otra silla plegable que don Jacobo sacó de adentro. Él le sirvió té de menta en un vaso de vidrio, caliente, dulce, con un sabor que ella no conocía. Tomaron el té en silencio un momento.
Luego don Jacobo habló con esa calma que tienen los viejos que han visto crisis antes. Muchas crisis. Se le ve el peso en la cara, Doña Remedios.
La crisis le pegó fuerte. Doña Remedios asintió sin hablar. No quería que la voz le temblara.
Don Jacobo tomó otro sorbo. A mí también me pegó. El primero de enero mis ventas cayeron a la mitad.
La gente dejó de comprar telas para vestidos y empezó a comprar solo para remendar. Pero yo ya viví esto antes. En el 82 fue peor.
En el 76 también. Y mi padre vivió cosas que usted y yo no podemos ni imaginar. Los judíos conocemos las crisis como conocemos las oraciones.
De memoria. Doña Remedios lo miró con curiosidad. siempre le había llamado la atención algo sobre don Jacobo.
En todas las crisis que ella recordaba, la tienda de telas nunca cerró, nunca. Mientras negocios a su alrededor ponían el letrero de se traspasa y bajaban las cortinas, textiles Salomón seguía abierto con menos clientes, sí, pero abierto, funcionando, sobreviviendo, como si tuviera un escudo invisible que los demás no tenían. "Don Jacobo, ¿me puedo atrever a preguntarle algo?
" Él asintió con la cabeza. "¿Cómo le hace usted? ¿Cómo es que nunca cierra?
He visto caer negocios en esta calle que eran más grandes que el suyo y el mío juntos. Pero usted sigue aquí. ¿Cuál es su secreto?
Don Jacobo sonríó. Una sonrisa pequeña, casi tímida, que le arrugó toda la cara. Puso el vaso de té sobre una mesita de metal que tenía al lado.
Se acomodó la quipá y dijo algo que doña Remedios recordaría cada día del resto de su vida. Le voy a contar algo que mi padre me enseñó cuando yo tenía 12 años. Mi padre tenía un negocio de botones en la colonia Condesa.
Botones. Así de pequeño era su mundo. Y cada viernes por la noche, antes del Shabbat, mi padre hacía algo que a mí me parecía una locura.
sacaba todo el dinero que había ganado en la semana, los billetes, las monedas, todo. Los ponía sobre la mesa del comedor y les hablaba. Doña Remedios abrió los ojos, les hablaba al dinero.
Don Jacobo asintió, les hablaba como si fueran personas. Les daba la bienvenida, les decía, "Bienvenidos a esta casa. Gracias por llegar.
fueron bien recibidos y serán bien tratados los que se queden, que se multipliquen, los que se vayan, que vayan con bendición y traigan más compañeros de regreso. Luego separaba tres partes, una para los gastos de la casa, otra para el negocio y una tercera, siempre la primera que separaba, para sedacá caridad. Esa parte la ponía en un sobre aparte y la entregaba el domingo en la sinagoga antes de continuar con lo que don Jacobo le reveló a doña Remedios.
Quiero detenerme un momento. Sé que en YouTube casi nadie se suscribe a los canales y a veces nos da pereza tocar ese botón. Pero si tú que me escuchas ya te suscribiste y le diste like a este video, quiero agradecerte de corazón.
Me lleva tiempo buscar estas historias, escribirlas con cuidado y narrarlas para ti. Tu apoyo significa más de lo que imaginas. Gracias.
Ahora sí, sigamos con la historia, porque lo que viene es lo que realmente lo cambia todo. Doña Remedios escuchaba con los ojos fijos en don Jacobo sin parpadear. El viejo continuó.
Yo le pregunté a mi padre, "Papá, ¿por qué le hablas al dinero? ¿Acaso te escucha? " Y mi padre me respondió algo que nunca olvidé.
Me dijo Jacobo, el dinero es energía, es shefá, es flujo divino que baja desde arriba y como toda energía responde a cómo la tratas. Si tratas al dinero con desprecio, se va. Si lo maldices, cuando se va, no vuelve.
Si lo agarras con miedo, se escurre entre tus dedos. Pero si lo recibes con gratitud, si lo bendices cuando llega y lo bendices cuando se va. Si lo tratas como un invitado de honor en tu casa, el dinero entiende que es bienvenido y lo que es bienvenido regresa.
