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HISTORIAS DE TERROR DE MILITARES MEXICANOS

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La Noche Oscura - Cuentos de Terror
Bienvenidos a La Noche Oscura. Antes de comenzar, suscríbete y comenta desde dónde nos estás viendo. Espero que disfrutes de los relatos.
Me llamo Cándido Rivas, tengo 58 años y estuve 21 años en el Ejército Mexicano. Salí como sargento primero de infantería. Hoy vivo en Culiacán.
Tengo una tienda de abarrotes con mi esposa y llevo 16 años sin uniforme. Pero hay una noche de mi servicio que sigo cargando como si hubiera sido ayer. Fue en el 98 en la sierra en un operativo largo que duró meses.
No voy a decir el estado ni la zona, porque todavía hay gente viva de esa época y hay cosas que uno no anda contando con nombres. En esos operativos, las patrullas salíamos de un campamento base y hacíamos recorridos de tres cu días por la sierra buscando lo que teníamos que buscar. Nos comunicábamos por radio con la base y entre patrullas.
Cada patrulla tenía su indicativo, su clave de identificación. La mía era lince. Había otras halcón, coyote, tejón, nombres de animales.
Así se manejaba en esa zona. Dos semanas antes de lo que voy a contar, la patrulla Coyote no regresó. Eran 11 elementos y un subteniente.
Salieron un lunes en la mañana hacia un sector que quedaba a dos días de camino. Reportaron por radio el lunes en la tarde, reportaron el martes en la mañana y ya no reportaron más. Se les buscó.
Se mandaron patrullas, se pidió apoyo aéreo, se peinó el sector durante días. Nada, ni cuerpos, ni equipo, ni rastro. 12 hombres desaparecidos en la sierra sin dejar una sola pista.
En el ejército eso pasa pocas veces, pero pasa. Y cuando pasa, el efecto en la tropa es algo que no se puede explicar bien a quien no lo ha vivido. 12 compañeros con los que compartiste rancho, con los que jugaste cartas, con los que hiciste guardia.
Un día están y al otro simplemente no existen. Sin explicación, sin cuerpo que velar, nada. La base se puso pesada esas dos semanas.
Nadie hablaba mucho. Los muchachos jóvenes andaban asustados y los veteranos andábamos callados. Que es peor.
Yo conocía a varios de la Coyote. Al subteniente no tanto. Era nuevo, pero al cabo Aguirre sí.
Ese tenía como 8 años en la zona igual que yo. Y a un soldado que le decíamos el pinto, un muchacho de Nayarit alegre, de esos que le levantan el ánimo a toda la tropa, ese me dolía. Ahora sí, lo que pasó fue un jueves.
Mi patrulla, la lince, andaba en recorrido en un sector diferente al de Coyote, como a 30 km de distancia, del otro lado de un macizo de cerros. Íbamos nueve elementos y yo era el más antiguo, así que iba al mando de la escuadra bajo un teniente que se llamaba Escalante. Nos habíamos detenido a pernoctar en una cañada, en posición defensiva, con relevos de guardia como siempre.
Yo tenía el radio conmigo porque me tocaba el enlace con base a las 0 horas. A las 23:40 el radio se prendió solo. Eso ya de por sí no debía pasar.
En ese tipo de radios uno mantiene la frecuencia y hay ruido de fondo, estática, pero el aparato no se activa solo, se activa cuando alguien transmite. Alguien transmitió. Base, base, aquí, coyote.
Cambio. Yo estaba medio dormido con el radio en el pecho. Me senté de golpe.
El teniente escalante estaba a 3 m de mí. Se sentó igual de rápido. Base, base.
Aquí coyote. Solicitamos apoyo. Cambio.
Era la voz del cabo Aguirre. Yo conocía esa voz. Llevaba años escuchándola en el radio.
La reconocí antes de que mi cabeza pudiera procesar lo que estaba pasando. El teniente me arrancó el radio de las manos. Coyote, aquí lince.
Me copia. Cambio. Estática.
Coyote. Aquí. Lince.
Identifíquese. Cambio. Y contestó.
Lince. Aquí coyote. Estamos en el sector.
Solicitamos apoyo. Tenemos elementos que no pueden caminar. Cambio.
El teniente se quedó con el radio en la mano y la boca abierta. Los muchachos ya se habían despertado todos. Nueve hombres alrededor de un radio en una cañada de la sierra a las 11:40 de la noche escuchando a alguien que llevaba dos semanas desaparecido.
Coyote, deme su posición. Cambio. Y aquí es donde se me enchina la piel todavía.
Hoy, 26 años después, Aguirre dio coordenadas, coordenadas exactas, en el formato correcto, con la cadencia correcta, como se dan en el ejército. No fue un ruido raro ni una voz distorsionada. Fue un cabo del ejército mexicano transmitiendo su posición por radio con procedimiento perfecto.
El teniente las anotó. Yo saqué la carta topográfica y las ubiqué con la lámpara de mano tapada con la mano para no dar luz. Las coordenadas caían en el sector donde Coyote había desaparecido a 30 km de nosotros, del otro lado del macizo.