Doña Remedios sintió un escalofrío, no de frío, de reconocimiento. Don Jacobo siguió. Hay algo más que mi padre me enseñó.
Me dijo que la mayoría de la gente habla del dinero con palabras de guerra. No tengo, no me alcanza. El dinero se me va, estoy quebrado, soy pobre.
Y cada una de esas frases es un decreto. En nuestra tradición le llamamos coashur, el poder creativo de la palabra. Lo que dices con tu boca no desaparece en el aire.
Vibra, crea, ordena. Cuando dices, "No tengo dinero", le estás dando una instrucción al universo. Le estás diciendo, "Confirma mi pobreza.
" Y el universo obedece, no porque sea cruel, sino porque la palabra es la herramienta que se te dio para crear y crea lo que tú pronuncias. Doña Remedios se quedó en silencio. Las manos le temblaban sobre el regazo, no de frío, de algo que se parecía al miedo de verse en un espejo, porque ella hacía exactamente eso.
Todos los días ya no me alcanza. Se me va el dinero como agua. Esta crisis me va a acabar.
No sirve de nada trabajar tanto. Lo decía en el mercado, lo decía en su cocina, lo decía hablando sola mientras untaba masa en las hojas de tamal a las 4 de la mañana. Lo decía como quien respira, sin darse cuenta, sin medir el peso de cada palabra.
Don Jacobo la miró con suavidad, no la juzgó. Eso fue lo que más le impactó a doña Remedios, que el viejo no la miró con superioridad, la miró con compasión, como quien reconoce un dolor que conoce bien. Doña Remedios, usted hace los mejores tamales de esta colonia.
Eso lo sabe todo el barrio. Sus manos son un regalo. Su receta es un tesoro.
Pero si su boca declara pobreza cada mañana antes de salir con el carrito, sus manos pueden hacer mil tamales y no va a alcanzar, porque la boca cierra lo que las manos abren. ¿Y qué hago? preguntó doña Remedios con la voz pequeña, casi como una niña, preguntándole al abuelo.
Don Jacobo se levantó, entró a la tienda, regresó con un billete de 20 pesos, nuevo, liso, sin arrugas. Se lo puso en las manos a Doña Remedios. Este billete no es para que lo gaste, es para que aprenda.
Esta noche cuando llegue a su casa ponga este billete sobre su mesa donde hace los tamales. Siéntese frente a él y háblele. Dígale, "Bienvenido.
Gracias por estar aquí. Eres el primero de muchos. Los que vengan después serán recibidos igual, con gratitud, con respeto, con las manos abiertas.
" Y luego diga, "Yo soy una mujer de abundancia. Lo que mis manos tocan se multiplica. Lo que mi boca bendice crece.
Lo que doy con amor regresa multiplicado. Doña Remedios miró el billete. 20 pesos, lo que costaban 3 kg de masa, casi nada.
Pero don Jacobo lo sostenía como si fuera un lingote de oro. Hágalo cada noche", continúa el viejo, "Antes dormir. Hable con el dinero que tenga, aunque sea poco.
Bendígalo, agradézcalo y deje de maldecirlo con sus quejas, porque el dinero escucha, no con oídos, con frecuencia, y va a donde lo tratan bien. " Doña Remedios tomó el billete, lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolsillo del delantal. Esa noche en su cocina hizo exactamente lo que don Jacobo le dijo.
Puso el billete de 20 pesos sobre la mesa de madera. Se sentó frente a él. Se sintió ridícula.
Una mujer de 64 años hablándole a un pedazo de papel. Pero la voz de don Jacobo resonaba en su cabeza. El dinero es energía.
Y la energía responde a cómo la tratas. Habló con voz temblorosa al principio. Bienvenido.
Gracias por estar aquí. Eres el primero de muchos. Se detuvo, respiró y luego dijo la parte que más le costó, porque contradecía todo lo que llevaba meses, diciéndose a sí misma, "Yo soy una mujer de abundancia.
Lo que mis manos tocan se multiplica, lo que mi boca bendice crece. Las palabras le sonaron extrañas, ajenas, como ponerse un vestido de otra persona, pero algo en el pecho le dijo que siguiera. La primera semana no pasó nada visible.