Coyote, ¿cuántos elementos tiene? Cambio. Silencio, Coyote, ¿cuántos elementos?
Cambio. 12, dijo Aguirre. Estamos completos.
Cambio. El teniente Escalante bajó el radio y me miró. Yo lo miré a él.
Ninguno dijo nada. 12. Estaban completos los 12.
Coyote, ¿cuál es su situación? Cambio. Llevamos mucho tiempo esperando, dijo Aguirre.
Nadie ha venido. Cambio. El teniente cerró los ojos.
Uno de los muchachos, un soldado joven, empezó a llorar en silencio. Otro se persignó. Nadie decía nada.
"Coyote! ", dijo el teniente con una voz que no le salía bien. Coyote, mandé a un elemento a la posición para verificación visual.
Cambio. Estática larga. Y entonces la voz de Aguirre cambió.
No en el tono, en el contenido. No podemos movernos de aquí, dijo. Tienen que venir ustedes.
Cambio. ¿Por qué no pueden moverse? Cambio.
Estática. Coyote, ¿por qué no pueden moverse? Cambio.
Y contestó algo que me dejó sin aire. Porque no encontramos la salida. Cambio.
Nadie habló en esa cañada durante casi un minuto. El teniente Escalante era un hombre serio de 28 años, egresado del colegio militar, de esos que no creen en nada que no venga en un manual. Y yo vi a ese hombre temblar con un radio en la mano.
Cambió de frecuencia, contactó a base, base, aquí lince. Estamos recibiendo transmisión en frecuencia de coyote. Solicito confirmación.
Cambio. La respuesta de base tardó como 30 segundos. Lince aquí base.
Negativo. No hay transmisión en esa frecuencia. Cambio.
Base, la estamos escuchando en este momento. Cambio. Lince base.
Tiene monitoreo continuo de todas las frecuencias. No hay transmisión. Repito, no hay transmisión.
Cambio. El teniente regresó a la frecuencia de Coyote. Seguía ahí.
Lince. Aquí coyote vienen. Cambio.
Nueve hombres armados en una cañada. Todos escuchando. Todos oyendo perfectamente esa voz que la base decía que no existía.
El teniente me miró. Sargento me dijo, "¿Qué hago? Nunca un oficial me había preguntado eso en ese tono.
Le dije la verdad. No conteste, mi teniente. Son nuestros compañeros.
Ya no. Mi teniente se quedó con el radio en la mano un rato largo. Coyote, aquí Lince, dijo finalmente con la voz quebrada.
No podemos llegar a su posición. Cambio estática. Y luego, muy claro.
La voz de Aguirre. Está bien, lo seguimos esperando. Cambio y fuera.
Y se apagó. El radio quedó en estática limpia. Nada más.
Nadie durmió. Esa noche, al amanecer, el teniente Escalante hizo lo que tenía que hacer. Reportó todo a base, las coordenadas, la hora, el contenido de la transmisión y los nombres de los nueve elementos que la escuchamos.
Nos mandaron una patrulla de relevo y nos regresaron a base ese mismo día. En base nos interrogaron a cada uno por separado. Un mayor de la comandancia nos tomó declaración uno por uno.
Nos preguntó si habíamos tomado algo, si estábamos cansados, si estábamos seguros de lo que habíamos escuchado. Los nueve dijimos lo mismo, sin ponernos de acuerdo, sin hablar entre nosotros. Los nueve se mandó una patrulla a esas coordenadas.
No encontraron nada. Otra vez nada de nada. El expediente de Coyote sigue abierto, hasta donde yo sé, 12 hombres.
Nunca se encontró un solo resto, un solo casquillo, una sola mochila. El teniente escalante pidió su cambio de zona tres meses después. Nunca volví a saber de él.
Yo terminé mis 21 años y me retiré. Tengo mi tienda, tengo mi esposa, tengo dos hijos y una nieta, pero hay una cosa que no he podido dejar en esa sierra. Cuando Aguirre dijo que no encontraban la salida, yo he pensado en esa frase durante 26 años y la única manera en que le encuentro sentido es la peor de todas, que esos 12 muchachos siguen en algún lugar de esa sierra, no perdidos como se pierde uno en el monte, perdidos de otra manera, sin poder salir, sin poder avanzar, esperando que alguien vaya por ellos y que cada tanto cuando pasa una patrulla lo suficientemente cerca, agarra el radio y piden apoyo.
Lo que más me pesa no es el miedo de esa noche, es que le dije a mi teniente que no contestara, es que había 12 hombres pidiendo que fuéramos por ellos y yo. Con toda mi experiencia y todos mis años, le dije a mi oficial que no fuéramos. Sé que era lo correcto.
Sé que si hubiéramos sido, tal vez hoy la Lince estaría en el mismo expediente que la Coyote y yo no estaría contando esto. Pero cada tanto, cuando estoy en mi tienda y hay silencio y no hay clientes, me acuerdo de la voz de Aguirre diciendo que está bien, que nos siguen esperando. Y me pregunto, ¿cuántos años lleva ese hombre esperando a que alguien conteste que sí, que Dios me perdone?
Yo no he podido. Continuamos con la segunda historia. El cuartel al que me mandaron después del adiestramiento inicial era de los viejos de principios del siglo pasado, muros gruesos de piedra, techos altos, pasillos que se enfriaban de noche, aunque estuviéramos en tierra caliente.
Me llamo Eleazar Fonseca, tengo 38 años y aunque salí del ejército hace tiempo, esto que voy a contar me pasó cuando tenía 18, recién ingresado, y lo he cargado calladito todos estos años. El dormitorio de tropa era una sala larga, angosta, con literas a los dos lados en dos filas. Cabíamos como 40 reclutas.
Mi litera me tocó casi al principio de la fila, cerca de la puerta, en la cama de arriba. Desde ahí, si me acostaba de lado, alcanzaba a ver todo el largo del dormitorio hasta el fondo, donde había una pared con una sola ventana alta y angosta por la que entraba la luz de un poste del patio. La primera semana no dormí bien, pero eso era normal.
Nadie duerme bien las primeras noches. El cansancio del adiestramiento, los ronquidos de 40 hombres, los nervios de estar lejos de casa por primera vez, uno se acostumbra. Fue como al octavo día cuando lo vi por primera vez.
Me desperté a medianoche. No sé por qué, de esos despertares sin razón. estaba de lado mirando hacia el fondo del dormitorio.
Y ahí, al fondo, junto a la ventana había alguien parado, un recluta, de uniforme de instrucción, quieto, de pie entre la última litera y la pared, mirando hacia donde yo estaba. Pensé que era alguien que se había levantado al baño y se había quedado ahí parado por alguna razón. Cerré los ojos, los volví a abrir, seguía ahí sin moverse, mirando hacia mi lado del dormitorio.
Me dio cosa, pero pensé que eran mis nervios de recién llegado. Me tapé con la cobija y me forcé a dormir. A la mañana siguiente no le di importancia.
Con la rutina del cuartel uno no tiene tiempo de andar pensando en lo que ve medio dormido, pero volvió a pasar la noche siguiente y la siguiente. Cada noche, si me despertaba a media madrugada, ahí estaba la figura al fondo del dormitorio junto a la ventana, de pie, mirando hacia mi litera. Siempre en el mismo lugar, siempre inmóvil.
Al cuarto día de verlo, me armé de valor. En lugar de taparme y forzarme a dormir, me quedé mirándolo, tratando de distinguir quién era. La luz del poste del patio entraba por la ventana y le daba de espaldas.
Así que lo veía a contraluz, como una silueta. Me fijé bien en la estatura, en la complexión, en cómo estaba parado y sentí un frío que no era del cuarto porque esa silueta era idéntica a mí. Mi estatura, mi complexión, que en ese entonces era la de un flaco de 18 años, hasta la manera de pararse, con el peso cargado en una pierna era mía.
Me dije que era imposible verlo con tan poca luz, que estaba proyectando, que era el cansancio. Pero al día siguiente hice algo para comprobar. Le pregunté a los reclutas de las literas del fondo, los que dormían junto a la ventana.
Si alguno se levantaba de noche a pararse por ahí, todos me dijeron que no. Uno de ellos, un muchacho de Tabasco que dormía en la última litera de abajo, justo donde yo veía la figura, me dijo que él dormía como piedra toda la noche, que ni al baño se levantaba. Le pregunté medio en broma para que no pensara que estaba loco.
Si de noche no sentía a alguien parado junto a su litera. Se me quedó viendo raro. ¿Por qué preguntas eso?
Me dijo. Por nada. Curiosidad.
Porque a veces siento frío de ese lado. Me dijo. Del lado de la ventana.
Un frío que no viene de la ventana. Pensé que era yo. No le dije más.
Esa noche me obligué a quedarme despierto. Quería ver a qué hora aparecía la figura. Si la veía llegar, si la veía moverse, me acosté de lado con los ojos apenas abiertos.
fingiendo dormir, vigilando el fondo del dormitorio. Como a la 1 de la mañana, el fondo estaba vacío, la luz de la ventana, la última litera, la pared, nadie. Parpadeé y en ese parpadeo apareció.
No lo vi llegar. No vi a nadie caminar hacia el fondo. Simplemente entre un parpadeo y otro, ya estaba ahí, parado en su lugar de siempre, mirando hacia mí.
Se me cortó la respiración. Me quedé congelado en la litera mirándolo mirarme. Y esa noche, por primera vez, hizo algo distinto.
Se movió muy despacio, dio un paso hacia delante, hacia la fila de literas, hacia mí. Me tapé la cara con la cobija como un niño. Me quedé así con el corazón golpeándome, sin atreverme a asomarme, hasta que el cansancio y el miedo me tumbaron en un sueño intranquilo.