Doña Remedios seguía vendiendo poco, seguía sacando cuentas que no cuadraban, seguía llegando a casa con monedas que contaba sobre la mesa con dedos cansados, pero algo era diferente por dentro, algo que no podía medir con números. El cambio más difícil no fue hablarle al billete por las noches. Eso era raro, pero era privado.
Nadie la veía. El cambio más difícil fue callarse, cerrar la boca cuando la queja quería salir. Y la queja quería salir todo el tiempo.
En el mercado, cuando compraba el pollo y el precio había subido otra vez, la frase vieja se le formaba en la garganta como un reflejo. Ay, con estos precios ya no se puede vivir. Pero ahora la detenía, la tragaba y en su lugar decía algo que le sonaba ajeno, pero que repetía con la disciplina de quién sabe que está aprendiendo algo importante.
Lo que necesito siempre llega. Gracias. La señora del pollo la miraba raro.
¿Cómo que gracias, doña Reme, si le acabo de cobrar más caro? Doña Remedios sonreía sin explicar. No podía explicarlo, ni ella misma lo entendía del todo.
Solo sabía que don Jacobo llevaba 50 años haciendo eso y nunca había cerrado. Y ella llevaba 45 años quejándose y estaba a punto de cerrar. Algo tenía que cambiar.
Y si no podía cambiar los precios, ni la crisis, ni el gobierno, ni el dólar, entonces iba a cambiar lo único que podía cambiar, las palabras que salían de su boca. Los primeros 10 días fueron una guerra interna. La queja era un hábito de décadas.
Tenía raíces profundas. Aparecía en los momentos más inesperados mientras untaba la masa a las 4 de la mañana. Esto ya no da para vivir.
Mientras empujaba el carrito bajo el sol de mediodía. ¿Para qué me esfuerzo si no alcanza? Mientras contaba las monedas por la noche, cada vez es menos.
Cada frase era un viejo amigo tóxico que tocaba la puerta. Y doña Remedios tenía que decidir cada vez no abrirle. A veces fallaba.
A veces la queja se le escapaba antes de que pudiera detenerla. Un día, después de que solo tres personas le compraron tamales en toda la mañana, se le salió en voz alta, ¿ya para qué? Y de inmediato se detuvo.
Se mordió el labio, cerró los ojos ahí mismo, parada en la esquina con el carrito humeando a su lado, y susurró, "No, lo que me corresponde sigue en camino. Mis manos son de abundancia. " Un señor que pasaba la miró como si estuviera loca.
A doña Remedios no le importó. Estaba peleando una batalla que ese señor no podía ver. En la segunda semana algo cambió, no afuera, adentro.
Doña Remedios dejó de sentir el peso de la angustia al despertar. Seguía madrugando a las 4. Seguía haciendo tamales, seguía vendiendo poco.
Pero la piedra que llevaba meses cargando en el pecho se había aligerado, no desaparecido, aligerado, como si alguien le hubiera quitado un par de kilos de encima. Dormía mejor. comía con más ganas y cuando hablaba con sus clientes en la esquina, su voz sonaba diferente, más firme, más cálida, menos cansada.
La gente lo notó sin saber qué era. "Doña Reme, ¿se le ve bien? ", le dijo una clienta.
"¿Se hizo algo? " Doña Remedios se rió. "¿Me hice algo por dentro, mi hija?
En la tercera semana pasó algo. Una señora que compraba tamales de vez en cuando, una maestra de primaria que vivía en la Roma, le pidió un encargo especial, 50 tamales, para una fiesta de cumpleaños de su hijo el sábado. Doña Remedios dijo que sí.
hizo los tamales con todo el cariño del mundo. Los empacó en papel de aluminio con moños que hizo con retazos de tela que don Jacobo le regaló. La maestra quedó encantada.
Le pagó el triple de lo normal porque incluyó la entrega y le dijo, "Doña Remedios, ¿usted hace encargos para eventos? Porque tengo amigas que siempre buscan tamales buenos para fiestas. Doña Remedios sintió que el piso se movía.
No de miedo, te asombro. En 45 años de vender tamales en la esquina, nunca había pensado en hacer encargos para eventos. Nunca.