A la mañana siguiente estaba decidido a hablar con alguien. Pero, ¿con quién? ¿Cómo le dices a un sargento instructor que en las noches ves a un recluta idéntico a ti al fondo del dormitorio?
Te ganas un reporte por andar viendo cosas o peor, te mandan a evaluación y te truncan la carrera antes de empezar. Había un elemento veterano en ese cuartel, un cabo ya grande, de esos que llevan la vida entera de uniforme y ya no ascienden ni quieren ascender. Se llamaba Nabor, hacía labores de intendencia, cuidaba el almacén y tenía fama entre la tropa de saber cosas del cuartel que nadie más sabía.
Lo busqué, le llevé unos cigarros que había comprado en la tiendita como ofrenda y le pedí que me dejara platicarle algo sin que me tomara por loco. El cabo Nabor me escuchó fumando en silencio. Cuando terminé de contarle lo de la figura, lo de que era idéntica a mí, lo de que se había empezado a mover, no se rió.
No me dijo que estaba loco. Me preguntó una sola cosa. ¿En qué litera duermes?
Se la dije la de arriba. Cerca de la puerta, el cabo Nabor cerró los ojos un momento. Suspiró.
Esa litera me dijo, la ha tenido mucha gente en muchos años. Yo llevo aquí 22 años, muchacho, y no eres el primero que me viene a contar esto. Se me enchinó la piel.
Cada tantos años siguió hay un recluta nuevo que ve lo mismo que tú. Una figura al fondo junto a la ventana, idéntica a él, que noche a noche se acerca un poquito más. ¿Quién es?
Le pregunté con la voz temblando. El cabo Nabor apagó el cigarro contra la suela de su bota. Hace muchos años, cuando yo apenas entraba, hubo un recluta en este cuartel.
Un muchacho joven como tú no aguantó la disciplina, la lejanía de su casa. No sé qué tantas cosas se le juntaron. Una madrugada se levantó de su litera.
caminó hasta el fondo del dormitorio junto a la ventana y desde entonces nunca volvió a ser el mismo. Ya saben lo que pasó, no hace falta explicarlo. Aquella noche marcó al cuartel para siempre y nadie volvió a hablar de lo que ocurrió.
Me quedé helado, su litera, dijo el cabo Nabor. Mirándome era la tuya. No supe qué decir, dicen los que han visto la figura continuó que no es él exactamente, que es como un reflejo, como si en ese lugar quedara marcado lo que ese muchacho vivió y que cuando un recluta nuevo llega asustado, solo lejos de su casa, esa marca se le pega y le muestra su propia cara como advirtiéndole, como preguntándole si va por el mismo camino.
Me quedé callado un rato largo. ¿Y por qué se acerca? , pregunté finalmente.
El cabo Nabor me miró con una seriedad que no le había visto. Los que me han contado dicen que se acerca más entre más solo y más mal se siente el recluta. Que la figura mide cómo andas.
Si andas hundido, se acerca. Si te levantas, se aleja. Hizo una pausa.
Muchacho. La pregunta no es qué es esa figura. La pregunta es cómo andas tú.
Y ahí me cayó el 20. Porque el cabo Nabor tenía razón. Yo llevaba semanas mal, solo, lejos de mi casa por primera vez, con la moral por los suelos, pensando cada noche que me había equivocado al meterme al ejército, sintiéndome incapaz, sintiéndome perdido.
No se lo había dicho a nadie porque en la tropa uno no anda diciendo esas cosas. Y mientras más hundido andaba, más se acercaba la figura. El cabo Naboro, ni una limpia ni nada de eso.
Me dio otra cosa. Escríbele a tu mamá, me dijo. Habla con tus compañeros.
No te quedes solo con lo que traes adentro. Esa figura se alimenta de la soledad, no de otra cosa. Quítale de comer.
Le hice caso. Le escribí a mi mamá esa misma semana una carta larga contándole cómo me sentía de verdad, sin fingir que todo estaba bien. Empecé a platicar con el muchacho de Tabasco, de la litera del fondo, que resultó ser buena persona y que andaba tan solo como yo.
Empecé a hacer amigos, empecé a dejar de cargar solo con todo y la figura empezó a alejarse. Noche a noche, cuando me despertaba, la veía un poco más lejos, un poco menos definida, hasta que una noche, como a las tres semanas de haber hablado con el cabo Nabor, me desperté, miré al fondo del dormitorio y ya no había nadie, solo la ventana, la última litera, la pared, vacío, nunca la volví a ver. Terminé mi servicio en ese cuartel y seguí mi carrera.
Estuve muchos años más en el ejército, en muchos otros lugares y nunca me volvió a pasar nada parecido. Pero no he olvidado lo que aprendí en ese dormitorio con 18 años y la moral por los suelos, que a veces lo que nos observa desde la oscuridad tiene nuestra propia cara, que a veces lo que más nos acecha no viene de afuera, sino de adentro, de ese lugar hundido al que llegamos cuando estamos solos y creemos que no le importamos a nadie. y que la manera de hacer que esa figura se aleje no es con miedo ni escondiéndose debajo de la cobija, es dejando de estar solo, es hablando, es dejando que alguien más sepa cómo andas de verdad.
El cabo Nabor me salvó de algo esa vez, no de un fantasma, de un camino. Y llevo toda la vida agradecido de que ese viejo cabo de intendencia supiera ver en un recluta asustado que le llevó unos cigarros, algo que ni yo mismo me atrevía a ver. Vamos con la tercera historia.
Soy Aurelio Sandoval, sargento retirado del ejército mexicano y voy a contarles por qué en un puesto de la sierra llevan 20 años sin que atrapen a un solo soldado dormido en su guardia. No es disciplina, no es suerte, es algo que ninguno de los que hemos pasado por ese cerro nos atrevemos a explicar en voz alta, pero que todos, sin excepción, hemos sentido en el hombro una madrugada helada. La cumbre era un lugar duro, frío todo el año, niebla la mitad del tiempo, tormentas en temporada de lluvias que parecían querer arrancar el cerro de raíz.
Estábamos ahí para vigilar un paso entre valles, un camino por el que de vez en cuando había movimiento que nos interesaba. La mayor parte del tiempo, sin embargo, no pasaba nada, solo el viento, el frío y las guardias. Las guardias eran lo más pesado.
Dos horas cada elemento, toda la noche, en una garita de piedra en la punta del cerro de madrugada, con el frío calando y el cansancio de todo el día encima. Mantenerse despierto era una batalla y quedarse dormido en guardia en el ejército es una de las peores faltas que puedes cometer. Te va un castigo severo, un arresto, una marca en tu expediente que te sigue.
El oficial de ronda pasaba a checar las guardias a horas impredecibles de la madrugada. Nunca sabías cuándo iba a aparecer. Esa incertidumbre era lo que te mantenía despierto.
Más que nada, mi primera semana en la cumbre, un compañero veterano, el cabo refugio, me dio una advertencia mientras me explicaba cómo funcionaba el puesto. Si te agarra el sueño en la guardia, me dijo. No te preocupes tanto.
Aquí nadie se ha dormido de verdad en años. No entendí. Le pregunté a qué se refería.
El cabo refugio se me quedó viendo, midiendo si contarme o no. Al final me dijo algo que en ese momento tomé por leyenda de cuartel. Aquí hay quien cuida a los que están de guardia, dijo.
Si te empiezas a quedar dormido, alguien te toca el hombro suavecito y te despiertas justo a tiempo, unos minutos antes de que llegue la ronda. Siempre unos minutos antes. Nunca falla.
Me reí medio incómodo. Le pregunté quién. El cabo refugio no se rió.
Ya lo vas a saber si te toca fue todo lo que dijo. Las primeras noches no me pasó nada. Aguantaba las guardias como podía, con las manos frías y los ojos pesados.
Pero despierto. Fue como a las tres semanas cuando me pasó por primera vez. Guardia de 3 a 5 de la mañana, la peor de todas, la que agarra el punto más profundo del cansancio.
Había sido un día durísimo, una patrulla larga por el cerro. Y yo llegué a esa guardia vaciado. Me senté en el banco de la garita, me recargué en la pared de piedra y por más que luchaba, los ojos se me iban.
En algún momento me quedé dormido, no sé cuánto tiempo, un sueño pesado, de esos en que el cuerpo se apaga y sentí una mano en el hombro. Suave, firme, pero suave. Una mano que me apretó ligeramente el hombro, como cuando alguien te despierta con cuidado para no asustarte.
Abrí los ojos de golpe. No había nadie. La garita estaba vacía.
Yo solo, como debía estar en una guardia. Pero la sensación de esa mano en mi hombro era real. La seguía sintiendo, el peso, la presión.
Me levanté de un salto con el corazón acelerado y me puse en posición junto a la ventana de la garita. Alerta, 4 minutos después, escuché los pasos del oficial de ronda subiendo por el sendero de piedra. Si me hubiera encontrado dormido, me habría caído el mundo encima, pero estaba despierto, en posición, alerta, sin novedad.
Mi teniente, le dije cuando llegó. Sin novedad, repitió él y siguió su ronda. Me quedé el resto de la guardia temblando y no de frío.
A la mañana siguiente busqué al cabo refugio. Le conté lo que me había pasado. Él asintió despacio, como quien confirma algo que ya sabía.
Te tocó, me dijo simplemente, ¿quién fue? Le pregunté. ¿Quién me tocó el hombro?
El cabo refugio me llevó aparte, lejos de los demás, y me contó la historia. Muchos años atrás, cuando ese puesto apenas se había establecido, hubo un soldado ahí, un elemento de tropa nada más sin grado, un muchacho de la sierra que conocía bien esos cerros, porque de ahí era, se llamaba, según el cabo, Faustino. Faustino era de los que se tomaban las guardias en serio, de los que cuidaban a sus compañeros en un puesto tan chico y tan aislado.
Esos 12 hombres eran todo lo que cada uno tenía. Y Faustino lo entendía mejor que nadie. Una temporada de lluvias cayó sobre la cumbre una tormenta como no se había visto.