El puesto era el [resoplido] puesto, la esquina era la esquina. Así había sido siempre. Pero algo nuevo se estaba abriendo.
Una puerta que antes no existía o que existía, pero ella no podía ver. porque estaba demasiado ocupada quejándose frente a ella. Dijo que sí y ese sí fue el primero de muchos.
La maestra la recomendó con tres amigas, las amigas con otras tres. En dos meses, doña Remedios tenía encargos para bautizos, cumpleaños, reuniones de oficina y una primera comunión. seguía vendiendo en la esquina por las mañanas, pero las tardes ahora eran para los encargos especiales que dejaban tres veces más ganancia que el puesto.
Pero hubo un momento donde casi volvió al viejo patrón, fue cuando un encargo grande se canceló a último momento, 40 tamales que ya había hecho, ingredientes pagados, tiempo invertido. La clienta llamó por teléfono fijo una hora antes de la entrega y dijo que la fiesta se había suspendido. Doña Remedios colgó el auricular y miró las vaporeras llenas.
Sintió la frase vieja subiendo por la garganta como Bilis. Ya sabía. Esto no funciona, todo se cae.
Pero antes de que la frase saliera de su boca, miró la mesa. El billete de 20 pesos seguía ahí, arrugado ya por las noches de conversación. Pero ahí doña Remedios cerró los ojos, respiró y dijo en voz alta, sola en su cocina, esto es temporal.
Lo que me corresponde sigue en camino. Estos tamales van a encontrar su destino. Salió con el carrito esa tarde, cosa que nunca hacía.
Las tardes eran para encargos, no para la calle. Se instaló en su esquina de siempre y en dos horas vendió los 40 tamales. Todos, una fila de gente que pasaba y que no solía verla a esa hora.
Un chóer de camioneta que compró 10 de golpe para sus compañeros. Una señora que le compró 15 para una cena improvisada, 40 tamales, cero pérdida, como si el universo hubiera dicho, "Ya aprendiste. No voy a dejarte caer ahora que ves cómo cambió todo para ella, déjame preguntarte algo.
¿Cómo le hablas tú al dinero? ¿Con miedo? ¿Con queja?
con desesperación o con gratitud. Me encantaría leer tu respuesta en los comentarios. Y si esta historia te abrió los ojos a algo que no habías visto, compártela.
A veces las palabras que cambian una vida no son las de un libro famoso, son las de un viejo en una silla plegable tomando té. Ahora terminemos de ver qué pasó con doña Remedios. Los meses que siguieron transformaron su vida de formas que ella no podía haber imaginado.
Los encargos crecieron. De eventos familiares pasó a empresas pequeñas que le pedían tamales para sus posadas navideñas. Luego una empresa mediana, luego un restaurante en la Condesa que quiso vender sus tamales como platillo especial del menú.
Doña Remedios tuvo que contratar ayuda. Primero a su vecina Lupita, luego a la hija de Lupita, luego a otra señora del barrio que sabía cocinar. Su cocina ya no daba abasto.
Don Jacobo le rentó el cuartito de atrás de su tienda de telas, que tenía una estufa grande que no usaba por un precio simbólico. Cuando doña Remedios quiso pagarle más, don Jacobo le dijo, "No me pague más, pague hacia adelante. Cuando usted pueda, ayude a alguien que esté donde usted estaba.
" Esa es la tsedac. Eso mantiene el flujo abierto, porque el shefá, el río de abundancia, solo sigue corriendo si usted deja que pase a través suyo. Si lo retiene, se estanca, si lo comparte, se multiplica.
Doña Remedios lo entendió y lo aplicó. Cada semana, antes de separar el dinero para gastos y para el negocio, separaba una parte para dar. Le pagaba de más a Lupita, le regalaba tamales al asilo de ancianos de la colonia, le mandaba más dinero a Tomás en Puebla.
Y cada viernes por la noche, aunque no era judía, aunque no sabía hebreo, aunque nunca había pisado una sinagoga, Doña Remedios hacía lo que el padre de don Jacobo le enseñó a su hijo y su hijo le enseñó a ella. ponía el dinero de la semana sobre la mesa, lo miraba y le hablaba. Bienvenido, gracias por llegar.