Rayos, viento que tumbaba árboles, agua que convertía los senderos en ríos. Esa noche la tormenta dañó la instalación eléctrica del puesto y provocó un principio de incendio en el pañol, donde se guardaban las municiones. Y el combustible.
Faustino estaba de guardia esa noche. Fue el primero en ver el fuego y en lugar de correr a ponerse a salvo, dio la alarma y se metió a controlar el incendio, a sacar lo que podía sacar, a evitar que el fuego llegara a las municiones con todos sus compañeros durmiendo a unos metros. Los despertó a todos, los sacó a todos.
12 hombres salieron de ese puesto esa noche gracias a que Faustino los despertó a tiempo, todos menos él. Faustino no salió, se quedó adentro asegurándose de que el fuego no llegara a lo peor, y la tormenta y el fuego y el derrumbe de parte de la estructura no le dieron tiempo. Murió esa noche protegiendo a sus 11 compañeros.
Ninguno de los otros sufrió más que raspones y quemaduras leves. Él dio todo. Desde entonces me dijo el cabo refugio, cuida las guardias.
A los nuevos, sobre todo, a los que se quedan dormidos de cansancio. Les toca el hombro unos minutos antes de que llegue la ronda para que no los castiguen, para que nadie tenga un problema. hizo una pausa.
Lleva 20 años haciéndolo. En 20 años ni un solo elemento de este puesto ha sido sorprendido. Dormido en guardia.
Ni uno. Pregunta en la comandancia si no me crees. Es récord.
Nadie se explica como un puesto tan duro, tan agotador, tiene ese historial. Me quedé sin palabras. Faustino sigue cuidándonos", dijo el cabo refugio.
Como nos cuidó esa noche, no ha dejado su puesto. No supe qué creer en ese momento, pero la mano en mi hombro había sido real. De eso no tenía duda.
Estuve casi un año en la cumbre. En ese año me quedé dormido en guardia tres veces más. Las tres veces, sin excepción, sentí esa mano suave en el hombro que me despertaba unos minutos antes de que llegara la ronda.
Las tres veces me salvé de un castigo severo. Y no solo yo, todos los del puesto tenían la misma historia. Todos habían sentido esa mano.
Todos hablaban de Faustino con un respeto que iba más allá del miedo, un respeto de quien sabe que alguien vela por él. Fue casi al final de mi estancia cuando encontré la fotografía. estaba ayudando a ordenar unos archivos viejos en la oficina del puesto, cajas de documentos de años.
Cuando en el fondo de una caja encontré un sobre, adentro había fotografías antiguas del puesto de sus primeros años, en blanco y negro, algunas descoloridas, otras. En una de ellas había un grupo de soldados posando frente a la garita de piedra, la misma garita donde yo hacía guardia. 12 hombres jóvenes sonrientes con el uniforme de la época.
Atrás de la foto alguien había escrito los nombres con lápiz. Busqué el nombre Faustino y conté los rostros hasta encontrarlo. Era un muchacho joven de la sierra con una sonrisa sencilla y franca, parado un poco aparte del grupo, como quien cuida el flanco por costumbre incluso para una foto.
Me quedé mirando esa cara mucho tiempo y entonces lo entendí de verdad. No como leyenda de cuartel, sino como algo cierto en el pecho. Ese muchacho de la foto, ese soldado sin grado que dio la vida por sus 11 compañeros.
Una noche de tormenta hace 20 años seguía haciendo guardia, no penando, no atrapado, no sufriendo, cuidando. Seguía haciendo lo mismo que hizo esa última noche. Velar porque a sus compañeros no les pasara nada, solo que ya no era del fuego de lo que los protegía.
era de algo más pequeño y más humano, de un castigo, de un arresto, de una marca en el expediente por el pecado tan comprensible de quedarse dormido de cansancio a las 4 de la mañana en el cerro más frío y más solo del mundo, le toca el hombro a un muchacho agotado y lo despierta a tiempo, nada más y nada menos. Guardé la fotografía en su sobre y la puse de vuelta en la caja con cuidado, como se guarda algo que importa. Terminé mi estancia en la cumbre y me fui a otros destinos.
Estuve muchos años más en el ejército. Nunca volví a ese puesto, pero no he olvidado a Faustino. Cada vez que en mi carrera me tocó cuidar a un elemento más joven, taparle un error comprensible, cubrirle una falta que no merecía castigo, despertarlo con un toque en el hombro antes de que lo agarraran.
Pensé en él porque eso me enseñó ese soldado que murió 20 años antes de que yo llegara al puesto, que cuidar a los tuyos no se acaba con el turno, que no se acaba con el cansancio, que hay quien no se acaba ni con la vida. Faustino sigue en la cumbre, estoy seguro. Sigue tocando hombros en la madrugada, sigue despertando muchachos agotados.
Sigue velando porque nadie caiga. Y si algún día usted es soldado y le toca ese puesto en la sierra y una madrugada helada se queda dormido en la guardia y siente una mano suave en el hombro que lo despierta justo a tiempo, no tenga miedo. Es solo Faustino haciendo su guardia, cuidándolo.
Como lleva 20 años cuidando a cada muchacho que ha pasado por ese cerro. Dele las gracias en voz baja, se las merece y déjelo seguir en su puesto, porque es ahí cuidando a los suyos, donde ese buen soldado por fin encontró su descanso. Historia cuatro.
Me llamo Fructuoso Lerma, tengo 49 años y estuve 18 en el Ejército mexicano antes de retirarme como sargento segundo. Ahora manejo un tractor en un rancho de Sinaloa, que es un trabajo tranquilo y prefiero los trabajos tranquilos. Después de todo lo que viví de uniforme, una de las cosas que viví, la que más me marcó, pasó en la sierra de un estado del sur en un operativo largo.
Y aunque han pasado más de 20 años, todavía no la cuento sin que se me seque la boca. Estábamos destacamentados en un pueblo muy chico de la sierra, de esos que no salen en los mapas grandes, casas de adobe y madera, gente que hablaba más su lengua que español, un lugar donde el ejército no era exactamente bienvenido, pero tampoco rechazado abiertamente. Nos habían puesto ahí como base de apoyo para operativos en los cerros de alrededor.
El primer día que llegamos, un anciano del pueblo se acercó al teniente, un señor muy viejo, de esos que ya no se les calcula la edad, apoyado en un bastón, con la cara arrugada como corteza de árbol, habló con el teniente un rato en español trabajoso y luego el teniente nos reunió a todos y nos pasó lo que el viejo le había dicho. nos dijo que el anciano le había dado una advertencia, que en esa sierra de madrugada, entre la medianoche y el amanecer, a veces se escuchaba que alguien te llamaba por tu nombre desde el monte, que la voz sonaba conocida, a veces como un familiar, a veces como un compañero, y que la regla, la única regla que el pueblo pedía que respetáramos era esta: nunca contestar, nunca responder, nunca ir hacia la voz. El teniente nos lo pasó medio en broma, como quien transmite una superstición local por cortesía, pero sin creerla.
La mayoría de la tropa lo tomó igual, entre risas, haciendo chistes, cosas de pueblo, decían. Los muchachos jóvenes hasta empezaron a molestarse entre ellos, llamándose por su nombre en voz de fantasma. Yo no me reí, no porque creyera, sino porque llevaba ya varios años en la sierra y había aprendido que cuando la gente que vive en un lugar te da una advertencia con esa seriedad, aunque suene a superstición, algo hay, no siempre lo que ellos creen que es, pero algo.
Las primeras noches no pasó nada. Hacíamos guardias por turnos en el perímetro del pueblo. Frío, niebla, silencio de sierra.
Los muchachos ya casi habían olvidado la advertencia del viejo. Fue como a la semana cuando pasó por primera vez. Me tocaba guardia de 2 a 4 de la mañana en el puesto que daba hacia el cerro este.
Estaba yo solo, en la posición con el frío calándome cuando escuché una voz. Venía del monte, de la oscuridad más allá de donde llegaba mi vista. Una voz de hombre fructuoso.
Mi nombre. Claro, con el acento exacto con que lo decía la gente que me conocía, se me heló la sangre, no por miedo de fantasmas en ese primer momento, sino porque la voz sonaba a alguien conocido y mi primer instinto fue de reconocimiento antes que de alarma fructuoso. Ven.
Me quedé quieto. Agarré el fusil con las dos manos. No contesté.
La voz siguió. Fructuoso. Soy yo.
Ven para acá. Y aquí está lo que me heló de verdad. La voz cambió.
Ahora sonaba como mi hermano mayor Genaro, que había fallecido 3 años antes de eso. Sonaba exactamente como él, el mismo tono, la misma manera de arrastrar mi nombre que solo él tenía. Fructuoso.
Hermano, ven. Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas sin quererlo. La voz era idéntica.
era mi hermano, alguna parte de mi cabeza, la parte que no razona. Quería contestar, quería caminar hacia esa voz, quería ver a Genaro otra vez. Apreté el fusil y no contesté.
La voz insistió un buen rato. Cambió varias veces. A veces era mi hermano, a veces era mi madre, que también había fallecido.
A veces era una voz que no reconocía, pero siempre decía mi nombre. Siempre me pedía que fuera hacia el monte. No contesté, no me moví.
Aguanté las dos horas de guardia con los dientes apretados y los ojos llorosos, repitiéndome en la cabeza la advertencia del anciano. Cuando me relevó el cabo Domínguez a las 4, no le dije nada de inmediato. Le pregunté primero, como quién no quiere la cosa, si él había escuchado algo en sus guardias.
Domínguez se me quedó viendo. Usted también, mi sargento. Yo también.
¿Qué? La voz. Nos miramos.
Ahí supe que no había sido cosa mía. Esa mañana varios elementos ya andaban raros. Resultó que a lo largo de esa semana en distintas guardias, varios habían escuchado la voz llamándolos por su nombre.