Fueron bien recibidos y serán bien tratados. Los que se queden, que se multipliquen. Los que se vayan que vayan con bendición y traigan más compañeros de regreso.
Un domingo de diciembre de 1996, doña Remedios fue a Textiles Salomón a comprar manta para las vaporeras nuevas. Don Jacobo estaba sentado en su silla de siempre con su té de menta, su quipá y su sonrisa de viejo que ha visto el mundo girar muchas veces. Doña Remedio se sentó a su lado, sacó un sobre de su delantal, adentro había dinero.
Se lo extendió a don Jacobo. Este es su billete de 20 pesos de vuelta con amigos. Don Jacobo abrió el sobre.
Adentro había 500 pesos. Doña Remedio sonrió. Para Sutsedacá, don Jacobo, para que el río siga corriendo.
El viejo la miró con los ojos húmedos. Tomó el sobre, lo puso sobre su regazo y le dijo, "¿Sabe qué, doña Remedios? Mi padre siempre decía que el shefá no tiene religión.
No es judío, ni católico, ni de nadie. Es de todos. Solo necesita una boca que lo bendiga y unas manos que lo compartan.
Usted aprendió en dos meses lo que a muchos les toma toda la vida. El dinero no es su enemigo, es su invitado. Trátelo como tal y nunca le va a faltar.
Doña Remedios le apretó la mano al viejo. No dijo nada, no hacía falta. Dos mundos que durante 30 años se habían rozado sin tocarse, por fin se habían encontrado sobre una mesa de madera frente a un billete de 20 pesos en una colonia del sur de la Ciudad de México, donde nadie hubiera imaginado que una tamalera católica y un judío de las telas iban a compartir el mismo secreto antiguo.
Hay algo que la mayoría de las personas no entiende sobre el dinero y es que el dinero no es un objeto, es energía, es flujo, es movimiento. Los sabios de la cabala lo llaman shefá, el flujo de abundancia divina que desciende constantemente desde lo invisible hacia lo visible. Ese flujo no se detiene nunca, pero la mayoría de las personas lo bloquea sin saberlo, lo bloquea con las palabras, lo bloquea con la queja, lo bloquea con el miedo, lo bloquea tratando al dinero como enemigo en lugar de tratarlo como invitado.
Los judíos entendieron esto hace siglos, no porque sean más inteligentes, sino porque preservaron una enseñanza que el resto del mundo olvidó, la enseñanza del coaj Hadiburg, el poder creativo de la palabra, la comprensión profunda de que lo que sale de tu boca no se disuelve en el aire. Crea realidad, ordena el universo, abre puertas o la cierra. Y cuando aplicas ese poder a tu relación con el dinero, todo cambia.
No se trata de hablarle a un billete como si fuera un truco de magia. Se trata de cambiar la frecuencia con la que te relacionas con la abundancia. Se trata de dejar de declarar escasez y empezar a declarar suficiencia.
Se trata de recibir con gratitud lo poco y de soltar con bendición lo que se va. Porque lo que bendices cuando se va, vuelve, y lo que maldices cuando se va, huye para siempre. Esta noche quiero que hagas algo.
Toma cualquier billete que tengas, el que sea. Ponlo sobre tu mesa, siéntate frente a él y dile lo que don Jacobo le enseñó a doña Remedios. Bienvenido.
Gracias por estar aquí. Eres el primero de muchos. Yo soy una persona de abundancia.
Lo que mis manos tocan se multiplica. Lo que mi boca bendice crece. Lo que doy con amor regresa multiplicado.
Hazlo cada noche durante una semana, dos, un mes. Y observa qué pasa. No con ansiedad, con atención, porque algo va a moverse, no porque el billete tenga poderes, sino porque tu boca acaba de cambiar de frecuencia.
Y cuando la boca cambia, el mundo cambia. Doña Remedios lo aprendió de un viejo judío que vendía telas en la colonia Portales. Él lo aprendió de su padre que vendía botones en la condesa.
Su padre lo aprendió de su abuelo en un pueblo de Polonia que ya no existe. Y su abuelo lo aprendió de una tradición de miles de años que dice lo mismo con palabras diferentes. La boca es la puerta más poderosa que existe.
Lo que sale por ella construye tu mundo o lo destruye.