Todos habían aguantado sin contestar, unos porque recordaron la advertencia, otros por puro susto que los dejó paralizados. Todos menos uno. Un soldado joven de 19 años, de apellido Carranza.
Un muchacho de Michoacán nuevo, de los que se habían reído más de la advertencia del viejo, Carranza había tenido guardia dos noches antes en el puesto del cerro norte y esa mañana andaba distinto, callado, pálido, con ojeras. Le pregunté qué tenía, me dijo que nada, que no había dormido bien. No le creí, pero lo dejé pasar.
Error mío. Esa misma noche, Carranza volvió a tener guardia como a las 3 de la mañana. El elemento que estaba en el puesto de al lado escuchó a Carranza hablar, no gritar, hablar como quien conversa con alguien.
El elemento se asomó y vio a Carranza fuera de su posición, parado en el límite del pueblo, mirando hacia el monte hablando. El compañero le habló. Carranza no respondió.
seguía hablando hacia la oscuridad en voz baja, contestándole a alguien que el otro no podía ver ni oír. El compañero dio la voz de alarma. Nos levantamos varios.
Cuando llegamos, Carranza estaba caminando hacia el monte. Despacio, tranquilo, como quien va a encontrarse con alguien que lo espera. Lo alcanzamos antes de que entrara al monte cerrado.
Entre tres lo agarramos y ese muchacho, que era flaco y no muy fuerte, se puso a forcejear con una fuerza que no le correspondía, tratando de zafarse, tratando de seguir hacia la voz. "Ya voy", decía. "Ya voy, esperen.
Ya voy. " Le hablábamos y no nos oía. Solo miraba hacia el monte y le contestaba a algo que estaba allá.
Lo sujetamos entre varios y lo bajamos casi cargando de vuelta al pueblo. Le costó como media hora reaccionar. Cuando por fin volvió en sí, no se acordaba de nada.
No sabía por qué lo teníamos sujetado. No sabía por qué estaba fuera de su puesto. No se acordaba de haber caminado hacia el monte.
Lo único que dijo cuando le contamos fue que había escuchado a su papá llamarlo, que su papá había muerto cuando él era niño, que escuchó su voz clarita, llamándolo por su nombre, diciéndole que fuera, que tenían mucho que platicar y que él contestó, "Ese fue el error. " Contestó. Dijo, "Papá en voz alta.
" Y a partir de ahí, según nos contó, ya no pudo dejar de escucharla ni pudo dejar de querer ir. El teniente reportó lo de Carranza como un cuadro de estrés y lo mandó al pueblo grande fuera de la sierra para evaluación. El muchacho se recuperó según supimos después, pero pidió su baja del ejército unos meses más tarde.
No aguantó volver a un destacamento de sierra nunca. Al día siguiente de lo de Carranza, el anciano del pueblo vino a ver al teniente otra vez. Esta vez el teniente ya no lo escuchó con sonrisita, lo escuchó con la cara seria de quien vio algo que no puede explicar.
El viejo le repitió la advertencia y le explicó un poco más. Según nos pasó el teniente después, le dijo que esa voz llevaba en esa sierra desde antes de que existiera el pueblo, que no era una persona ni un difunto, que era algo del monte que aprendía tu nombre y aprendía las voces de los que ya se te habían muerto y que las usaba para llamarte. le dijo que mientras uno no contestara, la voz no tenía poder, solo podía llamar.
Pero que en cuanto uno contestaba, aunque fuera una sola palabra, aunque fuera solo el nombre del que te llamaba, entonces la voz te agarraba y ya no te soltaba hasta que ibas al monte. ¿Y qué hay en el monte? , le preguntó el teniente.
El viejo, según el teniente, solo negó con la cabeza y dijo que de ahí no regresa nadie que contesta. Terminamos ese operativo dos meses después. y nos sacaron de esa sierra.
En esos dos meses, la voz volvió muchas noches. Muchos elementos la escucharon, pero después de lo de Carranza, ninguno volvió a contestar, ni uno. Aguantábamos las guardias con los dientes apretados, repitiéndonos el nombre de la regla, y nadie más falló.
Han pasado más de 20 años. Yo salí del ejército, hice mi vida, tengo esposa e hijos. Manejo mi tractor en un rancho tranquilo de Sinaloa, donde de noche no hay más voces que las de mi familia.
Pero le confieso una cosa, a veces, muy de vez en cuando, en las madrugadas de acá, en el silencio del campo, me despierto de golpe con la sensación de que alguien acaba de decir mi nombre y siempre, antes de saber si de verdad lo escuché o lo soñé, mi cuerpo hace lo mismo por puro reflejo de aquellos años. Aprieta los dientes y no contesta. Porque hay una regla que aprendí en esa sierra que no se me va a olvidar mientras viva, que cuando algo te llama por tu nombre en la oscuridad, con la voz de alguien que amaste y que ya no está, lo más peligroso que puedes hacer.
Lo único que de verdad no debes hacer nunca es responder. Gracias por escuchar. Estos fueron los relatos.
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